Part 16
--Le vi, señores--comenzó el peón caminero,--ha hecho un año este verano, bajo el carruaje del señor Marqués, pendiente de la cadena. Yo acababa de dejar mi tarea, el sol se hundía en el horizonte, el coche del señor Marqués subía trabajosamente la colina, y él iba suspendido de la cadena de esta manera.
El orador representó gráficamente una escena que había representado millares de veces en la aldea durante un año entero.
Tomó la palabra Santiago Primero para preguntar al caminero si había visto antes al hombre que pendía de la cadena.
--Nunca--contestó el interpelado, recobrando la posición perpendicular.
Preguntó Santiago Tercero cómo había podido reconocerle después, no habiéndole visto hasta ese día.
--Le reconocí por su elevada estatura--dijo el peón caminero, puesto el índice de la mano derecha en la nariz.--Cuando aquella noche preguntó el señor Marqués qué señas tenía, yo contesté: «Es alto como un espectro».
--Debió usted decir «pequeño como un enano»-observó Santiago Segundo.
--¿Y qué sabía yo? Ni había sido cometida la hazaña ni él se había confiado a mí. Pero tengan ustedes en cuenta que, aun en esas circunstancias, yo nada declaré, nada dije. Buena prueba de ello es que el señor Marqués, señalándome con el dedo, gritó: «¡Traedme a ese canalla!» ¡No, no, señores! ¡Nada dije!
--Tiene razón, Santiago--dijo Defarge.--Sigue.
--Pues bien--continuó el peón caminero con aire de misterio.--El hombre alto se ha perdido y lo buscan... ¿desde cuándo? ¿Desde nueve, diez, once meses?
--El número de meses es lo que menos viene al caso--contestó Defarge.--Estaba bien escondido, pero al fin y a la postre, le encontraron desgraciadamente. Prosigue.
--Otra vez estoy trabajando en la falda de la colina y el sol traspone también las montañas de Occidente, como en la ocasión anterior. Recojo mis herramientas para bajar a la aldea, donde ha cerrado ya la noche, cuando, al alzar los ojos, veo aparecer en la cima de la colina seis soldados. En medio de los soldados veo a un hombre con los brazos atados a los lados... en esta forma.
Con la ayuda de su indispensable gorro azul, el orador representa admirablemente a un hombre cuyos codos están amarrados a la cintura.
--Me hago a un lado, señores, colocándome junto a un acopio, para ver pasar a los soldados y a su prisionero, pues se trata de un camino militar por el que nada pasa que no sea digno de ser mirado, y cuando aquellos se acercaron, en los primeros momentos, nada vi más que a seis soldados que conducían a un hombre amarrado, un hombre alto, y que soldados y prisionero parecían negros, excepto por la parte que daba frente a la puesta del sol, donde advertí algunas líneas rojizas. También pude observar que las sombras que proyectaban sus cuerpos cruzaban el camino en todo su ancho, cual si fueran sombras de gigante. Vi asimismo que iban cubiertos de polvo, y que levantaban nubes de polvo al andar marcando el paso. Cuando pasaron frente a mí, reconocí al hombre alto que llevaban preso y él me reconoció también a mí. ¡Ah! ¡Bien sé yo que el preso se hubiera arrojado de cabeza por la falda de la colina como hizo la tarde en que le vi por vez primera en el mismo sitio!
A continuación hizo una descripción detallada y llena de vida de la escena a que acababa de aludir.
--Ni yo di a entender a los soldados que había reconocido al preso, ni el preso dejó entrever a los soldados que me hubiera reconocido a mí. En cambio nosotros nos lo dimos a comprender por medio del lenguaje de los ojos. «¡Vivo, vivo!»--dijo el jefe de los soldados.--«¡Llevémosle pronto a la fosa!»; y, en efecto, aceleraron el paso. Yo les seguí. Los brazos del preso estaban hinchados por efecto de la brutal presión de las cuerdas, y como sus zuecos le estaban grandes y eran muy pesados, andaba cojo. El que está cojo, no puede caminar de prisa, y como los soldados querían hacer con rapidez el viaje, arreaban al preso de esta manera.
El peón caminero imitó los movimientos del hombre a quien obligan a caminar a culatazos.
