Sign Language Among North American Indians Compared With That Among Other Peoples And Deaf-Mutes First Annual Report of the Bureau of Ethnology to the Secretary of the Smithsonian Institution, 1879-1880, Government Printing Office, Washington, 1881, pages 263-552

Chapter 2

Chapter 24,004 wordsPublic domain

En efecto, desde el primer día de nuestro conocimiento, me declaré el caballero sirviente de Estela. La cedí mi camarote; servíale en la mesa; y contrariando la ruin cicatería de los judíos rodeábala de todo el bienestar que podía procurarse a bordo. Coloqué para ella mullidos asientos sobre cubierta, y allí pasábamos largas veladas en dulce contemplación, siguiendo con los ojos el curso de las estrellas, y las fosforescentes olas del Océano...

¡Perdón! estoy abusando de la atención de uste con estos detalles pueriles. ¡Ah! ¡me es tan grato detener la mente en esos recuerdos, que han dejado una huella luminosa en mi existencia!

Una avería en el timón, nos obligó a hacer rumbo a Panamá y detenernos allí dos días para repararla.

Encontramos las calles, casas y hoteles invadidos por un mundo de emigrantes yankees de todas clases y comuniones: militares, filibusteros, cazadores de las praderas; metodistas, cuákeros, mormones, espiritistas que de paso a California, hacían de la ciudad un verdadero pandemónium, entregándose a toda suerte de excentricidad.

Ya era uno que, formando un montón de piedras, subíase encima y predicaba su doctrina política o religiosa; ya otros mil que llegaban caían sobre él, lo derribaban de su pedestal, y con aquellas mismas piedras lo magullaban hasta dejarlo semimuerto. Por aquí, dos pugilistas se hacen saltar los ojos a puñetazos; por allí un par de espadachines se atraviesan el cuerpo con una doble estocada, y cayendo sin vida, dejan sus armas a los testigos que continúan la pelea, despachando dos o tres al otro mundo, y van a acabar aquel negocio bebiendo sendos tragos en honor de los difuntos.

Estas escenas, y el aspecto de sus protagonistas me llenaron de asombro; pero luego tuve ocasión de conocer que de todas esas formidables peripecias se compone la existencia normal de ese pueblo yankee, gigante en todo, desde las virtudes hasta la extravagancia.

Entre esos hombres, notábase uno, menos por su estatura atlética, que por la diferencia de raza y fisonomía. Tenía la tez cobriza, los cabellos negros, abundantes y lacios, los dientes blancos apartados, agudos: y unos ojos de buitre, que se fijaron en Estela con ansiosa codicia.

Por una misteriosa intuición, la vista de ese hombre produjo en mí un sentimiento de odio, cual si hubiera reconocido en él un enemigo. Estela misma, acostumbrada como limeña, a arrostrar con regia serenidad las ardientes ojeadas que atrae la belleza, sintiose sobrecogida de espanto, bajo esa mirada negra, pertinaz, obstinada que encontraba a cada paso, y que la siguió hasta que nos embarcamos.

Cuando nos dábamos a la vela, divisamos todavía aquel hombre, apoyado en el tronco de un cocotero, inmóvil y la vista fija en nuestro buque, hacia el punto en que el blanco velo de Estela ondulaba con la brisa de la tarde.

Alejámonos, y bien pronto las costas de Panamá se desvanecieron entre la bruma del horizonte; pero no así, la impresión de terror que el emigrante había dejado en el ánimo de Estela.

Apoderose de ella una extraña inquietud, un miedo pueril que le obligaba a ir siempre asida al brazo de su hermano.

Cuando quise llevarla a nuestro paseo nocturno de costumbre, me detuvo con un ademán de terror.

-¿Qué temes? -la dije-. ¿No estoy yo a tu lado?

-¡Ay! Andrés -respondió- tú eres un niño, y no podrías defenderme.

-Defenderte de qué, ¿no estás aquí en completa seguridad?

-¡Qué sé yo! Pero ya no me atrevería a quedar un momento allá arriba después de entrada la noche. Me estremezco al pensar que hemos pasado largas veladas sobre cubierta, solos y envueltos en la sombra, dos débiles niños... ¡Andrés!... ¡qué mirada, la de aquel hombre color de cobre! ¿La recuerdas? A mí se me ha quedado grabada en el cerebro. Dormida me parece en sueños: despierta la veo reverberar en el fondo de mi pensamiento, y me turba a todas horas.

