# Un paseo por Paris, retratos al natural

## Part 25

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Javier de Mendoza habla con soltura, con elegancia, con pasion. Se apasiona de todo lo que reputa bueno, y está apasionado de la palabra: habla mucho y bien, discurre más que habla; imagina más que discurre; calcula y proyecta más que imagina. El solo digiere mucho más con su pensamiento, que veinte personas con el estómago. Llega al punto á donde se dirige antes de partir. Tal es la fuerza con que su alma mide el espacio que le separa del objeto que busca. Aquel espacio desaparece, lo devora, y antes de marchar hácia su pensamiento, se encuentra á su lado. Este hombre es uno de los caractéres más extensos que yo conozco. Hay en él cierta mezcla de galan y de literato, de soldado y de artista, de diplomático y de banquero. Es un gran taller, una gran oficina, en que cada uno de esos personajes trabaja, sin que los obreros se incomoden.

Hablando de opiniones políticas, dice que él quiere la igualdad de la riqueza y de los goces, no de la miseria y del martirio. Es demócrata, pero quiere ir en coche. Tiene la democracia del sentimiento, y la aristocracia del carruaje.

Si aspirara á que lo empleasen, su primer empleo seria una cartera de ministro, ó una embajada de primer órden.

Si tuviese el don del colorido, si sintiese mejor la forma artística, seria un genio; aún sin esas dotes, es un buen talento.

Pues he leido á mi amigo Javier de Mendoza lo referente al palacio de la _Bolsa_, y al juego público denominado así, y ha convenido en la impropiedad de aquella palabra, y en la impropiedad del nombre de _palacio_, aplicado á dicho edificio. Por lo que hace al juego, ha convenido conmigo tambien; pero me ha hecho notar que mis opiniones acerca de este punto causarán escándalo entre ciertas gentes, pudiendo hacer daño á la publicación de mi obra.

Pues aunque mi obra se hunda, y á mí me quemen, contesté, digo y repito que no estoy conforme sino con las cosas cristianas, y me parece que aquel juego no es cristiano. En medio de mis desventuras (que han sido infinitas) debo al cielo la dicha suma de tener valor para decir á todo el mundo la verdad de un modo decoroso, y la digo siempre, aunque me costara subir al cadalso.

Departiendo despues amigablemente sobre el carácter de esta maravillosa ciudad, hemos convenido en que no extrañariamos que el mejor dia se levantara aquí un edificio suntuoso, con el título de PALACIO DEL MERCADO. Tal es la comezon que tienen los franceses por _relucir_, que no nos causaria sorpresa ciertamente que dieran un palacio á los conejos y á las perdices; á la manteca y á los huevos; á las coles, á las patatas y á los rábanos.

Se dirá que decimos esto con intencion de satirizar á este país. No seré yo el que niegue que haya en nosotros algo de esa malicia picaresca, con que se zahiere una cosa ridícula; algo tal vez de ese sabor áspero que siente el español, cuando cata un manjar de nuestros vecinos; puede que haya eso en nosotros, sin que nosotros lo sepamos, como sin saberlo nosotros nos pican los mosquitos durante el sueño; pero esto no quita que en lo que decimos haya un gran fondo de verdad.

Vayamos ahora al Palacio Real, cuya historia es más breve y galante. Sepa el lector que durante el trascurso de algunos siglos, ese palacio fué el centro espléndido de la coquetería parisiense. En ese jardin que estoy viendo, la astuta cortesana se ofrecia á los espectadores con el traje muy escotado, luciendo la espalda y el pecho, como si quisiese hacer gala de la riqueza de sus incentivos, tambien de la riqueza su pudor. Digo riqueza de pudor, porque si el que da mucho debe ser rico, aquellas cortesanas debian ser muy ricas de decoro. Pero siendo el Palacio Real uno de los grandes prodigios de la monarquía absoluta, claro es que al pasar aquel régimen, debió perder no poco de su antiguo esplendor. En espacio es en lo que menos ha perdido, y tres calles se han hecho á expensas de sus encantadores jardines; las calles de Valois, de Beaujolais y de Montpensier.

Nada quiero decir de la arquitectura del Palacio, porque los grabados que acompañarán á la obra, darán una idea más exacta que todas las descripciones que yo pudiera hacer, y paso á su reseña histórica.

