# Un paseo por Paris, retratos al natural

## Part 26

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Una cautiva que nombrarte temo, Cautiva con el nombre de señora; Una mujer bellísima en extremo Porque es muy bella la mujer que llora.

Habia resuelto no nombrarla, para no profanar un sepulcro lleno de misterios y de dolores; pero no quiero dejar á los lectores con esa intranquila curiosidad. Aquella mujer era Josefina.

La visita de los Inválidos me deja sin aliento para emprender la descripcion de Santa Genoveva. Esta descripcion será la tarea de otro dia, porque no debo ser mezquino con un monumento tan espléndido. La historia de su orígen es una página bellísima de la historia del hombre, y necesito reposarme un poco. Cuando el objeto que tiene que mirarse está muy alto, hay que pararse para levantar la cabeza. Permítame el lector que yo alce la frente procurando dominar con los ojos del alma la cúpula grandiosa de ese magnífico panteon, y luego le diré lo que mi pobre pensamiento ha podido ver y adivinar.

Hoy terminaré con algunas curiosidades. He leido en un periódico, que una casa noble de Madrid ha dado un banquete, cuyos manjares y aderezos han sido encargados á esta ciudad. El convite se da en la corte de España, y la corte de Francia envia los platos. ¿Cómo se llama esto? ¿Qué nombre debe dársele? He pensado durante más de cinco minutos sobre el particular, y no se me ocurre cómo bautizar al recien nacido, ¿Es antojo, rareza, extravagancia, ridiculez, lujo, pompa, locura, dilapidacion? No; no es nada de eso separadamente; lo es todo junto, con más otra cosa que no se puede definir, que acaso no se puede imaginar.

Cada cual se gasta el dinero como quiere, se dirá por algunos moralistas á la violeta. Yo contesto que cuando cualquiera gasta su dinero de una manera loca, tiene que avenirse á sufrir la nota de locura, como cuando lo gasta en vestirse de un modo ridículo, tiene que sufrir que se burlen de su ridiculez. Yo contesto que nadie es dueño de su dinero, ni de un grano de arena, ni de la hoja seca de un árbol, ni del aliento de su boca, para hacer despropósitos y sandeces; nadie es dueño de nada para abusar, porque nadie tiene el poder de cometer absurdos. Nadie, absolutamente nadie, ni ricos, ni reyes, ni pontífices, ni emperadores, ni sultanes, son dueños de una cosa para contradecir el dogma de la moral y de la razon, para usurpar á la Providencia el sublime misterio con que gobierna el mundo. Ante la idea del deber no hay más que una alcurnia; la alcurnia de lo bueno, de lo discreto, de lo justo, y ante esa alcurnia de la conciencia universal, nadie es personaje para dar banquetes extravagantes y risibles, haciendo gala de un orgullo tonto. _¡Gasta su dinero! ¡Su dinero es suyo!_ Esto responden siempre los adoradores del señorío feudal. ¡Argumentacion peregrina! Segun esa filosofía, tambien el que abusa de la fuerza podria decir: ¡es mi fuerza! Y el que abusa de su entendimiento, podria decir: ¡es mi entendimiento! Y el que abusa con su avaricia, podria decir: ¡es mi avaricia! Y el asesino que abusa de un puñal, podria decir del mismo modo: ¡es mi puñal! ¡No, mil veces no! Los ricos no son dueños de su dinero, el dinero no es suyo, para dilapidarlo, como nadie es dueño de un cuchillo para asesinar, ni del entendimiento para argumentar falsamente, ni de la fuerza para oprimir al débil, ni de la avaricia para dejar secas las entrañas del pobre.

¡_Es mio_! Eso no significa nada, cuando se obra contra la ley sagrada del deber. Tambien la hipocresía es del hipócrita, y la maldad es del malvado, y el adulterio es del adúltero, y las traiciones son del traidor.

¡_Es mio_! No, no es tuyo, para levantarte contra Dios, contra la creacion y contra el hombre. Para eso no tenemos nada; para eso todos somos mendigos.

