Un paseo por Paris, retratos al natural
Part 8
Creo que la parte mas sana de la civilizacion francesa, el progreso más notable que aquí encuentro, consiste en el personalismo que se ha otorgado á la mujer, aunque esto suceda á costa de la mujer misma, la cual gana en representacion lo que pierde en belleza, porque perder belleza es perder idealidad. La mujer oculta en el fondo de su casa, como el arcano de la familia, es mucho más bella que la expuesta al público detrás de un mostrador de mercader, mezclada y confundida con el precio de lo que compra y vende. La mujer árabe no es tan hermosa por su hermosura como por su misterio. Propiamente hablando, no es mujer; es una fantasía, una especie de agüero ó hechizo que no seria nada, si no despertase en nuestra alma el sentimiento de lo maravilloso, como nada seria el encantamiento sin el encanto. La mujer se convierte en una maravilla, en un monumento; parece rodearse de ese prestigio inexplicable que circuye á una estátua; nos llama á sí con la atraccion eléctrica que en nosotros produce el arco Iris; no es mujer, repito: es una melancolía delicada, un arte sublime, un gran poder, porque el elemento maravilloso, ese algo fantástico á que suele darse tan poco sentido, es un poema armonioso é infinito que la naturaleza ha grabado en nuestro corazon.
La fantasía es el complemento del hombre, como el éter es el complemento del espacio. La fantasía llena al hombre, como el éter llena la creacion entera. No os riais, vosotros que no creeis en la imaginacion, para tributarla homenaje á cada momento, cuando menos os lo parece, como aspirais la atmósfera cuando menos os apercibís. ¡No os riais de ese éter divino, destinado á no dejar vacío ningun hueco en el ánfora de la vida; no os riais!
Sin embargo de esto, que es verdad, que yo creo verdad, verdad confirmada por la experiencia de siempre, juzgo que la mujer ha venido al mundo para realizar fines sociales, en armonía con la moral y con el derecho: juzgo que ahí está la expresion más profunda de su existencia; no quiero que al arcano de la casa la comunique esa belleza que la da en Oriente una tradicion que la hace bella para hacerla esclava; una idealidad que la hace misteriosa para hacerla gemir; un Corán que la torna en perfume para que ese perfume dé incienso á un ídolo; no, no quiero esa poesía que es poesía, como es artístico el sarcasmo que se logra ejecutar con arte. Quiero que la mujer salga á luz, porque la luz fué tambien creada para ella. Quiero que el misterio la niegue la hermosura asiática, para que reciba la hermosura humana de manos de su propio destino, de manos de la razon universal; de manos de la Providencia.
Quiero que la mujer sea el guardian doméstico, pero sin dejar de ser entidad religiosa, moral, política, industrial, si conviene, porque la casa está dentro de la sociedad, y quiero que la mujer no se tenga en menos que la casa. Quiero que sea madre; venero este carácter santo, este santo sacrificio de amor; pero quiero que no deje de ser mujer. Quiero que sea mujer; pero que no deje de ser _sujeto humano_. Todo reina en la verdad de la naturaleza; quiero el reinado de la mujer.
Aquí se está en camino de lograrlo, y esta civilizacion que por ella aboga, es sin disputa lo que más me reconcilia con un pueblo que tiene otros usos, otro lenguaje, otra manera de sentir, y cuya sociedad no puede sernos completamente grata. No sé si es historia; pero entre un español y un francés, hay algo que riñe.
Almorzamos en la calle Vivienne á las doce dadas, y dirigimos nuestras visitas á diferentes travesías de los bulevares.
Apenas se encuentra establecimiento comercial de alguna importancia, en donde no aparezca, en puerta ó balcon, algun privilegio manifestado en pequeña ó grande medalla imperial. Hay carros que van _empavesados de emperadores en bronce_. Si á todos los metales donde está el busto de Napoleon III se les pudiera dar vida, seguramente habria bastante para formar todo un vasto imperio compuesto solamente de emperadores.
