Una historia de dos ciudades

Part 5

Chapter 54,066 wordsPublic domain

--Por imposible lo reputé al principio, pero aunque sólo por breves instantes, he conseguido reconocer el rostro que tan conocido me fué en otro tiempo... ¡Chist... silencio! ¡Alejémonos un poco más!

La niña se había separado de la pared, y se acercaba silenciosa a la banqueta en que el anciano estaba sentado. Fué una escena sencillamente imponente. Nadie pronunció palabra. Ni el rumor más liviano vino a turbar aquel silencio augusto. La niña, semejante a un espíritu, quedó en pie junto al zapatero, y éste trabajaba con ardor.

Ocurrió que al cabo del rato necesitó el anciano cambiar el instrumento con que estaba trabajando por la cuchilla de zapatero. La recogió, y cuando iba a emplearla, se detuvo. Sus ojos acababan de ver una falda. Perezosamente fueron alzándose hasta encontrar la cara de la niña, y allí se detuvieron.

Ráfagas de terror cruzaron por la frente del desdichado; moviéronse sus labios cual si quisieran pronunciar palabras que su garganta se negó a articular, su respiración se hizo fatigosa y jadeante, y al fin se le oyó murmurar:

--¿Qué es esto?

La niña, por cuyas mejillas corrían raudales de lágrimas, llevó a sus labios las manos que tenía juntas en actitud suplicante, las besó, y seguidamente cruzó sus brazos sobre el pecho cual si entre ellos tuviera la cabeza querida del anciano.

--¿Eres la hija del calabocero?--preguntó éste.

--No--suspiró ella.

--¿Quién eres, pues?

Comprendiendo la imposibilidad en que se encontraba de articular palabra, la joven tomó asiento en la banqueta junto al anciano. Quiso éste alejarse, pero sintió sobre su brazo la dulce presión de la mano de su compañera, y, dejando sobre la banqueta la cuchilla, quedó contemplando a aquélla.

Caían sobre los hombros de la niña sus cabellos de oro peinados en largos tirabuzones. El anciano adelantó poco a poco y con timidez evidente una mano hasta llegar a tocarlos, sus miradas se iluminaron, pero se apagó la luz que momentáneamente había brillado en su inteligencia y, exhalando un suspiro, dobló la frente y quiso reanudar su labor.

Muy poco tiempo duró su abstracción. Después de dirigir dos o tres miradas al zapato, cual si quisiera asegurarse de que continuaba sobre su rodilla, lo dejó resueltamente sobre la banqueta, llevó sus manos al cuello y desató una cuerda sucia y ennegrecida que lo rodeaba, de la cual pendía una bolsita de paño. Colocando la bolsita sobre la rodilla, abrióla con cuidado y sacó de ella dos rizos de cabello, que examinó con detenimiento.

--¡Es el mismo!--murmuró.--¿Cómo es posible? ¿Cuándo sucedió? ¿Cómo sucedió?

Su frente se iluminó más que nunca. Vuelto hacia la niña, tomó entre sus manos la cabeza, la colocó de manera que la luz de la ventana la diera de lleno en la cara, y al cabo de un buen espacio de muda contemplación, dijo:

--Aquella noche, la noche en que me llamaron fuera, ella había reclinado su cabeza sobre mi hombro... Ella temía que yo saliese... yo no sentía el menor recelo... y cuando me encerraron en la Torre del Norte, me encontraron esto escondido en la manga... «¿Me permitiréis que lo conserve?--les pregunté.--No han de facilitar la fuga de mi cuerpo... aunque gracias a ellos saldrá con frecuencia mi espíritu por entre las rejas». Esas fueron las palabras que les dije... Las recuerdo como si acabara de pronunciarlas.

Largo rato se movieron sus labios antes que consiguiera articular las palabras que quedan transcriptas, pero cuando pudo hablar, lo hizo con acuerdo perfecto, bien que muy lentamente.

--No lo entiendo...--añadió.--_¿Eras tú?_

Los dos testigos mudos de la escena avanzaron alarmados al observar la brusquedad con que el anciano se volvió hacia la niña; pero ésta, perfectamente tranquila, les dijo, en voz muy baja:

--Suplico a ustedes, mis buenos señores, que no se acerquen, que no hablen, que no se muevan.

