Un paseo por Paris, retratos al natural

Part 9

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Blondas exquisitas, exquisitos bordados, jabones trasparentes, pomadas perfumosas, untos embrujados para que nazca el pelo, muñecos graciosísimos, preciosos juguetes, cuquerías envidiables; eso, sí: una revolucion moral, lenta, constante, trabajosa, concienzuda; un trabajo profundo y difícil; una creacion lógica, extensa, trascendental; una cosa grave, formal, seria, eso, no.

¡Cuánto más ha de hacer mi pobre España, esa España que los franceses llaman salvaje; que los franceses han comparado á la Morería! ¡Cuánto más ha de hacer en favor de la humanidad! ¡Cuánto más ha de hacer para que se cumplan en el mundo los ocultos designios de la Providencia! El tiempo lo dirá.

¡Yo esperó de Paris el mejoramiento político y social! ¡Me arrepiento, señor! Ni el social, ni el político, ni el filosófico, ni el científico, ni el religioso, ni el artístico, ni el literario, ni el industrial, ni el comercial, ninguno, ninguno verdaderamente formulado, ninguno en la alta escala de la ciencia, del derecho y de la moral.

Encantarnos, entusiasmarnos, aturdimos, sí. Hacernos buenos y felices, no.

Hay un calderero, madre, Que alarma á la vecindad, Y toda la gente acude A los porrazos que da.

Este antiguo cantar español viene de molde, en cierto modo, á las cosas de este fabuloso Paris. Es un gran caldero que aturde al mundo, y el mundo atribulado acude á los golpes.

[Ilustración: Arco del Triunfo.]

[Ilustración: La Magdalena.]

=Dia quinto=.

La Magdalena.

A las siete y media de la tarde tuvimos que pedir auxilio al fiacre, y nos dirigimos á la Magdalena. ¡Hermoso edificio! ¡Fábrica suntuosa! Al contemplar aquel enorme grupo, me parece que no estoy en Paris. Creo que me han hecho viajar estando dormido, y que despierto en Grecia. La Magdalena es un fastuoso palacio griego, no un templo cristiano. Un templo es la casa de Dios, destinado á despertar en nuestro espíritu la emocion religiosa. Donde no hallo la emocion religiosa, no hallo el templo, y la Magdalena, ese precioso y espléndido alcázar, no despierta en mi alma aquella emocion casi divina. Contemplándolo, siento el entusiasmo de la admiracion, no la veneracion de la fe: creo ver estátuas de héroes, no efigies de santos: me acuerdo de Alejandro, de César, de Anníbal; no me acuerdo de Dios: me ecuerdo de Chipre y de Vénus; no me acuerdo del monte Calvario, ni del Redentor, ni de la Vírgen, ni de la Magdalena: me acuerdo de la gloria; no me acuerdo de la Pasion.

La Magdalena es un _magnífico anacronismo_, un palacio asombroso y una mala basílica; un gran alcázar y una mala iglesia; un gran templo gentil y un mal templo cristiano.

Le estoy viendo delante de mí, le estoy contemplando durante cuatro ó cinco minutos, quiero concentrarme, quiero abstraerme, quiero venerar, quiero que la idea de un ente supremo deje caer sobre mi alma una sombra inmensa; no puedo conseguirlo. Las musas me llaman, la fábula griega me distrae, los bosques de la isla de Calipso me hablan de amor; veo flores, mujeres, altares profanos; huelo perfumes embriagadores; diviso florestas, cuyas sombras parecen ocultar misterios lascivos; oigo á lo léjos un ruido que me intranquiliza, que me seduce; pero que me seduce como nos seduce una maga ó una circe. Cedemos al placer, pero cedemos suspirando: nuestros sentidos están alegres; nuestro corazon está triste. En una palabra, mirando ese rico palacio ateniense, lo veo todo, menos la lágrima de la Magdalena, aquella lágrima escondida y humilde, fervorosa y santa; aquella lágrima que es una poesía más sublime que la más sublime poesía de todos los poetas del mundo; la poesía del Calvario.

¡Cómo la piedra nos enseña tambien! ¡Qué historia más grande es la arquitectura! El libro puede escribirse de dos modos, en papel y en mármol. La imprenta existió siempre: antes se llamó Fidias; luego se llamó Guttemberg.