Aparte del gusto que esto revela; aparte del sabor que esto deja en la conciencia del que va examinando el mecanismo oculto de esta poblacion colosal; aparte la contradiccion que se echa de ver inevitablemente entre la Francia histórica y la Francia presente, entre la memoria y el hecho; este tumulto de medallas y privilegios no me parece extraño, sentada la competencia que es natural en un gran centro comercial y fabril. Pero como este centro comercial y fabril tiene muchos libros escritos, muchas y memorables jornadas políticas, muchas y gigantescas revelaciones sociales: como la existencia de todos los pueblos se reasume en dos grandes soluciones: lo que se escribe y lo que se obra, lo que se recuerda y lo que se siente; encuentro desnivel entre el Paris de tanta medalla y el Paris de tanto recuerdo; entre la solucion de la historia y la solucion de la presente sociedad. La memoria y el sentimiento pugnan y se repelen, á lo menos en mi juicio y en mi conciencia.
En Lóndres veré más medallas, muchas más medallas, y no lo extrañaré ciertamente. Pero estoy seguro de no hallar muchos breves de indulgencias papales, y hé aquí la superioridad de la Inglaterra sobre la Francia: la superioridad lógica, consecuente, de buen sentido: la historia y la máquina que se mueven al par; todo el pueblo inglés dirigido á un fin, más ó menos plausible, pero que no sale jamás de las condiciones que se ha impuesto: cruel quizá, inmoral acaso; pero lógico.
La indulgencia pontificia en Lóndres es la indulgencia imperial en Paris. Aquí hay indulgencias; es bien seguro que en la otra parte del Estrecho no las habrá.
Los franceses tienen grandes títulos ante la opinion del mundo entero; podrán tenerlos todos, menos el de la lógica; esa suprema geometría del albedrío que va midiendo y nivelando progresivamente el ayer y el hoy, la historia y la emocion, la emocion y el hecho.
La Francia, empero, no debe quejarse: alguna parte flaca habia de tener, cuando tiene otras sobre las cuales se levanta tan grande, tan rica y tan fuerte.
Sólo en una cosa me parece lógico el pueblo francés: no voy á decir que sólo es lógico en ser voluble, porque esto ya se sabe. Una nacion, como un individuo, es siempre lógica; providencial y santamente lógica, en materia de no ahogar su genio; en tender dia y noche á que su genio triunfe. ¿Cómo el hombre dado al retiro no ha de buscar la soledad? ¿Cómo el goloso no ha de buscar el plato en que sueña? ¿Cómo un enamorado no ha de pensar en la mujer que ama?
La Francia es voluble, lo ha sido hasta hoy, porque la volubilidad es su talento; la cifra que Dios escribe al pié de cada cuna. Tal vez la educacion de la experiencia, un prodigio del estudio y del arte, modifique mañana ese talento y le abra otro camino; pero esto será la empresa de mañana, y yo no hago aquí la biografía de la Francia futura.
El pueblo francés es solamente lógico en aparentar que tiene olvidada á la Inglaterra. Ya he dicho que Paris es un cartel inmenso. Si al arbitrio particular quedara, el mercader parisien pondria anuncios de sus géneros hasta en _la cabeza de un calvo_. ¿Cuántas vidas serian necesarias para leer todos los rótulos y papeles impresos que bullen sin cesar por esta Babel? Sin embargo, (¡Providencia del patriotismo!) no he hallado un solo letrero en que se recomienden los artículos de la industria inglesa, de la primera industria del mundo conocido.
Esta sensatez en materia de consecuencia me maravilla, y me da motivo para decir que el pueblo francés es voluble, hasta el punto de contradecir su propio carácter.
Las enseñas mercantiles é industriales son para mí un objeto de gran distraccion.
_Al zapato galante. (Au soulier galant)_:
_A la Sílfide_. ¿Quién no habia de creer que se trataba de algun baile? Pues no, la Sílfide es un restaurant, una Sílfide gastronómica, una Sílfide que se engulle cinco ó seis platos por cinco ó seis pesetas.
_Al buen pastor_. ¿Quién no habia de creer que se trataba de alguna hermandad ó cofradía? Pues tampoco: el buen pastor es un rico almacen de géneros, sito en la calle de San Sulpicio, núm. 21, si no yerra un anuncio que he visto cerca del Panteon.