--¡Chist!--exclamó el anciano.--¿Quién habla?

Volvió a guardar los rizos en la bolsita y quiso atar nuevamente la cuerda a su cuello, pero sin dejar de mirar a la joven y moviendo con expresión de dolor sombrío su cabeza.

--¡No, no, no!--repuso.--¡No es posible!... ¡Eres demasiado joven, demasiado niña! ¡Ya ves los efectos de permanecer sepultado en una prisión!... Estas no son las manos que ella conoció, ni ésta la cara que ella vió, ni ésta la voz que tan dulce sonaba en sus oídos... ¡No, no! Ella... y él... Hace muchos años... muchas eternidades... antes de los lentos siglos de la Torre del Norte... ¡Dime! ¿Cómo te llamas, ángel hermoso?

La hija cayó de rodillas a los pies del infeliz padre, unidas las manos delante del pecho.

--¡Oh, señor!--exclamó.--¡En otra ocasión sabrá usted cómo me llamo, quién fué mi madre y quién fué mi desventurado padre, cuya dolorosa historia jamás llegó a mis oídos! No puedo decirlo en este momento ni en este sitio. ¡Lo único que ahora, aquí mismo, puedo decirle, es que me abrace y bendiga! ¡Sí...! ¡Béseme... béseme!

Confundiéronse los cabellos de nieve con los cabellos de oro.

--Si mi voz... ignoro si será así, pero lo espero... si mi voz despierta en usted ecos de otra voz que en años mejores sonó en sus oídos como música deliciosa... ¡llore por ella... llore por ella! Si mi cabello le recuerda una cabeza querida que descansaba feliz y dichosa sobre su pecho cuando usted era joven y libre, ¡llore por ella, llore por ella! Si al verse en el seno del hogar que nos espera, surgen en su memoria recuerdos de otro hogar, desierto y arruinado ha muchos años, otro hogar que caía hecho pedazos mientras su corazón languidecía y moría entre los negros muros de un calabozo, ¡llore por él... llore por él!

La joven, mientras decía estas palabras, tenía entre sus brazos la blanca cabeza del anciano y la mecía como si fuera un niño.

--¡Llore también, querido... querido señor, si cuando le diga que sus agonías han terminado para siempre, que he venido para llevarle conmigo a Inglaterra, donde podrá disfrutar de paz y acaso de ventura, soy causa de que se acuerde de una vida que pudo ser tan útil a sus semejantes, y que, sin embargo, se ha malogrado! ¡Llore, derrame lágrimas amargas sobre nuestra patria, sobre Francia, que tan cruel ha sido para usted! Y si cuando le revele mi nombre, si cuando le diga el de mi padre, que vive todavía, y el de mi madre, que ha muerto, sabe que habré de caer de rodillas a los pies de mi adorado padre, y que tendré necesidad de implorar su perdón por no haber pasado despierta y trabajando para favorecerle todos los días de mi vida, y llorando todas mis noches, porque el amor de mi desventurada madre quiso apartar de mis labios la copa amarga del dolor, ocultándome la horrible historia, ¡llore... llore por ella... llore también por mí! ¡Mis buenos señores!... ¡Demos gracias a Dios! ¡Siento correr por mi rostro las lágrimas sagradas de.... este señor, y siento repercutir en mi corazón los sollozos de su pecho! ¡Oh!... ¡Gracias... gracias, Dios mío!

El anciano había caído en los brazos de la niña, sobre cuyo pecho tenía reclinada la cabeza. Tan conmovedora era la escena, y tan terrible a la par, por ser consecuencia de horrendas injusticias y de tremendos sufrimientos, que los dos testigos hubieron de cubrirse las caras con las manos.

Cuando se restableció en el sotabanco el imperio de la tranquilidad, y el pecho del anciano, que por espacio de largo rato pareció próximo a saltar hecho pedazos, recobró la serenidad que sigue siempre a las tormentas más deshechas... que es lo que ocurre con la humanidad, cuyas tormentas, que llamamos vida, se amansan al fin, para dar lugar al reposo y al silencio; cuando el anciano quedó tranquilo, se aproximaron los dos testigos para alzar del suelo al padre y a la hija. El primero había ido languideciendo, hasta quedar en tierra, falto de fuerzas. La hija cayó con él, y en tierra permaneció, apoyada la cabeza sobre su hombro y tendidos sus cabellos de oro sobre sus ojos.

