The Mirror of Literature, Amusement, and Instruction. Volume 13, No. 375, June 13, 1829
Chapter 1
Corría el mes de noviembre: hacía poco más de una hora que había amanecido, y llovía a cántaros. Excusado creo decir que aún me hallaba yo en la cama, tan abrigadito y campante, gozando de ese dulce sopor que está a dos dedos del sueno y a otros tantos del desvelo, pero que, sin embargo, dista millares de leguas de los dolores, amarguras y contrariedades de la vida; estado feliz de inocente abandono en que la imaginación camina menos que una carreta cuesta arriba, y no procura más luz que la estrictamente necesaria para que la perezosa razón comprenda la bienaventuranza envidiable que disfrutan en esta tierra escabrosa los tontos de la cabeza. Punto y seguido. Abrieron de pronto la puerta de mi cuarto, y avisáronme la llegada de una persona que deseaba hablarme con mucha urgencia.
Ustedes, caballeros lectores, que estarán hartos de devorar multitud de artículos empezados con párrafos semejantes al anterior; artículos cuyos protagonistas-autores es de rigor que se tuteen, en los episodios que refieren, con un Sandoval, con un Montellano, con un Monteverde, o siquiera con un Arturo, Eduardo o Alfredo a secas; artículos dados a luz en ilustrados Semanarios, o en la sección de Variedades de tal cual papelón madrileño, por la péñola almibarada de algún revistero aristócrata; ustedes, pacientísimos prójimos, que, de fijo, estarán avezados a ese género de literatura bizarra, esperarán que yo les diga, en vista del comienzo de este croquis, que la voz que me dio el recado era la de mi ayuda de cámara, al cual mandé, después de llamarle borrico y de ofrecerle un puntapié, que corriese los cortinajes de mi balcón para que entrase la luz del día; que en seguida me envolví el cuerpo en una cómoda bata, forrada de pieles de marta, y los pies en un par de pantuflas morunas que no se oían al hollar la espesa alfombra del suelo; que me arrellané en una muelle butaca delante de los troncos que ya chisporroteaban en la chimenea; que encendí un aromático habano, precisamente de la Vuelta de Abajo, y que, por último, después de encasquetarme en la cabeza un gorro griego... o tudesco, de finísima felpa, dije al susodicho mi criado: «Que pase esa persona», es decir, esa dama incógnita, ese vizconde elegante, ese matachín de moda, ese bandido generoso o ese marido agraviado... Pues no, señores, no hubo nada de eso, al parecer tan común en la vida episódico- literaria de nuestros revisteros del día... porque, aunque a ustedes no les importe un rábano la noticia, han de saber que yo no tengo ayuda de cámara, ni gasto bata forrada ni sin forrar, ni pantuflas morunas, ni gorro persa; ni en mi cuarto de dormir hay pesados cortinajes, ni alfombra espesa, ni vegueros a granel; ni allí han entrado jamás damas misteriosas, ni vizcondes elegantes, ni bandidos de ninguna clase, ni matachines, ni maridos agraviados... por mí.
He aquí, lisa, llana y prosaicamente, lo que sucedió:
Oído el recado, que fue transmitido por una modestísima fregona, abrí desde la cama la desnuda vidriera del balcón; vestíme con lo primero que hallé a mano, como hago todos los días; encendí un pitillo de Astrea, y salí al encuentro del personaje anunciado, al cual conocí en cuanto le eché la vista encima.