Estudiando ese alcázar que me llena de admiracion, se comprende la infinita superioridad del Cristianismo sobre todas las religiones del Asia, de la Grecia antigua y de la antigua Roma, no sólo en materia de dogma, de ciencia, de política y de moral, sino hasta en materia de arte. Chateaubriand decia muy bien: el mismo bronce, la ruda campana, nos inspira cierta melancolía dulce y religiosa, cierto éxtasis indefinible, cuando es intérprete de los sentimientos cristianos.

La poesía cristiana no nos ofusca, no nos arrebata; nos llama, nos atrae, nos acaricia: no nos seduce; nos persuade; no nos alucina, nos duerme.

La poesía cristiana, el arte cristiano, no es brillante, deslumbrador: es grave, severo, recatado. Es una figura que se cubre á medias con un velo. La parte que vemos, hace que nos enamoremos de ella, y la amamos. La parte que no logramos ver, nos hace adivinar un prodigio, y la adoramos.

El paganismo no hacia más que amar, porque no veia más que formas. El Cristianismo ama y adora al mismo tiempo, porque al mismo tiempo ve cuerpo y alma, formas y prodigios, tierra y cielo, humanidad y Dios.

El arte gentil habla á los sentidos, al corazon y á la fantasía.

El arte cristiano habla al sentimiento, á la conciencia y á la fe.

El arte gentil conoció la poesía del placer.

El arte cristiano conoce y siente la poesía del dolor.

El arte pagano tenia mujeres.

El arte cristiano tiene Marías y Magdalenas.

Bajo el arte asiátiaco y griego, cerramos los ojos y vemos bacanales.

Bajo el arte del Cristianismo, cerramos los ojos y vemos vírgenes.

La gentilidad nos abate; el Cristianismo nos enaltece. Segun la feliz expresion de Pascal, el paganismo _nos trae_, el Cristianismo _nos lleva_. El uno viene, el otro va.

Pues volviendo al edificio que tengo delante, nos alucina; no nos llama; pertenece al arte gentil, no al arte cristiano; es una especie de idolatría; no un culto; no una adoracion; tendré que decirlo otra vez: es un _brillante anacronismo_. El culto divino no hubiera perdido casi nada, si se hubiera llevado á cabo el pensamiento de Napoleon, que queria convertirlo en templo de la gloria. Como templo de la gloria, admirable; como templo cristiano, no habla á mi inteligencia y á mi fe, por más que me haga latir el corazon.

Ahí, en donde ahora se levanta ese precioso monumento ático, no existian, hace siete siglos, más que prados, pastores y ovejas, ¡Quién lo habia de decir entonces!

El edificio que contemplo sucedió á una iglesia, edificada el siglo XV por Cárlos VIII, en la cual este príncipe estableció la cofradía de la Magdalena, de donde trae orígen el nombre actual de ese monumento. Y la iglesia de Cárlos VIII, sucedió á una granja y capilla que en el siglo XII construyó un obispo de Paris, en donde los cristianos de aquel tiempo orarian indudablemente con más fervor, que los cristianos del siglo XIX oran en ese régio alcázar. En torno á la capilla y á la granja de aquel prelado, se fué formando un barrio populoso, conocido en la historia con el nombre de _ciudad del Obispo, ville-l'Evèque_.

Mucho despues, la ciudad del Obispo entró á formar parte de Paris, y habiéndose verificado la apertura de la calle Real, determinaron construir el actual templo de la Magdalena, enfrente del palacio de Borbon y de la plaza de Luis XV. Este monarca principió la obra, la cual, atravesando la Revolucion, el Imperio y la Restauracion, llegó á Luis Felipe, que la puso la última piedra.

Nos aproximamos un poco. La entrada es verdaderamente régia, gallarda, arrogante. El gran pórtico del Mediodía, que es el que vemos, está coronado por hermosos frontones triangulares, y adornado de un bajo relieve de 35 á 40 metros de anchura, sobre 7 ú 8 de altura, en el cual se ve á Santa Magdalena echada á los piés del Salvador, teniendo á su derecha la fe, la esperanza y la caridad, y á su izquierda, casi revueltos y confundidos, los siete pecados capitales. Así al lado derecho como al izquierdo, divisamos otras figuras. Las de la derecha deben ser bienaventurados, que guardan las tres virtudes teologales, y las de la izquierda parecen ser figuras de réprobos, imágen de los siete pecados.

