# Un paseo por Paris, retratos al natural

## Part 31

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Al atravesar el salon de preferencia, hemos notado una novedad. Una jóven lindísima, condesa italiana, está subida al caballete, copiando la ASUNCION. Si vale juzgar por los pocos detalles que hemos visto, es un pincel maestro. Ignoro la vida de esa mujer; ignoro los secretos de su alma; pero si tiene un alma pura, si tiene un corazon vírgen y bueno, la copia que saca de la ASUNCION debe ser admirable. ¿Cómo es posible que no se entiendan bien dos vírgenes tan bellas? algo hemos dicho de esto al descuido; pero un descuido tal que ella pudiera oir, y la noble y hermosa pintora se ha sonreido deliciosamente. ¡Ah! ¡quién sabe lo que habrá debajo de esa risa! Muchas veces vemos que la flor más brillante, es la que oculta con sus frescos tallos á la serpiente más venenosa.

Si su conciencia es como su cintura, casi me atrevo á presagiar que verá el reino de los cielos; aunque se ven frecuentemente cinturas muy estrechas con conciencias muy anchas.

=Dia trigésimo cuarto=.

La columna de Vendome.--El balcon de la fonda.--Dicho del general Welington.--La Saboyana del Bosque de Bolonia.--Una Colegiala. --Cuestion atrasada.--Curiosidades.--A última hora.

Es el último dia que el brigadier Rotalde piensa permanecer en Paris, y estoy en el caso de hacerle los honores que son debidos al que se va. Poco despues de las diez de la mañana, estamos en la Plaza de Vendome, en cuyo centro se levanta una enorme y gallarda columna. El guardian nos dice que en la fábrica de este monumento, que es de bronce, se han empleado doce mil cañones, apresados por Bonaparte á los enemigos de Francia.

Los cimientos de esta gigantesca pirámide, imitacion de la columna de Trajano, en Roma, tienen una profundidad de doce varas; su diámetro no baja de cinco, y de cincuenta la elevacion. Se llega á la cima por una escalera de ciento setenta y seis tramos. Corona la columna una estátua de Napoleon, vestido de _gran Capitan_. Aguilas, guirnaldas de encina y de laurel, y otros varios trofeos alegóricos, ornan este monumento de triunfo.

Encima de la puerta de entrada, se lee una inscripcion latina que dice: «con el bronce del enemigo, levantó el Emperador Napoleon este monumento á la gloria del gran ejército, que, bajo sus órdenes, venció en cinco meses á toda la Alemania.»

Con motivo de la columna de Vendome, se cuentan dos anécdotas muy curiosas. De la una es héroe el actual emperador de los franceses; de la otra, el general Welington.

La de Napoleon III es la siguiente. Cuando, ocurrido el movimiento de 1848, vino á Paris el actual emperador, se hospedó en una fonda que hay en la Plaza de Vendome. Sus amigos y adectos le aconsejaron que debia enviar gente á provincias, para preparar la opinion pública, y conseguir que le nombrasen diputado.

--No es preciso enviar á nadie, contestó el emigrado de Lóndres.

--¿Por qué? preguntaron con extrañeza sus amigos.

--Porque no necesito de los electores.

--Pero ¿cómo se explica que quien quiere ser elegido, no necesite de los electores?

--Porque tengo bastante con aquel ELECTOR. Y diciendo esto se levanta, abre los cristales de un balcon que daba á la plaza, y les muestra la estátua de Bonaparte, que corona (como ya dije) la columna triunfal.

El antiguo emigrado de Lóndres tenia razon. El elector de bronce, aquella grande historia, lo nombró diputado primero, presidente de la república despues, emperador más tarde. No niego lo que este emperador haya podido hacer; pero creo que el otro emperador, el ELECTOR de la columna de Vendome, ha hecho mucho más.

Vamos á la anécdota del general Welington. La primera estátua de Bonaparte, que servia de remate á la columna, se bajó en 1815, y su bronce sirvió para fundir la estátua de Enrique IV, que decora hoy el puente Nuevo. Pues dicen que, al ver el general Welington aquella estátua de Napoleon I, concibió la idea de mandar hacer otra estátua de aquel personaje. Efectivamente, la estátua se hizo, y el general inglés la colocó en el primer rellano de la escalera de su casa. Varios amigos del general, sorprendidos de que dejase la estátua en la escalera, pretendieron hacerle ver que aquello no era decoroso, porque podria entenderse que queria desairar la memoria del héroe.

--La estátua está en donde debe estar, contestó Welington, y bajó la cabeza.

--¿Pero cree usted, argüian los otros, que la estátua de Bonaparte debe servir de adorno en la escalera de Welington?

--La estátua está en donde debe estar, repetia el viejo general; no puede estar más que en la escalera, y volvia á bajar la frente.

--Pero ¿por qué no puede estar en otra parte que en la escalera?

--Porque no cabe por las puertas de mi casa.

Esta buena expresion de Welington hubo de inspirar á uno de nuestros compañeros de expedicion, el cual dijo: esa columna es un digno pedestal de aquella estátua. Realmente, Napoleon no necesitaba menor cimiento.

Subimos á nuestro carruaje, y á los veinticinco ó treinta minutos estábamos en el bosque de Bolonia. Al fin de una de las calles de árboles, en sitio bastante lejano, nos encontramos á una jóven rubia, muy rubia, y de un cútis tan blanco y tan terso, que más que cútis parecia alabastro. Una mujer en la soledad, y especialmente entre árboles y flores, tiene un prestigio fascinador. Estaba al pié de un arbusto, y con una rama se daba golpes en la punta del zapato derecho, teniendo clavada allí la vista de un modo maquinal. Alguna idea agujereaba el cerebro de aquella mujer; algun pensamiento diabólico volcanizaba aquella cabeza. Sobre esto dijimos algunas palabras á media voz; pero la jóven no levantó los ojos para mirarnos. No parecia sino que tenia los ojos atados á la punta del pié derecho, en donde continuaba dando golpes con la rama.

Al pasar casi tocando con sus piés, el brigadier dijo, _esta está maquinando contra algun infeliz_, y al oir esto, todos nos reimos con cierta algazara. La saboyana (tal parecia por su color y por sus facciones) no levantó tampoco la vista. Dimos un paseo bastante largo, y á la vuelta la encontramos en el mismo sitio, conservando la misma actitud, y sin dejar la extraña ocupacion de dar golpes á la punta del zapato derecho.

¿Qué pensará? ¿Qué sucederá á esa mujer? Esto murmuramos entre nosotros, y casi tuvimos tentacion de hablarla. Seguramente lo hubiéramos hecho, si aquella mujer hubiera levantado la vista hácia nosotros, pero en balde. Al pasar esta vez por su orilla, esforzamos la voz, procuramos hacer ruido; nada: aquellos ojos estaban cosidos al zapato. Nosotros pasamos por fin, nos alejamos volviendo la cara, hasta que la perdimos de vista. La saboyana quedó allí. ¿Hemos hecho bien en no hablarla? Creo que no; presiento que hemos cometido una falta de caridad, porque presiento que aquella mujer oculta un plan diabólico, debajo de aquel movimiento maquinal, casi idiota. La memoria de aquella desgraciada (estoy seguro de que aquella mujer no es dichosa) nos ha preocupado todo el dia.

Cerca del arco de la Estrella, hemos encontrado á una familia americana, que ha venido á Paris con el fin de llevarse á una niña, que tenia en un colegio de esta ciudad. La colegiala, jóven de diez y siete á diez y ocho años, iba con sus padres y dos hermanitos. La niña en cuestion parecia una lela revoltosa. La educacion de los colegios es quizá el inconveniente más grave de la civilizacion de nuestros dias. La mujer que en ellos se educa, contrae mil hábitos extravagantes y caprichosos, pierde una gran parte del cariño que debe á los suyos, no sirve para la vida de la casa, puesto que no se ha criado en familia, ni para la vida civil, puesto que no se ha criado en sociedad. Tiene la ignorancia del que no experimenta la realidad de la vida humana, el deseo aturdido y desordenado del que desea experimentar, y la malicia peligrosísima del que anhela una dicha que ignora. Al salir del colegio se figura la colegiala que viene al mundo, se figura que acaba de nacer; y aún á despecho suyo, tiene la volubilidad, los antojos y el ánsia de un niño. En un dia, en una hora, quiere disfrutar lo que no ha disfrutado en diez años de encierro, y nunca está contenta, nunca está tranquila; siempre mira impaciente, siempre murmura, siempre anhela más. Querer verlo todo, sentirlo todo, devorarlo todo á la vez, esta es la educacion, esta es la cultura, esta es la moral que la jóven saca del colegio.

Padres que leais este libro, antes que á un colegio, antes que á esas escuelas, en donde pagais tanto dinero para que os desnaturalicen vuestras hijas, enviadlas á una aldea. En una aldea serán ignorantes: en el colegio son ignorantes, impacientes, mal habituadas y locas.

Si yo tuviese un hijo y me preguntara: ¿qué cualidad es la primera que debo buscar en la mujer, que haya de ser mi esposa?

--Que no sea de colegio, contestaria yo.

¿Quiero decir con esto que no pueda haber colegialas virtuosas y cultas? No; la virtud está en todas partes; en todas partes hay mujeres educadas y virtuosas; yo no hablo aquí de la bondad de la mujer, sino de los peligros, de los graves peligros, de un colegio.

Todavía hablábamos con la familia americana, cuando, delante de nosotros, se para un coche, abre el lacayo la portezuela, y asoma una mujer de hermosa figura. Pone el pié en el estribo, se suspende el traje, habla con el lacayo, y así se estuvo un par de minutos, como para que nosotros admirásemos el bello contorno de su pierna. Parece imposible que haya mujeres tan insensatas; parece imposible que de tal manera malversen el caudal que deben al cielo. Quieren darse interés menospreciándose; quieren ataviarse y deslumbrarnos, cubriéndose de harapos y de girones.

A esa pobre mujer (una mujer puede ser pobre con muchas alhajas y muchas riquezas) seria necesario enseñarla la copla que dice:

En el amoroso imperio Busca el hombre lo que ignora: No es la mujer lo que adora, Lo que adora es su misterio.

¡Cuánto más valdrian las mujeres, cuán diferente seria el mundo, si se comprendiera y se practicara la moral de esas cuatro líneas!

Ya lo he dicho en otro lugar, y voy á decirlo aquí otra vez. El que crea que no necesita leerlo dos veces, que lo pase por alto; pero casi me atrevo á decir que aunque lo leyera todos los dias, no perderia el tiempo.

Una virtud moral que se llama _recato_.

Una virtud física que se llama _aseo_.

Una virtud social y religiosa que se llama _caridad_.

Dos virtudes domésticas que se llaman _laboriosidad y economía_: hé aquí el verdadero dote, el dote más grande, que un padre puede dar á su hija. Con ese dote, la pobre es rica; y la fea es hermosa. Sin ese dote, la hermosa es fea, y la rica es pobre.

¡Cuántos pechos exhalarán un profundo suspiro, al leer estos desaliñados renglones!

La francesa partió con el lacayo. Dios la dé lo que la hace falta, que es una buena dósis de juicio.

Hemos tenido un gran placer. Visitamos el _Instituto_, y vimos las estátuas de Bossuet, de Descartes, de Fenelon y de Tully. Vimos tambien con gran satisfaccion los bustos de otros hombres célebres, entre ellos el de Molière, sin embargo de que este gran poeta no perteneció á la _Academia de su siglo_. Pertenecia á otra Academia mucho más grande: á la de la historia, á la del tiempo. El busto tiene esta noble y discreta inscripcion:

_Rien ne manque à sa gloire, il manquait à la nôtre. Nada falta á su gloria; pero á nuestra gloria faltaba el tenerle aquí_.

Estas palabras son un digno y generoso epitafio. ¡Ilustre Molière! Ya que un siglo dejó tu cadáver insepulto; ya que un siglo negó á tus cenizas el palmo de tierra, que no se niega á tantos idiotas y á tantos malvados, otro siglo te llama, te hace entrar y te tiene guardado aquí.

¡Qué arcanos tan raros envuelven el destino de la vida! El genio salva al mundo, y el mundo lo trata casi siempre como herege. O lo quema, ó lo ahorca, ó lo reduce á morir de hambre, ó lo deja insepulto. Pero Dios que está arriba, tan arriba, Dios que ve tanto, que tanto vela, que tan justo es, entierra luego á los que no tuvieron sepultura, y da pan á los que se murieron de hambre, y quita la argolla á los que perecieron en los cadalsos, y junta los miembros, y resucita el polvo de los que sirvieron de pábulo á bárbaras hogueras. Ahí estan esas estátuas y esos bustos. ¡Gloria á ellos, gloria al siglo cristiano que los fabrica, y gloria al espíritu que los ha mandado fabricar!

Vamos á las curiosidades de este dia. Ha caido en mis manos, por una venturosa casualidad, un memorial antiguo, y en él encuentro noticias, que no dejan de llamarme la atencion.

_Primera_. En tiempo de San Luis, se dió el nombre de _Universidad_ á la reunion de todas las escuelas parisienses, y la universidad se llamaba entonces LA TRES-HUMBLE ET TRES-DEVOTE FILLE DU ROY: LA MUY HUMILDE y MUY DEVOTA HIJA DEL REY. ¡Quién habia de decir á San Luis que _la muy humilde y muy devota hija del rey_, habia de poner pleito á los mismos reyes!

_Segunda_. La vara toesa de mampostería, que hoy no costará menos de quince ó diez y seis reales, costaba en Francia ocho sueldos, ó sean doce cuartos españoles, á mediados del siglo XIII.

_Tercera_. En el mes de Febrero de 1377, el Emperador Cárlos V recibió en Paris al Emperador Cárlos IV. Entre los multiplicados presentes que el Preboste y los Síndicos de la ciudad hicieron al recien venido, se veia un barquichuelo, que pesaba ciento noventa marcos de plata, _neuf vingt et dix marcs d'argent_, lo que equivale á unas cuatro arrobas de Castilla.

Si los demás presentes eran por el estilo, bien necesitaba el Emperador una acémila para cada presente.

A la segunda comida que el rey de Francia dió á su huésped, asistieron el Delfin, el duque de Sajonia, las duques de Berry, de Borbon, de Brabante, de Borgoña, de Bar, el conde de Eu, y cerca de mil caballeros y barones, así extranjeros como franceses. Durante la comida, se representaron dos _entremeses_, uno de los cuales tenia por asunto _la toma de Jerusalem_, por Godofredo de Bullon. Una de las decoraciones figuraba la gran torre, desde donde los musulmanes proclaman su ley. Un actor, vestido de sarraceno con la más minuciosa propiedad, pregonaba la ley desde la torre en lengua arábiga.

A juzgar por las muestras, debe suponerse que el convite duró todo el dia. Los dos entremeses no dejarian de durar dos ó tres horas; de modo, que cuando tomaran los postres, las entradas debian estar ya en los talones. ¡Con qué reposo lo tomaba aquella buena gente!

_Cuarta_. El Memorial cuenta la historia de un compadre que no se anda en chiquitas. Estéban Marcel, de quien ya he hablado en estos apuntes, era Preboste de Paris á mediados del siglo XIV. Un dia tuvo la idea (¡en mala hora la tuvo!) de vender la ciudad á los ingleses. Era el 1.º de Agosto de 1358, y por más señas que habia nubes. Así lo dice el Memorial. Para el Preboste de Paris estuvo realmente bien nublado. Pues nuestro buen Estéban Marcel se hace amo de las llaves de la ciudad, y á la media noche, toma el camino de la Bastilla de San Antonio. El Preboste creia que iba solo; pero se engañaba. Dos hombres le seguian. Estos dos hombres silenciosos, que avanzaban como dos sombras, eran los hermanos Juan y Simon Maillard.

--Estéban, ¿qué se hace por aquí á estas horas?

--Juan, ¿qué importa á nadie lo que yo hago? Atiendo á mi oficio de Preboste de la ciudad.

--¡Voto á brios! exclamó Juan Maillard, que era su compadre; el diablo cargue conmigo, si estais aquí para nada que huela á bueno. Ved, añadió luego á varios hombres que se habian reunido; intenta vender la ciudad, y por eso tiene las llaves en la mano.

--¡Compadre Juan, miente usted!

--¡Usted es el que miente, compadre Estéban! Y si no, ahora lo verá usted; y acercándose al Preboste, levanta el hacha y le separa la cabeza del cuerpo. ¡Y eso que era compadre! ¿Qué hubiera hecho, á no mediar el compadrazgo?

_Quinta_. (Para el Sr. Alejandro Dumas.) El Memorial refiere que en el siglo XI, estaba Paris lleno de clérigos y de estudiantes, cuyos clérigos y estudiantes, en su mayoría, «vivian menos en el santuario de las artes y de las ciencias, que en medio de las riñas y de las bacanales de la calle de Fouare. Saqueaban las tabernas, violentaban á las mujeres, apaleaban á sus maridos con _bastones ofensivos_, y preferian la belleza de las muchachas á las bellezas de Ciceron.»

Sepa el Sr. Alejandro Dumas que los clérigos y los estudiantes de Paris, en el siglo XI, saqueaban las tabernas, violentaban á las mujeres, y apaleaban á sus maridos con _bastones ofensivos_. Sepa el Sr. Alejandro Dumas que Paris, en el siglo XI y bastante despues, era una horda, porque solamente en una horda pueden consentirse tamañas tropelías. Más valiera que el Sr. Dumas tuviese presente la historia de su pueblo, antes de hacer befa de una nacion leal y generosa, á quien paga con despropósitos, con calumnias y ridiculeces.

_Sexta_. (Para el mismo Sr. Dumas.) Bajo el reinado de San Luis, el jefe de los mercaderes tomó el célebre nombre de Preboste, y á contar de esta fecha, el Prebostazgo dejó de venderse á pública subasta, como acontecia en los tiempos anteriores. «De aquí resultaba, dice el Memorial, que los pobres no hallaban amparo contra los ricos, á causa de los muchos presentes que los ricos hacian á los Prebostes. El bajo pueblo no se atrevia á morar en las tierras del rey, y se iba en busca de otras prebostias y otros señoríos, por lo cual las tierras del rey estaban tan desiertas, que cuando el Preboste daba audiencia, no asistian á ellas arriba de diez ó de doce personas; pero en cambio, habia tantos malhechores y rateros dentro y fuera de la ciudad, que toda la comarca estaba llena.»

Y para que el Sr. Alejandro Dumas no crea que pretendo burlarme, siguiendo su costumbre, copio á continuacion el texto en francés antiguo.

«Le menu peuple n'osoit demourer en la terre du roy, et alloit demourer en d'autres prévostés et aultres seigneuries, et la terre du roy etoit si déserte que, quand le prébost tenoit ses plaids, il n'y avoit pas plus de dix personnes ou de douze; mais il y avoit tant de malfaicteurs et larrons à Paris et dehors, que tout le pays en estoit plein.»

Sepa tambien el Sr. Dumas que, hasta el reinado de San Luis, Paris y sus alrededores estaban plagados de malhechores y de rateros, y que los vasallos de la corona tenian que ir á buscar otros señoríos, porque no podian parar en las tierras del rey. ¿Y cómo llama usted á eso, Sr. Dumas? ¿Es eso cultura y civilizacion? ¿Eso no es Africa? ¿Para eso no hay Pirineos?

Basta de _Memorial_. Vamos á curiosidades de otro género. Segun un inventario hecho en 1774, los diamantes de la corona francesa excedian de ocho mil, de los cuales eran los mejores, y lo son todavía, los denominados el Regente y el Sancy.

El Regente, que ocupaba el tercero ó cuarto lugar entre los primeros diamantes conocidos, fué comprado por el duque de Orleans por cuatrocientos mil napoleones, en 1717.

La historia de Sancy es más antigua y novelesca. En el siglo XV, un suizo poseia este gran diamante, no se sabe cómo, y lo vendió por un _escudo_ á Cárlos el Temerario. El tal hombre ignoraba seguramente que aquel pedacito de piedra encerraba una gran fortuna. De Cárlos el Temerario pasó á Nicolás de Harlay de Sancy, que lo empeñó á D. Antonio, rey de Portugal, en doscientos mil francos. El mismo Sancy lo desempeñó luego, mediante una suma de quinientos mil, ó sean dos millones de reales. ¿Qué diria á esto el buen Suizo, que lo vendió por un escudo?

Ultima curiosidad. En la calle de los Pequeños Campos, hemos encontrado á una señora que caminaba con el aire de una heroina, mientras que la seguia un corderito, que llevaba sobre el lomo un manojo de parras. La señora volvia la cara de cuando en cuando, de lo cual inferimos nosotros que alguna persona interesada quedaba atrás, y así era efectivamente, segun luego vimos. En estos dares y tomares, atraviesa la acera un caballero jóven, y ambos se saludan con más afecto del que conviene manifestar en público, sobre todo cuando la mujer es casada, y muy especialmente, cuando detrás viene un carnero. El recienvenido la pregunta por su esposo, y ella, con cierto desden, con cierta saciedad (es muy prosáico en el poético Paris el amar á un marido) contesta á media voz: ahí detrás viene. El otro miró, y no vió otra cosa que el borreguillo que traia las parras. Nosotros presenciábamos la escena, situados delante de un escaparate, á diez ó doce pasos de distancia. Mi mujer me miraba, porque no comprendia el tremendo chiste de la situacion, hasta que yo me eché á reir, sin ser dueño de contenerme. Entonces mi mujer me preguntó por qué me reia, y yo la conté el lance, que la hizo reir tambien.

No comprendo por qué; pero ello sucede que, las cosas más graves son las que nos causan más risa.

Yo no pude menos de poner en verso esta peregrina aventura, aunque en Paris no tiene nada de peregrina, ni de extraordinaria.

Va una dama con gran fuero, Y gran pompa y grande brillo, Siguiéndola un carnerillo Que es animal muy casero. Con su manojo de parras Iba el animal ufano, Cuando llega un Don Fulano Que es amigote de marras, --¿Y su esposo? dice luego. --Detrás viene, dice ella ... ¡Oh prodigio de la estrella! Detrás marchaba un borrego.

A lo léjos, muy á lo léjos, apareció una víctima. Era el marido.

_A última hora_. Son las once de la noche. En el momento de ponerme á escribir el noveno artículo para _La América_, nos traen una noticia. No sé cómo anunciarla á mis lectores. Temo lastimar su corazon, como lo está el de mi mujer y el mio. Luisa ha muerto. Sin duda la sorpresa que la produjo el ver á su hermana, la causó un derrame cerebral, que devoró su vida en pocos instantes. ¡Pobre mujer! Hé aquí lo que deben esperar las jóvenes que no saben luchar consigo mismas, que no saben ser lo que Dios ha querido que sean, y los padres que ponen en olvido que la paternidad no es una tiranía, sino una mision, un sacramento, un sacerdocio.

¡Desgraciada Luisa, adios! ¡El cielo tenga más misericordia de tí, que lástima te tuvo ese hombre infame de Rodhese! Si tuviéramos valor para ello, averiguariamos en dónde te entierran, y antes de volver á nuestro país, iriamos á despedirnos de tus cenizas. Mi mujer llora, y yo tengo el pecho oprimido.

Juro que no he de partir de esta ciudad, sin escribir al estudiante de Estrasburgo, noticiándole la desgracia de una mujer que él no merecia. Sí, lo sabrá al menos, para que esa sombra vaya sobre su corazon, y no engañe á otra desdichada.

=Dia trigésimo quinto=.

Disputa del _restaurant_ de las Columnas.--Manuela Bernaola.--Una mujer de Batiñoles y de Lamartine.--Un caballero vestido de hombre, y un hombre vestido de caballero.--Un conflicto.--Llanto de mi mujer.--Cartas--Visitas.--Las cinco y media de la tarde.--Un puente.--El Napoleon y el guardia civil.

Prometi dar cuenta de una disputa que presencié el otro dia en el _restaurant_ de las Columnas. Era la siguiente. Dos caballeros discutian en alta voz, acerca de la prenda que constituia el carácter más grande del hombre. Uno opinaba que era la generosidad, la abnegacion. El otro decia que era el valor ó la firmeza. Yo creo que es la _resolucion_ para emprender, y _la constancia_ para proseguir y terminar. Despues del genio y de la honradez, me parece que aquellas dos virtudes son las más elevadas y trascendentales del mundo. Con resolucion hay casi todo.

Obran en mi poder los datos relativos al asesinato de Manuela Bernaola é Ignacio Cabezudo; pero no puedo publicarlos aquí, porque un escritor de Madrid me participa que prepara una historia de aquel atentado, y no debo perjudicar á mi compañero de letras, anticipando datos curiosos que quitarian interés á su obra. Dicho escritor me pide un prólogo para la historia que piensa publicar, y me despido del asunto hasta entonces.

