Part 12
No sé si por impulso de alejarme del Tejo o por deseo de mayor soledad, me dirigí muy despacio hacia la playa. Era de noche ya. La luna, que se había alzado roja e inflamada, recobraba al ascender al cielo su serena placidez, y las olas del mar, dormidas también y arrulladoras, venían a estrellarse a los pies del peñasco donde me senté aturdido de pena, dispuesto a entregarme a todos los sueños y quimeras de la imaginación, recalentada por el trasabor del champaña. El blando rumorcillo de la encalmada ría; el trémulo rebrillar de la luna sobre la superficie del agua, y la misteriosa efusión de la Naturaleza, me predisponían al monólogo siguiente: «Si hoy nos hubiésemos casado _ella_ y _yo_, despacharía a los importunos y me la traería aquí del brazo; la sentaría junto a mí, en esta misma peña, que parece hecha a propósito para escena tan inolvidable. Ciñendo su cintura, reclinando su frente sobre mi pecho, sin asustarla, sin herir su pudor, iría preparándola suavemente a compartir el arrebato de la pasión; a transigir gustosa con el fatal desenvolvimiento del amor humano. Y los instantes más bonitos, los instantes deliciosos en que pensaríamos toda la vida... serían estos, estos. ¡Qué gozo callado y profundo nos abrumaría! ¡Qué silencio el nuestro tan dulce! Tal vez una ventura así será demasiado grande para que la resista el corazón. Pesa tanto, que no hay quien pueda con ella. Por eso dura poco y se encuentra rara vez. Y --decía yo prosiguiendo en mi soliloquio-- el caso es que esa felicidad ya no la catas nunca, hijo mío. Tití Carmen es como todas las mujeres, que sólo tienen _una_ inocencia. Hoy la perderá; hoy otro hombre corta la azucena; hoy profanan lo que más respetas en el mundo. Por muchos años que transcurran y muchos favores que consigas de esa mujer, no te será posible traértela a una playa, con luna, de noche, por caminos donde a un lado y a otro crecen madreselvas, a probar emociones no sentidas, a entrar en la vida por la puerta de la ilusión.» En substancia, y sin duda en más desordenada forma y con mayor viveza de imágenes, ved aquí lo que se me ocurría durante el paroxismo de la pena, mientras luchaba con el abatimiento que causa la semiembriaguez. Un pensamiento flotaba confusamente dominando a los restantes. «Si el dueño de Carmen no fuese mi tío, yo no estaría tan llevado de los diablos. Mi entusiasmo romántico por _ella_ es la eterna prevención contra _él_, que adquiere otra forma.»
Subí al Tejo más desesperado que si me aquejase alguna tribulación real y positiva. Creo que en el camino arrojé y pisé con furia la rama de azahar tan solicitada por la mañana. Me dominaba para no hacer mayores extremos, y al entrar en la quinta huí de la gente y me fuí derecho al dormitorio, deseoso de tumbarme sobre la cama para blasfemar o revolcarme o aletargarme vencido por el cansancio.
Al subir la escalera de la torre, se me vino a la memoria que llevaba en el bolsillo la llave del cuarto de Serafín, y que era preciso ver cómo lo pasaba el aprendiz de clérigo. «¿Estará roncando esa calamidad?», pensé al abrir la puerta. Yo amparaba con la mano la luz de la palmatoria, tratando de distinguir lo que hacía el pobre borrachín. Según miraba hacia la cama donde juzgué que estaría tendido, a mis pies, del suelo donde permanecía a gatas, alzóse el monago como un jimio, riendo y enseñándome la fea dentadura.
--Mostrenco, ¿qué haces ahí? --le dije--. Buena la armaste hoy. Lástima de azotes. ¿Rezabas por tus pecados? Ea, a la cama inmediatamente, o te doy una mano de nalgadas.
Se incorporó. Los ojillos rebrillaban con gatuna fosforescencia; la cara estaba desencajada aún, y el erizado pelo rojo completaba lo extraño y diabólico de su catadura.
--No me da la gana de dormir... --contestó rechinando los dientes--. Tengo función de balde, en palco principal. Balcón de preferencia.
--¿Qué dices, escuerzo?
--Lo que es verdad. Mire por ahí.
Repentina luz me alumbró, y arrodillándome presuroso, apliqué la vista al punto que señalaba el monago.
