Una Cristiana

Part 5

Chapter 54,157 wordsPublic domain

Mi madre no se recogía a Pontevedra sino en tiempo de frío riguroso, o en Semana Santa y Pascua, para cumplir con la Iglesia. La huerta de la Ullosa la mantenía durante el año entero. Con tanto renegar de la estirpe de los Cardosos, mi madre tenía mucho de la adquisividad, la economía sórdida y el genio mercantil que caracterizan a la raza hebrea. ¡Lo que puede el cariño, y cómo enreda las nociones de la lógica! Estas condiciones, que en mi tío me repugnaban, parecíanme virtudes en mamá, y lo eran en efecto, si es virtud acomodarse a la necesidad. Con tristes ocho o nueve mil realitos, que a lo sumo y exprimiéndolo bien podría rentar nuestro patrimonio, era gran milagro vivir con cierto bienestar relativo, sufragar no pequeña parte de los gastos de mi carrera, y esconder en las vueltas de un colchón cuatro o seis onzas para un apuro. Quien esto consigue, no es una mujer cualquiera. Mamá vestía siempre de hábito del Carmen, por ahorrar trajes, claro está; del lino que producían sus heredades hacía tejer lienzo, ese lienzo gallego moreno y duro que nunca se ve roto, para camisas y sábanas; de una viña de uvas agrias sacaba vinillo clarete para dármelo a beber en las vacaciones; del centeno de su renta amasaba el pan que comía; con un par de cerdos, engordados en casa, armaba puchero para todo el año; criaba gallinas y conseguía huevos; recogía leña en una mota de bosque; tenía vaca y la revendía con ventaja en la feria cuando ya no daba leche; otros ganados los llevaba a parcería con sus caseros; del orujo de la vid destilaba aguardiente y en él ponía guindas en conserva; en fin, sacaba el jugo al dinero y a la propiedad, realizando esos prodigios de buen gobierno, frugalidad y orden de la mujer cuando vive sola. Obligada por su sexo a limitar la esfera de su actividad, se desquitaba no perdiendo ni el valor de un alfiler. Sana, animosa, infatigable, todas las horas del día las empleaba en algo útil, y hasta sospecho que en más de una ocasión bordó o cosió para fuera secretamente.

--El día que acabes la carrerita y salgas ganando ya tu sueldo, estaré hecha una reina --decíame cuando me admiraba de verla tan atareada y afanosa. Y yo estudiaba con gusto pensando que los últimos años de mi madre serían felices. Idea errónea; porque aunque mi madre apalease el dinero, había de agitarse lo mismo, dada su índole. Rebosaba tanta vida; era un sér tan lleno de energía y tan resuelto a sacar partido de la existencia, que lejos de infundir lástima, debía inspirar envidia a los que habitamos mucho en nosotros mismos y acabamos por hacer de nuestra imaginación cárcel celular. El carácter de mi madre es de los que constituyen a los individuos felices, fuertes y armados contra los rozamientos de la realidad. ¡Cosa rara! Cuando yo no veía a mi madre, la idealizaba, suponiéndole ciertas condiciones y debilidades propias de su sexo, a las cuales era muy ajena. Verbigracia: me empeñaba en suponerle ardientes convicciones religiosas, y algunas veces me sucedió contestar a las bromas impías de los compañeros o exclamar al exponer una opinión atrevida: «¡Líbreme Dios de que lo supiese mi madre!» Si comía carne en Semana Santa, o recordaba el tiempo transcurrido ya sin oir misa, pensaba: «¡Ay si mamá se entera!» Y el caso es que mamá, a pesar de su hábito del Carmen, se limitaba a cumplir lo más superficial de los mandamientos de la Iglesia, sin que le importase gran cosa el estado de mi espíritu.

No por eso carecía de creencias aquella gallega briosa. Sin duda por transmisión hereditaria de la rama israelita, la concepción religiosa más arraigada en mi madre era la de un Dios airado, rencoroso e implacable: el Dios bíblico que «visita la iniquidad de los padres en los hijos, hasta la tercera y cuarta generación». Creía buenamente que Dios lo venga todo a rajatabla, aquí de tejas abajo; y se imaginaba además que esas venganzas y represalias celestiales, estaba el Señor dispuestísimo a ejercerlas contra todos cuantos le molestasen a ella, Benigna Unceta, por cualquier causa o en cualquier asunto. Gracias a aquella incapacidad suya de generalizar las ideas, presumía que sus agravios y resentimientos personales interesaban muchísimo a la divinidad. Tanto, que al detenerse en el repecho que nos separaba de la Ullosa, hubo de exclamar en profético tono, agitada con todo el sobrealiento de la subida y la vehemencia de su genio.

