Un paseo por Paris, retratos al natural
Part 27
Otro dia bajaré al subterráneo, en donde se custodian las cenizas de Voltaire, Rousseau, Diderot, y algunos otros personajes célebres. No bajo hoy, ya porque los novecientos cincuenta escalones que he bajado y subido, han quitado á mis piernas el gusto de subir y bajar; ya tambien porque llevo un compañero sospechoso. El ingeniero que me acompaña tiene una frenética aficion á todas las cosas de la antigüedad; es un arqueólogo furibundo, y estoy cierto que si bajo con él al Panteon, me obligará á meter la cabeza por todo nicho, sepultura, grieta, rendija, escondrijo y recobeco que vaya encontrando. Si hubiese un abismo por allí, es seguró, tambien que me obligaria á meter las narices en el abismo, como me obligó á mirar la cúpula desde la baranda de hierro, á la altura de un décimo piso. La verdad, dicho sea sin ofender á nadie, no tengo ninguna comezon por ser héroe ni en las profundidades, ni en las alturas.
Salimos del templo, atravesamos la plaza, cruzamos luego por San Sulpicio, y á los cuatro minutos nos vemos en el muelle de Voltaire. Pasamos uno de los puentes, y véanos el lector en la otra orilla del Sena, en el momento en que uno de los vapores que van á Versalles se dispone para partir.
La orilla del río presenta un espectáculo animado, extraño, pintoresco, delicioso. Unos salen, otros entran, todos corren; se agolpan; se apiñan; las marras del buque se sueltan; el humo asoma; las ruedas se mueven; el agua salta convertida en espuma; el vapor parte. Al clamoreo festivo de la despedida, sucede un silencio general. El tiuque se desliza sobre aquella corriente azulosa, como una culebra sobre el musgo de un prado verde. No bien habia partido, cuando llega una pobre señora con dos criaturas. Tiene los labios entreabiertos, la boca seca; los ojos dilatados; la frente sudosa é hinchadas las narices, efecto de cansancio. La infeliz madre, al mirar que el vapor se alejaba, se quedó inmóvil, con un niño en los brazos y el otro cogido de la mano, sin saber lo que la pasaba. Es seguro que tenia el aliento suspendido.
Luego exclamó: _¡que je suis malheureuse! ¡J'arrive tard toujours!_ (¡Qué desgraciada soy! Siempre llego tarde.)
Despues de estar en la misma actitud dos ó tres minutos, hizo un ademan de forzosa resignacion, y se volvió con sus dos niños.
Nosotros permanecimos en el muelle, hasta que el buque desapareció. Ver un vapor en medio de una ciudad populosísima, como si nos hallásemos en las márgenes del Océano, es un panorama que me tiene encantado.
Luego que ya no divisamos el buque, nos dirigimos á la plaza de la Concordia, con ánimo de tomar el ómnibus que viene del arco de la Estrella. Á los pocos pasos que dimos, nos encontramos con un hombre que estaba sentado sobre el muelle, inmediato á una cuerda que iba á sumergirse en el rio. Al ingeniero le faltó tiempo para preguntarle qué significaba aquella cuerda. El hombre contestó que era una máquina, dentro de la cual se bajaba al fondo del rio, pudiendo ir sentado con la mayor comodidad, y llevar los ojos abiertos. Desde la, máquina en cuestion se veia el fondo del Sena, la diafanidad de las aguas, los barquichuelos que pasaban por encima, y otras curiosidades á este tenor. Nuestro ingeniero hizo una exclamacion de alegría. Se conoce que habia ido á Paris en busca de lances estupendos, y la cuerda realizaba una de sus soñadas maravillas. Inmediatamente me coge por los hombros, y se empeña en que habia de bajar con él al fondo del rio, á una profundidad de diez ó doce varas. Yo me quedó mirándole entre amostazado y risueño: por fin le dije: pero, hombre, ¿usted se ha formado el propósito de que yo no salga entero de Paris? ¿Cómo quiere usted que vaya á rastrear el fondo del Sena, incrustrado en una máquina de vidrio? ¿Y si casualmente se rompe un cristal, y la máquina se llena de agua y me ahogo? Espere usted que me haya convertido en cangreo, y entonces bajarémos juntos.