El cuarto de los novios caía exactamente debajo de la torre: yo lo sabía, y lo recordaba en aquel instante, antes de mirar, con súbita lucidez. No era el techo de cielo raso, sino de madera con vigas y pontonaje; y al través de una rendija del piso nuestro como estuviese iluminada la habitación inferior, veíase perfectamente, con total claridad, cuanto en ella ocurría.
Una crispación me contrajo los nervios, al convencerme de que, en efecto registraban mis ojos la cámara nupcial. ¡Era verdad, la veía, la veía! ¡Atroz descubrimiento! Me contuve para no gritar y permanecer inmóvil, en vez de arañar el piso y contundir sus tablas con necia cólera.
Por fortuna, por casualidad, por disposición de Dios, en aquella alcoba no sucedía nada. Hallábase enteramente vacía y desierta.
A ambos lados del tocador ardían, en sendos candelabros de latón con colgantes de cristal, velas color de rosa. Detrás de la gran cama de bronce dorado, encima de la mesa de noche, otra vela, en menuda palmatoria de porcelana. Por el tocador, sobre la mesa, sobre el escritorio, en jardineras pendientes de la pared... flores, flores, flores, particularmente rosas. ¡Profanación de la naturaleza! ¡Rosas para aquella noche nupcial!
La propia soledad del sitio, el misterioso silencio, de tal manera iban soliviantando mi fantasía, que pensaba respirar el olor de las rosas, su perfume regalado difundido en la atmósfera tranquila. Creía oir al través de la ventana abierta la voz del ruiseñor, que a horas semejantes cantaba en el naranjo grande, y sus revoloteos en las enredaderas del patio. La blancura de las entreabiertas sábanas; la dulce paz de la habitación; la gracia del tocador de muselina y encajes, cuyos pliegues caían vaporosos hasta el suelo, todo me causaba exaltación y furia, acrecentando el desconcierto de mi alma. Mis sienes latían, y sentía en los oídos como el retumbar de un borrascoso oleaje: la posición en que me había colocado agolpaba a la cabeza la sangre, y me inspiraba deseos de rugir. El monillo eclesiástico me tocó en el hombro.
--¡Eh, _monsiú_, compañero... que eso no es lo tratado! --gruñó--. ¡Yo también soy de Dios y tengo los ojos para ver!
--¡Si no callas, te trituro! --respondí con ferocidad.
--¡Pues a lo menos, cuéntame lo que veas!
--¡No se ve nada, cernícalo! --respondí--. ¡Nada, nada, nada!
--¿No llegaron aún los cómicos? ¿No se ha levantado el telón? ¿No toca la orquesta?
--¡He dicho que te calles inmediatamente! --grité con ira.
Desde aquel instante el intransigente guardó silencio, aunque luego comprendí que no era por prudencia ni por virtud.
Yo seguía acechando, sin hacerle caso maldito. La cámara nupcial continuaba vacía, sugestiva, tentadora. Veía con desesperante claridad los detalles menores: sobre un plato de cristal, horquillas; en un acerico, alfileres; en el centro de las almohadas un escudo enorme, ricamente bordado; en la pila de agua bendita, una rama de boj... Conté las falenas que entraron por la ventana a abrasarse en la luz; conté las lágrimas de cristal de los candeleros... Me pareció que el corazón se me rajaba cuando escuché voces en la puerta, un rumor confuso de despedida; se alzó el pestillo, y penetró en el dormitorio, con paso ligero y algo azorado, una persona sola; tití Carmen...
