Un paseo por Paris, retratos al natural

Part 28

Chapter 28 4,054 words Public domain Markdown

Aún con las faltas que le hallo, y que no he debido disimular porque hablo á la conciencia de un pueblo; aún con defectos capitales, que lo hacen temible, D. José Salamanca tiene tanto genio, su fama es tan brillante, tan provocativa, tan espléndida; sus vicios y virtudes se ponen un traje tan nuevo, tan magnífico, tan fascinador, que su nombre es hoy de los que más suenan en el mundo, de los más conocidos en Europa, el más popular de nuestro país.

No hace mucho dijo en las Córtes, que es verdad que él se habia enriquecido; pero tambien lo era que habia dotado á España de ferro-carriles.

Sus enemigos dirán lo que quieran; yo podré hallarle todos los defectos que me plazca, cada cual dirá, lo que le parezca; pero la nacion debe estarle reconocida, y se lo está. En este sentido, yo tambien se lo estoy. ¡Qué curioso seria escribir una biografía, cogiendo el hilo de aquella existencia tan movible y tan ávida, y seguir hilando hasta dar con el fin de la revueltísima madeja! Si Salamanca viviese encerrado en una cueva; si tuviese por palacio un desierto; si á su sombra llevase atadas las dificultades y las amarguras del proscrito yo no tendria ningun reparo en escribir su vida, que es sin disputa la más fecunda en episodios extraordinarios que conoce nuestro país en el siglo presente; pero no quiero nada con hombres tan ricos. Por lo menos se creeria que pensaba adularle, y soy muy avaro de mi pobreza.

Un amigo á quien he leido estos apuntes, me dice:

--¿Si Salamanca enviase á usted diez mil duros, usted qué haria?

--Devolvérselos.

Hemos sido invitados para concurrir á una tertulia de alto copete, que tiene lugar en la calle Vivienne. Mi mujer ha dicho que no; yo he dicho que sí. Esta vez espero triunfar.

Voy á concluir este dia con algunas curiosidades.

Hemos ido á un gran establecimiento público, en que dan de comer por dos sueldos, ó sea por muy poco más de tres cuartos. La comida consiste en un trozo de pan y un plato de patatas guisadas con bastante curiosidad. Al ver allí, colocada en extensas filas, aquella numerosa y callada congregacion, acude á nuestra mente la idea de la sopa monacal. Sin embargo, estoy más por estos conventos sociales, que por aquellas caridades frailunas.

Otra curiosidad. Todo Paris repite la contestacion que ha dado un niño en los exámenes de moral. El maestro le preguntó qué era la gratitud. El examinando no se acordaba de la definicion del libro, y despues de titubear un momento, como cediendo á una inspiracion, con acento seguro y altanero, dijo: la gratitud _es la memoria del corazon_.

Una asamblea, mil asambleas de filósofos, de sábios, de poetas y oradores, reunidas al efecto, no hubieran acertado positivamente con una respuesta tan profunda, tan graciosa, tan viva, tan moral y tan bella. El niño en cuestion ha hecho su fortuna, y la merece. La criatura que consigue, con cuatro palabras, alarmar á una ciudad como Paris, menos que criatura es un personaje en pequeño. ¡Dios le dé tanta suerte, y tantas expresiones felices, como es admirable, sabia y poética su definicion de la gratitud!

Otra curiosidad. Hemos visitado una calle célebre, muy célebre, en la historia oculta de esta ciudad: la calle de Chantres. En esta calle habia, hace algunos siglos, una casa pequeña, baja y húmeda: esta casa presenció los amores de Abelardo y Eloisa. Mi mujer, que tan desdeñosa se muestra con todas las cosas de Paris, ha visitado aquel lugar histórico con el mas afectuoso interés. Esto procede de que Abelardo y Eloisa, antes que á la historia de un país, tocan á la historia del corazon, que es la historia más universal del género humano. Al dejar la calle en cuestion, dirigimos un triste saludo á los desgraciados amantes.

