Chapter 3
Estela comprendió lo que pasaba en mi alma y no insistió más.
Apoyados en la borda, el uno al lado del otro; sobre nuestra cabeza el cielo estrellado y a nuestros pies la rizada corriente; gozosos de hallarnos reunidos cuando menos lo esperábamos; bogando, sobre un palacio de hadas, en un magnífico río, encerrado entre floridas praderas, volvimos a ser los niños alegres de antes. Nuestra separación, el incendio y sus horribles peripecias; y hasta el recuerdo del ser extraño, cuya obsesión atormentaba a Estela, se borraron de nuestra mente, para dar lugar a las plácidas imágenes con que la dicha acaricia a sus elegidos.
Habíase iluminado la galería con vistosas lámparas, y presentaba un aspecto animado y pintoresco.
Estela y yo, asidos de las manos recorríamosla, inspeccionando los heterogéneos grupos que la llenaban. Aquí un corro de fumadores, yankees, estirados en mullidos sillones, y los pies sobre una mesa, enviaban al aire en perfumadas espirales el humo de sus habanos; allí, sobre los cojines de un diván, un congreso femenino discutía a media voz, sobre modas y saraos. Mas allá, en medio de un círculo de curiosos, sosteníase con encarnizamiento una partida de ajedrez. Más lejos, aun, el ruido fatídico del cubilete, agitado por manos calenturientas, anunciaba el juego supremo, el terrible monte.
Detuvímonos a contemplar este grupo.
Componíanlo, el capitán del vapor, dos canadenses y un mejicano. El juego se hallaba fuertemente interesado, y mediaban crecidas puestas. Muy luego, la suerte se inclinó con un favor obstinado del lado del capitán y de uno de los canadenses, a cuyas manos fue a parar todo el oro de la mesa.
El mejicano se levantó al parecer sofocado por una violenta emoción; pidió permiso para ir un momento a tomar el aire, y se alejó. En ese momento trajeron té, y hubo un corto receso.
A poco, volvió el mejicano. Habíase tranquilizado; y con las manos cruzadas a la espalda miraba fijamente los dados, arrojados sobre el tapiz.
-Capitán -dijo, volviéndose a éste-, déme usted un gusto.
-No tiene usted sino pedir.
-Permítame usted besar estos dados, que tanto oro me han quitado.
-Dueño es usted de hacerlo.
Entonces, cruzado de brazos como se hallaba, el mejicano, inclinándose hasta tocar con el labio los dados, besolos con gravedad cómica.
Todos, hasta el otro perdido se rieron de aquella excentricidad. Pero el mejicano, imperturbablemente serio, fue a sentarse al lado de este.
-Pues, señor -dijo, marcando con lentitud cada una de sus palabras-, no siento perder mi dinero; sino perderlo, ganado con dados falsos.
-¡Falsos! -exclamó indignado el capitán, arrojando su taza-. ¿Quién osa dudar de mí? Los dados son míos, y yo los declaro buenos.
-¡Y bien! -replicó el mejicano en son de burla-, si tal convicción asiste a usted, nada más fácil que partirlos.
-¡Un cuchillo! -gritó el capitán-. Pero, ten entendido, infame calumniador, que su segunda función será cortarte la lengua.
Traído el cuchillo, cogiolo el capitán, y del primer machetazo dividió un dado en dos partes, que mostraron su diámetro de marfil limpio de toda culpa.
El capitán asestó un golpe al otro dado pero el cuchillo se le cayó de la mano. El dado estaba relleno de azogue.
-¡Infamia! -exclamó el capitán, pálido de rabia-. ¡Cómo han podido hacerme este cambio! mis dados estaban guardados bajo esta llave.
Y mostró una que llevaba entre los sellos del reloj.
Pero Estela, cuyos ojos eran tan despabilados como bellos, había visto que el mejicano, en vez de besar el dado lo engullía, dejando otro en lugar suyo.
El capitán devolvió las sumas que había ganado, y en un arrebato de caballeresca indignación, arrojó al agua el dinero con que entrara en juego.
Era un yankee en toda la espléndida acepción de esta palabra; extremado en todo, esencialmente en lo que mira al honor.
Con él viajaba su hija, una lindísima joven, que desde la primera vista se aficionó tiernamente de Estela, quien no menos se prendó de la graciosa yankecita.