La medrosa preocupación que atormentaba a Estela, derramó en nuestra intimidad fraternal una sombra de tristeza que neutralizaba su encanto.

Durante el día, y cuando el sol lo doraba todo con sus alegres rayos, ella la primera reía de sus insensatos terrores, y me prometía desecharlos. Pero desde que caía la tarde y que la sombra de nuestras velas se extendía en largas siluetas sobre el azul oscuro del mar, el gozo de Estela se desvanecía. La pobre niña, triste y meditabunda, encerrábase en su camarote, o bien, pasaba las noches envuelta en una capa, sentada al lado de su hermano, que velaba en el timón.

Alejandro se apercibió del sombrío humor de su compañera, y quiso averiguar la causa; pero ella le ocultó obstinadamente; y usando de la influencia que ejercía en mí, impúsome igual silencio.

La travesía, que hasta entonces fue para mí una serie de días deliciosos, volvióseme tediosa, insoportable, y aun a precio del dolor de alejarme de Estela, anhelaba el término del viaje, que debía separarnos, en la esperanza de que el cambio de atmósfera, y la vista de nuevos objetos, disiparía el extraño pavor que le aquejaba.

En fin, al amanecer una mañana de mayo vimos alzarse en el horizonte una selva de mástiles, sobre la que flotaban las banderas de todas las naciones.

Era la bahía de San Francisco. Habíamos llegado a California, esa tierra, objeto de tantos dorados ensueños.

Al echar el ancla entre aquella innumerable, multitud de naves, notamos que la mayor parte de ellas estaban desiertas y abandonadas. Como esos navíos fantásticos de los cuentos orientales, balanceábanse sobre sus anclas coquetamente empavesadas, pero silenciosas y solitarias.

Muy luego, a nuestro mismo bordo tuvimos la solución de aquel extraño enigma. Una hora después de nuestra llegada, la tripulación entera había desertado, para ir a engrosar las falanges de aventureros que poblaban ya las cañadas auríferas del Sacramento.

Los judíos encontraron reducido su equipaje a los niños chilenos, que, aislados y faltos de medios para fugarse, permanecieron tranquilos; bien es verdad que Samuel, en el temor de que siguieran el ejemplo de los marineros, a vueltas de las más paternales caricias, no los perdía de vista, y los dejó encerrados en la bodega mientras desembarcamos, para buscar alojamiento.

No poco nos costó atracar en los muelles cercados de embarcaciones cargadas de gente, que pugnaba por saltar a tierra.

Al cabo, y después de larga espera, logramos poner el pie sobre aquella anhelada ribera.

Encontramos la playa cubierta de bagajes abandonados de sus dueños, por la carencia de medios de trasporte y de sitios de depósito. Baúles, cajas, sacos de rico tafilete, esparcidos por aquí y allí, obstruían el paso, sin que el pillaje hubiese tocado siquiera sus cerraduras oxidadas por la intemperie. De tal manera, la sed de oro, en su acepción intrínseca, había absorbido toda codicia de detal.

El aspecto de la ciudad no se nos mostró menos extraño que cuanto nos había aparecido desde que divisamos el puerto. Una inmensa toldería de toda clase de telas y colores, desde el oscuro pelo del camello árabe hasta el brocado rojo de la China, se extendía en líneas paralelas a otras, de elegantes construcciones de madera, formando calles interminables, que llenaba un pueblo mixto, turbulento, agitado, cuyo susurro se componía de todos los idiomas de la tierra; desde la sonora lengua de Cervantes, hasta el desapacible cacareo de los macaos; desde el purísimo galo de la Turena hasta el salvaje gruñido del apache.

Pero en aquel cosmopolita emporio de nacionalidades, dominaba siempre el elemento yankee. Yankees eran las posadas; yankees los teatros; yankee la única institución que daba una sombra de garantía a la propiedad y a la vida de los individuos, en aquel formidable choque de personalidades y de intereses contrarios. Todo, en fin, presagiaba que muy luego plantaría allí su estrellado pabellón esa raza de titanes, destinada a escalar el cielo o a hundirse bajo el peso de su misma grandeza.