¡Qué desocupada tendrá la cabeza esa familia noble de Madrid, que da un convite, y encarga á Paris los aderezos y los manjares! ¡Qué poco tendrá en que pensar! ¡Pobre gente! Esa familia creeria que iba á dar una campanada de buen tono en el mundo, que iba á inmortalizarse con un escándalo de alta escuela, y no sabe que un escritor oscuro y desgraciado le tiene lástima. ¡Cuánto más valdria que los miles de duros dilapidados en ese festin, se hubieran empleado en enjugar las lágrimas que circundarán aquella fastuosa vivienda, lágrimas que habrán visto aquel convite con espanto!

Paso á otra curiosidad. Cuando de regreso á la fonda, cruzábamos la esquina de nuestra calle, nos dimos de cara con Luisa. Como que la mirada de los tres fué un relámpago, no pude adivinar la emocion que la habia causado nuestra presencia. No me atrevo á decir que adivino aquella emocion, porque los secretos del alma son muy difíciles de adivinar. Distábamos ya de la esquina quince ó veinte pasos, y aunque estábamos segurísimos de que no podiamos verla, volvimos el rostro. Otro tanto habrá hecho Luisa.

Al pasar tocando con nosotros, su vestido rozó instantáneamente por mi pantalon, y sentí un estremecimiento convulsivo. Si yo fuese jóven y soltero, llegaria á enamorarme frenéticamente de esa mujer; esa mujer podria tiranizarme. Siendo viejo y casado, cuando apenas me queda otro resto de vida que la esencia divina de la voluntad, amando como amo á mi mujer, casi me siento apasionado de nuestra vecina, menos por su belleza que por su infortunio. Á medida que vivo y que observo, me voy convenciendo de que la poesía más irresistible es la del dolor.

Paso á la tercera curiosidad. En la calle de Lepelletier vive un ruso, el cual tira todos los dias á la calle media talega de napoleones. El buen señor pasa media hora arrojando puñados á los transeuntes; muchachos, menestrales y mujeres del pueblo se agolpan á coger las monedas; al verlos reunidos en un punto, arroja un puñado en otra direccion; todos corren, se chocan, se apiñan, gritan, riñen, pelean, exclaman, se insultan, se agarran, y el ruso se divierte. Yo ignoraba que en Rusia se divertian de este modo.

Algun lector tendrá deseo de preguntarme: y ¿qué te parece más risible, la costumbre de ese hijo del polo, ó el convite francés de la familia de Madrid? Creo que el convite de la familia de Madrid es una dilapidacion imbécil, una plétora de vanidad y de tontería. Creo que la costumbre de tirar diariamente á la calle media talega, es una diversion no vista, un entretenimiento díscolo, una limosna bárbara, rusa, vecina del Cáucaso; pero al fin y al cabo es una limosna, y muchos infelices comen con aquella manía. Triste es, muy triste, que un hombre medio loco socorra á semejantes suyos, divirtiéndose á costa de la miseria de su prójimo; pero es muy triste todavía que se despilfarren miles y miles de onzas de oro, encargando manjares y bicocas á Paris, cuando España es la tierra de los manjares.

Lo del ruso es más extraordinario.

Lo de la familia de Madrid es más necio.

El ruso se divierte á sí mismo.

La familia de Madrid divierte á todo el mundo.

El ruso nos prueba que tiene mucho oro.

La familia de Madrid hace ver que tiene muchos humos en la cabeza.

Si todo el mundo estuviese compuesto de rusos, como el de la calle de Lepelletier, y de familias, como la del convite de Madrid, la humanidad ofreceria seguramente un espectáculo muy curioso.

Vamos á la última novedad. Los periódicos anuncian la llegada á Paris de un banquero español muy célebre; el más célebre de nuestro país, quizá el más célebre de todo el mundo: D. José Salamanca. Un amigo me dice que debo hacer un paralelo entre Salamanca y el judío Rothschild, y me ha parecido muy bien la idea.

El dia de mañana comprenderá la visita de Santa Genoveva, y la comparacion entre aquellos dos grandes ídolos de nuestros tiempos.

=Dia trigésimo primero=.

Santa Genoveva.--Rothschild.--Salamanca.--Invitacion.--Nuevas curiosidades.

