Chapter 5
El terror me dio las fuerzas que no tenía: eché a huir en opuesta dirección y llegué cerca de aquí, a una espesura donde me oculté, y de donde el frío de la noche me hizo salir, atraída por la lumbre. ¿Qué milagro de la Providencia te ha traído a mí?
Al siguiente día, todos partimos juntos: los alemanes a tomar su nuevo establecimiento, en las cañadas del Sacramento.
¡Sin el dolor que amargaba el alma de mi compañera y mi propio corazón, cuán delicioso habría sido aquel viaje!
Sentados el uno al lado del otro, muellemente llevados al través de bellísimas praderas, a nuestros pies un tesoro y sobre nuestras cabezas el esplendor de un cielo de verano, surcado de nacaradas nubes, y de bandadas de aves que llenaban el espacio con variadas armonías.
Pero Estela no era ahora ni la sombra de sí misma.
Su pena tenía un carácter siniestro; era muda y sin lágrimas.
Invitábala algunas veces a bajar del carro y marchar a pie. Cedía a mi ruego con una complacencia triste; y caminábamos, literalmente, sobre una alfombra de flores. Pero ella, cuya alma era tan entusiasta, pasaba ante estas magnificencias, de la naturaleza con la más fina indiferencia.
En fin, la ciudad de San Francisco y su bahía cubierta de buques nos aparecieron una mañana a la primera luz del alba; y poco después atravesábamos sus calles dirigiéndonos al puerto donde esperábamos encontrar algún buque próximo a darse a la vela para el Callao, pues, Estela anhelaba alejarse de aquellos lugares, que tan funesta influencia habían tenido en su destino. Yo mismo, agitado por una extraña inquietud, deseaba ardientemente el regreso a la patria.
Como para servir a nuestros propósitos, un gran cartelón pegado a una de las columnas del pórtico en una casa de consignaciones; anunciaba para aquella tarde la salida del bergantín «Pietranera» con dirección al Callao; añadiendo que ofrecía excelentes comodidades para carga y pasajeros.
A esta noticia el rostro de Estela, por vez primera, después de la horrorosa catástrofe del Sacramento, se coloreó con una sombra de alegría.
Encantado con aquel signo de bonanza, dime apenas el tiempo necesario para cambiar nuestro oro en letras, y comprar a Estela esas ropas, cintas y fruslerías que forman el equipaje obligado de una joven. Tomé pasajes en la misma casa de consignaciones, y al caer la tarde nos embarcamos.
Cuando llegamos a bordo, estaban aparejando. Era aquel un buque recientemente pintado de negro; conocíase que le habían dado un nuevo velamen, y cambiado los principales mástiles de su arboladura.
Al pisar sus escaleras, al bajar a su cámara, pareciome aspirar un aire de antiguo conocimiento, y cuando me presenté al capitán que se hallaba a proa con el piloto y el sobrecargo, creí haber visto ya otra vez, y así, juntos, aquellos rostros morenos y solapados.
Paseábame sobre cubierta preocupado por la idea importuna de un recuerdo que se alejaba al llegar a los bordes de la memoria, y que volvía, para alejarse otra vez, cuando Estela, que me había dejado para ir a tomar posesión de su camarote, acercose a mí, y murmuró a mi oído, «¡El Luiggi!».
Un relámpago iluminó mi mente.
Nos hallábamos en el buque de Samuel, y en poder de los bandidos que lo habían robado; que contaban para enriquecer, con el oro de los pasajeros que arrojaran al mar, y que no tardarían en comenzar por nosotros.
Por más que me pesara alarmar a Estela, tuve que instruirla de nuestra desesperada situación.
Pero con gran asombro mío, su semblante abatido por el dolor, serenose de repente revistiéndose de admirable tranquilidad.
-Señor -dijo al capitán, sonriendo con pueril indiferencia-, estoy consultando a mi hermano si me será permitido pedir a usted un favor.
Al traer a bordo nuestro equipaje, una ola lo ha mojado todo. ¿Me dará usted licencia para extenderlo al aire sobre cubierta?
Yo escuchaba aterrado. En el baúl que encerraba las ropas de Estela se hallaban nuestras letras de cambio; y en mi saco de noche una gran cantidad de gruesas pepas de oro que yo había separado para llevarlas a mi madre.