--Cayó de bruces el prisionero mientras bajaban la pendiente corriendo como locos. Los soldados rompieron a reir y le levantaron. Sangraba su cara y estaba llena de tierra, pero el infeliz no pudo llevar hasta ella sus manos, lo que, visto por los soldados, dió margen a nuevas carcajadas. Lleváronle a la aldea, que salió en masa a verle, y desde la aldea al molino, y desde el molino al calabozo. La aldea entera vió cómo se abría la puerta del calabozo y se engullía al prisionero de esta manera:
El peón caminero abrió una boca descomunal, y la cerró con estrépito producido por sus dientes al entrechocarse con violencia. Con tal verismo quiso representar la escena, que continuó con la boca cerrada hasta que Defarge, al cabo de un buen espacio de esperar, dijo:
--Adelante, Santiago.
--La aldea en masa se retira,--prosiguió el caminero, bajando la voz y puesto sobre las puntas de sus pies,--la aldea en masa se congrega en torno de la fuente, y habla; la aldea entera se recoge en sus lechos; la aldea entera sueña en aquel desdichado, que se encuentra entre muros y hierros, encerrado en el calabozo que se alza al borde del tajo, del cual no saldrá más que para morir. A la mañana siguiente, me echo las herramientas sobre los hombros, tomo un pedazo de pan negro, y dando un rodeo, paso junto a la cárcel antes de dirigirme al trabajo. Allí le veo, detrás de los recios barrotes de aquella jaula de hierro, cubierto de sangre y de polvo, lo mismo que estaba la noche anterior. No puede alargarme una mano, porque ninguna le han dejado libre; no me atrevo a llamarle ni él se atreve a decirme palabra; su aspecto es el de un muerto.
Tanto Defarge como los tres oyentes se dirigen miradas sombrías, miradas que respiran odio y venganza, mientras escuchan la historia de labios del caminero. La actitud de los tres, aunque reservada, es autoritaria, cual si constituyeran un tribunal severísimo. Los Santiagos Primero y Segundo están sentados sobre el viejo jergón, apoyadas las respectivas barbillas sobre las manos y fijos los ojos en el narrador. Santiago Tercero ha puesto una rodilla en tierra y no cesa de pasar su mano nerviosa por su boca y nariz, y Defarge, de pie entre el grupo formado por los tres Santiagos y el narrador, ora mira a éste, ora vuelve su severa cara hacia aquéllos.
--Adelante, Santiago--dice Defarge.
--En aquella jaula de hierro le tienen encerrado una porción de días. La aldea le ve, pero recatándose, pues tiene miedo. Durante el día, contempla desde lejos el calabozo del tajo, y por la noche, cuando ha terminado la labor del día y se reúne junto a la fuente, todas las caras se vuelven hacia la cárcel. Antes, el objeto de las miradas de la aldea entera era la casa de postas: hoy es la prisión del tajo. En las conversaciones que la aldea sostiene junto a la fuente dice que, aun cuando le condenaran a muerte, no será ejecutada la sentencia; dicen que han sido presentadas en París exposiciones en las cuales demuestran que el infeliz enloqueció y no supo lo que hacía a consecuencia de la desgraciada muerte de su hijo; dicen que ha sido presentada una exposición al mismo Rey... ¿Quién sabe? ¡Puede ser! Yo no aseguro ni que sí ni que no.
--¡Escucha con atención, Santiago!--interrumpió con duro acento Santiago Primero.--Sabe que ha sido presentada una exposición al Rey y a la Reina. Todos los que aquí estamos, excepción hecha de ti, sabemos que el Rey la tomó en sus manos, en ocasión en que paseaba por la calle en carruaje, sentado junto a la Reina. Defarge, a quien estás viendo, con riesgo de su vida, se puso delante de los caballos llevando el memorial en la mano.
--¡Escúchame ahora a mí, Santiago!--terció Santiago Tercero, siempre con una rodilla en tierra y agitando sus nerviosos dedos.--¡La escolta, de a pie y de a caballo, cayeron sobre el suplicante y le magullaron a golpes! ¿Has entendido?
--He entendido, señores.
--Adelante, pues--dijo Defarge.