Richelieu, el cardenal más galanteador que la historia conoce; el brazo derecho de uno de los reyes más galanteadores que la historia conoce tambien; el gran ministro del gran Luis XIV; aquel cardenal más grande que aquel rey; Richelieu, el prelado poeta, el poeta hacendista, el hacendista político, el político filósofo, el filósofo magnate, levantó de pié el Palacio Real. Despues, hubo de acudirle la memoria de los grandes tesoros de que era deudor al pródigo cariño de sus reyes; aquellos tesoros debieron hurgarle en la conciencia, se sintió herido; en una palabra, tuvo remordimiento, y dejó el palacio á Luis XIII, que no pudo tomar posesion.

¡Cuántos secretos debe encerrar ese monton de piedras! ¡Qué historia tan curiosa se pudiera escribir, si la mente del hombre fuera capaz de arrancar al olvido aquellos secretos! Pero no digo bien; muchas de las cosas que han presenciado esas paredes y esos pavimentos, no podrian escribirse, porque hay en este mundo muchos arcanos que no pueden contarse.

Ese palacio fué el local más célebre, la casa favorita de la aristocracia del siglo XVII y XVIII; el monumento de los festines, de la galantería, del amor; una especie de templo ateniense, uno de aquellos templos griegos que se consagraban á la hermosura, un trono en donde se sentaba como reina la diosa Vénus.

En ese palacio habia un teatro, el más brillante de toda la Francia, en el cual cabian holgadamente tres mil personas; habia una capilla, cuyos ornamentos eran de oro macizo; una biblioteca magnífica; ricas colecciones de pinturas, é infinitos retratos de hombres ilustres, de tal manera que aquellos salones parecian más bien un campo santo histórico. El palacio del Cardenal representaba el consorcio extraño de la cortesanía, de la religion, de la ciencia y del arte: alcázar, iglesia, teatro, pinturas y libros.

Ana de Austria, reina de Francia y regente del reino, habitó el palacio de Richelieu con sus dos hijos, á mediados del siglo XVII en 1643, y en el mismo palacio tuvieron lugar las espléndidas bodas de su hija con el duque de Orleans, hermano de Luis XIV, cuyo monarca lo cedió despues á su hermano el duque, á título de infantazgo.

Ese mismo palacio sirvió de morada al regente, hijo del duque de Orleans, y el alcázar fué menos alcázar que tálamo. Los libros y los retratos de hombres ilustres, la ciencia y el arte, dieron lugar á los brindis y á las orgias. Richelieu abrió paso á un príncipe, tristemente famoso.

Vino Luis Felipe, vinieron las libertades modernas, y tendiendo á nivelarlo todo, el Palacio Real tuvo que caer, porque el Palacio Real no era otra cosa que un gran desnivel de las antiguas aristocracias.

Hoy, una gran parte del fastuoso alcázar del siglo XVII, se ha convertido en un bazar inmenso. Esta inesperada y maravillosa trasformacion, presenta el espectáculo interesantísimo de una casta que conquista á otra casta, de un fausto que sucede á otro fausto, de una pompa que se pone en lugar de otra pompa. Ese gran bazar es el comerciante, puesto en lugar del cortesano.

El que viva en el Palacio Real, no tiene precision de salir de allí para proveerse de todas las cosas de la vida, desde el panecillo que cuesta un sueldo, hasta la sortija que vale diez mil duros. Aquello no es un edificio; es una gran exposicion; una ciudad; un pueblo.

Tres personajes que llenan la historia de la humanidad, han pisado en un mismo siglo las escaleras de ese alcázar: Richelieu, Luis XIV y Pedro el Grande.

El Palacio Real ha tenido sucesivamente los nombres que voy á anotar. Presten atencion mis lectores.

En sus primeros tiempos, se llamó:

Palacio de Richelieu y Palacio del Cardenal.

Bajo Ana de Austria, Palacio Real.

Bajo la revolucion, Palacio de la Igualdad.

Despues de la revolucion de Febrero, Palacio Nacional.

Ultimamente, Palacio Real.

Ha servido de alcázar, de tribunado, de Bolsa, de tribunal de comercio, y actualmente de Palacio y bazar.

