Sign Language Among North American Indians Compared With That Among Other Peoples And Deaf-Mutes First Annual Report of the Bureau of Ethnology to the Secretary of the Smithsonian Institution, 1879-1880, Government Printing Office, Washington, 1881, pages 263-552

Chapter 1

Chapter 14,039 wordsPublic domain

Al niño Ernesto Quesada

- I - La leontina

Un día, a la última hora de la tarde, cansada, enferma y helada de frío, azuzaba yo mi caballo para llegar a la capilla subterránea de Uchusuma, larga y forzosa etapa de diez y ocho leguas, atravesada como una amenaza en el camino de Bolivia a Tacna.

Había ya dejado atrás el Mauri, y las ásperas serranías que lo aprisionan, y cruzaba corriendo las áridas llanuras barridas por el cierzo y cortadas de pantanos, que avecinan al grupo de piedras rocallosas, arrojadas por algún cataclismo, en cuyo centro se halla la entrada de esa especie de cueva, único albergue para el viajero en aquel fingido yermo.

De pronto, y al través de las ráfagas de viento que me cegaban, vi relumbrar un objeto entre los guijarros del camino.

Volvime atrás, y desmontando, para examinar lo que era, recogí una elegante y excéntrica joya. Era una leontina compuesta de doce pepas de oro de forma y colores diversos. Engarzábanlas anillos mates del mismo metal, y en algunas de ellas había incrustadas partículas de pizarra y cuarzo.

Juzgué, desde luego, que aquella alhaja había sido perdida recientemente, y me proponía averiguarlo adelante, cuando vi venir a lo lejos un hombre, que, inclinado sobre el cuello de su caballo, y apartando con la mano las ramas de los tolares, parecía buscar algo en el suelo.

Al divisarme, corrió hacia mí con visibles muestras de angustia, que yo abrevié yendo a su encuentro, y presentándole la joya.

Imposible sería pintar la expresión de gozo que al verla brilló en sus ojos. Me la arrebató, más bien que la tomó de mis manos; estrechola contra el corazón, y la enganchó en el reloj y el ojal de su chaleco con un anhelo que se balanceaba entre la veneración y la codicia.

Enseguida, y como si saliera de un éxtasis, volviose a mí, y me saludó dándome gracias y rogándome perdonara su preocupación.

-Motivo había para ello, caballero -respondile yo con un tanto de ironía-. Perder doce lingotes de oro, no es asunto de poco más o menos.

-¡Ah! -replicó él con sentido acento-, no es el valor intrínseco de esta prenda lo que la hace preciosa para mí: es que cada una de esas pepas encierra, al lado de un recuerdo de sufrimientos, otro de inefable abnegación.

Creílo fácilmente; pues aunque la oscuridad me impedía ver el rostro de mi interlocutor, la voz que me hablaba era joven y tenía armoniosas inflexiones que anunciaban franqueza y espontaneidad.

Seguimos juntos nuestro camino, y llegamos, en fin, al montón de peñascos que, hacía media hora, divisaba yo en el horizonte, como un dolmen druídico.

Desensillamos nuestros caballos, y ateridos de frío, nos refugiamos en la cueva dejándolos al cuidado de un indio viejo, seco y negro como un árbol quemado, único resto de su familia devorada por la tifus.

El desdichado se alzó de la piedra en que yacía, solo y acurrucado en la actitud de la momia, para entregarse con la diligente actividad de su raza, a los cuidados del hospedaje. Hizo beber a los caballos, dioles un pienso de cebada, y los cubrió con sus mantas, fue enseguida a recoger las ramas secas de la tola, encendió una fogata y concluyó trayéndonos luz y agua caliente.

Pude, entonces echar una mirada sobre la persona de mi accidental compañero.

Era un joven de abierta y simpática fisonomía. En lo alto de su frente, el abrigo del sombrero había conservado, como una aureola, el color primitivo de su rostro, tostado por el sol de largos viajes o rudos trabajos a la intemperie.

La hora, el lugar, la circunstancia fortuita de nuestro encuentro, y sobre todo, la diferencia de nuestras edades, establecieron luego entre nosotros la confianza. Juntos hicimos el café aplicando a su confección los conocimientos de ambos, y riendo de nuestra ciencia a la Brillat Saverin. Pero en el momento de servirlo, encontramos que no teníamos azúcar.