--No, señor; no, señor; exclamaba con mucha prisa, como si la ocasion se le escapara de las manos, y sin soltar mis hombros. Es necesario probar la máquina. ¿Qué se diria de nosotros en Madrid, cuando se supiera que no habiamos bajado por miedo?
--Déjeme usted por el amor de Dios, le contestaba yo sonriendo. Madrid puede decir lo que tenga por conveniente; pero yo no estoy en el caso de hacer el buzo, para dar un buen rato á las tertulias de Madrid....
--Nada, nada, repetia, y apretándome más fuertemente, previno al hombre que subiera la máquina.
Al notar mi mujer que el hombre tiraba de la cuerda, me cogió del brazo con resolucion, diciendo al ingeniero.
--Usted puede bajar, si gusta; lo que es mi marido no se mete ahí, y tiró de mí valerosamente hácia la plaza de la Concordia. Mi hombre no se atrevió á habérselas con una señora, y tuvo que capitular, bien á pesar suyo. Si mi mujer no se convierte en casa de asilo, me coge y me empaqueta en la máquina de cristal, como me llevó casi en vilo á colocarme sobre la baranda del Panteon.
--Noto, le dije, al par que caminábamos hácia la Concordia, que la arqueología de usted tiene instintos atroces. Seria menester, amigo mio, que diese usted más humanidad á sus caballerescos antojos.
--No son antojos caballerescos; son quimeras artísticas.
--Pues seria menester que tuviese usted quimeras artísticas más amables.
En esto llegamos á la Plaza, cerca de cuyo muelle hay una fragata, surta en el rio, como ya he dicho en otro lugar de, estos apuntes.
--¿Una fragata? exclamó el ingeniero. Pues vamos allá.
Creo que si le muestran en Paris el purgatorio, se mete dentro con medias y ligas.
Fué preciso ceder. Vimos la fragata, y tomamos encima de cubierta, debajo de un elegante toldo, varios refrescos que pedimos. Esto es otra cosa que la máquina de vidrio, y que la baranda de Santa Genoveva.
Salimos de allí, cruzamos la Plaza, llega el ómnibus, montamos en él, y á los veinte minutos nos hallábamos en la puerta de nuestra fonda. El ingeniero no quiso subir, porque tenia que continuar sus excursiones. ¡Todavía no estaba satisfecho, cuando yo tendré que hacer cama por la batahola del Panteon! Al separarse de nosotros, exclamé para mi coleto: ese hombre ha equivocado el oficio; ha nacido para hacer piruetas en la maroma.
Vamos á la comparacion entre Rothschild y Salamanca. No voy á hacer una pintura, sino un boceto, al mismo tiempo concebido y ejecutado. No debo ocultar que lo escribo con miedo; pero la buena fe me salva.
La Europa presenció, no ha mucho, un congreso de soberanos. En ese congreso entra Rothschild, y todos los reyes se levantan y se destocan, menos el de Holanda, que era el único que no le debía. Despues de esto, acaso no seria temerario decir que aquellos reyes se destocaron ante su rey, lo cual significa que el dinero es el rey de los reyes de nuestro siglo, porque claro es que aquellos soberanos no acataban en Rothschild otra teología, otra heroicidad, otra ciencia, otro arte, que el dinero. Ese es Rothschild; una especie de rey universal, un gran monarca de nuestros tiempos, ante quien los monarcas dinásticos se destocan.
Hay un rico, muy rico, inmensamente rico, que ha sabido enriquecerse más. Hay un hombre, una familia, que hereda un gran tesoro, que sabe ponerlo á buenas ganancias, que sabe acrecentarlo, hasta reunir la suma fabulosa de miles de millones de reales, asombrando al mundo con un prodigio de que no hay ejemplo en la historia de la humanidad: ese es el judío Rothschild.
Salamanca hizo con su fortuna lo que Dios con el universo: la sacó de la nada.
