Una Cristiana

Part 3

Chapter 34,206 wordsPublic domain

--En efecto --contestó apaciblemente el bibliómano, que ni notó el afán con que yo preguntaba--. Son familias oriundas de Portugal. En Marín les tienen mucha tirria: dicen que no han abjurado, que aún siguen el rito mosáico, que se mudan los sábados en vez de los domingos, y que no comen un pedazo de tocino aunque los desuellen.

--¿Y usted cree eso?

--Para mí son paparruchas y cuentos de viejas: digo, lo de seguir ahora cumpliendo el rito mosáico. Lo de venir de casta de judíos esa gente no puede negarse. Si tengo tiempo, aún he de revolver unos papelotes antiguos y desenterrar a un Juan Manuel Cardoso Muiño, natural de Marín, a quien la Inquisición de Santiago administró unas vueltas de mancuerda y algunos cientos de azotes por judaizante. Era además «leproso y gafo». Ya ves tú si estoy en pormenores, rapaz. Yo buscaré...

--No, no, no hace falta. Si era sólo... por saber. Una curiosidad tonta. No se moleste, D. Wenceslao.

Por espacio de un mes temí que el condenado buscase y le tentara el diablo a enviar a algún periodiquito un comunicado ridículo, de los que ponía cada dos años, siempre que imaginaba haber descubierto algún dato inédito y precioso, capaz de servir de llave a la historia del antiguo reino de Galicia. Evité cuidadosamente refrescar la conversación de los judaizantes de Marín, y esta precaución demuestra que no acababa yo de conformarme con la azotaina de Juan Manuel Cardoso Muiño. Más adelante, cuando hube de dejar a Pontevedra por Madrid, con objeto de empezar los estudios preparatorios al ingreso en la Escuela de Caminos, me acordé a menudo de la «mancha» y traté de mirarla a la luz de un criterio sensato. Me parecía ridículo atribuir importancia a lo que en nuestro estado actual carece de ella. Ante la filosofía histórica, los judíos son un pueblo de noble origen, que nos ha dado «la concepción religiosa»: concepción a la cual, tomándola como alta elaboración de la mente o arranque sublime del sentimiento humano, atribuía yo gran importancia. Teniendo en cuenta otro dato, el de la opinión social, tampoco era lícito ya despreciar a los hebreos. El estigma de la Edad Media se ha borrado de tal modo, que los ricos capitalistas judíos se enlazan hoy con lo más linajudo de la aristocracia francesa, y dan lucidas fiestas y convites, a que concurre la española. Si dejando aparte estas consideraciones externas, me fijaba en otras de mayor elevación y profundidad, acordábame de aquel excelso pensador Baruch o Benito Espinosa, que al fin era de estirpe judía, lo mismo que el poeta Heine y el músico Meyerbeer... En suma, yo me repetía a mí mismo que no hay razón alguna para que el descender de judíos repugne tanto, a no ser la sinrazón de una antipatía instintiva, hija de preocupaciones hereditarias. No cabía duda: la sangre de cristiano viejo que giraba por mis venas era la que se estremecía de horror al tener que mezclarse con gotas de sangre israelita. Extraña cosa, pensaba yo, que lo más íntimo de nuestro ser resista a la voluntad y a los dictados del entendimiento, y que exista en nosotros, a despecho de nosotros, un fondo autónomo, instintivo, donde reina la tradición y triunfa el pasado.

Y aquí sale otra vez mi tío Felipe. No sé si he dicho que era hermano de mi madre, poco más joven que ella; cuando empieza este relato, frisaría en los cuarenta y dos o cuarenta y tres. Pasaba por «buen mozo» tal vez por ser alto, apersonado, un poco grueso y con abundantes cabos de pelo y barba. Ello es que, desde el primer golpe de vista, mi tío ofrecía patentes los rasgos de la raza hebraica. No se parecía ciertamente a las imágenes de Cristo, sino a otro tipo semítico, el de los judíos carnales, que en pinturas y esculturas de escenas de la Pasión corresponde a los escribas, fariseos y doctores de la ley. En algunos cuadros del Museo ví caras semejantes a la del tío Felipe. Sobre todo en lienzos de Rubens, en aquellos judiazos fuertes, sanguíneos, de corva nariz, de labios glotones y sensuales, de mirada suspicaz y dura, de perfil de ave de rapiña. Algunos, exagerados por el craso pincel del insigne artista flamenco, eran caricaturas de mi tío, pero caricaturas muy fieles. La barba rojiza, el pelo crespo, acababan de hacer de mi tío un sayón de los Pasos. Y era evidente: la cara de _deicida_ del hermano de mi madre fué lo que me infundió desde la niñez aquella repulsión airada, fría, invencible, cual la que inspira el reptil que no nos infiere ningún daño: repulsión que no pudieron desarraigar ni mis ideas racionalistas, ni mi positivismo científico, ni la protección y amparo que debí a tan aborrecido ser.