Mi compañero dejó tristemente su taza sobre la piedra que nos servía de mesa, y se puso a mirarme con envidia tomar mi café a la turca.

Recordé entonces que llevaba en mi bolsillo una bombonera llena de esos microscópicos alfeñiques de azúcar que, regalan a sus favorecidos, las monjas Concebidas de la Paz.

-Vamos, niño mimado -le dije, vaciando en su taza el contenido de la bombonera, he ahí endulzado el café. Tómelo usted y de hoy mas, habitúese a las amarguras del paladar y a las de la vida.

En los labios del joven vagó una triste sonrisa, que apagó la mía, recordándome las palabras con que acogió mi observación, al recobrar la leontina.

Alentado por la amistosa familiaridad que reinaba ya entre ambos, pedile me contara la historia de aquella joya, y él me refirió la siguiente:

-Nací bajo la presión de un destino hostil. Mi padre murió en Uchumayo, cerca de Arequipa, defendiendo contra los invasores la entrada de la ciudad Santa, y yo vine al mundo entre las lágrimas de la viudez, y el desamparo de la orfandad...

¡Digo mal! Al ver la luz encontré los brazos cariñosos de una madre. Cuando un niño tiene madre, posee todos los tesoros de la tierra: es un monarca en su hogar, donde tiene un reino maravilloso: el corazón maternal.

Los primeros años de mi infancia deslizáronse risueños, como una alborada de primavera. Nuestra casucha a orillas del Chili, aseada, fresca y sombreada de higueras y perales, tenía siempre un aire de fiesta; y en los ojos de mi madre brillaba una ternura tan ardiente, que yo equivocaba todo aquello con la felicidad. Así, cuando había pasado el día jugando o leyendo al lado de mi madre, entre los tiestos de flores, mientras ella hacía encajes, sentada a su telar, y que al cerrar la noche me dormía en sus brazos al plácido murmullo del río, parecíame imposible una existencia más feliz que la nuestra.

Pero a medida que crecía, y que la razón comenzó a derramar en mi espíritu su rayo severo y frío, aquellos hermosos mirajes fueron desvaneciéndose, y la realidad desnuda y triste, apareció a mis ojos. Vi a mi madre abrumada de trabajos para rodearme a mí de contento y bienestar. Mi blando lecho, mi delicado alimento, y la educación que recibía en el primer colegio de Arequipa, comprábalos ella con vigilias y duras privaciones.

Esta revelación produjo un gran cambio en mi ser moral. De turbulento que era, volvime reflexivo; y a la perezosa indolencia de mi corta edad sucedió una actividad febril que llenó de asombro a mis profesores, descontentos hasta entonces por mi poca aplicación al estudio.

Sin embargo, al regresar a casa, y traspasar sus umbrales, tornaba a ser el mismo niño egoísta que se dejaba regalar a costa del descanso de su madre. Veíala tan contenta y diligente en torno mío, que me parecía natural que se sacrificara por mí.

Un incidente vino a operar mi entera trasformación.

Una noche que mi madre trabajaba en su costura a la luz de la vela, y yo dormía a su lado, la cabeza apoyada en sus rodillas, me despertó de repente una voz que hablaba en destemplado tono.

Al abrir los ojos, vi una mujerona mofletuda y de aire masculino, que de pie, y la mano en la cadera dirigía a mi madre las más irreverentes frases.

-Le digo a usted, doña María -gritaba alzando el dedo en son de amenaza, le digo a usted que no sufriré ya más esas dilaciones de cuatro y seis días que ya usted entablando en el pago del alquiler. Cinco pesos se encuentran hasta bajo de las piedras y no seré yo quien espere a que se le antoje a usted llevármelos: mayormente habiendo solicitantes que me ofrecen ocho, lucientes y adelantados.