Entre este doble cariño, mediaba una dificultad; ninguna de las dos sabía la lengua de la otra. Pero sus ojos, negros y azules hablaban el mismo idioma de sonrisas, y se comprendían a maravilla.
En ese momento, las señoras del diván se cansaron de charlar, y se acercaron al piano. Una de ellas, preludiando con un diestro arpegio tocó el valse La festa del cuarto acto de Hernani.
Al escuchar aquella música, de tan profundo efecto para los oídos americanos, las dos amigas se miraron sonriendo: ambas se habían adivinado.
Estela, con la rapidez de ademán que le era habitual, arrebató de la blonda cabeza de la yankee el calañez de terciopelo azul que la adornaba, quitole el largo velo blanco, y lo prendió sobre aquellos rubios cabellos, calándose ella el gracioso sombrerito. Luego, puso el brazo de su amiga sobre el suyo, y dando a su actitud un aire teatral de cortesana galantería, adelantose con ella al centro del círculo.
Su llegada produjo un grande entusiasmo. Las señoras despejaron; y retirándose entre las columnas de la galería, entonaron el canto lejano de los coros.
La pianista, encantada de aquella feliz ocurrencia que le permitía lucirse en su acompañamiento, comenzó su ejecución. «Cessari, y suoni...»,
cantó Estela, en un contralto admirable. «He come gli astri, Elvira mia, sorrider sembrano al felice imené...»,
continuó arrebatando de entusiasmo al auditorio. «Cosí brillar vedeali...»,
respondió el soprano dulcísimo de la joven yankee.
Imposible sería pintar el mágico efecto producido por ese canto, que se elevaba en medio de la noche mezclándose al murmullo de la corriente y al rumor de los vecinos bosques, a favor del silencio con que se le escuchaba. Pasada la primera emoción, numerosos bravos estallaron en toda la extensión de la galería, en tanto que el acompañamiento ejecutaba el ritornello. «Sí, sí, per sempre tuo...»,
cantó, en fin, Estela. Y uniéndose las dos voces, entonaron el dúo. «Fino al sospiro estremo»,
terminando con la terrible imprecación «¡Maledizione di Dio!».
Y uniendo a la voz el ademán, Estela tendió la mano hacia el vacío, y cantó: «Non vedi, Elvira, un infernal sogghigno?».
Pero de súbito, le vimos palidecer, dar un gritó y caer sin sentido.
Mientras los pasajeros del «Nuevo Mundo» atraídos por las melodías de Verdi, escuchaban a las jóvenes dilettanti, un vapor de la nueva línea, forzando sus máquinas para adelantársele, pasó pegándose tan cerca a sus costados, que uno de sus pasajeros dio un salto y se trasbordó.
Era el hombre color de cobre, que apareció de repente a Estela, como el fatídico enmascarado del drama.
-He ahí Falkand el filibustero -dijo al verlo, un viejo marinero.
-¡Qué! si es Murder ojo de azor -replicó el cazador de panteras.
-Si no fuera un imposible -observó un joven sonorense-, diría que estoy viendo al jefe de las bandas navajoes, al terrible Tobahoa, el de las mil cabelleras... que casi, casi, con la mía contó las mil y una.
Y mostró, a los que esto decía, lo alto de su frente rayada por una cicatriz profunda.
Pero el hombre reconocido en tan diversas personalidades, desapareció como había venido.
En tanto que nos ocupábamos en socorrer a Estela, el vapor se detenía en San Pablo y en Venecia, donde se embarcaron nuevos pasajeros.
Al volver de un largo desmayo, Estela fijó en mí una mirada angustiosa, que comprendí desde luego: temía que yo le hubiera dicho todo a su hermano. Estreché su mano para tranquilizarla, y ella me dio gracias por mi silencio. Pero desde entonces tornose triste y meditabunda, sin que los cuidados de su hermano ni la tierna amistad de la hija del capitán, pudieran arrancarla a la sombría preocupación que la embargaba.
Llegamos, en fin, al Sacramento, preciosa ciudad, que comenzaba a crecer y derramarse en una florida y pintoresca llanura, tendida como un tapiz al pie de los altos montes que le envían mezclados a las aguas que la riegan, los tesoros que esconde su seno.
