# Un paseo por Paris, retratos al natural

## Part 6

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En esto apareció un caballero ... digo mal, no apareció; nosotros llegamos á divisarlo por entre las barandas doradas del otro piso, es decir, del piso quinto. Aquel caballero, amo del hotel Español, tuvo la bondad de bajar adonde nosotros estábamos.

--Pido á usted auxilio, le dije sonriendo, contra las intenciones de su criado, que sin duda pretende conducirnos á las estrellas.

--Es que no hay habitacion desocupada en los otros pisos.

--Entonces, contesté, no podemos tener el gusto de permanecer en su casa. Una afeccion nerviosa que padezco, me impide habitar un piso quinto.

--Perdone usted, es piso cuarto.

--Pues bien, me impide habitar un piso cuarto.

--Un piso cuarto con entresuelo, añadió mi mujer, y nos dimos á bajar la escalera diciéndole: sírvase usted prevenir al criado que traiga el equipaje, nosotros le gratificarémos, y rogamos á usted nos disimule esta molestia.

El amo del hotel bajó al otro rellano.

--Ya que ustedes no pueden quedarse aquí, les recomendaré á una casa española.

--¿Qué piso? pregunté.

--Principal; calle Vivienne, casa de Luisa Noel.

--Enhorabuena; si es piso principal, estamos conformes y le damos á usted las gracias.

Dos criados de la fonda condujeron el equipaje desde la calle de Richelieu á la de Vivienne, que están contiguas, núm. 45.

Llegamos á la primera puerta y yo hice alto, mientras que los mozos continuaban subiendo la escalera.

--¿Dónde va usted? volví á preguntar.

Los criados me respondieron que aquel piso era el entresuelo, y que Luisa Noel habitaba en el principal.

Subimos al piso principal.

Luisa Noel no estaba en casa; los criados de la fonda dejaron allí el equipaje, y mi mujer y yo tomamos posesion de dos sillas en actitud de esperar á la señora. No habian trascurrido dos minutos, cuando se dejó ver una criada que nos dijo en buen español:

--Si ustedes quieren ver la habitacion que está vacante, pueden hacerlo; y en el caso de acomodarles, dispongan de ella, sin perjuicio de que luego se concierten con el ama.

Esta proposicion nos agradó en extremo, ansiosos como estábamos de descansar, y la criada nos pareció una mujer de mucho talento.

Dos criados de Luisa Noel se apoderaron del equipaje y empezaron á subir escaleras.

La criada seguia á los criados. Mi mujer seguia á la criada. Yo seguia á mi mujer. Subí el primer tramo maquinalmente; pero al llegar allí me acordé de mis nervios, no podia suponer que en Francia hubiese dos pisos principales, uno abajo y otro arriba, y creí llegada la ocasion de preguntar de nuevo:

--¿Dónde va usted, señora?

--Es aquí, es aquí.

--Perdone usted; el caballero que nos recomienda nos dijo que su ama de usted vivia en un piso principal.

--Sí, señor; pero en el piso principal no hay habitacion desocupada. Suban ustedes, vean ustedes el cuarto, y luego podrán resolver.

Antes subia maquinalmente; ahora subia por amabilidad; pero un hombre no debe ser amable: el hombre no debe robar ese secreto á la mujer.

Subimos dos tramos, y hénos aquí en pleno piso segundo con entresuelo; pero los criados y la criada continuaban subiendo escaleras.

--¿Dónde va usted, mujer de mis pecados?

--Es que en el piso segundo no hay habitacion vacante. Suban ustedes; esto no es alto para Paris.

--Para Paris no será alto, señora, pero mis nervios no tienen el gusto de Paris; Paris no me ha dado otros nervios, y con permiso de Paris, he resuelto volverme al piso principal.

--Suban ustedes otro poco, es aquí; verán ustedes qué vista tiene. Si no les acomoda, bajarán; pero examinen siquiera la habitacion.

Esto lo decia en alta voz desde el piso tercero con entresuelo, es decir, desde el piso cuarto. Mi mujer me miraba como consultando mi resolucion, hasta que la hice seña de que subiese. El diablo me tentó aquel dia por ser amable, ó tal vez la amabilidad _parisiense_ se me habia entrado de súbito por los poros del alma.

Subimos tres tramos; tres tramos muy lustrosos, muy limpios, muy decentes; pero muy largos. En fin, eran tres tramos para un hombre á quien los tramos matan, que habia subido en menos de una hora veinte y cuatro tramos, sin contar noventa y tres horas de encajonamiento en la diligencia y en el tren.

Puedo asegurar que no sé cómo era la habitacion. La cabeza se me caia, y todo rodaba en torno mio, como si me hallase en alta mar. Pocas veces me he visto asaltado de un malestar que más me afligiese. Mi mujer lo conoció inmediatamente, y cogidos del brazo, empezamos á bajar la escalera, detrás de la criada. Aquello era el descenso de la cruz, pero siquiera era el descenso.

El equipaje quedó en las alturas.

No habiamos esperado media hora en el piso principal, cuando llegó Luisa Noel.

Esta señora nos recibió con muy buenas maneras en una magnífica sala; la conversacion comenzó á preludiarse; pero yo puse fin á los preludios diciendo:

--Señora, ¿usted no tiene habitacion en el entresuelo ó en el principal?

--No, señor, no la tengo.

--Entonces no podemos estar en su casa, por más que lo sintamos.

--En Paris no es alto un piso tercero.

--Señora, no es cuestion de Paris; es cuestion de una enfermedad de que adolezco con gran pena mía ... y en resumidas cuentas, tenga usted la bondad de prevenir á sus criados que me traigan el equipaje á donde encuentre un piso principal, entresuelo, bajo, aunque sea un sótano ó una cueva.

Luisa Noel llamó sonriendo á dos criados, y nos envió al hotel del Tirol, calle de Montmartre, á cincuenta pasos de la calle Vivienne.--Eran las siete y media de la tarde.

Llegamos al hotel del Tirol; pero este hotel, en medio de las cosas buenas que pueda tener, y que no le quiero disputar, tiene una escalera tan estrecha, tan _nimiamente_ estrecha, que me resolví á no subirla. Las aventuras anteriores me habian hecho cobrar horror á las escaleras, aún siendo espaciosas y excelentes.

Hénos otra vez á cielo raso sobre las losas del imperial Paris.

Al salir del portal del hotel en cuestion, alcancé á divisar un reverbero, en cuyo cristal ví este rótulo: _hôtel des étrangers, rue Teydeau, 3_. (Hotel de los Extranjeros, calle de Teydeau, número 3.)

Hice seña á los mozos del equipaje de que me siguieran, y antes de un minuto estaba hablando con los _garçones_ del hotel.

--_¿Combien voulez-vous payer?_ (¿Cuánto quiere usted pagar?)

--Quiero pagar lo que sea necesario para que me abran ustedes las puertas de ese entresuelo (habia un entresuelo desocupado), y háganme ustedes el favor de darse prisa.

La señora del hotel salió _du bureau_ (de la oficina: aquí todo establecimiento público tiene su oficina) y dispuso que se nos franqueara la habitacion. La señora del hotel es gruesa, de alguna edad, y fea. Á mí me pareció un ángel, ó como dijera un novelista moderno, una vírgen aérea de Rafael ó de Murillo. Mi buena y sufrida mujer y yo subimos dos tramos, compuestos de 23 escalas, y nos encontramos en un entresuelo lindísimo, con dos balcones á la calle y perfectamente arreglado, como todas las habitaciones francesas.

Los criados de Luisa Noel hicieron entrega del equipaje, recibieron su tanto, y se marcharon con los mozos de nuestro hotel; cerré la puerta, me eché sobre el sofá, me quité el sombrero y arrojé un suspiro. Me parecia mentira que Paris me diera un entresuelo. ¡Bienaventurado Paris! ¡Bienaventuradas escaleras!

Despues que hubimos descansado un instante, nos lavamos, y aún con el polvo del camino encima, salimos á dar una vuelta, como suele decirse.

Bajamos por la calle Feydeau, torcimos á la derecha, y á pocos pasos nos hallamos en la plaza de la Bolsa, cuyo suntuoso palacio descubrimos confusamente entre dos luces.

Ibamos por el ángulo del Norte, y al fulgor de las luces de un café, denominado de las Arcadas, vi escrito en una esquina _restaurant Champeaux_. Anduvimos más, y al principio de la fachada de otro edificio, ayudado por cuatro tubos de gas que la decoraban, volví á leer _Champeaux_, y más adelante, en letras mayores, _restaurant Champeaux_, y en el otro extremo, _Champeaux_, y muy abajo, casi rayando con la acera, _restaurant Champeaux_.

No pude menos de decir á mi mujer:

--Cosa notable debe ser ese buen _restaurant Champeaux_, cuando tan de manifiesto se pone, sin temor de que se le descubran las faltas. Vamos á comer, y empujamos la puerta del dicho _Champeaux_.

Véanos el lector en un salon pequeño, pero adornado de espejos magníficos, de magníficos tubos de gas, y de mesas muy blancas, con un servicio esmerado y gracioso. Segun la expresion general, parecia una taza de plata.

No bien nos habiamos sentado en el ángulo de la izquierda, cerca de un espejo donde nos reflejábamos con platos, cubiertos y mesa, cuando nos vimos rodeados de tres mozos. Todos tres iban vestidos de negro, frac, corbata blanca, cabeza perfumada, y una servilleta en la mano. Yo quise hacer señas á mi mujer de que se levantara, á fin de abandonar el _restaurant Champeaux_; pero no era tiempo. _Los caballeros garçones_ nos habian sitiado, y no habia más remedio que sostener el sitio.

Pero ¿por qué queria yo abandonar el brillante salon, aquella brillante coquetería del civilizado Paris? Lo queria abandonar por dos razones. Primera: porque hay cosas que son como la carne que está podrida; tienen un olor que las denuncia. Yo veia lo que me iba á suceder en el gracioso _restaurant Champeaux_. Segunda: porque no queria ser servido por caballeros de frac negro, corbata blanca y cabellos de dama galante. Y cuidado, que no soy yo el que niega á un criado, ni á nadie, el derecho que tiene de emplear su dinero como mejor lo entienda, comprándose frac verde ó azul, y una corbata negra ó amarilla. Cuando un criado, lo mismo que un magnate, se empeña en ser ridículo, sobre su opinion pesa su ridiculez, así como sobre la opinion del payaso cae la confusion burlesca de los colores que entran en su vestido. Suyo es su dinero, suya su opinion, suya su responsabilidad; á quien toca la empresa, toca el peligro, y hasta aquí nada tengo que reparar ni que oponer. Pero el que se quiera hacer de un criado un estado ceremonial; que se quiera hacer de la servidumbre una carta aristocrática; que de un _restaurant_ se pretenda hacer un centro de etiqueta, etiqueta que por respetos tradicionales se sufre hoy difícilmente en una recepcion de embajadores: en menos palabras, que del acto simple y neto de comer en una casa pública, se pretenda hacer una especie de besamanos palaciego, es una cosa que me repugna y me entristece. ¿No tenemos bastante todavía? ¿Queremos añadir el privilegio del frac y la corbata en el servicio de una fonda?

Yo conozco que la mesa es una hora de recreo para muchas personas: conozco que quien va á comer pagando su dinero, no debe ver nada que le repugne; esto es muy justo; pero del aseo á una etiqueta impropia; de la decencia al coquetismo; de un servicio decoroso á un servicio refinado y _tonto_; tonto, si no fuera otra cosa peor, hay una distancia que ninguna razon puede llenar. Yo estaria conforme con estas prácticas, cuando una conquista civilizadora hubiera rescatado al _mozo_ del cautiverio en que lo tiene la conciencia de este mismo pueblo; cuando de la matrícula social se hubiera borrado la palabra degradante _garçon_; pero la palabra _garçon_ está escrita aquí, tiene aquí su esfera propia, constante, determinada: la palabra _garçon_ lleva en sí el pensamiento de una raza ilota, menos ilota que la de Esparta; ilota, hasta donde puede consentirlo la civilizacion de nuestros dias; pero ilota, sierva.

La opinion de Paris me da el derecho de golpear sobre esta mesa, gritando: _¡mozo!_ é impone al mozo el imprescindible deber de acudir, diciendo: _¡señor!_ El frac negro, la corbata blanca y la cabeza perfumada en el _mozo_, no son el signo de una conquista reparadora en la vía del derecho, no suponen una humanidad que se enaltece enalteciendo al hombre; que glorifica al hombre, glorificando el pensamiento de un principio hacedor y universal; no es la historia, redimida á precio de sangre y de virtud en el Evangelio; redimida en la cruz á precio de una verdad sublime, de un dolor sublime tambien, de una paciencia más sublime todavía; no es la historia cristiana que entrega al mundo el dia magnífico de la moral, no: no es el santo eso que veis ahí; es un trozo de mala madera que se viste de santo, para que sobre el ribete de su peana caiga la ofrenda del necio creyente.

Una ventaja tiene esta hipocresía maliciosa de Paris: el rico deja en todas partes una porcion de lo que le sobra.

Ya sabe el lector las dos razones que tenia para querer salirme del restaurant Champeaux. Una razon era de _hacienda_, porque sabia que aquello era un juego de cubiletes, que se trataba de escamotear, y que mi humildísimo y trabajadísimo bolsillo iba á ser el escamoteado. Otra razon más poderosa indudablemente, era de sentimiento. Me repugna, me repugna, quiera Dios que me repugne siempre, verme servido por caballeros, á quienes me es lícito injuriar con el apóstrofe de _garçones_.

La presencia de dos personas que traen aún encima el polvo del camino, en un gabinete de elegancia y buen tono, no pudo menos de producir en los asistentes cierta sensacion impregnada á la vez de lástima y de burla. Afortunadamente mi mujer y yo conocemos bastante bien lo que valen dos francos: con dos francos se compran unos guantes color de caña.

Nos avinimos, pues, á purgar el _delito de ser inconvenientes_, y perdonamos sin pesadumbre aquel inocente conato de la cultura parisiense.

Sobre esto dijimos algunas palabras mi mujer y yo, y los _caballeros garçones_ que nos circuian estrechamente, formando en el espejo un grupo de cinco personas, una mesa y varios cubiertos, fallaron de propia autoridad que debiamos ser italianos. En este idioma nos preguntaron qué queriamos comer.

--Perdonen ustedes señores, no me atreví á llamarlos garçones; no somos italianos: somos gentes que querémos comer, y que agradecerémos á ustedes infinito que nos traigan pronto la lista de la fonda.

--Usted perdone, respondió uno de ellos; (_pardon, monsieur_) y trajo la lista.

Pedimos poco.... ¿Cómo pedir mucho, quien pide con miedo? ¿Cómo no tener miedo, quien se ve bloqueado de luces, fraques, corbatas blancas, y untos aromáticos, mientras que su bolsillo baja la cabeza, y oye estremeciéndose como el reo á quien se va á leer la sentencia? Pedimos poco, pero al fin pedimos....

Vino la cuenta, y ¡eso si! en una cuartilla de papel azul, formando aguas, sin contar el borde dorado, leí 27 _francos_. Eché mano al bolsillo para pagar, y entre tanto decia para mis adentros: si yo he venido aquí con el fin de comer, no más que de comer; ¿qué necesidad tengo de pagar un papel azul, con canto dorado y aguas inglesas? ¿Qué necesidad tengo de pagar una lista encuadernada en forma de libro, con una cubierta magnífica? ¿Por qué he de pagar un frac que no me pongo, y una corbata que no he tocado, y una pomada que no he olido? Pero el cubilete estaba delante, el prestidigitador detrás, yo en medio, y mis 27 francos debian ser escamoteados sin recurso.

Despues de pagar, saqué un cigarro como para reponerme del ataque sufrido; pero uno de los _caballeros garçones_ acudió presuroso diciendo: _il n'est pas permis de fumer ici_. (No se permite fumar aquí.)

Salimos del _restaurant Champeaux_ á las nueve y media.

Mi mujer me dijo: lo que nos han puesto no vale diez francos. Hazme el favor de no volver á entrar en ninguna fonda, ni restaurant, ni almacen, ni aún taberna que huela á cosa de _Champeaux_.

Yo medité un momento camino de casa, y dije á mi mujer:

--No es Paris el bárbaro: los bárbaros somos nosotros. Los bárbaros son los extranjeros que no conocen á Paris, y que siendo pobres se van á la mesa de los ricos: que despreciando la vanidad, van á ocupar la silla de los vanidosos: que teniendo su espíritu más alto que esa civilizacion enfermiza y servil, llaman á la puerta de los _civilizados_. Los bárbaros, somos nosotros, que en vez de buscar hombres que nos den de comer, pagamos tributo á los _caballeros garçones_ y á los cubiletes de buen tono. Pero no, no eres bárbara tú que me sigues, como la sombra al cuerpo: el bárbaro soy yo. Toda barbarie se ha de pagar en este mundo, porque la ley moral es la más infalible y providente de todas las leyes: no me digas nada; ya pagué. ¡Dichosa barbarie la que no cuesta más que 27 francos!

Llegamos á casa, mi mujer se acostó, yo escribí las aventuras anteriores, despues me fuí á la cama, y así terminó el dia primero.

=Dia segundo=.

Mi amargor de boca.--Jeannin, sucesor de Sellier.--Recado de la señora del hotel.--Paseo á pié.--Extravagancias de una cosa que en Paris se llama gusto civilizado.--Sueldo francés.--Calcetines.--Sortija.--Chaleco. --Pipa.--Sombrero de paja.--Programa.--Rótulos.--Cocina francesa. --Fin del dia.

Me desperté á las siete de la mañana, sentí un grande amargor de boca, y no pude menos de atribuirlo al _restaurant Champeaux_. En cambio el buen _Champeaux_ se saborearia regaladamente con la memoria de mis pobres francos.

Tengo la costumbre de levantarme muy temprano, siguiendo el prudente consejo de Franklin. Hoy es dia excepcional; me levanto á las ocho dadas. Despues de lavarme y ponerme á cubierto del frio, porque hace frio, abro la ventana de mi gabinete y me fijo en un rótulo que distingo en la esquina de enfrente: _Jeannin, sucesor de Sellier_. Yo creí naturalmente, á mi me pareció que era naturalmente; creí, repito, que se trataba de algun personaje famoso en materia de ciencias ó artes, y tenia cierta curiosidad por adquirir noticias acerca del personaje que yo me fraguaba. _Jeannin_ es lo que nosotros llamamos un tabernero. Esta especie no dejó de causarme ciertamente extrañeza, y volví á conocer que tambien en esta ocasion no era bárbaro Paris, sino el extranjero que condena rutinariamente lo que no es conforme á su educacion y á sus hábitos.

En realidad ¿por qué una taberna no ha de ser capaz de crédito, crédito en que está cifrada la fortuna de una ó más familias? ¿Por qué un tabernero no ha de llamarse sucesor de otro que alcanzó fama, fama justificada por su diligencia y probidad? Luego que las cosas pasan á ser industria pública; luego que de la oficina en que se crean pasan á la oficina que se venden, ¿qué excelencia puede alegar el que vende instrumentos de matemáticas sobre el que vende azumbres de vino?

Nosotros llevariamos á bien que se escribiese en una enseña: _Jeannin, óptico ó químico, sucesor de Sellier_, y mirariamos con cierta intencion satírica el que se dijese: _Jeannin, tabernero, sucesor de Sellier_. Creo que el vicio no está en los franceses, sino en nosotros que confundimos el vender con el crear, la operacion del cambio con la operacion del talento. Los franceses creen, y creen muy bien, que la venta es igual á la venta, y que tan vender es vender un Cristo de plata como un jarron de china.

Siga el buen _Jeannin_ siendo sucesor de Sellier, el cielo le dé muchos sucesores afortunados, y ojalá que los taberneros de mi país hicieran consistir su orgullo en ser depositarios de una herencia de probidad y de decoro.

El lector no llevará á mal que yo me pare en estas menudencias, ya porque estas menudencias, son faces características en donde se refleja la vida de un pueblo, ya tambien porque tengo necesidad de apreciar estas cosas, con el fin de educar mis sentimientos propios. No lo hago por enseñar á quienes saben más que yo; sino por enseñarme y corregirme á mí mismo.

La señora del hotel me envia á un criado con el objeto de decirme que el gabinete me cuesta siete francos todos los dias. Esto me hace ver que hay muchos _Champeaux_ en Paris. Es una cosa que raya en prodigio el talento con que está dispuesta esta sociedad, para que el extranjero se vuelva á su casa sin un cuarto.

A pesar de la prevencion con que vivo, estoy seguro de que el famoso _restaurant Champeaux_ no es otra cosa que el primer hilo de toda una red.

Teniendo en cuenta lo que he de gastar en carruaje, gratificacion en la visita de sitios públicos y reservados, casa, comida, teatros, _cafés cantantes_, amen de las frecuentes _eventualidades y galanterías_ de Paris, comienzo á sospechar que durante los tres primeros meses, me bastarán apenas ocho napoleones diarios. ¡Ay de mí!

Mi mujer y yo nos vestimos, y por la vez primera nos vemos en las calles de Paris en medio del dia, _en plein jour_, como aquí se dice.

No es posible atravesar algunos de los puntos céntricos, sin encontrarse con muchos repartidores de papeles.

El uno anuncia una liquidacion definitiva, por valor de 300 ó 400 ú 800 mil francos; otro participa una rebaja de un 40 por 100, á consecuencia de disolucion de sociedad, de retiracion del comercio ó de muerte: otro va á cerrar sus salones de Invierno: otro va á franquear sus salones de Estío. Aquí hay un gabinete _perfectamente confortable_, donde se ponen dientes; allí se restauran las encías; allá nos ofrecen quijadas, ó narices, ó piernas, ú ojos artificiales, todo con una baratura, una comodidad y un buen gusto que encanta. No he visto aún ningun papel donde se prometa estañar la vejiga, como si fuera un pedazo de hoja de lata; pero no desespero de saber dónde se ponen trozos de pulmon. Aquí se pone todo, todo absolutamente, menos corazon y cabeza.

Un tabernero se revela al público de este modo: _me apresuro á participaros que he tenido la feliz idea (l'heureuse pensée) de formar un establecimiento vinícola (vinicole), único en Francia, donde sereis servidos como en ninguna parte, no sólo por la circunstancia de ser el empresario cosechero en grande (en gros), sino tambien por reunir treinta ó cuarenta años de experiencia y estudio. Escribid por el correo._ El amo de un restaurant asegura que por 70 céntimos (22 cuartos), da un almuerzo de los más _convenientes_, y que el servicio se hace en vajilla de plata. Que el servicio sea en vajilla de plata, ó en vajilla de zinc, poco importa: él estaba en el caso de anunciarse pomposamente, y dice que es de plata.

En el boulevard Montmartre hay un letrero enorme; en que se brindan dientes por 5 _francos cada uno, prévia una garantía de diez años_.

¡Dónde estará el diente al cabo de diez años, y aquel á quién se puso, y el mismo que lo puso!

_La antigua casa de Michaud_ (aquí todo el mundo se denomina _casa, antigua casa, casa única_), se presenta como la sola casa de Paris, que pone á nuestro arbitrio y disposicion _una dentadura completa (un dentier complet)_ por la suma de 150 francos, reuniendo las mejores condiciones de actividad y duracion (_de travail et de durée_).

En una de las travesías del boulevard de Beaumarchais, se ve un gran rótulo, donde se promete un menjuge para hacer _salir el pelo á todo el mundo_, con el bien entendido de que no se recibe paga alguna, hasta despues de haber obtenido el resultado. El objeto es que acuda gente; lo demás queda reservado á otro menjuge que sólo ellos conocen. _La charla_ en los mercaderes es aquí un verdadero y misterioso menjuge, una operacion química, velada por el arte de un hechicero. Orfila era un niño de teta, como suele decirse.

En Paris no se escapa ningun bicho viviente; ni el oidium, ni las pulgas, ni las liendres, ni las chinches. Levante los ojos el que pasea por estas espaciosas y magníficas calles, lea ciertos cuadros que están expuestos en los almacenes y tiendas de comestibles, y se convencerá de que sólo la _negligencia en soltar unos cuantos sueldos, puede tolerar_ el desacato de que haya pulgas en el mundo. ¡Cuántos millones necesitaria un solo individuo, si la esaltase la humorada de creer en lo que le dice este pueblo volátil, adornado no obstante de tan grandes dotes, abismado no obstante bajo el peso de tantas flaquezas!

Visitemos las tiendas de pieles, y encontrarémos, perfectamente disecados, leones, panteras, tigres, leopardos, hienas, lobos, zorras, castores; en fin, un gabinete de zoología. No he visto ratas; pero no extrañaria alzar la cabeza y darme de hocicos con una enorme culebra boa, puesta en una urna de cristal, á lo largo de un escaparate.