--No faltan tampoco personas que aseguran que ha sido llevado a nuestro país para ejecutarlo en él, y que será irremisiblemente ejecutado. También dicen que, como mató al señor, y el señor es el padre de sus vasallos, será ejecutado como parricida. Dice un viejo que quemarán en vivo su mano derecha, armada de un cuchillo; que en las heridas que abrirán en sus brazos, en su pecho y en sus piernas, derramarán aceite hirviendo, plomo derretido, resina encendida, cera y azufre ardiendo, y finalmente, que atado a las colas de cuatro caballos, será despedazado. Afirma el mismo viejo que eso fué lo que hicieron con un reo que atentó contra la vida de nuestro difunto rey Luis XV. ¿Será verdad? ¿Será mentira? No lo sé: no soy sabio.
--¡Escucha otra vez, Santiago!--exclamó el tercero de este nombre.--El reo de quien hablas se llamaba Damiens, y el programa que acabas de exponer se ejecutó a la luz del sol y en las calles de París. Acerca de la impresión que produjo en las personas que lo presenciaron, sólo te diré, Santiago, que la infinidad de damas de la más alta nobleza que acudieron a presenciar la ejecución, no quisieron privarse de ningún detalle, la contemplaron con arrobamiento hasta el final... hasta el final, Santiago, que no sobrevino hasta el anochecer, horas después de haber perdido el infeliz dos piernas y un brazo... ¡y aun respiraba! Ocurrió eso... Pero dime, ¿cuántos años tienes?
--Treinta y cinco--contestó el caminero, que representaba sesenta.
--¡Demasiados!--murmuró con impaciencia Defarge.--Continúa.
--No se habla en la aldea de otra cosa: hasta la fuente parece haber aprendido la misma cantinela. Al fin, un domingo por la noche, llegan los soldados y se encaminan a la prisión. Obreros que cavan, obreros que clavan, soldados que ríen a carcajadas, y cuando luce el día, junto a la fuente se alza un patíbulo de cuarenta pies de elevación, cuya sombra envenena las aguas. Todo el mundo suspende los trabajos, todo el mundo se reúne allí, las vacas no salen al campo porque tampoco quieren privarse del espectáculo. Al mediodía truenan los tambores. Los soldados, que la noche anterior fueron a la prisión, vuelven llevándole en medio. El reo está amarrado, le han puesto en la boca una mordaza sujeta con una cuerda en forma tal, que parece que ríe. En lo alto del patíbulo han colocado un cuchillo con la punta al aire. El reo es ahorcado a cuarenta pies de altura, y su cadáver queda balanceándose... envenenando con su sombra las aguas de la fuente.
Los oyentes se dirigieron miradas sombrías, mientras el narrador se secaba el sudor de la cara con el gorro azul.
--¡Es horroroso, señores!--repuso.--¿Cómo han de beber agua de la fuente las mujeres y los niños? ¿Quién es el atrevido que osa hablar durante la noche bajo aquella sombra? ¿Bajo la sombra dije? ¡Cuando yo salí de la aldea el lunes por la tarde, casi a puestas de sol, volví la cabeza desde la cima de la colina y vi que la sombra cubría la iglesia, cubría el molino, cubría la prisión del tajo, cubría toda la tierra, señores, que tiene por techo el cielo azul!
El oyente que escuchaba rodilla en tierra parecía estar hambriento de algo... que no era ni comida ni bebida.
--He terminado, señores. Abandoné la aldea momentos antes de ponerse el sol, conforme acabo de decir, y caminé toda la noche y la mitad del día siguiente, hasta que encontré, conforme también he dicho, a este camarada. En su compañía llegué hasta aquí, unas veces a pie otras a caballo, viajando todo el resto del día de ayer y toda la noche pasada. He dicho.
--Está bien--dijo Santiago Primero, después de un silencio imponente.--Has obrado y narrado con fidelidad. ¿Quieres esperarnos por breve tiempo fuera, en la escalera?
--Con mucho gusto--contestó el peón caminero.
Defarge le acompañó hasta la escalera, le dejó sentado sobre el último peldaño, y volvió a entrar en el sotabanco. Los tres Santiagos se habían levantado y formaban un grupo muy apretado.
--¿Qué dices, Santiago?--preguntó el número uno de este nombre.--¿Lo consignamos en nuestro registro?
--¡Regístralo como condenado a la destrucción!--contestó Defarge.
--¡Magnífico!--exclamó Santiago Tercero.
--¿El castillo y toda la raza?--repuso el primero.
--¡Sí; el castillo y toda la raza!--bramó Defarge--¡Exterminio completo!
--¡Sublime!--gritó el tercer Santiago.
--¿Tienes seguridad de que el sistema que hemos acordado para el registro no ha de originarnos ningún contratiempo?--preguntó a Defarge Santiago Primero.--Que es seguro, no ofrece duda, toda vez que, excepción hecha de nosotros, nadie es capaz de descifrarlo: ¿pero podremos descifrarlo siempre... mejor dicho, podrá ella?...
--Santiago--replicó Defarge irguiéndose,--si mi mujer se empeña en guardar todo el registro en su memoria, ten por seguro que no se perderá ni una palabra, ni una sílaba de cuantas contenga. Con puntos de calceta es ella capaz de escribirlo todo más claro que el sol. Confía en mi mujer. El poltrón más cobarde, el más apegado al mundo que viva o haya vivido bajo la capa del cielo ha de encontrar menos dificultades para quitarse a sí mismo la existencia, que para arrancar una sola letra del registro escrito a punto de media por mi señora.
Murmullos de aprobación acogieron las palabras de Defarge.
--¿Qué hacemos con ese rústico?--preguntó Santiago Tercero.--¿Lo despedimos? Me parece excesivamente simple: ¿no nos resultará peligroso?
--Nada sabe--replicó Defarge,--y lo poco que pudiera decir, únicamente le serviría para subir a un patíbulo tan alto como el que ha poco nos estaba describiendo. Yo me encargo de él; dejadlo a mi cuidado. A su tiempo lo despediré. Parece que desea ver al Rey, a la Reina, a los magnates y señores de la corte: le permitiremos que satisfaga su gusto el domingo.
--¡Cómo!--exclamó Santiago Tercero.--¿No te parece mal síntoma que desee ver la realeza y la nobleza?
--Santiago--replicó Defarge,--enseña al gato la leche, si quieres excitar su sed; muestra al mastín su presa natural, si quieres que en su día caiga sobre ella y la despedace.
Nada más se dijo por entonces. El peón caminero, a quien encontraron dando cabezadas en el descansillo, fué invitado a tenderse sobre el jergón. No se hizo repetir la invitación, y momentos después, dormía como un tronco.
Peor alojamiento del que le ofrecía la taberna de Defarge hubiera podido encontrar en París un infeliz como el caminero. Si prescindimos del miedo misterioso que le inspiraba la tabernera, miedo que le acosaba constantemente, llevaba una vida que no podía ser más agradable. Pero es el caso que la tabernera se pasaba el día entero sentada detrás del mostrador, tan indiferente a su persona, tan _empeñada_ en no darse cuenta de la presencia de un extraño en la casa, que éste andaba desconcertado y receloso.
No es, pues, de extrañar que, cuando llegado el domingo, supo que la tabernera se agregaría a su marido para acompañarle a Versalles, le hiciera muy poca gracia el programa, aunque otra cosa dijera su lengua. Vino a aumentar su desconcierto el hecho de que la tabernera no cesaba de hacer calceta durante el camino, y su desconcierto se trocó en horrible aturdimiento cuando, aquella tarde, en ocasión en que esperaban el paso de la Reina, hubo de permanecer al lado de la tabernera, cuyas manos manejaban con verdadero ardor las agujas de la media.
--¿Trabaja usted mucho, señora?--dijo un hombre que pasó por su lado.
--Sí--respondió la señora Defarge,--tengo mucho que hacer.
--¿Y qué hace usted, señora?
--Muchas cosas.
--Por ejemplo...
--Por ejemplo--contestó la tabernera con la calma misma de antes--mortajas.
Alejóse el desconocido tan pronto como le fué posible. El pobre caminero sintió en el pecho tan extraña opresión, que hubo de hacerse aire con su gorro. Si para su completo restablecimiento necesitaba de la presencia de dos testas coronadas, fuerza es confesar que no pudo quejarse de su suerte, toda vez que, momentos después, aparecían un rey de grandes quijadas y una reina de hermoso rostro, cómodamente instalados en áurea carroza. Con los soberanos venía lo mejorcito, lo más notable de su corte. El pobre peón caminero, al ver aquel ejército encantador de sonrientes damas y de brillantes caballeros, unas y otros cubiertos de sedas y de encajes, de blondas y de ricos terciopelos, de galones de oro y de deslumbrante pedrería, sintió en su pecho tales oleadas de entusiasmo, que gritando a voz en cuello dió vivas al Rey y a la Reina, a damas y caballeros y aun a las carrozas y a los caballos que de ellos tiraban. Y vió hermosos jardines y encantadoras arboledas, y terrazas soberbias y fuentes maravillosas, y encontró nuevamente al Rey y a la Reina, y dió vivas, hasta desgañitarse, a todo lo creado, y creció su entusiasmo, y el entusiasmo dió nacimiento en su alma a la simpatía, y la simpatía a la ternura, y ésta, encontrando estrechos los límites del pecho, se desbordó a torrentes por sus ojos en forma de lágrimas. Durante la escena, que duró tres horas, durante las cuales gritó hasta enronquecer y lloró hasta agotar el manantial de sus lágrimas, Defarge hubo de tenerle sujeto con una mano por el cuello para impedir que en su irreflexivo entusiasmo cayera sobre los objetos de su pasajera devoción y los destrozara entre sus manazas.
--¡Bravo!--exclamó Defarge cuando terminó el desfile.--Eres un buen muchacho.
Temió haber cometido una torpeza el caminero, que comenzaba a volver en sí, pero pronto se tranquilizó.
--Eres el hombre que necesitamos--díjole Defarge pegando los labios a sus oídos.--Harás creer a esos insensatos que sus locuras durarán siempre; crecerá su insolencia, y ellos mismos precipitarán su fin.
--¡Calla!--exclamó el caminero.--¡Pues es verdad!
--Son idiotas y ciegos. Te desprecian profundamente; verían impasibles tu muerte y la de mil más como tú; es más: sacrificarían sin remordimiento esas mil vidas a trueque de salvar la de uno solo de sus caballos o perros, y sin embargo, les envanecen tus gritos. Engañémoslos durante algún tiempo más, que por grande que el engaño sea, nunca será tan grande como merecen.
La señora Defarge miró al caminero e hizo signos de aprobación.
--Dígame, amigo: si le pusieran delante un montón enorme de hermosas muñecas y le dijeran que podía destrozar y despojar a las que se le antojase, ¿no es verdad que escogería las más ricas, las más hermosas?
--Verdad es, señora.
--Muy bien. Y si le mostrasen una bandada de pájaros de hermoso plumaje, incapaces de levantar el vuelo, y le dieran permiso para arrancarles las plumas en beneficio suyo, ¿no es verdad que principiaría por los que más bellas plumas tuvieran?
--Así es, señora.
--Pues acaba de ver el montón de hermosas muñecas y la bandada de pájaros de vistoso plumaje: ahora, vámonos a casa.
XVI
MÁS PUNTO DE MEDIA
Mientras la señora Defarge y su señor marido regresaban en amigable compañía al centro de San Antonio, un gorro de color azul avanzaba horadando tinieblas y envuelto en espesas nubes de polvo por los caminos que conducían al sitio en que el castillo del señor Marqués, a la sazón durmiendo el sueño eterno, escuchaba las susurrantes conversaciones de los árboles. Tiempo tenían de sobra los rostros de piedra para escuchar las conversaciones sostenidas por los árboles y la fuente, y con tal interés lo aprovechaban, que los esqueletos que poblaban la aldea y rondaban las inmediaciones del castillo en busca de algunas hierbas con que acallar su hambre y de algunos leños con que alimentar la lumbre de sus fríos hogares, si llegaron a dar vista al patio, doble escalera y terraza del castillo, dieron cabida en su famélica fantasía a la idea de que la expresión de los rostros de piedra había sufrido profunda alteración. Aseguraban los míseros moradores de la aldea que la expresión de orgullo y de desdén de los guardianes de piedra del castillo se trocaba en expresión de dolor y de cólera cuando el cuchillo hería a la Casa, y aseguraban que desde el instante en que se balanceó a cuarenta pies de elevación sobre el suelo el cuerpo del asesino, a la expresión de dolor y de cólera de aquéllos sucedió otra que respiraba feroz venganza, que perduraría en ellos hasta la consumación de los siglos. La faz de piedra que vigilaba la gran ventana de la alcoba en que el asesinato había sido perpetrado apareció un día con dos mellas finísimas en la nariz; y si alguna vez, de entre algún grupo de harapientos aldeanos se destacaban dos o tres para acercarse al Marqués petrificado, no transcurría un minuto de contemplación sin que huyeran asustados como liebres perseguidas por ágiles lebreles.
Castillo y chozas, faces de piedra y caras de carne y hueso, losas del patio del castillo teñidas de rojo y aguas puras encerradas en el pozo de la aldea, millares de hectáreas de terreno... toda una provincia de Francia... la Francia entera, duermen bajo la inmensa bóveda azulada, cual si fueran un punto imperceptible, un átomo perdido en la inmensidad. No es otra cosa el mundo, con toda su grandeza y su insignificancia, con relación a la brillante estrella que le parpadea en las alturas. Los sabios de la tierra quiebran, dividen, descomponen un rayo de luz y analizan sus componentes; y de la misma manera, otra inteligencia más sublime que la humana lee los débiles destellos que brotan de esta tierra que habitamos, y analiza todos los pensamientos y todos los actos, todos los vicios y todas las virtudes de las criaturas dotadas de inteligencia.
El carruaje público en el que hicieron el viaje de regreso los Defarge, marido y mujer, hizo alto en la puerta de la ciudad más próxima a su domicilio, donde no tardaron en dejarse ver los faroles de costumbre encargados de practicar el examen e investigaciones reglamentarias. Defarge saltó del carruaje al ver a dos o tres soldados y a un policía conocidos suyos; este último, con quien le ligaban lazos de amistad íntima, le abrazó.
Llegados a los linderos del distrito puesto bajo la protección de las alas de San Antonio, dejaron los Defarge el carruaje y se encaminaron a su casa a pie, por calles obscuras y cubiertas de lodo. En el trayecto, la señora Defarge preguntó a su marido:
--¿Qué te ha dicho Santiago el policía?
--Todo lo que sabe, bien que es muy poca cosa. Han nombrado otro espía para nuestro barrio: quizá no sea ése solo, pero aquél no conoce más que a uno.
--Está bien--contestó la tabernera con la calma de siempre.--Habrá que anotarlo en el registro. ¿Cómo se llama ese hombre?
--Es inglés.
--¡Mejor que mejor! ¿Su nombre?
--Barsad.
--Barsad. ¡Perfectamente! ¿Su nombre de pila?
--Juan.
--Juan Barsad... Juan Barsad--repitió la tabernera.--Muy bien. ¿Sus señas?
--Unos cuarenta años de edad, sobre cinco pies nueve pulgadas de estatura, pelo negro, color moreno cetrino, ojos negros, delgado, nariz aguileña, pero no recta: ofrece la particularidad de estar torcida ligeramente hacia la izquierda, lo que le da, como es natural, expresión siniestra.
--¡Es un retrato acabado a fe mía!--exclamó la señora Defarge riendo.--Lo registraré mañana.
Llegados a la taberna, que encontraron cerrada--eran más de las doce de la noche,--la señora Defarge tomó asiento detrás del mostrador y consagró su atención al examen de las cuentas del día. Principió por volcar sobre el mostrador el jarro dentro del cual se colocaba el importe de las ventas, contó el dinero, midió las existencias, leyó las entradas y salidas consignadas en el libro destinado al objeto, corrigió los asientos, hizo algunos nuevos y discutió otros, y después de apurar, y estrechar, y marear de mil maneras al individuo encargado del establecimiento, envióle a dormir. A continuación, hizo de las monedas sacadas del jarro varias pilas iguales, que fué anudando en el pañuelo de bolsillo, el cual no tardó en quedar convertido en rosario de nudos. Defarge, mientras tanto, paseaba por el establecimiento, fumando su pipa y admirando complacido la prudente y sabia economía doméstica de su mujer, bien que sin entrometerse en ella.