Part 6
--Deseaba, sí... algunas veces, sin saber qué. Ahora pienso que lo que deseaba era esto: salir, variar algo de vida. Pero no me impacientaba, porque me parecía que, tarde o temprano, llegaría a lograrlo; ¿no es cierto? El Padre Urtazu solía reírse de mí, exclamando: paciencia, que cada otoñillo trae su frutillo.
--El Padre Urtazu.... ¿es jesuita?
--¡Jesuita... y más sabio! Entiende de cuanto Dios crió. Yo algunas veces, por desesperar a doña Romualda, que es la directora de mi colegio, le decía: De mejor gana aprendería con el Padre Urtazu, que con usted.
--¡Y ahora--pronunció Artegui, con la brutal curiosidad de unos dedos que abren a viva fuerza un capullo de flor--, sería usted más feliz que nunca! ¡Digo! ¡Casarse nada menos!
No percibió Lucía el tono irónico que dieron a aquella frase los labios de su acompañante, y respondió con sinceridad:
--Le diré a usted.... Siempre deseé casarme a gusto del viejecito, y no afligirlo con esos amoríos y esas locuras con que otras muchachas desazonan a sus padres.... Mis amigas, digo algunas, veían pasar por delante de su ventana a un oficial de la guarnición.... ¡zas! ya estaban todas derretidas, y carta va y carta viene.... Yo me asombraba de eso de enamorarse así, por ver pasar a un hombre.... Y como al fin nada se me daba de los que pasaban por la calle, y al señor de Miranda ya le conocía, y a padre le gustaba tanto... calculé: ¡mejor! así me libro de cuidados, ¿no es verdad? cierro los ojos, digo que sí y ya está hecho... Padre se pone muy contento y yo también.
Artegui se quedó mirándola tan fijamente, que Lucía sintió, digámoslo así, el peso y el calor de aquellos ojos en sus mejillas, y encendiose toda en rubor, murmurando:
--¡Le cuento a usted cada tontería! Como no tenemos de qué hablar....
Seguía él escudriñando con la vista el franco y juvenil semblante, como una hoja de acero registra la carne viva. Harto sabía que el desahogo y libertad revelan quizá más ausencia de malicia que la cautelosa reserva; mas con todo eso, le maravillaba la extremada sencillez de aquella criatura. Era preciso, para entenderla, observar que la salud poderosa del cuerpo le había conservado la pureza del espíritu. Nunca enlanguideciera la fiebre aquellos ojos de azulada córnea; nunca secara aquellos fresquísimos labios la calentura que consume a las niñas en la difícil etapa de diez a quince. La imagen más adecuada para representar a Lucía, era la de un cogollo de rosa muy cerrado, muy gallardo, defendido por pomposas hojas verdes, erguido sobre recio tronco.
Agobiaba el calor, cada vez más sofocante. Al llegar a Alsasua, quejose nuevamente Lucía de sed, y Artegui, ofreciéndole el brazo, la condujo al comedor de la fonda, recordándole que era razón tomar algo, puesto que tantas horas habían transcurrido desde la cena.
--Dos almuerzos--gritó al mozo, palmoteando para que le atendiesen.
El mozo se acercó, servilleta al hombro; tenía una cara tostada, amilitarada, que reñía con los escarpines de charol y el pelo atusado con bandolina, librea que el público impone a sus servidores en tales lugares. Hacíale aún más marcial ancha cicatriz, que naciendo en la guía izquierda del bigote, iba a perderse en el cuello. Miraba el mozo fijamente a Artegui, con ojos muy abiertos; hasta que dando un grito, o más bien una especie de alegre latido perruno, exclamó:
--¡Él o el diablo en su figura! ¡Señorito Ignacio! ¡¡Dichosos los ojos!!...
--¿Tú por aquí, Sardiola?--murmuró reposadamente Artegui. Almorzaremos bien, porque pondrás cuidado en servirnos.
--Pues sí, señorito, yo por aquí... _Después_--dijo recalcando la frase y bajando la voz--, como todo lo mío lo encontré arrasado... la casa hecha cenizas, y el campo perdido... me di a ganar la vida como pude.... Y usted, señorito.... ¿Sigue usted a Francia?
--A Francia voy; pero con tu charla nos vamos a quedar sin comer.
--No faltaría más....