Última curiosidad de este dia. Cerca de la Plaza de la Concordia, hemos visto á la Emperatriz y al Príncipe. Observamos que de la parte de las Tullerías bajaba un carruaje, en cuyo torno se agrupaban los transeuntes, nos aproximamos y no tardamos en distinguir á nuestra paisana, que venia, sola con su hijo. La antigua condesa de Teba es una fisonomía delicada, noble, bella y majestuosa. Indudablemente es uno de esos tipos privilegiados, capaces de inspirar una pasion profunda. Pero me parece que aquella mujer no vive contenta; me parece qué no es feliz. Detrás de aquellos ojos dulces y apacibles, detrás de aquel cútis blanquísimo, de aquellas sutilísimas venas azules, de-aquel bello contorno; más allá del magnífico carruaje que la conduce como en triunfo; más allá de las galas y de las pedrerías que adornan su traje; más allá de los torreones de aquel suntuoso palacio de donde acaba de salir, me parece que veo cierto espíritu de resignacion y de melancolía. Detrás de esos velos brillantes, me parece que alcanzo á distinguir un misterio, y casi tengo por seguro que ese misterio es una pena. Detrás del tinte de la cara, vislumbro yo un tinte que no puedo explicar; aunque en mi conciencia lo sé definir. Esto ha hecho que la Emperatriz me haya parecido más hermosa, porque no hay belleza sin algo triste, porque tal vez en un algo triste consiste la grande y verdadera belleza. La madre miraba á su hijo; luego, saludaba y se sonreia; pero ¡ay! aquella sonrisa venia á decirme que tambien los palacios ocultan lágrimas; que tambien las joyas atavian pechos doloridos, como luces brillantes alumbran la cara de un muerto.

Una cosa muy rara he notado, á propósito de la Emperatriz, y acerca de la cual hemos hablado varias veces mi mujer y yo. En Paris todo el mundo tiene sus historias, sus anécdotas, su chismografía. En un pueblo tan fabuloso, natural es que todo personaje tenga su fábula. He hablado con muchos franceses de todas gerarquías; he hablado con muchas francesas que hablan de todo; (las mujeres en Francia son como en todas partes;) he provocado la conversacion de la Emperatriz; he procurado esforzar el asunto; en vano. Nadie nos ha dicho una sola palabra de la esposa del Emperador. Ni una aventura, ni una limosna, ni un dicho agudo, ni un ademan, ni un gesto. Por lo que mi mujer y yo hemos observado, sin tener más datos que nuestra experiencia personal, podemos decir que la antigua condesa de Teba es aquí un cadáver. ¿Tendrá esto su explicacion en que la condesa de Toba es española? No lo sé; no quiero atribuir esa ruindad, esa estrechez, á la nacion francesa; pero es evidente que algo hay aquí.

Volviendo á la persona de la Emperatriz, he notado tambien que la mujer perjudica á la reina, y que la reina perjudica á la mujer. Se ven dos sujetos, y el uno quita encanto al otro. Parece que una mujer tan bella no necesita ser Emperatriz; y que una Emperatriz tan hermosa, no saca su diadema más que de su hermosura; de donde resulta que no es completa la ilusion de la reina, ni la ilusion de la mujer. La Emperatriz seria más Emperatriz con menos belleza; y la mujer seria más mujer con menos atavíos imperiales.

Si yo tuviese una diplomacía y una cortesania que no tengo que no quiero tener, es casi seguro que veria á la esposa de Napoleon, y que a través del alabastro de su semblante, divisaria las sombras que dan vueltas alrededor de su alma; porque, no hay duda, en ese cielo hay nubes. Cuento con un medio, un medio facilísimo, infalible, de abrirme paso hasta nuestra paisana; nuestra paisana me recibiria; no se me esconde que esta entrevista seria tal vez la única página interesante de estos desaliñados apuntes; pero aquel palacio negruzco, casi agorero, me infunde temor, tanto temor, que no me acude ánimo ni para describirlo. Algun dia lo describiré; pero hoy me es imposible; porque me inspira miedo, real y verdaderamente miedo.

Vivienda de prodigios y de asombro Donde vive agobiada la memoria, Como el gigante á quien oprime el hombro El peso horrible de su horrible historia.

El coche de la Emperatriz desapareció entre los árboles de los Campos Elíseos; nosotros montamos en el ómnibus que va á la Plaza de la Bastilla, y á los quince minutos nos encontrabamos en nuestra fonda.