Nos acercamos más. La enorme puerta principal, toda de bronce, es un trabajo de mérito notable; una obra maestra. Allí se ven, simbólica y admirablemente explicados los diez mandamientos de la ley escrita, por medio de figuras del antiguo Testamento. Aquella grande historia, escrita en bronce, me ha llenado de asombro, no tanto por su hábil ejecucion, como por su vasta y feliz inteligencia.

Entramos en el templo, y nos hallamos en un espacioso átrio ó vestíbulo, formado por una arcada de 25 á 30 metros de altura, sobre 14 ó 15 de latitud, en donde están las dos capillas del bautismo y del matrimonio. La primera tiene un grupo de mármol que representa el bautismo de Jesucristo; y la segunda, otro grupo que representa las bodas de la Vírgen con San José. Las pilas del agua bendita, obra del maestro Antonin Moyne, son una verdadera preciosidad á los ojos del arte.

Nos volvimos para dirigir una mirada hácia el fondo del templo, y nuestros ojos aturdidos se perdieron en una sola nave, alta, anchurosa, iluminada, inmensa, llena de valentía, de fuerza y majestad. No es una majestad ingénua, bíblica, inocente; no es esa majestad sencilla y candorosa que saca su encanto del espíritu; no es una majestad cristiana; es una majestad poderosa, esplendente, fantástica, agorera; una majestad que saca su encanto de la forma; una majestad del arte pagano; pero indudablemente estas formas tienen algo imponente, majestuoso y grande.

Aquellas bóvedas silenciosas, quietas y como amontonadas sobre sí mismas, aquella techumbre formidable que parece estar suspendida por el genio del hombre, no nos trae esperanzas del cielo, no nos trae palabras y consuelos de otra vida mejor, pero nos da una grande idea de la tierra. Aquí todo respira grandeza, atrevimiento, orgullo. Sí, orgullo, porque creaciones tan fastuosas como esta, nos inspiran el sentimiento de la emulacion, casi de la envidia. ¡Cuántos hombres no escalarían la tierra, si pudiesen, para hallar luego un trono en este palacio! Aquí pensamos en el sitio de Troya, en Aquiles y Ulises, en Hector y Eneas; aquí no pensamos en Providencia, ni los ángeles, ni en bienaventuranza. Por este camino vamos á Chipre, no á Jerusalen. ¡Con cuánto talento queria Napoleon convertir esta iglesia en templo de la Gloria!

Nos dirigimos al altar mayor, y este gran monumento me confirmó más en mi juicio. El grupo principal, la exaltacion de la Magdalena, esculpido con la esplendidez y la frescura que el genio audaz de Marochetti sabe dar á sus obras, representa á nuestro Señor, á la Santa, á los Apóstoles y á los Evangelistas, y alrededor de este grupo cristiano, en torno á este hogar religioso, rodeando esta familia bendita, vemos el arte griego, la poesía mitológica, que nos ofrece una infinidad de personajes, desde el bautismo del rey Clovis, hasta el Concordato de 1802. Constantino, Clovis, Santa Genoveva, Carlomagno, Godofredo, Juana de Arco, reyes, héroes, Napoleon, el cardenal Gonsalvi; razas distintas, gustos diversos, diversos caractéres, civilizaciones contrarias: todo está revuelto y mezclado aquí, como se mezclan en un nicho las cenizas de varios difuntos. Eso no es una exaltacion de la Santa; eso es una galería de historia: eso no es un cuadro religioso; es una pintura social: eso no es un altar del Cristianismo; es el trofeo de una nacion. Aquí reina la Francia, no el Redentor del mundo; reina el artista, no el sacerdote; reina el hombre, no reina Dios. No comprendo cómo la gente reza aquí. Yo no podria rezar. Frescos brillantes de Ziegler, suelos magníficos de mármol, cielos rasos preciosamente cincelados bajo la direccion de Derre; todo llama y provoca la materia; todo incita nuestros sentidos; todo es contra la poesía del templo, porque todo es contra la poesía del alma; sobre todo, contra la poesía austera y sublime de la Cruz. Si Santa Magdalena se levantara de la tumba, es bien seguro que se persignaria escandalizada de que la adorasen aquí; es bien seguro de que miraria en este templo, lo que un aleman miraba en la Basílica de San Pedro de Roma: UNA DELICIOSA TENTACIÓN.