Sardiola dirigió a uno de sus compañeros de servilleta algunas palabras en eúskaro, erizadas de _zetas, kas_ y _tes_. Fueron al punto servidos Artegui y Lucía, mientras el mozo se apoyaba en el respaldo de la silla del primero.
--¡Con que a Francia! ¿Y la señora doña Armanda? ¿Se conserva bien?
--No muy bien...--contestó Ignacio, nublado más que de costumbre el ceño--. Padece mucho.... Cuando la dejé estaba, sin embargo, más aliviada.
--Con su vuelta de usted se pone buena del todo.
Y mirando a Lucía y dándose una razonable puñada en la frente, gritó de pronto Sardiola:
--Cuanto más, que.... ¡Bobo de mi!; pues claro que va a sanar la señora doña Armanda, cuando vea la alegría que se le entra por las puertas. ¡Ay qué gusto verle a usted casado, señorito! ¡Y con tan linda muchacha! ¡Para bien sea!
--Majadero--dijo Ignacio, bronco y desapacible--; esta señora no es mi mujer.
--Pues es lástima--contestó el vasco, mientras Lucía le miraba risueña--. Harían ustedes una pareja, que ya, ya.... Ni escogidos. Sólo que la señorita....
--Acabe usted--suplicó Lucía, divertida hasta lo sumo y ocupada en quitar a una mandarina su cubierta de papel de seda.
--¿Lo digo, señorito Ignacio?
Artegui se encogió de hombros. Sardiola, creyéndose autorizado, se explayó.
--La señorita tiene cara de estar de buen humor siempre... y usted.., ¡Usted siempre está así, como si le hubiesen dado cañazo! En eso no emparejarían ustedes bien.
Soltó Lucía la carcajada y miró a Artegui, que sonreía complaciente, lo cual aún la animó a reír más. El almuerzo prosiguió en el mismo tono cordial, alegrado por la charla de Sardiola, por el infantil regocijo de Lucía. Hasta la misma puerta del departamento les siguió el mozo cuando se volvieron a su coche; y a ser Lucía dueña de los brazos de Artegui, los hubiera echado al cuello de Sardiola, a tiempo que éste repetía, entornados los ojos y en el tono con que se reza, si se reza de veras:
--La Virgen de Begoña vaya con usted, señorito..., que encuentre usted bien a doña Armanda.... Mándeme usted como si fuese un perro, un perro suyo.... Mire usted, que estoy aquí....
--Bien, bien--dijo Artegui, vuelto ya a su displicente reserva.
Rompió el tren a andar, y quedose Sardiola de pie en el andén, agitando la servilleta en señal de despedida, sin mudar de actitud hasta que el humo de la chimenea se borró en el horizonte. Lucía miraba a Artegui, y hervíanle las preguntas en los labios.
--Mucho le quiere a usted ese pobre hombre--murmuró al fin.
--He tenido la desgracia de hacerle un favor--contestó Ignacio--, y desde entonces....
--¡Oiga! ¿A eso llama usted desgracia? Pues muy desgraciado está usted siendo desde esta mañana, porque me hizo usted cien favores ya.
Sonriose Artegui de nuevo y miró a la niña.
--No consiste la desgracia--dijo--en hacer el favor, sino en que se lo agradezcan a uno tanto.
--Pues yo también padezco del achaque de Sardiola.... ¡y a mucha honra!--declaró Lucía--; ¡ya verá usted!
--¡Bah!... ¡Sólo falta que también me salgan agradecidos sin causa!--respondió Artegui en el mismo tono festivo--. Pase aun cuando hay algún motivo, como con ese infeliz de Sardiola....
--¿Qué hizo usted por él?--preguntó Lucía, incapaz de sellar sus labios preguntones.
--Poca cosa: curarle una herida, bastante grave.
--¿Aquella cicatriz que tiene que le cruza la mandíbula?
--Justamente.
--¿Es usted médico?
--De afición.... Y por casualidad.
Calló Artegui, y no osó inquirir más Lucía. El calor iba en aumento, más pegajoso cada vez. Parecía el día de otoño sofocante jornada estival, y el polvillo del carbón, disuelto en la candente atmósfera, ahogaba. Intrincábase el país, haciéndose cada vez más montañoso y quebrado. De cuando en cuando penetraban en un túnel, y entonces la obscuridad, el crujido fuerte del tren, un aire húmedo de subterráneo, colándose en el departamento, consolaban algo de la tórrida temperatura.
