Un viaje de novios

Part 7

Chapter 7 4,012 words Public domain Markdown

No estoy afligido, estoy... como suelo. ¡Ah!, como usted apenas me conoce, le cogerá de nuevo mi modo de ser.

Y viendo a Lucía que permanecía de pie y con aire contrito, le señaló el otro sillón. Trájolo Lucía arrastrando hasta ponerlo frente al de Artegui, y tomó asiento.

--Hable usted de algo--prosiguió Artegui--; hablemos.... Necesitamos distraernos, charlar... como esta tarde.

--¡Ah!, ¡esta tarde estaba usted de tan buen humor!

--¿Y usted?

--El calor me agobiaba. Nuestra casa de León es muy fresca: yo soy mucho más sensible al calor que al frío.

--Habrá usted tomado con gusto el lavatorio y las palanganas.... Parece que se revive, al lavarse después de un viaje.

--Sí, pero...--Lucía se interrumpió--. Me faltaba una cosa muy esencial.

--¿Qué cosa? Colonia, de fijo.... ¡yo me olvidé de traerla a usted mi neceser!

--No, señor... el baúl, donde viene la ropa blanca.... No pude mudarme.

Artegui se levantó.

--¿Por qué no lo dijo usted antes?, ¡justamente estamos en el pueblo donde se equipan las novias españolas! Vuelvo pronto.

--Pero.... ¿adónde va usted?

--A traerla a usted un par de mudas.... Debe usted de estar en un potro con esa ropa.

--¡Señor de Artegui, por Dios!, yo abuso de usted; aguarde....

--¿Por qué no se viene usted conmigo a elegirlas?

Y Artegui presentó a Lucía su toca.

Los escrúpulos de la niña se volaron como un bando de asustadas codornices, y algo vergonzosa, pero más contenta, se colgó del brazo de Artegui prontamente.

--Veremos las calles, ¿verdad?--exclamó entusiasmada.

Y al bajar despacio los encerados y resbaladizos escalones, dijo con un resto de encogimiento y meticulosidad provinciana:

--Por supuesto, señor de Artegui, que mi marido le abonará a usted todos estos gastos....

Artegui, sonriendo, la sostuvo mejor en el brazo, y diéronse a andar por Bayona tan cordiales como si en toda su vida otra cosa hubiesen hecho. La noche era digna del día: en el cielo de aterciopelado azul centelleaban claras y vivas las estrellas; el gas de las innumerables tiendas con que Bayona explota la vanidad de los españoles pudientes y trashumantes, ponía a las obscuras manzanas de casas un collar de luz, y en los escaparates se lucían, con todos los tonos de la escala cromática, telas ricas, porcelanas y bronces caprichosos, opulentas joyas. Caminaba la pareja silenciosa, a paso igual y rítmico, midiendo Artegui su andar largo y varonil por el paso más corto de Lucía. En las calles la gente circulaba de prisa, animada, como el que va a algo que le interesa: no con esa lentitud de los españoles que se pasean por tomar el aire y matar el tiempo. Ante los cafés, las mesas al aire libre tenían mucho parroquiano, porque la templada atmósfera lo consentía; y bajo la claridad fuerte de los reverberos bullían los mozos sirviendo cerveza, café o bavaresa de chocolate, y el humo de los cigarros, y el crujir de los periódicos que desdoblaban, y las conversaciones, y el sonido seco de las fichas del dominó dando contra el mármol, llenaban de vida aquel trozo de acera. De pronto Artegui, al volver una esquina, se metió en una tienda no muy ancha, cuyo escaparate ocupaban casi por entero dos luengos peinadores salpicados de cascadas de encaje y lazos de cinta azul el uno, rosa el otro. Dentro, era una exhibición de cuantos objetos componen el tocado íntimo del niño y la mujer. Las camisas presentaban coquetonamente el adornado escote, ocultando la lisa falda; los pantalones estiraban, simétricas y unidas, una y otra pierna; las chambras tendían los brazos, las batas inclinaban el cuerpo con graciosa laxitud.

El blanco suave y ebúrneo de las puntillas contrastaba con el candor de yeso del madapolán. Alguna cofia de mañana, colocada sobre un pie de palo torneado, lanzaba un toque de colores vivos, de seda y oro, entre las alburas que cubrían aquel recinto como una capa de nieve.

Hablaba español la dueña de la tienda, semejante en esto a la mayoría de los comerciantes de Bayona; y al pedirle Lucía dos juegos de ropa blanca, aprovechó sus conocimientos en la lengua de Cervantes para tratar de embarcarla en más compras. Tomando a Lucía y a Artegui por recién casados, se puso lisonjera, insinuante, pesadísima, y se empeñó en enseñarles un equipo completo, barato, de lo más distinguido; echó sobre el mostrador brazadas de prendas, una marea de randas, de bordados, de cintas y de batista. No contenta con lo cual, y viendo que Lucía, semianegada en olas de lino, hacía signos negativos con cabeza y manos, tocó otro resorte y trajo enormes cajas de cartón, que, destapadas, mostraron encerrar gorritas microscópicas, pañales de franela festoneados menudamente, capas de merino y de piqué, faldones inverosímilmente largos, y otras menudencias que arrebataron a Lucía la sangre al rostro.

Artegui puso fin al ataque pagando los juegos elegidos y dando las señas del hotel para que se enviasen.

Libres ya, salieron; pero Lucía, enamorada de la hermosura y sosiego de la noche, se mostró deseosa de prolongar algo más el paseo.

Volvieron a cruzar ante los iluminados cafés, bordearon el teatro y tomaron hacia el puente, a tales horas casi solitario. Las luces de la ciudad se reflejaban trémulas en el dormido seno del Adour.

--¡Cómo brillan las estrellas!--exclamó Lucía.

Y tirando repentinamente del brazo a Artegui para que se detuviese:

--¿Cuál es--preguntó--aquella que brilla tanto?

--Se llama Júpiter. Es un planeta de nuestro sistema.

--¡Qué bonita y qué resplandeciente! Algunas parece que tienen frío, que tiemblan al brillar, y otras se están quietas, como si nos mirasen.

--Son, en efecto, las estrellas fijas.... ¿Ve usted esa faja de luz que cruza el cielo?

--¿Eso que parece una cinta de gasa de plata, muy ancha?

--Es la Vía Láctea: un conjunto de estrellas, tantas en número, que la imaginación no puede concebirlas siquiera. Nuestro sol es una hormiga de ese hormiguero, una de esas estrellas.

--¿El sol... es una estrella?--interrogó asombrada la niña.

--Una estrella fija. Nosotros damos vueltas en torno de ella como locos.

--¡Ay, qué gusto es saber todo esto! En el colegio no nos enseñan ni jota de esas cosas, y se reía de mí Doña Romualda cuando le dije que iba a preguntarle al Padre Urtazu (que siempre está mirando al cielo con un catalejo muy largo) lo que son las estrellas y el sol y la luna.

Artegui torció a la derecha, siguiendo el malecón, mientras explicaba a Lucía esas nociones elementales astronómicas, que parecen novela celeste, cuento fantástico escrito con letras de lumbre sobre hojas de zafiro. La niña, embelesada, miraba tan pronto a su acompañante, como al firmamento apacible. Sobre todo, la magnitud y cantidad de los astros la confundía.

--¡Qué grande es el cielo! Santo Dios de bondad; si así es el material, el visible, ¡cómo será el Empíreo, donde están la Virgen, los ángeles y los santos!

Artegui sacudió la cabeza, e inclinándose hacia Lucía, murmuró:

--¿Qué le parece a usted del aspecto de esas estrellas? Cualquiera diría que están tristes. ¿No es verdad que su centellear las hace muy semejantes a una pupila que vierte lágrimas?

--No están tristes--respondió Lucía--; están pensativas, que es cosa muy diferente. Meditan ¡y no les falta en qué! sin ir más lejos, en Dios, que las crió.

--¡Meditar! Lo mismo meditan ellas que ese puente o esos barcos. El _privilegio_ de la meditación--Artegui subrayó amargamente la palabra _privilegio_--está reservado al hombre, rey de los seres. Y si en esas estrellas existen--como no puede menos--hombres dotados de todas las inmunidades y franquicias humanas ¡esos sí que meditarán!

--¿Usted cree que habrá hombres en esos luceros? ¿Serán como nosotros, señor de Artegui? ¿Comerán? ¿Beberán? ¿Andarán?

--Lo ignoro. Una sola cosa puedo asegurarle a usted de ellos; pero esa, con pleno conocimiento y entera certeza.

--¿Cuál?--interrogó la niña curiosamente, mirando, a la vaga luz de los astros, el rostro descolorido de Artegui.

--Que sufrirán como nosotros sufrimos--contestó él.

--¿Cómo lo sabe usted?--murmuró ella impresionada por aquel hondo acento--. Pues a mí se me figura que en las estrellas, que son tan bonitas y lucen tanto, no ha de haber penas, ni riñas, ni muertes, como acá.... ¡Si allí debe de ser la gloria!--afirmó alzando la mano, para señalar al refulgente globo de Júpiter.

--El dolor es la ley universal, aquí como allí--dijo Artegui, mirando fijamente al Adour, que corría, negro y silencioso, a sus pies.

Poco más departieron, hasta volverse al hotel. Hay conversaciones que despiertan pensamientos profundos y tras de las cuales pega mejor el silencio que palabras frívolas. Lucía, quebrantados los huesos, sin saber por qué, se afianzaba fuertemente en el brazo de Artegui, y él andaba despacio, con su aire de indiferencia. Las últimas frases del diálogo fueron casi desapacibles, casi hostiles.

--¿A qué hora llega el tren de mañana?--preguntó Lucía de pronto.

--El primero, a las cinco o cosa así.

La voz de Artegui era seca y dura.

--¿Iremos a esperarlo, a ver si viene el señor de Miranda?

--Irá usted si gusta, señora; en cuanto a mí, permítame usted que me niegue.

Tan agrio era el tono de la respuesta, que Lucía se quedó sin saber qué decir.

--Van mozos del hotel--añadió Artegui--con usted, o sin usted, a esperar a los trenes. No necesita darse el madrugón... a no ser que su ternura conyugal sea tan viva....

Lucía bajó la frente y se le encendió la faz, como si un hierro hecho ascua le aproximasen. Al entrar en el hotel, la dueña se acercó a ellos; su sonrisa, avivada por la curiosidad, era aún más complaciente y obsequiosa que antes. Les explicó que había olvidado un requisito: preguntar el nombre del señor y de la señora y su país, para apuntarlo en la lista de viajeros.

--Ignacio Artegui, madame de Miranda, españoles--declaró Artegui.

--Si el señor tuviese una tarjeta--osó decir la hostelera.

Artegui entregó el pedazo de cartulina, y la fondista se deshizo en cortesías y cumplimientos, cual si implorase perdón por aquella fórmula.

--Hará usted--ordenó Ignacio--que al esperar mañana al tren de España, pregunten por _monsieur_ Aurelio Miranda.... ¡no se olvide usted! que le digan que _madame_ está aquí en este hotel, sin novedad, y que le aguarda.... ¿Entendido?

--_Parfait_--contestó la francesa.

Diéronse las buenas noches Lucía y Artegui en el umbral de sus respectivos cuartos. Lucía, al desnudarse, vio sobre la mesa los paquetes de sus compras de ropa blanca. Se mudó con delicia, y acostose creyendo dormir como una bienaventurada, a semejanza de la noche anterior. Mas no gozó de tan regalado reposo, sino de un sueño inquieto y desigual. Acaso la novedad del lecho, su propia blandura, hicieron en Lucía el efecto que suelen hacer en las personas habituadas a la vida monástica, de quienes se puede decir con paradójica exactitud que la comodidad les incomoda.

-VI-

Al despertar a Lucía con un bol de café con leche, diole la camarera, por primer noticia, la de que _monsieur_ Miranda no había venido en el tren de España. Saltó del lecho, y se vistió en un decir Jesús, tratando de reanudar sus dispersos recuerdos, y mirando la habitación con la sorpresa que suelen los que, no habiendo viajado nunca, amanecen en lugar desacostumbrado y nuevo. Miró al reloj de sobremesa: eran las ocho. Salió al pasillo, y tecleó suaves golpecitos en la puerta del cuarto de Artegui.

Estaba éste en mangas de camisa, terminando sus operaciones de tocador, y al oír que llamaban, enjugose aprisa manos y rostro, se echó por los hombros la americana y fue a abrir.

--Don Ignacio... buenos días. ¿Estorbo?

--No por cierto. Entre usted, si gusta.

--¿Está usted vestido ya?

--O poco menos.

--¿Sabe usted que no vino el señor de Miranda?

--Ya me lo han advertido.

--¿Qué me dice usted de eso? ¿No es una cosa muy rara?

Ignacio no contestó. Comenzaba, en efecto, a parecerle algo y aun algos extraña la conducta de aquel recién casado, que así abandonaba a su mujer la noche de novios, dejándola en un vagón de ferrocarril. Por fuerza algún incidente desagradable, imprevisto, había ocurrido al Miranda incógnito, cuyo destino, por singular caso, influía así en el suyo de cuarenta y ocho horas acá.

--Voy--dijo--a telegrafiar a todas partes, a las principales estaciones de la línea, a Alsasua, a.... ¿quiere usted que telegrafíe a León, a su padre de usted?

--¡Dios nos libre!--exclamó Lucía--; capaz es de tomar el tren para venir a buscarme, y de ahogarse en el camino con el asma... y con el disgusto. No, no.

--De todas suertes, voy a dar los pasos..

Y Artegui embutió los brazos en los de su americana, y echó mano al sombrero.

--¿Va usted a salir?--preguntó Lucía.

--¿Quiere usted algo más?

--¿Sabe usted... sabe usted que ayer era sábado y que hoy es domingo?

--Así suele suceder todas las semanas--contestó Artegui con afable burla.

--No me entiende usted.

--Pues explíquese. ¿Qué se le ocurre?

--¿Qué se me ha de ocurrir sino ir a misa como todo el mundo?

--¡Ah!--exclamó Artegui. Y después añadió--: Pues es cierto. Y quiere usted....

--Que usted me acompañe. No he de ir sola a misa, me parece.

Sonriose Artegui una vez más, y la niña reparó cuán de perlas caía la sonrisa en aquel rostro, apagado y tétrico de ordinario. Era como la aurora cuando pinta de rosa los pardos montes; como el rayo del sol cuando rasga los crespones de un día brumoso. Vivían los ojos, vivían las mejillas sumidas y pálidas, renacía la juventud en aquel semblante marchito por tribulaciones misteriosas, y empañado por perpetuos celajes obscuros.

--Debía usted estar siempre risueño, Don Ignacio--exclamó Lucía--. Aunque--añadió reflexionando--del otro modo se parece usted más a usted.

Artegui, risueño y solícito, le ofreció el brazo, pero ella no quiso cogerse. Al llegar a la calle anduvo muy callada, con los ojos bajos, echando de menos la protectora sombra del negro velo de su manto de encaje, que le cubría las mejillas, dándole tan modesto porte, cuando en León cruzaba bajo las bóvedas medio derruidas y llenas de andamiaje de la catedral. La de Bayona le pareció linda como un dije de filigrana; pero no pudo oír en ella tan devotamente la misa: se lo estorbaba la pulcritud esmerada del templo, semejante a caja primorosa; los colores vivos de las figuras neobizantinas pintadas sobre oro en el crucero, o la novedad de aquel coro descubierto, de aquel tabernáculo aislado y sin retablo, el moverse de los reclinatorios, el circular de las alquiladoras de sillas. Parecíale estar en un templo de culto diverso del que ella profesaba. Una Virgen blanca, con filetes de oro en el manto, que presentaba el divino infante en una de las capillas de la nave, la tranquilizó algo. Allí rezó buena porción de salves, deshojó las rosas sangrientas del rosario, los místicos lirios de la letanía. Salió del templo con ligero paso y alegre corazón. Lo primero que vio a la puerta fue a Artegui, contemplando con interés la gótica forma de la portada.

--Ya he puesto cantidad de telegramas a las diversas estaciones, señora--dijo descubriéndose cortésmente al verla--. En especial a la más importante, Miranda de Ebro. Me he tomado la libertad de firmar con su nombre de usted.

--Gracias... pero ¿qué? ¿no oyó usted misa? exclamó la niña mirándole atenta al rostro.

--No, señora. Vengo, como le he dicho a usted, de la oficina de telégrafos--contestó él evasivamente.

--Pues dese usted prisa si quiere alcanzarla. En este mismísimo instante salía el sacerdote revestido....

Contrajose levemente la faz de Artegui.

--No oigo misa--repuso entre grave y chancero--. A menos que usted manifestase formal empeño... en cuyo caso....

--¡No oír misa!--pronunció la niña, y veló sus pupilas el asombro, y turbose toda--. ¿Y por qué no oye usted misa? ¿No es usted cristiano?

--Supongamos que no lo fuese--balbució él muy quedo, como reo que confiesa su crimen ante el juez, y meneando melancólicamente la cabeza.

--¡Pues qué es usted.... Dios mío!

Y Lucía cruzó acongojada las manos.

--Lo que el Padre Urtazu llamaría... un incrédulo.

¡Ah!--gritó ella con ímpetu--. El Padre Urtazu diría que son unos malvados los incrédulos todos.

--Pudiera añadir el Padre Urtazu que todavía son más infelices.

--Es verdad--replicó Lucía trémula aún, como arbusto sacudido por el cierzo--. Es verdad: todavía más infelices. El Padre Urtazu no diría, de seguro, otra cosa. ¡Y tan infelices como son! ¡Madre mía del Rosario!

Inclinó la niña la pensativa frente, y quedose anodada, aturdida por el golpe repentino. El sentimiento religioso, dormido hasta entonces, con todos los demás, en el fondo de su alma plácida y serena, despertábase potente al impensado choque. Iban mezcladas dos sensaciones: de punzante lástima la una, de terror y repulsión la otra. Quería apartarse espantada de Artegui, y aun se derretían de compasión sus entrañas sólo al mirarlo. La gente salía de misa; vertía el pórtico ondas y ondas humanas, y Lucía, en pie, no acertaba a separarse de aquella catedral, erguida y blanca como una mártir cristiana en el circo. Le presentó Artegui en silencio el brazo, y ella, dudosa al pronto, aceptó por fin, caminando ambos automáticamente en dirección al hotel. La mañana, un tanto encapotada, prometía temperatura menos cálida y más grata que la de la víspera. Corría regalado fresquecillo, y tras del celaje brumoso adivinábase la sonrisa del sol, como suele columbrarse el amor al través del enojo.

--Está usted triste, Lucia--dijo Artegui a la niña afectuosamente.

--Un poco, Don Ignacio--y Lucía arrancó del pecho doliente suspiro--. Y usted tiene la culpa--añadió en blando son de amenaza.

--¿Yo?

--Usted, sí. ¿Por qué dice usted esas tonterías que no pueden ser?

--¿Que no pueden ser?

--Sí, señor. ¿Cómo es posible que no sea usted cristiano? Vamos, que no dice usted lo que siente.

--¿Qué le importa a usted eso, Lucía?--exclamó él, llamándola segunda vez por su nombre--. ¿Es usted acaso el Padre Urtazu? ¿Soy yo alguien que a usted le interese o le importe? ¿Le han de pedir a usted cuenta de mi alma en algún tribunal? ¡Niña!, eso a usted no le va ni le viene.

--¡No que no! ¡Vaya, Don Ignacio, que hoy está usted de lo más... de lo más desatinado! ¡Que no me ha de importar a mí que usted se condene o se salve, que usted sea cristiano o judío!

--Judío... lo que es judío no lo soy--respondió Artegui, tratando de dar al diálogo giro festivo.

--Es lo mismo... renegar de Cristo es ser judío en suma.

--Dejémonos de eso, Lucía; no quiero verla a usted con ese gesto; ¡se pone usted fea!--dijo en tono desahogado él, aludiendo por vez primera a las condiciones físicas de Lucía--. ¿Qué desea usted ahora? ¿Quiere usted que la lleve a ver alguna curiosidad de este pueblo? ¿El hospital? ¿Los fuertes?

Hablaba afable cual nunca, y Lucía se aplacó, como las crespas olas al cubrirlas capa de aceite.

--¿No podríamos salir a dar una vuelta por el campo? Me muero por los árboles.

Artegui torció hacia el teatro, ante cuyo pórtico aguardaban dos o tres cochecillos de los llamados cestos. Hizo breve seña al más próximo, y el auriga vasco, alzando su fusta, halagó con ella el anca de las tarbesas jaquitas, que, la cerviz enhiesta, se prepararon a arrancar. Saltó Lucía, recostándose en el ligero vehículo, y Artegui se acomodó a su lado, ordenando:

--Camino de Biarritz.

