Un paseo por Paris, retratos al natural
Part 29
El conserjé, despues de hacer varias evoluciones con el tambor, bajó la voz todo lo que pudo, y con un acento apenas perceptible, decia: ¿Qué quieres? ¿quién eres? ¿qué buscas aquí? Y á lo léjos, muy á lo léjos, como un aviso del otro mundo, con la expresion autómata de un hecho mecánico, repetia el eco casi apagado: ¿qué quieres? ¿quién eres? ¿qué buscas aquí? Aquel acento ténue, sutilísimo, se iba haciendo cada vez más remoto, hasta que parecia perderse entre los escombros de aquellos sepulcros, como, el acento de un moribundo parece perderse entre los misterios de la eternidad. Las señoras chillaban furtivamente á despecho suyo, y habia hombre allí á quien se erizaban los cabellos. En aquel lugar se experimenta una emocion en que entran á la vez la sorpresa, la curiosidad, el asombro y la maravilla. Hay algo de arte, de religion y de fanatismo.
A los pocos minutos estabamos arriba. Nos despedimos de nuestros _subterráneos_ compañeros, no sin haber dado un napoleon al conserje, y al mismo tiempo, que atravesamos la espléndida nave de Santa Genoveva, el brigadier me dice:
--¿Qué le parece á usted?
--Es una cueva, le contesté; no es un Panteon. Son hoyos, no son tumbas. No nos preocupa la idea de la muerte, sino la idea de un cautiverio. No hay espíritu allí, no hay providencia; todo es humano, ni aun humano; todo es francés.
Esta iglesia, añadí, es un templo sin Dios.
Aquel Panteon es un panteon sin sepulcros.
Pasan tres horas, que hemos empleado en comer, el brigadier en su fonda de Bilbao, yo en el restaurant de las Columnas con mi compañera. Allí presenciamos una disputa de que daré cuenta otro dia. Antes de ir á las Columnas, escribí tres cartas á mis buenos y excelentes amigos de Reus. Mis lectores ignoran, como no puedo menos de suceder, la grande y justísima estimacion que profeso á esa ciudad, la cual ha sido uno de los pueblos de España que ha prestado una hospitalidad más generosa á mis pobres escritos, así políticos como literarios y filosóficos. Despues, en circunstancias muy difíciles para mí; en momentos de tribulacion y de amargura; en esos momentos trabajosos en que el hombre conoce si tiene algun amigo, la ciudad de Reus, la noble, la honrada, la laboriosa, la liberal ciudad de Reus, ha entrado siempre por las puertas de mi casa, trayéndome ánimo y consuelo. ¡Dios querrá que sea tan feliz como lo merece por sus sacrificios, por sus deseos, por su cultura y por sus virtudes! Acepta, pueblo á quien amo sin haberte visto; acepta este saludo que te envia un hombre humilde, como prenda de eterno cariño y de lealísima gratitud.
Verificada la comida, volví á nuestra fonda con mí mujer, la dejé allí ocupada en escribir á su familia, y yo me dirigí inmediatamente al boulevart de los Italianos, en donde está la fonda Bilbaina. El brigadier me esperaba ya, ocupando su puesto en la carretela, acompañado de otro amigo. Llego, monto, me siento, y el coche arranca. No habian pasado nueve minutos cuando nos encontramos, cerca de la barrera que circuye á uno de los cafés cantantes de los Campos Elíseos. Entramos, nos apoderamos de una mesa, se agolpan los mozos (los mozos de los cafés cantantes son linces), y pedimos cerveza con bizcochos, unos bizcochos particulares que hacen en Paris. Principia á oscurecer, aunque hace rato que se han encendido los faroles; miles de luces oscilan en todas partes á impulsos del viento; no hay árbol, ni arbusto, ni columna, ni espacio de barrera, en donde no aparezca un resplandor. En este momento se enciende, la elegante lucerna del teatro, entre cien mecheros de gas que ya lucian, y entre cien guirlandas de flores que decoran el techo y las paredes de la escena. Cualquiera diria que en aquel lugar iba á verificarse la representacion de algun prodigio, de algun encantamiento ó cosa semejante. Parece que en ese teatro de mágia no debe ser actor otro personaje que un hechicero. Entretenidos en mirar aquella mímica brillante, nadie tocaba á la cerveza ni á los bizcochos. Yo no quitaba ojo al brigadier Rotalde, que tan pronto se echaba el sombrero hácia la frente, como se lo dejaba caer hacia atrás, moviéndose casi contínuamente en la silla, en señal sin duda de impaciencia. Yo, que calculaba en qué vendrian á parar aquellas misas, no podia menos de reirme en mi interior. En esto asoman los actores por una puerta lateral de la derecha, clama la muchedumbre que rodea la valla exterior, todo el mundo fija sus miradas en el reluciente teatro, los artistas saludan con una profunda cortesía, permanecen un momento de pié, contemplando al público, como si quisiesen tomar posesion anticipada de su benevolencia, y despues de esta pantomima seductora toman asiento en sus respectivos sofás. Las hembras, vestidas de blanco, convertidas (por sus vestidos) en símbolos de la pureza y de la castidad, engalanan el sofá de la derecha, inmediato á la puerta de entrada, mientras que los varones van á ocupar el otro sofá de la izquierda, frente por frente del sofá de las damas.