-¡Ah! señora Gervasia -respondió mi madre, con voz temblorosa, y los ojos llenos de lágrimas-, espero que no hará usted la crueldad de arrojarme de la casa. Recuerde usted que en diez años que la habito siempre me vio usted llegar el primero del mes llevándole su dinero. Pero ¡ay! usted sabe cuánto ha bajado, de algún tiempo a esta parte, el precio del trabajo, sobre todo, en la costura. Vea usted estas camisas de munición con tantas fuerzas, tantas piezas y pespuntes. Y, sin embargo, las pagan solo a real. Noventa y nueve llevo acabadas; y esta que estoy rematando es la última. Mañana recibiré doce pesos y medio. Cinco serán para usted y el resto para el colegio de mi hijo, y para comprarle calzado.

-¡Calzado! ¿Y por qué siendo tan pobre no acostumbra a ir descalzo? ¿Y por qué no pudiendo pagar la casa, le costea usted colegio? Póngale usted una lampa en la mano y alquílelo en alguna chacra.

-¡Ah! ¡señora Gervasia! ¡cómo se ve que usted no tiene hijos!

-¡Hijos! Dios me libre de tal plaga. Se los regalo a usted. Por eso estoy tan gorda, y usted tan acartonada. Ese muchacho se la está tragando: si en él se le va cuanto gana.

-Pobre hijo mío -exclamó mi madre, sonriendo amargamente, y acariciando mi cabeza-, qué le doy yo sino miseria. ¡Ah! ¡otra sería nuestra suerte, si viviera mi Solís!

-Si no hubiera ido a morir tontamente por servir ambiciones ajenas. ¿Por qué no hizo como mi marido, que apenas vio encresparse la política, colgó la casaca para mejor ocasión y negociaba que era un gusto con los unos y con los otros? ¡Bah! un hombre, cargado con un hijo, y además la añadidura de haber contraído matrimonio sin la competente licencia, es decir, sin derecho a montepío. ¡Mire usted cuántas razones para no exponer su vida!

-No me entrometo a juzgar lo que hizo el marido de usted; pero en cuanto al mío, era su deber combatir en defensa de la patria invadida por un ejército extranjero.

-¡La patria! ¡ah! ¡ah! ¡ah! ¿todavía cree usted en esas patrañas? ¿Hay alguien que sirva otra cosa que su conveniencia? ¡Vaya! que no la creía a usted tan simplonaza!

Al oír aquella insolencia, quise alzarme de un salto. Mi madre retuvo con fuerza mi cabeza sobre sus rodillas.

-¡Bien! ¡bien! señora Gervasia -dijo con tanta dulzura, como aspereza empleaba con ella esa impertinente-, mañana a las ocho llevaré esta obra al contratista, y a las nueve recibirá usted su dinero, que procuraré pagar puntualmente, en adelante.

-Cuento con ello; porque digo a usted que no aguanto más dilaciones. Hasta mañana a las nueve sin falta. ¿Entiende usted?

Impedido de contentar mi enojo echando fuera a aquella bruja, me deshice en lágrimas que mi madre enjugaba procurando consolarme, pero llorando ella también furtivamente.

Al siguiente día dejaba el colegio para entrar como dependiente en casa de un judío italiano negociante en joyas y quincallería.

Samuel Tradi era un hombre de voz dulcísima y cariñosas palabras; pero avaro y codicioso, como hijo de su raza. Habitando un pueblo donde las dulces virtudes de la mujer hacen de la vida doméstica un verdadero paraíso, vivía solo, y el corazón vacío de todo linaje de afecciones, colocado entre la caja y los escaparates de su almacén.

Cuando se hubo convencido de mi aptitud en el manejo de los libros, y la redacción de su correspondencia comercial, me abrazó; me llamó carísimo, y concluyó ofreciéndome por el trabajo de quince horas diarias en el escritorio y el mostrador, alojamiento, mesa y un sueldo de diez pesos.

Sublevome aquella propuesta que olía grandemente a las lentejas de Jacob; pero reflexionando que aquel salario, aunque corto podía aliviar a mi madre, acepté inmediatamente, sin hacer la menor observación.

Para mejor asegurarme, el judío se apresuró a adelantarme un sueldo, que yo llevé triunfante a mi madre diciéndole que aquello era la mitad de mi haber mensual: piadosa mentira inventada para hacérselo aceptar todo entero.