Caminábamos abriéndonos paso al través de la muchedumbre abigarrada que circulaba en todos sentidos. El teniente Alejandro me había encargado el cuidado de conducir a su hermana: y cargando al hombro el ligero equipaje de esta y el suyo propio, marchaba delante, seguido de Samuel. Nosotros dos veníamos los últimos, asidos de las manos y platicando alegremente.

Estela, encantada de hallarse en tierra, aspiraba con delicia el ambiente perfumado que venía de las vecinas praderas.

Vestida de muselina blanca, y sobre sus largos rizos un sombrerillo de paja, bella y fresca como aquella mañana de primavera, reía, olvidada de sus terrores, con el confiado abandono de la infancia, mezclando a sus risas, gozosas exclamaciones.

-¡Dios mío! ¡qué país tan bello! ¡Mira esas lomas cubiertas de pinos tan altos! ¡Repara en los pies de esa gringa: si creo que se ha calzado nuestras chalupas de a bordo!... ¡Y aquella que va montada en un buey! Mira esa bandada de aves blancas que cruzan el cielo: ¡hasta aquí se oyen sus cantos! ¿Qué es lo que hacen aquellos hombres en torno a una mesa tras de los cristales de este hotel? ¡Están jugando a los dados! Cada uno tiene delante un montón de piedras amarillas... ¡Bah!... ¡el oro de California! ¡Qué semblantes tan airados! De seguro, esta partida va a parar en un combate. Todos esos hombres están armados de revólver... ¡Ah!...

La voz de Estela se ahogó de repente en un grito de terror.

Uno de los jugadores, había levantado la cabeza y fijado en ella sus ojos.

Era el hombre color de cobre que se quedó en Panamá, contemplándola apoyado al tronco de un cocotero.

Pálida, turbada, temblorosa, Estela huyó de allí y fue a colocarse delante de su hermano.

-Y ahora, Andrés -me dijo-, ¿reirás todavía de mis temores? ¡Tú lo has visto: ese hombre dispone de un poder infernal! ¿Cómo es que lo encontramos aquí, habiéndolo dejado en Panamá?

-Nada más sencillo. Recuerda que al dejar el istmo, vimos el vapor Oregón, de viaje a California, entrar en escala a ese puerto.

Pero estas razones, si fueron parte a ahuyentar del ánimo de Estela las ideas supersticiosas, nada pudieron contra el espanto que se había apoderado de ella a la vista del emigrante.

Yo mismo, comencé a sentirme profundamente inquieto del estado en que la veía. Habría dado la mitad de mi vida por tener dos años más, para ir a encontrar a ese hombre y pedirle cuenta del miedo que inspiraba a Estela.

A la entrada de una plazoleta, entre la barraca de un aserrador y la tienda de un licorista, hallamos al fin, un hueco bastante espacioso para plantar nuestras carpas en tanto que se negociaba la venta del cargamento y se hacían los preparativos de nuestro viaje a los placeres del Sacramento.

El momento de la separación había llegado. Alejandro, llevando consigo a su hermana, fuese en busca de Madama Gerard, una modista de Lima recientemente establecida en San Francisco, con quien había de quedar Estela, mientras él iba a las minas.

Seguilos hasta el consulado del Perú, donde se detuvieron, y triste, triste como en la hora que me separé de mi madre, aparteme de ellos para volver a bordo, llevando a Isacar, la orden de desembarque.

El día declinaba; la ciudad que comenzaba a iluminarse tomaba un aspecto fantástico, con sus improvisados palacios de madera, sus orientales tiendas y el inmenso pueblo que llenaba sus calles.

Al atravesar una plaza, divisé un corro de hombres que conferenciaban con aire de misterio.

Vestían el traje de los habitantes de Sonora, envolvíanse en anchos serapes, y hablaban una lengua extraña, compuesta de sonidos agrestes como los rumores de una selva.

Al costear el grupo, descubrí a pesar del embozo, rostros pintados con el tinte rojo y negro de los navajos. Aquellos hombres eran salvajes disfrazados.

En el centro del corro, y hablando con vehemente ademán un hombre de elevada estatura cautivaba la atención de los rostros tatuados, que vueltos a él, y haciéndole círculo, escuchábanlo con muestras de entusiasmo y sumisión.

