Sign Language Among North American Indians Compared With That Among Other Peoples And Deaf-Mutes First Annual Report of the Bureau of Ethnology to the Secretary of the Smithsonian Institution, 1879-1880, Government Printing Office, Washington, 1881, pages 263-552

Chapter 4

Chapter 44,074 wordsPublic domain

-¡Andrés, Andrés...! la avalancha, desprendida otra vez de las montañas; pero ahora desbordándose en torrentes, cae sobre nuestro campo. ¿No ves?... ¡Todo esta inundado! Los yankees han huido: ¡huyamos!... Mira el agua que sube, y va luego a alcanzarnos... ¡huyamos! ¿qué tardas? ¡huyamos!

Y tomó cuesta arriba, las alturas de Black hill, coronadas de gente.

Pero yo no pensaba en huir. Si perdía el tesoro que me había hecho soñar tanta dicha, no, quería ya la vida. Inmóvil como un centinela entre el sitio que lo guardaba, y la inundación que iba a arrebatármelo, miraba las olas que avanzaban rugientes sobre la falda de la colina. Unas toesas más, y me envolvían en sus negros torbellinos.

La luz del alba que comenzaba a asomar tras de las negras copas de los abetos aumentaba la desolación de aquel cuadro, presentándolo en todo su horror.

La cañada pintoresca, tendida al pie de Black hill, a cuyo abrigo alzaba sus tiendas el campo americano, había desaparecido con sus grupos de árboles y las habitaciones que estos sombreaban. Llenábanla las aguas del arroyo, convertido en torrente impetuoso, cuyas cascadas se despeñaban zumbando con ruido aterrador.

Por dicha, las primeras olas de la inundación arrojaron no lejos de nuestra tienda, en una especie de ribazo, grandes masas de árboles y trozos de rocas que desviaron la corriente hacia la vecina hondonada, salvando nuestra habitación del estrago general.

Cuando, pasada la fuerza de la inundación, pude subir al recodo del arroyo, encontré su lecho de pizarra en seco. La impetuosa avalancha lo había socavado, abriendo al arroyo un nuevo cauce, por el cual corría ahora como bajo un puente natural. Otro habría caído en tierra, aniquilado ante aquella incalculable pérdida. A mí me hizo muy poca impresión. Era todavía, niño; y mi ambición no podía convertirse en codicia. Pesome solamente ver defraudado a Samuel en el logro de la enorme riqueza que, sin saberlo, iba a venirle a las manos.

Cuatro días después, el campo de los yankees se situaba más arriba; y el fondo de la cañada, en toda la extensión, bañada por las aguas de la avalancha, hallábase cubierta de trabajadores que, hundiendo las manos en el lodo de los charcos, recogían el oro en gruesas pepas.

Era el contenido del inmenso receptáculo depositado por los siglos bajo el lecho del arroyo.

Nadie como yo tenía derecho a esas riquezas en tan pocas horas descubiertas y perdidas; mas, siguiendo el sistema de aislamiento en el trabajo, llevé mis investigaciones a la hondonada.

Allí el agua había dejado un ancho lodazal cuya superficie comenzaba a verdear con una naciente grama, indicando con esto, que nadie se había acercado a aquel paraje.

En efecto, a la primera paletada de barro extraje multitud de trozos de oro; ya enclavados en fragmentos de cuarzo, ya sueltos, y como fundidos al crisol.

Cuando a la caída de la tarde volvía a la tienda, apenas pude subir el repecho de la hondonada tal era el peso que llevaba conmigo.

¡Cuánto gozo iba a inundar el alma metalizada de Samuel a vista del cuantioso producto de aquella jornada, que era suya!

Pero con gran sorpresa mía, no respondió a la señal convenida entre nosotros para anunciarle un hallazgo. Apresuro el paso, entro en la tienda, y lo encuentro caído en tierra, las facciones descompuestas, fijos y extraviados los ojos y el cuerpo torcido en horribles convulsiones. A su lado yacía una carta abierta y estrujada.

Levantelo en mis brazos: y logré, aunque con gran dificultad, ponerlo en la cama. Su cuerpo tenía la rigidez del cadáver.

Procuré hacerle tragar unas gotas de agua y corrí en busca de un médico francés que por casualidad se hallaba de paso allí.

Desde que lo vio, el doctor declaró al enfermo atacado del cólera.