Muy entrado el presente siglo, hay en Granada un estudiante que va al café, y habla de onzas de oro; va al billar, y habla de onzas de oro; y habla de onzas de oro á su patrona, á sus compañeros, átodo el mundo. Sin embargo, el estudiante es pobre. ¡Cuántas veces se veria en aprieto para pagar su modesto pupilaje! ¡Cuántas veces esquivaría atravesar la puerta del sastre! ¡Cuántas veces huiria de la calle del zapatero! El buen escolar de Granada no tenia las onzas de oro en su bolsillo; las tenia en su imaginacion; no las tiene, las ve; quizá no las ve; las adivina. De cualquier modo, las onzas, de oro están allí; ya saldrán cuando llegue la hora. En el alma de aquel estudiante hay una geometría oculta, una química incomprensible, una especió de mágia. Cuando la sazon llegue, asomará el geómetra, saldrá el químico, aparecerá el mago.
El estudiante se licencia en leyes; nuestro licenciado se casa; el casado se hace juez; el juez no tiene lo que necesita para vivir; pero no recibe de nadie un maravedí por sus legítimos derechos; abandona el juzgado; el cesante, viene á Madrid; se hace banquero, el banquero se hace diputado, el diputado se hace ministro. Cae el ministro, cae con estrépito, más que con estrépito, con escándalo (un hombre del desarrollo de Salamanca no admite medias tintas); cae _furiosamente_, como suele decirse, todo el mundo le vuelve la espalda, su nombre atemoriza, su firma se rechaza, sus letras se protestan, y tiene que huir. Está arruinado, desacreditado, y proscrito: tres ruinas pesan á un mismo tiempo sobre el comerciante. La ruina del dinero, la ruina del nombre, y la ruina de la libertad. ¡Está perdido! decía todo el mundo. Y él contestaba en su interior: ¡no, no estoy perdido! ¡Ya no vuelve á España! volvian á decir, aún las personas que le tocaban más de cerca. Y él contestaba en sus adentros: ¡sí vuelvo á España!
Efectivamente volvió. Antes disponia de quinientos millones: ahora, de mil. ¿Cómo lo hizo? Á esta pregunta contesto yo con otra pregunta: ¿cómo hizo Galileo para hallar modo de pesar el aire? Pues como Galileo pesaba el ambiente atmosférico, pesa D. José Salamanca los negocios: Como Galileo arreglaba su ciencia, arregla D. José Salamanca la suya.
Estalla una revolucion; los revolucionarios invaden la casa del banquero, y la queman. El banquero huye; el banquero emigra. Á poco vuelve de la emigracion. ¿De qué manera vuelve? Antes disponia de mil millones; ahora dispone de dos mil. Infinitas líneas de ferro-carriles en España, todas las de Italia, todas las del vecino Portugal; banquero en Madrid, banquero en Paris, banquero en Lisboa, banquero en Roma, banquero en Lóndres, banquero en todas partes. Pierde en Italia treinta y cinco millones, gasta quince ó veinte millones todos los años en sus atenciones particulares, mil y mil compromisos enormes pesan sobre su caja, y cuando todo el mundo lo cree más apurado, compra terrenos y levanta planos para hacer un barrio magnífico, el más magnífico de Madrid, por la espalda de su palacio, cuya obra no debe costarle menos de mil trescientos á mil cuatrocientos millones. Cuando todo el mundo lo cree embarazado por aquella pérdida, una pérdida tan enorme, dice á Manzanedo que él llevará la Puerta del Sol á lo que es hoy Plaza de Toros; y si vive, es bien seguro que la llevará. Y es casi seguro que no dejará de vivir, porque hombres de semejante estrella no mueren hasta que dejan acabados sus planes. Sí; llegará un dia, en que el terreno que se llama hoy Plaza de Toros, será un centro mas rico, más brillante, de una vista más deslumbradora que la actual Puerta del Sol. Llegará un dia en que los coches de la nobleza inundarán el nuevo barrio, para hacer sus compras en los iluminados bazares y en los inmensos almacenes del nuevo Madrid. _Vivir por ver._
Estudiante, abogado, juez, diputado, ministro, tribuno, empresario, capitalista, caballero, galan, magnate, casi pintor sin saber pintar; casi poeta sin saber hacer versos; siempre privado, aún habiendo perdido la privanza; siempre en pié, aún, cuando esté caido: ese es D. José Salamanca.
Al judío Rothschild se le pregunta: ¿cuánto tienes? Y él contesta: tanto millones.