Lucía se abanicaba con un periódico dispuesto por Artegui en forma de concha, y leves gotitas transparentes de sudor salpicaban su rosada nuca, sus sienes y su barbilla: de cuando en cuando las embebía con el pañuelo: los mechones del cabello, lacios, se pegaban a su frente. Desabrochose el cuello almidonado, se quitó la corbata, que la estrangulaba, y se recostó, dando indicios de gran desmadejamiento, en la esquina. A fin de refrescar un poco el interior, corrió Artegui las cortinillas todas ante los bajos vidrios, y una luz vaga y misteriosa, azulada, un sereno ambiente, formaban allí, algo de gruta submarina, añadiendo a la ilusión el ruido del tren, no muy distinto del mugir del Océano. Insensible al cálido día, Artegui levantaba la cortina un poco, se asomaba, miraba el país, los robledales, la sierra, los valles profundos. Una vez acertó a ver pintoresca romería. Fue rápido y fugaz el cuadro, pero no tanto que no distinguiese a la gente siguiendo el sendero angosto, escapulario al cuello, a pie o en carretas de bueyes, cubiertos con boina roja o azul los hombres, las mujeres tocadas con pañolitos blancos. Parecía el desfile la bajada de los pastores en un Nacimiento; el sol claro, alumbrando plenamente las figuras, les daba la crudeza de tonos de muñecos de barro pintado. Artegui llamó a Lucía, que alzando la cortina a su vez, echó el cuerpo fuera, hasta que una revuelta del camino y la rapidez del tren borraron el cuadro.
Acontecía que los pícaros de los túneles se solazaban en taparles adrede los mejores puntos de vista de la ruta. Que aparecía un otero, risueño, un grupo de frondosos árboles, una amena vega, ¡paf! el túnel. Y se quedaban inmóviles al vidrio, sin osar hablar, ni moverse, cual si de pronto entrasen en una iglesia. Algo familiarizada Lucía ya con el calor, interesábanle mucho los accidentes de paisaje que a uno y otro lado del tren se extendían. Le agradaron las fábricas de fósforos, altas, enyesadas, limpias, con su gran letrero en la frente; y en Hernani batió palmas al divisar a la izquierda un magnífico parque inglés, con sus macizos de flores resaltando sobre el verde césped, y sus coníferas elegantes, de ramaje simétrico y péndulo. En Pasajes, tras de la monotonía fatigosa de las montañas reposaron al fin los ojos, viendo extenderse el mar azul, un tanto rizado, mientras los buques, fondeados en la bahía, se columpiaban con oscilación imperceptible, y una brisa marina, acre y salitrosa, estremecía las cortinillas de tafetán del coche, aventando el sudor de la frente de los cansados viajeros. Lucía se quedó embobada ante el Océano, nunca de ella visto hasta entonces, y cuando el túnel--de sopetón y sin pedir permiso--cubrió el espectáculo con negro velo, permaneció de codos en la ventanilla, absorta, las pupilas dilatadas, entreabiertos de admiración los labios.
A medida que corrían las horas y la jornada avanzaba iba Artegui perdiendo un poco de su estatuaria frialdad, y cada vez más comunicativo, explicaba a Lucía las vistas de aquel panorama móvil. Escuchaba la niña con el género de atención que tanto agrada y cautiva a los profesores: la del discípulo entusiasta y sumiso a la vez. Artegui era elocuente, cuando a hablar se resolvía; detallaba las costumbres del país, contaba pormenores de los pueblecitos, hasta de los caseríos entrevistos al paso. A su voz, respondían unas pupilas fijas y atentas, un rostro que escuchaba todo él, mudando de expresión según el narrador quería. Fue de suerte, que al bajarse en Irún y oír las primeras sílabas pronunciadas en idioma extraño, Lucía murmuró como con pena:
--¿Pero qué? ¿Hemos llegado ya?
--A Francia, casi--respondió Artegui--; pero aún nos falta un trecho regular hasta Bayona. Aquí se registran los equipajes: es la aduana de Irún. No nos molestarán mucho: los que vienen de Francia a España, son víctimas de los carabineros, de nosotros, que vamos de España a Francia, nadie supone que llevemos contrabando, ni ropa nueva....
--Pues yo si la llevo--exclamó Lucía--. Mis galas.... ¿Ve usted aquel mundo grande que han puesto sobre el mostrador? Es el mío... y aquel otro, el de Miranda... y la sombrera....