--Ya verás cómo Dios castiga a tu tío Felipe sin palo ni piedra: ya lo verás. Deja correr el tiempo. No se escapa.

Protesté contra tan peregrina suposición, y como si alguna voz descendida de otras regiones se uniese a mí para rechazar cuanto no fuese perdón y caridad, sonó en la iglesia próxima el _Ángelus_ con tristeza resignada y argentino y poético doble.

Mi madre se volvió bruscamente y me interrogó:

--¿Tú vas a la boda?

--Sí, señora, y usted también debiera ir. Es una campanada que usted no vaya.

--Déjame de historias, que no se me antoja presenciar semejante esperpento. Cosa más disparatada no se ha visto ni verá. ¡Quiera Dios que a tu señor tío no le nazca madera de aire!... y le nacerá; que eso busca. ¡A su edad casarse! ¿Estaría bonito que me casase yo ahora?

Bregué con aquella obstinación invencible, alegando que mi tío contaba muy buena edad para matrimoniar, y nosotros haríamos desairado papel enojándonos por acción tan justa y sencilla. «El viento --replicaba mamá furiosa--. Valiente mamarracho defiendes. Yo sé lo que digo, y sé también las palabras que se me dieron. Ya Dios le ajustará las cuarenta. No creas que estoy loca, no; él ha de caer... ¡Ya lo verás! Y la muchacha que se casa con él, te digo que no tiene vergüenza. A tu tío no le quería yo ni cubierto de oro, y si no fuese mi hermano...»

Dióme de cenar mi madre un plato regional que sabía me agradaba mucho. Eran _papas_ o puches de harina de maíz con leche fresca. Sacaba las _papas_ hirviendo, las dejaba enfriarse y formar costra, y abriendo un agujero en medio de la pasta, derramaba allí la leche riquísima contenida en un puchero de barro. Mientras yo despachaba este manjar de homérica sencillez, ella no cesaba de hablar, de preguntarme, y siempre volvía al punto inicial... mi tío.

--Ahora está metido en una, que no sé cómo va a salir... Una trifulca atroz, en que me parece a mí que le van a dar el escarmiento... Otro chanchullo más gordo que el de los solares y los ranchos... ¡y cuidado que aquel!... El de ahora es cuestión de la contrata de la plaza de abastos: dicen que tu tío va a medias con el contratista en las ganancias, y que le concedieron unas ventajas atroces y el hombre no ha cumplido ninguna condición, absolutamente ninguna, y el Municipio le pone pleito. Y hoy el Municipio no es lo que era el año pasado: tu tío no manda allí. Tendrá que ir en romería al Santo... Si don Vicente no lo saca de ésta, mal negocio. Con el gallo de la protección de don Vicente, que no sabe lo que pasa entre cortinas, hacen de esta provincia cuanto se les antoja. Como tu tío se larga a Madrid, le van a alquilar para el correo la casa suya de Pontevedra... Otro guisado. Bonitos andamos. En estos tiempos es preciso que todo el mundo se despabile. Yo no soy hombre, que si lo fuese, iría también en peregrinación al Santuario. Esto te lo digo yo aquí; pero por fuera, cuidadito con lo que hablas... No conviene que te cojan tirria estos enredadores: con el tiempo te podrán servir.

Viéndola tan expansiva, la agarré por el talle, la besé en el pescuezo y las mejillas, y me determiné a decirla riendo:

--Mamá, para presentarme en el Tejo con un poquito de decoro, me es indispensable llevar un regalo a la novia de mi tío. Él será lo que gustes, y nos habrá jugado mil perradas, pero al fin está sufragando mucha parte de los gastos de mi carrera.

--Por algo lo hace. Chiquillo, ojo. Si fuésemos a reclamar nosotros lo que nos corresponde de derecho... Y a saber si hoy en adelante sigue pagando.

--Pues no importa, mamá; pues no importa. Aunque no pague. El regalito.