¡Ay Dios! Fuerzas, fuerzas para no gritar, para no desfallecer... Con su traje blanco, ajado ya de tenerlo puesto tantas horas, venía hechicera. Lo primero que hizo fué asomarse a la ventana, como si le faltase aire para respirar. Allí permaneció algunos minutos, y yo distinguía la línea bonita de su espalda, y comprendía o creía comprender sus pensamientos. Luego se quitó de la ventana y se miró un rato al espejo, a mi entender con más curiosidad que coquetería. Parecíame que la consulta al espejo respondía a la idea siguiente: «Veamos qué cariz se me ha puesto desde el gran suceso de esta mañana.» Luego, con una agilidad que demostraba el hábito de prescindir de la doncella, empezó a quitarse pendientes, aderezo, pulseras, broches, alfileres, dejándolos sobre el platillo de cristal, cuidadosamente, con aquel inteligente reposo que caracterizaba sus movimientos puramente mecánicos, donde no entraba la pasión. Y subiendo los brazos, se desprendió una por una las horquillas del pelo. Entonces ví suelto y en toda su belleza aquel magnífico adorno femenil. Destrenzado, cayó con blando culebreo primero hasta la cintura, luego hasta cerca de la corva, en olas negrísimas. Una inquietud cruel se apoderó de mí. El destrence y soltura de cabellos me pareció prólogo de otras licencias de tocado íntimo que iba a presenciar... y que sólo con imaginarlas ya me encendían la sangre en furor doloroso. Por fortuna --me pondría otra vez de rodillas para dar gracias--, ví que la emancipación del pelo no era lo que yo suponía, sino un preparativo de comodidad, pues no tardó en pasarse el batidor y recoger toda la mata en moño bajo, con gran sencillez. Terminada esta operación, puso el codo en el tocador y apoyó la mejilla en la palma de la mano, apretando los labios y moviendo de alto abajo la cabeza, como el que lucha con graves reflexiones. En su rostro distinguí una contracción penosa: tenía la cara del que, ya a solas, se entrega libremente a la preocupación y permite al semblante expresar lo que siente el alma. Sus pupilas se nublaron; inclinó la cabeza sobre el pecho; abandonó las manos en el regazo, y... aquello sí que lo oí claramente: suspiró, un suspiro profundo, arrancado de las entrañas... Luego alzó la frente y permaneció algunos minutos fijos los ojos en un punto ideal del espacio, probablemente sin mirar. De repente respiró fuerte y se levantó, como quien adopta una resolución decisiva y firme. Y en el mismo instante...
¡Ay! ¡No quiero ver, no quiero! Un hombre penetra en la cámara, furtivo, serio, acortado e irresoluto... Si mi ojeada tuviese el poder de la del basilisco, allí mismo se cae redondo el novio, muerto, carbonizado por el rayo de mi voluntad. Sobre el marco de la ventana se dibujó la silueta del deicida, y ví brillar su blanca pechera. Las bujías alumbraban de lleno su cara, más repulsiva que nunca, su barba de cobre, sus ojos impíos, que yo me sentía capaz de arrancar... Detrás de mí sonó clara y distinta una risa necia y burlona. Me volví, me incorporé y divisé al monago, a gatas, inclinando sobre otra rendija del piso. Aún empuñaba la navajilla con que la había ensanchado.
Estremecimiento homicida ocurrió por mis venas: temblando de rabia ceñí con mis manos la garganta de Serafín, y cortándole el resuello, grité: «Te parto, te deshago, te ahogo ahora mismo si vuelves a mirar. ¿Lo oyes, escuerzo? ¡Pobre de ti como nunca apliques los ojos a esas rendijas! Te asesino, sin remordimiento ninguno».
--Pues tú bien mirabas... ¡piñones! ¡pateta! --chilló el infeliz, casi hipando, cuando le permití resollar--. ¡Vaya unos modos! ¡Pateta! ¡Me ha clavado los dedos en la nuez!
--Yo no miro ya... ni tú tampoco... Éramos unos brutos... Si tuviésemos decencia, no se nos hubiese ocurrido ni la idea de mirar. Serafín, Serafín, no somos bestias, somos hombres. ¡No, mirar no!
--Ahora lloras... Estás loquito, vamos --exclamó el aprendiz de teólogo.
--Tú serás el loco y el energúmeno --contesté, haciendo un esfuerzo para reprimir las ridículas lágrimas que se me quedaban ardiendo entre los párpados--. Yo no lloro. Si llorase, sería de vergüenza de haberme arrodillado ahí. Voy a acostarme; pero como no estoy seguro de que tú no te pongas otra vez en cuatro pies, voy a amarrarte a la cama.
--No; formal, formal, Salustiño... ¡Pateta! --gritó el intransigente, aterrado--. No me amarre, que doy palabra de honor de no mirar...
--¡Palabra de honor! Buenos están los tiempos para honores... No hay confianza en la cuadrilla. No te haré daño, infeliz... Ya verás cómo no te hago daño.