La historia del Panteon nos espera. Estamos en el siglo quinto de la era cristiana. El célebre Pelagio difunde por toda Inglaterra su herejía, la cual amenaza turbar las verdades fundamentales de la Iglesia católica. San German de Augerre y San Loujo de Troyes parten en el acto para la Gran Bretaña, con el pensamiento de combatir el famoso cisma, pasando por Nauterre, pequeña ciudad que se halla á pocas leguas de Paris. A la llegada de los dos santos, toda la ciudad se reunió en la plaza, como para oir y admirar la palabra de aquellos virtuosos varones. San German habla á la multitud, y en medio del profundo silencio y de la profunda veneracion con que le escuchaban, se oyen sollozos.

San German calla, las gentes se miran, se interrogan, buscan.... La que lloraba era una muchacha de Nauterre.

El santo se abre paso á través de la multitud, se aproxima á la jóven, que aún no podia contener las lágrimas, y la pregunta:

--¿Por qué lloras?

La pobre muchacha que se ve cerca de aquel gran santo, que oye su pregunta, temblaba y lloraba al mismo tiempo, y con mucha prisa, tal vez con vergüenza, se enjugaba las lágrimas; pero sin poder dejar de llorar.

--¿Qué tienes, hija mía? volvió á decirla el piadoso viajero, dando más dulzura á su palabra y á su ademan. La muchacha, con el rostro encendido, llorando todavía á despecho suyo, balbuceó:

--Quiero ser monja.

--¿Sabes, repuso San German, los sacrificios, las virtudes, el olvido y la fe que te reclama el estado á que aspiras?

--Yo no sé nada, contestó la muchacha, turbada aún. No sé más, sino que deseo vivir para mi Salvador. Y diciendo esto, se puso de rodillas, y besó la mano á San German.

El santo le dió su bendicion, y una medalla de metal, en que estaba esculpida la efigie de Cristo.

Los misioneros parten, Nanterre los saluda con gritos de fervor, y la muchacha quedó allí. Es probable que allí viviera oscuramente durante algun tiempo; pero no estaba sola. La fe es una grande y poderosa compañera. Por fin, la muchacha en cuestion deja su pueblo, su casa y su familia, buscando una familia, una casa y un pueblo más grande. Inútil es decir que los halló: el genio lo halla todo.

Pasan algunos años. El rey de los Hunos, el azote de Dios, el formidable Atila, se dirige á Paris. Aterrorizada la ciudad, al tener noticia de que llegaba el Neron del Norte, todo el mundo se disponia á salir, dejando sus casas en manos del saqueo, de la profanacion y de la barbarie. He dicho todo el mundo, y esto no es exacto. Una mujer, una mujer sola, débil, desconocida, pobre, descalza, con un cordon á la cintura, con los cabellos sueltos por la espalda, con los ojos inflamados, con la mano derecha suspendida, mostrando una medalla de cobre, recorria las calles de Paris, apostrofando á unos, consolando á otros, exhortando y animando á todos.

--_¡No temais, no temais! El cielo vela por la ciudad._

Esto gritaba aquella mujer, y luego corria, y volvia á gritar, y corria nuevamente, y en todas partes se encontraba.

No hay medio posible: ó es una santa, ó una loca.

Paris se detiene, cobra fe, prepara la defensa, espera al salvaje conquistador. Atila no tomó la ciudad.

Despues de Atila viene Meroveo, y pone á Paris estrecho sitio. El hambre diezmaba á los sitiados que se contemplaban unos á otros silenciosamente, y en sus rostros escuálidos se veia escrita la terrible sentencia: ó entregarse ó morir.

Una mujer recorre las murallas.

--Que me sigan doce guerreros de vosotros, grita, y doce guerreros la siguen.

Aquella mujer encuentra víveres en las ciudades de Arsi y de Troyes, y Meroveo no tomó á Paris.

Pasan cuatro siglos. Los normandos asedian la ciudad. En el momento en que el enemigo daba el asalto, el ataud que contenia el polvo de una mujer, recorre en procesion las murallas. Al mirar entre ellos aquel ataud, los parisienses gritan de entusiasmo y de júbilo, como si viesen venir en su auxilio á un ejército numeroso y triunfante. Los normandos no tomaron tampoco á Paris.