El sombrero y el serape ocultaban su rostro; pero no tuve necesidad de verlo para reconocer al fatídico personaje que atemorizaba a Estela, al hombre color de cobre. Aun más: en las facciones de este y las de sus compañeros noté una sorprendente afinidad de raza. Los ojos que relampagueaban a la sombra de los negros arabescos del tatuaje, tenían el mismo resplandor bravío y siniestro de aquellos ojos que habían fascinado a Estela; igualmente agudos y separados eran, los dientes que blanqueaban entre aquellas bocas contraídas por la atención dada a ese hombre que les hablaba en su bárbaro idioma, con la rapidez y soltura de la lengua materna.

Ayer, pasando del Atlántico al Pacífico unido a una falange de aventureros; hoy entre elegantes tahures, alrededor de un tapiz verde, jugando montones de oro; y ahora en fin, conferenciando, misteriosamente rebozado en un disfraz, con los hijos de una tribu réproba. ¿Quién era pues ese hombre?

Alejeme de allí, preocupado de una vaga zozobra. El extraño espanto que aquel hombre había inspirado a Estela, comenzó a presentárseme como el presentimiento, o por mejor decir, la intuición de un peligro inminente. ¿Cuál? Yo no podía señalarlo. Mirar a una mujer, sobre todo, si es linda; seguirla, nada más natural. Sin embargo, recordando aquella mirada que había sobrecogido a Estela en la plaza de Panamá, y que acababa de aterrarla al través de los cristales del hotel, encontré en ella, mezclada a impetuosos deseos, una resolución decidida, inexorable amenazante en su sombría fijeza.

En vez de ir a bordo, regresé a buscar a Estela en el consulado peruano. Mas no estaba allí, su hermano la había llevado a casa de madama Gerard. Pero aunque esta tenía un almacén de modas, fueme imposible descubrirlo, en aquel dédalo de calles y callejuelas.

En fin, reflexionando que no era ya el compañero de Estela, sino el dependiente de Samuel Tradi, forzoso me fue sobreponerme al inquieto anhelo que me llamaba a velar cerca de ella; y poniendo, como dice el vulgo, una piedra sobre el corazón, volver al desempeño de mi comisión a bordo. Entonces, solamente, conocí cuanto se había allegado mi corazón a esa amiga de ayer, arrojada por la casualidad sobre mi camino; y nunca tampoco hasta entonces pareciome tan odiosa esa sujeción del albedrío a la ajena voluntad, que hace del hombre un ser pasivo y una nulidad de su poderoso querer.

Encontré a Isacar sobre cubierta, en compañía de tres hombres tan parecidos a él en la expresión de la fisonomía, que se les habría creído parientes suyos, o cuando menos, antiguos camaradas. Hablaban con animación, y al parecer, discutían un proyecto.

El ruido de sus voces, y la preocupación que los absorbía, impidioles apercibirse de mi llegada, que de pronto desconcertó a Isacar. Pero el astuto calabrés se repuso luego, y reanudando, o fingiendo reanudar la interrumpida plática, dio cima a una cuestión que versaba sobre náutica, y despidió así a sus mal encarados acompañantes.

Dos días después, nuestro cargamento estaba vendido y todo preparado para el viaje al interior.

Isacar quedaba al mando del buque, bergantín fuerte y velero, con el que hacía viajes de transporte a los puertos del Sur. Samuel marchaba con nosotros a los placeres del Sacramento.

Temiendo los subidos precios del pasaje, el judío, había dispuesto el viaje por tierra, y comprado un carro en que debíamos ir amontonados él, yo, los muchachos y los útiles necesarios a la extracción y lavaje del oro.

Pero cuando todo estaba preparado para la marcha planteose una nueva línea de vapores fluviales, que entró en competencia con la ya establecida; y he aquí a esta, rebajando sus pasajes hasta lo ínfimo, y la otra, dándolos gratis para desbancarla.

Esta circunstancia fue parte a que Samuel cambiara de idea, y resolviese embarcarse. Pero se guardó bien de tomar pasaje en los vapores que los obsequiaba; pues temía una revancha de aquella excéntrica liberalidad: concertolo, sobre manera módico a bordo del «Nuevo Mundo» hermoso vapor, lujosamente condecorado, perteneciente a la primera empresa.

Entretanto, yo ignoraba el paradero de Estela y hallábame devorado de ansiedad. ¿Partiría sin verla? ¿Alejaríame sin confiar a su hermano los siniestros recelos que me preocupaban?

