Un paseo por Paris, retratos al natural

Part 3

Chapter 3 3,917 words Public domain Markdown

Confieso que no lo puedo remediar, por mas que procuro contenerme y acomodarme á la necesidad de respetar lo que aquí se respeta. Detesto, me estomaga el _perdon_ agresivo y atolondrado de los franceses, y mi mujer lo aborrece aún más, porque mi mujer es más española que yo. Gracias á que, como habla en español, no la entienden. Si supiera francés, es casi seguro que nos veriamos en más de un compromiso. Tales son las rudas claridades con que agasaja á los franceses y á las francesas con especialidad.

Sin embargo, no debo hacerme el hombre de mundo. Cuando siento un codazo, ó un aplastamiento de pecho ó de nariz, acompañado de un afectuoso _pardon, monsieur_, la sangre se me sube á la cabeza, y en mi cara de hiel y vinagre, deben conocer evidentemente que no soy hijo de Paris.

En fin, el _elástico_ perdon que aquí se estila, es la receta universal, la carta blanca, el salvo-conducto que tienen los franceses para hacer cuanto se les antoja, cuanto se les pone en el magín, sin peligro ni responsabilidad de ningun género, y hasta sin el inconveniente de faltar á las reglas urbanas. Es el privilegio de cometer toda clase de descortesías, sin que caiga sobre el que las comete el apodo de descortés. Si no supiera que aquí se acata como una fórmula social, lo tomaria á insulto.

Pero aún es más original y curioso el otro carácter de que hablé: _¡merci! (¡gracias!)_

Entro á comprar un bollo que vale un sueldo.

Saludo á la persona que despacha, y oigo _merci_.

Echo mano al bolsillo, y oigo _merci_.

Dejo el sueldo sobre el mostrador, y oigo _merci_.

Me despido, y oigo _merci_.

Los lectores que no me conozcan, creerán que exagero. No diré que esto suceda en todas las tiendas de Paris, pero refiero hechos que me han sucedido, y acerca de los cuales tengo la evidencia de lo que sucede á uno propio. Dios no me dé salud si miento.

En la calle de Montmartre, cerca de la calle Feydeau, hácia el bulevar de los Italianos, hay una bollería. Pues bien, en esa bollería me han dado cuatro _mercis_ por un bollo que valia un sueldo, ó sea tres ochavos. ¡Cuatro gracias por tres ochavos! ¡Ni á ochavo por gracia!

Esto me aflige, me contrista, me ahoga; y como no puede menos de ser, me quita el gusto del trato social. No me gusta una gente tan excesivamente _graciosa_.

Voy á buscar un pan, un pan que necesito, un pan que vale un sueldo; yo doy un sueldo del mismo modo que á mí me dan un pan; yo hago el favor que recibo; propiamente hablando, no hago favor ni me lo hacen, porque la mutualidad no es favor; porque no es favor el préstamo de la existencia: ¿por qué esas _cuatro gracias_ que vienen á llenarme de melancolía, porque vienen á darme cuenta de profundas llagas sociales, en un pueblo que se llama tan civilizado? ¿Por qué esas _gracias_ que convierten en un alarde ceremonial y mentiroso la fraternidad que nos debemos, la verdad eterna del hombre, porque es la verdad de la causa creadora, la verdad de Dios?

Pero á esto se dice: natural es que suceda tal cosa, en un pueblo donde la competencia representa tantos intereses y tantos goces. El mercader de una pobre aldea, no tiene precision de ser _amable_, puesto que en la aldea no hay más mercancía que la suya; pero en Paris, la _amabilidad_ es el gran secreto de grandes empresas y de muchas familias.

Yo contesto que he estudiado lo que sucede sobre el teatro del suceso, y no encuentro la explicacion en la competencia.

Centros notabilísimos son tambien Lóndres, Hamburgo, Francfort, Constantinopla, San Petersburgo, y no sucede lo que en Paris.

Yo comprenderia que la competencia pudiese explicar aquel fenómeno de la índole francesa, cuando cada uno usara del _merci_ de un modo especial, cuando cada cual lo revistiera de una forma que le diera la expresion y el interés de su particular ingenio: más claro, comprenderia lo que se dice, cuando el uno pronunciara el _merci_ con una corneta, el otro con un clarinete, el de más allá con bombo ó platillos; pero si todos dicen el _merci_ con el mismo acento habitual, con el mismo grado de sonrisa autómata: si el _merci es un mercado comun_, ¿en donde se concibe la competencia?

--¿Cómo está usted?

--Regular: ¡gracias! ¿Y usted?

--Voy pasando: ¡gracias!

--¿Y su familia?

--No tiene novedad: ¡gracias!

Yo pregunto á los que opinan que la competencia explica este contínuo é indigesto _merci_: ¿tambien la competencia explica esto en el trato social íntimo, en el seno de la familia? ¿Tambien la familia y la amistad son mostradores de mercader? Pues la familia y la amistad reconocen tambien aquella fórmula.

Pero este fenómeno singularísimo es más trascendental de lo que parece á primera vista.

¿Qué quiere decir el dar las gracias á un semejante nuestro porque pregunta por nuestra salud? ¡Poder del cielo! Tambien este cuidado, este saludo de la moral universal, esta hora solemne y sagrada del corazón del hombre, tambien esto ha de estar sujeto al compás de un sonido vano, de una ficcion?

Pues si el vernos objeto de un cuidado tan natural merece las gracias, cuando adelantemos algo en esta línea de decepcion, ¿quién no concibe que llegará tiempo en que darémos gracias por no ser saqueados ó muertos á puñal?

¡No! Este hábito no es ni competencia, ni amabilidad, ni menos cultura. O es un olvido de las ideas sociales y morales que todos los hombres nos debemos, ó es el sacrificio de aquellas ideas venerandas, en aras de una fantasía que crea aquí tambien una forma hipócrita, para hacer bello aquel sacrificio con los ornatos de un arte servil y egoísta. ¡Tambien entra aquí el _palaustre_!

Esto es querer dar verdad á la mentira, con el fin de hacer de la mentira un _ente amable_.

Así lo he sentido mil veces, y el sentimiento es el gran criterio del alma, el talento casi infalible del corazón.

Yo deploro de todas veras que los españoles corrompan la expresion franca, majestuosa y solemne de sus saludos, aceptando el afeminado _merci francés_.

--¿Cómo está usted?

--Bien ó mal. Gracias. ¿Y usted?

--Mal ó bien; gracias.

Aconsejo fervorosamente á la juventud, que deseche esa profanacion de la sociedad y de la conciencia, y que se atenga á la palabra candorosa, sencilla, franca, honrada y leal de nuestros padres.

No lo repudio á título de innovacion; yo admito todas las innovaciones posibles, cuando vienen autorizadas por una razon que las justifique y las recomiende, aunque los innovadores sean cafres. Repudio aquella costumbre alambicada, aquel alarde rebuscado y necio, porque desnaturaliza nuestro trato, despojándolo de su ingenuidad, de su poesía, de su belleza. Sí; el refinado y tonto _merci_, quita á nuestros saludos ese aire de jovialidad y de buena fe, ese aire rudo y caballeresco, grave é hidalgo, que es quizá el carácter más notable, más original y más bello de nuestra raza.

Jóvenes, creedme; no digais _merci_. Si sois hombres, ese _merci_ tan blando, tan ficcioso, tan almibarado y melífluo, os convierte en damas, y os hace feos, porque no hay una cosa más fea que un hombre amadamado, y sobre todo, amadamado á la francesa. Si sois mujeres, perdeis una gran parte de vuestro encanto y de vuestra hermosura, porque la principal hermosura y el principal encanto de las hijas de España, consiste especialmente en ser españolas. Tal vez vosotras no comprendais esto, y sin embargo es la verdad. Quitad á vuestros rostros, á vuestros talles, á vuestras miradas, á vuestras sonrisas, á vuestros saludos, á vuestra palabra, la originalidad propia de vuestro país, y sereis estátuas vestidas. Decid _merci_ y sois francesas; no sois lo que sois realmente, porque vosotras sois españolas. Aquel _merci_ es un postizo, un adefesio, una caricatura. ¿Por qué poneros caricaturas extranjeras, cuando las caras nacionales son tan hermosas? ¿Por qué aderezaros con flores mústias de otro clima, cuando nuestros soles crian en nuestros campos tantos jazmines y alelíes? Bellísimas jóvenes españolas, no digais _merci_: os lo suplico por el alma de vuestros difuntos.

V.

=Moralidad en industria y comercio=.

¡Consecuencia admirable del temperamento! La fantasía es en Francia, en Paris sobre todo, un elemento tan general y tan absorbente, que no hay un solo círculo que no invada; ni uno solo, esté donde quiera y como quiera. Aquel elemento penetra en todas partes, hasta en la industria, hasta en sus elaboraciones más apartadas de la idealidad y de lo bello; hasta en el calzado. Examinemos este zapato de señora. La punta remeda un pico de ave; el tacon se va adelgazando progresivamente en forma de espiral. ¿Remata así el pié de las mujeres? El tacon es una cosa propia para servir de base; una base conforme al zancajo? ¿Es un zapato eso que vemos, una figura acomodada á nuestro pié? No; de ninguna manera. Es un capricho, una imaginacion, un efecto dramático, un golpe teatral. Es un zapato, como es vestido lo que se pone el arlequin: es otro golpe del _universal palaustre_.

Niego redondamente que este zapato pueda durar arriba de dos ó tres noches de tertulia ó de baile, y niego tambien que haya mujeres que consigan equilibrarse sobre ese _balancin_, sin ensayarse para este ejercicio, como se ensayan los alcides para equilibrarse sobre la maroma. Pero tal vez no tengo razon. El genio francés, esa estética fabulosa que inspiró al artífice del zapato, la forma casi aérea que tiene, habrá inspirado del mismo modo á las mujeres la habilidad de usarlos sin riesgo. Es una especialidad de este temperamento, _un género de este país_.

Al ver el calzado parisiense en estos hermosos escaparates, no he podido menos de decirme repetidamente: si una mujer tuviera el pié como es el zapato que aquí miro, ¿qué nombre daríamos á aquel pié? seguramente lo llamariamos fenómeno, aborto, extravagancia.

Hé aquí la industria francesa: á fuerza de ser delicada, sutil, vaporosa, es una industria fenomenal. La diosa Vénus salió de Chipre, viajó por el mundo, y se hizo idolatrar aquí en la elaboracion de la materia. Tratar de hacer algo en Paris, es tratar de hacer una Vénus, un ídolo, una melodía. Alguna vez esta melodía deja escozores en el oído; acaso esto sucede más de alguna vez; pero la melodía brotó, se operó el prodigio; ¿qué significa lo demás? ¡_Siempre el palaustre_!

Excusado fuera entrar ahora en consideraciones sérias para demostrar la significacion que esto tiene en el órden de las ideas morales.

En el calzado que hemos visto, está sacrificada la realidad á la ilusion, lo mas á lo menos; es decir, está sacrificada la verdad á la mentira, la naturaleza al artificio, el pié al zapato, las mujeres al pié. Repito que es una idolatría como otra cualquiera, y no necesito decir si la idolatría es ó no inmoral.

Hablar de la industria equivale á hablar del comercio. Un día pasábamos por la calle de Richelieu y vimos un magnífico chal bordado de oro. Yo tenia gana de saber su precio, así como de ver el arreglo interior del almacen, y propuso á mi mujer que entráramos. Nos resolvimos por fin, y al penetrar en un portal, que más bien anunciaba la casa de un noble que el almacen de un comerciante, vimos dos lacayos vestidos de librea. Naturalmente, creimos que aquellos dos lacayos esperaban á sus señores, á quienes suponiamos ocupados en hacer compras. Creiamos mal. Los dos centinelas heráldicos que allí encontramos, eran dos lacayos de la casa; la librea al servicio de la mercancía; el blason feudal dando crédito á la materia francesa. El ridículo es tambien crédito, cuando el crédito nace de una ridiculez.

Los dos lacayos nos hicieron una marcada cortesía, procurando no deslucir la gravedad y el tono erguido de sus cuellos, decorados por las indispensables corbatas blancas. Nosotros contestamos al saludo como si quisiéramos decirles: ¿qué teneis que ver con nosotros? O como decimos en castellano: ¿quién os ha dado velas para este entierro?

Pero los dos vigías, venciendo valerosamente nuestro desden, se aproximaron á nosotros y nos suplicaron que les dijésemos el fin que nos llevaba. Yo tuve un momento dé vacilacion, casi de resistencia; iba ya á decirles que nada tenia que arreglar con sus señores, cuando principié á comprender.

--¿No es esta la entrada del almacen en donde está expuesto un chal bordado de oro?

--Sí señor.

--Pues deseamos ver ese chal y saber su precio.

Uno de los lacayos tiró inmediatamente de una campanilla, y nos rogó que pasáramos á otro piso. Subimos dos rellanos de una escalera elegantemente alfombrada, y ya vimos en el piso principal á un caballero que nos esperaba. Este caballero nos volvió á preguntar qué queriamos, y oído que hubo nuestra respuesta, tira del cordon de otra campanilla, enviándonos al piso segundo. ¿En que acabará esto?

Mi mujer y yo nos creiamos en el teatro de la Opera cómica.

Llegamos al piso segundo, en cuyo rellano nos aguardaba un tercero en discordia, y cerca del umbral de la puerta una señora de mediana edad, vestida con sencillez y gusto.

Nos explicamos en pocas palabras, entramos en un elegantísimo salon, y antes de tres segundos, teniamos delante un chal como el que habiamos visto en el escaparate.

El caballero y la señora nos observaban como si quisieran, entrar en el secreto de nuestra voluntad, de nuestras ideas, más que todo en el secreto de nuestros bolsillos, y yo me reputé obligado á valerme de una mentira. ¿Cómo no mentir en un país, cuya astuta mirada taladra hasta los huesos, como ciertos ácidos corrosivos?

Nosotros habiamos salido de casa para almorzar: íbamos, pues, en traje de almuerzo, y nuestro aliño no podia sostener con honra la aspiracion de comprar chales de cinco mil y pico de francos; ó sea una cantidad casi superior á la que nosotros teniamos en Paris.

Tuve que decirles que un noble de la Habana me habia dado el encargo de comprar algunos artículos de lujo, con el objeto de disponer el regalo de boda para una de sus hijas. Mi mujer llevaba el sombrero de camino, eramos extranjeros, yo tenia cierto color árabe ó americano, el color de los hijos de un clima meridional; despues de cuatro ó cinco dias de viaje en estío: en fin, notaron que cubria mi cabeza un sombrero de jipijapa, la _etimología_ de este sombrero era evidente, y la ilusion fué tan completa como era evidente el orígen de mi sombrero. Nos creyeron de lleno americanos, y de la Habana por añadidura.

Favor del cielo! No bien oyó aquella señora que traia encargos de un noble de la Habana, y que se trataba de un regalo de boda, cuando empezó á desdoblar blondas y encajes, empedrando nuestras orejas de miles de francos. Ahora cogia una riquísima manteleta, se la ponia sobre los hombros y daba una vuelta majestuosa por todo el gracioso salon; despues echaba mano á un velo y volvia á pasear, dando á su cabeza y á su talle todo el aire posible para producir el efecto artístico; luego tocó el turno al chal dorado, y dejaba caer la espalda hacia atrás, con el fin sin duda de que la punta del pañuelo lamiera la alfombra, y formara así alguna honda de buen gusto y algun reflejo deslumbrador. En esto acude el caballero que se habia ausentado, y empieza á desdoblar ante nuestros ojos una preciosa coleccion de pañuelos de India y de Persia, adobándola con la salsa de los tantos y cuantos millares de francos.

Antes nos creiamos en el teatro de la Opera cómica; ahora creiamos asistir á un juego de manos ó cosa semejante. Nosotros deslizábamos de cuando en cuando una mirada hacia la puerta, como si quisiéramos decir: ¿Cuándo nos verémos en la calle? Estábamos sudando como pollos.

La situacion se hizo ya tan embarazosa, que ni mi mujer ni yo sabiamos qué hacer. Al cabo, tuve que pretextar una ocupacion apremiante, balbuceando alguna frase de admiracion y de complacencia; pero no nos dejaron ir sin recabarnos la promesa de que volveriamos despacio para tener una noticia más cabal del surtido del establecimiento, y poder hacer con más acierto los encargos del noble de la Habana.

Nosotros nos rendimos, capitulamos á su sabor, tomamos dos tarjetas con orlas y dorados, y nos dimos en cuerpo y alma á bajar la escalera.

¿Cuándo estaremos en la calle? me decia mi mujer. ¡Jesus qué calor! Estoy sofocada. Yo no hacia más que oir; estaba ocupado enteramente en bajar, en el ánsia de salir á la calle y de tomar el fresco.

Llegamos al portal, los lacayos nos cobijaron con una mirada maestra; no vieron bulto ni cosa alguna que lo valiese; se convencieron de que nada habiamos comprado, de que habiamos sido inútiles _á sus señores_, de que la librea habia sido nula, y creyeron prudente ó estratégico retirar el saludo.

¡Gracias á Dios! Ya estamos en la calle de Richelieu. Comparada la calle al salon de donde salimos, podemos decir que estamos en el reino de la verdad. ¡Oh delicia!

¡Qué objeto tan curioso es estudiar á un pueblo en estas minuciosidades que tanto significan, aunque no sea sino porque jamás engañan! Retratar con este pincel, es retratar al natural, y por eso he dado este título á mis pobres apuntes.

¿Pero por qué sucede que despues de un lance semejante, nos invade primero la risa y despues la tristeza? Esto sucede, porque la verdad no deja nada impune, porque no existe una evidencia más infalible que la ley moral. Esta ley nos castiga, castiga al hombre, castiga su pecado, y ¿quién no baja la cabeza ante el castigo? ¿Quién no dobla la espalda bajo el peso de los azotes?

El comercio de Paris, lo digo otra vez, es lo que la industria: fantasmagoría, aparato, _altas novedades_; es el zapato aéreo en otro sentido; _palaustre tambien_.

Encargo al extranjero que nunca se llegue á comprar un objeto que lleve este rótulo: FANTAISIE (fantasía), sino tiene marcado el valor. Cuando esto no sucede, el comerciante parisiense se creerá _autorizado_ para exigir el doble ó triple de lo que vale, porque la FANTASÍA, nombre que aquí quiere decir _ingenio, invencion, maravilla, prodigio_, no está sujeta á tarifa alguna. Se trata de vender una creacion ingeniosa, y el ingenio no tiene límites: lo que no tiene límites no tiene precio, y de aquí la infinita elasticidad del cálculo francés. ¡Pobre del extranjero que olvide este encargo ó que tome á empresa el echarla de generoso!

Voy á terminar este ligerísimo bosquejo, haciendo notar una rareza que me ha herido de una manera singularísima.

Todos saben que Francia es un pueblo dotado de ciertos instintos de igualdad política, igualdad que tiene tantos monumentos en su historia, que tanto trabaja su espíritu, que no deja de tener alguna forma práctica en la constitucion social y en las costumbres; hasta en el establecimiento del imperio. No obstante, la industria y el comercio de este país son enteramente aristocráticos.

Por el contrario, todos saben que la desigualdad gerárquica, la casta social, es en Inglaterra un principio tan indiscutible y sagrado como un capítulo de dogma. Sin embargo, la industria y el comercio de Inglaterra son enteramente democráticos.

Paris, el demócrata, viste á los ricos de casi toda Europa, y de una gran parte de América.

Lóndres, el magnate, viste á los pobres de casi todo el globo.

El pobre busca al rico: este es Paris.

El rico busca al pobre: este es Lóndres.

No hay contradiccion. Hay habilidad. Tratándose del otro lado del estrecho, hay más: _habilidad y lógica_; esto es, _habilidad inglesa_, un miasma atmosférico que no tiene igual en el espacio, desde el cielo á la tierra, desde la tierra hasta el abismo. Estoy deseando ir á Lóndres, para poder establecer una comparacion concienzuda entre estos dos grandes centros, que son sin disputa los dos pueblos más influyentes de nuestro siglo, y los dos primeros rivales de la tierra.

VI.

=Moralidad de Paris con relacion al arte=.

Ante todo, tengo que poner en su lugar una opinion que juzgo importante.

En el arte moderno francés hallo cierto arranque social, que ha abierto una grande era á la literatura, y que con el tiempo empujará al arte hácia su expresion más trascendental, al menos más en armonía con el espíritu de nuestra época. Este es un hecho capitalísimo; es un gérmen que puede modificar maravillosamente el porvenir, y fuera injusto negar sus esperanzas al trabajo del hombre francés. Pero como en este capítulo no juzgo el elemento social del arte, sino que lo considero únicamente en su relacion con las ideas morales, me parece que basta esta salvedad.

El exámen de todas las obras artísticas de este pueblo, necesitaria la vida laboriosa de más de un escritor, y el espacio de muchos volúmenes. Dejo, pues, aparte el fardo inmenso de demasías, de licencias, de crímenes, hasta de obscenidades, de que el teatro y la novela se han hecho órgano en este país tantas veces, con un talento tan singular, y me concretaré á un pasaje de un libro que han leido todos, que todos conocen, de que la Francia está inundada, de que están inundadas la Europa y la América. Hablo del _Montecristo_: hablo de ese libro terrible, que hace de este mundo un sopor, una cueva encantada, un brevaje oriental, una _bellísima diablura_. Ciertas gentes se han empeñado en hacer ver que la diablura puede ser bella, que las brujas pueden ser artistas. Hablo de esa nueva caballería andante, más ridícula y más absurda que la del mismo Amadís de Gaula; esa caballería en que no hay de real y positivo sino el trastorno y el escarnio de las virtudes más sagradas del hombre.

Estamos en la escena en que un hijo aconseja á su padre con la mayor formalidad.... (Imposible parece que Dios nos haya dado formalidad para tales cosas. En este sentido, nuestra razon tiene misterios que horrorizan, como tiene el abismo cavidades que nos espantan.)

Decia que un hijo aconseja á su padre que _se debe matar_. ¿Por qué? Porque es comerciante, ha experimentado un revés en sus intereses, está tocando la necesidad de una bancarota, y este descalabro le infamará á él y á sus hijos. Pero ¿no hay remedio? Sí; el hijo se lo ofrece, se lo propone, se lo aconseja, se lo exige. El remedio ... ES MATARSE. Matándose, se habilita el banquero, el hombre muere honrado, y el padre lega esta honradez á su familia. ¿No es bastante? ¿Debe el pobre viejo dudar? ¿No dice bien el hijo? ¿No tiene razon Alejandro Dumas?

Hijo desdichado, hijo á quien el cielo no dió conciencia, sino para hacerte probar el placer tremendo de desgarrarla, como no dió organismo á la lombriz sino para hacerla probar el placer asqueroso de revolcarse dentro del cieno; hijo desdichado, ven acá y oye á un hombre que no tiene el genio de Alejandro Dumas, pero que tiene más corazon, que tiene más genio; porque no hay genio fuera del sentimiento de la verdad y de la virtud, porque no hay belleza fuera del sentimiento que busca el bien. No, no hay genio en la lombriz. Alejandro Dumas nos llama africanos á los españoles; enhorabuena. Preferimos ser tan bárbaros á ser tan _cultos_. No queremos ser tan civilizados como él, ni como tú, hijo infame y bastardo.

Hijo desdichado, ven acá y oye. Tu padre te ha dado la vida: ¿eres tú quien ahora le aconseja que levante el brazo contra la suya?

De su amor recibiste tu primer amor: ¿eres tú quien ahora pones en su mano un puñal?

Si tu padre cae en la bancarota, tú vas á vivir infamado: ¿eres tú quien quiere que se mate para evitar tu infamia? ¿Eres tú quien crees que tu egoismo vale más que la vida del que te ha consagrado su existencia?

¡Pero oye aún! Si tú crees que la desgracia de tu padre te va á dejar sin honra, si lo crees así, si de ello estás convencido, ¿por qué no eres tú el suicida? Responde, hijo cobarde, ¿por qué no eres tú quien coge el puñal? ¿Por qué tu padre ha de ser víctima de una opinion tuya, de un juicio tuyo? ¿Por qué ha de ser el caballero andante de tus ideas romancescas?