--Si fuera posible--dijo la niña, alargando una mano a Lorry--disponerlo todo para salir de París inmediatamente, en forma que desde esta misma casa...

--Hay que tener presente una cosa importante--contestó Lorry interrumpiendo a la joven.--¿Está en disposición de emprender el viaje?

--Creo que ha de serle más beneficioso el viaje, con todas sus molestias, que permanecer en París, donde tanto ha sufrido.

--Nada más cierto--terció Defarge, que se había arrodillado para ver y oir mejor.--Aun prescindiendo de la consideración que acaba de insinuar la señorita, mil razones aconsejan que salga cuanto antes de Francia. ¿Quieren que alquile una silla de postas con sus caballos?

--El negocio es ése--observó Lorry, a quien bastaba muy poca cosa para volver a su tema favorito--y cuando hay que terminar un negocio, cuanto más pronto se ultime, mejor.

--En ese caso--dijo la señorita Manette,--tengan la bondad de dejarnos aquí. Han podido apreciar lo tranquilo que ha quedado, lo que les habrá convencido de que pueden dejarme a solas con él sin el menor temor. Con que me hagan el favor de cerrar con llave la puerta al marcharse, a fin de ponernos a cubierto de interrupciones, me atrevo a garantizarles que cuando regresen, le encontrarán tan tranquilo como le dejan. Yo cuidaré de él mientras ustedes hacen los preparativos. Lo esencial es llevárnoslo cuanto antes.

No era muy del agrado de Lorry y de Defarge la solución, pues los dos hubiesen preferido no dejar a la niña a solas con el anciano, pero como no sólo era preciso preparar la silla de posta, sino también proveerse de pasaportes, y el tiempo apremiaba, porque el día corría a su ocaso, fuerza fué que se distribuyeran entre los dos las diligencias que necesariamente había que hacer, después de lo cual echaron a andar cada uno por su lado.

Las sombras de la noche encontraron a la niña tendida sobre el duro suelo, velando al padre. Ni ella ni el anciano variaron de postura hasta que entraron en el sotabanco Lorry y Defarge, quienes habían ultimado los preparativos de viaje y traían, además de mantas y abrigos de camino, pan, carne fiambre, vino y café caliente. Defarge, portador de las provisiones, las dejó sobre la banqueta de zapatero (en el sotabanco no había más muebles que la banqueta y un jergón), y con la cooperación de Lorry levantó al cautivo.

Nadie hubiera sido capaz de leer en la atonía inexpresiva de su cara los misterios entre los cuales vagaba sin rumbo probablemente la inteligencia del anciano, ni la penetración humana, por sutil y perspicaz que se la suponga, hubiese conseguido saber si aquél conservaba recuerdo de lo sucedido, si se acordaba de lo que le habían dicho, si se daba cuenta de que estaba libre. Intentaron sondearle a fuerza de preguntas; pero las respuestas fueron tan tardas y confusas, que temiendo extraviarle más, decidieron dejarle en paz por entonces. La expresión del anciano era de insensatez, de ferocidad, casi. Con frecuencia oprimía su cabeza entre sus manos, cosa que no se le había visto hacer antes; sin embargo, su rostro se dulcificaba en cuanto sonaba en sus oídos la voz de su hija, e invariablemente volvía hacia ésta la cabeza cuantas veces le hablaba.

Con esa sumisión peculiar de los que están acostumbrados desde larga fecha a obedecer al látigo, comió y bebió lo que le dieron, y se puso el abrigo de viaje que le fué entregado. Sin resistencia, más aún, con agrado evidente dejó que su hija enlazase con el suyo su brazo... y no contento con eso, tomó y retuvo entre las suyas, la mano de aquélla.

Comenzaron a bajar. Iba delante Defarge, dando luz, y cerraba la marcha Lorry. No habían bajado muchas escaleras cuando hizo alto el anciano y miró con atención hacia arriba primero, y luego en derredor.

--¿Recuerda el lugar, padre mío? ¿Se acuerda de cuando subió esta escalera?--preguntó la niña.