Era un hombre de mediana estatura, moreno, mejor dicho, ahumado, de pequeña cabeza, con los ojos hundidos y muy brillantes bajo unas cejas espesísimas y grises, separadas por una nariz afilada y seca, de una boca rasgada y prominente. Llegábale el ancho almidonado cuello de su camisa hasta rasparle las orejas por la altura de los oídos; vestía pantalón de color de castaña con abultadas rodilleras, chaquetón azul oscuro sobre chaleco de pana de cuadros muy alegres, y capa parda sobre el chaquetón; calzaba medias caseras de mezclilla y zapatos fuertes de becerro; ceñía al pie izquierdo una roñosa espuela; asía con la mano del mismo lado la corva empuñadura de cuerno de un enorme paraguas de percal verde con contera de metal amarillo, y tenía en la derecha el sombrero de copa alta, que acababa de quitarse de la cabeza. El paraguas chorreaba; el sombrero, negro-parduzco, estaba erizado como si tiritase de frío; la extremidad inferior de la capa, parte de las medias y los zapatos, estaban salpicados de lodo y empapados en agua, y la cabeza cubierta por unas greñas muy alborotadas, que se iban en vicio por las sienes y la frente abajo, como se van por una pared vieja y descuidada las bardas y los helechos. La edad de este hombre se perdía entre los laberintos de su cara; pero yo sé que tenía cincuenta años, porque le conocía mucho. Era vecino de un pueblo cercano, había sido su padre colono de mi abuelo y me dispensaba, tiempo hacía, la no envidiable honra de venir a consultar conmigo todos los negocios que tenía en Santander, y los tenía cada semana. Llamábanle en el pueblo las mujerucas de buena fe tío Sildo; los hombres leídos y escribidos, don Beregildo; pero él, sin hacer más caso de las unas que de los otros, se firmaba siempre Hermenegildo Trapisonda, y firmaba la pura verdad.
Saludámonos de la manera más cortés y volvimos a mi cuarto.
Don Hermenegildo comenzó por dejar el paraguas a la puerta para que el chorro que despedía se largase por el corredor adelante, y el sombrero encima de una silla; luego recogió los pliegues de la capa sobre los muslos y se sentó, dejando ver las flacas pantorrillas hasta cerca de las ligas por debajo de las perneras, que no pecaban de cumplidas; y después de pasarse ambas manos por las greñas para domarlas un poco, miróme de hito en hito, haciendo un horrible gesto, especie de sonrisa con la cual mostró en todos sus detalles las enormes paletas de su rancia dentadura.
Yo me había sentado en otra silla enfrente de él, y le contemplaba con curiosidad, esperando que me explicase el motivo de su tan apremiante visita. Mas viendo que no comenzaba a hablar y que no cesaba de mirarme y de sonreír,
-Usted dirá, señor don Hermenegildo -exclamé al cabo para obligarle a entrar en materia.
-Voy allá -me respondió con su voz ronquilla y desagradable-. ¿Pero ha visto usted qué tiempo más infernal tenemos? Je, je, je. Desde las cuatro de la mañana, hora en que salí de casa, hasta que he llegado a la de usted, no ha cesado un minuto de llover. Yo pica que pica a la jaca, y el agua cae que caerás.
-¿Por qué no esperó usted a que escampara?
-¡Esperar!... Aunque hubieran caído capuchinos de bronce... ruedas de molino, no dejo yo el viaje... ¡Pues no faltaba más! ¡Jo, jo, jo! Yo soy así. Conque vamos al caso. Yo tenía que venir a Santander a resultas de tres expidientes que andan por acá a punto de resolución, y, a la verdá, lo dejaba, lo dejaba por aquello de que «no por mucho madrugar amanece más temprano», cuando, amigo de Dios, ocúrreme ayer, ¡paño!, ese disgusto sin más acá ni más allá, que, vamos, fue como si me plantaran un rejón en seco en metá de la nuca. «Esto no puede quedar así», me dije yo al instante, y aquí tiene que arder Troya, o pierdo yo hasta el nombre que tengo. Pero, ¿por dónde la tomo?, torné yo a decir. ¿Me voy al juez de primera instancia y echo a presidio a ese tunante? Esto, si bien desagravia a la ley, no me satisface la corajina, y yo necesito satisfacer la que me ahoga... y mucho más. Por otra parte, el recurso del pleito siempre me queda libre... Y dale que le das a la cabeza; torna de aquí y vira de allá, resuélvome a sacar a ese hombre a la vergüenza pública, sin perjuicio de encausarle en el día de mañana. ¿Y cómo le saco? Pues, señor, discurre y más discurre otra vez, y cátate que se me pone usté en la mollera y me digo. Ese muchacho es de por suyo dado al impreso, y tiene mucha inclinación a la letra de molde: él va a ser el que me ayude en esta obra de caridad.. Porque, ¡sí señor!, una obra de caridad es, y de las más grandes, abichornar en público a ciertos hombres y sacarles las colores a la cara... Conque... ¡jo... jo... jo...! aquí me tiene usté.