Mi espanto: creció cuando obtenido el permiso, Estela volviéndose a un marinero que estaba allí cerca le rogó fuera a tomarlos en el camarote.
Traídos a cubierta el saco y el baúl, Estela buscó en su bolsillo y encontró con gran trabajo las llaves de uno y otro. Luego, en presencia del capitán y de sus compañeros, a quienes procuraba mantener allí cerca; abrió y vació el saco y el baúl, y extendió las ropas, que en efecto estaban todas mojadas. Estela les había arrojado toda la provisión de agua que halló en el camarote.
¡El oro y las letras habían desaparecido!
Yo estaba absorto. Estela sin desconcertarse exhalaba mil exclamaciones de dolor a la vista de cada una de sus prendas; rizaba entre sus dedos las blondas ajadas por el agua, y me preguntaba con voz lamentable si en la vida, podría volver a comprar lo que aquella perversa oleada le había inutilizado.
Aquella astucia nos salvó.
Estela, con la curiosidad inquieta de las mujeres para registrarlo todo, había reconocido su antiguo camarote en un hueco, especie de escondite, formado por casualidad en la construcción del buque, y tan disimulado por el ajuste de dos tablas, que solo ojos tan perspicaces como los suyos podrían descubrirlo. Aterrada como yo, al recuerdo de la carta de Isacar, ocultó allí el oro y las letras, y formó el plan de aquella farsa, con la que echó tierra en los ojos de aquellos bribones redomados.
Sin embargo, a pesar de la seguridad en que nos dejaba el engaño en que yacían los bandidos, la presencia de Estela entre ellos, me llenaba de inquietud. El sueño había huido de mis ojos y pasaba la noche a la puerta del camarote de Estela, de pie, inmóvil, el oído atento, la mirada perdida en las tinieblas y apretando en la mano el mango de un puñal.
En fin, un día al través de las primeras nieblas del otoño, divisamos la bandera del Perú izada en lo alto de un torreón.
Una hora después habíamos llegado al Callao.
A vista de este puerto, de donde había partido con su hermano, una lágrima rodó de los ojos de Estela. Pero ella la enjugó con prontitud y volvió a su triste serenidad.
Apenas echada el ancla llegó la visita de la aduana.
Un pensamiento vino a asaltarme, importunándome bajo la forma de un doloroso deber. Allí estaban tres bandidos, que habían robado un buque y que se proponían hacerlo teatro de robos y asesinatos. ¿Los denunciaría entregándolos al brazo de la ley? ¿Callaría haciéndome responsable de la sangre que iban a derramar?
Miré a Estela, que me comprendió.
-Dejemos siempre a Dios el castigo de los malos, y no manchemos nuestro labio con una delación.
Aprovechamos, sin embargo, de la presencia de la aduana para extraer nuestros fondos.
Cuando los bandidos vieron en mis manos un saco de oro y una cartera llena de letras de cambio, una llamarada de cólera ardió en sus ojos y fijaron en Estela una mirada fulminante.
El ferrocarril, establecido en nuestra ausencia, nos llevó a Lima.
Al poner el pie en las baldosas de la estación, Estela asió mi mano y me guió.
-¿Dónde me llevas? -la pregunté.
-A mi morada -respondiome.
Y caminamos largo rato.
Al pasar delante de una iglesia: «¡Santa Ana! -dijo Estela-. Aquí hice mi primera comunión». Entró en aquel templo, se arrodilló y oró.
Alzose luego, y observé que me miraba furtivamente con ojos llenos de lágrimas.
Una cuadra más arriba, vi, en el ángulo de la calle, una gran piedra agujereada de parte a parte sin duda por la acción del agua.
-¡La Piedra Horadada! -exclamó Estela-. Cuando yo era niña, en nuestros bailes del domingo, danzábamos al son de graciosos cantos, en los que estos sitios eran nombrados entre armoniosas cadencias. ¡Quién me dijera que en ellos había de dar mis últimos pasos en el mundo!
-¡Tus últimos pasos en el mundo! ¿Qué dices?
-¡Espera! -dijo mi compañera, entrando conmigo en la portería del monasterio del Carmen, y llamando al postigo. La puerta se abrió.