Salimos de la Magdalena entre alegres y tristes, y á los veinte ó veinticinco pasos nos volvimos, como para dominar el conjunto de aquel alcázar esplendoroso. Su vista es agradable, armoniosa, poética, casi imponente. Mirado por fuera el edificio, tiene algo solemne, porque lo grande tiene tambien su solemnidad. Su plano forma un rectángulo de 70 á 80 metros de longitud, sobre 20 á 25 de latitud, mientras que alrededor, sobre un basamento de 50 ó más metros, corre un perístilo ó galería de cincuenta y dos columnas gigantescas entre las cuales se ven muchas estátuas, con el nombre del santo y el del escultor. Esto confirma más y más mi anterior idea. Si ese templo no es una exposicion de bellas artes, ¿á qué viene el nombre del artista? Si es un lugar de veneracion, ¿á quién tenemos que venerar sino al santo? El escultor pone tambien su nombre; es decir, pide su parte de devocion, de culto; reclama tambien su parte de limosna á la fe del creyente. El escultor quiere reinar al lado del héroe de la Iglesia. Esas estátuas representan dos santidades: el santo y el artífice.

El lector debe ser un tanto indulgente conmigo, porque escribo sin preparacion, y sin corregir una palabra de lo que trasmito al papel. Veo una cosa, y sin más antecedentes que verla, digo buenamente lo que se me ocurre, ó lo que siento. Esto tiene el inconveniente del descuido que debe notarse en la obra, pero tiene, en cambio, la ventaja de la ingenuidad más estricta y de la más perfecta exactitud.

De vuelta al hotel, nos encontramos en la puerta á la señora, que nos preguntó, con una sonrisa muy amable, si veniamos de visitar algun monumento. Sí, señora, la contesté. Venimos de la Magdalena.

--_¿Que vous semble-t-il? ¿Qué le parece á usted?_ preguntó la señora, avivando un tanto los ojos, y marcando mucho las palabras, con cierta expresion orgullosa.

--Me parece, señora, la contesté, que aquello es un lugar de triunfo y de alegría, no de sacrificio, de meditacion y de recogimiento. Es una Vénus, no una Magdalena; un festin, no una lágrima. Si ese monumento no fuese tan magnífico, seria menos palacio; pero seria más iglesia.

Diciendo y haciendo, cogí la escalera, y la señora se quedó mirándome, como una persona que piensa y que no acaba de comprender su propio pensamiento.

=Día sexto=.

Calle de Rívoli, casa de la Ciudad, columna de Julio, arco del Triunfo, campos Elíseos.--¿Se vive aquí mejor que en otros puntos?

Luego que se empezaron á encender los faroles en la ciudad, nos dirigimos á la calle de Rívoli.

Figúrese el lector la situacion siguiente: puesto en la plaza de la Concordia, frente á la Magdalena, se ven dos palacios: uno es el ministerio de Marina y de las Colonias: el otro corresponde á diferentes particulares, los cuales le dieron la forma de palacio para que formara un grupo simétrico con el de Marina.

Demos ahora la izquierda á la Magdalena, y hallarémos que entre el ministerio de Marina y el jardin de las Tullerías, palacio del mismo nombre y el Louvre, media un espacio de 30 ó 35 pasos, que se extiende hasta la plaza de la Bastilla, en una extension de media legua poco más ó menos.

Hé aquí, pues, el panorama: hácia la derecha (en primer término) jardin, palacio de las Tullerías, unido al palacio del Louvre: hácia la izquierda, una hilera simétrica de casas de tres y cuatro pisos, aunque todas con la misma altura, formando arcadas bastante espesas, hasta la verja en que el Louvre concluye.

En segundo término, hileras de casas á derecha é izquierda, simétricas en la forma, no en la direccion; despues un torreon colosal con jardin; luego la casa de la Ciudad con plaza extensa; por último, nuevas casas hasta la calle de San Antonio, la cual se prolonga hasta la plaza de la Bastilla.