Y esto dicho, don Hermenegildo puso los brazos en jarras, irguió su cabecita, abrió cuanto pudo sus ojuelos de rámila, que lanzaban un fulgor irresistible, y volvió a dejar al descubierto los peñascales de su dentadura amarillenta.
Como ustedes pueden figurarse, no quedé de lo más enterado, con la relación hecha por el hijo del colono de mi abuelo, del verdadero motivo de su visita, aunque por lo del rejón y lo de mi afición al impreso y a las letras de molde, y, sobre todo, por los antecedentes que yo tenía del personaje, supuse desde luego que se trataba de uno de los infinitos líos que eran la comidilla de tío Sildo, entre cuyas marañas trataba este peine de enredarme a mí. Roguéle que me explicara más clara y precisamente su pretensión, y continuó de esta manera:
-Usté sabe muy bien que mi padre fue un pobre rentero del difunto abuelo de usté (que esté en gloria). Como yo no disfrutaba de otros bienes que de los cuatro terrones que machacaba a medias con el amo, y como, a la verdad, no me tiraba mucho la afición a bregar con el campo, tan aina como aprendí la escuela lo mejor que pude, marchéme a Andalucía. Bueno. Pues, señor, estuve por allá ocho años pudriéndome la sangre detrás de un mostrador, y al cabo de ellos volvíme a la tierra con ocho onzas ahorradas y alguna experiencia del mundo, que no hay oro con qué pagarla. Cuando llegué al pueblo habíase muerto el maestro, y propusiéronme que ensenara yo la escuela por un tanto, mientras se buscaba la persona que la había de regentar. Dio también la casualidad de que por entonces cayera enfermo, para no sanar nunca, el secretario del ayuntamiento, y me tiene usté a mí asistiendo en su lugar a todos los actos en que se necesitaba una buena pluma y un regular dictado; comenencias que, aunque me esté mal el decirlo, reunía yo mejor que el más pintado. Como el hombre guardador y hacendoso en todas ocasiones encuentra medios de mejorar su pobreza, sin dejar de ser maestro ni secretario interino, híceme rematante de arbitrios, amén de dos mayordomías que apandé: una del señor conde de la Lechuga, para lo respetive a las posesiones que tiene en la provincia, y otra de las Ánimas benditas, que en aquel entonces tenían en el pueblo un par de fincas morrocotudas. Ya con este pie de fortuna pude picar también en otras especulaciones, con lo cual llegué, como quien dice, a echar raíces en el pueblo, y cátame alcalde de la noche a la mañana... ¡Ay, amigo de Dios! ¡Nunca yo lo hubiera sido! ¡Qué tremolinas, qué laberientos!... Cuando yo cogí la vara, estaba el ayuntamiento que daba lástima. El depositario se había comido hasta los clavos de la caja; se echaban contribuciones cada mes y recargos cada semana; había un anticipo cada quince días, y con todo y con eso se adeudaban al médico dos trimestres, estaba la casa-escuela sin ventanas y sin atriles, y se debían tres puertos, que los vecinos habían pagado, como siempre, adelantados. Traté, según era regular, de poner allí un poco de orden, y empecé por acusar las cuarenta al depositario. Este y otros actos de justicia me valieron tres palizas y la tirria y mala voluntad de una docena de facinerosos, encubridores de tantas maldades. Cinco años viví haciéndoles toda la guerra que pude y bregando con todo género de desazones; y con todo y con ello, para que al cabo de ese tiempo dejara yo la vara, fue preciso que medio pueblo me la arrancara poco menos que a mordiscos y a puntapiés... Porque, créalo usté, el hombre toma tanta más ley a una cosa cuanto más se la disputan.