--¿Empezará ya el canto? preguntó el brigadier.
--No, señor, respondí.
--Pues ¿por qué salen?
--Porque así lo tienen estipulado en sus contratas. Esto es parte de la funcion. Antes de empezar la tarea, tienen obligacion de exponerse al público, á fin de entretenerle con esta novedad, hasta que llegue la hora convenida.
--¿Cual es esa hora?
--Creo que las ocho.
El brigadier sacó el reloj con mucha prisa, y vió que eran más de las siete y media. Tomamos un sorbo de cerveza, miramos á nuestro alrededor, principiamos á contar las luces, aunque no pudimos terminar; cruzamos algunas palabras sobre el viso dramático que los franceses saben dar alas cosas, sobre esa habilidad fascinadora que sabe hacer bonito, muy bonito, lo que es realmente feo, muy feo; sobre ese instinto trastornador que convierte la realidad en apariencia, y la apariencia en realidad, ofuscándonos de tal modo, que casi llegamos á perder el conocimiento natural de lo que es bueno y de lo que es malo; discurríamos, vuelvo á decir, sobre el particular, cuando el clamoreo confuso y prolongado de la multitud que circuye la barrera, vino á noticiarnos que la hora del concierto se aproximaba. Dejamos de hablar, volvemos los ojos á la escena, el brigadier se levanta maquinalmente y vuelve á sentarse, como si quisiera tomar una posicion más segura, en señal de que aguardaba algun portento; los artistas se ponen de pié, saludan como antes; se abre la puerta del fondo, los _galanes_ se sitúan cortesmente á los lados de la puerta; pasan las _damas_; los galanes las siguen, y la escena se queda sin nadie. Silencio profundo. Todo el café, por dentro y por fuera, aguarda resignado. La orquesta preludia, la multitud grita, las sillas crugen, las mesas se chocan, los mozos corren, los curiosos se arremolinan, todos se sientan, la puerta del fondo se abre, el _carácter cómico_ asoma.... ¡Carcajada general, unánime! ¡Ovacion completa!
--¿Qué es eso? me preguntó muy bajo el asombrado brigadier.
--Es que ha salido el gracioso, como si dijéramos el payaso.
El brigadier arrugó el entrecejo. Esta salida inesperada no fué muy de su gusto.
El _carácter cómico_ anda de gatas, se pone en cuclillas, de bruces, canta, llora, chilla, gorgea, ladra, maya, ahulla, hace la gallina, hace el gallo....
El brigadier se siente dominado por un ímpetu de noble y generosa indignacion; se levanta con aire brusco; la mesa tambalea, los vasos se vierten, los bizcochos andan por el suelo, los mozos acuden, el brigadier deja una moneda de cuatro duros: ¡esto es una poca vergüenza! exclama colérico, y todos tres abandonamos el café cantante.