-¡Estela! -gritó una monja anciana que a la sazón atravesaba el claustro, y que corrió a la puerta.
-Sí, madre abadesa, Estela, que pasó los primeros días de su vida a la sombra de estos muros, y vuelve a ellos para siempre. Dadme el velo de novicia.
Estela se volvió a mí, me abrazó y desapareció tras de aquella puerta, antes que yo hubiese podido volver en mí del estupor en que me dejo aquella repentina separación. Un rayo que hubiese caído sobre mi cabeza, una puñalada en la mitad del corazón, no me hubieran hecho tanto daño. Arrojeme contra aquella puerta, en la esperanza de derribarla; lloré, grité, llamé a Estela con todos los gemidos de la desesperación, y pasé la noche tendido en tierra ante aquella puerta cerrada y muda como un sepulcro.
Arranqueme al fin de allí, y algunas horas después, el vapor que marchaba al sur me llevaba a su bordo.
En el momento que desembarqué en Islay, monté a caballo y llegué a Arequipa, sin haber descansado una hora en el tránsito.
-¡Madre! -murmuraban mis labios mientras corría por la arenosa sabana que se extiende entre el puerto y la ciudad- ¡madre mía! tus sueños de dicha van a realizarse. He aquí tu hijo que lleva un tesoro para ponerlo a tus pies.
Había dejado atrás el desierto -continuó el joven, con voz cada vez más conmovida-, había pasado las quebradas estériles, y entrando en las que comenzaban ya a vestirse con las fragantes yerbas de nuestra hermosa campiña, subía el repecho del primer Alto. Al llegar a la cima, el Misti imponente y lóbrego me apareció todo entero, de su negro pie hasta su nevada cumbre.
La vista del monte sagrado, esa vista que estremece de alegría a todo arequipeño, hízome estremecer de extraño terror; y mis ojos, anhelantes, lo interrogaban, y el alma contristada creía ver en sus sombras siniestros augurios.
Cuando mi caballo, jadeante y sin aliento, se paraba relinchando en el segundo Alto, la noche comenzaba a extenderse sobre el inmenso paisaje. Sin embargo, los rayos de la luna me mostraban, aunque confusos, todos sus detalles; y allá, en su lejano fondo, reflejábase en una larga hilera de blancas cúpulas:
¡Arequipa!
Atravesé rápido como una exhalación el valle de Congata y los callejones de Tiabaya, asustando a las gentes que se encontraban a mi paso, y se apartaban temerosas; creyéndome un alma en pena. Mi caballo caía de cansancio; pero yo lo alzaba con la voz y con la espuela, y corría adelante.
De repente, a la vuelta de un recodo, la blanca ciudad me apareció otra vez, pero esta, del todo cercana: veía sus luces, oía sus rumores.
¡Azuzo mi caballo, que se precipita dando saltos desesperados; tocó los arrabales; atravieso el puente; subo la margen del río, ¡llego!...
La casita yacía allí, oscura y silenciosa; y las higueras tendían sobre ella su negra sombra.
La puerta estaba cerrada.
-Duerme -dije; y arrojándome del caballo, llamé con los golpes que solía en otro tiempo anunciarme a mi madre. La puerta permaneció cerrada, y el eco solo, me respondió de adentro, sonoro y vacío.
-¡Madre! ¡madre! -grité, pegando el rostro contra aquella puerta muda.
Una mujer salió a mis voces, de una casa vecina y vino a mí.
-Ayer la llevamos al cementerio -me dijo-. Las penas y el trabajo han dado fin a su existencia. He aquí la llave de su casa, que ella me encargó recogiese para entregarla a su hijo.
Viéndome inmóvil y mudo, caído sobre el umbral, aquella mujer se compadeció de mí, y quiso llevarme a su casa; pero no pudiendo obtener que la siguiese, dejome solo y se retiró.
Ignoro cuánto tiempo quedé allí, caído en tierra y la frente apoyada en la piedra del umbral. La brisa helada de la noche me hizo volver del profundo anonadamiento en que yacía. Alceme del suelo con los miembros entumecidos y el cuerpo como aniquilado por una larga enfermedad. Busqué la llave sin poder encontrarla, hasta que la sentí apretada entre mis dedos.