Forzoso fue separarme de mis amigos. Estela se echó llorando en mis brazos.
-Andrés -me dijo-. Un presentimiento me advierte que tengo cerca una gran desgracia. Ruega, a Dios por mí.
Abrazome otra vez, y se alejó sollozando.
En tanto que mi joven compañero me refería sus recuerdos, la capilla subterránea había recibido nuevos huéspedes. Dos mineros de Corocoro, y un barítono italiano, cargados de sus sacos de noche y las caronas de sus cabalgaduras, coláronse dentro; formaron de todo ello una especie de diván, y cómodamente arrellenados, fumando sus cigarros, escuchaban ellos también, con profundo interés aquella historia.
Sin embargo, el narrador, absorto en las visiones del pasado, ni siquiera se apercibió de aquel aumento de auditorio.
Pocos días después -continuó- nos hallábamos a orillas del río Americano, haciendo parte de un pueblo extraño, hosco, taciturno, haraposo, diseminado entre las quiebras pizarrosas de aquellas márgenes, y excavándolas con febril actividad. Dividíase en dos campos, formados por nacionalidades recíprocamente hostiles.
Era el uno el campo de los chilenos: el otro era el de los yankees.
Sangrientos combates habían ya tenido lugar antes de nuestra llegada; combates cuyas funestas consecuencias señalaban numerosas cruces plantadas sobre montículos de tierra al borde de los senderos.
Un puesto, o placer, la posesión de un utensilio, la mirada de una mujer, todo esto, y mucho menos, era pretexto a tremendas riñas, en que los norteamericanos caían sobre los chilenos, o viceversa; y los revólveres de los unos, y los puñales de los otros, dejaban sangrientas huellas en ambos cuerpos.
Los chilenos cortaban las orejas a sus prisioneros; los yankees, volviendo oprobio por oprobio, los marcaban en la frente.
Sin embargo, y al través de tantos peligros, millones de hombres, encorvados sobre esa tierra bañada de sangre, los ojos encandilados por la codicia, mudos, desconfiados, sombríos, buscaban entre la arena húmeda que removía su barreta, la áurea centella que arrancaba un grito de gozo, reprimido por el temor. Sí, porque ¡ay de aquel que siquiera dejara sospechar un hallazgo! su muerte era segura: pululaban allí centenares de bandidos, que, disfrazados con la blusa del obrero, se arrojaban sobre él, y hacían desaparecer hasta su mismo cadáver.
Al llegar a los placeres, era necesario elegir entre uno u otro campo. El que aislaba su habitación queriendo permanecer neutral, era perdido: unos y otros lo arruinaban. Achacábanle todos los desmanes anónimos cometidos allí, y aplicándole la ley de Lynch, en dos por tres lo despabilaban.
En vista de estas consideraciones, y no queriendo llevar entre los suyos a sus jóvenes trabajadores, por razones que yacían en su mente, Samuel se situó en Black hill, donde los norteamericanos tenían sus placeres y su campo.
A la mañana siguiente, antes de ponernos al trabajo, Samuel reunió a los niños.
Amiguitos les dijo -véome forzado a modificar mis condiciones anteriores; condiciones dictadas por esperanzas que la realidad ha también, grandemente modificado. El salario estipulado en nuestras convenciones, lo tomareis en el trabajo del domingo, que os cedo todo entero, a condición de que será para mí en el resto de la semana.
-Pero, si nosotros somos libres, y queremos trabajar por cuenta nuestra.
-¿Libres? ¡ah! ¿hijos míos, y quién me paga a mí el viaje de cada uno de vosotros, que me cuesta un dineral? ¡Libres! nadie lo es en este mundo, en donde, más o menos, todos dependemos los unos de los otros. Por lo demás, nada tendréis que echar de menos: estaréis bien alimentados, cómodamente alojados, vigilados, para apartaros de las malas compañías, y sobre todo, queridos.
Los pobres muchachos agacharon la cabeza.
-En cuanto a ti, mi Andresino, ¡oh! en cuanto a ti es diferente. Mírote como hijo mío. Y ¿no es natural que el hijo trabaje para su padre, restricción ni interés?
-¿Y mi madre? -dije yo, profundamente inquieto por el sesgo que el judío daba a sus palabras.