Vamos al Luxemburgo, cuya historia es más breve todavía, aunque no menos curiosa y picante. Digo picante, porque en todas las creaciones de esta sociedad, hay algo que sorprende, que asombra; pero que asombra y que sorprende, con una sorpresa y con un asombro que tienen un no sé qué que provoca á la risa. Los franceses tienen un patético particular: es mitad patético y mitad ironía: una criatura que llora y rie á un mismo tiempo.

En todos los países del mundo, las instituciones, los sistemas, las leyes, asisten al entierro de generaciones y generaciones. Aquí una generacion asiste al entierro de muchas leyes, de muchos sistemas, de muchas y encontradas instituciones. Esta veleidad infatigable está reflejada en casi todos los edificios públicos, en el Luxemburgo tambien, y por esto dije que tiene una historia curiosa y picante.

Roberto Harlay de Sancy construyó un edificio, en el terreno que hoy se llama Jardin de Luxemburgo, hácia el año de 1550, y probablemente aquella fábrica se denominaria Hotel de Harlay.

Trascurridos treinta y tres años, en 1583, Piney de Luxemburgo, duque opulento de aquella edad, compró y ensanchó el Hotel de Harlay, conociéndose desde entonces con el nombre de Palacio de Luxemburgo.

Trascurren veintinueve años, María de Médicis lo compra al Duque por veinte mil libras, levanta un edificio suntuoso, el que ha llegado á nuestros dias, llamándose en aquella fecha Palacio de Médicis.

La reina María hizo donacion del Palacio al duque de Orleans, su segundo hijo, y entonces se llamó Palacio de Orleans.

Despues lo compra la duquesa de Montpensier, Ana María Luisa, la heroina de la Fronda, por quinientas mil libras.

Luego pasa á manos de la duquesa de Guisa y de Alençon, en 1672.

Más tarde, á fines del mismo siglo XVII, en 1694, fué propiedad de Luis XIV.

Posteriormente Luis XVI se lo regaló al conde de Provenza, que reinó despues con el nombre de Luis XVIII.

Por último, vinieron los tiempos revolucionarios, y el antiguo palacio de Luxemburgo, el heredero de tantos reyes, de tantas intrigas, de tantos misterios y de tantos conflictos, pasó á ser una finca nacional.

Bajo la Convencion, se convirtió en prision de Estado, á la cual fuéron conducidos Hebert, Danton, y otros célebres personajes, incluso Robespierre.

Bajo el Directorio, el gobierno habitó el palacio de Luxemburgo, y á las tinieblas de la cárcel sucede el brillo de un alcázar deslumbrador, en donde Barrás, el aristócrata republicano Barrás, hizo alarde de todo el fausto y de todas las dilapidaciones de la regencia. Entonces el palacio de María de Médicis, tomó el nombre de Palacio Directorial.

Viene el 18 de Brumario, y el Palacio Directorial se convierte en Palacio de los Cónsules, habitándole Napoleon, hasta que fijó su morada en las Tullerías. Entonces tomó la nueva denominacion de Palacio del Consulado.

Bajo el imperio, el Palacio de los Cónsules se torna en palacio de los Senadores, y á la sazon se denomina Palacio del Senado.

Despues de la revolucion de Febrero, que echó por tierra á Luis Felipe, el Palacio de Luxemburgo abrió sus puertas á Luis Blanc, que explicó allí el socialismo á los obreros.

De modo que ha sido alternativamente Palacio de la Monarquía, del Directorio, del Consulado, del Senado, cárcel y cátedra socialista.

Visitemos ahora el cuartel de Inválidos.

No lo debo ocultar. Al coger la pluma para describir este grande osario de la guerra, experimento cierta emocion de religiosidad, cierta intencion solemne, cierta uncion histórica, si así puede decirse.

El actual cuartel de los Inválidos fué obra del gran rey. Así llama Francia á Luis XIV.

Las ciento treinta y tres ventanas que decoran su fachada principal, dan al edificio un aspecto grave, reposado, claustral, respetuoso. Así debia ser la fachada del palacio de la Caridad.

El conjunto del edificio comprende un espacio de treinta y cinco á cuarenta mil varas. Tiene tres pabellones, uno central y dos laterales, y cuatro pisos de elevacion. Puede alojar á cinco mil hombres.

