Un paseo por Paris, retratos al natural
Part 4
¡Pero oye todavía! ¿Quién te ha dicho que un banquero se infama, porque un infortunio que él no puede evitar le hace caer en la ruina? ¿Quién te ha dicho que no hay honradez en el infortunio? ¿Quién te lleva á ver una prostitucion en la desgracia? ¿Quién te ha dicho que Dios no se venga de hombres como tú, dando al dolor una esperanza, un deseo, un suspiro ferviente, una corona, una santidad? ¿Quién te ha dicho, responde, que la Providencia no ha dado poesía al lamento amoroso y casto de la tórtola?
Tu padre se arruina. ¡Y qué! ¿No hizo esa fortuna en otro tiempo? ¿Tenia quizá alguna escritura en que la eternidad le prometia amparar sus buques ó sus billetes?
Hoy pierde lo que ganó ayer. ¿Quién te ha dicho que la pérdida, como la ganancia, es otra cosa que un accidente en la vida de un comerciante? Y por un accidente de la vida, ¿buscas un puñal contra la vida? ¿Quieres sacrificar el cielo á un celaje? ¿Quieres sacrificar el mar á una ola? ¡Ay! Á la gota de sangre que cae de un dedo, ¿quieres sacrificar el corazon? Á la lágrima que cae de los ojos, á este soplo del aroma húmedo de nuestra alma, ¿quieres sacrificar el alma toda?
Hijo desdichado, si tu destino es quemar tu conciencia y tu corazon, quémalos, en silencio, ocúltate como se oculta el mago ó el hechicero para dar cabo á sus maniobras; escóndete; pero no te valgas de la luz para quemar la conciencia del mundo, vertiendo esas chispas en un libro.
Despues de esto ¿qué extraño tiene lo que se ve en el drama _Antony_, del mismo Dumas? ¿Qué extraño tiene que Antony penetre en la alcoba con una señora casada, en el momento de caer el telon, mientras que los ojos del público, atravesando aquel telon, ven la obscenidad convertida en fiesta, en declamacion y poesía, en bella-arte, en teatro? Despues que un hijo aconseja á su padre que coja un puñal y lo bañe en sangre de sus venas (sea cual fuere el motivo) ¿qué extraño tiene que el oído del público, pasando á través del telon, oiga la respiracion convulsiva y torpe del adulterio? ¿Qué mayor adulterio que el parricidio?
Pero esto se lee, esto gusta, esto recorre el mundo, esto hace fortuna, reputacion, gloria ... en España tambien. ¡Qué desventura!
Pero ¿podrás negarle, se me dice, la habilidad en la ejecucion? ¿Podrás negarle su belleza en la forma?
¿Podreis negar á los lagartos, respondo yo, la belleza de su piel verde? ¿Podreis negársela á los cocodrilos? ¿Podreis negar á la culebra la rica variedad de sus brillantes y sedosas escamas?
¿Esa es vuestra belleza? ¿Ese es vuestro arte? ¿Por qué no haceis de un cocodrilo un actor? ¿Por qué no haceis de una serpiente una actriz?
Basta de esto, mis queridos lectores. Tapémonos ambas orejas, contra el graznido áspero y soez de ese cuervo que dice al mundo: oid en mi graznido el gorgeo dulce y apasionado de la calandria y del ruiseñor.
El arte francés, generalmente hablando, lleva en sí el trastorno más radical y más profundo de las ideas morales; el trastorno propio de una sociedad que, á precio de ruido y de oro, embrolla sin escrúpulo las verdades más venerandas del entendimiento y de la conciencia.
Oropel, luces, relumbrones, escenas cáusticas, contrastes imposibles, aventuras maravillosas y disparatadas, alarmantes; pero que cautivan, que seducen, que nos arrastran á despecho nuestro; sobre todo, _lavar la cara de las cosas, mover el palaustre_; hé aquí la expresion más constante y más universal del arte francés. La idea que más domina en el escritor de Paris, es la de hacer de modo que á los lectores de sus _novelas_ se les haya de dar un par de sangrías, aún antes de concluir la tremenda lectura. Si quisiéramos citar ejemplos en comprobacion de esta verdad, necesitariamos escribir centenares de tomos, como ya dije.
Acato la rica erudicion de un Thiers, de un Littré, de un Guizot; acato la vastísima ciencia del eminente Augusto Conte; acato la hechicera literatura de un Chateaubriand, de un De Lamartine, de un Balzac, de una Cotin, de un Víctor Hugo; acato y amo la poesía fácil, ingénua, encantadora del inspirado Beranger; acato el valeroso y fecundo arte, el pincel arrebatador del inmenso Horacio Vernet; acato con profunda veneracion á ese gran hombre, que ha dejado de ser pintor en el mundo para ser monarca de los espléndidos salones de Versalles; acato á ese Horacio Vernet, al humilde y modesto artista, que es más que Luis XIV en las régias salas de aquel opulento y maravilloso palacio; acato á esos genios de la Francia; no es mi ánimo negar que la Francia tenga sus genios; pero estúdiese aquí el organismo que el arte tiene; estúdiense con detencion y con cuidado sus manifestaciones generales, las manifestaciones del pueblo francés, y no podrá menos de llegarse á la conviccion más completa de la rigorosa exactitud de nuestros retratos.
Pero ¿y esos genios de que acabas de hablar? ¿Esos genios, como todos los genios del mundo, contesto yo, no son la sociedad francesa; los genios no tocan al pueblo en donde nacen; un don del cielo no tiene otra cuna que el espacio que coge todo el cielo. El genio del hombre es como la luz de los astros: su pueblo es el orbe, la creacion entera, la obra del principio supremo, la patria de Dios.
Y aún á propósito de esos mismos genios, podriamos decir algo; algo que probaria incontestablemente la verdad de mis opiniones. El carácter de raza, el bautismo de nacionalidad, esa especie de limo que la nacion en donde nacemos y vivimos pega á nuestra alma y á nuestras costumbres: esa herencia de pueblo y de familia es un hecho tan poderoso y tan inevitable, que si estudiamos con el necesario talento la forma exterior del arte de Thiers, de Guizot, de Chateaubriand, de Balzac, de De Lamartine, de Víctor Hugo, de madama Cottin, del mismo Horacio, de ese ilustre pintor que tanto admiro; aún de Beranger, de ese nobilísimo poeta que tanto venero; hasta si pasamos á la ciencia del inagotable Augusto Conté, de ese coloso que tanto me asombra: si estudiamos la forma exterior del arte de esos genios; si nuestro espíritu tuviera el ojo penetrante que se necesita para distinguir ciertos colores, ciertos tintes, ciertas sombras confusas y remotas: más claro, cierto hábil relumbron, cierto viso dramático, cierta cara lavada por el _palaustre francés_; si tuviéramos la necesaria habilidad para descubrir esos delicadísimos detalles, juraría por mi alma, que aún en el arte de aquellos grandes hombres encontraríamos la _hechicería francesa_. No exceptúo ni á Bossuet, ni á Fenelon, ni á Condillac, ni á Bordaloue, ni al severo y tajante Rousseau. No hablo de un hombre muy extraordinario y muy célebre; un hombre que ha logrado más fama que todo un pueblo; no hablo de Voltaire. Voltaire, como Diderot y casi todos los de la memorable Enciclopedia, es un perfectísimo francés: francés en alma y cuerpo; en pensamiento y obra; en juicio y palabra.
No exceptúo á nadie, ni al mismo preceptista y mirado Boileau.
VII.
=Moralidad de Paris con relacion á la familia=.
Se ha dicho que los lazos de la familia están relajados en Francia. Esta opinion que seria una calumnia tratándose del pueblo francés, no deja de ser cierta tratándose de la ciudad de Paris.
Desde luego se observa que está ciudad está sembrada por todas partes de _restaurants_ (no quiero españolizar este nombre), de establecimientos de caldo, de pastelerías, de _rotisseries_ (no lo quiero españolizar tampoco) y de tabernas. En todos estos puntos se come. ¿Por qué tantos establecimientos de esta clase? ¿Se alimentan todos con la poblacion forastera? No. La mayor parte se sostiene con la poblacion de Paris, porque en un gran número de las casas de Paris no se enciende lumbre en todo el dia.
Estoy convencido de que si se juntaran todos los hoteles y todos los establecimientos en donde se come en esta ciudad, formarian una poblacion bastante mayor que la córte de España.
Es una curiosidad sorprendente para el extranjero, recorrer estas calles de diez á once de la mañana y de cinco á seis de la tarde, ir mirando á derecha é izquierda, y ver la mesa interminable á que asiste una poblacion de millon y medio de almas.
Si el extranjero no saliera á la calle más que en las horas indicadas, tendria harto motivo para decir despues en su tierra que Paris era una inmensa fonda. Recorriéndolo á una hora cualquiera, tendrá motivos para decir que, llegada la hora de comer, esta ciudad es una inmensa tribu errante.
Lo declaro sin escozor. El que está acostumbrado al consuelo de la familia, al rescoldo del hogar paterno: el que está acostumbrado á ver el humo de la chimenea en que se calentó desde niño, no puede menos de experimentar una mala impresion al ver hacinados tantos hombres; hombres que van allí para no mirarse ni entenderse; que van allí á comer casi maquinalmente; que comen como quien se da á una tarea mecánica, como quien cumple _el jornal de la comida_, para acudir despues á otro jornal, semejantes á las palomas silvestres que van al sembrado para llenarse el buche, y levantan luego las alas hacia donde la Providencia las lleve.
Este hábito lleva en sí cierto principio de desmoralizacion. Me he fijado mucho en esta faz del pueblo que examino, y noto realmente que aquel hábito imprime una arruga en su fisonomía. Estudiemos cuidadosamente todas las caras que se nos ofrecen en tropel; reparemos bien en todas las figuras que pasan por este gran lienzo de sombras chinescas, y no advertiremos generalmente ese aire de atencion íntima y afectuosa, propio del que dice: _me esperan en mi casa; como á tal hora con mi familia_.
Esto quiere decir: la sociedad me ha dado un templo para que la consagre un culto especialisimo y preferente. Este templo es mi hogar, donde me aguardan los que me procrearon y nacieron conmigo. Mi culto me llama; voy á ser ministro en el sacerdocio de la familia.
Si esto es preocupacion, confieso con orgullo que soy preocupado, y lo soy, no únicamente por conviccion, sino por voluntad y por sentimiento. Esto me hace sentir bien; amo y admiro en esos instintos y en esos hábitos una belleza humana, una melodía que llena mi ser, y en vano querria desimpresionarme, en vano pretendería que mi corazón perdiera la ley que lo hace latir.
Quitad al hombre la familia, quitad á la familia su inteligencia armoniosa, su consorcio interior, su necesidad más moralizadora y más profunda; haced eso, y despedazareis al mundo.
He dicho que la costumbre parisiense lleva en sí un principio de inmoralidad, y para dar una nocion de que esto es así, bastará presentar un ejemplo.
Supongamos que una hija vive con su padre; supongamos que sigue asistiéndole más ó menos tiempo despues de la época en que ha entrado en la mayor edad, y en que por lo mismo no está sujeta á la autoridad paterna para ciertos y respetables fines sociales. Pues bien, aquí es un hecho que no escandaliza el que esa hija demande á su padre ante el juez, para reclamarle el salario que merece por haberle asistido, poniéndose en lugar de una criada. Si este hecho escandaliza, Paris ha tenido y tiene que presenciar más de un escándalo, porque aquel hecho no es invencion mía. Se ha repetido más de una vez, y acerca de ello puedo alegar el testimonio de más de una persona digna de fe.
Cada cual se explicará á su modo la rebelion de la hija demandando al padre ante la ley, para que no la ame como hija, sino para que la pague como criada; pero á mí me subleva semejante atentado contra las leyes del respeto, del amor, de la sangre. Mis sienes laten convulsivamente cuando creo ver á una mujer que se acerca a la sociedad, que anda preguntando el nombre del juez, que le pide auxilio, que le implora ... ¿con qué fin? Con el fin de que allí comparezca como reo el hombre desgraciado que la dió la existencia. Él dió la existencia á su hija; su hija le dió su afecto y su cuidado; ahora es delincuente ante aquel cuidado y aquel afecto.
¿Qué es esto sino borrar el santo cariño de la hija, bajo el egoísmo grosero é impío de la sierva? ¿Qué es esto sino borrar el sacramento providencial del padre, bajo la crueldad idiota del salario?
¿Cómo representarnos la figura de esa mujer ante la justicia, sino representándonos una mujer vestida de luto, que baja los ojos, que tiembla, que no puede hablar y que despues se muere de dolor? ¿Cómo concebimos la idea de esa hija que arrastra serena la mirada aturdida de su padre; que le pide, que le provoca, que le acusa, que le denomina usurpador de su trabajo: cómo concebir la idea de esa hija, repito, sin concebir la idea de una sierpe ó de un tigre?
¡Dios me libre de ser juez, con la condicion de escuchar semejante demanda!
¡Dios me libre de ser padre, con la condicion de tener semejante hija! Es seguro que maldecirla, como Jeremias, el momento en que habia nacido; momento que llevaba dentro de sí la profanacion de dar á la tierra una huella que es un abismo horrible.
De la aglomeracion de guarismos vienen las grandes combinaciones; de los grandes choques brotan las grandes chispas, y en este sentido tengo que conformarme con los grandes centros de poblacion, de actividad, de creaciones. Pero aparte esta necesidad trascendente de las grandes masas, ¡cuánto más natural, más definida, más espontánea, es la vida de las pequeñas poblaciones!
La emocion poética tiene en cada hombre su temperamento particular, y este temperamento es una gran razon que cada uno debe tener en cuenta al querer explicarse sus opiniones.
Yo creo que no me engaño al opinar así, porque es indecible el placer religioso que siento cuando descubro un caserío ó una aldea, perdida entre árboles ó arbustos, ó entre las sombras indecisas de la tarde. No sé por qué, desearia haber nacido allí; desearia que allí se conservaran mis cenizas. No sé por qué lo experimento, pero sé que lo experimento; la poesía que cada cual lleva en su alma, despierta en mí aquella emocion, y creo en la verdad de esta emocion, como creo en la verdad grandiosa de la poesía.
¡Qué hermoso es á mis ojos contemplar aquel grupo de casitas que ocupa la tierra, así como un nido está en un árbol, como una nave surca el Océano, como una caravana se pierde entre los horizontes de la soledad, como un pensamiento de la Providencia germina oculto entre los torrentes de la creacion!
¡Qué hermoso es para mí mirar el humo que parece brotar de las chimeneas, como una voz que viene á decirme: acércate, entra aquí: aquí hay una casa, un calor, una lumbre: aquí hay dos amores que se han unido y procreado; que comen, que duermen, que viven y que mueren juntos: aquí está el misterio de la vida; aquí está el misterio de aquella mujer por quien tú has llorado, cuya memoria evocas y veneras: la mujer á quien debes el bien divino de tener una madre!
¡Ay! ¡Cuán de menos echo la vida de familia! ¡Cuán de menos echo la vida del campo! Aquí no hay campo; hay quintas graciosas y elegantes, ricos caseríos, palacios agrestes: un Paris dentro y otro Paris fuera. No hay campo; no hay esa atmósfera callada, esas brisas sonoras y lentas, ese genio de Italia y de España que nos inspira el olvido del mundo, para hacernos mejores y más felices hablándonos de parte de la naturaleza, trayendo á nuestras esperanzas un saludo de ese espíritu universal que adoramos en nuestra conciencia y en nuestro corazon. No, no encuentro aquí una porcion de yerbas silvestres, donde dejar por un momento el fardo de mis inquietudes y de mis penas, y respirar al menos una hora al aire libre, al aire del campo.
¡Qué bellas me parecen las cercanías de Tíboli! ¡Qué bellas me parecen, tambien las laderas rojas de mi Andalucía; que ven impasibles estrellarse á sus piés las olas espumosas del Océano Atlántico!
Pero ante todo debemos ser justos. ¿Podré decir que no hay en Francia gratos lugares y paisajes pintorescos? No; eso seria ó maledicencia ó sandez.
Recuerdo que hace algunos años fuí de Montpeller á Marsella, y la Provenza me encantó con sus pequeñas casas, escondidas misteriosamente entre cipreses y palmeras. Recuerdo que las verdes orillas del Ródano me encantaron tambien, y casi me hicieron adivinar la nocion de un país árabe.
Allí están el hogar, la casa, el rescoldo, la cuna y el sepulcro de los que viven y mueren en un mismo palmo de tierra.
Al penetrar con el pensamiento en alguna de aquellas casitas, ocultas casi todas entre palmeras y cipreses; como un nido está oculto entre las hojas de los árboles: al pasar con la imaginacion el umbral de aquella morada bendita, nos parece ver á un hombre sencillo y risueño, que trabaja cerca de la lumbre; á su lado, tranquila y satisfecha, hila su mujer; más allá, una jóven fresca y hermosa mece la cuna en donde duerme un niño, hermano suyo. El padre representa el trabajo, la madre el cuidado, la diligencia y la caridad; la jóven el amor, y el niño, la inocencia. ¡Oh vida venturosa! ¡Oh secretos divinos de la sencillez y de la virtud! ¡Infeliz del hombre que ha sido ingrato á tus hechizos! ¡Infeliz del hombre que deja las delicias del paterno hogar, desoyendo el llanto sagrado de una madre! ¡Ay de mí, lector! ¡Infeliz del que escribe temblando estas groseras líneas! Fuí rebelde y soberbio con mi santa madre, desoí su ruego, la dejé llorando, la dejé por el mundo, por mis ilusiones, por mi vanidad, por mi sandez. Este remordimiento late dia y noche en mi corazon, é irá conmigo á la sepultura.
Pero voy á decir dos palabras acerca de las impresiones que sentí en las orillas pintorescas del Ródano, porque es indecible el consuelo que mi alma experimenta al hablar del campo. El campo es el santuario de la naturaleza, el templo de Dios.
En la Provenza experimentamos lo que sentimos en las playas de Génova, en las cercanías de Roma, en los campos de Nápoles, en las selvas de Andalucía. La mujer parece más hermosa; alrededor de la mujer hay un ambiente indefinible que la diviniza. Al ver una choza sobre un montecillo de arena, entre retamas verdes; al ver una casita oculta en un bosque de madre selva, el viajero no puede menos de exclamar: ¿quién sabe si ahí respira la mujer ideal que yo he soñado, esa sombra del alma tras la cual he corrido, esa misteriosa armonía que todos los hombres hemos escuchado en nuestro corazon?
Y entonces nos sentimos animados de una existencia particular; no es la vida que nosotros tenemos, es una vida que nos da la naturaleza, una vida que nos da Dios. Mil memorias inexplicables nos agitan en aquel momento; aquellas memorias nos hacen gemir, nos hacen llorar, y no obstante, nosotros las queremos, las buscamos, ansiamos tenerlas cerca de nosotros, son nuestras, íntimamente nuestras. ¡Ay! son el sepulcro de nuestros padres, de nuestros hijos, de nuestros hermanos; son los sudarios de nuestra alma.
Y entonces aparece la luna en el cielo, y el hombre dice al astro de la noche: yo te conozco; tú eres el faro de mis esperanzas y mis dolores; Dios te ha creado para mí.
Adios, Provenza; adios, Bocaire; adios, Ródano; adios, familias inocentes; adios, casta doncella, que con el aliento de tu boca prestas nuevos aromas á las flores de tu campo vírgen; á las flores que esmaltan esas márgenes encantadoras; adios casitas; adios, palmeras; adios, cipreces. Si la horrible dolencia que oprime dia y noche mi desgraciada vida, me dejase algun tiempo de descanso, yo iria á saludaros otra vez; pero me volveria pronto, porque ya tengo ageado mi sepulcro, ya he pedido mi tierra postrera á mi adorada Andalucía.
Lector, estos renglones tienen un mérito poco comun en nuestro siglo; tienen la augusta poesía de una lágrima que en este momento cae de mis ojos; una lágrima que pide á Dios por el reposo eterno de mi madre.
Allí, en la Provenza, está tambien el hogar, la casa, el rescoldo; la cuna y el sepulcro de los que nacen, viven y mueren en un mismo palmo de tierra. Allí están tambien el padre, la madre y el hijo; allí está tambien el mundo del hombre; casi todo el mundo; la familia.
Lo que antes he dicho debe entenderse respecto de Paris, pero seria una calumnia y una ruindad, si se dijera tratándose del pueblo francés.
VIII.
=Moralidad francesa con relacion á la política=.
Entre los infinitos hechos que nos ofrece esta incansable sociedad, elegirémos únicamente uno: _el pauperismo_: esto es, la pobreza como hecho social, como manifestacion pública.
El actual emperador dijo: _el cristianismo abolió la esclavitud; la democracia francesa abolió el pauperismo_.
Esto dijo el Emperador; pero su dicho no pasó á ser realidad en la práctica. No condeno de ningun modo la buena intencion que puede abrigarse en aquel deseo; conozco que el deseo es, por sí solo, una gran virtud, una virtud inmensamente venerable, porque es lo que más nos acerca á Dios; pero cuando el deseo no se cumple, cuando no halla una fórmula práctica en su aplicacion, es una verdadera teología. Esto sucedió al actual Emperador de los franceses, al proclamar tan absoluta y confiadamente la extincion de la mendicidad. Fué teólogo, no hombre político, porque la política quiere hechos, realidades, aplicaciones evidentes de los principios que se proclaman, y el deseo del Emperador no tiene aplicacion alguna, no tiene aquí ninguna realidad trascendente en la organizacion de los hechos sociales.
Decir: _quiero que no haya pobres_, sin establecer el sistema que se necesita para realizar aquel pensamiento, es como decir: _quiero que el aire no se nivele_, cuando no se hiciera lo que debia hacerse, para que fuese imposible el nivel atmosférico. De otra manera, habrá pobres, como el aire se nivelará, como sucederá todo lo que la necesidad moral de las cosas haga que suceda, diga lo que guste el Emperador de los franceses; porque sobre la voluntad del Emperador, están las leyes universales que todo lo gobiernan, á los emperadores tambien.
Eso de que en Francia no hay mendigos, es gana de hablar. Los franceses lo pueden decir; los extranjeros no lo deben creer.
En este punto no hay otra realidad, que la existencia de una ley que prohibe el pauperismo. Existe la ley; nada más que eso. El cumplimiento de esa ley, es aparente, ficcioso; un golpe de _palaustre francés_.
Efectivamente sucede que no se mendiga por las calles; lo que nosotros llamamos mendigar. Los pobres franceses no dicen: _deme usted una limosna por Dios_; pero dicen y hacen cosas que producen idénticos resultados.
Un ciego, una ciega, un manco, un tullido, va por la calle en una máquina ó sobre un animal: canta, ó refiere una historia, ó reza, ó toca un violin, un organillo ó unas chirimías, y el transeunte le socorre. Claro es que la persona que auxilia á aquel desgraciado, no le da una moneda en pago de la historia que cuenta, ni del instrumento que toca, ni del canto con que tal vez desgarra los oídos; sino que lo hace por caridad. Aquella moneda que le ha dado es una limosna, una verdadera limosna. El pobre francés no ha dicho: _socórrame usted por el amor de Dios_; pero lo ha expresado á su modo, de un modo perfectamente análogo. _No pide pidiendo; pero pide cantando_; realmente pide; realmente es mendigo; realmente pasa su vida implorando la caridad de zoca en molondra.
Aquí hay mendigos como en España, con la diferencia de que allí el pan es pan, y el vino es vino, y aquí ni el vino es vino, ni el pan es pan. Hay mendigos; pero de un talante particular, á la moda, con su intríngulis y su busilis, el busilis que aquí reina en todo con dominio absoluto: mendigos de buen tono, de relumbron, con su poesía acomodada al género, con su aparato artístico: es decir, mendigos con la cara lavada por el palaustre de estas tierras; _mendigos franceses_.