--Déme usted el talón y las llaves para que registren.
--¿Cómo? ¿El recibo dice usted y las llaves? ¡Si todo lo llevaba consigo Miranda! No tengo nada de eso.
--En tal caso, está usted sin equipaje. Tendrá que quedarse aquí hasta que su marido de usted lo recoja.
Lucía miró a Artegui, el rostro un tanto compungido, y casi instantáneamente soltó la risa.
--¡Sin equipaje!--repitió.
Y redoblaba el arpegio de sus carcajadas, pareciéndole donosísimo incidente el de quedarse sin equipaje alguno. Hallábase, pues, como una criatura que se pierde en la calle, y a la cual recogen por caridad hasta averiguar su domicilio. Aventura completa. Niña como era Lucía, así pudo tomarla a llanto como a risa; tomola a risa, porque estaba alegre, y hasta Hendaya no cesó la ráfaga de buen humor que regocijaba el departamento. En Hendaya prolongó la comida aquel instante de cordialidad perfecta. El elegante comedor de la estación de Hendaya, alhajado con el gusto y esmero especial que despliegan los franceses para obsequiar, atraer y exprimir al parroquiano, convidaba a la intimidad, con sus altos y discretos cortinajes de colores mortecinos su revestimiento de madera obscura, su enorme chimenea de bronce y mármol, su aparador espléndido, que dominaba una pareja de anchos y barrigudos tibores japoneses, rameados de plantas y aves exóticas; fulgurante de argentería Ruolz, y cargado con montones de vajillas de china opaca. Artegui y Lucía eligieron una mesa chica para dos cubiertos, donde podían hablarse frente a frente, en voz baja, por no lanzar el sonido duro y corto de las sílabas españolas entre la sinfonía confusa y ligada de inflexiones francesas que se elevaba de la conversación general en la mesa grande. Hacia Artegui de maestresala y copero, nombraba los platos, escanciaba y trinchaba, previniendo los caprichos pueriles de Lucía, descascarando las almendras, mondando las manzanas y sumergiendo en el bol de cristal tallado lleno de agua, las rubias uvas. En su semblante animado parecía haberse descorrido un velo de niebla y sus movimientos, aunque llenos de calma y aplomo, no eran tan cansados y yertos como antes.
Al subir ellos al tren, caía la tarde y el sol descendía con la rapidez propia de los crepúsculos del otoño. Cerraron las ventanillas de un lado, y los rayos del Poniente vinieron a reflejarse un instante en el techo del departamento, retirándose después como niños que acaban de hacer alguna jugarreta. Las montañas se ennegrecían, los celajes más remotos eran de color de brasa; luego se apagaban unos tras otros como una rosa de fuego que fuese soltando sus pétalos encendidos. Languideció la conversación entre Artegui y Lucía, y ambos se quedaron silenciosos y mustios, él con su acostumbrado aspecto de fatiga, ella sumida en profundo recogimiento, dominada por la melancolía del anochecer. Crecía la sombra, y de uno de los vagones, venciendo el ruido de la lenta marcha del tren, brotaba un coro apasionado y triste en lengua extraña, un zortzico, entonado a plena voz, por multitud de jóvenes vacos, que, juntos, iban a Bayona. A veces una cascada de notas irónicas y risueñas cortaba el canto, después la estrofa volvía, tierna, honda, cual un gemido, elevándose hasta los cielos, negros ya como la tinta. Lucía escuchaba, y el convoy, despacioso, hacía el bajo, sosteniendo con su trepidación grave, las voces de los cantores.
La llegada a Bayona sorprendió a Artegui y Lucía como el despertar de prolongado sueño. Artegui retiró aprisa su mano de la asilla del vidrio, donde la apoyaba, y la niña miró atónita a su alrededor. Notó que hacía fresco, y abrochó su cuello y anudó su corbata. Hombres con boina, mozas con el pañolito atado tras del moño, una marea de viajeros de diversa catadura y condición social, se empujaba, se codeaba y bullía en la ancha estación. Artegui dio el brazo a su compañera por no perderla en aquel remolino.
--¿Había elegido su marido de usted algún hotel en Bayona?--le preguntó.
--Me parece...--murmuró Lucía recordando--que le oí hablar de una fonda de San Esteban. Me fijé porque yo tengo de ese santo una estampa muy bonita en mi libro de misa.