Abrí la puerta y entré en aquella casa, donde corrieron tan dichosos los días de mi infancia, bajo el ala del ángel que había volado al cielo, después de haberme llorado y esperado en vano.
Encendí luz, y tendí en torno una dolorosa mirada.
Todo estaba como antes en aquella morada solitaria, y la presencia de mi madre se hacía sentir en todas partes. Aquí estaba su telar, allí su taburete y su labor; más allá mi cama, hecha, y pronta a recibirme, frente a la suya, revuelta, y mostrando en su desorden el paso de la muerte. En la cabecera de esa cama, al pie de un crucifijo, y sobre una hoja de palma bendita, encontré esta joya; que contenía todo el oro que yo le envié de California, y que la pobre madre, disfrazando bajo aquella graciosa forma su tierna abnegación, guardaba siempre para mí.
Senteme al lado de aquel lecho vacío, apoyé la cabeza en las manos y me hundí en un abismo de dolor.
No era ya el niño que cuatro días antes lloraba a su compañera en la puerta del monasterio, llamándole con gritos y sollozos. El golpe que ahora me había herido era tan rudo que paralizó toda expansión; y las lágrimas, ese bálsamo supremo del alma, habíanse coagulado en mi corazón.
La luz del siguiente día me encontró en la misma actitud, el labio mudo y los ojos secos; pero mis cabellos sedosos y húmedos, aun, con la savia de la infancia, estaban sembrados de canas.
Y el joven pasó su mano sobre su negra cabellera, entre cuyos bucles brillaban algunas hebras blancas.
-Aquella noche, entre los desvaríos de mi dolor -continuó-, pasado un momento de sombrío silencio formé un proyecto, que un mes después, había del todo realizado. Era este proyecto, cumplir los votos de mi madre; sus deseos para el porvenir, desarrollados por ella en diferentes perspectivas y gravados en mi mente al calor de su palabra.
Compré en la campiña todos los sitios que le eran agradables, y donde gustaba llevar sus pasos; construí la casa de campo rodeada de vergeles que su pintoresca imaginación ideaba, y llenela de todos los bellos objetos que solían recrear sus ojos. Adquirí a fuerza de oro los terrenos vecinos a nuestra casita de las orillas del Chili, y haciendo de ellos un vasto jardín, encerrela en su perfumada fronda, como el santuario de un ídolo.
En el recinto de este jardín, al centro de un bosquecillo de rosales, y no lejos del grupo de higueras, mandé erigir un sepulcro.
En él reposan los restos de mi madre, que yo robé una noche a la helada tierra del cementerio.
Así, morando al lado de su tumba, rodeándome de todo lo que de ella queda, fórjome la ilusión de que vive todavía.
He ahí porqué ayer estaba profundamente afligido por la pérdida de esta joya.
Alargué la mano a mi compañero, y estreché la suya, profundamente conmovida.
Entretanto, había amanecido, y el indio vino a decirnos que estaban ya ensillados nuestros caballos.
Dejamos la capilla subterránea y partiendo juntos, seguimos el mismo camino quebrado y rocalloso, que se extiende en rápido descenso desde las alturas de Tacora, hasta el llano de Pachia.
Al llegar a la Portada, el joven, arequipeño se despidió para entrar al Ingenio que se hallaba en una hondonada a la derecha del camino.
Los dos mineros de Corocoro, el barítono y yo seguimos nuestro camino, y marchábamos silenciosos. La historia de la noche nos había impresionado a todos.
-¿En qué piensa usted señora? -díjome uno de los mineros, presentándome un vaso de cerveza- ¿en el hombre color de cobre?
-¡Oh! ¡sí! Sus ojos de buitre y sus agudos dientes están bailando en mi mente. ¡Ser infernal! ¿Seguirá todavía la carrera de sus crímenes o habrá ya recibido el merecido castigo?
-¿Quién puede decírnoslo?
-¡Yo! -respondió el barítono, dejándonos mudos de sorpresa.
Pasada la sorpresa producida por aquella palabra, el barítono fue asaltado por un coro de reconvenciones.
-Cómo ¡lo sabía usted, y callaba!
-¿Por qué dejó usted ir al narrador, sin ponerle el punto final?
-¡Sin darle a saber en qué paró aquel malvado que tan buenos ratos le aguó!