Entre los objetos curiosos que hemos notado, no puedo menes de hacer mérito de un _baston de Richelieu_, expuesto al público en el pasaje de los Panoramas, en una galería que debe ser la de Feydeau, tienda núm. 6.
Quise conocer su valor en venta, y la señora del establecimiento me dijo que el precio último era mil francos. Si aquel baston es en efecto del memorable cardenal, alma de Luis XIV y de su siglo, del Luis XIV de la política francesa, como varias personas me lo han asegurado, me creo con derecho para decir que la Francia es poco _arqueóloga y hasta poco francesa_, si se quiere; cosa extrañísima. ¿Cómo aquel baston, reliquia anticuaria y social, no pasa á uno de los ricos y preciosos Museos de Paris? No por mil francos, no por un millon de francos, consentirian los ingleses que pasara á manos de extranjeros un baston de cualquiera de sus personajes históricos. Si yo no codiciara en este mundo otra cosa que un talego de oro, me consideraria feliz poseyendo un baston de Cromwel, de Milton, Shakspeare, de cualquier Richelieu inglés, ora político ó literario.
A pesar de la reiterada afirmacion de aquella señora, y de las formales aseveraciones de dos franceses, no me atrevo á creer que aquel baston fuera efectivamente de Richelieu. ¿Cómo no habia de recelar la Francia que se lo llevaran los _ingleses_, que es como si dijéramos los moros? ¿Cómo los moros (para Francia) no se lo hubieran llevado ya?
Perdóneme la señora del almacen, perdónenme los dos caballeros parisienses; yo no lo creo; en honra de Francia, no lo debo creer.
A las seis comimos en el _hotel de Madrid_ (comer para mí es sentarme á la mesa) y nos dirigimos inmediatamente hácia la Magdalena, palacio griego convertido en templo cristiano.
Desde los altos y espaciosos pórticos de aquel templo, veiamos á un mismo tiempo la calle Real, la hermosa plaza de la Concordia, las entenas y cables de un bergantin surto en el Sena, y uno de los palacios que adornan la otra orilla del rio.
No es una vista pintoresca y expresiva, como las de Génova, como las de Nápoles, como las de Roma, como las de Granada, Córdoba ó Sevilla: no es una belleza italiana, griega, española; no es una naturaleza artística, por decirlo así; un arte naturalmente monumental, pero es una belleza grandiosa.
Avanzamos hasta el principio de la plaza y el espectáculo cobró mayores dimensiones. Hé aquí el boceto.
Dos fuentes riquísimas en escultura y agua, circuidas por una especie de celaje de polvo, porque tal es la impetuosidad con que el agua brota: en medio de las fuentes, un obelisco egipcio colosal: en torno á la plaza, grandes pedestales con las estátuas de las principales ciudades del reino, sembradas todas las distancias por gruesas farolas de bronce: hácia adelante, el Paris de la otra orilla del Sena, con su aspecto feudal, sus palacios que parecen castillos, sus casas y sus árboles corpulentos y verdes: hácia atrás, los dos palacios que limitan lateralmente la calle Real, y en su fondo el gran templo de la Magdalena, circuido de suntuosas columnas estriadas: á la izquierda, el jardin de las Tullerías, dividido por una verja, coronada á intérvalos de águilas doradas, entre dos pedestales que sostienen caballos de mármol; luego un surtidor del jardin que arroja el agua á la altura de un cuarto ó quinto piso, formando mil ondulaciones caprichosas á impulsos del viento; despues varias calles de árboles simétricos, á través de otras fuentes, hasta cerrarse el horizonte con la fachada del palacio imperial, corriendo una extension de novecientos á mil pasos: á la derecha, los campos Elíseos, por entre cuya hilera de árboles se dilata la vista, hasta detenerse en el arco triunfal de Napoleon, creacion enorme de la riqueza y del entusiasmo.
Luego que hubimos satisfecho los primeros conatos de admiradora curiosidad, paseando los ojos tardíamente sobre aquel grandioso panorama del arte humano, no del arte francés, digimos á nuestro _necesario fiacre_ que nos llevara al arco de la Estrella.
