Part 18
--¡Mírala!--exclamó el doctor de Beauvais, extendiendo el brazo en dirección a la luna y dando a sus palabras una entonación que su hija no pudo olvidar en mucho tiempo.--Muchas veces la he visto desde la estrecha ventana de mi calabozo, cuando su luz me hacía daño. La he contemplado muchas veces cuando me producía torturas tan espantosas pensar que brillaba sobre los seres que yo había perdido, que de buena gana me hubiese lanzado de cabeza contra los muros de mi prisión. La he contemplado encontrándome en tal estado de atontamiento e imbecilidad, que no se me ocurría pensar en otra cosa que en el número de líneas horizontales que en su superficie podría trazar durante el plenilunio, y el de las perpendiculares con que me sería dable cortar a las primeras. Recuerdo que calculaba que cabían veinte de cada clase--añadió pensativo--y la vigésima cabía con dificultad. La he contemplado pensando millones de veces en el hijo del que me arrancaron violentamente antes que naciera... Pensaba si había nacido vivo, si vivía, si el dolor de la madre habría muerto a los dos. Pensaba sí, caso de ser varón, vengaría a su padre, pues mientras estuve enterrado en vida, hubo tiempo en que me dominaba un deseo intolerable de venganza; pensaba si acaso nunca llegaría a saber la triste historia del autor de sus días, si tal vez creyera que su padre había desaparecido libre y espontáneamente. Pensaba que si era hija, llegaría a ser mujer, y me la representaba olvidada por completo de mí, ignorante de mi existencia. Con la imaginación la veía crecer, vivir un año y otro año; la he visto casada con un hombre que desconocía mi triste suerte. Me he considerado muerto para el mundo de los vivos, y he visto la generación siguiente a la mía en la que yo no figuraba.
--¡Padre mío!--exclamó la joven, besando a su padre con transporte.--No ha existido nunca esa hija a la que tus pensamientos se referían, pero, esto no obstante, casi me hace tanto daño oirte hablar como hablas como si esa hija fuera yo.
--¿Tú, Lucía? ¡Al contrario! Precisamente esos recuerdos brotan de la dicha, de los consuelos que me has traído, y como son recuerdos agradables, tengo placer en recordarlos a la luz de la luna de nuestra noche última... ¿Qué estaba diciendo?
--Que nada sabía de ti tu hija... que no se acordaba de ti.
--Es verdad; pero otras noches, cuando mi tristeza y el silencio que me rodeaba daban a mi emoción rumbo distinto, cuando me producían algo así como una sensación dolorosa de paz... como una emoción cuyo fundamento era el dolor... me imaginaba a mi hija penetrando en mi calabozo sacándome de la fortaleza en que estaba encerrado y proporcionándome la libertad. Muchas, muchísimas veces he visto su imagen a la luz de la luna, lo mismo que en este momento veo la tuya. Había, sin embargo, una diferencia, y es, que jamás pude llegar a estrecharla entre mis brazos, que siempre la veía fría, inmóvil, rígida en el centro del calabozo, en el espacio comprendido entre la reja y la puerta... Ya comprenderás que no eras tú la niña de que hablo.
--No lo era; es cierto... pero tu fantasía te hacía creer...
--No; nada de eso. Mi órgano visual, perturbado, es claro, la veía inmóvil, y en cambio, el fantasma que mis facultades intelectuales perseguían era el fantasma de otra niña distinta y más real. De su aspecto externo, no sé sino que se parecía a su madre la imagen que veían mis ojos... y el otro, el fantasma... también se le parecía... como te pareces tú... pero era un parecido diferente. ¿Me entiendes, Lucía? No, ¿verdad? Dudo mucho que quien no se haya pasado largos siglos recluído y separado de los suyos pueda comprender las distinciones sutiles de un prisionero.
Aunque la calma del padre era perfecta, la joven sentía correr hielo por sus venas al oirle cómo disecaba la condición de ánimo en que en tiempos, afortunadamente pasados, se encontró.