-Pero, don Hermenegildo -le interrumpí-, si la administración que precedió a la de usted fue tan mala como ha dicho, no comprendo por qué el pueblo, que debía estar a matar con ella, le despidió a usted, a usted, que quiso ponerla en orden, a mordiscos y a puntapiés.
-Porque... porque... eso consiste en que los aldeanos son así -me respondió don Hermenegildo un tanto contrariado por haber dicho quizá más de lo que debiera-. Cuanto mejor los trata usté -continuó-, menos se lo agradecen. Además, que a esos vecinos que más guerra me hicieron, los compraron los contrarios, y por eso dieron en decir que mi administración había sido más atroz que todas las anteriores. ¡Ya ve usté qué barbaridad!
-Efectivamente -repuse en el mismo tono que si lo creyera-. Pero noto que hasta ahora no me ha dicho usted nada que me indique lo que yo tengo que hacer en el asunto que le trae aquí.
-Voy allá de contado. Desde aquella ocasión, el depositario, tres regidores, el pedáneo de mi barrio, cuatro mandones que comían con ellos la sangre del lugar, y la porrá de vecinos que se les fueron detrás como burros balleneros, no me han dejado un minuto de sosiego. Fortuna que a mí nunca me han faltado buenos arrimos acá y allá, que si no, Dios sabe lo que hubiera sucedido; porque ha de saber usté que la tirria que me tomaron cuando yo cogí la vara, ha venido hasta hoy creciendo como la espuma.
-Eso es de cajón entre semejante canalla, don Hermenegildo. Pero vamos al caso.
-El caso es que conmigo, en el curso de tanto tiempo, se han hecho herejías... Hoy una paliza al entrar en una calleja; mañana me encontraba al volver a casa con que me habían echado abajo el horno del corral; otro día me amanecían en la cuadra dos vacas con el rabo cortado al rape; otra vez se le daba espita a una cuarterola de vino en la bodega, sin saberse cómo ni por quién; si se corría por el pueblo que una res se había desgraciado en el monte, no había que preguntar de quién era, porque de fijo era mía; y ¡qué se yo cuántas iniquidades a este respetive se han cometido contra mí! Pues bueno: todas ellas las he sufrido, como aquel que dice, con serenidad, y siempre me he conformado con lo que la justicia ha podido hacer, que no ha sido mucho, en reparación de mis agravios... Pero la última, la última partida que se me ha jugado, la última, ¡paño!, la última ha podido más que yo y me ha descuajaringado sin poderlo remediar. Figúrese usté, y perdone, que ayer, al ir a concejo, me encuentro con todo el vecindario reunido junto a la puerta, leyendo un papel que había amanecido pegado a ella, y dando cada risotada que metía miedo. Acércome poco a poco a leerle yo también, entérome de lo que decía y, ¡paño!, no faltó un tris para que me cayera allí mesmo redondo de coraje y del rézpede que me entró. En seguida, codeando a la gente y echando lumbre hasta por los dientes, arrójome sobre el papel... y aquí está entero para que usté lo vea.
Al decir esto don Hermenegildo, convulso y descompuesto, echó mano al bolsillo interior de su chaquetón, sacó de él una enorme cartera de badana amarilla amarrada con un hiladillo azul, y después de revolver muchos papeles que había en ella, tomó uno muy arrugado y me lo entregó.
-¡Lea usté! -me dijo, temblándole la voz y centelleándole los ojuelos.