-Pero -añadió, examinando las mandíbulas, cerradas por una fuerte contracción- el accidente ha sido provocado por emociones de dolor o de cólera... Y... justamente, he aquí una carta que va a ponernos en vía de lo que el sujeto ha sentido antes de ser atacado por el mal que se lo lleva, porque, no se engañe usted, que es, sin duda su hijo, o su dependiente: este es un hombre muerto. Con esta bebida que le dará usted, en dos porciones, recobrará el habla.

Y volviéndose al pobre Samuel, que estaba al parecer sin conocimiento:

-¿No es verdad, señor -le dijo-, que usted me oye y se halla en el uso de sus sentidos?

Un suspiro fatigoso fue la respuesta.

-¡Y bien! -continuó el doctor con un aplomo de Esculapio-, luego tendrá usted de vuelta el uso de la palabra. Aprovéchelo, se lo aconsejo.

Y se fue muy fresco, después de arrojar aquella terrible receta.

Como había dicho el doctor, la acción de la bebida hizo recobrar el habla a Samuel que volviendo hacia mí sus apagados ojos:

-¡El Dios de mis padres se ha apartado de mí -exclamó- porque yo me he apartado de sus caminos, por seguir los de la iniquidad!

El semblante de Samuel se descomponía cada vez más, y la huella de la muerte se marcaba profundamente en los contornos de su boca.

-Sí -continuó con apagada voz-, he cambiado al Dios de Abraham por el becerro de oro; y a este he sacrificado mi juventud, mi vida, y todos los afectos de mi alma... Ahora mismo, que las fuerzas me abandonan, y que el dolor se ha posado en mi cuerpo, la idea de dejar mis tesoros, es el mayor de mis sufrimientos... Pero... ¿qué digo?... ¡¡¡Ah!!! ¡infame Isacar! vuélveme mi oro... mi oro... ¡mi oro!...

Un horrible calambre contrajo todo su cuerpo y ahogó la voz en su garganta.

-En nombre del cielo -exclamé, asustado de aquella agitación desesperada- ¡Samuel! cálmate, amigo. ¿Deseas más oro? Yo te daré todo el que quieras. ¡Tú no sabes! lo he encontrado a montones en los cenegales de la hondonada... ¡Mira!

Y le presenté mi gamella casi colmada del oro que había extraído en la jornada.

A su vista los ojos del judío ya vidriosos y extraviados brillaron con un fulgor sombrío, casi feroz.

-¡Dios de Jacob! -exclamó alargando su crispada mano y hundiéndola en la resplandeciente masa- dame de tu eternidad un corto espacio para gozar con la vista y el tacto de esta maravilla; y después lleva mi alma donde plazca a tu voluntad.

Una horrible convulsión ahogó la voz de Samuel, que se agitó algunos instantes en violentos espasmos, quedando luego sin movimiento.

Creílo dormido.

Entonces me acordé que al lado de Samuel, caído y moribundo, había una carta abierta y estrujada. Busquela y la hallé, a mis pies. La letra era de Isacar, y gracias al conocimiento del dialecto calabrés, pude leer lo que sigue, que extracto de un cúmulo de esas injurias y denuestos atroces que abundan en el diccionario popular italiano:

«Demasiado tiempo abusaste de nuestra ignorancia en achaque de números, infiel depositario de unas piezas ganadas a riesgo de nuestra vida, a precio de nuestra sangre, y robadas por ti, miserable poltrón, que solo contabas el mérito de ocultarlas; y que las ocultabas tan bien a fe, que parecían luego una ilusión a las manos que las habían conquistado. Pero no hay plazo que no se cumpla; y el que, dimos a tus depredaciones hoy se ha vencido, y vamos a chancelar nuestras cuentas, aunque no a tu manera, allá, en los Abruzzos, sino limpia y netamente.

En primer lugar, yo, que he tenido el talento de conducirte a la trampa en que has caído, yo me he apoderado de tu oro, recibido en diez remesas; y Bepo, Estéfano, Bambino y Testa di Fuoco, caídos como llovidos del cielo, han echado el arpón al Luiggi, nuestro bueno y velero Luiggi, con el que batirán las aguas del Pacífico dando tantos zabullones a los pasajeros incautos, que muy luego llenarán sus áreas.

En cuanto a este servidor tuyo, vase a Italia. Comprará un palacio en Nápoles la bella, y pasará la vida deficiosamente tendido al sol, bajo los floridos naranjos de sus jardines».

-¡Un ladrón! ¡miembro de una banda de salteadores! -exclamé volviendo mis ojos hacia Samuel, que estaba inmóvil, y su rostro súbitamente enflaquecido, cubierto de una palidez azulada y lívida.

Acerqueme a él y lo toqué. Estaba muerto.

Aunque la revelación que acababa de tener me hacía mirar con horror a ese hombre, era ya un cadáver; y el prestigio de la muerte, aureola luminosa para la virtud, es para el crimen un velo que atenúa su deformidad.

Vivo, Samuel hubiese sido a mis ojos un malvado, y me habría alejado de él con repugnancia; muerto, olvidé que era un infame encubridor de robos; que fue un avaro sin conciencia; que se había conducido villanamente conmigo, defraudándome el precio de mi trabajo en perjuicio de mi madre. Todo esto olvidé para recordar sus cariñosas palabras, y el encanto de su voz. Sentí que me habían apegado a él esos lazos invisibles pero fuertes de la costumbre, que tan profundamente arraigan en el alma de los niños; y lloré por él lágrimas de verdadero dolor; y pasó la noche velando al lado de su cadáver.

A la mañana siguiente, cuando salí a buscar quien me ayudase a sepultar al muerto, encontré un grande vacío en torno a nuestra tienda. El terror al contagio la había aislado completamente.

Nadie quiso prestarme su auxilio; y fuerza me fue cumplir solo este deber.

Pero, como dice el adagio, no hay mal que por bien no venga. Así, este espanto, fueme tan favorable que me permitió, al abrir la sepultura bajo la tienda misma, extraer mi tesoro y alejarme sin excitar sospecha alguna.

Valime para ello del carro en que habíamos traído de Sacramento nuestros útiles de trabajo. Era una especie de caja, colocada sobre dos ruedas altas a propósito para atravesar las cenagosas llanuras.

Compré a un alemán, que acababa de llegar, el caballo en que vino, que era una bestia fuerte y en buenas carnes. Coloqué mi oro entre el fondo del carro, y una tabla del mismo grandor; eché encima mis ropas y algunas provisiones, y me puse en camino después de haber, a pesar del mosaísmo de Samuel, colocado una cruz sobre su tumba.

Poco después, por una calurosa tarde de junio, entraba yo con mi carro, hecho un cuento de harapos, pero sentado sobre un tesoro, en las populosas calles de Sacramento. Mi facha hacía reír a los impertinentes, y las muchachas me mostraban con el dedo. ¡Cuántos de ellos y ellas, si hubieran adivinado mi secreto, se habrían inclinado ante mí!

Estación de tránsito a las minas y teniendo en sus contornos mismos, ricos veneros, la ciudad de Sacramento hallábase ocupada por millares de huéspedes, que llenaban sus hoteles, y sus casas, albergándose hasta bajo los árboles de sus arrabales.

Dicho esto, inútil es añadir que un muchacho andrajoso como yo había de tener que resignarse a este último partido; tanto más cuanto que no pudiendo confiar a nadie la existencia de mi tesoro, érame imposible apartarme de aquel carro que lo guardaba.

Pasé pues de largo y atravesé la ciudad sin pensar siquiera en pedir hospedaje; deteniéndome solo para comprar algunas provisiones en la tienda de un mercader de comestibles que estaba leyendo un periódico a dos vecinos, y hacía grandes exclamaciones sobre algún suceso trágico allí referido.

-¡Perderse un tan hermoso buque! -exclamaba-. Era, sin duda, el mejor de la antigua compañía.

-¡Y pensar que tantas desgracias las ocasionó solo el descuido de un fogonero!

-¿Descuido? Llámele usted mala intención y lo habrá acertado: oiga usted, sino este párrafo.

«Por más investigaciones que se han hecho, imposible ha sido encontrar al fogonero que ocasionó este horrible incidente que ha costado la vida a más de veinte personas. Su desaparición hace sospechar en él una intención criminal».

Al escuchar aquella lectura, mi corazón se estremeció: un horrible pensamiento cruzó mi mente.

-En nombre del cielo -dije al mercader-, dígnese usted a sacarme de una cruel ansiedad. En ese trágico incidente ¿se trata del «Nuevo Mundo»?

El mercader (todavía un yankee) mirome de pies a cabeza; y por no derogar, hablando a un desconocido; y ainda mais, a un desconocido tan indigente, mostrome la puerta, entregándome mis compras y guardándose el dinero.

Fuerza me fue alejarme, aunque llevaba el alma agobiada por un lúgubre presentimiento.

Sin embargo, cuando dejadas atrás las últimas calles de la ciudad, me encontré en aquella bellísima campiña cubierta de flores y sombreada por grupos de árboles, las nubes que oscurecían mi espíritu se disiparon. Nada vi en el aviso de aquel periódico, ni en las palabras del mercader que pudiera inducirme a pensar que el «Nuevo Mundo», ese buque donde Estela y su hermano se hallaban, fuera la víctima, de aquel desastre.

Reflexionando así, tranquilíceme gradualmente; y la calma de aquella hermosa naturaleza se apoderó de mi alma, que se abrió de nuevo a la esperanza.

Entretanto, la noche había venido; el cielo se poblaba de estrellas, y la brisa cargada de perfumes, hacía de la pradera una inmensa cazoleta.

A media hora de la ciudad y a corta distancia del río, una caravana había hecho alto al abrigo de un grupo de sicomoros. Era una colonia de alemanes que llevaban sus hogares a las cañadas vecinas del Sacramento.

Fuime a ellos y les pedí me permitieran pasar la noche en su compañía.

Acogiéronme con bondad y me hicieron lugar al lado del fuego, necesario en aquellas latitudes por la frialdad de las noches.

Una vez establecido mi hospedaje, los alemanes se dieron a una grave charla, abandonándome a mis pensamientos. Pensamientos color de rosa, que poblaban de rientes imágenes las lontananzas del porvenir; que acortaban distancias del tiempo y del espacio, y traían al presente la dicha que para lo venidero forjaba el corazón.

La luz de la fogata, reflejándose en las móviles ramas de los sicomoros, daba a aquella fantasmagoría una prestigiosa decoración.

En un momento que la azulada llama, impelida por la brisa, esparcía en torno una claridad más viva, divisé una forma blanca, que saliendo de entre los matorrales del lado del río, avanzó vacilante, indecisa, hasta la zona luminosa proyectada por el fuego.

A su vista, pasé la mano por mi frente y me restregué los ojos, creyendo que soñaba. Pero convencido en fin de que estaba despierto, lancé un grito y corrí hacia aquella aparición.

¡Era Estela! Estela, no fresca, risueña y elegante; sino triste, sombría, espantada y los vestidos desgarrados.

Desconociome de pronto y quiso huir; pero al escuchar mi voz se arrojó en mis brazos. Quiso hablar; pero le faltaron las fuerzas y se desmayó.

Las mujeres de la colonia se apiadaron de ella: lleváronla a su tienda y le dieron toda suerte de auxilio.

Ocupado estaba yo con ellas en hacerla volver en sí, cuando de súbito oímos un gran ruido en el campo. Invadiolo una turba de jinetes armados, que, sin desmontar, se arremolinaron silenciosos en torno a nuestros bagajes, escudriñándolo todo con la vista, cual si buscaran a alguien.

Uno de ellos, inclinado sobre el flanco de su caballo, levantó el paño de la tienda donde las mujeres rodeaban a Estela, ocultando de este modo su cuerpo, que yacía tendido en tierra.

La luz de una lámpara que nos alumbraba dio en el rostro del extraño visitante, haciendo brillar unos ojos fosfóricos y unos dientes agudos y apartados.

Era el hombre color de cobre.

Envolvíase en la manta rayada de blanco y negro de los llevaba la cabeza desnuda y sus cabellos abundosos y lacios, contenidos sobre las sienes por una banda roja.

Su aspecto era tan feroz, que al verlo las mujeres exhalaron un grito.

En cuanto a él, hundió su mirada de buitre en el interior de la tienda; paseola en derredor y enderezándose hizo dar un bote a su caballo; hizo oír un aullido ronco y gutural, y partió de su banda como un sombrío torbellino.

A ese grito, el cuerpo de Estela, que yacía sin movimiento, se estremeció, como sacudido por una descarga eléctrica; sus labios yertos, movidos por un supremo esfuerzo, pronunciaron, mezclado a un gemido, el nombre de su hermano. Aquel lamento fue para mí una dolorosa revelación; y el relato que el mercader leía aquella tarde, apareció a mi mente con su lúgubre complemento.