--¡Pero si no tengo un cuarto! ¿Tú crees que aquí se fabrica moneda? Sí, ¡para fabricar estamos! Caro me cuesta salir del día.

--Bueno --respondí con resolución--. Entonces no hay más que hablar: mañana voy a Pontevedra y empeño el reloj o las botas... Regalo ha de haber... No me dejes en vergüenza.

A la mañana siguiente mi madre entró a despertarme. Traía bajo del brazo un cesto de cerezas maduras, que puso sobre la cama para que me desayunase: y entre los dedos dos redondelitos brillantes que elevó a la altura de mis ojos. Eran dos monedas de a cinco.

--¿Qué te parece? ¡Cuántos trabajitos para juntar esto! Anda, vé y derróchalo; estrágalo, ya que te da por ahí... No quiero que digas que tu madre te deja mal, pudiendo dejarte bien, en parte ninguna.

La eché los brazos al cuello y la dí tres o cuatro besos _chilreados_, mientras ella se defendía mal exclamando: --Payaso... sobón... que te pego, insolente.

Con los diez duros adquirí en la metrópoli un imperdible o cosa parecida, que representaba dos áncoras cruzadas y en medio un cupidillo, con un rubí chico y dos perlas. Dijes chabacanos que inventa la moda y reprueba el buen gusto. Pero en fin, ya no iba a la boda con las manos vacías.

VII

De Pontevedra a San Andrés de Louza y a la quinta de Tejo, es jornada recreativa más bien que viaje. Atravesé la ría en una lancha alquilada en Pontevedra; desembarqué en la opuesta orilla, y me restaba andar a pie cosa de un cuarto de legua por la comarca más pintoresca que soñarse puede. Desde la playa, cuya arena finísima conserva la huella del pie y rodean grandes matas de áloes en flor, hasta los senderos cuajados de madreselva y los campos de maíz susurrantes al soplo del viento, todo me pareció un oasis, y mi espíritu se inundó de esa vaga felicidad que en la juventud nace de la excitación de los sentidos y de una especie de presentimiento inexplicable, nuncio del porvenir: presentimiento que sin augurarnos sucesos felices, nos anuncia emociones, derroches de vida.

Situada en un alto la quinta del futuro suegro de mi tío, la ví desde la misma ensenada donde desembarcamos. Por mejor decir: lo único que distinguí claramente fué la torre cuadrangular, almenada, y las ventanas cuyos cristales teñía de rojo y oro el sol poniente. El resto del edificio lo cubría una masa de verdor, como de arboleda. De todos modos, para orientarme bastaba con lo visto. Dejé mi maleta en el pueblo, advirtiendo que ya enviaría por ella a la mañana siguiente, y emprendí la caminata.

Subí por el sendero en cuesta, azotando con la vara que empuñaba los sonoros maizales y los zarzales, de donde volaban asustadas las mariposas; y a una vuelta del camino, sorprendióme extraordinariamente la vista de un hombre sentado en una piedra... La sorpresa no se explica al pronto, pero el caso es que el hombre era un fraile.

Por primera vez de mi vida veía yo un fraile en carne y hueso. Me admiré como si creyese que los frailes ya no podían encontrarse más que en los lienzos de Zurbarán. De pinturas del Museo y la Academia; de haber visto a Rafael Calvo, una tarde, representar el drama del duque de Rivas _Don Álvaro o la fuerza del sino_, se derivaban todos mis conocimientos en indumentaria frailesca. Comprendí que el fraile sentado en la piedra era un franciscano: el sayal se plegaba de un modo estatuario sobre sus piernas; la capucha la tenía caída, y en la mano uno de esos sombreros de abate francés, de alas abarquilladas, con el cual se abanicaba la frente sudorosa, respirando fuerte. Luego depositó el sombrero en el suelo, y volviendo hacia fuera los codos y apoyando en los muslos las manos abiertas, se quedó meditabundo. Yo le observaba con ardiente curiosidad, imaginándome que por el hecho de ser fraile había de meditar aquel hombre en cosas o estrambóticas o sublimes. Él alzó la mano derecha, y deslizándola en la manga izquierda, sacó de la especie de bolso que formaba la joroba de la manga un pañuelo enorme, a cuadros blancos y azules, y se sonó ruidosamente. Después se incorporó, recogió su chapeo y rompió a andar, a tiempo que emparejé con él.

