The Second Honeymoon

Chapter 2

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Era un clérigo joven, profundamente instruido, animoso y de buena voluntad, que soportaba con plácida resignación los rudos trabajos de su cargo, mucho más penosos en aquella época, en que la epidemia asolaba su curato; cuando era necesario recorrer largas distancias al través de las heladas punas, desafiando la nieve y los vendavales para llevar a los moribundos los socorros del médico y del sacerdote.

En el momento que yo llegué a su casa, regresaba el mismo de una choza aislada en los lejanos campos donde había ido a auxiliar a una familia atacada del tifus, que pereció toda a sus ojos, salvándose únicamente un niño de tres años.

El cura lo recogió; trájolo piadosamente en sus brazos, y lo acostó en su propia cama, con la solicitud de una madre.

Cuando el niño se hubo dormido, el cura me pidió permiso para dejarme, pues la campana le llamaba al rosario.

Seguilo a la iglesia donde las gentes del pueblo estaban ya reunidas.

Notábase en la nave numerosos espacios vacíos. Eran los que dejaran los infelices barridos por la peste.

El cura, en vez de subir al púlpito, se postró humildemente al pie del altar, mezclado con sus feligreses, y recitó con voz grave pero llena de unción ese conjunto de tiernas plegarias que constituye el rosario de María.

Después del rosario les dirigió una corta plática. Reprocholes las rencillas, las enemistades, los odios entre criaturas de un día, a los ojos de Dios, y en presencia de su cólera visible en el azote de la peste; los exhortó al perdón, a la unión, al amor, a la caridad, a la penitencia; y concluyó dándoles su bendición.

De vuelta a la casa, el cura que había enviado todos sus criados a cuidar de los enfermos, encendió lo que él llamaba su cocina improvisada: un grande anafe de rom; frió dos papas; añadió a este potaje dos tazas de leche de oveja, azucarada, y sirviéndolas sobre una gran mesa cubierta a medias por un pequeño mantel, se puso a cenar conmigo, muy contento de tener con quien hablar del mundo de los vivientes en aquel lugar de destierro.

Nada hay tan triste como la existencia de un cura de puna. Colocado entre una naturaleza muerta y un pueblo salvaje, sus ojos y su espíritu no encuentran dónde posarse, si no es en el recuerdo.

Sin embargo, la palabra de aquel hombre sabía colorearlo todo; y las siembras de las papas, la cosecha de la quinua, el corte de la cebada y el esquileo de los rebaños, incidentes triviales, tomaban en sus labios la gracia y el poderoso interés del idilio.

Dos días después, al cerrar la noche, divisé de lo alto de la cuesta, extendida a orillas del Chuquiago, aquella Paz a la que yo había jurado jamás volver, como si algo pudiera resistir a la poderosa ola del destino.

Y volví a pisar aquellas calles tortuosas, pobladas con los recuerdos del pasado; recuerdos tristes, pero dorados por el sol lejano de la juventud; y encontré los afectos de la amistad y de la familia, que envolvieron mis días en su calurosa atmósfera.

Pero ¡ay! mis ojos iban a buscar siempre un punto en el horizonte.

«Mi nido está en un jazmín: ¿quién me lo traerá?».

Al llegar a la Paz, habíame salido al encuentro un hermoso lebrel blanco, que se arrojó a mí, hízome mil caricias, y desde ese momento no se apartó de mi lado.

Pocos días después, una noche que fatigada de un largo paseo me había acostado temprano, el lebrel que dormía a mis pies, se despertó aullando.

En el mismo instante la puerta se abrió con recato y un hombre se precipitó en el cuarto.

De pronto creí que era un ladrón; pero luego reconocí en él a mi aturdido acompañante de Tacna, al poeta del soneto.

-¡He matado a un hombre! -me dijo, al oído, porque yo no estaba sola: una joven parienta me acompañaba.

-Y viene usted a buscar un asilo en Bolivia. Sea usted bien venido. Aquí nada tiene usted que temer.

-Al contrario, lo temo todo de la policía, que me persigue y me espera a la puerta de esta casa, donde no se atreve a penetrar.

-Por Dios, explíquese usted.

Supe entonces que el joven poeta, llegado aquella tarde al oscurecer, encontró en la casa donde iba a alojarse una reunión festiva compuesta de jóvenes de ambos sexos, que celebraban un cumpleaños.