Un coche es aquí un personaje de primera categoría, la gran carta de recomendación y el gran amigo del extranjero.
El buen fiacre cogió el trote camino del arco, á través del aristocrático palacio de la Industria, del aristocrático palacio de la democracia (la democracia tiene un palacio casi enfrente del palacio del Emperador); á través tambien de los _cafés cantantes de estío_, del gracioso castillo de las flores, del jardin _Maville_, del jardin de invierno, del circo de la Emperatriz, y de casas modernas que son las más bellas que he visto.
Despues de correr un espacio de cuatrocientas ó quinientas varas, extension aproximativa de los campos Elíseos, nos encontramos bajo la bóveda central de aquella apoteosis espléndida de Napoleon, el arco del Triunfo. Desde aquel arco descubriamos, á una distancia de un cuarto de legua, el bosque de Bolonia, cuyo camino aparece sembrado de árboles y elegantes quintas, que le comunican un aspecto muy grato, aunque no bastante pintoresco; porque yo entiendo por pintoresco lo que es variado, caprichoso, y sobre todo caprichoso de un modo agreste.
Vemos á la vez el arco del Triunfo, el dilatado bosque de Bolonia, el Obelisco de la Plaza, mientras que nadando sobre la copa de los árboles que pueblan el jardin de las Tullerías, allá, como una nube medio perdida en el horizonte, como el amago de una borrasca, como la aparicion indecisa de una sombra, se levanta trémulamente, segun la ilusion óptica, la torre negra del Palacio Imperial. De manera que mirábamos, casi simultáneamente, el monumento triunfal levantado á la Francia revolucionaria y conquistadora, el monumento del Egipto usurpado, y el monumento de la segunda Francia imperial: un triunfo, una usurpacion y un misterio: el arco, el obelisco y las Tullerías.
Eran casi las ocho; y apenas podia distinguir el nombre de los generales y batallas del imperio, batallas y nombres escritos en las altas paredes de aquella pirámide.
No soy tan entusiasta de Napoleon como otros muchos. Le admiro más por sus desafueros y sus vicios que por sus virtudes y sus glorias: si viviera le apostrofaria vigorosamente en estas páginas. Estando muerto, siendo historia, le acato. Bajo estas bovédas colosales, bajo esta colosal inspiracion de un pueblo entusiasta, le venero. Su evocacion es aquí una sombra que me conmueve, que me ilustra, que me moraliza, que hace hervir mi alma bajo la inmensa idea del hombre. Sí, venero á Napoleon bajo este arco, bajo este mausoleo de su ceniza histórica, como no puede menos de venerarse la memoria de los Faraones tiranos en presencia de las pirámides egipcias. Sí, le venero; y el que quiera saber cuán poderoso es el genio artístico embelleciendo la historia social, un genio embelleciendo á otro genio, un siglo embelleciendo á otro siglo, la humanidad embelleciendo al hombre: el que quiera saber de qué modo una piedra halla el camino de nuestro corazon, que venga y contemple este arco.
Eran ya las nueve cuando nos dirigiamos hácia la plaza de la Concordia, con el objeto de seguir la calle de Rívoli hasta la casa de la Ciudad ú hotel de Ville.
Antes de penetrar en la calle, quisimos ver la perspectiva que presentaban los campos Elíseos iluminados, así como la plaza de la Concordia.
¡Espectáculo magnífico por cierto! Desde dentro del jardin de las Tullerías, alcanzábamos á ver en dos filas simétricas los muchos faroles de gas que alumbraban los campos Elíseos, hasta el mismo arco de la Estrella, presentándose á nuestros ojos aquellas dos filas como dos columnas flotantes de fuego. A la izquierda, por entre los árboles, asomaban furtivamente centenares y centenares de luces, unas formando pórticos y fachadas, otras sembradas por entre los árboles del paseo, luces que iluminaban uno de los cafés cantantes de verano. Á la derecha se descubrian tres grupos brillantes, que eran otros tantos cafés de canto, en cuyas fachadas habia juegos de gas que representaban varios caprichos, entre otros, un águila con las alas abiertas y caidas, como si remedara un lloron.