--Me la he imaginado viniendo a mi calabozo a la luz de la luna para decirme que su dichoso hogar de casada estaba lleno de dulces recuerdos de su padre perdido para siempre. En su gabinete ocupaba mi retrato lugar preferente y yo era el que inspiraba sus plegarias. Su vida era activa, feliz, útil; pero la llenaba, la saturaba mi triste historia.
--Esa hija era yo, padre mío. No era, ni con mucho, tan buena como te la imaginabas, pero mi tierno cariño no lo exageraba tu fantasía.
--Me enseñaba también a sus hijos, a los cuales con frecuencia hablaba de mí. Todos ellos habían aprendido a compadecerme. Cuando pasaban cerca de uno de esos sepulcros que llaman prisiones de Estado, desviaban sus miradas de sus ceñudos muros, miraban con temor a sus rejas y hablaban en voz muy baja. Mi hija no podía darme la libertad; pero aun así, bastaba que me la representase mostrándome las cosas que acabo de indicar, para que corriesen por mis mejillas lágrimas consoladoras y para que cayera de rodillas bendiciéndola.
--Yo soy esa hija, sí, yo soy. ¡Oh, padre mío! ¿Me bendecirás mañana con ese mismo fervor?
--Recuerdo esas torturas antiguas, Lucía querida, porque así resalta más y más la dicha que esta noche me embarga. Jamás mis esperanzas, ni aun cuando fueron más desmesuradas, llegaron a representarme una felicidad tan grande como la que experimento desde que estoy a tu lado, como la que espero saborear en lo futuro.
Abrazó a continuación a su hija, la bendijo solemnemente y dió gracias fervientes a Dios que se la había concedido. Poco después entraban abrazados en la casa.
No asistirían invitados a la ceremonia matrimonial, ni por causa del matrimonio se harían alteraciones en la residencia del doctor. Habíanse limitado a ensancharla un poco tomando el piso superior que hasta entonces ocupara un inquilino invisible, con lo que quedaron colmados sus deseos.
El doctor Manette estuvo muy alegre y animado durante la cena. Tres personas se sentaron a la mesa, siendo la tercera la señorita Pross. El doctor sintió que no hubiesen invitado a Carlos Darnay; hasta sintió tentaciones de regañar a las que fraguaron el complot que le había alejado, y bebió a su salud.
Ya muy tarde, dió las buenas noches a Lucía y se retiró a su habitación. A las tres de la madrugada, la joven, no del todo libre de temores y de presentimientos, se levantó y entró sigilosamente en el dormitorio de su padre.
Todo lo encontró en su puesto, todo en orden, todo tranquilo. El doctor dormía con placidez, su larga cabellera blanca caía sobre la almohada y sus manos reposaban con naturalidad sobre la colcha. La niña dejó la palmatoria en un rincón, avanzó hasta el lecho y rozó con sus frescos labios los agostados de su padre. A continuación posó sobre él una mirada intensa.
Hondas huellas habían dejado en su perfecto rostro las aguas amargas del cautiverio; pero tan firme, tan enérgica era la resolución de aquel padre, que hasta durmiendo conseguía disimularlas. En los extensos dominios del sueño, seguramente no se habría encontrado aquella noche otro rostro tan prevenido contra las miradas de cualquier visitante inesperado como el del doctor Manette.
Tímidamente posó una mano sobre aquel pecho tan querido, y pidió con fervor a Dios que le concediese serle siempre tan fiel como su amor paternal y sus pasados sufrimientos merecían. Retiró luego la mano, besó aquella boca adorada una vez más, y salió del dormitorio.
Cuando nació el sol, las sombras que las hojas del plátano proyectaban sobre su cara no se movían con tanta dulzura como se movieron los labios de Lucía cuando dirigió al Cielo su plegaria.
XVIII
NUEVE DIAS
La naturaleza desplegó todas sus galas el día del matrimonio. Ya estaban dispuestos todos los que a la ceremonia debían asistir, esperando que el doctor saliera de su habitación, donde estaba hablando con Carlos Darnay. Junto a la puerta de la habitación indicada estaban la novia, radiante de belleza, el señor Lorry y la señorita Pross... para la cual el suceso, merced a un proceso gradual de reconciliación con lo inevitable, hubiese sido manantial de dicha infinita, de no ensombrecerlo un poquito la penosa consideración de que el novio no debía ser Carlos Darnay sino su hermano Salomón.