Una de las muchachas más lindas de La Paz, la morena Rosa C. llamó la atención del joven tacneño, que se dio desde luego a cortejarla con su característica impetuosidad. Por desgracia, encontrábase allí el novio de la niña. Federico S., joven altivo y quisquilloso en demasía. Ofendido por los obsequios, que su amada parecía admitir con agrado; y no siéndole permitido enfadarse en una reunión de buen tono, recurrió al arma del ridículo para vengarse de su rival. Acercose al piano, y acompañándose con un estrepitoso ritornello, cantó de pie el himno de Ingavi.

Quien recuerde el 18 de noviembre de 1841, comprenderá la indignación que ese canto encerraba para Carlos.

Federico S. no había cantado dos estrofas, cuando sintió una mano que se posaba en su hombro.

-¿Sabía usted al cantar, que aquí se encuentra un peruano?

-¡Bah! y ¿por qué si no estoy cantando?

-¡Insolente! ¿llamas a los peruanos cobardes? Aquí hay uno que te hará ver lo contrario. ¡Ven!

El ruido de la fiesta cubrió este diálogo, que pasó desapercibido para todos excepto para Rosa. La pobre joven se arrepintió amargamente de su coquetería; y olvidada de sí misma ante el peligro que por culpa suya corría su novio, siguió a aquellos hombres, corriendo cuanto pudo; pero ellos marchaban a buen paso y muy luego los perdió de vista entre las tinieblas.

Dio entonces aviso a la policía en el deseo de evitar una desgracia. ¡Vana esperanza! el destino había fallado, y uno de esos dos jóvenes debía morir.

Llegados a un sitio solitario, ambos rivales se hicieron fuego.

La bala de S. rozó la cien de Carlos, llevándose un bucle de sus cabellos; la de este atravesó el cuerpo a su enemigo y lo arrojó al suelo sin sentido.

Cuando Carlos huyendo bajaba la cuesta de San Pedro, que separa este pueblo de la ciudad, una partida de policía que lo buscaba lo rodeó y le intimó arresto; pero él se escapó de entre sus manos y se refugió en casa. No había tiempo que perder: levanteme, curé su herida, y mientras Rosaura, la joven que me acompañaba, lo vestía de mujer y se lo llevaba por una puerta excusada, corrí yo en auxilio de su enemigo, que encontré incorporado, y procurando levantarse, asiéndose a los espinos que crecían en aquel sitio. Trájelo a casa, donde los médicos reconocieron su herida, que encontraron mortal.

Contentáronse con ordenar algunos lenitivos, y se retiraron, dejándome sola con el moribundo, que pasó la noche en dolorosa agonía.

Sin embargo, solo las crispaciones de sus manos, retorciéndose entre las mías indicaban su horrible sufrimiento: el valiente joven lo soportaba sin exhalar una queja.

En uno de esos momentos, volvió hacía mí una mirada suplicante, y me hizo un encargo. Había ofendido a su madre, que se hallaba ausente, y me rogó que postrándome a sus pies, en nombre suyo, le pidiese perdón.

Mi promesa le dio una grande tranquilidad; y al amanecer expiró en mis brazos.

¡Qué reflexiones tan tristes hice yo aquella noche, mirando agonizar a ese hombre, que en la flor de la vida, bello, y la mente llena de ilusiones, iba a hundirse en el sepulcro! ¡Ay! ¡cerca estaba el día en que, con el corazón destrozado, vería pasar esos mismos pensamientos en el duelo de mi alma!

En tanto que yo velaba al desgraciado Federico en su agonía, Carlos, disfrazado y conducido por Rosaura, se ocultaba en casa de un cónsul, donde debía esperar una ocasión favorable para huir de la Paz, cuyas avenidas todas estaban guardadas por los amigos de S., que hallando lenta la acción de la justicia, querían hacerla por su mano; y vigilaban las garitas y las casas de los agentes extranjeros. Así era que, solo guardando un rigoroso encierro podía el pobre fugitivo sustraerse a las investigaciones de sus enemigos. Pero no era la prudencia de Carlos. Dos días después estaba perdidamente enamorado de la hija de su huésped; y dejando su escondite, la seguía por toda la casa.

Todavía no hacía una semana que estaba allí, cuando un día, viendo a la joven asomada a una ventana, tuvo un arrebato de celos; y queriendo saber a quién miraba, fue a ponerse a su lado. Media hora después la casa fue rodeada de gendarmes, y Carlos aprehendido, cargado de grillos y encerrado en un calabozo.

Al saber estas tristes nuevas temblé por su vida; y viendo al pobre joven forastero y solo, a merced de enemigos poderosos, propuse salvarlo, empleando para ello, no la lucha, sino el arma del débil: la astucia.