A Salamanca se le pregunta: ¿cuánto tienes? Mira en torno suyo, hojea sus libros; y acaso responde: _no tengo nada._ Luego se concentra, registra su interior, busca en su fantasía, la encuentra sembrada de minas preciosas, halla riquezas inagotables, y responde: _lo tengo todo_. Es un hombre que lo tiene todo, no teniendo nada. Sin un maravedí, es un banquero como Rothschild.
Imaginar en Salamanca equivale á fundir barras de oro. Idear es hacer dinero. No tiene entendimiento como los demás. Su entendimiento es una fábrica de moneda, de billetes y talones de Banco. Salamanca camina por donde camina todo el mundo; nadie oye nada; él oye ruido bajo sus piés; se baja; escarba con el dedo, y halla un tesoro. Adivina donde hay tesoros, como Colon adivinó la América. No sé si es espíritu lo que en él obra tales maravillas; no sé si es magnetismo, sonambulismo, electricidad ó cosa parecida; pero lo cierto es que hay en aquel hombre un instinto maravilloso, unas matemáticas que nadie le ha enseñado; unas matemáticas que vienen de Dios. Si pudiera reunirse todo lo que ha gastado y perdido, me atrevo á decir que se formaria un depósito mayor que el que tiene en sus cavas el Banco de Lóndres. Yo conozco una lonja en Madrid, cuyo dueño se ha enriquecido con los licores que ha despachado para la casa de Salamanca. Lo que ha consumido en tabaco, bastaria para dotar líberalmente á cien familias necesitadas. Diez mil duros da anualmente á su señora, para que pueda satisfacer sus caritativas inclinaciones. Pero ¿es él quien da esos diez mil duros á los menesterosos? No, no es él. Esto importa mucho para describir religiosamente el carácter propio del personaje que nos ocupa. No es él. El no los da á los pobres, sino á su señora, para que su señora tenga la piadosa satisfaccion de darlos á los pobres; Cada cual se entiende, y D. José Salamanca es un hombre que se entiende siempre á las mil maravillas.
Sentados los ligeros datos anteriores, preguntarémos: ¿quién es más grande, Rothschild ó Salamanca?
La cuestion está reducida á lo siguiente: ¿qué tiene más mérito, reunir mil no teniendo nada, ó juntar un millon teniendo mil?
Me parece que para partir de los mil y llegar al millon, no se necesita otra cosa que comerciar.
Creo que para partir de la nada y llegar á mil, es indispensable crear.
El primero cambia.
El segundo elabora.
El uno tiene capital, cálculo, diligencia y fortuna.
El otro tiene genio.
Al primero todo se lo da el hombre.
Al segundo, se lo da Dios.
La compañía de Rothschild es un centro inmenso de accion.
Salamanca es su accion misma.
Rothschild es una casa, una sociedad.
Salamanca es él.
Rothschild envia á las Californias buques llenos de plata, y se los traen llenos de oro.
Salamanca no tiene que salir de su escritorio, para explotar las minas de las Californias; para Salamanca son Californias todos los países; las Californias van consigo.
Salamanca seria el carácter más extenso, uno de los genios más grandes del siglo xix, que es el siglo más grande que registra la historia del mundo, si no le faltasen dos cosas.
--¿Le faltan dos cosas? preguntará el lector.
--Sí; á ese carácter prodigioso faltan dos cualidades capitalísimas.
--¿Cuáles son?
--Las siguientes; y cuidado que cuando yo censuro, tengo derecho á que se me crea, porque al tachar un vicio, siento dolor. La censura que cae de mi humilde pluma, es una flor mústia que mi alma deposita en la urna sagrada de la verdad. Olga D. José Salamanca la verdad; esa verdad que se le ha escondido en las biografías que se le han dedicado; oiga la verdad de unos apuntes, que no van dedicados á Salamanca, sino á la opinion de mi país, á la probidad de mi conciencia, y si pudiera ser, al espíritu de la historia. Oiga la verdad que imprime en estas líneas un oscuro y pobre escritor, que no tiene en el mundo otro caudal, ni otra esperanza, ni otro consuelo, que la religion de su penoso y elevado oficio; oficio que él estima tanto como D. José Salamanca su fausto y sus millones. Oiga una vez la leccion severa de la moral, quien ha recibido tantas veces las caricias aduladoras de la fortuna.