«Estas son --calculaba yo-- jugarretas del arte. De quinientos años acá se dedican los pintores a juntar en media docena de fisonomías la expresión de la codicia, la avaricia, la gula, la crueldad, la hipocresía y el egoismo, y así han conseguido hacer tan repugnante el tipo judaico. Bien dice Luis. La tradición, cemento pegajoso y adherente, moho que se nos cría en el alma, es más fuerte que la cultura y que el progreso. En vez de pensar, sentimos; y más bien son los muertos quienes sienten por nosotros.»

Había momentos en que por no reconocerme culpable de aprensiones tontas, buscaba otros fundamentos al desvío que me inspiraba mi tío Felipe. Yo soy muy devoto de la limpieza, y mi tío, sin ser descuidado en el traje, no se pasaba de limpio en su persona; a veces sus uñas no vestían de claro, y cubría sus dientes un velo verdoso. También redoblaba mi malquerencia el notar que mi tío, sin mérito alguno, sin condiciones morales ni intelectuales, había sabido labrarse una posición. No afirmaré que fuese un malvado ni un imbécil, sino más bien uno de esos productos híbridos de las regiones intermediarias, un Juan vulgar, ni bueno ni malo de remate, pero sin escrúpulos y sin ideal. Hongo nacido entre la podredumbre de nuestra política, criado a la sombra manzanillesca del chanchullo electoral, mi radicalismo le condenaba, con la inflexibilidad propia de los pocos años, a las gemonías del desprecio. Aunque no le veía tan encumbrado como a otros caciques conterráneos suyos, su injustificada prosperidad bastaba para herir en mí la fibra de la indignación, muy sensible en la juventud.

Mi tío poseía, cuando se licenció de abogado, un patrimonio compuesto de fincas rústicas, tierras y alguna casita en Pontevedra: no llegaría a producir mil duros anuales al cinco por ciento de interés. Cómo esta fortunita apareció, a la vuelta de pocos años, cuadruplicada en acciones del Banco y títulos de renta, explíquelo quien sea capaz. Mi tío no ejerció su profesión: la abogacía fué para él lo que suele ser para los españoles mezclados en política: una aptitud, un pasaporte. Politiqueó cautamente, sin principios, agarrado a personas, nadando y guardando la ropa. Salió diputado provincial con frecuencia, y picó a su sabor en el cesto de brevas de las comisiones. A fin de no derrochar en batallas electorales, se contentó con venir a las Cortes una vez sola, en una de esas vacantes que ocurren en vísperas de elecciones generales, y que suelen beneficiar los periodistas. Con el favor de D. Vicente Sotopeña, árbitro omnipotente de Galicia, aprovechó la ganga, saliendo sin gastarse una peseta, jurando el cargo el día antes de cerrarse la legislatura, y quedando en condiciones de poder llegar a gobernador, y más adelante... ¿quién sabe? a consejero de Estado o de Instrucción pública. Gobernador lo fué bien pronto, unas veces interino, otras en propiedad. No descuidó por eso sus intereses, y en Pontevedra se habló bastante de la expropiación de ciertos ranchos de mi tío, pagados por el Ayuntamiento a precio fabuloso. Caiga el telón. Don Felipe se contaba en el número de los políticos cucos de tercera fila, olvidados, y que donde meten la cuchara sacan tajada de carne. Su método consistía en restar pérdidas y sumar provechos. Decíase de él, en son de elogio, que era muy largo. A mí la tal longitud me parecía otra señal de hebraismo, apreciación en la que acaso pequé de injusto, porque hartos caciques de mi tierra, de purísima raza ariana, no son más cortos.