Luego me dice el brigadier: el que no quiera ser injusto con la Francia, no debe venir á este infame y grotesco espectáculo. Si viene aquí, tiene que ser injusto por necesidad; tiene que creer que Francia es una horda civilizada, porque no se concibe que tamaña degradacion de los sentimientos cristianos pueda caber en la conciencia de un gran pueblo.
Yo dije al digno y pundonoroso Brigadier: tiene usted razon. Lo que usted siente hoy, lo sentí yo del mismo moda cuando vi por primera vez esa degradante pantomima, y así lo tengo consignado en la obra que escribo.
--Hace usted bien, muy bien, contestó, y nos dirigimos silenciosamente hácia la Plaza de la Concordia. Habiamos entrado ya en la Plaza, cuando todavía duraba aquel silencio. No parecia sino que nos habia sucedido una desgracia. Sí; óigalo el Sr. Alejandro Dumas; óigalo ese famoso novelista, que ha hecho tanto daño á este mundo, como la peste que más daño haya hecho; óigalo esa celebridad que ha descompuesto tantos matrimonios; que ha torcido tantas ideas; que ha enloquecido tantos corazones; óigalo ese genio francés, cuyas novelas han dado veneno á tantas jóvenes incautas, engañadas y seducidas por sus encantadoras fantasmagorías, óigalo el eminente novelista Dumas; óigalo esta Francia que ha dado tanto oro, tanta fama, tanta honra, tanto aplauso, á los chismes y á las mentiras de ese novelista sin conciencia, de ese vendedor de _falsas novedades_: oiga la Francia, esta culta, esta rica, esta poderosísima Francia, lo que voy á decir: tres españoles, _tres cafres de allende el Pirineo_, caminan tristes, están afligidos, porque acaban de ver un espectáculo que desdora á esta gran nacion. _Tres cafres de allende el Pirineo_ caminan mudos y sienten dolor en su alma, al cumplir el deber cristiano que tienen de pronunciar esta justa censura.
--¿Qué Plaza es esta? pregunta el brigadier, medio amostazado todavía por la aventura del café-concierto.
--Es la célebre Plaza de la Concordia.
--¿Y por qué es célebre?
--Por dos grandes bautismos de sangre. Aquí, cuando apenas estaba concluida la Plaza, tuvieron lugar las fiestas públicas por el casamiento de María Antonieta con el Delfín, y la multitud aplastó en un dia á ciento treinta y dos personas. Aquí, sobre este suelo que pisamos, rodaron en el trascurso de tres años no cumplidos, mil quinientas cabezas de personajes célebres. Aquí se trasladó en el sangriento 23 de Agosto la guillotina, por órden del Consejo general de la Municipalidad de Paris, y esa guillotina, ese mónstruo bárbaro é insaciable, devoró las cabezas de Luis XVI, de María Antonieta, de Carlota Corday, de la Princesa Isabel, de Madama Roland, de los Girondinos, de Barnave, de Hebert, de Danton y de Robespierre. Si toda la sangre humana que aquí se ha derramado, brotase en este instante de las losas que pisan nuestras plantas, nos llegaria seguramente al cuello. Al decir yo esto, sucedió una cosa muy particular, que juré no echar en olvido al escribir este pasaje. La Plaza de la Concordia está profusamente iluminada, como que la alumbran ciento cuarenta y dos mecheros de gas; hacia luna, una luna muy clara, de modo que parecia que nos hallábamos al declinar la tarde. En el momento de pronunciar yo, _que si la sangre derramada en la Plaza de la Concordia brotara de las piedras que pisábamos, nos ahogaría_, un caballero y una señora pasaron muy cerca de nosotros, y al oir mis palabras la señora, se levantó el traje y anduvo de puntillas algunos pasos, como si temiera mancharse las botas y el vestido. Se lo hice notar al brigadier y al otro compañero, y todos celebramos la admirable ocurrencia de aquella señora, y la exquisita sensibilidad de la mujer. Debe presumirse que la señora en cuestion era paisana nuestra, puesto que entendió lo que hablábamos, y nosotros hablábamos en español.