Sin embargo, pasaban los días, y el de la marcha se acercaba, y llegó la Víspera sin que hubiese podido saber nada de ellos.

Dormía yo aquella noche, un sueño inquieto, poblado de visiones y pesadillas, cuando vino a despertarme un rumor extraño, mezclado de gritos, de imprecaciones y gemidos. Precipiteme hacia fuera; y la vista del espectáculo que se ofreció a mis ojos, me arrancó este gritó de terror: ¡Estela!

Un mar de fuego arremolinaba sobre la ciudad sus gigantescas llamas, que impelidas por una fuerte brisa de Este, envolvíanlo todo en humeantes torbellinos, extendiéndose con prodigiosa rapidez hasta el puerto. Bandadas de pueblo, agitándose entre el humo y los torrentes de chispas atravesaban la encendida zona, completando el infernal aspecto de aquel cuadro.

-¡Estela! -exclamé, y arrojeme a las llamas.

Los elegantes edificios que al llegar cautivaron mis miradas, desplomábanse en torno mío, sepultando bajo sus ardientes escombros la multitud, que huyendo del fuego se precipitaba en las calles.

El corazón palpitante, el oído atento, los ojos deslumbrados por las llamas, el aliento sofocado por el humo, corría yo, abriéndome paso entre la muchedumbre clamorosa, vagando al acaso, sin saber dónde dirigir mis pasos, cayendo, alzándome, pero corriendo siempre, y llamando a Estela con gritos ahogados por el hálito candente del incendio.

En un momento que, arrebatado por el empuje de la turba, corría con ella, sin que mis pies tocaran el suelo, cruceme con un hombre de alta estatura, que llevando en brazos un cuerpo envuelto en una sábana marchaba en sentido inverso. Su imponente busto dominaba a la multitud, cuya corriente cortaba con seguro paso.

La ola humana que me arrebataba, llevome cerca de él, y tuve tiempo de reconocerlo. Era el hombre cobrizo de los agudos dientes.

Un grito de rabia se exhaló de mi pecho; y haciendo un supremo esfuerzo, logré asir el cuerpo que llevaba entre sus brazos. Pero la fuerza que me arrastraba me impelió a larga distancia; y derramándose en el recinto de una plaza dejome en tierra, con la rabia en el corazón y la desesperación en el alma. No tenía duda: aquel cuerpo era Estela, que ese ser misterioso se robaba.

De repente noté que mis manos estrechaban convulsivamente un objeto. Era un trozo de aquella sábana que yo así al paso, en la esperanza de salvar a Estela.

Entre los dobleces que la crispación de mis nervios había impreso en la tela, encontré un rizo de cabellos blondos. Este descubrimiento me tranquilizó un tanto. No era el cuerpo de Estela, lo que aquel sudario envolvía.

Sin embargo, ¿qué había sido de esta querida niña, en la horrorosa catástrofe que tuvo lugar aquella noche?

El alba me encontró recorriendo las calles, chamuscados los cabellos y el vestido desgarrado, llamando inútilmente, entre el tumulto, a Estela y su hermano.

Fuerza era, no obstante, abandonar esas investigaciones, para reunirme a Samuel, pues la hora de partir había llegado.

Pero ¡ah! ¿cómo partir en tan horrible incertidumbre? ¡Imposible!

Así lo signifiqué a Samuel, que, dando a su meliflua voz un acento trágico.

-¡Ingrato! -exclamó- ¡quieres abandonar por compañeros de un día, a este viejo amigo, que compartió con tu madre el cuidado de tu infancia! ¡Yo iré a decírselo, pero antes te maldeciré en su nombre!

Estas palabras dispertaron un sentimiento que vivía latente en mi alma, el remordimiento. En efecto, mecido por las dulces emociones de un nuevo cariño, comenzaba a olvidar el cariño de mi madre. La severa reconvención del judío pareciome el eco de mi conciencia.

-¡Partamos! ¡partamos! -le dije, y me apresuré a seguirlo.

Como he dicho ya, el «Nuevo Mundo» era un hermoso vapor, provisto no solo de toda suerte de comodidades, sino de lo superfluo del lujo. Su toldilla era una elegante galería, colgada de ricas cortinas, y adornada como un salón. Llenábala una multitud de pasajeros que iban, venían, reían y hablaban a la vez, formando el más animado cuadro, en tanto que el vapor se deslizaba suavemente entre las pintorescas márgenes del Sacramento.