--¡La verdad es que hice un negocio redondo!--exclamó Lorry, quien no se cansaba de admirar a la novia.--¡Mire usted que acompañarla en su viaje a través del Canal para esto! ¡Válgame Dios, y qué poco pensé lo que hacía! ¡Y qué poco valor concedía yo al servicio que en aquella ocasión presté a mi buen amigo Carlos Darnay!
--¡No sé cómo podía usted concederle más o menos valor del justo si ni remotamente soñaba en lo que había de suceder!--observó la señorita Pross.--¡Tonterías!
--¿De veras? Quizá tenga usted razón... Pero no llore--replicó Lorry.
--Yo no lloro; el que llora es usted--replicó la señorita Pross.
--¿Yo, Pross de mis pecados?--preguntó Lorry, que ya se atrevía a bromear con su interlocutora alguna que otra vez.
--Usted, sí. Llora en este instante, lo he visto, y es tonto que me lo niegue. Además, no me extraña. Un regalo como el que usted ha hecho a la señorita, es para arrancar lágrimas a los ojos de una estatua de piedra. ¡Vaya un servicio de plata! Yo estuve llorando anoche sobre cada uno de los tenedores, sobre cada una de las cucharas de la colección desde que llegó el estuche hasta que pude verlo abierto.
--Lo que me envanece sobremanera, aunque por mi honor juro que no fué mi intención que ese pequeño recuerdo hiciera sufrir a nadie. ¡Diablo, diablo! ¡He aquí una ocasión que obliga a un hombre a pensar con pena en lo lo que ha perdido! ¡Cuando me acuerdo de que hace ya cincuenta años que podría haber en el mundo una señora Lorry...!
--¡Lo niego!--replicó la señorita Pross.
--¡Cómo! ¿Opina usted que era imposible que hubiera una señora Lorry?
--¡Quite usted allá! ¡Desde que lo mecían en su cuna viene usted siendo soltero!
--Lo creo muy probable--contestó Lorry arreglándose el peluquín.
--Y antes que lo pusieran en la cuna, lo cortaron para solterón sempiterno.
--En cuyo caso, hicieron muy mal, pues debieron escuchar mi voto antes de escoger el patrón... Estoy oyendo ruido de pasos en la habitación contigua, mi querida Lucía--añadió pasando el brazo alrededor de la cintura de la novia--y la señorita Pross, y yo, como personas formales y de negocios que somos, suspendemos nuestra controversia, porque no queremos desperdiciar la oportunidad que se nos ofrece para decirla algunas cosillas que no la desagradará oir. Va usted a dejar a su padre, querida niña, en manos tan cariñosas y tan deseosas de servirle como las de usted, en manos que se desvivirán por atenderle y cuidarle durante las dos semanas que los felices desposados han de pasar en Warwickshire y sus contornos. Hasta el Banco Tellson retrocederá, metafóricamente hablando, para darle paso. Y cuando terminados los quince días, acompañe a usted y a su querido esposo en el viaje a Wales, que ha de durar otros quince días, ha de confesar usted que se lo devolvemos más contento y feliz de lo que nos lo dejó... Pero _alguien_ se acerca a la puerta, y esta linda muchachita permitirá que la bese un solterón empedernido antes que aquel _alguien_ llegue y reclame lo que es suyo.
El excelente Lorry estuvo un buen espacio contemplando aquel hermoso rostro, separó luego los sedosos rizos de oro, que se confundieron con su peluquín castaño, y posó sus labios sobre la tersa frente con la delicadeza con que hacían estas cosas los contemporáneos de Adán.
Abrióse la puerta de la habitación del doctor saliendo éste seguido de Carlos Darnay. Mortal palidez cubría el rostro del primero, en el que ni rastros de color quedaban, palidez que no existía cuando en su habitación quedó encerrado con Darnay. Su actitud, sin embargo, su expresión, continuaban inalterables, aunque el ojo penetrante de Lorry descubrió cierta indicación sombría que acusaba el paso sobre su alma del soplo de repulsión y de odio que otras veces, semejante a fugaz ráfaga de viento helado, le había azotado.