Volviendo á la historia terrible de la Plaza, dije al brigadier: lo malo tiene la ventaja de que no es necesario que nadie lo extirpe: él tiene el encargo providencial de extirparse á sí mismo. La guillotina mató la guillotina; el terror mató al terror; la barbarie mató á sus hijos, como el Saturno de la Fábula, y concluyó por matarse á sí propia.
--¿Qué es aquella columna?
--El obelisco de Lougsor, cerca del Cairo, que sirvió de ornamento al palacio real de la famosa Tebas. Sus geroglíficos dicen que fué principiado bajo Rhamsés II, mil quinientos cincuenta años antes de la venida del Salvador, y concluido en el reinado de su hermano Rhamsés III, que la historia conoce bajo el nombre de Sesostris, que fué el rey más grande de todo Egipto, el rey más grande de toda el Asia. De modo que esa piedra tiene tres mil cuatrocientos trece años. Pesa próximamente.... ¿Cuánto dirán ustedes?
--¿Quién puede saberlo? contestaron al par mis interlocutores.
--Calculen ustedes poco más ó menos.
--¿Dos mil quinientos quintales? preguntó el compañero del brigadier.
--Más de cinco mil. Pesa muy cerca de veintitres mil arrobas.
--¿Y esa columna es de una sola pieza?
--Una sola pieza. De otra manera no seria obelisco.
--Pues señor, dijo el brigadier, difícilmente puede encontrarse un personaje de más peso y de más edad.
Dejé á mis compañeros en su fonda, y el carruaje me llevó á mi casa, en donde encontré á la amable familia americana, la misma que nos habia convidado á la tertulia de la calle de Lepelletier. Mi compañera estaba empeñada en que no habia de ir, y yo empeñado en que no se habia de quedar, y ¡gracias al cielo! esta vez no se cumplió el refran que dice: _pídele á Dios que sea bajo!_ Hago aquí mencion de este triunfo de un marido, porque un hecho tan raro bien merece la pena de que se mencione.
--Es que yo no hablo una palabra en francés, ¿qué papel haré en la tertulia? Todos se reirán de mí....
--Mira, dije á mi compañera, Paris tiene la presuncion de ser el pueblo universal; España está dentro del universo, de modo que tú cumples hablando en español.
A las once y cuarto estábamos en la tertulia. Muchas sonrisas, muchos gestos, muchas contorsiones, muchas luces, muebles magníficos, un gusto refinado en todas partes, una comedia deliciosamente ejecutada. En cuanto al recibimiento que merecimos, nada puedo decir que no ceda en honor de aquella bondadosa y liberal familia. Mi pobre mujer estaba allí como raton en boca de gato, á despecho de su fecunda locuacidad. Una señora que estaba á su lado, la dirigió no sé qué pregunta en francés. Mi mujer contestó en castellano que no entendia; la otra la respondió en francés que no la comprendia tampoco, y despues de estas amigables explicaciones, ambas se miraron y movieron la cabeza, como si quedaran convencidas, sin embargo de que no habian comprendido una palabra.
Se bailó muy bien; se cantó mejor; se tocó á las mil maravillas. El arte, más severo nada hubiera podido objetar; pero no hallé otra cosa. He hecho propósito firme de no faltar á la verdad, ni aun por galantería, ni aun por gratitud. No encontré ese ambiente embalsamado, esa atmósfera vaporosa, esa idealidad inspirada, esa naturaleza rica, esos instintos poderosos: no encontré esa aura indefinible, el genio sencillo con que nos embelesa la sociedad italiana. ¡Qué bella es Roma, cuando se la mira desde Paris! Voy á hacer mérito de la risible extravagancia de una mujer de Batiñoles, que formaba parte de la tertulia. Esto no es hablar de Paris, ni de Francia, porque ni Francia ni Paris pueden tener culpa de que haya una vieja ridícula.
En segundo término del salon, como las últimas figuras de un cuadro, habia una señora con su hija, muchacha graciosísima que podria rayar en los quince ó diez y seis años. Un caballero preguntó á la madre cuándo se casaba la muchacha. La vieja se puso encarnada como un pavo.
