# Un paseo por Paris, retratos al natural

## Part 5

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¡Ay! se dice que el pauperismo se ha extinguido en Francia; se dice que en Francia no hay pobres. ¡Ojalá! No seré yo el que deplore que tuviésemos la santa obligacion de admirar á nuestros vecinos tan cristiana conquista; no seré yo el que me lastime de tener que emular esa gran fortuna á los franceses, no. Sobre la ojeriza trivial de pueblo y de historia, venera mi alma todo lo que puede enjugar una gota de llanto. ¡Ojalá que en Francia no se conociesen las lágrimas de la miseria, y que el mundo entero, toda la tierra, España tambien, tuviese un libro en donde estudiar ese caritativo secreto, ese bálsamo milagroso de profundas llagas sociales!

Pero ¡ay! repito. Si fuese posible que de un golpe, de una sola vez, como circula el fluido eléctrico, como corre la luz, apareciera á nuestros ojos el interior de las boardillas de este fastuoso Paris; si de un golpe se presentaran ante nosotros todas las cuitas de esta sociedad artificial; si cayeran sobre nosotros todas las lágrimas que una miseria honrada y venerable vierte aquí, ¡cuántas calles se inundarian de llanto! ¡Cuántas calles irian de acera á acera! ¡Ah! Es bien seguro que el Emperador nadaria en lágrimas, y que romperia, pálido y tembloroso, la ley jactanciosa que ordena QUE EN FRANCIA NO HAYA POBRES.

Sí, hay pobres, hay miseria, hay llagas, hay dolores, hay lamentos; yo he raspado con el dedo la mezcla lisa que pone el palaustre, para que parezca bonita la parte exterior de las paredes; yo he quitado esa mezcla postiza, ese falso aliño, esa cara embustera; he penetrado más allá; me he visto dentro.... Para la ley no hay pobres; para la moral, sí; para los extraneros que tienen corazon, sí.

Antes habia mendicidad; no habia más que eso; no habia más que una cosa: ahora hay dos. La mendicidad, y una estéril y vana prohibicion. Ahora hay una mendicidad prohibida, una mendicidad afrentada; pero los pueblos, como los individuos, no pueden vivir sin su genio particular, y aquella ley, de puro ornato, de adobo y no otra cosa, era necesaria para dar á ese pueblo el relumbron que imperiosamente necesita el genio francés. ¡Pecador de mí! Ahora me explico yo por qué los franceses son tan aficionados á la luz eléctrica. Ahora me explico del mismo modo, que Paris sea la ciudad más alumbrada, más brillante del universo. Todo lo que tire á luces, y reflejos, y visos, y prismas, entra de lleno en el gusto francés.

La ley aboliendo el pauperismo, no es más que un reflejo de ese cristal; un golpe mágico de aquel palaustre, un chiste de aquel cómico. Deberia hablar tambien de la moralidad de Paris con relacion á la ciencia y al dogma; pero las originalidades que en este punto ha tenido Francia son tan extravagantes, tan atrevidas, tan francesamente atrevidas y descocadas (perdóneme Paris este castizo nombre español), que casi sospecho que no cabrian en la medida de nuestro país. Estoy seguro de que habia de lastimar muchas orejas, muchos entendimientos, muchas, muchísimas conciencias, y no escribo este libro para causar lástimas.

Para muestra, y nada más que con el fin de que sirva de muestra, presentaré un ejemplo de ciencia y otro ejemplo de religion.

El hecho de ciencia es el siguiente, hecho que acaso ignoran muchos franceses de alto coturno, y que yo sé por una de esas inesperadas dichas que se ofrecen al extranjero.

Un viejo ilustre, muy ilustre y muy venerable, tambien hay viejos venerables en Francia, óigalo el Sr. Dumas; un viejo que habia sido maestro de Luis Napoleon, antes de ser Luis Napoleon III, llevó cierto libro á Luis Napoleon, cuando ya era Luis Napoleon III, Emperador de los franceses.

El viejo de que hablamos era el honrado, valeroso, austero y lealísimo senador Vieillard, maestro y amigo del Emperador. Cuando el imperio se puso á votacion en el Senado, el Senado en peso, todo el Senado entusiasta y unánime, le prestó su sufragio. En medio de la general aclamacion, una voz seca, grave, segura y poderosa, dejó helados á los senadores, al público y al Emperador mismo: aquella voz inexorable, aquel acento de la conciencia, de la amistad y del cariño, aquella palabra que parecia ser la palabra yerta y metálica de un cadáver, dijo clara y resueltamente: ¡NO! Quien pronunció este no tremendo fué el senador Vieillard. El único senador tal vez que era amigo de Napoleon, un amigo grande, un amigo digno, uno de esos amigos que valen la pena de que un hombre nazca para que pueda honrarse con tal amistad, fué tambien el único que votó en contra del imperio. Napoleon, no obstante, continuó queriéndole y respetándole hasta el fin de sus dias. El voto contrario del maestro, y el respeto constante del discípulo, son cosas que hacen tanto honor al discípulo como al maestro.

Llega su última hora al honrado viejo, hallándose en San Cloud el Emperador; le participan que el senador Vieillard está agonizando; corre á Paris, acude á casa del moribundo, penetra en la alcoba, Vieillard espira, y Napoleon recibe el aliento postrero de aquel grande hombre; de aquel hombre ignorado hoy, pero que es sin disputa uno de los caractéres más bellos con que puede honrarse la historia moderna.

La verdad, lector mio, Napoleon no es santo de mi devocion, como decimos por nuestras tierras. Si te dijera que le queria, te diria un embuste; no le quiero, la verdad ante todo; tengo muchísimas razones para no quererle; pero desde que supe que vino de San Cloud para recoger el último suspiro de un viejo ilustre, de un hombre verdadero y honrado, no le quiero tampoco, no le puedo querer; pero no le odio. Si tuviera que perdonarle, en honra de la noble memoria del senador Vieillard, le perdonaria.

Ahora preguntaré: ¿se cumplió el testamento del senador Vieillard? Creo que no. ¿Por qué? Acaso Luis Napoleon lo sabe, acaso lo ignora, pero la verdad es que la última voluntad del difunto no se cumplió. Me parece oir á un lector que dice: pues ¿qué sucedió en esto? Amigo mio, ahora no podemos entrar en explicaciones. Ignoro si podré tocar este punto en algun pasaje de este libro; en este momento no puede ser.

Pues volviendo á la historia, decía que el senador Vieillard llevó un libro á Napoleon. Dicho libro tenia un epígrafe en la portada, acerca del cual llamó Vieillard toda la atencion de su antiguo discípulo. Napoleon leyó, volvió á leer, miró á su maestro, leyó otra vez, pensó luego un rato, hasta que por fin dijo: _c'est trop hardi; mais c'est vrai_. Esto es muy atrevido, pero es verdad. ¿Qué calcula el lector que decia el epígrafe? Decia lo siguiente: _le dieu de l'antiquité n'est plus. Aujourd'hui, l'humanité c'est Dieu_. El Dios de los antiguos no existe; hoy, la humanidad es Dios, ó la humanidad es el Dios moderno.

El Emperador dice que esto es verdad, yo pido perdon al Emperador, y con su vénia creo que es mentira. Yo creo que antes, lo mismo que ahora, y ahora lo propio que despues, la humanidad no ha sido, no es, no será, no puede ser nunca el Dios del mundo, ni de sí misma, ni de nadie, ni de un triste gusano, porque la humanidad no ha creado á nadie, ni al triste gusano, ni á sí misma, ni al mundo, ni puede hacer, ni decir una palabra en punto á marcar el último destino de las cosas, ese dia misterioso y sagrado, ese enigma supremo, oculto y recogido en el pensamiento del soberano artífice. Con perdon del Emperador, creo que los modernos no tienen otro Dios que los antiguos, porque ni los antiguos ni los modernos pueden cambiar de Dioses, como el año muda de estaciones, ó como nosotros mudamos de camisa, ¡Qué! Cuando no podemos mudar de arenas, de playas, de mares, de ambiente, de nubes, de estrellas, de soles, ¿quieren los franceses que mudemos de causa suprema? Cuando no podemos mudar de ojos, de cejas, ni aún de pestañas, ¿quieren los franceses que mudemos de Dios?

Pero seamos justos ante todo. ¿Os parece, lectores mios, que el autor del libro ha querido decir tal dislate, y que el Emperador ha podido prestarle asenso? No. En esto, como en todo lo que aquí pasa, media cierta poesía fantasmagórica, cierta fascinacion aérea. Lo que el autor ha querido decir, lo que el Emperador ha podido creer, es una cosa semejante á la que sigue: «la revelacion del principio supremo en la antigüedad, era, por ejemplo, el milagro. La revelacion de aquel principio sumo en los tiempos modernos, es el análisis, el experimento, el compás, el exámen, el axioma, la demostracion, más claro, la razon humana. En la antigüedad no existian más que castas teológicas, la idea de Dios era la que exclusivamente reinaba. En los tiempos modernos hay castas sociales; al lado de la excelsa idea de un Dios, reina en el mundo la idea del hombre. En la antigüedad como en nuestra era, como en todas las eras posibles, Dios representa el génesis de la sustancia; hoy el hombre representa el génesis de la forma.» Esto, y no otra cosa es lo que el autor de aquel libro quiso decir, y lo que el Emperador pudo creer; pero si se hubiera expresado como yo lo he hecho, aquella idea hubiera entrado en la gerarquía de las cosas oscuras, humildes y plebeyas, no hubiera valido la pena de que un Vieillard llevase el libro á un emperador, y de que un Emperador bajara la cabeza y pensase, y de que volviera á estar cabizbajo y pensativo.

El autor sabria que se hallaba en una sociedad entusiasta por los relumbrones, y diria para sus adentros: ¿sí? pues allá va ese magnífico y sorprendente relumbron. EL DIOS DE LA ANTIGÜEDAD HA PASADO; LA HUMANIDAD ES EL DIOS MODERNO. Y las gentes se miran unas á otras, se agrupan, se hablan al oído, cuchichean, y el libro corre de boca en boca, de pensamiento en pensamiento, de bolsillo en bolsillo; el autor crece, se hace de moda, _se hace francés_, y hé aquí realizado el adagio de que fray Modesto nunca llegó á guardian. Esto, que es una verdad en todos los pueblos del mundo, es verdad y media en este país de las ALTAS NOVEDADES. _En el Paris curioso_ verémos hasta qué punto se abusa aquí de la expresion heráldica: ¡ALTA NOVEDAD! La primera vez que mi mujer y yo vimos ese pomposo y campanudo rótulo, impreso en letras elegantísimas sobre los vidrios de un escaparate, nos aproximamos con cierta avidez.... ¡Ni el diablo inventa lo que los franceses! ¿Qué dirán mis lectores que era el objeto anunciado al público de una manera tan altisonante y rabiosa, por decirlo así? Pero estamos fuera de lugar. Estas noticias tocan de derecho al _Paris curioso_, y no debemos perjudicar esta segunda parte de nuestros humildes apuntes.

Vamos al otro ejemplo de que hablé; al ejemplo de dogma. Bastará decir en este punto que la Francia ha corrido el espacio que media entre proclamar: NO HAY DIOS, hasta celebrar misa en un altar cristiano, que está precisamente sobre las cenizas y la estátua de Voltaire. En efecto, el Panteon, ese suntuoso mausoleo que el pueblo francés ha levantado á sus grandes hombres, se habilitó hace poco para templo cristiano, y el altar en que un sacerdote católico dice misa diariamente, viene á caer sobre la tumba del más furioso de todos los enciclopedistas; es decir, sobre la tumba del más furioso de los protestantes franceses.

No llevo á mal que la Francia _reconocida_ haya levantado aquel suntuoso mausoleo á sus grandes hombres; no llevo á mal tampoco que Voltaire sea un grande hombre que ocupe un lugar en el espléndido mausoleo de su patria; lo que digo es que me huele _á cosa francesa_, una cosa que pica y que escuece, el que un sacerdote católico diga misa sobre los sepulcros de Voltaire y de Diderot. Digo que es refinadamente _francés_, refinadamente chispeante y fosfórico, el que las tumbas de Voltaire y de Diderot ocupen su puesto en un mausoleo cristiano, y que en ese mausoleo cristiano no hayan entrado las cenizas de un Bossuet, de un Flechier, de un Bourdaloue, de un Fenelon. Este es positivamente el fenómeno que menos he podido explicarme, un fenómeno que me aturde. Sobre una rareza tan extraordinaria, he pedido noticias á personas muy competentes; pero todas se encogen de hombros y murmuran algunas palabras á media voz. Ahora ya no pregunto á nadie. Las singularidades de esta calaña no tienen explicacion posible en el individuo francés; están explicadas únicamente por el carácter general del país; por el carácter, por el genio, por la necesidad de todos; están explicadas ... por la Francia.

Otros muchos ejemplos notables se me ocurren, en historia principalmente; pero si me dejase llevar iria muy léjos; sumamente léjos, y no puedo dar tanta extension á esta primera parte, cuando me está esperando la segunda, que debe ser mucho más larga, y bastante más entretenida.

He examinado la moralidad de Paris, en las varias esferas sociales, y en todas partes he hallado una misma tendencia, un mismo secreto, una misma cifra: _relumbron, efectos cómicos ó trágicos, caras muy lavadas y bonitas por fuera, palaustre_. Mucho bombo y mucho platillo, para que acuda gente, para que el corro sea muy grande, y pueda hacer negocio el que maneja los cubiletes.

Pero á esto se dirá: ¿cómo se explica que un arte postizo, domine de tal modo en el mundo? Es muy sencillo, contesto yo. El que quiera verse seguido de centenares y centenares de personas, vístase de azul, de encarnado, de amarillo, de verde, de blanco y de negro; cúbrase la cabeza con plumas de pavo real, de cuervo, de buitre, aunque sea de gallo ó de gallina; si no hay plumas, póngase la cola de una zorra, ó cosa semejante; toque luego un chinesco, un tambor, una gaita; toque unas trévedes ó un almirez, sino tiene á mano otros instrumentos; toque con fuerza, haga ruido, mueva estrépito, mucho estrépito, alarme las orejas de todo el mundo.... No tengais cuidado, no irá solo.

No quiero decir que esta gran ciudad es un payaso, no. De ser payaso, habría que confesar que era un payaso muy _magnífico_. Me he valido del símil anterior, como pude haberme valido de otro cualquiera, para dar á entender el misterio con que Paris domina al mundo. El misterio consiste en que da á todos sus guisados una salsa picante, que excita el paladar, que lo estimula, que lo llama, que lo _emboba_; que lo mata luego, pero que lo provoca antes, y esto basta para el consumo de la cocina.

Y ¿qué significa esa salsa picante? Esa salsa picante es el cáustico que se pone sobre un tumor; es el cauterio que se aplica á una llaga; es la fuente que se abre á un ético; es la cantárida que se receta á un pecho podrido. Ya no basta el sér de las cosas, y se busca el sér de los adobos. No basta la verdad, y hay que acudir á la mentira. No basta la naturaleza, y tienen que implorar la ayuda de la mágia. No basta el encanto del arte, y tienen que llamar la fantasmagoría del artificio. No basta el rey, y tienen que acudir al reyezuelo. La salsa picante de los franceses significa una cosa algo peor que el soñado puñal de la soñada Manola de Madrid; algo peor que la soñada mata y el soñado facineroso, de que nos habla el _brillante y reluciente_ Alejandro Dumas; algo peor que las soñadas jícaras como dedales, en que toman el chocolate los españoles; peor tambien que la soñada señorita española, que como dice el mismo novelista, exclamaba cándida y apasionadamente: _¡mi amado toro!_ Aún cuando todo eso fuera verdad, aún cuando existiese en nuestro país una señorita que requebrase á un toro con el epiteto de _amado_, y matas que ocultaran facinerosos, y dedales que sirviesen de jícaras, y puñales que á manera de ligas, decorasen las medias de la Manola de Madrid; aún cuando realmente existiera ese enjambre de desatinos, esa porcion de sueños extravagantes y risibles de una imaginacion que tiene fiebre; pues, sí, señor Dumas, mi muy querido novelista señor Dumas; aún cuando todo eso existiese en España, creo que seria menos malo que lo otro que existe en Paris, menos malo tambien que la calentura que usted padece de decir, de contar poéticas _graciosidades_, á fin de embaucar á sus paisanos, para que le escuchen con la boca abierta, y aflojen _los sueldos_ de la suscricioncilla. Sí, señor novelista; creo que es más fácil purgar el desierto de beduinos, arrojar los cafres de las costas de oro, y poblar de hombres la Nueva Zelanda en que viven los antropófagos, que purgar á Paris de esa civilizacion engañosa, de ésa fascinadora cultura, de esa idolatría _chillona_ que comprende tan bien el secreto de hacerse admirar.

=Resúmen de esta série. =

Voy á reasumir en pocas palabras todo lo expuesto sobre la moralidad, sobre la tan _cacareada_ moralidad del pueblo parisiense: Tal vez me hago insufrible á mis lectores; pero esto es una operacion de cirujía, y todos tenemos la obligacion de ser pacientes hasta donde podamos aguantar. Cuando, él lector no pueda más, tiene el recurso de quemar mi libro.

Noto aquí, ni puedo ni debo ocultarlo, una grande armonía entre la ley pública y la conducta privada, entre la sociedad y el individuo.

No hallo, la he buscado inútilmente por todas partes; no veo la moralidad de la intencion, esa moralidad interior, absoluta, que existe por sí, que tiene bastante con ella misma; esa moralidad que nace de nuestro albedrío, de nuestra voluntad, de nuestra deliberacion, de nuestro deseo, este deseo que es la virtud más alta y más grande con que Dios enaltece al hombre; no veo, no hallo, no vislumbro la moralidad del sentimiento que ama lo justo y lo virtuoso, por el placer magnánimo de amar la justicia y la virtud. No veo, no hallo la verdadera y única moralidad.

Hallo y veo una virtud que es virtud mientras que ve un castigo; que puede ser vicio, que lo es frecuentemente, cuando se ve sola, léjos de la ley y de su pena, léjos de la opinion y de su fama; una virtud que obra bien, siempre que no puede obrar mal impunemente.

Hallo y veo una hábil hipocresía.

Hallo y veo un egoismo sábio.

En fin, hallo y veo un _palaustre_ que lava esta cara como las lava todas.

Creo, pues, que Paris es un pueblo inmoral; inmoral de un modo picante, novelesco, fantasmagórico; inmoral de una manera delicada, graciosa, aún artística: sobre todo, de una manera relumbrona, dramática, teatral. Brillante, muy brillante, muy reluciente, muy bonito, muy fascinador, todo lo que se quiera; pero inmoral; tan inmoral, que ha logrado el prodigio de _civilizar_ la _inmoralidad_; el prodigio asombroso de hacer de la inmoralidad una _cultura_ célebre.

Esto dice á Paris y al señor novelista Dumas, un infeliz cafre de allende el Pirineo.

Si eso es civilizacion, quiero que mi país sea salvaje.

Si eso es ser culto, quiero que mi país sea bárbaro.

Si por eso el Africa ha de principiar en los Pirineos, que principie en buen hora, y Dios la dé mucha _fortuna_, mucha salud, _y que á mi no me olvide_, como decia el autor del Quijote.

=SERIE SEGUNDA=

PARIS CURIOSO.

=Dia primero=.

Advertencia del autor.--Llegada á Paris.--Omnibus.--Travesía.---Hotel Español.--Luisa Noel.--Hotel de los Extranjeros.--Restaurant.--Garçones. --Mi barbarie.--Fin del dia.

Mi querido lector; despues de meditar despacio sobre el asunto, he resuelto modificar el plan que me habia propuesto seguir. Antes de presentarte, monda y lironda la historia de esta prodigiosa ciudad, creo conveniente que nos acompañes por estas calles, por estas plazas, por estos paseos, por estos cafés, por estos hoteles, por estos teatros, por estas tertulias: es decir, por este bullicioso y deslumbrador laberinto. Creo necesario que experimentes nuestra hambre, nuestra sed, nuestro frio; que presencies los sendos codazos y empujones que nos dan, y el suave y risueño _perdon_ con que los almibaran. En fin, creo necesario que imagines con nuestra fantasía, que pienses con nuestra inteligencia, que sientas con nuestro corazon, que esperes con nuestra esperanza; si es posible, que vivas con nuestra propia vida, uniéndote á todas nuestras impresiones, haciéndote parte en nuestra causa, á fin de que te familiarices con esta sociedad, de que cobres cariño á este personaje. Si esto no sucediera, su historia te importaria muy poco, y yo me veria privado de la ayuda de tu buen deseo. En este mundo no queremos sino lo que nos cuesta algun trabajo, algun sacrificio, algun dolor, y por eso te ruego que nos acompañes por todas partes, que todo lo veas, que todo lo oigas, que todo lo toques, que de todo te enteres, que participes por completo de nuestros trabajos, de nuestros sacrificios y de nuestros dolores. Despues de esto, es bien seguro que tendrás interés en saber la historia de esta ciudad que tanto has paseado, y que tanto te ha llevado y traido como palillo de barquillero.

Dividiré nuestras excursiones en _dias_, y cada dia llevará á la cabeza un resúmen de todos los asuntos en él contenidos, para que, de un solo golpe de vista, puedas vislumbrar el espacio que has de correr. Entremos en asunto.

Despues de ochenta y cinco horas de encajonamiento en la diligencia, desde Madrid hasta Bayona, y en los trenes, desde Bayona hasta Paris, molidos, muy molidos, más que molidos, casi magullados, llegamos á la estacion del Mediodía á las seis y media de la tarde. Nuestras miradas se dirigian codiciosamente hácia adelante, buscando á Paris, como el peregrino que llega á Sion al declinar la tarde, busca con los ojos desencajados los torreones de Jerusalen. ¡Cómo nos latia el corazon! ¡Paris! ¡Ya vamos á llegar á Paris! En efecto, la cúpula del Panteon y la veleta de la iglesia de los Inválidos (segun nos dijeron) se destacaban arrogantes á través de la atmósfera. Esta parte poética de los viajeros, es sin disputa una de las emociones más bellas de la vida.

Un ómnibus inmenso nos lleva desde la estacion del ferro-carril á no sé qué calle. En este momento atravesamos uno de los más dilatados y concurridos bulevares que surcan esta gran capital. Por la izquierda se descubre un magnífico paseo; por la derecha se descubren instantáneamente varias arcadas de los puentes que decoran el rio. El primer coche de alquiler que hallamos, tiene escrito el número 8.976; el primer ómnibus, de los destinados al tránsito de la ciudad, lleva el número 2.637. Un rumor contínuo de carruajes y de personas nos va circuyendo por todas partes, como si en todas partes existiese el mismo Paris. Si al despertar hubiera percibido aquel estrépito incesante, habria dicho seguramente que me encontraba en una fábrica, entre el movimiento de muchas máquinas de vapor. Mis ideas se alargan con mi vista á través de ese laberinto de chimeneas y de torres, y se pierden con ellas sobre esa techumbre sin fin. Mi mujer y yo nos mirábamos sin cesar como dos bobos.

¡Grandiosa creacion, en verdad, si sobre ella no tendiese sus alas negras un ángel terrible; el egoismo!

Pero sin duda la Providencia quiere valerse de ese egoismo como de una palanca que remueve á la humanidad, para empujarla luego hácia sus fines predestinados.

Un sacerdote protestante nos acompañaba. El ómnibus paró, y el sacerdote desapareció con su equipaje. Nuestro _locomotor_ prosiguió su marcha, y al cabo de un cuarto de hora de camino á través de las calles de esta Babilonia europea, el guia nos anunció que allí estaba el hotel indicado por el caballero español que nos habia recibido en el ferro-carril. Dejamos el ómnibus, y un mozo comenzó á subir el equipaje. Pasamos el piso entresuelo y llegamos al principal; un principal bastante alto por señas: el mozo proseguia subiendo.

--¿Dónde va usted? le grité desde el primer tramo del piso tercero, porque el entresuelo era todo un piso.

--_Montez, monsieur, s'il vous plaît; c'est ici, c'est ici_. (Tened á bien subir, señor; es aquí, es aquí.)

Llegamos al piso cuarto: el mozo proseguia subiendo. Yo dije á mi mujer que venia á mi brazo sin comprender lo que pasaba: ese hombre nos quiere arrebatar sin duda al Paris que está en la tierra, para llevarnos á otro Paris que estará en el cielo ..._aunque ignoro si podrá subir tan arriba.

En el primer tramo del piso cuarto me detuve.

--Mozo, no subo más.

--_Montez, monsieur, montez; nous y sommes._ (Subid, señor, subid; ya estamos.)

--Mozo, no subo aun cuando estemos, le respondí en francés.