--¿Qué dices?

Antes que fuera repetida la pregunta, contestó el anciano, como si aquella le hubiese sido formulada de nuevo.

--¿Que si me acuerdo? No; no me acuerdo. ¡Hace tanto tiempo!

Claramente se vió que no conservaba el menor recuerdo de haber sido trasladado desde la prisión al sotabanco. Los que le acompañaban oyéronle murmurar «Ciento Cinco, Torre del Norte», siendo indudable que cuando miró en derredor, creyó ver los espesos muros que por espacio de tantos años habían sido su tumba. Caminó con paso alterado mientras cruzaron el patio, como si esperase encontrar el puente levadizo; y al convencerse de que éste no existía, y ver el coche que esperaba en la calle, soltó la mano de su hija y oprimió de nuevo su cabeza.

No había turbas frente a la puerta, no se veía una cabeza en las ventanas ni alma viviente en la calle. El silencio y la soledad reinaban como señores únicos. A nadie vieron más que a una persona, a la señora Defarge... que estaba haciendo calceta y nada vió.

Habíase acomodado ya el prisionero en el interior del coche, su hija le había seguido, y en el instante en que colocaba Lorry el pie en el estribo, le detuvo la voz del anciano que pidió sus herramientas de zapatero y sus zapatos no terminados. La señora Defarge dijo inmediatamente que ella subiría a buscarlos, y en efecto, un segundo después, cruzaba el patio, haciendo calceta. No tardó en reaparecer y en entregar los objetos pedidos, hecho lo cual volvió a su asiento y se entregó a la tarea de hacer calceta... sin ver nada.

Defarge montó en el pescante, dió la orden de «A la Barrera», el postillón hizo restallar el látigo, y la silla de postas partió volando.

Cruzando bajo centenares de faroles suspendidos, que brillaban con luz más viva en las calles mejores y con luz más opaca y triste en las de menos importancia, frente a tiendas profusamente iluminadas, a grupos de personas alegres y animadas, a cafés y teatros, llegaron a una de las puertas de la ciudad, donde les detuvieron los soldados que estaban de guardia.

--¡Los pasaportes, viajeros!

--Aquí están, señor oficial--contestó Defarge desde el pescante, pero saltando inmediatamente a tierra y llevando a un lado al oficial.--Estos son los pasaportes del señor de la cabeza blanca, que va dentro, los cuales me fueron confiados, juntamente con su persona, en...

Aquí bajó tanto la voz Defarge, que solamente el oficial pudo oir lo que le dijo.

Una porción de faroles rodearon al coche. Uno de ellos penetró por la portezuela, unido a un brazo que vestía uniforme militar, los ojos del propietario de aquel brazo escudriñaron el interior, y sobre todo al anciano de la cabeza blanca, y sus labios dijeron.

--Está bien. Adelante.

Bajo la inmensa bóveda de las luminarias eternas, algunas de ellas tan distanciadas de este mundo microscópico que, si hemos de dar crédito a lo que los sabios nos aseguran, es dudoso que sus fulgores hayan tenido tiempo de llegar hasta nosotros, reinaba una noche lóbrega, tempestuosa y fría. Las tinieblas se empeñaron en no conceder un momento de sosiego al señor Mauricio Lorry, quien, sentado frente al hombre enterrado en vida, no cesó de escuchar insistente, terrible, obstinada, la antigua pregunta, formulada, a no dudar, por aquéllas.

--¿Supongo que te interesará vivir?

La respuesta era también la de siempre.

--No puedo decirlo.

LIBRO SEGUNDO

EL HILO DE ORO

I

CINCO AÑOS DESPUÉS.

Ya en el año de mil setecientos ochenta, el domicilio social del Banco Tellson podía vanagloriarse de su respetable ancianidad. Era un edificio muy pequeño, muy obscuro, muy sucio y muy incómodo. Los socios de la Casa se enorgullecían de su pequeñez, se enorgullecían de su obscuridad, se enorgullecían de su suciedad y se enorgullecían de sus incomodidades: más todavía, su mayor timbre de gloria era que aquélla poseyera estas cualidades en grado eminente, y abrigaban la convicción íntima de que si fuera menos pequeña, menos obscura, menos sucia y menos incómoda, sería muchísimo menos respetable. Y cuenta que no se trataba de una creencia pasiva; nada de eso: era un arma que esgrimían contra otras casas similares establecidas en edificios lujosos. La casa Tellson, decían, no necesita salones, no necesita luz, no necesita comodidades ni lujos. Que los tengan Noakes y Compañía, o Snooks Hermanos, está bien; pero la casa Tellson... ¡Horror!

Cualquiera de los socios hubiera sido capaz de desheredar al hijo más mimado que hubiese osado insinuar siquiera la conveniencia de reedificar el domicilio social. En este particular, la casa se parecía mucho a la nación, que con frecuencia deshereda a aquellos hijos que llevan su inconcebible atrevimiento hasta el escandaloso extremo de proponer mejoras y adelantos en leyes o costumbres que todo el mundo reconoce y confiesa que son malas, pero que precisamente por esto mismo son más respetables.

Quedamos, pues, en que la casa Tellson era algo así como una glorificación de las molestias e inconveniencias. Aquellos de mis lectores que hubieran tenido necesidad o gusto de visitar la casa Tellson, después de abrir una puerta, que les habría dado la bienvenida con chirridos ásperos y estridentes, y de bajar dos escalones, se hubiesen encontrado en un miserable tugurio, donde dos empleados, viejos como el tiempo, sentados tras dos desvencijados mostradores, les habrían arrebatado el cheque o cheques de las manos, para examinar las firmas a la luz de la ventana más sucia que quepa imaginarse, ventanas que apenas si dejaban filtrar la luz, pues aparte de que sus cristales no se vieron jamás limpios de la capa de barro que desde la calle les fué arrojada el mismo día que los colocaron, estaban defendidas por gruesos barrotes de hierro enmohecido y gozaban de la sombra protectora del Tribunal del Temple. Si los negocios hubieran obligado a cualquiera a recorrer «la casa», este _cualquiera_ habría sido conducido a una especie de Celda de los Condenados, situada a espaldas del edificio, donde hubiese permanecido haciendo reflexiones filosóficas sobre la futilidad de la vida hasta que se le presentase la casa, con las manos en los bolsillos. Ingresaba o salía el dinero de cajones de madera roída por las carcomas. Los billetes de Banco olían a moho, cual si se encontrasen en pleno período de descomposición. Amontonada la plata en depósitos que, a no dudar, estaban en comunicación con las letrinas, dos o tres días bastaban para robarle su brillo peculiar. Quien fuera a depositar en el Banco títulos o valores de cualquier clase, podía abrigar la seguridad de que, cerrados aquéllos en cuartos que en su tiempo fueron cocinas o caballerizas, habían de oler muy en breve a guisotes trasnochados o a estiércol, y si un fatal pensamiento le inducía a llevar documentos o papeles de familia, éstos eran guardados en una cámara del piso alto, en cuyo centro había una mesa comedor, aunque jamás se sirvió en ella una comida, donde las cartas escritas por su primer amor, o por sus tiernos hijitos, quedaban condenadas, en pleno año de mil setecientos ochenta, a sufrir el horror de ser blanco de las miradas de las cabezas que a diario exponía en el Tribunal del Temple una brutalidad insensata y una ferocidad digna de Abisinia o de los aschantis.

Verdad es que en aquellos tiempos felices era la pena de muerte panacea universal, receta muy en boga en todos los oficios y profesiones, y no iba a ser una excepción, ni mucho menos, el Banco Tellson. Si la Naturaleza todo lo remedia con la muerte, ¿por qué no ha de hacer otro tanto la ley? Nada, pues, más natural y lógico que imponer pena de muerte al falsificador, pena de muerte al portador de un billete falso, pena de muerte al que abría indebidamente una carta, pena de muerte al que robaba cuarenta chelines y seis peniques. El que custodiaba un caballo a las puertas del Banco Tellson, y desaparecía con el animal, era condenado a muerte, a muerte condenaban a quien acuñaba un chelín falso, y con la cabeza pagaban las tres cuartas partes de los mortales que rozaban los linderos del crimen. Cierto que la sanción penal, con ser un poquito severa, lejos de prevenir, lejos de aminorar las transgresiones, las multiplicaba, pero concluía, por lo menos, de una vez y para siempre con las molestias y engorros anejos a cada paso particular. Tantas vidas había segado el Banco Tellson, y como él, todos los establecimientos similares contemporáneos suyos, que si las cabezas de los muertos hubieran sido apiladas frente a su fachada, es casi seguro que hubiesen cerrado por completo el paso a la escasa luz que por sus sucias ventanas penetraba en su interior.

Encaramados sobre bancos inverosímiles y arcones de formas raras, los empleados viejos del Banco trabajaban con extrema gravedad y compostura de esfinge. Cuando era admitido algún joven, encerrábanlo no se sabe dónde y no volvía a parecer hasta que era viejo. Evidentemente lo guardaban, como se guarda el queso, en alguna cámara obscura, hasta que había adquirido el olor peculiar de la Casa.

Fuera del edificio, cuya puerta jamás se le permitió franquear, sin ser llamado, había un viejo, investido de las funciones de portero y de mensajero, que era algo así como la muestra viva de la casa. Jamás se separó de la puerta, durante las horas de oficina, como no le enviaran a algún recado, y aun entonces, en la puerta le representaba un hijo suyo, pillete de unos doce años, que era su vivo retrato. No faltaban maliciosos que aseguraban que la casa se limitaba a tolerar al viejo en cuestión, a quien daban el remoquete de _Lapa_, aunque muchos años antes, en la iglesia parroquial de Houndsditch, donde cansado de permanecer encerrado y en tinieblas, quiso asomar sus ojos a la luz del mundo, recibió el nombre de Jeremías.

Fué escenario del incidente que voy a narrar la residencia particular del alto empleado _Lapa_, hora las siete y media de una mañana ventosa del mes de marzo, y _Anno Domini_, mil setecientos ochenta. Digo _Anno Domini_ en vez de año de Nuestro Señor, para acomodarme a la manera de hablar del sapientísimo _Lapa_, quien, creyendo que la era cristiana tuvo su origen en la invención del juego de dominó, hecha por una señora llamada Ana, siempre que hablaba de fechas, lo hacía anteponiendo a la del año las palabras _Ana Dominó_.

No estaban decoradas y amuebladas con lujo excesivo las habitaciones particulares del buen _Lapa_, ni pasaban de dos, contando como una un ropero, pero sí limpias y aseadas. Pese a lo intempestivo de la hora, y lo desapacible de la ventosa mañana de marzo, la habitación en que aquél roncaba como un justo había sido barrida y baldeada, y sobre la mesa, su poquito coja, cubierta con un mantel, blanco como la nieve, brillaban las copas, platos, y demás utensilios necesarios para el almuerzo.

Roncaba el _señor Lapa_ bajo las colchas de la cama como roncar pudiera cualquier Arlequín en su casa. El sueño era profundo; pero al fin comenzaron a agitarse las colchas, _Lapa_ se revolvió con aire inquieto, y al cabo del rato aparecieron sobre las sábanas unas púas que por milagro no las rasgaron, y que eran el abrigo con que la Naturaleza dotó a su cabeza. A la par que asomaban los pelos, exclamó su propietario con voz exasperada.

--¡Que me empalen si no ha vuelto a las andadas!

Una mujer, prototipo de laboriosidad y de orden, se alzó de un rincón, donde se hallaba de rodillas, con apresuramiento más que suficiente para demostrar que a ella iban dirigidas las airadas palabras del durmiente.

--Conque vuelta a lo de siempre, ¿eh?--repuso _Lapa_, alargando un brazo en busca de una bota.

La bota salió volando por los aires juntamente con esta segunda salutación. Era una bota sucia, llena de barro; y ya que de las botas hablo, diré, como circunstancia que no deja de ser extraña, que al paso que el _señor Lapa_ volvía muchas veces a su casa, después de terminado su servicio en el Banco, con las botas limpias, rara era la mañana que, al despertar, no estaban aquéllas llenas de lodo.

--¿Qué estabas haciendo ahí, beata de los demonios?--gritó el melifluo _Lapa_, después de errar el tiro.

--Rezaba.

--¡Rezaba!... ¡Bonita ocupación! ¿Y qué es lo que te propones, pasándote el tiempo de rodillas rezando contra mí?

--No rezo contra ti, sino por ti.