Dió el brazo a su hija y la acompañó hasta el carruaje que Lorry, en atención a la solemnidad del día, había alquilado. Las demás personas se acomodaron en otro carruaje, y minutos después, Carlos Darnay y Lucía Manette quedaban unidos con dulces e indisolubles lazos en la iglesia próxima.
Además de las transparentes lágrimas que brillaron entre sonrisas mientras tenía lugar la ceremonia, en la mano de la novia chispearon algunos brillantes de aguas clarísimas que momentos antes habían sido libertados de la obscuridad de uno de los bolsillos del señor Lorry, donde se hallaban recluídos. Regresaron los novios a la casa, seguidos por el reducido círculo de invitados, almorzaron, y más tarde, la hermosa cabellera de oro que en otro tiempo confundiera sus hebras con los blancos mechones del pobre zapatero que en un sotabanco de París hacía zapatos con verdadero ardor, volvió a juntarse con los mismos, bañada por los resplandores de un sol matinal, en el umbral de la puerta y en el momento de la despedida.
Era una separación dolorosa, aunque su duración habría de ser poca. El padre animó a su hija, se desprendió dulcemente de los amantes brazos de ésta, y dijo con expresión animada:
--¡Tómala, Carlos! ¡Es tuya!
Un minuto después, por la ventanilla de una silla de posta que se alejaba salía una mano que agitaba un pañuelo; la mano de Lucía.
Como el rinconcito de Soho estaba a cubierto de miradas curiosas y fuera de los sitios frecuentados por los ociosos, y por otra parte, los preparativos habían sido sencillos y nada aparatosos, una vez se hubieron ido los novios, quedaron completamente solos el doctor, el señor Lorry y la señorita Pross. Cuando los tres volvieron a entrar en el salón, fué cuando Lorry reparó en el cambio terrible que acababa de sufrir el doctor: no parecía sino que el brazo del gigante de oro había descargado sobre él un golpe envenenado.
Natural era que a los esfuerzos violentísimos que necesariamente hubo de hacer para mantener cerrada dentro del pecho su emoción, siguiera la revulsión, también violenta, tan pronto como desapareciera la causa, la ocasión de aquéllos. No fué, pues, la revulsión, no fué el aplanamiento, lo que alarmó al señor Lorry, sino el enajenamiento con que llevó el doctor las manos en la cabeza, la monotonía lúgubre con que empezó a pasear tan pronto como entró en la habitación, y le alarmaron esos síntomas, porque le recordaron el sotabanco de la taberna de Defarge y la condición en que allí encontró al doctor.
--Creo--dijo en voz muy baja a la señorita Pross--que no debemos dirigirle la palabra en este instante ni distraerlo en forma alguna. Voy a dar un vistazo al Banco, de donde regresaré dentro de un momento. A mi vuelta, le sacaré al campo, donde comeremos después de dar un buen paseo, y espero que de esa suerte conseguiremos disipar los negros pensamientos que parece que flotan sobre su alma.
Nada más fácil para Lorry que entrar en el Banco; pero nada más difícil que salir de él. El vistazo que se proponía dar duró dos horas. Cuando volvió a la casa de Soho y subió la escalera, sin preguntar al criado que salió a abrirle, al ir a entrar en la habitación del doctor, a la cual se dirigía en derechura, quedó como clavado en el suelo. Dentro de la habitación sonaban recios y repetidos golpes.
--¡Buen Dios!--exclamó, retrocediendo un paso--¿Qué es eso?
La señorita Pross, con el terror pintado en su cara, murmuró en su oído:
--¡Qué desgracia...! ¡Pobres de nosotros...! ¡Todo está perdido, todo! ¿Qué le decimos a la señorita? ¿Quién se lo dice? ¡Oh...!--añadió, retorciéndose las manos--¡No me conoce, señor Lorry, y está haciendo zapatos!
Esforzóse Lorry por calmarla, bien que inútilmente, y penetró en la habitación del doctor. Había acercado éste la banqueta a la ventana, tal como la tenía colocada en el sotabanco de París, y trabajaba con ardor, doblada la cabeza sobre el zapato.