Recostado en la borda, cubierta de floridos tiestos, contemplaba yo tristemente la ciudad, que se destacaba a lo lejos como un miraje sobre el azul del océano. «¡Estela! ¡Estela!» murmuraba suspirando.

Una mano se posó en mi hombro. Volvime y di un grito de gozo. Era ella. Abrazámonos como quienes vuelven a verse, pasado un gran peligro.

Cuando la emoción me permitió hablar:

-¿Cómo es que te hallas aquí -la dije- después de haberte buscado tanto, inútilmente?

-Mi hermano está empleado a bordo -respondió ella-. En cuanto al motivo que me ha hecho dejar la casa de madama Gerard ¡ay! ¡Andrés!... ¡Siempre el hombre color de cobre! ¡Siempre ese fantasma amenazador que me sigue a todas partes! ¡Ah! ¡Tú no sabes lo que anoche aconteció!

Figúrate que dormíamos, Emilia Gerard y yo en un cuartito separado del de madama Gerard por un tabique de lienzo y por otro de tabla de la casa vecina por donde principió el fuego.

Despiértome, sofocado el aliento por una atmósfera densa y saturada de un fuerte olor de alquitrán. Casi al mismo tiempo, un resplandor rojizo iluminó el cuarto, y torrentes de humo se introdujeron por los intersticios de las tablas.

Iba a despertar a Emilia, cuando de súbito, un golpe, asestado sin duda con una maza, hundió el tabique, y en un fondo de llamas vi dibujarse una figura colosal, que asomó la cabeza, haciendo blanquear a la luz de las llamas unos dientes agudos como los de un perro. ¡Era el hombre color de cobre!

Apenas tuve tiempo para deslizarme debajo de la cama. Muy luego sentí sus pasos en el cuarto. Yerta de terror, no me atrevía a respirar.

Y Emilia dormía siempre.

El hombre cobrizo palpó mi cama: la encontró vacía y dirigiéndose donde dormía Emilia, levantola en sus brazos, y saliendo por la brecha practicada en el tabique envuelto ya en las llamas, traspúsolo y desapareció.

Al sentirse asida, Emilia dio un grito que despertó a su madre; pero cuando esta acudió encontró el cuarto vacío e incendiado por las llamas: su hija había desaparecido, y yo oculta debajo de la cama estaba desmayada.

Los gritos de la pobre madre me despertaron del profundo desvanecimiento en que yacía. Era tiempo: las llamas iban ya a consumirlo todo.

En ese momento, mi hermano y el cónsul del Perú llegaron trayendo a Emilia, a quien encontraron sola entre la multitud.

Al sentirse arrebatada de su cama en medio del sueño, la pobre niña perdió el conocimiento. Vuelta en sí a impulsos de su mismo terror, dio gritos llamándome en su auxilio. Pero al escuchar el nombre que Emilia invocaba; su raptor la puso bruscamente en tierra; mirola con unos ojos que la hicieron estremecer y se alejó, perdiéndose entre la multitud.

El establecimiento de madama Gerard ha sido devorado por el fuego. Felizmente, su hijo ha llegado de las minas trayendo consigo un millón, y van a regresar a Francia. Me habría muerto de pesar si hubiera ocasionado su ruina. Porque estoy persuadida que ese hombre es el autor del incendio. Juzga si debo apartarme un punto de mi hermano. Ocultándole mis terrores y la persecución de ese hombre, para evitar un conflicto, he obtenido de él que me lleve consigo. Andrés, hermano mío, quédate con nosotros.

-Harto la anhela el corazón -la dije-, tú lo sabes bien; pero el deber me llama lejos de ti. Samuel confía en mí para realizar sus proyectos.

-Ese avaro te sacrificará. ¿Es capaz él de buena fe con nadie? Cortaría las alas a su mismo ángel de guarda, por vender sus blancas plumas. ¡Ah! ¡y por este descreído nos quieres abandonar!

Esto, y aun más, me decía a mí el corazón; pero Samuel había invocado un nombre que desarrollaba en el recuerdo una encantada lontananza: y la casita de las orillas del Chile, y su solitaria habitante me aparecían llamándome, y echándome en cara mi ingrato olvido.