# Un paseo por Paris, retratos al natural

## Part 7

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¡Tal es el deseo que aquí hay de llamar la atencion y causar impresiones teatrales! Seguramente no se contentan con la simple impresion artística: claro es que el _sueldo_ es la suprema aparicion que se vislumbra en el fondo de estas admirables sombras chinescas; pero es un sueldo particular, un sueldo francés, que necesita estudiarse mucho para comprenderlo; que no podrá nunca comprenderse, si se estudia de un modo aislado. Es necesario poner la observacion en todas las partes de este gran todo, para que lleguemos á divisar qué clase de _sueldo_ es el que está depositado en el fondo de esta inmensa urna. Aquí entra en todo, como uno de los elementos más poderosos, como la primera vitalidad del país, como carácter de raza, la fantasía. Aquí tiene todo un algo fantástico, el sueldo tambien. Aquí todas las cosas se cobijan bajo un manto de coquetismo, tambien el sueldo. Paris no querria, le concedo esta idealidad noble y generosa, un sueldo grosero, ignorante, idiota, no; no quiere el oro que se da por ir al teatro, con el fin de ver las maniobras de un hechicero, de una bruja, si las hubiera: busca siempre y en todas partes la satisfaccion de su genio artístico; _su sombra chinesca_. Fenómeno admirable en verdad. Los pueblos menos artistas por naturaleza, son los que más se dan al arte por instinto y por educacion. Por esto mismo los oradores suelen tener la pasion funesta de querer ver escrito lo que hablan. Su palabra es su única belleza, y no se contentan con ser bellos. La escritura es un postizo que los afea, que los ridiculiza más de una vez, y están contentos con su fealdad y su ridiculez. El genio tiene sus arcanos, como tiene el abismo cavidades ocultas, y aquí encuentro yo uno de sus arcanos más curiosos.

Todo respira aquí contra el arte, contra el arte único que conoce la humanidad, contra esa poesía santa y sublime que nos hace sentir el bien, la verdad y el amor, bajo la relacion de la belleza; pero de una belleza espontánea, impregnada en todo, en el ademan, en la mirada, en el movimiento, en la voz, en el cielo, en el aire, en la luz, hasta en el susurro de los árboles mecidos por la brisa. Yo no encuentro esa poesía fácil, ese arte infuso, por decirlo así, en ninguna parte de esta magnífica ciudad. Llevemos una estátua de las Tullerías ó del Luxemburgo á un paseo de Roma, y seguramente parecerá más bella, más estátua, más arte; es decir, más sentimiento, porque sentimiento es el arte, así como verdad es la ciencia, utilidad la industria, ó justicia el derecho humano.

¡Qué espectáculo tan interesante nos ofrece un centro tal de creaciones! Aquí unos calcetines por ocho cuartos; allí una sortija de dos ó tres mil duros; ahora un chaleco hecho que se da por una peseta; despues una pipa de ocho mil reales, como la que hay en la plaza de la Bolsa, número 3. Al fin de la calle de Montmartre, cerca de San Eustaquio, corbatas de seda por poco más de dos reales; en la calle de Richelieu, un sombrero por doscientos duros.

Seguramente habrá mil contrastes más raros; pero no puedo hablar sino de lo que he visto en veinte y cuatro horas que vivo en Paris, y me parece que una regular indulgencia no podria exigirme más.

He ajustado la cuenta del importe á que suben los sombreros de paja que hemos visto, segun el número anunciado en los depósitos y su precio corriente, y resulta que no bajará de doce a catorce millones de reales. Es verdad que no creo completamente en el anuncio de los almacenistas, porque aquí nada es lo que parece, ni se fia tanto en la bondad intrínseca de la cosa, como en su brillante manifestacion. Como ya dije, aquí todo tiende á poetizarse, aunque nada tenga una verdadera poesía. Es menester contar, para no engañarse, con la realidad del objeto y sus aspiraciones poéticas. El cubilete es verdad; el prestidigitador es mentira, ó si queremos llamarle verdad, habremos de llamarle verdad fantástica, verdad mentirosa, verdad en que la verdad sufre un escamoteo.