Excepto la entrada de los emigrados en la plaza del Vaticano, entre un bullicio indefinible de pueblo y millares de hachas encendidas, así como la iluminacion instantánea de la cúpula de la gran Basilica en la noche de San Pedro: exceptuadas estas dos ocasiones, repito, no he experimentado nunca un sentimiento en que más participara de esa especie de éxtasis con que adormece nuestro ánimo la percepcion de lo maravilloso.
A lo dicho debe juntarse que el tránsito continuo de coches con faroles encendidos por la plaza de la Concordia, causando un desnivel constante entre sus luces y las luces de los campos Elíseos, de la plaza y de los cafés, comunicaba á todo el grupo el aspecto extraño de una hoguera que parece que pasa y que no acaba de pasar, mientras que al rumor de las fuentes y de los coches, iba unida confusamente la voz de hombres y mujeres que cantaban en los cafés vecinos.
Mi mujer estaba encantada. Tenia razon: aquello parecia un bosque hechicero. ¡Si todo fuera así!
Eran casi las diez, estábamos muy léjos de la calle de Feydeau, nos encontrábamos muy cansados, yo tenia que escribir esta reseña, y determinamos dejar para otro día la visita de la calle de Rívoli, hasta el palacio del ayuntamiento, y si el tiempo lo da, hasta la plaza de la tan célebre _Bastilla_.
Estamos en casa á las diez y media, despues de siete horas de fiacre.
Mi mujer dice que nuestro gran viaje comenzó al llegar á Paris. Tambien tiene razon. Las mujeres tienen razon en muchas cosas.
Yo acabo esta revista cerca de la una, y así doy fin al dia tercero.
=Día cuarto=.
Artículo, recuerdos, pesares.
He empleado toda la mañana en escribir un artículo para _La América_, porque es necesario no descuidar la bolsa, que sufre por aquí tantos ataques rudos. Pero he notado que mientras que escribia, y mientras que me paseaba por la habitacion, el recuerdo de las muestras y rótulos que he visto ayer, me tiene casi completamente preocupado. Sin querer, sin apercibirme, repito á mi mujer varios letreros que me acuden á la memoria, y sin querer tambien aquel recuerdo me entristece. Esta tristeza que experimento tiene una historia que seria muy larga de contar; muy larga y muy penosa.
¡Cuántas ilusiones nos forjamos! ¡Y qué caras nos cuestan algunas ilusiones! ¡Qué triste es á veces ver la realidad! ¡Ay! Hubo un tiempo en que estuve encantado, y ahora la realidad me desencanta. Hubo un tiempo en que yo volvia los ojos á Paris, como quien espera un milagro.... ¡Qué inocencia!
_¡Al Pensamiento!_ Y me hallo que es una zapatería. ¡Al bello pensamiento! Y me doy de cara con una caja de confites. ¡A la sílfide! Y me encuentro de manos á boca con un _grasiento restaurant_. ¡A la gran industria del siglo! Y es un salon de limpia-botas. ¡Al dulce céfiro! Y es un almacen de quincalla. ¡A la estrella del Mediodía! Y es quizá una tienda de tapones de corcho. ¡Al buen pastor! y es un almacen de baratijas ó una tienda de comestibles.
Esto no me divierte; al contrario, me repugna, me fastidia, casi me sonroja; sí, casi, casi me da vergüenza. Creo que semejantes desatinos son contra el respeto que debe merecernos la opinion pública, contra el decoro que todos debemos á la formalidad, contra la cortesia universal que debe el hombre al buen sentido. ¡Zapato galante! ¿Cómo y en qué? ¿De qué modo puede un zapato tener galantería? ¡Al pensamiento! ¿Quién es un fabricante de calzado para hablarnos del pensamiento? ¿Qué pensamiento puede encerrarse en su zapatería? ¿Ni quién es tampoco un fabricante de confites para hablarnos de pensamientos bellos? ¿Qué sabe él lo que es un pensamiento bello? ¿Qué belleza de pensamiento puede esconderse en sus confituras? ¿Ni qué tiene que ver el céfiro con un almacen de quincalla, ni el poner betun en las botas con la gran industria del siglo, ni una sílfide con una fonda, ni un almacen de tapones de corcho con la estrella del Mediodía, ni una tienda de comestibles, en donde se vende aceite, vinagre y velas de sebo, con el buen pastor, con ese buen Pastor que es una personificacion religiosa, un símbolo moral, una especie de poder divino? ¿Qué es esto? ¿Dónde estamos?