Un amigo que nos acompañaba me preguntó con mucho interés durante el camino:

--¿Morirá en Paris la Emperatriz Eugenia?

--Yo dije: no lo sé.

Mañana volverémos á la misma plaza de donde venimos; á la Plaza de la Concordia, y diré á mis lectores varios secretos de la revuelta historia de Paris.

=Dia trigésimo segundo=.

Visita.--El Brigadier Rotalde.--El Panteon.--Café cantante de los Campos Elíseos.--Tertulia.--Una madre como hay muchas.--Curiosidades.

Madama Fonteral viene á vernos antes de las ocho de la mañana. La pobre lechera entra en nuestra estancia con cierto aire de aturdimiento, casi de confusion.

--¿Qué sucede, mi buena señora Fonteral? la pregunté.

--Luisa está en cama; Luisa está enferma.

Esta noticia nos desconcertó á mi mujer y á mí.

--¿Qué tiene? preguntamos aun mismo tiempo mi mujer y yo.

--No sé lo que tiene; es decir, no lo sé y lo sé; lo sé; pero no sé decirlo. Está muy mala; tiene los ojos desencajados; su frente arde; creo que se muere; tendré que ir á llamar á un médico ...

--¡Qué médico ni qué ocho cuartos! Ustedes lo arreglan siempre todo con los médicos. El médico no puede volverla su amante; no puede volverla su honra; no puede volverla su familia. El médico no puede echar tierra en el abismo, en cuyas tenebrosas cavidades yerra perdido el corazon de esa mujer. Ustedes no ven más que la medicina del cuerpo: y la mayor parte de las dolencias no se curan sino con la medicina, del alma. No es cuestion de botica, madama Fonteral; es cuestion de prudencia y de amor al prógimo. El verdadero médico de Luisa es la amistad y el sacrificio. Tome usted 20 francos, y pague usted otros quince dias al amo de la fonda, para que la trate con cariño, ya que con dinero hay que ganar cariño en un pueblo que se llama cristiano. Tome usted otros 20 francos y déselos usted á la enferma, ó reténgalos usted misma, á fin de que Luisa tenga la asistencia que su estado reclama. Vaya usted volando, y dígala usted que no se abata, que no se aflija, que no se desespere; dígala usted que no está sola; que no está abandonada, que hay ojos que la miran; que hay corazones que la compadecen; que hay enfermeros que velan por ella á la cabecera de su cama. Dígala usted que tenga generosidad, abnegacion; la abnegacion del verdadero arrepentimiento. Dígala usted que hay un deber, el último entre todos los de la vida; el supremo entre todos los grandes deberes; el que nos imponen nuestras culpas; el deber de llorar y de pedir que nos perdonen; el deber de esperar la ventura y la dicha por el merecimiento de la humildad y del dolor. En fin, dígala usted que se levante de la cama, y que se tranquilice; que irá á su casa, que irá á Pisa, que su familia la perdonará, y que si hay virtud en su corazon, si hay vida en su conciencia, si hay calor en su alma, todavía puede ser feliz. Vaya usted volando; en la inteligencia de que si usted no la dice todo eso, ó si no se lo dice bien, Luisa se muere.

Madama Fonteral se echó á temblar, y me miraba como aquel que pide compasion.

--Vaya usted corriendo! añadió mi mujer con mucha prisa.

--_Maladroite que je suis_ (¡Torpe de mí!) exclamó la buena mujer, y se dirigió á la escalera apresuradamente volviendo la cara y saludándonos con la mano.

Inmediatamente que quedamos solos, me preguntó mi compañera:

--¿Qué piensas hacer?

--Pienso ver á los españoles y americanos que aquí conozco, y reunir la suma necesaria para que Luisa vuelva á su país. Estando en Pisa, una lágrima y un perdon lo salvan todo. Es una llaga que sólo se pura con aquel bálsamo; ¿Crees que hago bien ó mal? Pregunté á mi mujer, mirándola con atencion, como para adivinar sus intenciones.

Mi mujer contestó:

--Creo que haces muy bien.