Una de las cosas más dignas de observarse en este gran horno de fundicion social, es hasta qué punto agita los entendimientos: quiero decir, las imaginaciones, porque la imaginacion es el gran entendimiento de los franceses, la competencia industrial y mercantil.

El mercader de ropas hechas pone á los sastres _como hoja de peregil_: el sastre viste al mercader de ropa de pascua; y no sabemos qué admirar más, si la ironía del mercader ó la del sastre. En punto á comprar y vender, todo el mundo es poeta á su modo, literato, erudito. En el bulevar de la Poisonnière ó de San Dionisio, he visto hoy una especie de programa en que uno se presenta como candidato á la diputacion, alegando por título que vestirá á las mujeres mejor y más barato que ninguna casa de Paris. _¿Qué mayores ventajas podeis hallar en un diputado_, dice á los electores, _que la de contentar á vuestras mujeres_? Esto no pasa de ser una broma, pero es una broma de un gusto enteramente parisiense.

Pasan de quince ó veinte lienzos de pared en que hemos divisado, á una altura de quinto ó sexto piso, el anuncio de la _Ville de Paris_, calle de Montmartre, núm. 74. Es seguro que en tales avisos ha empleado un capital considerable. Calcule el lector que para anunciarse en algunos lienzos de pared, ha necesitado poner andamios ó empalizadas.

No puede darse el caso de caminar por algun punto sin darse de cara con un letrero, con una enseña, con un aviso; como si el aviso fuese el aire que aquí se respira, el espíritu que todo lo mueve, el hornillo que todo lo calienta. Nos metemos en un carruaje; allí está el rótulo del diente, del pelo, de las píldoras, del agua prodigiosa: nos introducimos en los lugares más escusados, toda vez que sean del dominio público; allí están las píldoras ó el unto tambien. El aviso, el decir _aquí hay esto ó lo otro_, es el arca predestinada donde se ha refugiado este Noé con toda su familia.

Esto parece exagerado al que no lo presencia; pero sepa el que dude, que una de las tareas que más dan que hacer á la policía de Paris, consiste en especificar los sitios en donde no se pueden fijar anuncios, citando el artículo del reglamento que lo prohibe. Así sucede, que lo más común es encontrarse con letreros que dicen: _défense d'afficher, prohibicion de fijar avisos_. De modo, que hasta la policía, queriendo evitar los rótulos, _rotulea_ tambien.

Y por rotulear de todos modos, hay quien se anuncia _gratis_, (gracia estraña en Paris en donde el céntimo está pegado á toda cosa, así como el agua del bautismo corre sobre la frente del bautizado).

A orillas del Mercado Nuevo hemos visto un anuncio en que se dice con letra bastardilla: «curso gratuito de piano, calle de Argel, núm. 3, enfrente del jardin de las Tullerías.»

_A la pensée._ (Al pensamiento.) Esto vi en un almacen del bulevar Montmartre (ó en sus inmediaciones), y tiré del brazo á mi mujer como tocado de una curiosidad poderosa. ¿Qué pensamiento será este? decía para mí. Llegamos: era una zapatería.

_Al bello pensamiento. (A la belle pensée.)_ Esto ví escrito en una de las cajas que están expuestas en la esquina de la calle _Les filles Saint Thomas_, y me ví asaltado del mismo conato curioso. Me aproximé, ví: era una caja de confites.

_Hautes nouveautés_! (Altas novedades.) Esto leí en los cristales de un almacen de la calle de Vivienne, y tales títulos no pueden menos de sorprender. Fuimos allá, lo que nos habia cautivado el ánimo era una coleccion de manguitos, camisolines, chambras y cofias.

Pero uno de los anuncios en que más me he fijado, acaso por su _exterioridad relumbrona, por su oratoria esencialmente francesa_, es uno que hemos visto en la encrucijada que forman la calle Vivienne y las Hijas de Santo Tomás, en uno de los ángulos de la plaza de la Bolsa. Tengo el anuncio copiado en mi cartera, y casi presumo que al lector no le desagradará verlo, aunque no respondo de su completa fidelidad. Acaso hay algun letrero en chimenea, rendija ó resquicio que nosotros no hemos podido divisar. Lo que desde la calle se ve, es lo siguiente:

Arriba, muy arriba:

_Al palacio de cristal.--Vestidos para hombres_.

Más abajo:

_Palacio de cristal_.

Más abajo:

_Vestidos para hombres_.

Más abajo:

_Precio fijo_.

Más abajo:

_Al palacio de cristal_.

Más abajo, sobre cristales:

_Precio fijo_.

Más abajo:

_Vestidos para hombres_.

Esto se ve estando situado el espectador en lo interior de la Plaza de la Bolsa.

Ahora situémonos en la calle Vivienne, y descubrirémos; arriba:

_Precio fijo_.

Más abajo:

_Al palacio de cristal_.

Más abajo:

_Vestidos para hombres_.

Más abajo:

Especialidad en trajes de niños_.

Sobre la puerta:

_Al palacio de cristal_.

Más abajo:

_Precio fijo_.

Más hácia la derecha:

_Trajes hechos y á la medida_.

En otra puerta:

_Al palacio de cristal_.

En los cristales:

_Precio fijo_.

Más hacia la derecha:

_Trajes hechos y á la medida_.

Por otra calle:

_Precio fijo_.

Más abajo:

_Al palacio de cristal_.

Más abajo:

_Vestidos para hombres, niños y libreas_.

En los cristales:

_Trajes de casa y de librea_.

En un recodo que hace la calle:

_Al palacio de cristal_.

Más arriba:

_Al palacio de cristal.--Vestidos para hombres y niños_.

Más abajo, en un cuadro de hoja de lata ó de metal dorado:

_Vestidos para hombres y trajes para niños_. Este aviso está en francés, inglés y aleman.

Sobre otra puerta:

_Al palacio de cristal.--Ropas de casa_.

A la izquierda de la misma puerta:

_Precio corriente de las libreas_; y mencionan diez y ocho objetos de traje, por valor de 739 francos.

A la derecha, sobre cristales:

_Entrada de los obreros_.

Más á la derecha, sobre una muestra:

_Entrada de los obreros_.

Despues de tomada esta nota, veo una enseña en el extremo del primer balcon que da á la calle de las Hijas de Santo Tomás, la cual decía:

_Vestidos para mujeres y niños_.

A su lado, casi en medio de dicho balcon, se ve tambien una gran placa dorada alrededor y bronceada en el fondo, donde tiene las armas francesas, ó un trofeo semejante. En la placa se divisa este rótulo en elegantes letras cinceladas: _Comision imperial_. 1855.

Si tanto palacio, y tanto cristal, y tanto hombre, y tanto niño, y tanto traje pudiera tener realidad animada, discurra el lector si podria formarse todo un pueblo de trajes, de niños, de hombres, de cristales y de palacios.

¿Cuánto habrá gastado esa casa en los anuncios? Digo lo que antes dije de la _Ville de Paris_: es seguro que ha consumido un capital de alguna cuantía.

Hemos comido en un famoso _restaurant_ de la calle de Richelieu, porque es necesario ver estas celebridades (ver significa pagar), y nos volvimos á nuestro hotel á las once dadas de la noche.

Mañana correrémos los bulevares de Montmartre, de los italianos, de las Capuchinas, de la Magdalena; bajarémos por la calle Real, siguiendo despues la calle de Rívoli, hasta el _Hotel de Ville_, y dando un vistazo á las Tullerías, Plaza de la Concordia, campos Elíseos, y arco de la Estrella, monumento suntuoso, que no cuesta á Paris menos de 39 ó 40 millones de reales.

Termino este día manifestando un incidente que tiene angustiada á mi mujer, y que, en verdad sea dicho, á mí no me tiene de buen humor. Desde que he llegado á Paris, no como; no porque no tenga ganas de comer, sino porque estas salsas me repugnan.

La cocina francesa tiene gran fama, no se la quito, no soy perito en la materia; pero lo soy en punto á conocer mi paladar y mi estómago, y digo en _pleno Paris_, que echo muy de menos mis pichones de la plaza de Herradores, el guisado que me aliñaba mi mujer, y mi clásico vino de Valdepeñas.

O los manjares no se conocen, á fuerza de aderezarlos y _embellecerlos_, porque hasta en los potes de la cocina quiere establecer su reinado _la poesía francesa, el impertinente é inexorable palaustre,_ ó el diablo no puede con ellos á fuerza de estar duros, permítame Paris esta ruda expresion española.

El vino extranjero es carísimo, el vino común del país es malísimo para mi gusto, y vuelvo á decir que doy razón, mucha razon á las perdices, á los pucheros y al vino de mi tierra.

En materia de comer y de beber, sépalo el magnífico Paris, soy castizo español. Le felicito por sus glorias; pero soy español, bien que en otras muchas cosas ...no soy francés. Y mi mujer dice: ni yo francesa. ¡Dios me libre!

Así finalizó el día segundo.

=Dia tercero=.

Progresos de mi mujer.--Melancolía.--Nuevos rótulos.--Anuncio de la Union agrícola.--Costumbre de las señoras de Paris.--Sangre fria de los hombres.--Achaques de raza.--La soga.--Una mujer en la calle de Richelieu.--La mujer francesa.--Medallas.--Prodigio del genio francés.--Más rótulos.--Baston de Richelieu.--Plaza de la Concordia.--Arco de la Estrella.--Campos Elíseos.--Vuelta al Hotel.

Mi mujer va haciendo admirables progresos en el idioma francés. Á las mujeres las dice _monsieur_ y á los hombres _madame_: al _quilógramo_, medida de áridos, lo llama _litro_, medida de líquidos: el bulevar, es el _restaurant_ y el restaurant es el bulevar, y así en otras cosas. Está muy afligida, porque dice que le sucederá lo que al otro: olvidó el español y no aprendió el francés.

Salimos á las nueve de la mañana. Mi mujer y yo nos vemos asaltados por esa melancolía indefinible, que no puede menos de experimentarse cuando se llega á una ciudad tan populosa. El individuo parece absorberse en el grupo que le circuye por todas partes, y se halla como privado de la conciencia de su dignidad y de su poder. No quiero decir que pierda realmente su personalidad en la familia, en la ciencia, en el arte, en la industria, en la religion, en el derecho, no: una entidad absoluta no se pierde por combinaciones accidentales. Lo que digo es que el individuo se siente pequeño ante lo mismo que él ha creado: el artífice se anonada ante su propia obra. En este caso sucede al hombre lo que al grano de arena en medio de un desierto muy dilatado. Un grano de arena y otro grano de arena forman el desierto; pero el grano se ve perdido entre los horizontes de aquella inmensa soledad.

El individuo experimenta que otra fuerza mayor le reasume, una fuerza extraña, indiferente, que no le hace amar, que no le educa el corazon, que no lo civiliza para la gran moral de este mundo: no lo absorbe el cariño, sino el número, este número no es la vida; porque el individuo se siente con vida tambien, y esta emocion confusa le comunica una tristeza que no se puede definir. No basta el bullicio, ni la agena alegría, ni los espectáculos más pomposos, para que deje de estar triste. Nunca debe ser más terrible el morir que cuando se oye cantar, y por una razon idéntica, sucede que la música no distrae, sino que daña, á las personas que padecen aflicciones profundas.

El extranjero está pesaroso, este pesar es una arruga de su alma, por decirlo así, que apenas se divisa en su semblante; pero el pesar existe, tiene su significacion muy trascendental, y para apreciarla debidamente, es indispensable poner el pié en tierra extranjera. No, no vale el genio sin el sentimiento experimental que nos descubre ciertas distancias en la insondable matemática de la vida. El talento sin la experiencia, sin sentimiento práctico, sin la estética particular de los lugares y de los hombres, es lo que la trasparencia del cristal sin los rayos del foco: es lo que nuestra vista sin la chispa eléctrica de la luz. Para evaporarse, no basta que un licor sea espirituoso: es indispensable que salga de la cavidad de su redoma es indispensable que la atmósfera inflame sus poros bajo el contacto de la luz del cielo.

¡Cuánto quiere decir este dolor confuso que experimentamos en medio de este enorme bullicio! ¡Cuánto deberia hacernos meditar y sentir! El hombre da unos cuantos pasos, atraviesa una linde que es tierra tambien, y se halla desterrado y proscripto en la humanidad. ¡Ay! ¡cuántas lágrimas amarguísimas serian necesarias para purgar este inmenso pecado! Pero para algo muy grande, muy solemne, muy humano, muy caritativo, debe reservar estas cosas la justicia de Dios.

Esto es una urna velada por el impalpable crespon de todos los siglos. ¿Quién sabe el voto que en esa urna misteriosa depositará un dia la Providencia!

--No lo verás tú, se me dice.

--Sí lo veré; lo veré en ese sentimiento que me hace infinito, profesando amor á los hombres; en ese sentimiento que me hace inmortal esperando en la ley de Dios. Lo veré, sí, lo veré, lo veo hoy, lo ve mi esperanza.

Hemos visitado la calle y bulevar de Montmartre, el de Beaumarchais, San Martin, Temple, Poisonnière, Italianos, Capuchinas y Magdalena.

Es sorprendente el estruendo que se percibe por donde quiera que se va, trabajo prodigioso que en todas partes se revuelve y se agita, creacion incesante que se desarrolla en tantas esferas, para dejarse luego ver bajo formas tan gigantescas y variadas. ¿Cómo no? Es un coloso el que se mueve: cada movimiento no puede menos de presentar una faz del coloso.

Uno es sastre del rey de Holanda, otro del de Cerdeña; otro manifiesta una medalla del emperador de Prusia ó de Austria; tal almacen se titula proveedor de _María Cristina_, como he visto en la calle _arrabal_ de San Honorato. Aquí una tienda de gusto chinesco; allí otra de gusto árabe, persa, griego ó ruso. Hotel de Francia, de Inglaterra, de Holanda, de Rusia, de Prusia, de Austria, de Turquía, de Italia, de América, de Europa, café ó estaminet del Universo; todo hierve y refluye aquí, como toda la sangre se mueve y se trabaja en el corazon. No he visto ningun hotel de Africa ó de la Oceanía; pero esto no es decir que no lo haya. Parece imposible que no exista en Paris una fonda, café ó cosa equivalente, que lleve por título: _café, fonda, pastelería ó taberna_ de las costas de Oro. No seria esto más raro que un anuncio de la Union Agrícola, puesto en verso rimado de once sílabas, tan contadas como los dedos de la mano. Y no se crea que esto es pulla. He visto aquel anuncio singular en una empalizada, cerca del lujoso edificio que se está levantando en la misma calle donde finalizan las Tullerías y el Louvre, y que es la décimo-tercera alcaldía de Paris. ¿Llegará dia en que los poemas épicos se escriban en prosa tabernaria?

Una particularidad hemos notado mi mujer y yo. La pasion dominante en las parisienses de mediano y alto coturno, consiste ... ¿en qué dirá el lector? Consiste en alzarse muellemente el traje aunque no haya lodo. Sin duda es un golpe de estado, aplicado á grandes razones de etiquetas.

Otra particularidad más curiosa hemos descubierto tambien. Apenas habrá pueblo en el mundo en que los hombres vuelvan la cara con más sangre fria, y se queden mirando con más formalidad los piés y las piernas de las transeuntes. Esto viene de una raíz muy honda: viene de cierto temperamento que es el carácter más distintivo del pueblo francés. No hay casta social donde con tanta gravedad y tanto aplomo se hagan cosas ridículas. No es decir que en los demás países no se caiga en ridículo; más para este ridículo hay una risa: aquí no se rien. Y cuidado que no se dejan de reir por hipocresía ó por estudio, sino porque creen de buena fe que el asunto no merece reirse; porque están _patrióticamente_ convencidos de que no puede haber cosa ridícula, siendo _cosa francesa_.

Pero tal vez no tengo razon en decir que este hábito es lo que más caracteriza al pueblo francés. Acaso esto viene de más adentro: acaso la formalidad cómica de los franceses para el ridículo, es una simple derivacion de otro carácter más universal, porque está más en el interior de su genio: su genio, que todo lo devora; que todo lo devora, conservándose intacto: que todo lo devora, sin devorarse jamás á sí mismo: su genio, decia, le lleva hoy á consumar un hecho cualquiera; pero á las veinticuatro horas este hecho está devorado y corre tras otro. ¿Cuál es este otro? Un hecho nuevo, una nueva emocion, un nuevo trabajo, el jornal de otro dia; el plato de hoy; quizás una emocion contraria, acaso el plato que le envenena; pero la ley es devorar, la necesidad es sentir lo que no se ha sentido; la pasion es no envejecer en una idea, en un sentimiento, en una institucion: hoy una institucion, otro dia la contraria. Hé aquí el ridículo; práctica este ridículo, no sólo con formalidad, sino con ahínco, con efusion, con la efusion ardiente y generosa del que trabaja, para satisfacer las inspiraciones de su genio.

Antes que ridículo, el pueblo francés es voluble. Aquí encuentro yo el carácter radical; todo lo demás es derivacion, corrientes de este manantial oculto, gestos de este rostro escondido.

Creen, y creen bien, que una brisa estancada no seria buena para mecerse sobre las florestas de un paraíso; creen, y creen mal, que lo primero es renovar el aire, sin consultar si el aire nuevo está más dañado. Francia es un águila, que para recibir ambiente nuevo, abre y golpea las alas sin cesar; aquí se concentra la suma mayor de su vida: que un milano venga y se oculte bajo aquellas alas impacientes, no importa: que el águila se torne en cuervo ó buho, toda vez que el buho sacuda las plumas para que las penetren los nuevos gérmenes de la atmósfera, no importa tampoco.

Pero estoy fuera de lugar: estas apreciaciones pertenecen á otra parte de estos apuntes.

No hallamos pobres que pidan, ni niños jugando por las calles. Las clases que se manifiestan al público respiran bienestar y decencia. ¿Pero es todo esto verdad? ¡Ay!

En la plaza de la Bolsa hemos hallado dos jóvenes de veinte ó veinticinco años, que saltaban en una cuerda, juego que en Andalucía se llama de la _soga_. Lo mismo hacia en la calle Feydeau una mujer que tenia varios hijos.

En la calle de Richelieu, una mujer se ataba las enaguas blancas, adoptando apenas reserva alguna, sin que esto causara maravilla á los transeuntes.

Aquí las mujeres, aún siendo jóvenes, entran y salen, van y vienen, en la seguridad de que nadie las molesta ni las restringe. Se ve á la mujer en el campo, dirigiendo hábilmente un carruaje, con su blanca y aseada papalina, llevando las riendas de un elegante cabriolé en el paseo público, detrás del mostrador en el café, en la tienda, en el escritorio, en todas partes, posesionada siempre de la porcion de humanidad que la ha dado una conciencia que yo respeto, por más que se torne contra la poesía oriental de la mujer: una conciencia que no la usurpa lo que la ha dado la verdad adorable de la creacion.

Estudiado Paris en esta tendencia, no parece un pueblo oriundo de los latinos, herederos, como Atenas, de la esclavitud de la mujer asiática. Así sucede que la mujer francesa, desarrollada en todas las faces de la vida social, tiene un aire de dignidad, de fuerza, de albedrío, y un grado de despejo y de inteligencia que nos maravilla.

El amo de una _rotiserie_, de una taberna, de una lechería, de un pequeño almacen, podrá no ser acaso un _monsieur_: el ama es todo una _madame_ ó señora. La mujer de Paris trabaja tanto como el hombre, tiene mejor sentido que él, vive más honrada que él, no por la galantería jactanciosa de los tiempos hidalgos, sino por los oficios que presta, y esto explica en gran modo las creaciones casi fabulosas de esta rica ciudad.

La poblacion inútil que en otros países consume lo que la poblacion útil trabaja y crea, es sumamente reducida en el Norte de Francia, dejando aparte la organizacion del órden oficial.