Esto es lo que se llama calle de Rívoli. Tiene de 300 á 400 edificios, de 300 á 400 arcos, de cada uno de los cuales pende á la misma altura un farol de gas: está surcada por 76 calles, entre las que cuento la plaza Real, con el palacio Real enfrente, y el bulevar de Sebastopol.

Si á esto se añade que casi todos los pisos bajos son establecimientos de lujo, iluminados con profusion, así como las 76 travesías, no será difícil representarse el panorama que ofrecerá de noche la calle de Rívoli.

Aún despues de ver los campos Elíseos y la plaza de la Concordia, la hermosa galería de Rívoli no puede menos de ofrecer un espectáculo notable, algo penoso, si se quiere, porque nos agobia con la impresion que causa en nuestro ánimo toda obra grandiosa.

Así que salimos á la plaza de la Concordia, divisamos, entre el juego de muchas luces particulares, un surco contínuo de fuego, tirado á cordel; á medida que el coche avanzaba, veiamos escaparse, como apariciones fugitivas, la rica y espaciosa calle de Castiglioni, divisando como un relámpago la enorme columna de Vendome; la plaza y la fachada del palacio Real, iluminadas perfectamente, el anchuroso bulevar de Sebastopol, con sus dos hileras de faroles que se van juntando á medida que la mirada se prolonga, hasta que se pierden en un montecillo de luces trémulas, á una distancia que parece de ocho ó diez millas; el gigantesco torreon negro, con su jardin alrededor, como una azucena sembrada al pié de una roca deforme; el palacio de la Ciudad y su plaza, alumbrada por grandes faroles, la caserna de Napoleon, hasta llegar á la Bastilla, plaza extensa, menos brillante que la de Vendome ó la de las Victorias; pero no menos interesante como teatro histórico. Aquí la escena cambia de aspecto; de un círculo de luz y de bullicio, pasamos á un círculo de meditacion y de melancólica poesía. Hay luces que vienen á reflejarse en nuestros ojos: hay luces tambien que vienen á reflejarse en nuestra alma. En este sentido, la Bastilla está más alumbrada que los almacenes del Rívoli.

En medio de la plaza distinguimos una gran columna que remata en un globo, sobre el cual asienta sus piés una figura. De cuando en cuando, un reflejo salia de la columna y nos heria confusamente, pareciéndonos descubrir como letras doradas. Así era, en efecto, segun nos informaron varios transeuntes. Aquellas letras perpetúan el nombre de las personas que sufrieren el cautiverio de la Bastilla, de la alta prision de Estado, de aquella Inquisicion de la edad media, de aquel Gólgota religioso y político.

Mis lectores saben que todos los pueblos han tenido _plaza de la Greve_, su horca y su verdugo, su argolla de hierro: la castracion en casi toda el Asia primitiva; la concha del ostracismo en Grecia; el monte Taygeto en Esparta; el monte Calvario en Judea; la roca Tarpeya en la Italia antigua; el Santo Oficio en la Italia moderna; la _Bastilla_ en Paris.

El azote del mandarin chino ha viajado mucho por la tierra; puso los piés en Francia, y se llamó Bastilla en el siglo XIII, así como antes se habria llamado de otra manera, porque es claro que las edades anteriores, todas las edades humanas tuvieron tambien su _Bastilla_. Pero otra edad humana vino, la Bastilla desapareció, cayó bajo los golpes de la piqueta revolucionaria, y sobre sus escombros se levantó grande y valerosa la columna de Julio. Al monumento del siglo XIII sucedió el monumento del siglo XVIII: el Capitolio se levantó sobre la roca ensangrentada del monte Tarpeya. La figura que remata ese monumento, es el genio de la Libertad.

Ahí, donde ahora se eleva esa columna como una plegaria se eleva al cielo, estuvieron las jaulas de hierro, construidas en forma de embudo, para que el prisionero no pudiera permanecer sino encorvado. ¡Cosa singular! Á un hombre le pesa emplear dos varas de bronce con el fin de que su cautivo pudiera respirar de pié derecho, cuando la Providencia habia creado para aquel cautivo toda esa inmensidad que flota entre la Bastilla y las estrellas.

Allí fuéron víctimas de la tenebrosa política de Luis XI, Guillermo de Llarancourt, obispo de Verdun, Jaime de Armagnac, duque de Nemours y el conde de Saint-Pol.