La puerta principal da á un buen vestíbulo, circuido de columnas jónicas, que sostienen un grande arco, orlado de trofeos militares. Este vestíbulo conduce al patio que se llama _de honor_, cuya longitud no bajará de ciento cuarenta á ciento cincuenta varas, sobre setenta de latitud. Es un patio régio, verdaderamente aristocrático; pero de una aristocracia tranquila, desnuda, humilde; la aristocracia de la extension y de la sencillez; casi una aristocracia del cristianismo. El grupo de caballos que exorna cada uno de los cuatro ángulos, da al patio en cuestion no poca fuerza y majestad.

Antes de hablar de las cosas grandes que hay dentro, diré dos palabras de una cosa muy bella que hay fuera, en lo alto del edificio, recibiendo la luz del sol y de las estrellas. Aludo á la media naranja de los Inválidos. Esta media naranja con sus tres cúpulas, una de las cuales, la de los Bienaventurados, tiene un diámetro de veinte á veinte y cinco varas; con su pórtico, con sus estátuas, con su columnata circular, con sus doce ángulos dorados, con sus trofeos brillantes, con su rica veleta, es una de las creaciones artísticas más acabadas que yo he visto. Al ver la cúpula de los Inválidos, experimento lo que experimenté cuando ví por primera vez la sublime Concepcion de Murillo. Parece que hay algo que está nadando sobre nosotros, que nos coge por los cabellos y nos lleva hácia arriba. Esa arquitectura, como aquel cuadro, tiene un espíritu que nos enaltece, que nos eleva, y esto me convence de que no hay arte en donde no hay esa belleza íntima, impalpable, invisible, espiritual; esa exhalacion, esa chispa, esa esencia, ese poco de aroma sutilísimo que se quema en el interior de nuestra alma. No; no hay belleza sin metafísica; no hay arte sin espíritu; no hay flor aromática sin aroma. El arte, el arte verdadero, el arte profundo y caritativo de aquella Concepcion y de esa cúpula, es un Dios que habla al mundo por boca del hombre. Cuando se hallan creaciones semejantes, el arte se convierte en una especie de revelacion, y se le adora. Sí; yo adoro esa cúpula; yo adoro la pintura que se custodia en un palacio que veo desde aquí. Puesto delante de la Concepcion, yo adoro á Murillo. Puesto delante de la cúpula de los Inválidos, adoro á Mansard, sea ó no sea francés. Si Mansard fuese la Francia entera, yo adoraria toda la Francia.

Mansard fué el arquitecto de Versalles, uno de los mayores héroes que contribuyeron á la grandeza y á la gloria de Luis XIV. Sin embargo, creo que más que el alcázar de Versalles, vale la cúpula de los Inválidos. Creo que Mansard es más grande, mucho más grande, en esa cúpula que en aquel alcázar.

Cuando aparto los ojos de esa media naranja, siento pesar. Es esbelta, atrevida, grandiosa. Parece que es capaz de fe y de esperanza; parece que cree en Dios. Esto hará reir á mis lectores, pero es la expresion genuina de lo que siento. ¡Salud, Mansard!

Indicado lo bello que hay fuera, vamos á lo grande que hay dentro.

Ya nos tiene el lector recorriendo este grande cementerio de muertos que andan. Á pesar de tantos trofeos y de tanto esplendor, aquí se respira la idea de la muerte. Por eso el cuartel de los Inválidos es el edificio más imponente, más grande de Paris. No es el más grande por el conjunto de la piedra, por el arte de la arquitectura, sino por el sentido del establecimiento, por la índole de la institucion. Este cuartel es la casa cristiana de lo que unos llaman heroicidad, de lo que otros llaman barbarie; pero de todos modos, es casa cristiana, porque la caridad es tan vecina de todos los países, que lo mismo puede ejercerse con los héroes que con los bárbaros. Además, hay otra circunstancia que favorece más la idea de que visitamos un cementerio, de que asistimos á un cortejo fúnebre. Al ver tantos cañones, tantos grupos de naciones vencidas, tantas banderas, tantos trofeos, parece que vemos pasar delante de nosotros una procesion de esqueletos ensangrentados. Pero, en fin, el hombre que ahí duerme; el hombre enterrado en esa tumba que vamos á ver; ese hombre que queria trastornar el siglo XVIII y el siglo XIX; que los trastornó hasta cierto punto, como una tempestad trastorna la atmósfera; el cautivo de Santa Elena, que habló tantas veces por boca de esas culebrinas, habló tambien más de una vez por boca de la inteligencia; estos cañones anunciaron un pensamiento, y el pensamiento es un conquistador de tan alta estirpe, que hay que perdonarle muchas faltas. Más valen los errores de la inteligencia que los aciertos de la ignorancia, porque detrás de la primera siempre queda un rastro luminoso, como detrás de un astro queda su disco, mientras que detrás de la segunda queda algo oscuro, como detrás de una tormenta queda siempre un celaje.