En el Hotel de Bilbao, de que hice mencion al principio de estos apuntes, he tenido, la satisfaccion de conocer al brigadier Rotalde, tan excelente caballero como buen pintor. Viene de la Habana, y teniendo que permanecer pocos dias en Paris, hemos acordado visitar hoy el Panteon, y tomar luego una botella de cerveza en un café cantante de los Campos Elíseos. Para mañana queda aplazada la visita del Louvre, en donde podrémos admirar la sublime Asuncion de Murillo, que es el sueño dorado del brigadier, y que yo no dejo de desear.

--A estilo de campaña, exclamó el brigadier artista. Lo que ha de hacerse luego, hágase ahora.

Y pronunciando estas palabras, abria la portezuela de un carruaje público que estaba enfrente de la fonda, invitándome á que subiera. Subo en efecto, sube él, el cochero levanta el látigo, y véanos el lector rodando, por las calles de esta moderna Nínive. Al pasar por el Mercado Nuevo, nos apeamos, recorrimos una de sus espaciosas galerías, vimos camarones, compramos por valor de un franco de esta _fruta marítima_, tornamos al coche, y en el momento de montar, levantamos los ojos, y vimos á una jóven como de diez y ocho á veinte años, que, sentada en el balcon de un piso segundo, se entretenia en dar muchos besos al pico de un loro. El afan de aquella muchacha no dejó de causarnos cierta impresion, y apenas nos sentamos en el carruaje, dije yo al brigadier:

A un loro; Julia Amengual Da de besos un tesoro. Y á esto dice Don Pascual Qué á falta de otro animal Pasa el rato con su loro.

EL brigadier, por un efecto de hidalga galantería, celebró mucho estos malos versos, y comiendo y conversando como buenos amigos, llegamos á Santa Genoveva. Despues de visitar el monumento que ya conocen mis lectores, aunque muy superficialmente, manifestamos, al conserje nuestro, deseo de visitar el Panteon. Advierta el lector que yo no he andado esta vez por la linterna circular ni por la cúpula, ni he subido un solo escalon, sino que he esperado á pié firme en la planta baja, contemplando una pintura al fresco, copia no muy feliz de Rafael de Urbino. Temí que el brigadier tuviera algun antojo, parecido á los invasores antojos del travieso ingeniero. Vuelto el brigadier, tratamos de bajar á la capilla subterránea, como ya dije; pero se ofrecia una dificultad. El conserje nos manifestó que teniamos que esperar algun tiempo.

El brigadier, que á su despejo natural, une la impaciencia del soldado, preguntó al conserje por qué razón teniamos que esperar el tiempo que decía.

El conserje le contestó que debian reunirse doce personas para bajar á la capilla.

Esto picó la desembarazada curiosidad de mi compañero, que volvió á replicar á nuestro guia:

--Pero ¿por qué razon tienen que juntarse doce personas, para bajar á la capilla subterránea? ¿Es esta costumbre, por ventura, una ritualidad del establecimiento, ó como si dijeramos un estatuto de esta iglesia?

--_Non, monsieur_, (no, señor) murmuró el conserje, y bajó la cabeza, pareciendo que rezaba entre dientes. El brigadier me echó una mirada, como para decirme, si yo comprendia; yo echó otra mirada al brigadier, como si quisiera contestarle que no entendia una jota de aquella rara pantomima, y ambos miramos al conserje, el cual tenia vueltos los ojos hácia la puerta principal, en significacion sin duda de que no queria responder. Pero mi compañero, que no es hombre que se acorbarda ante la distraccion estudiada de un conserje, volvió á llamarle la atencion de un modo resuelto, tan resuelto, que nuestro guia conoció que estaba en el caso de capitular. Los conserjes son gente en extremo conocedora.

--Entendámonos, si á usted le parece, le dijo el brigadier con ademan suelto y apremiante. ¿Hay alguna ordenanza de este cabildo, por la cual se manda que hayan de ser doce personas las que bajen siempre al Panteon?

--No, señor, no hay tal ordenanza; pero hay la costumbre de que cada persona que baje al Panteon, tiene que pagar. 25 céntimos (un real de nuestra moneda), y como yo no abro las puertas de aquel lugar por menos de tres francos, tengo que esperar que se reunan doce personas....

--¡Enhorabuena! exclamó el brigadier. Nosotros darémos á usted los tres francos, y todos los francos que sean menester, sin necesidad de esperar á nadie. Con que ¡á la capilla!