Estela volvió en fin de su largo desmayo. Como despertada por el terror, alzose de repente y mirando en torno con anonadados ojos:

-¡Andrés! -exclamó, encontrándome a su lado- ¿has oído ese grito? Es una señal. Es... el hombre color de cobre, que incendió el vapor; que mató a mi hermano; que me arrebató de entre sus brazos yertos, y de quien me he escapado por un milagro; pero que me sigue y a alcanzarme...

Y quiso huir arrancándose a nuestros brazos. La detuve.

-Nada temas -le dije-, estás conmigo.

Estela volvió en torno una triste mirada, y dijo, con acento dolorido:

-¡Sola en el mundo!

-¿Y yo? -exclamé- ¿no te amo, y soy también tu hermano?

-¡Oh! ¡Andrés! la vida comienza para ti, y te debes a tu madre que te espera. Si quieres volver a verla, huye de mí. El ser infernal que me persigue mata a cuantos se me acercan: mató a Alejandro; mató a la hija del capitán, y te matará a ti si no me huyes.

-Al contrario. Heme aquí a tu lado, y para siempre. Pero ¿qué es lo que ha sucedido? ¿Cómo han tenido lugar tan espantosos acontecimientos? ¿Por qué te encuentro en estos parajes, sola, en medio de la noche?

-¡Oh! -respondió ella- ¡es una horrible historia! ¡El bien hundiéndose de repente en los abismos del mal; la dicha naufragando a las puertas de una venturosa realidad!... ¡Y todo esto por culpa mía!

-¿Qué dices?

-Escucha. ¿Mis cartas no te decían cuán felices éramos, Alejandro, Lucy y yo? Y bien, la existencia, pasada así, entre dos seres queridos, recorriendo sobre las ondas, en su perpetuo viaje, los floridos campos, era para mí un encantado sueño. Alejandro y Lucy se amaban; yo era un vínculo más entre ellos, y su unión no estaba lejos. Solo tú faltabas a nuestra dicha; pero te hallabas cerca, y nos halagaba la esperanza de que pronto vendrías a reunírtenos.

Así, dividiendo el tiempo entre la música, las dulces pláticas y los halagüeños propósitos, ha pasado este año, el más dichoso de mi vida.

El capitán, unida su hija a mi hermano, contaba formar una para una línea de vapores destinada a la navegación de San Francisco, a los puertos meridionales del Pacífico. Él mandaría uno de aquellos buques; Alejandro, otro, y Lucy conmigo se establecería en Lima. ¡Qué perspectiva! ¡La patria, la amistad, la. familia!...

Pero ¡ay! todo aquello fue solo un encantado miraje, contemplado y desvanecido como la niebla al soplo de los vientos.

Anteayer, a la entrada de la noche, el «Nuevo Mundo», con sus máquinas encendidas, sus pasajeros embarcados y llevando a su bordo fuertes caudales en oro, aprestábase a zarpar del muelle del Sacramento.

Había yo dejado para ti una carta. En ella te daba parte de este programa encantador. Asignábate en él un hermoso rol; y gozosa con el gozo que te enviaba, llena el alma de rientes sensaciones, hallábame recostada en la borda, en el mismo sitio donde te encontré al partir para el Sacramento.

Como entonces, ahora también, la galería hallábase llena de gente que iba y venía, hablaba y se agitaba; pero yo me encontraba en mis pensamientos, que escuchaba, sin oír, aquel murmullo atronador.

A causa de la construcción particular del buque, desde el sitio donde me hallaba, tenía adelante las hornillas del vapor, ardiendo en toda su intensidad.

Mis ojos distraídos y vagorosos, atraídos por la reverberación del fuego, fijáronse al fin en aquel foco luminoso que brillaba en la noche como un infierno. Nada faltaba a la ilusión de aquel espectáculo. Dos hombres cuyas facciones desaparecían bajo una espesa capa de carbón, atizaban aquel fuego; y sus rostros enrojecidos por la llama, tenían una apariencia terrífica.

Uno de ellos, sobre todo, de estatura colosal, tenía unos cabellos tupidos y lacios, que el fuego erizaba, y que hacían adivinar un semblante diabólico.

Pero cuál sería mi espanto, cuando al volverse aquel hombre, vi dos ojos de buitre, relampaguear en la sombra; y bajo unos labios gruesos y contraídos dos hileras de dientes agudos y apartados; en fin, una figura que la irradiación de la dicha comenzaba a borrar de mi mente.