--Saint Etienne--dijo Artegui al cochero del ómnibus que, desde el pescante, vuelta la cabeza, aguardaba la orden.
Arrancaron los caballos a su pesado trote percherón, y fueron rodando por las calles bien enlosadas, hasta detenerse ante un portal estrecho, con sus tiestos de plantas raquíticas, su escalerilla de mármol y sus claros faroles de gas.
Una mujer alta, rubia, limpia, de gorra planchada y encañonada, acudió solícita a la puerta, apresurándose a dar el maletín de Artegui a un mozo.
--Los señores querrán una habitación--murmuró en francés con su voz melosa y complaciente.
--Dos--contestó Artegui lacónico.
--Dos--repitió ella en español, si bien con acento transpirenaico--. ¿Y las _quierren los señoress cuntas_?
--Independientes del todo.
--_Tout a fait_... _Serrán_ servidos.
La dueña llamó a una camarera, no menos que ella pulcra y servicial, y tomando ésta dos llaves de la tabla numerada en que colgaban todas las del hotel, echó delante por las escaleras enceradas, y la siguieron Artegui y Lucía.
En el tercer piso se detuvo, no sin algún sobrealiento, y abriendo las puertas de dos gabinetes contiguos, pero independientes, encendió con pajuelas las bujías colocadas, sobre la chimenea, y fuese. Artegui y Lucía permanecieron unos segundos callados, de pie, en la puerta de las habitaciones. Al fin pronunció él:
--Es natural que quiera usted lavarse y quitarse el polvo, y descansar un rato. La dejo a usted. Llame usted a la camarera, si necesita algo; aquí todas hablan su poco de español.
--Hasta luego--contestó mecánicamente ella.
Así que el batir de la puerta hubo anunciado a Lucía que estaba sola del todo, y que sus ojos se fijaron en la habitación desconocida, mal alumbrada por las bujías, desvaneciósele la especie de mareo del viaje; recordó su cuartico de León, sencillo, pero primoroso como una taza de plata, con su pila, sus santos, sus matas de reseda, su costurero y su armario de cedro, monumental y atestado de ropa limpia. Vinósele también a la memoria su padre, Carmela, Rosarito, todo el dulce pasado. Sintiose entonces triste, muy triste; la asaltaron miedos y terrores indefinibles, pero fortísimos; pareciole su situación extraña y peligrosa, preñado de amenazas el presente, obscuro el porvenir. Dejose caer en una butaca y clavó en las luces la mirada fija y vacía de los que se absorben en penosa meditación.
-V-
Sería pasada una hora, o quizás hora y media, cuando oyó Lucía herir con los nudillos a la puerta de su cuarto, y abriendo, se halló cara a cara con su compañero y protector, que en los blancos puños y en no sé qué leves modificaciones del traje, daba testimonio de haber ejercido ese detenido aseo, que es uno de los sacramentos de nuestro siglo. Entró, y sin sentarse, tendió a Lucía un portamonedas, amorcillado de puro relleno.
--Aquí tiene usted--dijo--dinero suficiente para cuanto pueda ocurrírsele, hasta la llegada de su marido. Como estos días suelen los trenes sufrir mucho retraso, creo que no vendrá hasta la madrugada; pero de todas suertes, aunque no llegase en diez días o en un mes, le alcanza a usted para esperar.
Mirábale Lucía cual si no comprendiese, y no alargaba la mano para tomar el portamonedas. Él se lo introdujo en el hueco del puño.
--Yo tengo que salir ahora a unos asuntos.... Después cogeré el primer tren que salga. Adiós, señora--añadió ceremoniosamente: y dio dos pasos hacia la puerta.
Entonces ya la niña, comprendiendo, y descolorida y turbada, le asió de la manga de la americana, exclamando:
¿Pero qué... cómo? ¿Qué quiere decir eso del tren?
--Lo natural, señora--pronunció con su ademán cansado el viajero--. Que sigo mi ruta; que voy a París.
--¡Y me deja usted así... sola! ¡Sola aquí, en Francia!--gimió Lucía con el mayor desconsuelo del mundo.
--Señora... esto no es ningún desierto, ni corre usted el riesgo menor, tiene usted dinero, es lo único que hace falta en tierra francesa; estará usted muy bien servida y atendida, yo se lo fío....
--Pero.... ¡Jesús, sola, sola!--repetía ella sin soltar la manga de Artegui.