--¡Casarse mi hija! exclamó con miedo y casi con cólera. ¡Qué delirio! Haga usted el favor de no hablar de amores y de casamientos á una niña, que no debe pensar en otra cosa que en vestir y desnudar muñecas. ¡Casarse! ¿Cómo quiere usted que se case esta mocosa? No, señor; yo no quiero engañar á ningun hombre. Mi hija no se casará un dia antes de los treinta años. Á los treinta años se casó su abuela, á los treinta años me casé yo, y si mi hija piensa otra cosa, puede hacer cuenta que no tiene madre.
Al decir esto, aproximaba su asiento al de la muchacha, como si temiera que alguno viniese á robársela. Pero advertí que mientras que la madre hablaba, la hija se reia. La vieja lo notó, y la tiró desabridamente del traje, y es muy probable que la sermoneara con algun pellizco, esos pellizcos afectuosos que las madres dan á las hijas.
El caballero quiso replicar.... ¡Aquí fué Troya! La vieja no sabia cómo estar sentada; sudaba; se llevaba las manos a la cabeza; paladeaba contínuamente, porque sin duda se le secaba la saliva en la boca.
--¡Nada! ¡nada! exclamaba fuera de sí. Treinta años cumplidos, y si falta un dia, no quiero. El caballero tuvo que mudar de conversacion, é hizo perfectamente, porque es seguro que si no deja el tema comenzado, hay en la tertulia un soponcio. Yo miraba á la vieja diciendo para mí: ¡qué imbecilidad! Luego miraba á la muchacha, y decia: ¡qué lástima!
Los lectores me permitirán que diga dos palabras sobre una curiosidad muy rara, sumamente rara, como teoría: muy comun, sumamente comun, como hecho. Quiero decir que está sucediendo á cada instante, y que tal vez no puede hallarse la razon de una experiencia tan repetida y tan trivial. Hé aquí la curiosidad de que hablo. Nadie ama á su hija como una madre; no hay un carácter más digno de veneracion, que el santo carácter de la maternidad. Pero no digo bien; la maternidad es más que carácter; es la virtud suprema, la suprema emocion de este mundo; es la grande heroicidad de la vida. Una madre es el héroe de todos los héroes, el mártir de todos los mártires. El héroe da su vida al sentimiento de la gloria; el mártir da su vida al sentimiento de la fe; pero cuando llega la hora de morir, mueren con dolor. La madre que muere por sus hijos, muere con placer. La madre mantendria á sus hijos con sus propias lágrimas. La madre tirita cuando ve que sus hijos tienen frio. Una madre murió en un lecho hediondo, lleno de harapos. En aquel lecho habia con ella dos criaturas. Cuando los vecinos entraron al dia siguiente, hallaron á la madre abrazada á sus hijos; los brazos helados de la muerta, tenian á las dos criaturas encadenadas contra su pecho, mientras que sus labios amoratados estaban tocando la frente de uno de los niños, porque sin duda alguna habia muerto arrojando el aliento sobre aquella frente, para calentarla con el hálito de su boca y de su corazon. Los niños vivian. Para arrancárselos á la mujer que ocupaba el lecho, fué necesario enderezar aquellos brazos rígidos, que tenia presas á las dos criaturas. Para arrancar esas criaturas á la mujer que ocupaba aquel lecho hediondo, fué necesario luchar con su cadáver. Aquella madre abrigó á sus hijos con su desnudez; los calentó con su propio frio, con el frio de la muerte. Esto es un prodigio, un milagro; pero la madre tiene el don celestial de hacer milagros y prodigios. Sobre una madre no hay nada en el mundo, nada absolutamente más que Dios. No se me puede tachar de indiferente, ó de descastado. Adoro á mi madre, adoro á todas las madres de la tierra; adoro á las madres, no á las ayas. ¡Misterio incomprensible! Esas madres que aman tanto á sus hijos, son las que causan más frecuentemente su perdicion. No hay ninguna cosa más temible para una hija, que el casamiento arreglado por una madre. No hay nada más expuesto á error, más expuesto á ser engañado, que el corazon de una mujer, cuando se trata de sus hijos. Basta que cualquier hombre mal intencionado aparente amor á su hija, para que la madre se embobe y lo eche todo á pique. Cree que va á labrar la felicidad de aquella criatura que tanto ama, y labra su desdicha con un afan que raya en frenesí. La madre tiene amor, no tiene juicio; tiene abnegacion, no tiene reserva; sabe criar á sus hijos en sus pechos, no sabe criarlos para el mundo; tiene el don divino de darles el sér; no tiene el don humano de darles la felicidad; SON MADRES, NO SON AYAS.