¡El hombre color de cobre!

Cuando la reacción del terror, que pegó mis pies al suelo, les hubo restituido su movimiento, huí de aquel sitio, y fuime a refugiar entre Lucy y Alejandro, que se espantaron de mi palidez.

Iba a hablar; iba a decirlo todo a mi hermano, pero como siempre detúvome el temor de suscitar un conflicto entre él y ese hombre espantoso: temor fatal que ha causado todo este desastre.

Callé, pues, y aterrada encerreme en mi camarote.

La fatiga del espíritu habíame adormecido y me agobiaba una horrible pesadilla. Un mar de fuego rielaba sobre mi cabeza en torbellinos de llamas: gritos tumultuosos me ensordecían, mezclándose a ellos lamentos y maldiciones. El aire que aspiraba era cálido y sofocante; y una extraña opresión abrumaba mi pecho.

De súbito despertome un fuerte golpe.

La puerta del camarote cayó, dando paso, entre una bocanada de fuego, a un hombre que llevaba en uno de sus brazos el cuerpo inerte de una mujer desmayada y que tomándome a mí en el otro, arrancome a las voraces llamas del incendio que devoraba el buque.

Era Alejandro que salvaba a su esposa y a su hermana.

Pero en el momento que llegaba al portalón para arrojarse con nosotros al agua, yo que me reclinaba en su hombro vi alzarse una figura negra, colosal, terrible que haciendo remolinear en el aire dos mazas de plomo pendientes de dos cordeles, dejolos caer sobre las cabezas reunidas de mi hermano y su novia, derribándolos muertos a sus pies...

El frío del agua me volvió en mi acuerdo. Abrí los ojos y vi fulgurar, casi pegados a mi rostro, dos ojos de buitre y una espantosa sonrisa mostrome los dientes agudos del hombre color de cobre.

Me llevaba en sus brazos y nadaba a la orilla donde enviaba una señal, con un grito ronco y siniestro.

El terror me dio fuerzas. Hice un movimiento brusco, escapeme de entre sus manos y me dejé caer al fondo del agua.

Cuando mis pies tocaron la arena limosa del fondo -continuó Estela- dejeme arrastrar corriente abajo por el ímpetu de la onda, hasta que exhausta de aliento, hube de ir a buscarlo a la superficie del agua.

Encontreme en medio del río, envuelta en profunda oscuridad, escuchando por todos lados gritos de angustia, gemidos de agonía. La memoria me había abandonado. ¿Cómo me encontraba allí? ¿Qué había sucedido? Lo ignoraba. Sabía, solo, que huía de un espíritu maléfico a cuyo poder había escapado. ¿Cómo? Ignorábalo igualmente: mas, poseída de terror, apenas osaba asomar la cabeza fuera del agua lo bastante para aspirar un poco de aire; y nadaba, cortando la corriente con la fuerza que me prestaba el miedo. ¡Ah! cuando en días más felices, triscando con mis compañeras en la deliciosa ensenada de Chorrillos, aprendía de Ceferino el arte de la natación, ¿quién me dijera que había de servirme para salvar la vida y la honra?

Alcancé por fin, la orilla, escarpada en aquel paraje y cubierta de zarzas, que hundían en el agua sus espinosas ramas.

Fatigada, exánime, falta de aliento, asilas con ansiosa mano; pero las solté al punto y retrocedí espantada.

¡Enredábase en ellas una larga cabellera, que sostenía flotante el cuerpo de una mujer ya cadáver; era Lucy!...

Al volver de un síncope cuya duración no puedo calcular, encontreme arrojada por las olas sobre una playa desierta sombreada de altos jarales. Mis miembros entumecidos, carecían de movimiento. Un silencio sepulcral reinaba en torno, interrumpido solo por el murmullo de la corriente y el chillido de las aves nocturnas.

Procuré levantarme, y me arrastré hasta lo más tupido de la maleza. La oscuridad, el dolor y el miedo, forjaban en torno mío visiones que me aterraban.

De repente llegó a mis oídos, lejano, pero distinto, aterrador, el grito salvaje del hombre color de cobre; y a poco, un grupo de jinetes pasó cerca de mí, haciendo chispear los guijarros con los acerados cascos de sus caballos.