La mujer que salvó á los parisienses de Atila y Meroveo con su palabra y con su fe; la que los salvó de los normandos con su ataud; aquella mujer que salvó á un pueblo con un puñado de cenizas, cuyo polvo fué más poderoso y más valiente que la pica de los guerreros, era una muchacha llamada Genoveva; la misma muchacha que rompió á llorar, oyendo la voz de San German de Augerre; la misma á quien dió el santo la medalla de cobre con la efigie del Salvador; una muchacha á quien Nauterre llama hija, á quien la Iglesia llama santa, á quien Paris llama Patrona, á quien yo llamo un nobilísimo carácter histórico.

De la reseña que acabo de hacer, viene ese monumento que visitamos.

El rey Clovis, cediendo á las instancias de Santa Genoveva y de la reina Clotilde, levantó una iglesia, dedicada á San Pedro y San Pablo, en el monte llamado Lucotitius, que dominaba al antiguo Paris.

En aquella iglesia fuéron sepultados los restos de la Santa, á quien Paris debió tres veces su salvacion, y la fe y la gratitud que inspiraba aquel nombre, hizo olvidar la primitiva advocacion de los santos apóstoles. La veneracion pública dió al templo de Clovis el nombre de Santa Genoveva. Vienen los normandos en el año 887, y la iglesia de Santa Genoveva fué presa de las llamas. En el siglo XII se reconstruyó; pero en el XIV amenazaba ya ruina, y hasta el XVIII no vió Paris alzarse ese magnífico monumento. Lo principió Luis XV, y hago mérito de esta circunstancia, porque quien da su nombre á un monumento de tal tamaño, tiene positivamente derecho á que la posteridad no lo olvide.

Cuando se desemboca á la plaza del Panteon, la fachada de aquel gigantesco edificio viene á cautivar deliciosamente el ánimo del que lo contempla. Un monumento como el que tengo delante, se contempla, no se mira. Compónese aquella preciosa fachada de una galería y de un gran pórtico, imitacion del Panteon romano. Tiene veintidos columnas estriadas de órden corintio, de veinte metros de elevacion, y dos de diámetro, sosteniendo un fronton triangular de una longitud de treinta y tres metros, sobre una latitud de siete si son exactos, como creo, los informes que aquí nos dan. El arte ateniense tiene el genio de hacer que el mármol sea casi aéreo, casi vaporoso, y eso se nota aquí. Parece que esas columnas y ese enorme fronton se mueven, parece que se disponen á partir, á dejar la tierra, como cuando un pájaro levanta la cabeza y agita las alas, en actitud de querer volar.

El plan general de ese atrevido monumento, de esa altísima concepcion, representa una cruz latina. La componen cuatro naves, poderosamente dominadas por una sola cúpula, que se alza en el centro. Todo el edificio comprende un espacio de ciento trece metros de longitud, ochenta y cinco de latitud, y ochenta y tres de altura.

La linterna circular, rodeada de doce columnas, que corona elegantemente todo el edificio, estará a una altura de ciento cuarenta á ciento cincuenta metros.

Para ir desde la planta baja á lo alto de la cúpula, hay que subir cuatrocientos setenta y cinco escalones.

Cuando llegamos á una gran baranda de hierro que circuye lo alto de la cúpula, el ingeniero que me acompañaba (ya mis lectores le conocen), se empeñó en que yo tenia que asomarme, echando fuera una buena parte del cuerpo, á fin de dominar el enorme cóncavo de la media naranja, y las lejanas naves y paredes del monumento. Yo experimentaba que mi cabeza se deprimia por instantes; sentia que una mano de bronce me aplastaba la frente; ya me creia rodando por aquellas extensas y horribles bóvedas; horribles me parecian á mí, pues miraba en ellas el vacío lóbrego y misterioso de una sepultura. En fin, á despecho mio, arrostrando con cierta vergüenza la nota de cobarde, con que queria picarme el compañero, eché á huir hácia la escalera, casi dando chillidos y con los cabellos erizados. En mi vida me he creido más fuera del mundo. Me parecia que era propiedad de un mago, de un duende, de una bruja.