-¡Tu madre! ¿No sabes pues, cuantos recursos tiene a su disposición aquella excelente señora? En primer lugar su amor al trabajo; la actividad y fortaleza de su ánimo; y más que todo, su sobriedad. ¿Para qué quiere ella nada?
-¡Cómo! ¿ha de carecer mi madre del sueldo que debo ganar para ella?
-Conságrale el trabajo del domingo. Tu religión, menos severa que la mía, no lo proscribe del día del Señor.
Comprendí cuán inútil era discutir sobre tal asunto con aquel miserable especulador, y resolví atenerme a mí solo para aliviar la suerte de mi madre.
Bajo la dirección de Samuel, los noveles trabajadores tuvieron aquel día un magnífico resultado. Desviada la corriente de un arroyuelo que se arrastraba formando numerosos meandros entre las quiebras de Black hill, encontráronse bajo su lecho de cuarzo, ricos depósitos, que se prolongaban, aumentándose, hasta los bordes del río.
Al cabo de un mes, Samuel había realizado fuertes sumas, que enviaba sucesivamente a Isacar, destinadas a las especulaciones de su comercio. Al fin de cada semana, hacía su viaje de remesa a Sacramento de donde volvía cada vez más contento por las noticias que le daba su socio.
A pesar del buen suceso obtenido por mis compañeros en la parte baja de la cañada, yo rehusé siempre asociarme a sus trabajos. Gustábame aislar el mío; y remontaba el curso del arroyo, hasta donde la cañada, estrechándose de repente, encajonaba la corriente entre dos muros de pizarra, que aglomeraban sus negras capas en un declive rápido formando el agua elevados saltos.
En las cavidades de esta especie de cataratas había yo encontrado gruesas pepas de oro, que aunque raras me hacían creer en la existencia de uno de esos maravillosos bolsones, ensueños de los buscadores de oro en aquellas regiones.
Mi trabajo prosperaba extraordinariamente. En menos de tres meses las cascadas del arroyo me habían dado más oro del que hubiera necesitado para hacer mi fortuna. Pero, del que mis manos extraían solo me pertenecía el que hallara el domingo. Y como si un poder enemigo se mezclase en ello, el producto de mi jornada, cuantioso los otros días, era en este, exiguo y mezquino.
Guardábalo, sin embargo, religiosamente y privándome hasta de lo más preciso, podía al fin del mes cambiarlo por una gruesa pepa de oro, que enviaba al cónsul del Perú en San Francisco, para que la remitiera a mi madre.
Entretanto la época del deshielo había llegado; y las inundaciones cubriendo los campos, destruyeron las vías de comunicación, e hicieron casi imposible el tránsito.
La escasez no tardó en hacerse sentir, y el hambre le siguió de cerca. Los víveres subieron a un precio fabuloso; el pan y la carne fueron solo para el que podía poner en la balanza su peso en oro, y aun así, se los disputaban, revólver o puñal en mano.
La penuria general fue para nosotros una verdadera calamidad. Samuel faltó al artículo capital de su segundo tratado. Arrastrado por la codicia, vendió los víveres que guardaba para nuestra manutención, y nos mataba de hambre; bien es verdad, que procurando sazonar con pintoresca elocuencia nuestro homeopático alimento.
-Probad, queriditos míos -decía con su dulcísima voz-, probad este arroz tan exquisito, que para vosotros han aderezado mis manos. ¿Hay algo tan limpio y tan sabroso? ¿Sentís el rico perfume que exhala? Es un manojito de tomillo que cogí en aquella hondonada y lo hice cocer a vapor entre el grano y la cubierta de la olla. Paladead su parte grasosa: es mantequilla de Suiza (eran chorreras de velas de esperma que le vendía por nada el sirviente de un tibolí), que ayer compré al fondista del Gran Pino. Comed, comed, hijos, que para ello se hacen las cosas buenas.
Y uniendo a sus palabras el ejemplo, comía con un regodeo, que habría despertado el apetito a un muerto.
Sin embargo, al cabo de quince días de aquel régimen cenobítico, Samuel y yo nos habíamos quedado solos en Black hill. Los muchachos habían desertado, uno, tras otro al campo de sus compatriotas.
El judío deploraba aquella deserción con apasionadas palabras.