El único medio de arrebatarlo a una muerte cierta era la fuga; y a ello dirigí mis esfuerzos. Pero en vano recorrí secretamente los edificios vecinos a la cárcel: en cada uno se hallaba apostado un espía.

Fue por fin necesario tentar un peligro, la compra del carcelero: sondarlo en el terreno de la codicia y del temor. Todo inútil: las promesas y las amenazas de mis agentes estrelláronse en su incorruptible honradez.

Y los días pasaban, y los amigos del malogrado S. vagaban en torno a la cárcel con una frecuencia siniestra.

Apurado todo recurso, eché mano, por último, a un expediente supremo, ante el cual había retrocedido hasta entonces.

Había un nombre que era y es todavía un mágico talismán para un pueblo boliviano; nombre que levantaba o apaciguaba las tempestades populares, según la voluntad de que lo invocaba; nombre que fue un fanatismo, y que es y será un culto: Belzu.

Asime pues del prestigio de ese nombre, me envolví en su omnipotencia, y desde ese momento cedió todo a mi voluntad.

Llamé al carcelero, y llevándolo intencionalmente a un salón donde estaba el retrato de ese caudillo, le intimé en su nombre la evasión del joven preso, necesaria, le dije, a sus planes políticos como agente suyo en Bolivia.

El carcelero dobló una rodilla ante aquella imagen y juró cumplir mis órdenes, aunque le costara la vida.

A las doce de aquella noche, el preso y el carcelero se me presentaron, prontos a partir.

Viendo a Carlos montando el caballo de un amigo suyo, le pregunté dónde estaba aquel bello tordo que tanto me había agradado.

-¡Ay! -dijo él, con su melancólica chanza- de los seres que esa tarde estuvieron a las órdenes de usted, el uno murió una hora después, el otro, como Caín, anda fugitivo.

Estrechó mi mano, y partió a carrera perdiendose entre las sombras.

Y yo quedé dando gracias a Dios por la libertad del pobre muchacho; pero murmurando, con el corazón oprimido: «El uno murió; el otro tuvo la horrible desgracia de matar a su hermano, y anda fugitivo. ¡Fatalidad! ¡Fatalidad!».

La luz del día desvaneció aquellos lúgubres pensamientos. Pero ¡ah! esa jornada no debía, acabar, sin que esa fatalidad, que me aterraba, volviese a mostrarme su enemiga faz.

En un periódico de Cochabamba leí el siguiente artículo necrológico:

«El bello y noble Alfredo W., que llegado hace poco entre nosotros conquistó tantas simpatías, ha perecido, víctima de un suicidio. ¡Los motivos que lo han llevado a este acto de desesperación merecen una mención particular!

Apasionado de una mujer, amado y llamado por ella en socorro de su padre, arruinado por una quiebra, y preso por deudas, el generoso joven corrió a dar a su amada su fortuna y su nombre; pero encontró una decepción donde creyó hallar la felicidad. El corazón que venía a buscar lleno de fe, había cambiado de dueño: otro poseía su amor. Alfredo no quiso pedir el olvido al tiempo: pidió a la muerte su reposo eterno. ¡Que duerma en paz!».

El héroe de esa trágica leyenda, aquel desgraciado Alfredo W., era el generoso protector que había amparado mi soledad en los desfiladeros del Tacora. ¡Fatalidad! Fatalidad!

Un aullido lúgubre respondió a esta siniestra palabra que yo pronunciaba entre lágrimas. Era mi lebrel que había venido a colocar su cabeza sobre mis rodillas, y me miraba con ojos extraviados. A poco lo vi vacilar y caer.

El pobre animal estaba envenenado, y expiró entre horribles convulsiones, fijando en mí su cariñosa mirada...

En breve, yo misma, casi moribunda, y el corazón destrozado, me alejaba de aquella ciudad donde había presenciado tantos horrores.

En el pueblo de M. encontré la casa parroquial desierta. El cura, y el huérfano adoptado por él, habían sido arrebatados por la horrible epidemia.

Al desandar mi camino, encontraba marcada con ruinas la huella de mis pasos. ¡Fatalidad! ¡Fatalidad!

Y al llegar a Lima, en fin, la bella C. vino a mi encuentro vestida de luto triste y llorosa.

Ella también había sufrido la fatal influencia. Aquel a quien dio su amor había muerto cuando venía a unirse a ella, sin que le fuera dado ni aun el consuelo de llorar sobre su tumba. Pereció en el mar, y su cuerpo yacía en el fondo del abismo.

¡Querida niña! ¡plegue a Dios derramar sobre tu perdida felicidad la paz del olvido!

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