Ante una oratoria tan elocuente, nuestro guia inclina la cabeza, coge unas llaves, hace señas á tres caballeros y dos señoras que aguardaban, entra por una puerta lateral, abre otra, baja una escalera, y todos empezamos á bajar tras él, despues de abrir paso á las dos señoras, qué parecian ser personas muy distinguidas. Luego supimos casualmente que eran escocesas.

Estamos á siete ú ocho varas de profundidad. Hay poca luz. Los techos son bajos, abovedados, y no ofrecen nada de grande, de majestuoso, de imponente, ni de magnífico. Al contrario, despues de admirar el monumento de arriba, el monumento de abajo parece ruin; mejor dicho, no parece monumento, porque no hay monumentos ruines. Sin embargo de que la oscuridad habla tanto á mi corazon; sin embargo de que no hay para mí una poesía tan grande como un sepulcro; sin embargo de que un ciprés me llama mucho más la atencion que unas pirámides, declaro con pena que he recibido una ingrata impresion. Esto dista infinito de ser lo que yo me habia figurado, lo que todo el mundo se figura y debe figurarse, cuando sabe que una Asamblea Constituyente decreta que tome el nombre de Panteon, lo que la creencia y la gratitud de todo un pueblo llamaban antes Sta. Genoveva. Yo creía, como yo creian los demás, que el Panteon era un monumento más grande que la iglesia, puesto que la iglesia habia desalojado su primer puesto, para cederlo al Panteon. La Asamblea Constituyente debió darle el sér antes de darle el nombre, porque de otro modo es un nombre sin sér. Lo declaró poema sin darle poesía; lo declaró tiniebla sin darle sombra, y esto es gana de hablar. Ya dije que en Francia se hacen muchas cosas, infinitas cosas, por ganas de hacer, como se dicen otras por ganas de decir, como se piensan otras por ganas de pensar.

Creo que he dado con la expresion: esta capilla subterránea es una tiniebla que no tiene sombra, ó bien una sombra que no tiene tiniebla.

Estamos en el sepulcro de Voltaire, de este gran revolucionario, de este gran invasor, de este gran rey, como le apellidaba tan admirablemente Federico de Prusia. Esto no es una tumba histórica; no es tampoco un sepulcro; no es ni una sepultura. Es un escondrijo con cuatro paredes; un cachivache con una estátua, un hoyo, una losa, y un epitafio. Esta especie de zaquizami dista tanto de estar á la altura de Voltaire, como la capilla subterránea de estar á la altura del nombre de Panteon.

La estátua de Voltaire se celebra mucho por los franceses. A mí no me gusta. Esto procederá indudablemente de que no lo entiendo; pero para mí no es cuestion de filosofía, sino de gusto. Creo que el gusto es la gran escuela de las artes, y no me gusta ese mármol que miro, porque ahí Voltaire no parece un hombre de talento, sino una inteligencia maliciosa. Las arrugas de ese semblante, lo hundido de esas sienes, lo agudo de esos pómulos, lo contraido de esos labios, lo furtivo de esa mirada, significan, malicia, perspicacia, argucia; no significan un entendimiento liberal, extenso, vario, rico, fecundo, inagotable; me significan el entendimiento de un Voltaire. Voltaire en esa piedra es más bien un hombre de chispa, no un hombre de genio. Los que comprendan algo, aunque no sea sino por instinto, por barrunto siquiera, acerca de lo que es _genio_ y de lo que es _chispa_, podrán explicarse el por qué no me gusta esa estátua que estoy viendo. Digo de esa estátua lo que antes dije del subterráneo. El subterráneo no es monumento, porque no hay monumentos ruines, del mismo modo que esa estátua no es estátua para mí, porqué no hay estátuas que se ven con disgusto.

Yo murmuré sobre el particular algunas palabras al oído del brigadier; el conserje hubo de apercibirse, y empezó á explicarme las maravillas de aquella piedra, como si quisiese tomar á empresa el persuadirme, en honra del difunto cuyas cenizas nos escuchaban.

Yo dije al conserje: eso que se ve en esa piedra, es la estátua de la malicia; la malicia es el talento de la ignorancia, y Voltaire, el jefe de la Enciclopedia, el primer revolucionario de su siglo, el Robespierre literario del mundo, la admiracion y el susto de la historia, Voltaire, señor conserje, es algo más que un ignorante.