-Guárdeme bien de incurrir en tal indiscreción. Lo que tengo que decir habría contristado más a ese joven, ya tan conmovido por su propio relato. Así, aunque reconocí desde luego en el retrato de aquel que él llama el hombre color de cobre, al horrible proteo de quien voy a hablar, callé, para evitarle nuevas y penosas emociones.
Era en 1853. Hallábame en San Francisco, haciendo parte de la compañía lírica que Catalina Hayes llevó a California. Era una noche de carnaval y cantábamos «I Masnadieri» en el teatro principal de la ciudad.
Desde un ángulo oscuro, donde, pegado a un bastidor, aguardaba mi salida, contemplaba yo la inmensa concurrencia que llenaba los ámbitos de la sala, y en aquel momento, escuchando a Catalina, prorrumpía en frenéticos aplausos.
Entregado me hallaba al estudio en detal de ese conjunto heterogéneo de semblantes, actitudes y expresión, que constituye el público, potencia temible, a cuyo aspecto el artista interroga con terror, cuando vino a desviar mi ocupación, una escena muda que se representaba en la sala.
Desde que el telón se levantó, había llamado mi atención la extraña figura de un hombre, sentado al centro de la platea. Sobre un busto que anunciaba una estatura colosal, alzábase con salvaje arrogancia una cabeza que habría hecho huir de espanto al doctor Gall, de tal modo estaban en ella aglomeradas, en pasmoso desarrollo las más siniestras protuberancias. Una masa enorme de cabellos largos, erizados y lacios, coronaba esta cabeza y añadía sombras al rostro de un color oscuro y sangriento donde relampagueaban con rabiosa fiereza unos ojos profundamente negros. Para completar este horrible conjunto, un labio naturalmente contraído, mostraba dos hileras de dientes blancos, apartados y agudos.
Tanto me impresionó la vista de ese hombre que no encontré extraño hubiera producido el mismo efecto en varios individuos, que, diseminados en diferentes puntos de la sala, se le iban insensiblemente acercando, por medio de un cambio de asiento, y habían acabado por formar un círculo en torno suyo. Situado en mi escondite, al fondo del escenario, abrazaba yo con una ojeada todos estos detalles.
A la derecha, un poco distante del círculo, tirado alrededor del hombre cobrizo, un anciano, al parecer oficial de marina, mirábale también fijamente; pero aquella mirada estaba impregnada de un rencor doloroso, visible en todos sus movimientos.
Mi entrada en escena precedía el fin del acto. Canté con una distracción que falseó todos los finales. Pero por más que me esforzaba para atender a la orquesta, mis ojos y mi pensamiento no se apartaban del drama que se representaba en la platea, y que comenzaba a tomar proporciones inquietantes. Porque, al fin comprendí que los curiosos del círculo, eran empleados de policía disfrazados.
Al frente, mudo y amenazador, como un navío de guerra preparado al abordaje, el viejo observaba, con la mano escondida en las solapas de su casaca.
Todavía no había caído el telón, cuando a un movimiento del hombre cobrizo para dejar su asiento, doce agentes de policía se aliaron para arrojarse sobre él.
-¡Nadie toque a ese hombre -gritó de repente el viejo marino-, es mío: me debe su sangre!
Y saltando, veloz como el pensamiento, asiolo por sus largos cabellos y le atravesó el cráneo con una bala de su revólver.
Al siguiente día, haciendo frente al pórtico de la cárcel, alzábase una horca, en la que estaba colgado el cadáver de un hombre sentenciado a aquel suplicio; y sustraído a él por una venganza. Delante de aquel horrible espectáculo arremolinábanse tumultuosos, grupos incesantemente renovados, en los que se referían del sentenciado historias espantosas.
-¡Falkland! -exclamaba uno- sí: no me engaño. Este es el filibustero incendiario de Centro América; el que gustaba de quemar a las familias, encerradas en sus casas.
-¡Ojo de Azor! el cazador que arrojamos de las praderas, por connivencia con los salvajes. Sí es él. Tenía unos ojos que hacían parar a los gamos en la mitad de la carrera.