Allí fué tambien decapitado Cárlos de Contant, convencido de traicion hácia la Francia.

Allí fué del mismo modo condenado á muerte el conde de Lallytollendal, cuya inocencia se reconoció cuando era ya tarde. Allí, en ese Santo Oficio político de la edad media, gimieron sucesivamente Basompierre, el gran Condé, el famoso Fonquét, su amigo y secretario Palisson, el docto Sacy, el duque de Laurum, marido de la nieta de Enrique IV, el mariscal de Richelieu, el tristemente célebre marqués de Sade, el cardenal Rohan, el caballero Mazers de Latude, Bruno de la Condamine, y últimamente, un hombre que hizo mucho ruido en el mundo, la gloria y el escándalo, la fábula y la admiracion de su siglo; un hombre filósofo, teólogo, estadista, geógrafo, erudito, matemático, novelista, filólogo, poeta; un mónstruo de talento y de audacia; el hombre del talento más vario y más indefinible que ha puesto los piés sobre la tierra; ahí estuvo Voltaire. Escribió una sátira contra el regente, y lo encerraron en la Bastilla. Pero me olvidaba de que esa Bastilla cuenta en sus anales un personaje más famoso aún que el mismo Voltaire, para las tradiciones de aquel edificio. Este personaje es el _hombre de la máscara de hierro_, llamado y conocido así, acerca del cual no pudo la historia averiguar nada, mientras que la poesía popular se contentó con divertir al vulgo, inventando cuentos y consejas. El _hombre de la máscara de hierro_ es un arcano añadido á los tantos misterios de que fué teatro aquel monumento misterioso.

¡Cuán majestuosa se alza ante mí esa piedra monumental, encarnacion ayer de las antiguas castas, encarnacion más tarde de la política y del arte modernos!

Aquella piedra se representa en mi fantasía como el gigante desterrado de un siglo, á quien otro siglo da razon en una hora de verdad y de entusiasmo.

¡Quién habia de decir á Felipe Augusto y á Luis XI que las ruinas de aquel Santo Oficio habian de servir para la construccion del _puente nuevo_, el más popular, el más _liberalizado_ de Paris! ¡Cuántos senos ocultos tiene la historia de la humanidad!

Nos volvimos á nuestro _fiacre_, y nos vimos de nuevo entrar en la calle de Rívoli, deshaciendo el camino andado. Al llegar al hotel de Ville, nos apeamos y corrimos la vista por la fachada de aquel importante edificio, colocado enfrente de la puerta principal.

El nuevo sitio en que nos encontramos guarda tambien su poesía tétrica, terrible; instructiva y moralizadora como el monumento de Felipe Augusto y de Luis XI, porque no hay poesía inútil, sobre todo cuando es terrible. El sitio en que nos encontramos fué la _Bastilla de otra edad_; menos lógica, en cambio más cruel.

Sobre el mismo suelo en que ahora tenemos los piés, fuéron arrastrados y descuartizados _Ravaillac_, _Cartouche _y _Damiens_; sus miembros palpitantes ensangrentaron este suelo que ahora pisan sus nietos con indiferencia. Aquí tambien rodaron las cabezas de dos mujeres, dos mujeres funestamente célebres, dos envenenadoras: _la Boisin_ y _la Brinvilliers_.

Seguimos la calle de Rívoli, subimos por la Magdalena y nos hallamos en el bulevar de este nombre, divisando á poco los bulevares de las Capuchinas, Italianos, Montmartre, Poisonnière y una parte del de San Martin. Esta nueva vista no es tan simétrica y artificial como la de Rívoli; pero es más extensa, más graciosa y más alegre, de más efecto. Aquí hay más expansion, más capricho, más fantasía: es decir, hay más creacion individual.

El Rívoli es una galería del Estado.

Los bulevares son inmensas galerías del pueblo.

Millares y millares de variados tubos y reverberos iluminan las tiendas, los cafés, los hoteles, los casinos: otros tantos millares y millares de luces se reflejan en los espejos interiores, que tienen casi todos los establecimientos públicos, produciendo una especie de _vision mágica_; mientras que los faroles de los centenares de carruajes que van y vienen en un oleaje contínuo, convierten aquellos espaciosos bulevares en una atmósfera oscilante de luz.