El ingeniero que me vió huir, echa detrás de mí como un rayo y me coge por los hombros, cuando yo no habia ganado todavía la escalera. Aquí fuéron mis grandes apuros; sudaba como un pollo; balbuceaba palabras interrumpidas, porque no podia hablar, y Dios sabe el esfuerzo que tuve que hacer sobre mi convulsion nerviosa, para no gritar pidiendo auxilio, como si me viera rodeado de asesinos ó de ladrones. ¡Qué sábia ha sido mi mujer! decia yo para mí. ¡Cuándo me veré en donde está ella! Mi mujer no quiso subir, y esperaba abajo. El ingeniero me coge por los hombros, tira hácia atrás, casi me arrastra, y como quien maneja un cadáver, me lleva á la baranda, me inclina el cuerpo, me baja la cabeza y me obliga á mirar, mientras que mis manos estaban asidas fuertemente á los hierros. ¡Es un espectáculo maravilloso! exclamaba con cierto frenesí de artista, un frenesí que le hacia muchísimo favor, que le honraba en extremo; pero que yo no podia comprender, mucho menos que comprender, venerar; y mucho menos que venerar, aplaudir. Yo dejé caer la cabeza sobre la baranda como un muerto, cerraba los ojos como para no desvanecerme; pero era inútil. Todo rodaba; todo me circuia dando vueltas en una confusion diabólica. No sé si porque ví algo al cerrar los ojos, ó por una adivinacion incomprensible del fluido eléctrico que me volvia loco: más claro, no sé si porque ví algo con mis ojos ó con mi gran miedo, me parecia estar mirando aquella formidable concavidad, al mismo tiempo que me imaginaba dando vuelcos por aquella region, muy maravillosa, muy sorprendente; pero muy vacía. ¡Dios le pague al buen ingeniero la excelente intencion con que obraba; pero se acabó el ir con él á la visita de ningun monumento que tenga más de un piso! Yo no puedo significar lo que padecí, las crueles angustias que pasé, las extravagantes y monstruosas visiones que se apoderaron de mi imaginacion. El ingeniero, que arrebatado del entusiasmo de su noble oficio, no veia que yo estaba medio difunto, me preguntó con aire orgulloso qué me parecia. Yo me apresuré á manifestarle que me habia parecido asombroso, que estaba lleno de admiracion y de regocijo, que no lo olvidaria en mi vida (era la verdad), y diciendo esto, y estudiando sus ademanes, me dirigia á la escalera. Luego que bajé el primer tramo, dí un suspiro, y saltaba los escalones de dos en dos, temeroso sin duda de que el ingeniero viniera á cogerme segunda vez. ¡Oiga usted! ¡Venga usted aca! me gritaba desde arriba. ¡Verá usted un grupo magnífico! Yo saltaba antes los escalones de dos en dos; ahora los saltaba de tres en tres, contestándole al mismo tiempo: sí, señor, un grupo muy magnífico, allá voy, espéreme usted, y miraba hácia bajo, para ver si faltaba mucha escalera. Creí no llegar; hasta sospeché que habia equivocado el camino y que marchaba hácia las nubes. Por fin llegué, por fin pisé tierra, por fin ví á mi mujer que ya estaba impaciente, y que me pareció sumamente hermosa. Me figuré que veia una divinidad.

El ingeniero estuvo por allá una media hora. Entre tanto, en union de mi compañera, visité el interior espléndido de esto que no sé cómo denominar: si necrópolo ó templo, si protesta ó fe, si reliquia ó profanacion, si monte Calvario ó Roca Tarpeya.

