Pikakuvia 1867 katovuodesta ja sen seurauksista

Chapter 2

Chapter 2884 wordsPublic domain

Mi protector, impedido por los años y una dolorosa parálisis, me escribía las noticias buenas o malas que debía darme. Su hijo me traía, las cartas, y recogía las firmas necesarias en aquel litigio. Ese era el joven cuya presencia inspiraba a usted ofensivas sospechas. Entretanto, y mientras mi abogado arrancaba de manos de un usurpador mi perdida fortuna, aprovechaba yo aquella dilación para acabar un cuadro: el retrato de una noble y hermosa mujer muerta víctima de su celo caritativo durante una epidemia.

-Consagrábalo a su hijo, que muchas veces había llorado conmigo el temprano fin de aquel ser idolatrado. Ayer había alguien oculto en este gabinete, es cierto; pero era mi maestro, que habiendo conocido el original, daba a mi obra los últimos toques.

A estas palabras, acercándose a un gran cuadro colocado en el caballete apartó el velo que lo cubría.

-¡María! -exclamó Enrique cayendo de rodillas ante ella, y ante el retrato de su madre.

-He ahí -continuó ella, con frialdad-, he ahí explicadas esas reservas que una alma leal habría aceptado sin examen.

-Pero usted lo ha destruido todo con su violencia y sus injuriosas suposiciones; ha ofendido mi dignidad en lo que tiene de más sagrado: el honor; ha herido profundamente mi corazón, y roto en él para siempre los lazos que nos unían.

Y María pálida pero firme y serena, dejó el cuarto sin dirigir a su amante una mirada.

Enrique salió de aquella casa loco de dolor. Atravesó el jardín, cuyas flores balanceándose al húmedo ambiente del alba, se inclinaban ante el cual amigos que lo saludaran al paso. Volvió a saltar la reja y pasó al lado de su caballo sin verlo, sin oír el relincho lastimero con que el pobre animal lo llamaba.

-¡No me ama ya! -exclamaba, marchando a largos pasos- ¡la he ofendido, y quiere castigarme, arrojándome de su presencia; desecha mi amor, quiere que muera!

Al llevar la mano al corazón encontró el revólver con que poco antes los celos lo habían armado. Enrique lo estrechó contra su pecho como a su última esperanza.

-¡Muramos! -dijo-, aquí cerca de esa morada, donde mi alma vagara eternamente en busca de la suya.

Miró hacia el oriente, que comenzaba a teñirse con los rosados tintes de la mañana.

-¡Al primer rayo de sol! -se dijo, acariciando el cañón de su revólver.

En ese momento una mujer cubierta de harapos, lívida y demacrada, llevando consigo dos niños, uno en los brazos, el otro de la mano, pasó al lado de Enrique, arrastrándose a lo largo del camino.

A esa vista, un sentimiento de piedad distrajo un momento su espíritu de la siniestra idea que lo absorbía. Acercose a la triste madre y le preguntó por qué se encontraba a esa hora, en aquel paraje desierto, desamparada y sola.

-¡Ay de mí! -respondió la desventurada-, como nos ve usted ahora, señor, así nos hallamos ya en el mundo: huérfanos y sin asilo. Vivíamos del diario trabajo de mi marido pero caímos los dos, al mismo tiempo enfermos: fue necesario separarnos para ir al hospital, él a San Andrés, yo a Santa Ana, con mis hijos.

Ayer encontrándome sin fiebre, diéronme de baja, y me encontré a la puerta del hospital más débil y enferma en la convalecencia, que lo había estado en la enfermedad. Arrastreme con mis hijos hasta Malambo donde vivía, en un callejón, pero durante mi enfermedad, el casero había alquilado mi cuarto. Fui a San Andrés en busca de mi marido, y lo encontré tendido en el De profundis... ¡Juzgue usted, señor, mi situación!... Sin saber dónde volver los ojos, pensé en unos parientes lejanos que residen en la Magdalena, y vengo a pedirles un asilo.

En medio de su desesperación, Enrique pensó con una vislumbre de gozo que el oro que llenaba sus bolsillos, destinado a una noche de orgía, podía ahora derramar el consuelo en aquellos desgraciados. Vertiolo en la raída manta de la pobre viuda que cayó de rodillas con sus niños, implorando para su bienhechor las bendiciones del cielo.

-¡Orad por mí! -les dijo él, alejándose. Y su voz a estas palabras tenía un acento lúgubre, porque una luz dorada comenzaba a colorear las copas de los árboles.

Enrique tomó su arma, y envió a María su último pensamiento; a Dios su última plegaria...

De repente, un brazo cariñoso rodeó su cuello: un rostro pálido y mojado de lágrimas se apoyó en su rostro.

-¡Perdón!

-¡Perdón! -dijeron ambos a la vez.

-Y el primer rayo de sol, aguardado como una señal de muerte, alumbró la felicidad de dos seres que casi hubo de separar para siempre el exceso mismo de su amor.

Poco después, con gran sorpresa de sus amigos y de la sociedad limeña, que la idolatraba, la linda Alina Wilson, hija de un ministro extranjero, arrancándose al abrazo paterno que anhelaba retenerla, dejaba para siempre las playas del Perú.

¿Por qué abandonaba así, padre, amigos, adoraciones?

¡Ah! es que, por una ley fatal, aquello mismo que hace la felicidad de una alma, hace la desventura de otra.

En el mundo moral, como en el mundo físico, la luz es causa de la sombra.

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