Conforme lo dije, así se hizo. Le até las manos con un pañuelo, el cuerpo con una toalla. El menor movimiento le bastaría para desprenderse; pero estaba tan acoquinado y subyugado, que ni se rebulló. Sólo gemía de tiempo en tiempo. Yo me tendí en la cama. ¿Quién dormiría en mi caso? Transcurrieron las horas de aquella interminable noche, y las entretuve volviéndome y revolviéndome, ocultando la faz en el hueco de la almohada, cubriendo con las manos, oídos y ojos, como si unos y otros se viesen obligados a sufrir el martirio de los sonidos y de las imágenes que envenenan los celos. Al amanecer salté del potro, me lavé, me arreglé; no dí suelta a Serafín; recogí mi ropa, y sin despedirme de nadie, sin ver a nadie, bajé a San Andrés, y de allí a Pontevedra y a Ullosa, a manera de quien huye del lugar donde se ha cometido un crimen.
XIX
Mi madre, con su sagacidad relativa y al pormenor, conoció al punto que yo iba preocupado y mohino; pero erró la causa. «A ti te han dado algún desaire en el Tejo. No me digas que no. Te hicieron perrerías, de seguro. Si no fué así, ¿por qué te viniste como los conejos en busca del _tobo_, sin despedirte ni cosa que lo valga? Vamos, confiésale a tu mamá el disgusto». Por más que juré y perjuré no haber recibido sino atenciones, ella no la tragó. «Bien, bien; cállate, haz misterio... Yo lo sabré, que todo se sabe. Ya me lo contarán los de fuera». Tuve que referirle punto por punto las circunstancias de la boda: digo mal, ella fué quien se adelantó a mis explicaciones, mostrándose enterada de menudencias que me asombraron. Estaba en detalles que yo desconocía. Era condición de su inteligencia pronta y aguda dominar la micrografía de la vida, y desconocer, en cambio, sus leyes eternas, hondas, visibles sólo para los espíritus superiores: las que han de regirla hasta que se apague su soplo y el universo se enfríe por falta de amor...
Los primeros días de estancia en la aldea sentí gran alivio. Aquel frenesí del día de la boda se había calmado con la falta de _especies sensibles_ que lo reavivasen, y me parecía que el entusiasmo por la tití, el furor celoso y las meditaciones poéticas en la playa, fueron no más travesura de la imaginación, la cual gusta de fingir sentimientos profundos donde no hay sino antojos, efervescencias y espejismos.
Contribuyó a sosegarme la compañía de Luis Portal, que vino desde Orense a pasar conmigo una semana. Nos dimos tales paseos y tales atracones de pan y leche, que el sano cansancio y la rusticación hicieron su oficio, preparándome a oir con tranquilidad y hasta prestar asentimiento a razones por el estilo de las que siguen:
«Lo que te sucede a ti --me decía Luis en ocasión de estar los dos tumbados al pie de un castaño, donde habíamos _escotado_ la siesta-- es un fenómeno muy común entre nosotros los españoles, que creyendo de buena fe preparar y desear el porvenir, vivimos enamorados del pasado, y somos siempre, en el fondo, tradicionalistas acérrimos, aunque nos llamemos republicanos. Lo que te encanta y atrae en la señora de tu tío Felipe es precisamente aquello que menos se ajusta a tus ideas, a tus convicciones y a tu modo de ser como hombre de tu siglo. Me sales con que la señorita de Aldao realiza el ideal de la mujer cristiana. Patarata, chacho. ¿Me quieres decir qué encontramos de bonito en ese ideal, si lo examinamos detenidamente? El ideal para nosotros debiera ser la mujer contemporánea, o mejor dicho la futura: una hembra que nos comprendiese y comulgase en aspiraciones con nosotros. Dirás que no existe. Pues a tratar de fabricarla. Nunca existirá si la condenamos antes de nacer.
»¿Cuáles son y en qué consisten las virtudes que atribuyes a la tití y que tanto admiras? A mí me parecen negativas, irracionales, brutales. No te espantes, brutales he dicho. ¿Casarse con un hombre repulsivo, entregársele como un autómata, y todo por qué? ¿por no autorizar con su presencia los pecados ajenos? ¿Quién responde de más acciones que las propias? Esa señorita o está demente o es tonta de remate; y al fraile que tal consiente y apadrina... no quiero calificarle, porque se me iría la lengua. Ese comprende mejor que la tití a lo que la tití se compromete: ese debiera haber evitado semejante barbaridad... Te digo que el frailecito... ¡Rediós! Pero, en fin, el fraile es el fraile; y nosotros, que pretendemos innovar la sociedad, en algo hemos de diferenciarnos de él.