Opúsose ella mucho a mi salida del colegio pero acabó por ceder al apremio de las circunstancias; bien es verdad que derramando amargas lágrimas, sobre todo cuando, por la noche al cerrar su puerta, se encontró sola en aquella casa que desde mi nacimiento había habitado conmigo. No menos dolorosa fue para mí esa noche que por vez primera pasaba apartado de ella. Conté todas sus horas; y por más que procuraba mezclar la serenidad a la firmeza de mi resolución, tenía el corazón quebrantado, y los ojos llenos de lágrimas.

Pero a la mañana siguiente, cuando la primera luz del alba me mostró frente a mi cama el escritorio donde una parte de trabajo me aguardaba; y más allá, colgadas a un clavo las llaves del almacén confiado a mi celo, comprendí la gravedad de mis deberes, y desde esa hora dejé de ser un niño y me volví un hombre.

Mi madre notó este cambio en el momento, cuando fui a verla. Su primera impresión se tradujo por una sonrisa de orgullo; pero luego la oí murmurar suspirando:

-¡Oh! ¡pobreza! ¡pobreza! que arrebatas a las madres la infancia de sus hijos, con sus gracias y sus risas; y en la edad de los juegos los condenas a sembrar los abrojos de Adán.

Sin embargo, ella y yo nos acostumbramos poco a poco a esa separación, compensada, por otra parte, en mucho con el doble gozo del domingo, que pasábamos juntos, desde las seis de la mañana, hasta las nueve de la noche.

Aquellos días eran para la pobre madre una verdadera fiesta. Privándose, quizá, de lo necesario, durante la semana, esperábame con toda suerte de regalos; y nuestras tres comidas eran otros tantos banquetes, tomados mano a mano, bajo la fronda de las higueras; cuyas ramas, movidas por el viento, dejaban caer en nuestra mesa sus deliciosos frutos, que saboreábamos riendo y formando dulces proyectos para el porvenir; proyectos en que, la fresca imaginación de mi madre, joven todavía, desarrollaba risueños cuadros, que como hija del Misti, engastaba siempre en la bella campiña de Arequipa.

Luego queriendo dar a estos sueños la apariencia de la realidad, íbamos a terminar en el campo aquellas encantadoras jornadas, señalando los sitios donde había de alzarse nuestra casa de campo, rodeada de jardines y vergeles.

Así pasaron dos años. Samuel Tradi, estaba cada día más contento de mí. La práctica me había perfeccionado tanto en las especulaciones del mostrador, que el establecimiento prosperaba extraordinariamente. Sin embargo, por más que me abrumaba de elogios y caricias, el judío se guardó bien de ofrecerme el menor aumento en el sueldo miserable que me daba.

Un día me anunció que iba a dejar Arequipa, y establecerse en Valparaíso, donde lo llamaba el interés de su comercio. Propúsome llevarme consigo pero añadiendo inmediatamente, que le sirviera en Chile bajo las mismas condiciones que en Arequipa.

Duro me era apartarme de mi madre, y más duro todavía, darle el pesar de aquella separación; pero era también necesario seguir la carrera comenzada, y en la que había hecho tantos progresos. Además, con Samuel tenía ya adquirido un crédito que solo encontraría en otra parte a costa de una larga prueba en cuyo tiempo, mi madre carecería de aquel sueldo, que corto como era, le servía a ella de mucho.

Esta razón, más que todas las otras, me determinó a seguir al judío en su nueva fortuna.

Mi madre, paciente y resignada al sufrimiento soportó este dolor con santa resignación. Para hacérmelo menos amargo, ocultó sus lágrimas; llamó a sus labios la sonrisa, y con el corazón destrozado por mi partida, comenzó a hablarme de la alegría del regreso, del gozo de volver a vernos, para no separarnos más.

En cuanto a mí, su aparente serenidad, y la novedad de los preparativos del viaje distrajeron mi pena; de manera que el día de la separación, me hallaba casi contento.

Salimos al oscurecer para atravesar en la noche el ardiente desierto que separa Arequipa de Islay.

Para abreviar los adioses, Samuel me acompañó a despedirme de mi madre.

Con gran sorpresa mía, no la encontramos en casa; y fuerza me fue seguir al judío que me arrancó de aquel umbral donde quería esperarla y tras del cual quedaba mi universo y mi felicidad.