No sabía si ponerme a su lado, quedarme atrás, o adelantarme y darle las buenas tardes sencillamente. Me atraía aquel hombre sin motivo ninguno. De los frailes tenía yo dos ideas muy antitéticas que, sin embargo, coexistían en mi espíritu: por un lado el fraile de cromo de Ortego, picaresco, glotón, lascivo, beodo, «hombre sin vergüenza asomado a una ventana de paño», por otro el fraile de las novelas y los poemas, tétrico, exaltado, visionario, con la mente enflaquecida por el ayuno y los nervios desequilibrados por la continencia, huyendo de las mujeres, evitando a los hombres, lleno de flato, de tentaciones y de escrúpulos. Y quería saber a qué sección de estas dos pertenecía el caminante.

Como si me hubiese adivinado el pensamiento, al sentir mis pasos se detuvo, me miró cara a cara, y me dijo con acento imperioso:

--Felices tardes, caballero. Usted me dispensará que le haga una pregunta. ¿Viene usted por casualidad de San Andrés de Louza? ¿Va usted a la Torre de los señores de Aldao?

--Sí señor, allá voy --contesté un tanto sorprendido.

--Pues si usted no tiene inconveniente iremos juntos. Sé ir, porque estuve aquí otra vez. Me tomo la libertad de hacer a usted esta proposición, figurándome que en el campo no molesta...

--¡Molestar! Al contrario --respondí, agradado de la marcialidad del Padre.

Echamos a andar brazo con brazo, pues el sendero se ensanchaba, y permitía este lujo de sociabilidad. Entonces reparé que el fraile iba descalzo, con unas sandalias que sujetaban el pie por el empeine dejando libres los dedos, que eran bien modelados y carnosos, como los de las esculturas de San Antonio de Padua. Empezó a dirigirme preguntas.

--Ha de perdonarme usted; soy amigo de la franqueza y de que la gente se conozca. ¿Es usted acaso pariente de Carmiña Aldao?

--No, señor, de su novio. Nada menos que sobrino carnal.

--¡Ah! Ya sé. El que estudia para ingeniero en Madrid. El hijo de Benigna.

--Justo. ¿Cómo está usted tan bien informado?

--Diré a usted: la familia de Aldao me distingue con bastante confianza: por eso me encuentro al tanto de esos pormenores. ¿Y qué tal, qué tal de estudios? Ya sé también que es usted muy asiduo, y joven de gran porvenir. Tengo muchísimo gusto en conocerle; se lo digo de corazón; gasto pocos cumplimientos. ¡Ah! Y ahora caigo en la cuenta de que todavía no sabe usted mi nombre. Como un pobre religioso no necesita presentarse, que el hábito le presenta... Me llamo Silvestre Moreno, para servirle.

--Yo Salustio...

--Ya estoy, ya estoy. Salustio Meléndez Unceta.

--Veo que no hay cosa que usted ignore.

--Eso quisiera --repuso el fraile riendo de muy buena gana; y de pronto, deteniéndose bruscamente:

--¿No podría usted hacerme el favor de un cigarrito de papel?

--No fumo --contesté con cierta prosopopeya, que después me pareció ridícula.

--Hace usted bien: una necesidad menos... Pero yo ¡caramelo! estoy tan viciado, que... En fin, lo mismo da; hasta el Tejo, paciencia.

--¿Desde cuándo no ha fumado usted?

--¡Caramelo! Desde ayer por la tarde. En Pontevedra paré en casa de una señora anciana, muy respetable, viuda, sola, que, como usted comprenderá, no fuma, ni su criada tampoco. Por la mañana, cuando me afeité, me dí un par de cortes; tenía un serrucho por navaja; y la señora fué tan caritativa, que me compró una navajita inglesa que corta el pensamiento, finísima... aquí la llevo --añadió señalando a la manga--: no la he estrenado todavía. Ya ve usted que después de este obsequio, que debe de haberle costado algunas pesetillas, yo no iba a ser tan gorrón que le pidiese cuartos para tabaco...

--Pero --exclamé contagiado por la franqueza del fraile-- ¿es que no lleva usted consigo un céntimo?

--Pues claro que muchísimas veces no lo llevo, ni medio tampoco.