Abrí yo el papel, que era del tamaño de medio pliego y tenía rotas las cuatro puntas por donde había estado pegado, y leí en él lo siguiente, escrito con muy mala letra y con la ortografía que copio:
Décima nueba y debertida Cuando a la Pelindongona la Hecharon los abangelios Salió gomitando azufre Trapisonda de Su cuerpo. Anbre trujo el harrastrao y se zampó por amuerzo la Braña del Sel de abajo que era rriqueza del pueblo. Quema-casas jue dempues tamien por trapisondero y a las ánimas Benditas llegó a dejarlas en cueros. Salgamos en portision Becinos de este lugar, con la cruz y con el pendon y conjuremos a ese bribon dijiendo Quirielison Cristelison ¡¡Viva la Costitucion!!
-Ya ve usté que eso es una infamia -gritó don Hermenegildo cuando yo hube concluido de leer el pasquín, que por cierto no carecía de sal y pimienta.
-Sí, señor -le respondí-; pero es una infamia literaria. Si alguno tiene derecho a demandar de injuria al autor, es la literatura nacional.
-¡Cómo qué! -repuso don Hermenegildo enfurecido-. ¿No ve usté cómo se me trata en ese papel?
-Sí que lo veo; y por lo mismo, soy de opinión de que no debe usted enfadarse por ello.
-¡Que no debo enfadarme, y se me llama bribón, y quemacasas... y aticuenta que ladrón!... ¡Paño!, hombre, por el amor de Dios, ¡que esto ya es mucho!
-Sí; pero se lo llaman a usted de cierta manera...
-Ya, pero me lo llaman.
-¿Y qué? Quien, como usted dice, ha recibido palizas y todo género de agravios de esa misma gente sin perder su calma habitual, no debe sulfurarse por un pasquín más o menos.
-Será todo lo que a usté le dé la gana; pero la verdad es que este golpe me ha desplomado más que ninguno, y que necesito hacer lo que nunca he hecho.
En ese caso, ¿qué es lo que usted quiere? diez por uno.
-¿Sabe usted quién es el autor de la... décima?
-Sí, señor: el depositario; conozco su letra. Además, no hay en el pueblo otro más que él que sepa escribir de manera que caiga en copla.
-Bueno. ¿Y qué va usted a decir en la contestación?
-¿Qué voy a decir? Verbo en gracia: «El muy desalmao que ha ofendido mi hombría de bien... ecetra, haría muy bien en callarse si conoce la vergüenza. Sepa todo el orbe de la tierra que la sanijuela del sudor del pobre es él... ecetra. Y si no, que diga a dónde fueron los ocho mil reales de que se hizo cargo por la corta de maderas concedida en el monte del lugar al señor conde de la Lechuga, y cuyos ocho mil reales entregué yo mismo al ayuntamiento. Ítem: que la obra pía del hospital de que él es patrono, renta ochocientos ducados, y no hay nunca en aquella casa para dar una taza de caldo a un enfermo. Ítem: que se han comido entre él y el alcalde que me antecedió y dos que me han seguido después, tres anticipos, cuatro recargos, dos puertos y la capilla de San Roque con todos sus ornamentos. Ítem: que por el aquél de que estaban rejendías, desritieron entre él y el susodicho alcalde antecesor las campanas de la iglesia, cobraron a los vecinos el valor de otras nuevas, y hoy es el día en que se toca a misa con un esquilón por no haber campanas; pues el hombre infame que me ha querido injuriar es el causante de este fraude... ecetra...». Todo esto, y mucho más que yo iré apuntando, según usté vaya escribiendo, quiero yo que se ponga en toda regla y que salga de contado en letras de molde en los diarios de esta ciudad. En seguida compro una porrá de impresos y doy uno a cada vecino y planto otro en cada esquina del pueblo.
-¡Caramba, don Hermenegildo! Repare usted que la empresa es delicada, porque son muy graves los cargos que usted quiere hacer.
-Yo lo firmo treinta veces si es preciso.
-Puede costarle a usted muy cara esa firma.
-Tengo recursos para pleitear diez años seguidos; y aunque me quede sin camisa, no me dará maldita la pena con tal de que yo ponga a ese bribón las peras al cuarto.
-Y yo lo creo. Mas, por de pronto, vayámonos con calma, que ha de serle a usted muy conveniente. Dice usted que puede acusar al depositario de todas esas iniquidades que me acaba de enumerar.
-Sí, señor, y de otras muchas.
-Concedido. Pero repare usted que no es ése el mejor medio de dejar sin valor los gravísimos cargos que a usted se le hacen en este papel: los delitos del prójimo no justifican los nuestros. Así, pues, antes de lanzarnos a contestar al depositario, veamos el fundamento que puedan tener sus imputaciones; en la inteligencia de que cuanto más inocente sea usted, tanta mayor fuerza tendrán los cargos que haga a su enemigo.
-¿Será usted capaz de dudar que todo ese papel es un manojo de imposturas, y que yo soy tan hombre de bien como el que más?
-Yo no dudo nada, don Hermenegildo; pero gusto de ver las cuestiones claras.
-Pues también yo, ya que me apura; y por lo mismo no tengo inconveniente en dar a usté cuantas explicaciones me pida sobre el particular.
-Así me gusta, y vamos al examen... Pero procedamos con orden. El primer cargo que a usted se le hace en el pasquín es haberse almorzado la braña del Sel de Abajo... ¿Qué hay de esto?
-Pues la cosa más sencilla del mundo. Cuando yo fui alcalde noté que en un bardal muy espeso que había a la bajada del monte se enredaban algunas ovejas de las que se arrimaban a pacer la yerba que había entre la maleza. Dos de ellas que se quedaron allí sin que el pastor las viera, perecieron por la noche comidas por el lobo. La gente de la aldea, como usté sabe, es de por suyo dejadona y abandonada; así es que, por más que yo decía «tener cuidado con las ovejas, que anda listo el lobo», los pobres animales se enredaban todos los días y quedaban a pique de fenecer. Viendo yo esto, y con ánimo de hacer un beneficio al pueblo, voy ¿y qué hago?, cierro el bardal dentro de un vallado, y todo ello sin más retribución que la propiedad de lo cercado.
-Pero más sencillo era haber cortado el bardal, don Hermenegildo.
-Verdad es; pero ese remedio tenía el inconveniente de que mañana u otro día el bardal volvería a crecer.
-En efecto: es usted hombre previsor.
-Por lo demás, a mí me hubiera tenido más cuenta rozarle, pues crea usté que yo salí perdiendo al comprarle por el vallado que le puse.
-Según fuera el bardal, don Hermenegildo.
-Pues hágase usté cuenta que como dos veces este cuarto.
-Entonces no era una gran cosa.
-Sí, pero cuente usté que cerré con el bardal toda la llanura en que estaba, y que esta llanura, que es lo que se llama el Sel de Abajo, pasa de ochenta carros de tierra.
-¡Ya!
-Conque ya ve usté que el vallado que rodea todo ese terreno tiene que valer mucho más que el bardal.
-Naturalmente, señor don Hermenegildo. Y diga usted: ¿ese terreno era de común aprovechamiento?
-Sí, señor.
-¿Y usted le cerró sin cumplir antes los requisitos legales?
-Nada, nada: un sencillo acuerdo del ayuntamiento, y al sol. Y desengáñese usté: todo el que quiera hacer un bien a un pueblo, tiene que hacerle así: los expedientes se eternizan en la tramitación y nunca se despachan como es debido.
-Estamos conformes. ¿Y le dejaron a usted gozar en paz la posesión de ese cercado?
-¡En paz! ¡Buenas y gordas! En cuanto dejé la vara le denunciaron a la Administración de Propiedades, y fue al pueblo un investigador y... ¡qué se yo cuánto ajo me revolvieron! Por aquel entonces no tenía yo, aunque bien relacionado, los arrimos que tengo hoy; así es que el expediente siguió su curso natural, sin que me sirvieran un rábano, para inutilizarle, más de veinte instancias que hice en apoyo de mi derecho.
-¿De modo que al fin le despojaron a usted del cierro?