D. José Salamanca tiene el sentimiento de la naturaleza; lo tiene realmente, y esto no puede menos de suceder, cuando tiene, en alto grado, el sentimiento de la forma. D. José Salamanca es artista sin saberlo. Por eso ama la luz, los campos, los árboles, las flores, los perfumes, los rios: por eso sus quintas son las más poéticas que hay en España. Esto no procede únicamente de que disponga de muchos millones; de más millones disponia Cárlos III, y en las obras de Cárlos III no hay el orientalismo que en las creaciones de Salamanca. Es cuestion de dinero y de gusto; es cuestion de oro y de fantasía. D. José Salamanca tiene fantasía, tiene gusto; pero es una fantasía exterior, sensual; es un gusto que apenas pasa de la sensacion, que no halla pasto suficiente en las emociones más elevadas del sentimiento. D. José Salamanca es un idealista que no se contenta con la idealidad; es un artista que no se contenta con el arte; es un poeta que no tiene bastante con la alta y verdadera poesía.
En una palabra, ama la naturaleza, porque la naturaleza convida á sus sentidos con un placer más: placer de los sentidos; este es el sentimiento particular de Salamanca. Si la naturaleza no fuera un gran goce, un gran disfrute, el primero y más rico de los festines, la primera y más seductora de las beldades, D. José Salamanca no la amaria. Pero ¿en que consiste este raro fenómeno? No es raro. Consiste en que D. José Salamanca no sabe amar con el amor de la imaginacion, con el amor del pensamiento, con el amor purísimo de la fe; don José Salamanca no puede amar con ese rescoldo suave que siente el alma, cuando contemplamos un cuadro sublime, como cuando vemos en un cielo azul, casi mojadas por la lluvia de la tempestad, las franjas encendidas del arco íris. Consiste en que D. José Salamanca ama especialmente con los sentidos, de una manera casi voluptuosa.
Tiene tambien el sentimiento de la vida; por eso se rodea de una opulencia y de unos placeres que los demás ricos no saben adquirir; tal vez los codician; pero ni los sabrian tener; por eso idealiza cuanto le circuye, con una pompa y una imaginacion que deslumbran. En las cosas de Salamanca, hay lo que antes se llama galanura, hidalguía, gentileza. Es como si dijeramos el fabuloso Montecristo de nuestra edad. Sí, tiene el sentimiento de la vida; pero no lo tiene en relacion con Dios y con el hombre, sino en relacion con sus deleites. Su voluntad, lo que él desea, lo que él quiere, no es servir al hombre ni á Dios, sino para lograr que Dios y el hombre le sirvan á él. Sirve á Dios y á la humanidad ¿quién lo duda? sin anhelarlo en el fondo de su conciencia, sin cifrar en ello una grande ilusion de su vida, aun cuando lo hiciera sin comprenderlo, D. José Salamanca seria de todos modos un aventajadísimo obrero de la civilizacion de un siglo, un laboriosísimo menestral de la historia: sirve á la humanidad y á Dios, todo genio sirve, dejaria de ser genio si no sirviera; pero su primera intencion no es servir, sino ser servido. Hace con la vida lo que hace con la naturaleza.