Penetremos ahora en la capilla de San Gerónimo. No hay nadie. Un silencio profundo reina en la iglesia, que fué el sepulcro provisional de Napoleon, cuando trageron sus cenizas de Santa Elena, en 15 de Diciembre de 1840, entre la salva del _agradecido_ cañon de Inválidos, y una pompa, y un regocijo, de que apenas se encontrarán ejemplos en la historia del mundo. Acerca, de ese regocijo y de esa pompa, algo se pudiera decir. ¡Qué calamidad la del pueblo francés! Adorar hoy para quemar mañana; quemar ayer para adorar hoy. Pero estamos en la capilla de San Gerónimo, en lo que fué tumba de un cautivo, un cautivo que ese pueblo adora, y ante la sagrada veneracion que un pueblo profesa á un gran cadáver, debo callar.

A través del sarcófago provisional, en que se depositaron los restos de Bonaparte, se puso la espada que el muerto habia legado al general Bertran, y el sombrero que llevaba en Eylau, dado por el mismo al baron Gros.

Seguimos hácia el fondo. Detrás del altar mayor, hay una escalera de mármol, que conduce á una cripta, ó bóveda subterránea, en donde se custodia una sepultura. Bajamos por aquella escalera, hasta llegar á la puerta de la cripta. Esta puerta es de bronce, y está como guardada por dos figuras colosales, que representan el poder civil y el poder militar. Aquellas estátuas inmóviles y silenciosas, parecen dos testigos del otro mundo. En la parte superior de la puerta de bronce, se leen estas palabras:

«Deseo que mi polvo repose cerca de los bordes del Sena, en medio de ese pueblo francés, que yo he amado tanto.» Estas palabras son del mismo Napoleon.

La puerta se abre, y penetramos en un vestíbulo que encierra los sepulcros de Bertrand y Duroc. Luego pasamos á la sepultura de Bonaparte.

Napoleon, en el arco del Triunfo, es un canto.

En la capilla de San Gerónimo, es una plegaria.

En esta sepultura es una sombra.

Doce figuras colosales rodean las cenizas del Emperador. Este enorme grupo parece ser como un jurado de la historia. La tumba es de granito y pórfido, sin ornamento alguno. Este es el mejor ornamento. Aquella desnudez es grande, solemne, religiosa. El espíritu que nos domina al mirar la cúpula, el espíritu que hay allí, ha bajado á este panteon, y ha enterrado ahí un poco de polvo, sin otro ornato ni otra esplendidez que el polvo mismo.

¿Qué ornamento mayor puede darse á un sepulcro que la ceniza que contiene? ¿Qué mayor monumento puede darse al mar, que el inmenso líquido que inunda sus playas?

Esto me parece muy bien. Salgo complacidísimo. Esta bóveda, este subterráneo, esta sepultura escondida, no olvidada, es un digno sepulcro de Napoleon. Es la caridad noble, sencilla, humilde y fervorosa que debe tributarse al genio. Si alguna pompa, si algun fausto, si alguna esplendidez debe haber aquí, está ahí dentro, entre las cenizas de ese hombre, entre los arcanos de esa memoria. La historia, no la piedra, es el panteon de los grandes hombres.

Pasamos luego á una especie de cueva, que está enfrente de la puerta de entrada. Una sola lámpara alumbra este recinto. Entre una atmósfera indecisa de luz y de sombra, distingo un objeto, tendido á lo largo. Es una espada de Bonaparte: la espada de Austerlitz.