--¿Y cómo es posible?

--¿Y el voto de pobreza, recaramelo, es guasa?

--Siento muchísimo no fumar --exclamé-- para este caso tan solo.

--No se apure usted, amigo, que los frailes no nos apuramos tampoco porque nos falte una mala costumbre. Además que en cuanto lleguemos al Tejo... ya verá usted el señor de Aldao cómo se despepita a ofrecerme cigarros.

Dijo esto con alegre filosofía y emprendió el camino con buen ánimo y gentil determinación, andando más listo que un servidor de ustedes. Una pregunta me bullía en los labios y me resolví a formularla.

--¿No le molesta el ir descalzo?

Volvióse sorprendido el fraile.

--No, señor --contestó, recapacitando como para recordar si en efecto le molestaba la descalcez--. Al principio eché de menos, no los zapatos, sino las medias, y eso que no tenían nada de finas: mi madre me las calcetaba bien gordas, y yo nunca usé otras sino las calcetadas por mi madre. Digo, sí... acabo de usarlas no hace mucho... y de seda finísima; para que vea usted; no vaya a creerse que porque soy fraile no he gastado de esos lujos. Pero en fin, esto es capítulo aparte. Viniendo a lo de la descalcez, que es lo que usted me pregunta, y a que yo quiero contestar categóricamente, sepa que desde que voy descalzo, nunca tuve sabañones en los pies, ni callos, ni ojos de gallo, ni cosa parecida. --Al decir esto sacaba el pie, que, en efecto, era contorneado y sano, sin esa deformación de los dedos que produce la bota--. Y mire usted lo que puede la costumbre, caballero. Ya me parece que estoy más limpio así. Se me figura que las calcetas y el calzado no consiguen más que archivar las porquerías. Nadie que vaya descalzo lleva los pies realmente sucios, por mucho que trajine y mucho calor que haga, sobre todo si tiene la manía que tengo yo...

Diciendo y haciendo, se apartó diez pasos, y llegándose al regatillo que corría al borde del sendero, entre cañas y mimbrales, dejó en tierra las sandalias, remangó un tanto el hábito y metió un pie tras otro en el agua corriente. Después que hubo secado las plantas en la hierba, se volvió a poner sus sandalias y miró con aire victorioso. Yo sonreí impulsado por una idea, o más bien por un sentimiento cordialísimo, que podía traducirse en esta forma:

--¡Qué fraile más raro y más simpático!

--Vamos --me dijo--: adivino lo que está usted pensando, caballero.

--Puede ser. Diga usted y yo le diré si acierta.

--Pues, ¡caramelo! Usted piensa allá para su sayo... que los frailes gastamos pocos cumplidos, que somos muy democráticos y muy ajenos a los estilos de la sociedad, y que en seguida entruchamos con la gente.

--No, señor, no era eso. Yo pensaba...

--Llámeme usted Padre Moreno o Moreno a secas, si le es igual. Lo de «señor» es demasiado lujo para un pobre fraile.

--Pues, Padre Moreno, lo que yo cavilaba... Pero temo que si lo digo le moleste.

--Nada de eso, nada de eso, yo me muero por la franqueza.

--Pues cavilaba en que los frailes no tienen fama de ser así... tan partidarios de la limpieza corporal como usted. --Al decir esto le miraba de soslayo, examinando con rápida ojeada sus manos, sus orejas, su cogote, todo lo que delata los hábitos de pulcritud--. Hasta creí que condenaban ustedes por pecado el cuidar de la persona. Dicen que el mérito de algunos santos ascetas consistía en poseer un millón de habitantes y llevar el pelo y la barba... colonizados.

En vez de enojarse por tan irreverente supuesto, el Padre soltó la carcajada más sincera que he oído salir de humana boca.

--¿Conque usted creía eso? --me dijo cuando la risa le permitió hablar--. Y usted que parece un joven tan instruído ¿no sabe lo que decía la gloriosa Santa Teresa? Pues se lavaba muy bien, y luego exclamaba: «Señor, mi alma como mi cuerpo.» ¿De modo que para ustedes todos los frailes éramos unos solemnes gorrinos? Entonces, buen susto habrá pasado al verme. ¿Usted ha tratado más frailes que este su servidor y capellán?