A veces me entraban escrúpulos de lo mal que quería a mi pariente. Me acusaba de indelicado, pues pagaba con odio el bien que recibía. Si mi tío era tacaño, mayor mérito contraía al sufragar buena parte de los gastos de mi carrera. Y no podía negarse que, a su modo, él me demostraba afecto. Cuando estaba en Madrid solía darme para el teatro; dos o tres veces en la temporada me llevaba a almorzar o comer en Fornos; jamás se mostraba severo conmigo; me trataba como se trata a los muchachos, bromeando y riendo; me preguntaba por mis trapicheos y líos, por las travesuras de mis compañeros de hospedaje, por las vecinas de enfrente que eran graciosas, y hasta se metía en vedado, echándola de doctor y maestro en todas las asignaturas del amor licencioso y venal. De sobremesa, cuando el vino, el café y los licores le arrebataban la sangre a las mejillas, lucía su ciencia tratando puntos intrincados que a veces me sublevaban el estómago. No me atrevía a protestar, porque los hombres nos avergonzamos de no parecer corrompidos; pero la verdad es que mi paladar juvenil rechazaba aquella pimienta rabiosa. De noche las torpes imágenes evocadas por la conversación me importunaban y me ponían febril, hasta que con la jarra llena de agua fría me propinaba duchas por el espinazo abajo. Este remedio heróico despejaba mi cerebro y me permitía enfrascarme otra vez en los libros. El odio es un resorte tan poderoso como el amor, y yo veía en el término de mi carrera el fin de un protectorado para mí insufrible. Ser dueño de mí mismo, ganar con qué vivir, resarcir a mi tío de sus gastos era mi sueño, y me cogía a sus alas para no caer rendido en las estepas de la Maquinaria, la Construcción y la Topografía.

Ahora que dejo retratado a D. Felipe, añadiré que cuando nos vimos en el obscuro saloncito bajo de Fornos --ante la mesa donde el mozo iba depositando una concha de rábanos, otra de bocaditos de manteca, bollos de Viena, y luego los platos del almuerzo-- el anfitrión me dijo, dándome una palmadita en el hombro, sin mirarme a la cara:

--Adivina lo que tengo que participarte.

--¿Cómo quiere usted que adivine?

--Pues no sé de qué sirve tanto estudio --observó con pretensiones festivas.

Me encogí de hombros, y él añadió:

--Es que me caso.

IV

Sin duda, para festejar esta noticia, había pedido que nos sirviesen una garrafa de Champagne helado, golosina siempre deliciosa, y más cuando empezaba a apretar el calor y a requemarse la atmósfera madrileña. Tenía yo en la mano la ligera copa colmada de aquel fresco oro líquido, y al oir lo de la boda hice un movimiento de sorpresa y derramé una cascadita sobre el mantel.

El novio evitaba fijar sus ojos en los míos, que se clavaban en su rostro dilatados por la sorpresa. Fingió recoger migas de pan y afianzar la servilleta en el ojal del chaleco, pero de soslayo me observaba. Viendo mi silencio añadió de mala gana y sin franqueza:

--Celebraré que mi boda merezca la aprobación de tu madre... y también la tuya.

Yo entretanto discurría. «Vamos, se entiende. Este tenía algún tapujo... Habrá enviudado la prójima o querrán legitimar la prole... A los solterones les pasa siempre lo mismo...» Comprendiendo que debía decir algo, pregunté con insegura voz.

--¿Mamá lo sabe?

--Ayer se lo escribí.

--¿Supongo que le dirá usted el nombre de la novia?

--¡Si justamente la conocí en la Ullosa, en casa de tu madre! Ya ves qué coincidencia...

Roto el hielo, charlaba deprisa, como quien desea vaciar el saco.

--Imposible parece que no te hagas cargo. El verano pasado tu madre y ella intimaron mucho. Carmiña Aldao, ¿no sabes? Carmiña Aldao... de Pontevedra.

--No la conozco. El nombre me suena. Mi madre me escribiría algo, tal vez... No sé. Como el verano pasado no tuve yo vacaciones...

--¡Hombre, verdad! Pues es la chica de Aldao, hija del dueño de aquella finca bonita que se llama el _Teixo_, por un árbol enorme...