Dije que Napoleon, en el arco del Triunfo, era un canto; en la capilla de San Gerónimo, una plegaria; en la cripta, una sombra. En esta cueva, en esta cueva casi sublime, es una vision. ¡Qué elocuencia tan irresistible tienen las sombras! ¡Qué patético tan elevado tiene la oscuridad!

Al ver aquella espada, alumbrada á medias por aquella lámpara fija, cuya luz no tiene otra oscilacion que la que la produce nuestro aliento; al ver aquel testigo mudo de tanto estruendo, de tantas luchas, de tanto heroismo, de tanto entusiasmo; de tanta crueldad y de tanta gloria, el corazon se oprime, y apenas podemos respirar.

Al ver esa lámpara, á la luz de ese fuego sombrío, parece que vemos á Napoleon, sentado en la arena de su destierro, con el codo apoyado sobre una roca, con la frente puesta sobre una mano, contemplando la inmensidad del mar, que lo separaba de aquel mundo que él habia concebido, de la otra inmensidad que él habia soñado. Si la Inglaterra entera hubiese podido caber en el corazon de aquel hombre, la Inglaterra entera se hubiese quemado. Del fuego que ardia en aquel corazon, brotó una chispa, y esa chispa quemó una página de la historia del pueblo inglés. Napoleon es una página quemada de aquella historia.

Al juzgar el pasado en los libros, la conducta de la Gran Bretaña se nos presenta como una crueldad; juzgando aquí, aquella conducta es un remordimiento; un remordimiento para esa nacion, que no se puede definir; misionera hoy, pirata mañana, siempre temible, formidable siempre.

Visto Napoleon en esta pobre cueva, puede decirse que es más grande muerto que vivo.

Al salir, di al inválido que me acompañaba una moneda de veinte francos. No la quiso. Le insté; no la quiso. Volví á instarle, casi le supliqué; no la quiso. Esto no se encomia con palabras. Aquel viejo soldado (¡cuántas veces habrá llorado por su Emperador!) tiene conciencia de la morada en que vive; tiene conciencia de lo que vale la tumba que guarda. El creerá que el Napoleon que allí tiene, vale mucho más que los cuatro napoleones que yo le daba, y cree muy bien. ¡Salud al viejo, al noble, al digno veterano!

Durante la revolucion, el cuartel de los Inválidos tomó el nombre de Templo de la Humanidad.

Bajo el imperio, se denominó Templo de Marte.

Ir de la humanidad á Marte, es como ir de la Vírgen á las Sibilas, ó del Evangelio á la fábula. Aquí el monte Olimpo se puso sobre el monte Calvario, el alfanje sobre la cruz. De este modo la veleidad febril de los franceses ha estampado su huella, hasta en ese gran monumento, que basta y sobra para la honra de una nacion, y de una nacion grande. He aguardado á decir esto en la calle, léjos de la tumba de Napoleon, léjos de la capilla de San Gerónimo.

Pero, mi querido lector, ahora me acuerdo que, al hablar del palacio de Luxemburgo, he omitido un detalle que pertenece á estos apuntes.

Cerca de aquel palacio, se ve un edificio algo sombrío, casi oscuro; una casa que parece un castillo feudal, cuyo nombre le cuadra perfectamente, no tanto por lo negruzco de sus piedras, como por lo que tiene de misterioso, de galante y de aventurero. Lo mandó edificar el poderoso cardenal de Richelieu, que fijó en él su residencia, hasta que terminaron el Palacio Real. Posteriormente, esas paredes silenciosas dieron alojamiento á un huésped más ilustre aún. Bonaparte, elevado á primer Cónsul, habitó ese palacio durante seis meses. Fué su morada el entresuelo de la derecha, entrando por la calle de Vaugirard. En aquel entresuelo habia una puerta secreta, la cual daba paso á una escalera misteriosa. Por aquella escalera se subia al piso principal, en cuyo piso vivia una mujer hermosa, muy hermosa y muy desgraciada, porque el llanto es el aura que la mujer respira en los alcázares, como si Dios quisiese castigar el vicio del fausto. Á dicha mujer podian aplicarse los versos siguientes de un célebre poeta italiano:

