# Un paseo por Paris, retratos al natural

## Part 30

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2.ª Casándose jóven tu hija, aun cuando muera á una edad mediana, dejará educados á sus hijos; cuando menos, á los mayores, que podrán encargarse de la educacion y del porvenir de los pequeños, pudiendo morir con la indecible satisfaccion de que deja en el mundo una familia. Por el contrario, las que se casan tarde, no pueden vivir lo preciso para dejar á un hijo establecido y colocado, de donde resulta frecuentemente que los huérfanos tienen que ser presa de los hospicios, de los hospitales; de la miseria, de la ignorancia y del vandalismo. Si pudiéramos ver la historia secreta de todos los hechos sociales ¡cuántas lecciones hallaríamos! ¡Cuántos escarmientos vendrian á castigar nuestras imprudencias! ¡Cuántos desgraciados habrán subido las gradas del patíbulo, por las extravagancias de sus madres, madres como esa madre de Batiñoles!

3.ª Casándose jóven tu hija, satisfaciendo á tiempo la necesidad más imperiosa y más sagrada de su corazon, no puede ser víctima, como lo son tantas mujeres, de una pasion contrariada, de un amor combatido y tiranizado. Pero aunque su virtud se conserve pura, aunque no halle su perdicion y su deshonra en un mar de lágrimas y de desdichas; aunque tenga el necesario desprendimiento de sí misma para sacrificarse, ¿por qué razon ha de sacrificarse esa criatura? ¿Por qué razon ha de ser su padre quien la sacrifique? ¿Por qué ese martirio sin gloria? Tu hija ama á los diez y seis años, y tú te empeñas en que ha de casarse á los treinta cumplidos. ¿Quién llena ese vacío de catorce años? ¿Quién premia esa lucha? ¿Quién compensa ese sacrificio y esa agonía? ¿Y si tu hija enferma, quién la volverá su salud? ¿Y si se muere, quién la arrancará de su sepulcro?

4.ª Casándose jóven tu hija, se atempera con mucha menos dificultad al carácter y á las costumbres de su marido; y con mucha menos dificultad puede recibir esta segunda educacion, infinitamente más peligrosa, más difícil y más importante que la primera. ¿Crees tú, padre de tu hija, que tú sólo la educas? Estás en un error gravísimo. Tú la educas para la sociedad, para la familia, para todo el mundo. Su marido tiene que educarla luego para él. Tú haces con tu hija, lo que hace el sastre que confecciona un traje para el primer parroquiano que salga. Luego que el parroquiano se presenta, se pone el traje, y va designando al maestro en dónde le está estrecho, en dónde le está ancho, en dónde le hace arrugas, porque no quiere un traje que le haga arrugas, ni que le esté ancho, ni que le esté estrecho. Tú, padre de tu hija, haces un traje sin tomar la medida de tu yerno; tu yerno ha de ajustárselo despues, y esta segunda hechura es una medida que tiene más peligros, porque el nuevo sastre no cuenta con toda la tela, sino con la tela que tiene el vestido que le dan, con la tela que tú le has dado. Y ¿qué cristiano educa á una mujer, endurecida en sus costumbres, en sus hábitos, en sus vicios y preocupaciones? ¿Qué cristiano educa á una mujer de treinta años, como la abuela de la muchacha de Batiñoles? Más fácil es enderezar á un roble de cien años, que á una mujer de quince. ¿Quién será tan necio que eche sobre sí el andar á pleitos con una de treinta? ¡Ay! Aún siendo jóven, aún sin tener conciencia cabal de sí propia, en el período inocente de la generosidad y del amor, aún en la aurora de la vida, entre los alegres albores del amanecer, pasa lo que Dios sabe: ¿qué no pasará, cuando la mujer se ha explicado á su modo el mundo en que vive; cuando está celosa y enamorada dé sus ideas, de sus opiniones y de sus hábitos, como de su pelo, de sus ojos ó de su vestido?

En favor de la teoría contraria no hay ninguna verdadera razon. En abono de la teoría que defiendo, existen, sin esforzar mucho el asunto, las cuatro razones que acabo de exponer. Encargo á los padres que mediten despacio sobre este consejo, dado á la ligera; pero que es fruto de una contínua y madura observacion, no desmentida nunca por la geometría infalible de la vida, por la experiencia.

Voy á terminar este dia con algunas curiosidades.

Primera curiosidad. Un amigo nos ha referido lo que oyó en Sevilla, á un hombre y á una mujer del pueblo. Es el caso que una mujer, jóven y hermosa, pasaba por cierto lugar. Un hombre se aproxima á ella, y la dice: oiga usted, cuando ese cuarto se desalquile, puede avisarme, porque yo lo quiero habitar.

--Sí, señor, contestó con mucho reposo la mujer. Cuando usted guste, puede pasarse por mi casa, que mi marido le entregará la llave.

¿Qué retórico, por sábio que fuera, escribiria una alegoría más vigorosa, más bien expresada, más significativa, sin dejar de ser decorosa y honesta?

Segunda curiosidad. Un periódico literario de Paris hace tres preguntas, á fin de que los suscritores curiosos se las contesten.

Primera. ¿Qué es lo más temible de este mundo?

Yo creo que un tonto.

Segunda. ¿Qué debe hacer el hombre para evitar los inconvenientes del casamiento?

Yo creo que lo mejor es no casarse.

Tercera. ¿Cuál es la tendencia favorita de las mujeres?

Voy á contestar con dos redondillas castellanas.

El dominio, este es su afan; Y tan de antiguo lo quiso, Que dominó el Paraíso Aún siendo soltero Adán.

Con lo que queda expresado Que he dicho bastante infiero; Si lo enredó de soltero ¿Qué hubiera sido casado?

Mañana nos espera el Louvre. El brigadier Rotalde no habla de otra cosa que de la Asuncion. Por lo que á mí toca, Dios sabe cuánto deseo verla. ¡Animo, mis queridos y benévolos lectores! Hasta mañana.

=Dia trigésimo tercero=.

La enferma.--Museo del Louvre.--La Asuncion.--Apoteosis de Rubens.--Otra pintura de Murillo.--Una respuesta.--Noticia á mis lectoras.--Curiosidades.

¡Virtud increible la de la sangre! ¡Cariño santo el de la familia! La hermana de Luisa ha llegado con su esposo; Luisa está buena; y no sólo está buena, sino que es feliz, todo lo feliz que puede ser una criatura que ha perdido la grande ilusion, la grande esperanza y el grande secreto de su existencia. La honra es en nuestra alma, lo que es el aroma en las flores: una esencia de aquella vida.

Un abrazo de la mujer con quien se ha criado en la casa paterna, un solo abrazo de su hermana, ha curado casi las llagas de su corazon. ¿Qué sentirian aquellas dos mujeres cuando se vieron? ¿Qué sentiria Luisa, al oir la voz de su segunda madre? ¿Qué hay en él mundo comparable á las lágrimas, que aquellas dos criaturas derramaron? ¿Qué poder, qué riqueza, qué fausto, qué ciencia, qué genio, qué gloria, tiene el arcano arrebatador qué da la Providencia á esas lágrimas ignoradas y mudas? ¡Ah! Este amor innato de la familia, esta preciosa herencia que las madres dejan á sus hijos, esta lumbre apacible que calienta á todos los que viven en una casa, es lo que más nos reconcilia con la humanidad; más que el talento, más que el heroismo, más que la virtud. Al ver á un mendigo, á un criminal, á un traidor, á un leproso, no puedo menos de exclamar: á ese hombre le ama su madre, le ama su esposa, le ama su hijo; y en aquel hombre miserable, en aquella criatura abyecta, en aquel andrajo de la vida, si así puede decirse, encuentro algo digno de respetarse. Sí, yo respeto en aquel hombre el amor augusto de la familia; respeto y adoro esa sacratísima poesía, cuyo poeta no mora en este mundo. Aquella criatura envilecida lleva consigo un profundo misterio que Dios le ha dado, y ante ese misterio que Dios nos da, debia el hombre estudiar en silencio y con la cabeza destocada.

Volviendo á Luisa, Madama Fonteral vino á enterarnos de lo ocurrido, y el alborozo ahogaba su voz. La buena mujer no sabia por dónde empezar, y exclamaba-muy á menudo: ¡_estoy loca, estoy loca_! Por fin, nos participó la noticia, y mi mujer y yo sentimos lo que sentiriamos, cuando encontráramos á una hermana que se nos hubiera perdido. Mi mujer miraba á todos lados de la estancia; diciendo: _me parece que somos más_. En efecto, todos creiamos que nuestra familia se habia aumentado. La hermana de Luisa era tambien hermana nuestra, hermana por la compasion y por la caridad.

Madama Fonteral cogió la escalera, balbuceando palabras que no comprendimos, y mi Ana y yo nos dirigimos una ojeada, como si nos quisiéramos decir: ¡qué excelente mujer!

Desde este dia, miramos á Madama Fonteral con un verdadero y entrañable cariño. Tal vez esa pobre lechera es la persona á quien más queremos en Paris.

Mi mujer y yo, con los ojos iluminados por la alegría, nos asomamos al balcon; Luisa estaba en el de enfrente, con la vista clavada en el nuestro. Indudablemente esperaba á que nosotros nos asomásemos, para saludamos. Así fué. Nos miró con un aire indecible de regocijo, nos hizo diferentes saludos con las manos y con la cabeza, pronunció palabras que no pudimos entender, y se metió dentro como un relámpago, dejando en nuestro balcon, no á dos criaturas, sino dos estátuas. Al darnos de cara con Luisa, al recibir el saludo de su ademan y de sus ojos, aquel tierno saludo de un alma buena y generosa; al vernos casi enfrente de aquella mujer que poco antes se moria, de aquel cadáver resucitado, se nos oprimió el corazon, y quedamos allí como dos figuras de piedra. ¡Pobre Luisa! ¡Alma tierna! Aquel saludo que nos hizo, fué un consuelo que quiso darnos, que realmente nos dió. Hay jóvenes (yo conozco algunas), que tienen como el sentimiento del vicio, sin embargo de que viven en la virtud. Hay otras que tienen la conciencia de la virtud, sin embargo de vivir en el vicio. A estas últimas pertenece Luisa. Ha pasado por la deshonra, y no ha perdido totalmente el encanto de la inocencia. Es más inocente por su alma, que muchas jóvenes lo son por su edad.

Mudemos de decoracion. Es la una de la tarde; el brigadier Rotalde, otro amigo y yo, paseamos nuestros ávidos ojos por una gran sala del Louvre, denominada el _salon de los Estados_. La gran sala del palacio de Versalles, y la que ahora examinamos, son las dos piezas más espaciosas y magníficas que he visto. Tiene próximamente dos pisos de altura, sobre ochenta pasos de longitud, y veintiocho ó treinta de latitud. El famoso salon de embajadores del Palacio Real de Madrid, es mucho más pequeño; sin embargo, me parece que es más majestuoso, porque es más sencillo. El único defecto que noto en esta regia estancia, consiste en que la profusion en el ornato, la quita esplendidez en el conjunto. Con menos lujo, habria más grandeza, porque resaltaria más la grandeza de los techos, de las paredes, del espacio; la grandeza de la extension. A pesar de todo, es una pieza deslumbradora. Entre las infinitas cosas notables que hemos visto en la sala de que hablo, no voy á hacer mencion más que de una. Casi al fin del lienzo de la derecha, como en el comedio de la pared, divisamos un cuadro. Nos aproximamos cuanto pudimos, y echamos de ver que era el retrato de su pintor. Uno de los curiosos que visitaban el Museo en aquel dia, contemplaba el retrato con cierta entusiasta curiosidad, casi con maravilla. Esto nos llamó la atencion á nosotros, que no veiamos en aquella pintura un motivo tan grande de admiracion y de entusiasmo. Nos fijamos con más insistencia en el cuadro que teniamos delante; volvimos los ojos al espectador, y notamos de nuevo que no dejaba de hacer muecas y contorsiones, como encareciendo la excelencia de la pintura. En esto nos miró, y nosotros le miramos tambien, en señal de decirle: «¿que ves tú en ese cuadro? ¿Qué prodigio es ese?»

El extranjero (era aleman) nos comprendió, y al pasar cerca de nosotros, balbuceó en mal francés: ese retrato que ustedes ven, esa pintura que está ahí colgada, no es una pintura, no es un cuadro al óleo: es un tapiz, y saludándonos con un ademan, partió.

Los tres nos quedamos asombrados, y permanecimos mucho tiempo contemplando aquella maravilla. No sabiendo que aquella pintura es un tapiz de la fábrica de Gobelinos, parece imposible que haya una persona que distinga el tapiz de una pintura al óleo, y de una pintura de buena escuela. El tejido ha hecho tanto como el pincel; la lana es allí rival de los colores. Sombras, medias tintas, confusion de matices, hasta vaguedad en el colorido, hasta esa mezcla indefinible, infinitamente varia y distinta, que sólo puede hacerse en la paleta de un pintor, todo está allí. Los Gobelinos son tan pintores como tapiceros, ó tan tapiceros como pintores. Creo que ese retrato que acabamos de ver y admirar, es una de las más grandes curiosidades que posee el arte humano.

Entramos en el Museo de pinturas. Despues de atravesar algunas galerías, en donde hay más riqueza de arquitectura, en donde el edificio es mucho más notable que el Museo, penetramos en la _sala de preferencia_. En esta rica sala se custodian todas las obras más estimadas que el Louvre posee de los grandes maestros. En medio del ángulo de la derecha, entre pinturas de Rafael de Urbino, de Rubens, de Ticiano y Poussin, vimos un cuadro que parecia presidir aquella especie de banquete histórico; un banquete á que asisten silenciosamente tantos genios.

El brigadier Rotalde se destoca, y con una valentía de sentimiento, que no fué dueño de reprimir, exclamó: _¡viva Bartolomé Estéban de Murillo!_ Esta exclamacion improvisada tenia cierto fluido eléctrico.

Nuestra curiosidad está satisfecha. La pintura que vemos es la ASUNCION. ¿Puede explicarse el mérito de ese inmenso cuadro? Creo que no. En esto sucede lo que con el color y con el sonido. En vano explicaremos el color al ciego, y el sonido al sordo. El que no reciba estas nociones de la creacion natural, bajará al sepulcro sin ellas. El que no tenga entendimiento, fantasía y corazon para comprender y sentir la gran belleza que el genio de un hombre esculpió en ese lienzo; el que no oiga dentro de su alma, muy dentro, lo que le dice ese silencio arrebatador, esa elocuencia que no habla con la boca, esa elocuencia muda, y que por lo mismo es más sublime; quien no tenga el talento del entusiasmo, como tuvo Murillo el talento del arte, apenas podrá entender una palabra de esa lengua divina. Cuando más se le explique, menos comprenderá. Sin embargo, daré cuenta al lector de mis impresiones. No tome el lector á soberbia, lo que voy á decir por ingenuidad. No veo el mérito de la ASUNCION, en donde otros lo ven. Lo veo, grande, muy grande, maravillosamente inspirado y feliz, en donde no se ve generalmente. Creo que el mérito maestro de ese cuadro no consiste, sino en que teniendo todas las formas de mujer, no nos hace experimentar la emocion del sexo; en que tiene esa indecision misteriosa del pensamiento, de la conciencia, de la esperanza; es decir, de la Vírgen, porque la esperanza es toda la vida y toda la belleza de la virginidad. Es una mujer en su cuerpo, y una idealidad en su alma; y la idealidad es tan poderosa, que la impresion del cuerpo desaparece, y triunfa el espíritu. Esa ASUNCION es una escuela en que el arte se pone de rodillas ante la fe. No veo á Murillo; no veo á España; no veo á Sevilla; no veo á nadie; no veo más que á la ASUNCION. La obra es tan grande, que mata la idea del obrero.

¿En dónde principia esa Vírgen? No se sabe. Un ropaje magnífico oculta sus piés.

¿En dónde acaba? No se sabe. El dedo índice de su mano derecha señala á lo alto, y el cielo es un espacio que no tiene confines. Parece que se va, que se sale del cuadro, que se echa á volar sin alas; parece que aquella figura tiene su complemento en otro mundo; parece que Murillo quiso concluirla en el arcano de una esperanza, en la sombra de un vaticinio, en el pensamiento de Dios. La ASUNCION es un cuadro á que no falta nada, como creacion artística, y que considerado como creacion religiosa, no tiene principio ni fin. El espectador no sabe, no ve, de dónde arranca, ni en dónde concluye.

En esa ignorancia misteriosa y trascendental, en esa ignorancia sublime con que la ASUNCION se apodera de nosotros, consiste el gran mérito de la pintura, á juzgar por lo que yo siento delante de ella.

Voy á dar noticia de algunos detalles, procurando apartar la vista de otras muchas bellezas, porque cualquiera pincelada de ese lienzo vale un buen cuadro.

Yo sé que los ojos de la figura que contemplo son bellísimos, y sin embargo, ¡portento que asombra! no sabria decir qué color tienen. Y ¿en qué consiste esto? dirá algun lector. Consiste en que Murillo quiso que los espectadores no viesen los ojos de la ASUNCION, sino que mirasen al cielo, á donde mira la inspirada imágen.

Otra cosa me llama mucho la atencion, y es la profunda filosofía que me revela el pensamiento de ocultar los piés á la Vírgen. Realmente, á una vírgen no se le deben ver los piés. Todo lo que una vírgen pierde en sombra, pierde en misterio; y todo lo que pierde de misterio, pierde de vírgen. Pero ¡qué pliegue para indicar el muslo! ¡Qué contorno para insinuar la cintura! ¡Qué manto para ocultar los piés! ¡Qué ondulaciones en el traje! ¡Qué suavidad de colorido! ¡Qué dulzura de sentimiento! ¡Qué expresion de actitud! ¡Qué pureza y qué fervor de alma! No hablo de la maestría del pincel. El alma, un alma muy llena de grandes afectos y de grandes verdades, es el pincel que pinta cuadros como el que miro.

Vuelvo los ojos á otro lado, porque no quiero decir más. Sólo añadiré dos palabras acerca de su historia.

Cierto convento de Sevilla encargó esta ASUNCION á Murillo. El pintor da cabo á su tarea, coge su cuadro, lo lleva al convento, se enteran los frailes, y se reune la comunidad. Murillo les presenta su pintura; los críticos se acercan, examinan, miran con más cuidado, se contemplan unos á otros frunciendo el entrecejo, y dicen al pintor: «vuestra merced perdone; no es eso lo que hemos encargado; vuestra ASUNCION no hace al convento.»

--Permitan vuestras reverencias, contestó Murillo, que coloque el cuadro en donde debe estar, y si entonces no agrada á vuestras reverencias, me lo llevaré, porque, gracias á Dios, esta vírgen no come pan en casa de su amo.

--Poco ó nada ganarán en ello pintor y pintura, porque el convento vuelve á deciros que ese cuadro no sirve. Se conoce, señor Bartolomé, que vuestra merced ha manejado muy aprisa los pinceles.

--Los habré manejado tan aprisa como plazca á vuestras reverencias, pero déjenme con mil santos colocar la pintura, y diciendo y haciendo, la ASUNCION principió á subir. Los frailes, que la habian mirado de cerca, no habian visto otra cosa que pinceladas de almazarron, pegones de albayalde, y casi todos habian vuelto la espalda al gran maestro. Pero el cuadro subia, y á medida que iba subiendo, se transformaba de una manera portentosa. La pintura se sitúa en su lugar, la Vírgen aparece, el lienzo brilla, la ASUNCION llena todo el convento.

--Si no desagrada á vuestra merced, señor Bartolomé, ese cuadro puede quedar ahí, porque, ó la vista nos engaña, ó casi decimos á vuestra merced que vuestra vírgen hace al convento.

--No quedará ahí, con permiso de vuestras reverencias, contestó el pintor. Antes se vea azotado por mano del verdugo Bartolomé Estéban Murillo, que vuelva ese lienzo á pisar los umbrales de la comunidad, si vuestras reverencias no han de tomarlo á enojo. No valieron ruegos, ni súplicas. Á los pocos instantes Murillo salia del convento con su grande obra.

Ignoro qué hizo de ella. Lo que consta es que el mariscal Soult se apoderó del cuadro, que se lo llevó á Paris, y que lo conservó hasta su muerte, entre las pinturas de familia. Muerto el mariscal, el Museo del Louvre hizo proposiciones á los herederos, los cuales vendieron la pintura por la mitad próximamente de su valor, en obsequio del establecimiento nacional á que se destinaba. El Louvre dió por ella ciento sesenta mil napoleones, ó sean ochocientos mil francos. Desde entonces está situada, en donde ahora la admiran los viajeros de todo el globo. ¡Quién habia de decir á los buenos frailes de Sevilla, que aquella ASUNCION que no _hacia á su convento_, habia de ser vendida al Museo del Louvre en ciento sesenta talegas de napoleones, y que debia presidir la gran sala de aquel suntuoso Museo, entre pinturas de Poussin, de Rubens, del Ticiano y de Urbino!

Despues de dirigir la última mirada al cuadro español, con cierto orgullo nacional, pasamos á una galería, y luego á un salon, en donde no hay otras pinturas que la apoteosis de Catalina de Médicis, por Rubens, por el gran Rubens. Hasta que se ve esta apoteosis gigantesca, no se tiene una idea exacta del pintor, conde y diplomático á la vez; pero en quien el pintor vale más, mucho más que el diplomático y que el conde. Los cuadros enormísimos de aquella divinizacion artística, llenan las paredes de toda la sala. Hay descuidos, hay prisa en aquel inmenso trabajo; pero se echa de ver tal fecundidad, tal concepcion, tal valentía en las actitudes y musculaturas, una profusion tan admirable de figuras y tipos mitológicos, que el ánimo se pasma de que un solo hombre haya pintado aquellos lienzos colosales. Aquella apoteosis no es la de Catalina de Médicis; es la de Rubens. En esta sala, el arte ha podido más que la dinastia.

Despues de visitar todo el Museo, en una de las salas contiguas á la de preferencia, hemos encontrado otra pintura de Murillo. Es un lienzo de media vara en cuadro, poco más ó menos. Representa un muchacho de corta edad, pobre, mendigo, sentado en el suelo, y que tiene una pierna colocada sobre la otra. Con la mano izquierda vuelve un pié, y con la derecha pretende sacarse una espina. Los tres compañeros nos clavamos delante de aquel mendigo, y no sabiamos cómo desasirnos de sus miradas. ¡Qué pintura más grande! Si yo fuese rico, daria por estos dos palmos de lienzo, tanto como dió el Louvre por la ASUNCION. Este pequeño cuadro vale más que la apoteosis de Rubens, no menos que la Vírgen que hemos visto hace poco. Apenas se concibe que pueda presentarse un pasaje tan trivial de la vida humana, de un modo tan encantador, tan elevado, tan filosófico, tan perfecto. Cabello enredado y mugriento, frente oprimida, ojos dilatados y tristes, mano tostada y sucia, uñas ennegrecidas, cara chupada, pómulos salientes, tez arrugosa, fisonomía mústia, todo está allí con una ingenuidad que sorprende. Es un chiquillo que nunca ha conocido á su madre, que desde que nació pide limosna. El hijo que conoce á la que le dió el ser, tiene alguna alegría en su semblante, una alegría que deja algo allí hasta que la criatura se muere. En ese muchacho no ha dejado aquella alegría ningun vislumbre. Positivamente, esa criatura no ha visto jamás á su madre. Si estuviese vivo, nos lo llevariamos á España. Viendo su estampa inanimada en ese pedazo de lienzo, nos da gana de echar mano al bolsillo, y de dejarle una limosna. ¡Con qué verdad, con qué candor, con qué inocencia, abre los ojos lánguidos y marchitos, frunce los labios, y alarga dos dedos estirados, para sacarse la espina del pié! Lo repito; esa media vara de lienzo; ese huérfano solo, abandonado y triste; ese desecho del orgullo del hombre, ese olvido del mundo, ese andrajo de nuestras culpas, vale tanto como la Vírgen.

Y díganme ustedes, señores franceses: ¿cómo ese cuadro inestimable, esa preciosísima pintura, esa tiernísima creacion cristiana, esa bellísima apoteosis del espíritu del Evangelio: cómo ese mendigo no ocupa un lugar en la sala de preferencia? ¿Creen ustedes que de cien cuadros que se custodien en aquella sala, hay noventa y nueve que valgan más que ese muchacho que está pintado ahí? ¿Creen ustedes que hay un solo cuadro en la sala de preferencia, uno solo, que pertenezca á un arte más extenso y más elevado, á una escuela más bella, más fecunda, más sábia y más grande? ¿Por qué ese huérfano casi divino está oculto aquí? ¿Es pequeño el tamaño de la pintura? ¿Costó poco quizá?