»Una mujer como la que está pidiendo la sociedad nueva se pondría a servir, a coser, a fregar los suelos, si no se hallaba bien en la casa paterna, si creía su dignidad lastimada; pero nunca enagenaría su libertad y su corazón y su cuerpo para irse con semejante marido.
»Te entró la manía del cristianismo. Hay que dejarte. ¡Una perfecta cristiana! ¿Y por qué te seduce una perfecta cristiana? ¿Eres acaso perfecto cristiano tú? ¿Aspiras a serlo? ¿O crees que la ordenada marcha de la sociedad consiste en la esposa cristiana y el esposo racionalista?
»Salustiño, despierta, que estás soñando. ¡Vas a enamorarte de una mujer porque piensa al revés que tú en casi todo! Que está soltera; que te corresponde; que os casais; que ella conserva encendida la _antorcha de la fe_... y no te arriendo la ganancia. Déjasela a tu tío, que para él es de molde. Harán la gran pareja. ¡Pero para ti! Chachiño, cúrate de romanticismos y de cristiandades. Esto no quiere decir que no le hagas el amor a la tía; pero al modo humano, sin música de Poliuto. Si te gusta ¡hala con ella! Es decir..., siempre debes tener cuidado, para evitar dramas... Los dramas, en el teatro Español... y aun allí, la mayor parte salen hueros. En fin... sin drama... ya me entiendes. Pero como vuelvas a contarme novelas de cristianas y judíos... te doy bromuro. Y sobre todo... a estudiar. No soy más perdigón, ni por la diosa Venus que venga a hacerme garatusas.»
No dejaron de persuadirme las observaciones del discretísimo orensano. Cuando menos, me indujeron a meditar sobre el problema de mis entusiasmos locos. En efecto, el pensar y el sentir de mi tití, eran radicalmente opuestos a los míos: yo no creía en nada de lo que ella reverenciaba: su moral difería de mi moral: la palabra _deber_ en nuestros labios tenía diferente significación, y sin embargo, me atraía más hacia ella esa disparidad de ideal, como al blanco le atrae a veces el color cetrino de la mulata, y a la ardiente gitana el dorado cabello del inglés. ¿Acertaba Portal al decir que nosotros estábamos sin hembra propia y nos convenía buscarla, hacerla a nuestra imagen para que nos comprendiese y su cerebro funcionase a compás del nuestro? O al contrario, ¿era mayor atractivo la picante oposición de las almas y el tener yo en la mía cámaras obscuras donde, como en la de _Barba Azul_, le estaría a ella siempre vedado penetrar? ¿Por qué exaltaba yo a aquella mujer, viendo en ella la perfección misma del tipo femenil? ¿Por qué su sacrificio, que en mí me parecería absurdo, en ella se me antojaba sublime?
«En lo que acierta Luis», resolvía yo definitivamente, «es en que conviene estudiar, y que el drama interior es enemigo del trabajo». En efecto, cogí libros para repasar un poco aprovechando el ocio de las vacaciones, y al concentrar mis facultades y aplicarlas a las inflexibles matemáticas, trabábase en el campo de mi mollera descomunal batalla, que yo llamaba en mi lenguaje íntimo, la _guerra entre las rectas y las curvas_. Las rectas eran las ecuaciones, los polinomios, los teoremas, los problemas de secciones de ángulos y otras demoniuras semejantes; las curvas, los ensueños amorosos, las antipatías judáicas y toda la pícara ebullición de mi fantasía moza. Al principio las curvas llevaron la mejor parte, pero la táctica y precisión de las rectas acabó por imponerse a aquel indisciplinado ejército, que se replegó en el peor orden posible hacia el corazón, último refugio.
Ya se acercaban a su término las vacaciones cuando recibimos una visita inesperada. El intransigente Serafín vino en persona, sin asomo de hiel ni de rencor, sobón y pegajoso lo mismo que un perrito, a instalarse en la Ullosa: yo no pude recordar que le hubiese convidado, y mamá juraba que tampoco. Le acogimos sin ceremonia, y desde el primer día le dedicó mi madre a recortar espalleres, recoger fruta y echar pitanza a los pollos, tareas que él desempeñaba gustosísimo. Cuando nos hablamos sin testigos, lejos de mostrarme el más mínimo enfado, me soltó un estrecho abrazo, me hizo cosquillas y se soltó a barbarizar, a su estilo de orate. «¿No sabe?» preguntó afectuosamente. «Así que usted se largó yo me desaté. Si me pillan amarrado, buena la hacíamos. ¡Qué guasa! Lo de mirar no estaba bien. Pero era guasa, era pavita. El _Pajaritum_ tenía la culpa. Los novios, a Pontevedra aquella misma tarde. Ahora andan por allá muy _majaderos_, luciendo las galas; el Santo les ha obsequiado con una gran comida en el Naranjal; hubo sesos de contribuyente fritos; y cola de litigante en escabeche... De postres, turrón; como que ya la casa de su tío está alquilada para oficina de Correos. ¿Eh? ¡Guí, guí! Al señor de Aldao le ha venido no sé qué cruz, con mucho tratamiento de _perliquitencia_... ¿Y no sabe lo bueno? ¿No ha leído de la irrisión, digo, de la procesión de la Divina Peregrina? Me pasmo de que no cayese sobre ella fuego del cielo, según dijo el otro: _Pluit super Sodomam et Gomorrham sulphur et ignem a Domino de cœlo_. Hombre, ¿cómo no fué a Pontevedra ese día? Otra igual, ni en veinte años. Hasta los periodiqueros y los masones alumbraban. Le digo que sí. Y luego el _Teucrense_ le llamó a la procesión _festival_. ¿Qué es festival? A modo de _saturnal_, sin duda». Después, bajando la voz, añadió: «También un obispo papaba moscas allí, y no por amor de la Peregrina... Pero no se pasme de eso. Nestorio fué obispo de Constantinopla. ¿Y quién promovió el cisma de aquel grandiosísimo cerdo del rey de Inglaterra, sino otro gorrino de obispo hereje que se llamaba _Crémor o Cremer_...? Déjeme de obispos. La Iglesia la hemos de regenerar solitos el Papa y los clérigos... digo, no, los aprendices de clérigo y unos cuantos laicos de agallas... mande lo que guste la Encíclica _Cum multa_».
Le aseguré que no sabía lo que podía mandar semejante Encíclica, y le pregunté por Candidiña como al descuido. «¡Uy! Buena pieza... guí, guí. Ahora, solita con el viejo... Lo ha de volver del revés». Hablóme también del Padre Moreno, y supe que el fraile moro, terminados sus baños de mar, pensaba pasarse dos días en la Ullosa.
En breve se confirmó el anuncio y apareció el Padre, todo empolvado de su larga jornada en diligencia. Mi madre, que le quería mucho, le recibió al pronto con cierta frialdad: no podía perdonarle el haber bendecido la boda. Yo, en cambio, extremé la cortesía. Hubiese deseado poder decirle a Aben-Jusuf: «Aquellos delirios pasaron. Se me ha deshinchado el sentimentalismo. ¡Si viese usted qué bien me encuentro! Lo mismo que quien se aplica un remedio para curar una neuralgia, y lo consigue. Mi dolor de muelas amoroso ya cesó. Me parece increíble haber sido aquel que por poco se desnuca arrojándose de un árbol, se envilece espiando, se tira al mar en una noche de bodas o le pide a usted el hábito de novicio. Aquí tiene usted a un muchacho formal, alumno de Ingenieros e hijo de Benigna Unceta, señora muy práctica. Estoy sano». Si no fué esto mismo, algo muy semejante le indiqué en un paseíto que el fraile y yo nos dimos por los montes. Recuerdo que él se mostró sinceramente satisfecho, y debió de contestarme lo que verán ustedes.
«Óptimamente, pero no fiarse. Los calenturones del corazón no duran como dan, ¡Dios nos asista!, sólo que repiten. Y repiten por culpa nuestra, que nos llegamos al fuego. En esa lotería se pagan aproximaciones. No aproximarse. Respetuosa distancia. Cordón sanitario. Si hace usted otra cosa, no le tendré por hombre honrado».