-¡Tobahoa! Al fin caíste malvado indio navajo, que has robado más niñas a nuestros pueblos que días cuentas en tu perversa vida. ¡Desollador de cabezas! ¡lástima que han roto la tuya! Comprara yo tu cabellera para consolar al pobre sonorense de la larga cicatriz con que le hiciste perder su bellísima novia.
-¡Lástima, en efecto! -dijo, apartando el gentío, un hombre vestido de negro, que llegó seguido de dos cargadores-. ¡Consigo el permiso para disecar este cráneo, y lo encuentro fracturado! No obstante, quedan las mandíbulas, cuyos dientes, a lo que veo, son una especialidad.
Muy luego el gabinete público de historia natural, dirigido por el doctor Smith, poseía una nueva joya: un par de mandíbulas humanas, cuyos dientes blancos y apartados, eran puntiagudos como agujas.
Poco después, los periódicos de San Francisco anunciaron el suicidio de Mr. Scot, capitán del «Nuevo Mundo» vapor perteneciente a la antigua compañía de navegación en el Sacramento, incendiado por un fogonero con la intención de robar los caudales que conducía.
Las crónicas atribuían la acción desesperada del capitán al pesar en que vivía hundido desde la muerte de su hija, que pereció en aquel siniestro...
Una alegre cabalgata de hermosas tacneñas residentes en Pachia, saliendo de repente debajo los «molles» de una quebrada, invadió el camino, arrebatonos en su carrera y disipó con sus alegres carcajadas la tétrica impresión producida por aquel relato...
Agosto, había pasado, sembrando en pos suyo el luto y la desolación. Las ciudades de la costa habían sido barridas por las olas, arrastrando consigo a sus míseros habitantes: Arica, Iquique, Pisagua, no existían, y Arequipa, la blanca ciudad de las mil cúpulas se había desplomado. Sus hijos vagando en torno a los escombros, como almas en pena, aquejados por el frío y el hambre alejábanse, al fin, y venían a buscar entre nosotros nuevos hogares.
Los que habíamos sido huéspedes de la bella ciudad, corríamos a la estación cada vez que llegaba el vapor del Sur, con la esperanza de encontrar entre los tristes emigrados, algunos rostros amigos; y escenas patéticas de abrazos y lágrimas se repetían sin cesar.
Un día, entre los pasajeros que desembarcaban del tren, vi un hombre cuyas facciones me pareció reconocer, sin poder no obstante recordar su nombre.
Un tropel de gente lo ocultó a mi vista, y aquel recuerdo se borró.
Algunos días después, hallábame en el templo de las carmelitas, asistiendo a la misa solemne de una fiesta.
El altar estaba cubierto de luces y flores; ardía el incienso; y el órgano hacía oír sus acordes majestuosos.
En el rincón oscuro de la cancela donde me había colocado, noté de repente, que no estaba sola. Cerca de mí, sentado al extremo de un escaño, y la frente apoyada en la mano, hallábase un joven hundido en profunda meditación.
En cualquier otro lugar, no habría podido reconocer aquel rostro invadido por una barba abundante y negra; pero el sitio, y la emoción impresa en sus facciones, trajeron a mi memoria el viajero de la capilla de Uchusuma.
Al nombre de Estela, que pronuncié en voz baja, el joven volvió la cabeza, reconociome y estrechó mi mano.
-En nombre del cielo -le dije-, apresúrese usted a decirme qué suerte ha cabido en el horroroso cataclismo, a la casita sagrada de las orillas del Chili.
-El ángel que hizo allá su morada, extiende todavía sobre ella su ala protectora -respondió con acento fervoroso el joven arequipeño.
-Las bóvedas soberbias de los palacios se han hundido: ella conserva ileso su humilde techo, que hoy abriga a muchos infelices.
-Y ¿no ha pensado usted, al fin, en llevar a ella una esposa?
-¡No! -respondió-. En mi afecto fraternal por Estela debió existir el germen de una pasión, que interpone siempre su imagen entre mi corazón y el amor, llenándolo del sacro pavor que inspira el santuario.
-¿La ha visto usted?
-No he podido lograr esta dicha. Está en retiro, y su reclusión durará más tiempo del que puedo disponer yo, que he venido a comprar ropas y víveres para mis desventurados hermanos.
Mas ya que no me sea dado verla voy a oír su voz.