Tiene el sentimiento de la fama; pero no de la fama espiritual, imaginativa, apasionada, fervorosa: no el sentimiento de ese ángel que mueve sus alas sobre la silenciosa cavidad de un sepulcro; no el sentimiento que se exhala en el corazon de los héroes, de los mártires, de los sábios; no ese sentimiento que es una de las más supremas gerarquías del alma; esa emocion vaga, melancólica, indefinible, que brota en el espíritu del hombre, como nace una violeta al pié de una cruz. Para D. José Salamanca significa poco la fama moral, metafísica, póstuma; la fama que viene despues, como despues del vivo viene el muerto, como despues del muerto vienen sus cenizas. D. José Salamanca busca siempre la fama real, sensible, presente, bulliciosa; la fama que se oiga, que se vea, que se toque; esa fama que equivale al crédito; ese crédito que es un gran capital, un gran fondo, un grande y universal gerente. D. José Salamanca es un esclavo de la opinion pública, para hacerse dueño del público. Quema incienso á la sociedad, para que la sociedad se lo queme á él. Adora á un ídolo, á fin de que ese ídolo agradecido se convierta en idólatra suyo. Por eso es generoso á su manera; es generoso efectivamente, espléndido y hospitalario; da como nadie, porque da como gana, y nadie gana como él; da, no se lo niego, no debo negárselo; pero da con su cuenta y razon. Dará siempre, en buen hora; pero cuando el público lo ve, da con alarde; más que con alarde, con gala, con orgullo, con engreimiento. De esta manera, si no recibe de aquel á quien da, consigue recibir de la opinion pública, que le llama héroe y personaje por aquella limosna astuta; limosna buena, porque al cabo hay algo en ella de caridad; limosna astuta, porque es una caridad ingeniosa, casi mercantil. La generosidad de Salamanca es, en más de un caso, una mercancía que vende al público, para que el público le compre á él otra mercancía por un precio mayor; es un comercio hábil, habilísimo; este comercio necesita una táctica tan maestra, que casi, casi, tiene tanto mérito como la generosidad misma. D. José Salamanca compra con monedas que los demás banqueros no conocen; compra y vende mercancías que no conocen los demás mercaderes, y en esto consiste que los demás ricos, los muy ricos, parezcan muy pobres comparados á Salamanca. La cuestion, la ruidosísima cuestion de generosidad, es muchas veces para el personaje de que me ocupo, un juego de Bolsa, que nadie comprende como él, porque nadie tiene su talento. Hace con la fama lo que hace con la vida.
D. José Salamanca es el Dios, la naturaleza y la humanidad de sí mismo: una iglesia en que no se rezan oraciones mentales: un rito en que no se conoce el culto interno. Culto interno; hé aquí lo único que le falta para ser muy grande, pues para ser muy grande, hay que ser grande por fuera y por dentro; y ese hombre que revoca tan bien su fachada; ese atrevido artista que sabe derramar tanto hechizo en el frontis de su palacio, vive muchas veces en un interior mezquino y estrecho. ¡Ah! si esa privilegiada fantasía que lo idealiza todo, comprendiera por un momento la idealidad; si esa razon fecunda y ardorosa que en todo piensa, rindiese un homenaje al pensamiento; si ese orientalismo que quema tanta mirra á la materia, guardase un aroma para el espíritu; si esa brujería que hace un Dios de todas las bellezas sensuales, comprendiese á Dios en la lágrima solitaria que vierte la virtud entre cuatro paredes negras; si Salamanca fuese capaz de exhalar un suspiro, al cual no fuese unida una memoria impura; si fuese capaz de una hora de silencio y de dolor en el íntimo santuario del alma, si fuese capaz de ese culto interno, D. José Salamanca seria indudablemente el carácter más general, y acaso el más bello de su nacion y de su siglo. Pero vuelvo á decir que le faltan dos cosas: honrar el pensamiento por ser pensamiento; honrar la virtud por ser virtud.
Reasumamos lo dicho sobre ambos personajes. Un hombre que hereda dos mil millones de reales, y que hoy cuenta con cuatro mil: un coloso de oro, de empresas, de fortuna, de crédito; un semi-Dios de nuestra época; ese es Rothschild.
Un hombre de facciones expansivas y despejadas, de ademan suelto; de trato festivo, casi epigramático; de palabra fácil, aguda, algunas veces armoniosa; de carácter sencillo en apariencia, doble en el fondo; ingénuo para los demás; trascendental para sus fines; liberal para todos; más liberal para sí mismo; ojo de águila; suspicacia de mercader; galantería de cortesano; pompa de noble, boato de banquero; esplendidez de favorito, magnificencia de monarca; griego en la fantasía; asiático en el gusto; sibarita en sus aficiones, en sus hábitos, en sus placeres; sobre todo, negociante en sus cálculos inspirados, vastísimos, fecundos, inagotables, geométricos; negociante en su increible actividad, en su audacia maravillosa; mago, hechicero, adivino, zahorí y alquimista, en materia de sacar oro de los carbones, ese es D. José Salamanca.