Los españoles serémos menos cultos; pero somos más circunspectos, más sérios, más formales. Serémos africanos, serémos hotentotes, bien; pero no podemos hacer un arte de la humorada de divertir al mundo con chocarrerías. Esta gravedad cómica y esta jovialidad trágica que tienen los franceses para decir los mayores disparates con la esplendidez más pomposa, hasta con cierto engreimiento, hasta con cierta altanería, es una cosa que me subleva y me amargura. Al ver tan pueriles frivolidades, antes que vivir en Paris, preferiria vivir en una choza, enclavada en el fondo de un bosque, aunque fuese un bosque de la selva Negra.
¡Ay! y quizá la Europa, tal vez el mundo, espera de este pueblo la revolucion moral de un principio, la constitucion de un pensamiento, la pauta y la fórmula de un sistema! ¡La Europa y el mundo esperan acaso de esta ciudad una idea, una conducta, un código!
¡Ay! Hubo un tiempo en que yo lo esperaba tambien. ¡No habia estado en Paris!
Si faltando la ayuda del pueblo francés, para esa revolucion trascendental, lenta, difícil, concienzuda, prudente, á la vez convencida y demostrada; si faltando la ayuda de Paris para esa laboriosa transformacion, tuvieran todos los pueblos de la tierra que cavar su sepulcro, pueblos de la tierra, pueblos del mundo, empezad á cavar vuestra sepultura. Esa revolucion no saldrá de aquí. Ignoro si saldrá de los hijos del Cáucaso, de los agrestes y bárbaros Kalmukos; pero creo que no ha de salir de los franceses.
Paris es una vieja que se mira al espejo, se ve el rostro lleno de arrugas y de lacras, y coge compotas, coge menjunges, coge untos, y se adoba y se alisa la cara, como el albañil alisa una pared.
Esta cultura es una tiniebla iluminada por un fuego fátuo; es una sombra herida exteriormente por una luz que viene de abajo, que no viene de arriba, que alumbra por fuera, que no alumbra por dentro. Esta cultura es una civilizacion endeble, flaca, postiza, enferma, que quiere engalanarse para que no se vea lo asqueroso de la enfermedad, como los tísicos proyectan viajes y romerías cuando sienten en la garganta la agonía de la muerte. Esta cultura tan decantada, tan brillante, tan coqueta; esta civilizacion tan adornada, tan entrometida, tan jactanciosa, es una púrpura que cubre una llaga; es la sonrisa con que el cortesano oculta el cáncer de sus envidias y de sus odios, la flor desgraciada con que se corona la copa de un veneno. Esta cultura es una civilizacion que vive á expensas de la verdad y del ser de las cosas; de esa verdad que Dios ha puesto en todas partes; la verdad con que el humo sube, con que baja la piedra, con que la luz alumbra, con que la lava quema, con que la catarata corre, con que el huracan arrebata; esa verdad que es el gran enigma, el gran principio, la gran ciencia, el dogma sempiterno de la creacion. Esta cultura es una civilizacion que triunfa a costa de la ciencia de Dios, y Dios no puede permitir que este pueblo sea el pueblo de la humanidad. ¡No! no puede ser el maestro del mundo, un pueblo que llama gran industria del siglo á la operacion de lustrar las botas, y céfiro á una tienda de quincalla, y estrella del Norte ó del Mediodía á un almacen de tapones de corcho, y buen pastor á un despacho de aceite y de vinagre, y sílfide á un mesón, y pensamiento á una zapatería, y bello pensamiento á unos confites.