--¿Es única esa señorita? --pregunté incisivamente, pensando que tal vez el interés era el móvil de la boda.

--Única, no... Tiene un hermano, establecido en Pontevedra también.

--Nada; pues no la conozco --repetí--. Pero si se casa con usted ya tendré tiempo de tratarla.

--¡Vaya! naturalmente. Como que te convido a la boda, muchacho. Te vienes conmigo así que te examines. La cosa no será hasta el día del Carmen, y de aquí hasta esa fecha aún he de buscar casa y amueblarla... conque ya ves.

--¡Ah! ¿Se establecen ustedes en Madrid?

--Sí... Es gusto de la novia. Te llevo, ya lo sabes. Nos casaremos en el Teixo. Mira, yo no sé cómo lo tomará tu madre... Sabes que gasta un genio demasiado vivo... ¡Qué prontos los suyos! Si escribes, dila que no perderá nada con mi casamiento. Hasta que acabes tus estudios...

--No le pregunto a usted semejante cosa --exclamé; y por segunda vez tembló en mi mano la copa de Champagne.

--Pues te lo digo yo; no atufarse, que no hay de qué. Soy dueño de mis acciones, y al casarme a nadie ofendo.

--¿Quién habla de ofensas? --prorrumpí sintiéndome palidecer a impulsos de un acceso de ira, que me impulsaba a arrojarme sobre aquel hombre.

--Como lo tomas así...

--No lo tomo así... ni asado. Usted es libre, y si algo hace usted por mí es que quiere hacerlo. Y además, me alegro de que se promoviese esta conversación, para decirle que el dinero que con mi carrera está usted gastando, lo reembolsaré o poco he de vivir.

Mi tío se demudó algo. Sus labios se contrajeron y sus pupilas destellaron una chispa de cólera.

--Si no fueses un chiquilicuatro, me daban ganas de responderte una barbaridad. Lo que se hereda no se hurta. Sales a tu padre; más desagradecido y descastado no lo hubo.

--Hágame usted el favor de no sacar a colación a mi padre, porque no lo aguantaré --repliqué conteniéndome para no arrojarle una botella a la cara.

--No saco a tu padre sino para decir que uno siempre tratando de seros útil... y vosotros siempre dando bufidos. En fin, yo no había de casarme sin participártelo; ya veo que te ha sabido mal... Hijo, paciencia. No era cosa de consultarte antes... La cuenta, mozo --añadió hiriendo con el cuchillo la copa.

Habíamos alzado la voz, y en las mesas próximas algunos rezagados volvían la cabeza y se fijaban en nosotros. Me entró vergüenza, y ceñudo, sombrío, sacudí las migajas de la solapa e hice ademán de levantarme. Me causaba sofocación ver al tío, que sobre el papelito de la nota depositaba un billete de a cincuenta. Aquel billete, a costa de mi sangre desearía yo haberlo sacado del bolsillo. Respiré algo (puerilidades) cuando ví que del billete devolvieron bastante plata. Sentiría haber hecho mucho gasto. Con la uña del índice, mi tío empujó hacia el mozo dos realillos, y levantándose, descolgó su sombrero de la percha, diciendo secamente: «Vamos». Pero al salir a la luz del sol desde la lobreguez de los comedores de Fornos, se dominó, volvió sobre sí, y con aquella ductilidad que le caracterizaba en su negocios y enredos políticos, me alargó la mano, diciendo casi en broma:

--Cuando estés de mejor temple vé por casa... Tengo ganas de enseñarte el retrato de tu futura tía.

Me recogí a mi posada de un humor perro, descontento de mí mismo, y sin poder interpretar las causas de mi desazón profunda. Toda la tirria que profesaba al tío Felipe no me impedía reconocer que, en aquella ocasión, no era él quien se había portado mal. Lo confirmó Luis, cuando a la noche, habiéndome preguntado la causa de mi tristeza, se la descubrí. «Pues chacho, el tío estuvo correctísimo y tú impertinente. Que algún día se había de casar, ya podías tenerlo tragado...»

--¡Si me importa un pepino que se case! --exclamé dolorido--. ¿Qué me va ni me viene en eso?

--¡Algo te va y te viene, corcho! --replicó el sesudo orensano--. Algo le va y le viene a todo sobrino en que se case su tío carnal, solterón, único hermano de su madre... ¡Tanto te va y te viene, que te joroba el bodorrio! Pero como no puedes evitarlo, hay que poner a mal tiempo buena cara, y sacar de la situación el mejor partido posible. Transige, rapaz, que vivir es transigir.

--Déjame de oportunismos. ¡Allá él, y así reviente!

--Ten juicio. ¿Que tu tío se casa? Pues paciencia, y a congraciarse con la tiíta... Cuanto más que es una chica muy simpática.

--¿Tú la has visto?

--Verla no. Pero estando en Villagarcía el año pasado, cuando tomé los baños de mar, me hablaron de ella unas cursis de Cambados. Me acuerdo perfectamente.

--¿Y qué te dijeron?

--Cosas buenas. Que era guapa, y que tocaba el piano muy bien, y que a su padre le iban a hacer marqués, y que la finca es regia. El padre tiene monises.

--Y ¿cómo carga con mi tío una mujer así, rica, guapa, joven? ¿Cómo no prefiere un convento?

--Calla, loco. ¿Qué tiene de despreciable tu tío? Es mozo de cuenta: influye en la provincia punto menos que don Vicente; ha desempeñado puestos; va para personaje. Déjate de chiquilladas. Asiste a la boda, sé amable con la tiíta. No te presentes quejoso, que te saldrá peor.

--¡Dale! El que te oyese y no conociese mi carácter pensaría que yo estaba codiciando herencias, y que he sufrido un desencanto al ver que se me escapan...

--¡No se trata de eso, corcho! --insistió mi amigo formalizándose--, no te digo que seas capaz de hacer ninguna porquería por interés; si es tu herejía... ¡niegas la divinidad del dinero! Lo que te digo es que mientras no acabes la carrera, de tu tío no puedes prescindir, y como me figuro que no querrás quedarte en la estacada... ¡a transigir! ¡Mucho ojo!

Así que trascurrieron algunas horas empecé a sospechar que mi amigo tenía razón; y como nuestros errores se nos descubren cuando los cometen otras personas a quienes consideramos inferiores en capacidad y cultura, yo entendí el desacierto en que había incurrido después de leer una epístola que a los pocos días me trajo el cartero. Conocí la letra del sobre, y al tomarlo en las manos comprendí por su volumen que venía preñado de quejas furiosas, de esas que brotan de la pluma o del labio en momentos críticos, al choque de inesperados sucesos. Para no ser interrumpido en la lectura, me fuí en busca de la paz y sosiego de un cafetucho próximo a mi vivienda, a tales horas. El mozo, después del consabido «¿qué va a ser?» me trajo una chica alemana y me dejó dueño de ella. Bebí el primer trago, con su espumita, y saboreando el grato amargor del fermentado lúpulo, me eché al cuerpo los tres pliegos de letra española, clara y menuda, con algunos deslices ortográficos de menor cuantía, en especial redobles de erres, indicio de la vehemencia del carácter, y sin asomo de puntuación ni división de períodos con párrafo aparte o mayúscula, lo cual, aunque parezca raro, presta a este género de cartas iracundas y femeniles cierta enérgica monotonía y rapidez que duplica su efecto. Lo que yo me figuraba: una diatriba feroz contra la boda del tío Felipe, exornada con datos históricos, algunos enteramente nuevos para mí. Puedo reproducir aquí varios fragmentos, sin añadir punto ni coma, ni desenredar la gramática, ni quitar repeticiones.