Entonces, solamente comencé a sentir cuánto dolor había de costarme vivir separado de mi madre. Si hubiese sido posible desligarme del compromiso contraído con el judío, de seguro me habría quedado.

Partimos.

Había anochecido, y la luna alumbraba con una luz triste las blancas bóvedas de la ciudad, cuyo aspecto oriental tenía en aquella hora, algo de fantástico, que aguzaba mi pena. No podía resignarme a partir sin haber visto a mi madre: y oraba en silencio, comprimiendo mis sollozos, mientras Samuel me exponía el programa de las operaciones comerciales que se proponía realizar en Chile, así como el cuadro de mis nuevos deberes como dependiente, en aquel mercado. Y absorto en sus especulaciones de negociante, alejábase de aquella blanca ciudad que lo había albergado, y del majestuoso Misti y de la encantada campiña, sin darles ni una mirada, ni un recuerdo.

Así dejarían sus padres la tierra de Canaan para acudir al olor de las cebollas de Egipto.

Al volver un recodo del camino, divisé una persona sentada, inmóvil sobre un ribazo. Era mi madre. Queriéndome evitar el dolor de la despedida en el hogar doméstico, había venido allí y me aguardaba llorando.

Al acercarme, se levantó, secó sus lágrimas, y me abrazó procurando afirmar su voz para darme sus últimos consejos. Después me bendijo, y apartándose de mí, se puso de rodillas y oró, siguiéndome con los ojos, hasta que nos hubimos internado en las tortuosas callejuelas de Yanahuara.

A vueltas de mi pena, pensaba con extrañeza en el adiós lacónico que mi madre dio a Samuel, absteniéndose de recomendarle su hijo. ¡Pobre madre! El tiempo me hizo ver que ella sabía cuán inútil era todo eso con aquella alma de piedra.

Un mes más tarde, nos hallábamos establecidos en Valparaíso, y el almacén de Samuel Tradi gozaba de gran reputación. El hijo de Israel poseía por línea recta la ciencia de los negocios lucrativos. Sin descuidar en lo menor las valiosas especulaciones de la joyería, descendió al tráfico de víveres: compró un buque, y se dio al comercio de cabotaje asociado a un piloto, compatriota suyo: David Isacar, judío célebre, verdadera estampa de bandido, piel tostada, y ojos torvos de traidora mirada.

Entre David y Samuel existían relaciones de larga data, interrumpidas en otra parte, y reanudadas un día, en un repentino encuentro sobre la playa de Valparaíso.

Aquellos dos hombres, en apariencia tan diferentes, tenían sin embargo un punto de semejanza que constituía en ambos el fondo de su ser: la codicia. Pero a este sentimiento que, como todas las malas pasiones, debía separarlos mezclábase algo misterioso que los unía en lazo estrecho, y hacia una sola de esas dos existencias.

Por aquel tiempo, como una ráfaga eléctrica, la noticia de los tesoros descubiertos en California recorrió el mundo en todos sentidos, y atrajo hacia aquel país maravilloso una peregrinación universal. Chile se despobló, y sus graneros se vaciaron, para ir a derramarse en esas auríferas playas abiertas a toda suerte de especulación.

El minero, el agricultor, el mercader, el agiotista, el jugador, todos formaron allí su castillo aéreo, y corrieron a realizarlo. El Pacífico se cubrió de velas que de todos los puntos del globo llevaban su contingente de brazos para arrancar aquella tierra el precioso metal que cobijaba.

Supónese desde luego que Samuel Tradi había de ser uno de los primeros en acometer aquella empresa.

En efecto, combinada en largas conferencias con Isacar, alistó su buque, cargolo de trigo, harinas y tasajo, embaló de su joyería lo más valioso, y traspasó el resto de su almacén. Organizó enseguida un cuerpo de trabajadores niños todos más o menos que yo, los tomados entre las clases menesterosas. Embarcó, inmediatamente, y desde esa hora, apoderándose de ellos, los empleó en los trabajos de a bordo.

Entonces vino a mí con semblante cariñoso «Andresino mío -me dijo, acariciando mi mejilla- por supuesto, tú vendrás conmigo. ¿Cómo había yo de dejarte, ahora que se trata de recoger millones en aquella región del oro?».

-¿Y mi madre? -pensé yo.