--A la verdad es usted el primero que veo en mi vida, es más; pensé que no existían ustedes. Una tontería, porque sé muy bien que en España se están repoblando los conventos de varias Órdenes; pero francamente, me figuraba yo que los frailes sólo se encontraban en los cuadros, en los retablos de las iglesias, y así... Nada, aprensiones.

--Pues ya los ve usted en realidad. Entre los frailes sucede igual que en el siglo, porque hay genios y gustos muy diferentes, aunque se rijan por una misma regla. Unos son descuidados; otros se acicalan más; pero como usted conoce, nuestro santo hábito no nos permite andarnos con muchas agüitas de olor y tarretes de esencias y de pomadas. Estaría bonito un religioso usando la _velutina Fay_ y el _Kananga_ o _ganga_... o como recaramelo se llame ese perfume que ahora se estila tanto.

--¡Vaya que está usted enterado, padre! --exclamé riendo a mi vez.

--Es que yo trato a señoras muy elegantonas y muy majas... Y no extrañe usted que quiera vindicarme y vindicar a los pobrecitos frailes de la mala fama que usted les cuelga. Figúrese que nuestro Santo Patriarca era tan aficionado al agua, que hasta compuso en alabanza suya unos versos preciosos, diciendo que es casta y limpia. Yo le hablo a usted con el corazón en la mano; me gusta la gente aseada; pero ciertos extremos de pulcritud que hacen ciertos hombres, me parecen empalagosos. ¡Caramelo! Eso de que un señorito pierda media hora en recortarse y pulirse las uñas... pase en las mujeres; lo que es en quien peina barbas...

Diciendo esto cruzóse de brazos el fraile y se volvió hacia mí como queriendo respirar y descansar un poco. A la luz rojiza del poniente, que tanto entona las figuras, noté que la suya guardaba armonía con aquella profesión de fe viril. Era membrudo sin llegar a grueso, y de aventajada estatura sin pasarse de alto. Su tez tostada y cetrina revelaba complexión biliosa y curtientes fatigas de viajero por regiones de sol. Los ojos los tenía vivos, alegres, negrísimos, bien delineados y abiertos sobre el alma de par en par. Su cuello, descubierto por la tonsura del cerquillo, indicaba vigor, y lo mismo las manos, grandes, ágiles y robustas, manos que así servían para elevar delicadamente la hostia como pudieran empuñar, caso de necesidad, la azada, el garrote o la carabina. Las facciones no desmerecían de las manos: acentuadas como por el palillo de hábil escultor, tenían la mezcla de calma y de firmeza que se advierte en ciertas esculturas de retablo. Entre la boca y la nariz, así como en la meseta de la barbilla, existían dos hoyuelos indicadores casi siempre de un fondo de bondad llamada a templar la fuerza del carácter. Por fijarme, hasta en las orejas me fijé, notando que eran como de confesor, de ancho conducto y casi movibles; unas orejas con mucha fisonomía, según suelen tenerlas los eclesiásticos.

--¡Caramba con el fraile, y qué terne parece! --discurría yo sorprendido.

Seguimos avanzando. Ya debía de estar muy próxima la quinta de Aldao, pero no llegaríamos antes de entrada la noche, que caía plácidamente. Eran más penetrantes los olores de la madreselva; los perros, asomándose a las paredillas de las heredades, nos ladraban con mayor furia; oíase en lontananza la queja del mochuelo, y el bicornio de la luna, fino como un trazo de pincel, asomaba hacia la parte de la ría. El fraile manifestó con una exclamación trivial que sentía la belleza del sitio y de la hora.

--¡Vaya una tarde! ¡Cuidado que es lindo este país! Cuanto más se ve más hermoso parece. ¡Y tan fresco! Para mi gusto ya es demasiado; prefiero el clima del África.

--¿Ha estado usted mucho tiempo en África?

--¡Toma! Pues si soy medio moro.

--¿Y ha viajado usted por el desierto?

--¡Ya lo creo! Y sin tiendas de campaña, ni caja de provisiones, ni escolta, ni otras monsergas de esas que llevan los exploradores al uso. ¡Sobre un mulo y con un par de gallinas atadas al arzón de la silla; bebiendo el agua de los charcos y durmiendo bajo el pabellón de las estrellas, he rodado yo más por aquellos arenales y me han sucedido más lances y más aventuras!