-¡Ingratos! -decía- ¡criaturas hechas para mal! ¡Preferir a la amorosa blandura de mi trato, la compañía de esos desalmados! ¡Oh! ¡recoged, educad, habituaos a seres, que os abandonarán el mejor día, dejándoos una herida en el corazón!
Sin embargo, aquellos niños le habían dado en un trabajo de cuatro meses, cantidades inmensas de oro, que elevaban muy alto la cifra de su fortuna.
Samuel imitó mi ejemplo, y llevó su trabajo a la angostura del arroyo.
Cedile mi puesto, y subí hasta un paraje donde el arroyo formaba un recodo socavado en la roca por el curso torrentoso de las aguas, que corrían allí con rapidez, sobre un lecho de pizarra y de cuarzo.
Un poco más abajo, esta capa de pizarra quebrada en anchos trozos, abría a la corriente numerosas cavidades en que se perdía murmurando, para reaparecer después derramándose entre pintados guijarros.
Dejé a un lado mi barreta, y sentándome sobre un trozo de pizarra hundí la mano en uno de esos pequeños remansos. ¡Retirela llena de oro! Hundila sucesivamente en todos los otros. ¡Oro! ¡oro! ¡siempre oro!
Aquel día fue magnífico. Era un sábado.
Un sábado, es decir, víspera del día consagrado a mi madre.
El resultado de mi jornada pasmó a Samuel, que exclamó:
-¡Una semana más, y compramos Canaan, la perdida patria!
Él pensaba en su patria; yo en mi madre.
Aquella noche no pude dormir. Las rientes visiones de una felicidad próxima, revoloteaban en torno mío, tendiéndome los brazos y señalándome la luz del nuevo día, que iba a realizarla.
Hacia el amanecer, entre el pesado marasmo que sucedió al insomnio, pareciome escuchar un ruido confuso, semejante al de un torrente, que yo creí el zumbido de la sangre en mi cerebro.
El primer albor de la mañana me encontró a la orilla del arrollo; los brazos caídos, y en actitud de desaliento.
Las auríferas cavidades de donde la víspera extraje tantas riquezas, habían desaparecido, con los trozos de roca que las formaban. El ruido que en sueños escuché, era una avalancha, que despeñándose de lo alto de las montañas, lo había arrastrado todo hacia las olas tumultuosas del río Americano.
El radiante ensueño de la víspera se había desvanecido en el momento que iba a asirlo y tornarlo realidad. La hora con tanto anhelo deseada de ver a Estela, y volver al lado de mi madre, retrocedía hasta perderse en vagas lontananzas.
Senteme en el recodo sombrío del arroyo con el cuerpo y alma quebrantados, y la mirada maquinalmente fija en el negro cauce, cuyos bordes, dejados en seco, pasado el ímpetu de la avalancha, comenzaban a orearse, y tomar su azulado tinte.
Ignoro cuánto tiempo permanecí allí, abismado en negros pensamientos. El sol penetrando entre las ramas de un pino que se alzaba sobre la roca, deslizó uno de sus rayos en la oscuridad del recodo.
De repente, un pensamiento rápido y fulguroso como un relámpago, cruzó mi mente.
Alceme de un salto, y cogiendo la barreta, di un fuerte golpe en el borde saliente del cauce. La capa de pizarra que lo formaba saltó en trozos, descubriendo un ancho hueco, de cuyo fondo salieron resplandores que me deslumbraron.
Producíanlos enormes cantidades de oro, depositadas allí, aglomeradas sin duda, durante siglos por la acción de alguna corriente subterránea.
El fabuloso bolsón buscado en vano por mineros de profesión, habíalo encontrado yo, niño débil o inexperto; lo tenía delante, y de pie, inmóvil, contemplaba aquella materia preciosa, que el sol hacía irradiar bajo la negra pizarra del cauce; y las alegrías y temores del rico, invadían mi alma. No era oro lo que mis ojos veían en el tesoro maravilloso que tenía a los pies: era la felicidad de mi madre, la de Estela, el gozo de ser libre para volver a verlas, unirnos en una sola familia, y no separarnos jamás.
Pero ¿cómo extraer aquel tesoro? ¿cómo ocultar su posesión a millares de aventureros que rodeaban en torno a los placeres simulando los hábitos del trabajo, para mejor acechar la ocasión de entregarse a sus rapiñas?