Salió el carruaje veloz como un dardo, y Lucía cerró los ojos, gozando en no pensar, en sentir las rápidas caricias del viento, que echaba atrás las puntas de su corbata, los undívagos mechones de su cabellera. Pintoresco y ameno, el camino merecía, no obstante, una mirada. Eran cultivadas tierras, casas de placer con picudos techos, parques ingleses de fresco césped y menuda grama, amarillenta ya, como de otoño. Al divisar torcida vereda que, desviándose de la carretera, culebreaba por entre los sembrados, detuvo Artegui con un grito al cochero, y dio a Lucía la mano para que descendiese. Buscó el vasco el abrigo de unas tapias donde parar sin riesgo el sudoroso tronco, y Artegui y Lucía se internaron a pie siguiendo el senderito, ella delante, recobrada su alegría infantil, su gozar inocente en el cansancio del cuerpo. La cautivaba todo, las flores del trébol, que salpicaban de una lluvia de pintas carmesíes el verdinegro campo; las manzanillas tardías y los acianos pálidos en las lindes, las digitales que cogía risueña haciéndolas estallar con las dos manos, los rizados airones del apio, las acogolladas coles, puestas en fila, separada cada fila por un surco, semejante a una trinchera. La tierra, de puro labrada, abonada, removida, tenía no sé qué aspecto de decrepitud. Sus poderosos flancos parecían gemir, sudando una humedad viscosa y tibia, mientras en los linderos incultos, al borde del caminillo, quedaban aún rincones vírgenes, donde a placer crecían las bellas superfluidades campestres, las gramineas vaporosas, las florecillas multicolores, los agudos cardos.

No cabiendo juntos por la angosta senda, iban Lucia y Artegui uno tras otro, si bien Artegui a veces se echaba a campo traviesa, sin gran respeto de la ajena propiedad. Detuvo al fin la niña su indisciplinada carrera al pie de espesos mimbrales, que, creciendo al borde de un pantano, sombreaban pendiente ribazo muy mullido de hierba, y desde el cual se oteaba todo el paisaje recorrido. Dejáronse caer en el natural diván, y vieron tenderse ante ellos la vega, como remendada de varios colores, según eran los de las verduras que en cada heredad se cultivaban. En la blanca cinta de la carretera distinguieron un punto negro: el cesto con las jacas. No picaba el sol; su luz se cernía por un velo de nubes, y la campiña tenía tonos mates, verdes glaucos, amarilleces areniscas, lejanías delicadamente cenicientas, suaves matices que se copiaban en la ciénaga tranquila.

--Esto es muy hermoso, Don Ignacio--dijo Lucía por decir algo, pues pesaba sobre su alma el silencio, la soledad profunda del lugar--. ¿No le gusta a usted?

--Sí que me gusta--contestó Artegui distraídamente.

--Bien que a usted parece que no le gusta nada.... Siempre está usted como cansado... es decir, cansado no, es más bien triste. Mire usted--siguió la niña, asiendo de un flexible mimbre y divirtiéndose en coronarse con la obediente rama--, ¡a que no es usted capaz de creer que su tristeza se me va pegando, y que también yo me hallo así... no sé cómo, preocupada, vamos! Diera... lo que no sé por verle contento y... natural, como son todos los hombres. Usted no tiene el mirar ni la cara como los demás, Don Ignacio.

--Pues viceversa--respondió él--; a mí se me comunica su alegría de usted, y a veces aún gasto mejor humor del que usted misma gastaría. También el júbilo es contagioso.

Díjolo atrayendo a sí otra rama de mimbre que descortezó con las uñas, arrojando las tiras de película tierna al pantano, y mirando fijamente los círculos que en el agua abrían al caer.

--Claro está que sí--afirmó Lucía--. Y si usted quisiera ser franco, si usted se decidiese a... confiarme lo que así le aflige, vería cómo en un santiamén le disipaba yo esa sombra que tiene en la cara. No sé por qué se me figura que tanta seriedad, tanto ceño, tanto caimiento de animo, no nace de que usted sea desdichado de veras, sino allá de.... ¡qué sé yo!, de niñerías, de ideas sin ton ni son que le bullen a usted en los cascos. ¿A que acerté?

--Tan plenamente--exclamó Artegui soltando la rama de mimbre y asiendo la mano de la niña--, que ahora me confirmo en creer que los seres puros poseen cierta presciencia, cierta intuición maravillosa y singularísima, negada a los que conocemos, en cambio, el triste misterio del vivir.

Lucía, seria e inmutada, miraba a su compañero de viaje.

--¡Lo ve usted!--acertó a pronunciar por fin, buscando en los ángulos de su boca la sonrisa, y hallándola a duras penas--. De modo que ya pasaron todas esas ideas sin fundamento, que son como los castillos de naipes que me hacía padre siendo yo chiquita; soplaba, y, ¡patatás!, al suelo.