--¡Doctor Manette!--gritó Lorry.--¡Mi amigo querido... mi buen doctor Manette...!
Alzó la cabeza el doctor, miró al que le llamaba con expresión entre de extrañeza y de cólera, descontento sin duda de que se atrevieran a dirigirle la palabra... y prosiguió su tarea.
Habíase despojado de la levita y del chaleco, llevaba la camisa desabrochada y el pecho desnudo, exactamente igual que cuando le encontraron en el sotabanco de la taberna, hasta había recobrado su rostro el antiguo aspecto macilento y sombrío de los años de su desgracia, y trabajaba con ardor extraordinario, con impaciencia, como quien termina una obra urgente y no quiere ser interrumpido.
Miró Lorry el zapato que el doctor cosía y vió que era de forma muy pasada de moda. No se atrevió a sacárselo de las manos; pero tomó otro que había a los pies del zapatero, y preguntó a éste qué era.
--Zapato de paseo para señorita--contestó el doctor sin alzar los ojos.--Hace ya mucho tiempo que debí terminarlo. Déjeme en paz.
--¡Pero por Dios vivo, doctor Manette!--exclamó Lorry.--¡Míreme!
Obedeció el doctor con la sumisión mecánica antigua, pero sin interrumpir su labor.
--¿No me conoce ya, mi querido amigo? ¡Vuelva usted en sí, doctor Manette! Su oficio no es el de zapatero... no lo ha sido nunca.
Fué trabajo perdido intentar arrancarle una sola palabra. Alzaba momentáneamente la cabeza cuando Lorry se lo decía, pero todas las instancias, todas las súplicas fueron estériles: no habló. Trabajaba, cosía con verdadero ardor, y las palabras que le eran dirigidas resbalaban sobre sus oídos, cual resbalarían sobre frío muro de acero. Un solo rayo de esperanza brilló entre las sombras de desesperación que envolvieron a Lorry, y fué que algunas veces, el doctor le miraba furtivamente sin que él se lo dijera. El rayo de esperanza era débil, como que no tenía más fundamento que el de ser las miradas de su amigo a manera de indicación de curiosidad, de perplejidad de ánimo, algo así como síntoma de que el doctor intentaba armonizar, poner de acuerdo ciertas dudas que hubiesen surgido en su alma.
Lorry opinó que se imponía la necesidad de adoptar dos resoluciones importantes, aparte de otras de importancia más secundaria: la primera, evitar que Lucía tuviera noticia de la desgracia, y la segunda, evitar que ésta llegara a oídos de ninguna de las personas que conocieran al doctor. Puesto de acuerdo con la señorita Pross, tomó inmediatamente las medidas de precaución necesarias para conseguir el segundo resultado, y éstas consistieron en manifestar que el doctor se encontraba indispuesto, y que su estado de salud exigía algunos días de reposo y de aislamiento absoluto. Para engañar a su hija, la señorita Pross debía escribir una carta haciéndola saber que su padre había tenido que salir por asuntos de su profesión, y comentando una misiva recibida por correo y escrita por el doctor a toda prisa, en la cual se limitaba a decir que su ausencia sería breve.
Estas medidas eran, por decirlo así, de carácter general, y Lorry las adoptó por si la crisis desgraciada del doctor desaparecía pronto. Por si esta solución no se hacía esperar, consideró necesario, o muy conveniente por lo menos, seguir un plan del que se prometía grandes resultados para lo futuro, plan que consistía en formar opinión fundada y motivada acerca de la condición de ánimo de su amigo.
Muy pronto hubo de convencerse de que, hablarle, no sólo era perfectamente inútil, sino también perjudicial, puesto que cuando le estrechaba a fuerza de preguntas o de observaciones, le desazonaba y excitaba más y más. Desistió, en consecuencia, de hablarle, y resolvió no dejarle un momento solo, convertirse en protesta muda contra el engaño en que había caído o estaba cayendo. A este efecto, y en su deseo de llevar a cabo la noble misión que se había impuesto envolviéndola en el mayor secreto, por primera vez en su vida tomó las medidas convenientes para permanecer por plazo indefinido ausente del Banco, y se posesionó de una butaca colocada junto a la ventana de la habitación del doctor, donde se pasaba el tiempo leyendo o escribiendo.
El doctor Manette comió y bebió lo que le sirvieron, y trabajó el día primero hasta que le faltó la luz, siendo de notar que, cuando él hubo de dejar su tarea, hacía ya media hora larga que Lorry había tenido que dejar a un lado el libro que estaba leyendo, sencillamente porque no veía ya las letras. Lorry se levantó al ver que el doctor dejaba los útiles del oficio, y le preguntó:
--¿Quiere usted salir?
Clavó el doctor los ojos en el suelo, los llevó de una parte a otra como en tiempos pasados, y alzándolos al fin, dijo:
--¿Salir?
--Sí... A dar un paseo conmigo: ¿por qué no?
No intentó explicar por qué no, ni volvió a despegar los labios; pero Lorry, mientras le contemplaba con mirada penetrante, doblando el cuerpo, apoyados los codos sobre las rodillas y la cabeza sobre las palmas de las manos, creyó que el desdichado se preguntaba a sí mismo: «¿Por qué no?» La sagacidad del hombre de negocios vió en ello una ventaja, y resolvió sacar de ella todo el partido posible.
Durante las noches, vigilaban al enfermo desde la habitación contigua, ora el señor Lorry ora la señorita Pross, a cuyo efecto habían establecido dos turnos, correspondientes a otras tantas mitades en que dividieron el servicio de guardia. El doctor solía pasar algún tiempo paseando por su cuarto antes de recogerse en el lecho; pero cuando se acostaba, dormíase profundamente y disfrutaba de un sueño tranquilo. Llegada la mañana, no bien se levantaba, dirigíase en línea recta a su banqueta y se ponía a trabajar.
En el segundo día de la crisis, Lorry saludó al doctor llamándole por su nombre, y seguidamente comenzó a hablarle de asuntos que a entrambos eran muy familiares. No le contestó aquél, pero era evidente que oyó lo que se le decía y que pensaba en ello, bien que de una manera confusa. Esto animó a Lorry, quien rogó a la señorita Pross que entrara a hacerle compañía varias veces durante el día, a fin de hablar constantemente de Lucía y de su padre, presente a las conferencias, con naturalidad y como si nada hubiese sucedido. Los resultados no fueron muy felices, pero tampoco tan estériles que no animaran a Lorry a continuar el plan, pues se consiguió, ya que no otra cosa, disipar, siquiera fuera por breves instantes, el estado de indiferencia en que se hallaba sumido.
Cuando cerró la noche de este segundo día, Lorry repitió su pregunta del día anterior:
--Mi querido doctor: ¿quiere usted salir?
Y como el día anterior respondió el interrogado:
--¿Salir?
Fingió Lorry una ausencia al no poder obtener otra contestación, volviendo a entrar al cabo de una hora. Mientras Lorry estuvo fuera, el doctor retiró la banqueta que estaba junto a la ventana y se sentó en una silla, desde donde estuvo contemplando el plátano del patio; pero no bien entró Lorry en la habitación, volvió a sentarse en la banqueta.
Pasaron los días, y las esperanzas que Lorry concibiera íbanse desvaneciendo poco a poco. Cierto que la desgracia no había salido de la habitación del doctor; cierto que era un secreto para todos, que Lucía ni remotamente la sospechaba y que era feliz y estaba contenta; pero el buen banquero no podía menos de ver, con profunda pena, que el zapatero, cuya mano estaba torpe los primeros días, iba adquiriendo una habilidad maravillosa, que el doctor tomaba por momentos más gusto al oficio, y que sus manos en ninguna hora del día trabajaban con tanto ardor y tanta destreza como cuando la noche tendió su negro manto sobre el día noveno después de la desgracia.
XIX
UNA OPINIÓN
Muertas las energías a manos de largas y ansiosas horas de incesante vigilancia, el señor Lorry cayó dormido en su puesto de honor. Un rayo tan indiscreto como brillante del sol matinal vino a sacudir el pesado sueño que le venciera la noche anterior, que era la décima de las de la serie de vigilancia.