Sin embargo, preciso era decidirse, y sobre todo, darse prisa.
Con el cuello tendido y la mirada, alerta, descendí el curso del arroyo, y me adelanté hasta el campo.
Hallábase silencioso, casi desierto: los trabajadores festejaban el domingo en las tabernas vecinas o en los bosques, dando caza a las aves y a las fieras. Samuel mismo, encantado de la valiosa cosecha de la víspera, habíase dado asueto, y jugaba al dominó en la fonda de un paisano.
Corrí a nuestra habitación, que era una tienda de esteras, donde Samuel y yo dormíamos: apartó la piel de búfalo que me servía de cama, y abrí en el suelo un hoyo de profundidad suficiente para guardar mi tesoro. Volví a colocar la piel en su lugar, y para disimular la tierra extraída eché sobre ella un montón de ropa.
Enseguida, enrollando una blusa de lona guarnecida de fuertes bolsillos, emboceme en un serape mejicano, y volví al recodo del arroyo.
Siete veces los anchos y profundos bolsillos de mi blusa, y el paño delantero del serape llenáronse de oro, y otras tantas desapareció en el hoyo oculto bajo la piel de búfalo.
Pero el receptáculo era inmenso. Extendíase al parecer bajo todo el lecho del arroyo, en la anchura del recodo; y su profundidad en la margen hacía conjeturar lo que tendría al centro del cauce.
Aquello era maravilloso. La deslumbrante realidad dejaba muy atrás las esperanzas del judío; no en una semana: en las doce horas del lunes que llegaba, Canaan era suyo.
Entretanto, el sol se había puesto y rumores lejanos anunciaban la vuelta de los trabajadores.
Corrí al campo, deposité en el hoyo el contenido de mi último viaje; arrojé lejos la tierra, que ahora reemplazaban masas enormes de oro, y volviéndolo todo a su orden habitual en la tienda, rendido de fatiga, pero el alma cerniéndose en espacios infinitos, tendime en mi cama y cerré los ojos, menos que para dormir para entregarme a mis pensamientos. Interrumpiolos Samuel, entrando en la tienda muy alegre, en una mano un pastel, y en la otra una botella de Champagne.
-Andresino mío -dijo con acento cariñoso-. El suizo del Encenar me ha referido el contratiempo que ha sufrido tu trabajo en la pasada noche: la avalancha te lo ha inutilizado. Pero no importa: eres inteligente: buscarás otro, y lo hallarás. Lo principal esta ganado. ¿No has dado ayer a tu amigo una verdadera riqueza? Catorce arrobas de oro he mandado hoy a Isacar, incluidas a la remesa de la compañía Hobber. A esta hora están marchando a San Francisco.
Entretanto, hijo mío, gusta este bocadito que separé para ti, y mójalo con un vaso de Champagne que tan bien debe sentar después de un día de trabajo.
Recordé entonces que me hallaba en ayunas. Las emociones tumultuosas del día habían hecho enmudecer la voz siempre tan exigente del estómago infantil.
Comí el pastel sin apetito; pero en cuanto al Champagne levanté en alto el vaso, y convidando a Samuel.
-¡A la salud de mi madre! ¡a la de Estela! ¡a la dicha que va a darnos la opulencia!
Samuel creyó ver en este último brindis, una alusión inquietante, y lo terminó, contestando:
-¡Cuando la hayas encontrado!
Reí de aquella observación, pensando en la espléndida sorpresa que reservaba yo al judío, y apuré con ansia calenturienta el contenido del vaso.
Los humos del champagne paralizaron poco a poco en mi mente la acción febril del pensamiento. Quedeme, al fin, dormido; pero con un sueño pesado como un letargo, y poblado de caprichosas visiones.
Bandadas de salteadores, puñal en mano, escalando las paredes de mi cerebro, se arrojaban sobre mí; los unos, mirándome con los siniestros ojos del judío Isacar: los otros haciendo brillar en satánicas sonrisas los dientes agudos del hombre color de cobre. Y con la avidez de la codicia pintada en el semblante, abrían mi pecho para buscar al través de mis entrañas el escondido tesoro.
Una mano, posándose en mi hombro, disipó aquella fatigosa pesadilla.
Era Samuel, que estaba gritándome: