Una Excursión a los Indios Ranqueles - Tomo 1

Part 2

Chapter 23,899 wordsPublic domain

Pero en la guerra con los indios el problema cambia de aspecto; lo que hay que aumentarle á este enemigo no son los obstáculos para entrar sino los obstáculos para salir.

El punto ó fuerte principal de la nueva línea de frontera sobre el Río 5.º se llama Sarmiento. De allí arranca el camino que por la Laguna del Cuero, famosa para los cristianos, conduce á Leubucó, centro de las tolderías ranquelinas.

De allí emprendí mi marcha.

Mañana continuaré.

Hoy he perdido tiempo en ciertos detalles creyendo que para ti no carecerían de interés.

Si al público, á quien le estoy mostrando mi carta, le sucediese lo mismo, me podría acostar á dormir tranquilo y contento como un colegial que ha estudiado bien su lección y la sabe.

¿Cómo saberlo?

Tantas veces creemos hacer reir con un chiste y el auditorio no hace ni un gesto.

Por eso toda la sabiduría humana está encerrada en la inscripción del templo de Delfos.

II

Deseos de un viaje á los Ranqueles.--Una china y un bautismo.--Peligros de la diplomacia militar con los indios.--El indio Linconao.--Mañas de los indios.--Efectos del deber sobre el temperamento.--¿Qué es un parlamento?--Desconfianzas de los indios para beber y fumar.--Sus preocupaciones al comer y beber.--Un lenguaraz.--Cuánto dura un parlamento y qué se hace en él.--Linconao atacado de las viruelas.--Efectos de la viruela en los indios.--Gratitud de Linconao.--Reserva de un fraile.

Hacía mucho tiempo que yo rumiaba el pensamiento de ir á Tierra Adentro.

El trato con los indios que iban y venían al Río 4.º, con motivo de las negociaciones de paz entabladas, había despertado en mí una indecible curiosidad.

Es menester haber pasado por ciertas cosas, haberse hallado en ciertas posiciones, para comprender con qué vigor se apoderan ciertas ideas de ciertos hombres; para comprender que una misión á los Ranqueles puede llegar á ser para un hombre como yo, medianamente civilizado, un deseo tan vehemente, como puede ser para cualquier ministril una secretaría en la embajada de París.

El tiempo, ese gran instrumento de las empresas buenas y malas, cuyo curso quisiéramos precipitar, anticipándonos á los sucesos para que éstos nos devoren ó nos hundan, me había hecho contraer ya varias relaciones, que puedo llamar íntimas.

La china Carmen, mujer de veinticinco años, hermosa y astuta adscripta á una Comisión de las últimas que anduvieron en negociados conmigo, se había hecho mi confidente y amiga, estrechándose estos vínculos con el bautismo de una hijita mal habida que la acompañaba y cuya ceremonia se hizo en el Río 4.º con toda pompa, asistiendo un gentío considerable y dejando entre los muchachos un recuerdo indeleble de mi magnificencia, á causa de unos veinte pesos bolivianos que cambiados en medios y reales, arrojé á la _manchancha_ esa noche inolvidable, al son de los infatigables gritos: ¡padrino pelado!

Sólo quien haya tenido ya el gusto de ser padrino, comprenderá que noches de ese género pueden ser realmente inolvidables para un triste mortal, sin antecedentes históricos, sin títulos para que su nombre pase á la posteridad, grabándose con caracteres de fuego en el libro de oro de la historia.

¡Ah! tú has sido padrino pelado alguna vez, y me comprenderás.

Carmen no fué agregada sin objeto á la comisión ó embajada ranquelina en calidad de _lenguaraz_, que vale tanto como secretario de un ministro plenipotenciario.

Mariano Rosas ha estudiado bastante el corazón humano, como que no es un muchacho; conoce á fondo las inclinaciones y gustos de los cristianos, y por un instinto que es de los pueblos civilizados y de los salvajes, tiene mucha confianza en la acción de la mujer sobre el hombre, siquiera esté ésta reducida á una triste condición.

Carmen fué despachada, pues, con su pliego de instrucciones oficiales y confidenciales por el Talleyrand del desierto, y durante algún tiempo se ingenió con bastante habilidad y maña. Pero no con tanta que yo no me apercibiese, á pesar de mi natural candor, de lo complicado de su misión, que á haber dado con otro Hernán Cortés habría podido llegar á ser peligrosa y fatal para mí, desacreditando gravemente mi _gobierno fronterizo_.

Pasaré por alto una infinidad de detalles, que te probarían hasta la evidencia todas las seducciones á que está expuesta la diplomacia de un jefe de fronteras, teniendo que habérselas con secretarios como mi comadre; y te diré solamente que esta vez se le quemaron los libros de su experiencia á Mariano, siendo Carmen misma la que me inició en los secretos de su misión.

El hecho es que nos hicimos muy amigos, y que á sus buenos informes del compadre debo yo en parte el crédito de que llegué precedido cuando hice mi entrada triunfal en Leubucó.

Otra conexión íntima contraje también durante las últimas negociaciones.

El cacique Ramón, jefe de las indiadas del Rincón, me había enviado su hermano mayor, como muestra de su deseo de ser mi amigo.

Linconao, que así se llama, es un indiecito de unos veintidós años, alto, vigoroso, de rostro simpático, de continente airoso, de carácter dulce, y que se distingue de los demás indios en que no es _pedigüeño_.

Los indios viven entre los cristianos fingiendo pobrezas y necesidades, pidiendo todos los días; y con los mismos preámbulos y ceremonias piden una ración de sal, que un poncho fino ó un par de espuelas de plata.

Tener que habérselas con una comisión de estos sujetos, para un jefe de fronteras, presupone tener que perder todos los días unas cuatro horas en escucharles.

Yo, que por mi temperamento sanguíneo-bilioso no soy muy pacienzudo que digamos, he descubierto con este motivo que el deber puede modificar fundamentalmente la naturaleza humana.

En algunos _parlamentos_ de los celebrados en el Río 4.º, más de una vez derroté á mis interlocutores, cuyo exordio sacramental era:--Para tratar con los indios se necesita mucha paciencia, hermano.

No sé si tienes la idea de lo que es un parlamento en tierra de cristianos; y digo en tierra de cristianos, porque en tierra de indios el ritual es diferente.

Un parlamento, es una conferencia diplomática.

La comisión se manda anunciar anticipadamente con el lenguaraz.

Si la componen veinte individuos, los veinte se presentan.

Comienzan por dar la mano por turno de jerarquía, y en esa forma se sientan, con bastante aplomo, en las sillas ó sofaes que se les ofrecen.

El _lenguaraz_, es decir, el intérprete secretario, ocupa la derecha del que hace cabeza.

Habla éste y el lenguaraz traduce, siendo de advertir que aunque el plenipotenciario entienda el castellano y lo hable con facilidad, no se altera la regla.

Mientras se parlamenta hay que obsequiar á la comisión con licores y cigarros.

Los indios no rehusan jamás beber, y cigarros, aunque no los fumen sobre las tablas, reciben mientras les den.

Pero no beben, ni fuman cuando no tienen confianza plena en la buena fe del que les obsequia, hasta que éste no lo haya hecho primero.

Una vez que la confianza se ha establecido cesan las precauciones, y echan al estómago el vaso de licor que se les brinda, sin más preámbulos que el de sus preocupaciones.

Una de ellas estriba en no comer ni beber cosa alguna, sin antes ofrecerle las primicias al genio misterioso en que creen y al que adoran sin tributarle culto exterior.

Consiste esta costumbre en tomar con el índice y el pulgar un poco de la cosa que deben tragar ó beber y en arrojarla á un lado, elevando la vista al cielo y exclamando: _¡para Dios!_

Es una especie de conjuro. Ellos creen que el diablo, _Gualicho_, está en todas partes, y que dándole lo primero á Dios, que puede más que aquél, se hace el exorcismo.

El parlamento se inicia con una serie inacabable de salutaciones y preguntas, como verbigracia:--¿Cómo está usted? ¿cómo están sus jefes, oficiales y soldados? ¿cómo le ha ido á usted desde la última vez que nos vimos? ¿No ha habido alguna novedad en la frontera? ¿No se le han perdido algunos caballos?