Frescos brillantes, fastuosos, casi lascivos; apoteosis de Bonaparte, hombres ilustres de la república y del imperio; Fenelon, Malesherbes, Mirabeau, Voltaire, Rousseau, Lafayette, Carnot, Manuel, Monge, Laplace, David, Bichat, Lagrange: es decir, allí está todo lo que debe estar en un arco de triunfo, en una academia, en un teatro, en un cementerio, en un museo, en un alcázar: no hay nada de lo que debe haber en una iglesia: victorias, apoteosis griegas, pinturas romanas, la libertad, el genio, el valor, la ciencia, la historia; guerreros, teólogos, protestantes, cismáticos, realistas, republicanos, poetas, cirujanos, matemáticos, críticos, filósofos, inventores; todo eso he visto allí: no he visto un santo. Sin embargo, esto que visitamos, esto que vemos, este resplandor que nos ofusca, que nos fascina, es un templo católico. En un templo católico están Voltaire, Rousseau, Diderot y otros compañeros de la Enciclopedia: no están Bossuet, Bourdaloue, Flechier, Masillon. Ya lo he dicho en otro lugar de estos apuntes, pero hay cosas tan raras y originales, que no basta decirlas una vez.

Este edificio, como la Magdalena, es una cosa santa sin santidad: es una santidad á la fuerza, mandada guardar y cumplir como ley de Estado, á la manera del Jehovah hebreo. Todo es Dios en esta irreverente iglesia, menos Dios: todo es iglesia, menos la iglesia. Los franceses deben estar muy satisfechos de esto, porque, realmente, esto es muy francés.

Muchos franceses creen (yo lo he oído) que el Panteon parisiense es de un mérito superior á la Basílica Romana. Me parece que esta opinion es una lisonja con que se adula el espíritu nacional. Al comparar estas dos grandes páginas de la historia del arte, no debemos remontarnos á la poesía de los templos, porque el Panteon no lo es. Hablarémos de los edificios; es decir, de la piedra.

Santa Genoveva, obra de un solo hombre, realizacion de un solo pensamiento, tiene más unidad, más simetría, más órden.

El Vaticano, en donde cada siglo pone muchas estátuas, tiene infinitamente más fecundidad, más grandeza, más galanura, más esplendidez.

En el Panteon hallamos más escuela, más regularidad: si se quiere, más sabiduría.

En el Vaticano admiramos más arte, más creacion, más genio.

Si el Panteon es un edificio, el Vaticano es un monumento.

Si el Panteon es un monumento, el Vaticano es una maravilla.

En Santa Genoveva reina Soufflot: el puritanismo aleman.

En la Basílica de San Pedro, reina Miguel Angel: la magnificencia italiana.

En Santa Genoveva se admira al hombre.

En el Vaticano se admira á Dios.

En la catedral de Sevilla y de Toledo, se le adora.

Childerico dió a la primera iglesia la denominacion de San Pedro y San Pablo.

La veneracion pública borró el nombre de San Pedro y San Pablo, para llamar al nuevo edificio Santa Genoveva.

La Asamblea constituyente borró el nombre de Santa Genoveva, para denominarlo el Panteon, despojándolo del culto católico.

Napoleon I no le volvió el nombre de la santa; pero le devolvió su culto.

La restauracion borra el nombre de Panteon, para llamarlo nuevamente Santa Genoveva.

La revolucion de Luis Felipe vuelve á borrar el nombre de Santa Genoveva, para darle el de Panteon.

Napoleon III, en 1852, vuelve á borrar la advocacion revolucionaria de Panteon, para darle el nombre religioso de Santa Genoveva.

Mañana ú otro dia volverá á llamársele Panteon, para volverle á llamar luego Santa Genoveva, Panteon despues, y Santa Genoveva más tarde, hasta que por fin venga al suelo, quedando para siempre la memoria confusa y revuelta de Santa Genoveva y de Panteon.

Si se pudieran averiguar todas las veces que el pueblo francés ha dicho hoy ¡muera! á lo mismo que ayer dijo ¡viva!, es seguro que se formaria la historia más curiosa del universo. No debe negarse que en todos los países suceden mil extravagancias; pero lo que es extravagancia en otras partes, es aquí consecuencia. El prurito, el frenesí, casi la locura de _variar_, es lo único que en Francia no _varia_: lo único estable es lo voluble. Un ¡viva! equivale aquí á una escalera que conduce irremisiblemente al patíbulo. No tengo la ambicion de ser victoreado en ningun pueblo de la tierra; menos que en ningun otro, en este devorador Paris. No estoy tan mal con mi pescuezo.