Figúrese el lector qué sucederá á la pobre muchacha de Batiñoles, con la manía que tiene embargada la cabeza de su madre. Tiene que casarse á los treinta años, á los treinta años cumplidos, y si falta un dia, la madre no quiere. ¿Cuántas luchas, cuántos sinsabores, cuántas amarguras no esperan á esa pobre hija? ¡Treinta años! Ahora tiene quince ó diez y seis. Y ¿si ama ya? Y ¿si hoy tiene ya una pasion? ¿Ha de esperar trece ó catorce años, para satisfacer el sentimiento más querido de su alma, la necesidad más irresistible de su corazon, la fantasía más grande con que la ha embellecido la Providencia? Y si despechada, al ver que contrarian el más profundo instinto de su existencia, huye de la casa que la vió nacer, y se pone en brazos de un hombre pérfido, como Luisa se puso en brazos del estudiante de Rodhese ¿la volverá su madre la honra y la dicha que ha perdido? ¡Madre insensata! ¿qué es lo que crees? ¿Crees que eres madre de tu hija, para sacrificarla á los caprichos de su madre y de su abuela? ¿Crees que tu hija ha de vivir con la vida especial de su abuela ó de su madre? ¿Crees que eres madre de tu hija, para encerrar en el canutero de tus agujas el sentimiento más grande y poderoso de la existencia, el encanto de todos los vivientes, el secreto de todas las familias, la lumbre que calienta todos los hogares, el ángel del mundo que arrulla el sueño, de todas las almas? ¿Crees que eres madre para poner ó para arrancar ese sentimiento del alma de tu hija, como quitas ó pones un garbanzo en tu olla, como clavas ó dejas de clavar tu aguja de coser en una costura? ¿Crees que el cielo te ha dado la dicha inmensa y el inmenso deber de ser madre, para disponer á tu antojo de la ventura de ese sér que criaste en tu seno, de quien has de dar cuenta á la familia, al mundo y á Dios? ¡No, madre indiscreta!
Dios no da privilegios para lo absurdo y lo ridículo. Dios no te ha dado la alteza, la soberana alteza de ser madre para que le pagues con la ruindad de hacer infeliz á tu hija.
Suplico á las hijas que se hagan cargo que no hablo con ellas; figúrense que no han leido nada; fórmense la ilusion de que estas páginas están en blanco. No hablo con las hijas, sino con las madres.
Voy á dar un consejo á los padres, porque á los padres toca el gobierno de los grandes intereses de su casa; por consecuencia, el gobierno de sus hijos, puesto que un hijo es el interés capital de la familia.
Cuando tu hija ame y sea amada, no mediando peligro en el casamiento, no te opongas á que se case. Sobre todo, no te opongas, alegando por causa los pocos años de la novia. Semejante causa no es verdadera, ni legítima. Semejante causa es muchas veces la preocupacion vulgar de que se vale tu egoismo, porque amas á tu hija, y no tienes bastante abnegacion para sacrificar tu amor á su felicidad. La mujer, tu hija, es capaz de casarse, desde luego que es capaz de amar á quien ha de ser su marido, y un padre sensato no debe pretender legislar esto de otro modo. La naturaleza, Dios, te ha ahorrado este trabajo, porque legislar estas cosas tocaba á Dios, y un padre sensato debe calcular que la Providencia sabe más que él. Y léjos de evitar que tu hija se case jóven, debes procurar con mucho cuidado que no se case vieja. ¿Por qué? Por cuatro razones capitales.
1.ª Casándose tu hija jóven, es más apta para la generacion, en lo cual gana la sociedad, y tiene que correr muchos menos peligros al ser madre, en lo cual gana ella. De las veinte mujeres que se casan á cierta edad, las once sucumben cuando dan á luz la primera criatura.