Después siguen los mensajes, como por ejemplo:--Mi hermano, ó mi padre, ó mi primo, me ha encargado le diga á usted que se alegrará que esté usted bueno en compañía de todos sus jefes, oficiales y soldados; que desea mucho conocerle; que tiene muy buenas noticias de usted; que ha sabido que desea usted la paz y que eso prueba que cree en Dios y que tiene un excelente corazón.

Á veces cada interlocutor tiene su lenguaraz, otras es común.

El trabajo del lenguaraz es ímprobo en el parlamento más insignificante. Necesita tener una gran memoria, una garganta de privilegio y muchísima calma y paciencia.

¡Pues es nada antes de llegar al grano tener que repetir diez ó veinte veces lo mismo!

Después que pasan los saludos, cumplimientos y mensajes, se entra á ventilar los negocios de importancia, y una vez terminados éstos, entra el capítulo quejas y pedidos, que es el más fecundo.

Cualquier parlamento dura un par de horas, y suele suceder al rato de estar en él, que varios de los interlocutores están roncando. Como el único que tiene responsabilidad en lo que se ventila es el que hace cabeza, después que cada uno de los que le acompaña ha sacado su piltrafa, ya la cosa ni le interesa ni le importa y no pudiendo retirarse, comienza á bostezar y acaba por dormirse, hasta que el plenipotenciario, dándose cuenta del ridículo, pide permiso para terminar y retirarse, prometiendo volver muy pronto, pues tiene muchas cosas que decir aún.

Linconao fué atacado fuertemente de las viruelas al mismo tiempo que otros indios.

Trajéronme el aviso, y siendo un indio de importancia, que me estaba muy recomendado y que por sus prendas y carácter me había caído en gracia, fuime en el acto á verle.

Los indios habían acampado en tiendas de campaña que yo les había dado, sobre la costa de un lindo arroyo tributario del Río 4.º.

En un albardón verde y fresco, pintado de flores silvestres, estaban colocadas las tiendas en dos filas, blanqueando risueñamente sobre el campestre tapete.

Todos ellos me esperaban mustios, silenciosos y aterrados, contrastando el cuadro humano con el de la riente naturaleza y la galanura del paisaje.

Linconao y otros indios yacían en sus tiendas revolcándose en el suelo con la desesperación de la fiebre,--sus compañeros permanecían á la distancia, en un grupo sin ser osados á acercarse á los virolentos y mucho menos á tocarles.

Detrás de mí iba una carretilla exprofeso.

Acerquéme primero á Linconao y después á los otros enfermos; habléles á todos animándolos, llamé algunos de sus compañeros para que me ayudaran á subirlos al carro; pero ninguno de ellos obedeció, y tuve que hacerlo yo mismo con el soldado que lo tiraba.

Linconao estaba desnudo y su cuerpo invadido de la peste con una virulencia horrible.

Confieso que al tocarle sentí un estremecimiento semejante al que conmueve la frágil y cobarde naturaleza, cuando acometemos un peligro cualquiera.

Aquella piel granulenta al ponerse en contacto con mis manos, me hizo el efecto de una lima envenenada.

Pero el primer paso estaba dado y no era noble, ni digno, ni humano, ni cristiano, retroceder, y Linconao fué alzado á la carretilla por mí, rozando su cuerpo mi cara.

Aquél fué un verdadero triunfo de la civilización sobre la barbarie; del cristianismo sobre la idolatría.

Los indios quedaron profundamente impresionados; se hicieron lenguas alabando mi audacia y llamáronme su padre.

Ellos tienen un verdadero terror pánico á la viruela, que sea por circunstancias cutáneas ó por la clase de su sangre, los ataca con furia mortífera.

Cuando en Tierra Adentro aparece la viruela, los toldos se mudan de un lado á otro, huyendo las familias despavoridas á largas distancias de los lugares infestados.

El padre, el hijo, la madre, las personas más queridas son abandonadas á su triste suerte, sin hacer más en favor de ellas que ponerles alrededor del lecho agua y alimentos para muchos días.