Pero la novedad de lo desconocido me sedujo con sus nebulosas lontananzas, y sin formular condición alguna me decidí a seguir al judío a California, como lo había seguido a Chile.

Escribí a mi madre dándole razones que pudieran hacerla aceptar ese ensanche inmenso en el espacio que nos separaba, y pocas horas después dejábamos la rada de Valparaíso y nos hacíamos a la mar.

Sentado en la popa del Luján, nombre de nuestro bergantín, y rodeado de los infantiles trabajadores de Samuel, miraba alejarse el puerto con sus verdes cerros sembrados de kioscos y risueños jardines.

Cuando hubo desaparecido la última cima y que el azul del cielo se juntó con el azul del océano, los pobres chicos echaron a llorar.

Al ver sus harapos, conocíase que casi todos eran huérfanos, que nada dejaban sino miseria. No obstante, dejaban el calor del suelo natal, las caricias del ambiente y los echaban de menos.

Debiendo completar nuestra carga en el Callao, hicimos escala en ese puerto. Entonces conocimos la hermosa Lima, sentada en un oasis sobre abrasados eriales. Todavía el gas y el vapor no habían ido a quitarle las emociones del Carrizal y la perfumada sombra de sus noches; aun podía llamarse la ciudad del enamorado Amat y de la linda Perrichole.

Allí también, como en Chile, la fiebre del oro se había apoderado de las cabezas. Millares de hombres, arrancándose a sus hogares, a su familia, partían diariamente bajo toda suerte de condición, en los buques que a toda hora zarpaban del Callao con destino a California.

Nosotros tuvimos dos pasajeros. Cuando aparejábamos para proseguir nuestra marcha, presentose un joven solicitando embarcarse con su hermana. Pagó el pasaje de esta y él se contrató como marinero, habiendo previamente manifestado a Daniel, que mandaba el buque, sus aptitudes como hombre de mar.

Alejandro S., era un oficial de marina separado de nuestra escuadra por las vicisitudes de la política. Pobre y sin tener a quien confiar aquella niña, su única familia, llevábale consigo, al ir en busca de una fortuna que le negaba su patria. Animoso y estoico en el infortunio, resignose a su nueva posición, cual si nunca hubiera hecho otra cosa que tirar cable y remendar velas.

En cuanto a su hermana, nunca vi una criatura tan preciosa. Verdadero tipo de limeña, todo en ella era gracia y belleza, desde su larga cabellera hasta su pulido pie. Su nombre -Estela- iba escrito en sus admirables ojos negros, cuya mirada a la vez casta y voluptuosa, tenía un fulgor, que a mí, niño, me hacía soñar con el cielo; pero que en corazones viriles debía encender pasiones violentas y terribles.

Desde la primera vista, una tierna simpatía nos llevó el uno hacia el otro; y en mi corazón comenzó a palpitar un sentimiento ignorado: el amor fraternal; bálsamo suave, que ensanchó mi alma, comprimida al frío contacto del egoísmo y la avaricia.

Respirando ambos la celeste atmósfera de la infancia, nos amamos como se amarían dos tórtolas peregrinas; como se amaran dos ángeles perdidos en el espacio.

Siempre juntos en nuestros paseos, en nuestras lecturas, en nuestras plegarias, parecíanos imposible poder vivir de otro modo. Nuestras, pláticas no tenían fin. Ella me hablaba de su madre muerta; yo de la mía ausente. A los recuerdos severos de mi infancia, devorado por el estudio y el trabajo, mezclaba ella las risueñas memorias de la suya, transcurrida entre alegres juegos cruzando los jardines floridos del Rímac. En nuestras dos existencias; confundidas así, en el pasado y el presente, aquello que el uno conocía venía a suplir lo que el otro ignoraba. Yo tenía más que Estela, la ciencia de los libros; ella más que yo, la ciencia de la vida. Yo le demostraba en qué latitud vagábamos, guiando, su mirada sobre los paralelos de la carta; ella me enseñaba a conocer los sórdidos instintos de Samuel y de David en el acento de su voz, y en la expresión de su semblante.

Alejandro S. acogió con benevolencia este afecto que lo reemplazaba a él en el cuidado de su hermana, permitiéndole entregarse sin zozobra a los deberes de su cargo.