--Dentro de breves horas estará aquí su marido de usted.
--¿Y si no viene?
--¿Por qué no ha de venir? ¿De dónde saca usted que no vendrá?
--Yo no digo eso--balbució Lucía--; sólo digo que si tardase....
--En fin--murmuró Artegui--, yo tengo también mis ocupaciones.... Es fuerza que me vaya.
No contestó Lucía cosa alguna; antes le soltó, y desplomándose otra vez en el sillón, ocultó el rostro entre ambas manos. Artegui se llegó a ella, y vio que su seno se alzaba a intervalos desiguales, como si sollozara. Entre sus dedos saltaban gotitas de agua, cual saltan de la esponja al comprimirla.
--Alce usted esa cara--mandó Artegui.
Lucía enderezó el rostro sofocado y húmedo, y a pesar suyo, sonriose al hacerlo.
--Es usted una niña--pronunció él en grave tono--, una niña que no tiene obligación de saber lo que acontece en el mundo. Yo, que lo he visto... más de lo que quisiera, sería imperdonable en no desengañarla. El mundo es un conjunto de ojos, oídos y bocas, que se cierran para lo bueno y se abren para lo malo gustosísimas. Mi compañía le hace a usted ahora más daño que provecho. Si su marido de usted no tiene un criterio excepcional--y no hay razón para que lo tenga--, maldita la gracia que le hará encontrarla a usted tan acompañada.
--¡Ay, Dios mío! ¿Y por qué? ¿Qué sería de mí si no le hubiese hallado a usted tan a tiempo? Puede que el bárbaro del empleado me metiese en la cárcel. Yo no sé lo que hará el señor de Miranda; pero lo que es el pobre papá... besaría en donde usted pisa. Estoy segura de ello.
Y Lucía, con un movimiento de apasionada y popular gratitud, hizo ademán de inclinarse ante Artegui.
--Un marido no es un padre...--contestó éste--. Lo racional, lo sensato, señora, es que me vaya. Ya telegrafié a Miranda de Ebro para que, en el caso de hallarse allí su esposo, le digan que está usted aquí en Bayona esperándole. Pero de fijo estará en camino.
--Márchese usted, pues.
Y Lucía volvió a Artegui la espalda, reclinándose en la ventana de codos.
Permaneció Artegui un rato indeciso, de pie en mitad de la estancia, mirando a la niña, que sin duda se estaba sorbiendo las lágrimas silenciosamente. Al fin se acercó a ella, y hablándole casi al oído:
--Después de todo--murmuró--, no hay para qué se apure usted tanto. ¡Guarde usted sus lágrimas, que si vive, tiempo y ocasión tendrán de correr!
Bajando aún más su voz timbrada, añadió:
--Me quedo.
Volviose Lucía con la rapidez de un muñeco de resorte, y batiendo palmas, gritó como una loca:
--Muchas gracias, muchas gracias, señor de Artegui. ¡Ay!, ¿pero se queda usted de veras? Estoy fuera de mí de contenta. ¡Qué gusto, Dios mío! Pero...--dijo de pronto reflexionando--, ¿puede usted quedarse? ¿No le cuesta ningún sacrificio? ¿No le molesta?
--No--respondió Artegui con faz sombría.
--Aquella señora... aquella Doña Armanda que le aguarda a usted en París.... ¿le necesitará también?
--Es mi madre--pronunció Artegui.
Y la respuesta pareció a Lucía satisfactoria, aun cuando realmente no resolviese la duda que acababa de expresar.
Artegui, entretanto, rodando un sillón hasta tocar con la mesa, se sentó, y acodándose sobre el tapiz, escondió el rostro entre las manos, meditabundo. Lucía, desde el hueco de la ventana, observaba sus movimientos. Cuando vio que eran corridos hasta diez minutos sin que Artegui diese indicios de menearse ni de hablar, fuese aproximando quedito, y con voz tímida y pedigüeña, balbuceó:
--Señor de Artegui....
Alzó él el rostro. El velo de niebla cubría otra vez sus facciones.
¿Qué quiere usted?--dijo broncamente.
--¿Qué tiene usted? Me parece que se ha quedado usted así..., muy cabizbajo y muy triste... supongo que será por... lo de antes.... Mire usted, si ha de estar usted tan afligido... creo que prefiero que usted se vaya, sí, señor.