Los pobres salvajes ven en la viruela un azote del cielo, que Dios les manda por sus pecados.

He visto numerosos casos y son rarísimos los que se han salvado, á pesar de los esfuerzos de un excelente facultativo, el Dr. Michaut, cirujano de mi División.

Linconao fué asistido en mi casa, cuidándolo una enfermera muy paciente y cariñosa, interesándose todos en su salvación, que felizmente conseguimos.

El Cacique Ramón me ha manifestado el más ardiente agradecimiento por los cuidados tributados á su hermano, y éste dice que después de Dios, su padre soy yo, porque á mí me debe la vida.

Todas estas circunstancias, pues, agregadas á las consideraciones mentadas en mi carta anterior, me empujaban al desierto.

Cuando resolví mi expedición, guardé el mayor sigilo sobre ella.

Todos vieron los preparativos, todos hacían conjeturas, nadie acertó.

Sólo un fraile amigo conocía mi secreto.

Y esta vez no sucedió lo que debiera haber sucedido á ser cierto el dicho del moralista: Lo que uno no quiere que se sepa no debe decirse.

Es que la humanidad, por más que digan, tiene muchas buenas cualidades, entre ellas, la reserva y la lealtad.

Supongo que serás de mi opinión, y con esto me despido hasta mañana.

III

Quién conocía mi secreto.--El Río 5.º.--El paso del Lechuzo.--Defecto de un fraile.--Compromiso recíproco.--Preparativos para la marcha.--Resistencia de los gauchos.--Cambio de opiniones sobre la fatalidad histórica de las razas humanas.--Sorpresa de Achauentrú al saber que me iba á los indios.--Pensamiento que me preocupaba.--Ofrecimientos y pedidos de Achauentrú.--Fray Moisés Álvarez.--Temores de los indios.--Seguridades que les di.--Efectos de la digestión sobre el humor.--Las mujeres del fuerte Sarmiento.--Un simulacro.

Sólo el franciscano Fray Marcos Donatti, mi amigo íntimo, conocía mi secreto.

Se lo había comunicado yendo con él del fuerte Sarmiento al «Tres de Febrero», otro fuerte de la extrema derecha de la línea de frontera sobre el Río 5.º.

Este sacerdote, que á sus virtudes evangélicas reune un carácter dulcísimo, recorría las dos fronteras de mi mando, diciendo misa en improvisados altares, bautizando y haciendo escuchar con agrado su palabra, á las pobres mujeres de los pobres soldados. La que le oía se confesaba.

Era una noche hermosa, de esas en que el mundo estelar brilla con todo el esplendor de su magnificencia. La luna no se ocultaba tras ningún celaje y de vez en cuando al acercarnos á las barrancas del Río 5.º que corre tortuoso, costeándolo el camino, la veíamos retratarse radiante en el espejo móvil de ese río, que nace en las cumbres de la sierra de la Carolina, y que corriendo en una curva de poniente á naciente, fecunda con sus aguas, ricas como las del 2.º de Córdoba, los grandes potreros de la villa de Mercedes, hasta perderse en las impasables cabañas de la Amarga.

Llegábamos al paseo del Lechuzo, famoso por ser uno de los más frecuentados por los indios en la época tristemente memorable de sus depredaciones.

Hay allí un montoncito de árboles, corpulentos y tupidos, que tendrá como una media milla de ancho, y que de noche el fantástico caminante se apresura á cruzar por un instinto racional que nos inclina á acortar el peligro.

El paso del Lechuzo, con su nombre de mal agüero, es una excelente emboscada y cuentan sobre él las más extrañas historias de fechorías hechas allí por los indios.

Lo cruzamos al trote, azotando las ramas, caballos y jinetes: al salir de la espesura, piqué yo el mío con las espuelas, y diciéndole á Fray Marcos:--Oiga, padre--me puse al galope seguido por el buen franciscano que no tenía entonces, como no tiene ahora, para mí más defecto que haberme maltratado un excelente caballo moro que le presté.

El ayudante y los tres soldados que me acompañaban quedáronse un poco atrás y nada pudieron oir de nuestra conversación.

El padre tenía su imaginación llena de las ideas de los gauchos que han solido ir á los indios por su gusto ó vivir cautivos entre ellos.

Consideraba mi empresa la más arriesgada, no tanto por el peligro de la vida, sino por la fe pública de los indígenas. Me hizo sobre el particular las más benevólas reflexiones, y por último, dándome una muestra de cariño, me dijo: «Bien, Coronel; pero cuando usted se vaya, no me deje á mí, usted sabe que soy misionero.»

Yo he cumplido mi promesa y él su palabra.

Los preparativos para la marcha se hicieron en el fuerte Sarmiento, donde á la sazón se hallaba una comisión de indios presidida por Achauentrú, diplomático de monta entre los Ranqueles, y cuyos servicios me han sido relatados por él mismo.

Ya calcularás que los preparativos debían reducirse á muy poca cosa. En las correrías por la Pampa lo esencial son los caballos. Yendo uno bien montado, se tiene todo; porque jamás faltan bichos que bolear, avestruces, gamas, guanacos, liebres, gatos monteses, ó peludos, ó mulitas, ó piches, ó matacos que cazar.

Eso es tener _todo_, andando por los campos, tener que comer.

Á pesar de esto yo hice preparativos más formales. Tuve que arreglar dos cargas de regalos y otra de charqui riquísimo, azúcar, sal, hierba y café. Si alguien llevó otras golosinas debió comérselas en la primera jornada, porque no se vieron.

Los demás aprestos consistieron en arreglar debidamente las monturas y arreos de todos los que debían acompañarme para que á nadie le faltara maneador, bozal con cabestro, manea y demás útiles indispensables, y en preparar los caballos, componiéndoles los vasos con la mayor prolijidad.

Cuando yo me dispongo á una correría sólo una cosa me preocupa grandemente: los caballos.

De lo demás, se ocupa el que quiere de los acompañantes.

Por supuesto, que un par de buenos chifles no ha de faltarle á ninguno que quiera tener paz conmigo. Y con razón, el agua suele ser escasa en la Pampa y nada desalienta y desmoraliza más que la sed. Yo he resistido setenta y dos horas sin comer, pero sin beber no he podido estar sino treinta y dos. Nuestros paisanos, los acostumbrados á cierto género de vida, tienen al respecto una resistencia pasmosa. Verdad que, ¡qué fatiga no resisten ellos!

Sufren todas las intemperies, lo mismo el sol que la lluvia, el calor que el frío, sin que jamás se les oiga una murmuración, una queja. Cuando más tristes parecen, entonan un airecito cualquiera.

Somos una raza privilegiada, sana y sólida, susceptible de todas las enseñanzas útiles y de todos los progresos adaptables á nuestro genio y á nuestra índole.

Sobre este tópico, Santiago amigo, mis opiniones han cambiado mucho desde la época en que con tanto _furor_ discutíamos á tres mil leguas, la unidad de la especie humana y la fatalidad histórica de las razas.

Yo creía entonces que los pueblos greco-latinos no habían venido al mundo para practicar la libertad y enseñarla con sus instituciones, su literatura y sus progresos en las ciencias y en las artes, sino para batallar perpetuamente por ella. Y, si mal no recuerdo, te citaba á la noble España luchando desde el tiempo de los romanos por ser libre de la dominación extranjera unas veces, por darse instituciones libres otras.

Hoy pienso de distinta manera. Creo en la unidad de la especie humana y en la influencia de los malos gobiernos. La política cría y modifica insensiblemente las costumbres, es un resorte poderoso de las acciones de los hombres, prepara y consuma las grandes revoluciones que levantan el edificio con cimientos perdurables ó lo minan por su base. Las fuerzas morales dominan constantemente las físicas y dan la explicación y la clave de los fenómenos sociales.

Terminados los aprestos, anuncié á los que formaban mi comitiva que al día siguiente partiríamos para el Sur por el camino del Cuero, y que no era difícil fuéramos á sujetar el pingo en Leubucó.

Más tarde hice llamar al indio Achauentrú y le comuniqué mi idea.

Manifestóse muy sorprendido de mi resolución, preguntóme si la había transmitido de antemano á Mariano Rosas y pretendió disuadirme, diciéndome que podía sucederme algo, que los indios eran muy buenos, que me querían mucho, pero que cuando se embriagaban no respetaban á nadie.

Le hice mis observaciones, le pinté la necesidad de hablar yo mismo sobre la paz con los caciques y el bien inmenso que podía resultar de darles una muestra de confianza tan clásica como la que les iba á dar.

Sobre todos los pensamientos el que más me dominaba era éste: probarles á los indios con un acto de arrojo, que los cristianos somos más audaces que ellos y más confiados cuando hemos empeñado nuestro honor.

Los indios nos acusan de ser gentes de muy mala fe, y es inacabable el capítulo de cuentos con que pretenden demostrar que vivimos desconfiados de ellos y engañándolos.

Achauentrú es entendido, y comprendió no sólo que mi resolución era irrevocable, que decididamente me iba al día siguiente, sino algunos de los motivos que le expuse.

Entonces me ofreció muchas cartas de recomendación, y como favor especial me pidió, que del Cuero adelantara un chasque avisando mi ida; primero para que no se alarmasen los indios y segundo para que me recibieran como era debido.

Le pedí para el efecto un indio, y me dió uno llamado Angelito, sin tener nada de tal. Positivamente los nombres no son el hombre.

Después de hablar Achauentrú conmigo, fuese á conversar con el padre Marcos y su compañero Fray Moisés Álvarez, joven franciscano, natural de Córdoba, lleno de bellas prendas, que respeto por su carácter y quiero por su buen corazón.

Al rato vinieron todos muy alarmados, diciéndome que los indios todos, lo mismo que los lenguaraces, conceptuaban mi expedición muy atrevida, erizada de inconvenientes y de peligros, y que lo que más atormentaba su imaginación, era lo que sería de ellos si por alguna casualidad me trataban mal en Tierra Adentro ó no me dejaban salir.

Híceles decir--porque quedaban en rehenes,--que no tuvieran cuidado, que si los indios me trataban mal, ellos no serían maltratados; que si me mataban, ellos no serían sacrificados; que sólo en el caso de que no me dejasen volver, ellos no regresarían tampoco á su tierra, quedando en cambio mío, de mis oficiales y soldados. Ellos eran unos ocho, me parece, y los que íbamos á internarnos diecinueve.

Y les pedí encarecidamente á los padres, les hicieran comprender que aquellas ideas eran justas y morales.

Tranquilizáronse; después de muchos meses de estar en negocios conmigo, no habiéndoles engañado jamás ni tratado con disimulo, sino así tal cual Dios me ha hecho; bien unas veces, mal otras, porque mi humor depende de mi estómago y de mis digestiones, habían adquirido una confianza plena en mi palabra.

Cuántas veces no llegaron á mis oídos en el Río 4.º estas palabras, proferidas por los indios en sus conversaciones de pulpería: «Ese coronel Mansilla, bueno, no mintiendo, engañando nunca pobre indio.»

Llegó por fin el día y el momento de partir. El fuerte Sarmiento estaba en revolución. Soldados y mujeres rodeaban mi casa, para darme un adiós, _¡sans adieu!_ y desearme feliz viaje. Ellas creían quizá interiormente que no volvería. El cariño, la simpatía, el respeto exageran el peligro que corren ó deben correr las personas que no nos son indiferentes. Hay más miedo en la imaginación que en las cosas que deben suceder.

Cuando todos esperaban ver arrimar mis tropillas y las mulas para tomar caballos, aparejar las cargas y que me pusiera en marcha, oyóse un toque de corneta inusitado á esta hora: llamada redoblada.

En el acto cundió la voz--¡los indios!

Y una agitación momentánea era visible en todos los semblantes.

Los soldados corrían con sus armas á las cuadras.

Poco tardó en oirse el toque de tropa, y poco también en estar todas las fuerzas de la guarnición formadas, el batallón 12 de línea montado en sus hermosas mulas, y el 7 de caballería de línea en buenos caballos, con el de tiro correspondiente.