«Ya ves Salustiño tantos trabajos como pasa una pobre madre y sin más esperanza que conseguir verte bien colocado y que seas alguien hoy o mañana y la esperanza principal lo que pudiese dejarte el fantasmón de tu tío, que buena obligación tenía de hacerlo si tuviese conciencia lo peor de todo que tendrá chiquillos y ya tú te quedas abriendo la boca sin lo tuyo aunque lo llamo lo tuyo no digo ningún disparate pues has de saber para tu gobierno que tu tío en las partijas de la legítima de mi papá que mi mamá no tenía sobre qué caerse muerta, pero papá dejó una herencia bien bonita, y tu tío se la mamó casi toda y a mí me dejó casi por puertas yo no sé como lo envolvió ni como armó la rratonera que a mí me tocaron cuatro corroscos duros y él se comió la miga bien blanda, no sé como me dejó la Ullosa fué un milagro, él arrebató las casas y solares de Pontevedra que luego hizo con el Ayuntamiento un buen guisado ahí se achinó valientes chanchulleros así que cuando murió tu padre que buenas desazones le dió Felipe porque era habilitado del clero y lo comprometió de mala manera, tú no acuerdas eso que eras pequeñito cuando murió tu padre que en gloria esté, pues yo entonces le dije con mucha dignidad Felipe una cosa es ser buena hermana y otra pedir limosna, yo hoy tengo un hijo y puede decirse ni pan que darle yo te hablo muy claro, voy a rrevisar las partijas aquí hubo engaño, yo así no puedo vivir como voy a dar carrera al pequeño, y él va y me contesta muy foncho no te apures yo no te abandono carrera no ha de faltarle la mejorcita se le buscará dejate de pleitos que son la ruina de las casas y el engordar de la curia calla boba que para quien ha de ser lo que yo tenga al otro mundo no me lo he de llevar y casar no me caso cásese el demonio buey suelto bien se lame te puedo jurar que así dijo tu tío que yo no mudo ni una palabra.»

Sin duda, al llegar aquí, la necesidad de los signos de puntuación se le impuso a mi madre con repentina fuerza, y para no hacer a medias las cosas plantó una carrera de puntos suspensivos y dos admiraciones reunidas.

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«¡¡ay hijo quien fia de palabras de hombres sin rreligión y sin conciencia ahora sale con la pata de gallo de que se casa le entró derrepente no sé que vió en la chica de Aldao es bastante feita y salud poca y de buenos principios no sé como andará en su casa vé bastantes malos ejemplos su padre metido con la doncella que fué de su madre desde hace mil años y en la casa otras dos chiquillas no se sabe si hijas o sobrinas de la pindonga tanto que la chica dicen que carga con tu tío sólo por salir de aquel infierno que la tratan a patadas que no le dan de comer pues no sé tu tío Felipe como la tratará de mala casta viene que sacó la estampa de los judíos en la procesión del Jueves Santo a mi me da verguenza ser hermana suya ya por algo lo señaló Dios que también lo ha de castigar acuerdate de lo que digo que yo me entiendo Dios es muy justo y quieren que vayas en las vacaciones a ver la preciosidad del casorio bonito mamarracho estará si no me tienta el diablo a traer a casa la tal Carmiña Aldao el otro verano no sucede esta trapisonda lo que es yo brillaré por mi ausencia y contigo veremos como se portan si te deja plantado hemos de rrrevisar la partijita que habrá sapos y culebras de mi no se burla tu tío soy capaz de pleitear hasta soltar la camisa.»

Entre trago y trago de cerveza fuí apurando la carta. Su lectura obró en mí efectos contrarios a los que se proponía mi madre. Los manejos del tío para mermar mi herencia; aquello de la _partijita_, en vez de causarme justificada indignación, me sosegó el espíritu. Me alegré de tener contra el tío motivos de queja y no de gratitud, y enterado ya de su mal porte, parecióme que se aplacaba de la punzada dolorosa de mi mortal antipatía. No le debía nada; al contrario, era su acreedor. Podía detestarle menos.

Sin dilación escribí a mi madre una misiva prudentísima. Encargaba moderación, insistiendo en lo inverosímil de que mi tío, habiéndonos ayudado hasta entonces, nos dejase a última hora abandonados, e indicaba cuán vana e inútil me parecía toda clase de reivindicaciones. Los hechos consumados debían respetarse: un pleito nos conduciría a la ruina. Era insensatez figurarse que un hombre robusto, en la fuerza de la edad, se mantendría soltero por cumplirnos el antojo. Unas palabras al aire no podían obligar a celibato perpetuo. Respecto a asistir o no asistir a la ceremonia... ya veríamos. Entretanto, serenidad y calma.

Leí la carta a Portal, que la aprobó con encomiásticas frases. «Ese es el camino, transigir, contemporizar, sortear los escollos... Así me gusta, que sigas mi sistema, y que te conformes, al menos exteriormente; el interior nadie lo ve...»