El conserje hizo un gesto agridulce.

La inscripcion del sepulcro dice:

_Ses manes sont ici; son génie est partout_. (Sus manes están aquí; su genio está en todas partes.)

Yo, al estilo francés, pido mil perdones al poeta que escribió este epitafio. No creo que el genio de Voltaire esté en todas partes, porque aquí no está.

Mirado en este mezquino chirivitil aquel enorme personaje histórico, parece pequeño, muy pequeño; muy escaso, muy pobre. El rey es aquí un pordiosero que nos pide limosna. Voltaire habla más, infinitamente más, que todo esto. Es una cuna sin sepulcro, un Oriente que no halló su ocaso.

Luego vimos la tumba de Rousseau. Es menos tumba todavía que la de Voltaire. Sobre la pared de su sepultura tiene pintada una mano que empuña una antorcha, en significacion de que su inteligencia lo alumbra todo. Digo de esta antorcha lo que dije del epitafio de su ilustre vecino. La inteligencia de Rousseau lo alumbrará todo, menos el lecho, en que reposa.

Luego visitamos ligeramente los sepulcros del arquitecto del edificio, Soufflot, de Bougainville, del mariscal Lannes, y de siete ú ocho generales y senadores del primer imperio. Entre aquellos sepulcros vimos como escombros ó tierra removida.

--¿Qué es esto? preguntamos á nuestro guia.

--Ahí, contestó este, estuvieron los restos de Mirabeau y de Marat.

--¿No están ahora?

--No, señor.

--¿Quién desalojó sus cenizas de este asilo sagrado?

--La Convencion Nacional.

--¿Por qué?

El conserje movió la cabeza. Todos nos echamos á reir. Los franceses son los únicos hombres del globo que hacen cosas, las cuales obligan á que los cristianos se rian en el momento de visitar un Panteon. Ya dije, no há mucho, que el patético de los franceses hace á un mismo tiempo llorar y reir, y lo que nos acaba de pasar es una prueba incontestable de que no los he calumniado. Es un patético que juega con las cenizas de los hombres. Al hablar de la _Bolsa_ dije que ni las piedras están á salvo del genio francés; ahora debo añadir que no está seguro ni el polvo del que ha muerto hace muchos siglos.

Atravesamos un pasillo oscuro, muy oscuro, tenebroso. Aquí principia á ser esto Panteon. El Panteon principia en donde el Panteon concluye. Despues entramos en una gruta, en donde se percibe confusamente alguna claridad. Cualquier sepulcro que sé pusiera aquí, seria positivamente más sepulcro que las covachas que hemos visitado.

El conserje se detuvo y calló. Todos nos detuvimos y callamos. El conserje permanece mudo, todos enmudecimos del mismo modo. Nadie respira, no se oye ni una mosca. ¿Qué significa esto? Á través de la escasa luz que allí habia, todos queriamos mirarnos mútuamente á las caras, como para ver qué gestos hacíamos ó qué nos parecia aquel silencioso entremés. De pronto, como un rayo cae de las nubes, como el tañido arranca del golpe que el badajo da en una campana, se oye un estruendo agudo, agudísimo, formidable; un estruendo que viene á caer encima de nosotros, que parece aplastarnos. Todos creimos que el Panteon se hundia, y que la cúpula, y las naves, y los techos, y las columnas, aquella enorme masa revuelta y confundida, se desplomaba sobre nuestras cabezas. Las dos señoras arrojaron un chillido que nos heló la sangre; yo creí que la tierra faltaba á mis piés, y me agarré frenéticamente á los hombros del brigadier Rotalde.

Sin que nosotros pudiéramos verlo, porque no habia la necesaria claridad, el conserje cogió un gran tambor que tenia oculto en uno de aquellos rincones, y sacudió en él un fuerte golpe, que aumentado increiblemente por un notable efecto acústico de aquellas bóvedas, produjo el estrépito de que he hecho mencion.

Luego que nos enteramos de la causa de aquel aparente terremoto, nos tranquilizamos, y nos dispusimos á saborear el extraño chiste de aquel espectáculo.