# Un paseo por Paris, retratos al natural

## Part 24

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He dicho antes que hoy no se considera más civilizada la nacion que más sabe y que más disputa, sino la que más analiza y más demuestra. Esta verdad no admite duda en mi juicio. La Italia, por ejemplo, es más teóloga, más metafísica, más ontológicamente sábia que la Inglaterra; sin embargo, la Inglaterra es hoy un pueblo más civilizado, inmensamente más civilizado que la Italia. Esto quiere decir que ha analizado más en estudios estadísticos y fisiológicos, que es más sábia en la ciencia del hombre, y en la ciencia de la sociedad, porque hoy se llama ciencia lo que antes se llamaba herejía, y se llama fárrago lo que antes se llamaba ciencia.

Cada escuela podrá traducir este hecho á su modo, dejándose llevar de sus recuerdos, de sus aficiones ó de sus intereses; pero la existencia de aquel hecho, tan capitalmente trascendental, es indisputable.

Voy á decir ahora dos palabras sobre los monumentos citados en el sumario de este dia, dando principio por _el palacio de la Bolsa_.

Nada tengo que oponer acerca de la magnificencia del edificio. Es un verdadero palacio. Tiene efectivamente ese aspecto grave y majestuoso, esa gallardía reposada, casi circunspecta, de aquel género de arquitectura. Su historia, considerado como edificio, esto es, su historia de piedra, es muy breve. Considerado como una institucion social, como _juego público_, aquella historia es algo más larga y más difícil.

La Bolsa de hoy ocupa el espacio que ocupó en otro tiempo el convento de las hijas de Santo Tomás. ¡Qué cambios tan curiosos y tan elocuentes! Principió este palacio el primer imperio, y lo terminó Cárlos X. Presenta un paralelógramo de setenta y un metros de longitud, sobre cuarenta y dos de latitud, si no mienten los informes que nos dan, informes que considero exactos. Al menos no desmienten la impresion que aquí se recibe. Circuye al suntuoso edificio una gran galería de setenta columnas de un metro de espesor y diez de altura, sostenidas por un basamento de tres metros de elevacion. Un sólido cornisamento y un elegante ático coronan las setenta columnas, de órden corintio, las cuales nos hacen sentir la doble emocion de la majestad y de la fuerza.

Quisimos penetrar, pero los guardas del edificio, herederos históricos de la gravedad monacal, nos prohibieron la entrada con cara de priores, enviándonos al estanco de la Hacienda pública, en donde debiamos proveernos de una especie de credencial, mediante la _limosna_ de dos francos, uno por cabeza. He dicho limosna, porque esta rara contribucion, esta curiosa prevision del Erario francés, me huele al saco del convento. Yo me volví á mi mujer, y la dije en nuestro idioma: aquí se ha verificado una trasmigracion casi portentosa. El franco que nos piden, se escapó sigilosamente del convento de las hijas de Santo Tomás, y se escondió en el palacio de la Bolsa.

--¿Qué franco nos piden? Preguntó mi mujer con picante curiosidad. (Para las mujeres es picante todo lo que tire á dar dinero.)

--Ese bedel, conserje ó lo que sea, contesté á mi compañera, me dice que vayamos al estanco, en donde nos darán un billete, cuya presentacion es indispensable para visitar el edificio. El billete en cuestion nos costará un franco á cada uno.

Mi mujer agrió el gesto de un modo visible.

Esta conversacion pasaba en presencia del conserje, que nos miraba con estrañeza, y que permanecia de pié, custodiando imperiosamente la entrada, como si se tratase de guardar las manzanas de oro en el jardin de las Hespérides.

Mi mujer y yo nos dirigimos á un estanco, que hay á pocos pasos del edificio. Al bajar la magnífica escalinata de la _Bolsa_, mi mujer me tira del brazo, en señal de llamarme la atencion, y me dice:

--Llévame á la fonda; yo me quedaré allí, mientras que tú vienes á visitar ese palacio. Me remorderia la conciencia, continuó mi compañera con más animacion, si los franceses me cogieran un franco por visitar la _Bolsa_.

--Ese franco que piden, contesté yo, no tiene nada de particular; al contrario, es una gabela natural, y lógica. Se trata de la _Bolsa_, y por simpatía, atacan la bolsa de los curiosos.

--Te lo voy á decir francamente, repuso mi mujer, y apretó el paso, como si lo que me iba á decir la espolease. «Yo creí que Paris era un pueblo de suma caballerosidad, y de sumo idealismo. Yo creia en España que en Paris se hacian muchas cosas por galanura, por etiqueta, por urbanidad, por espíritu de civilidad y de hidalguía. Pero, amigo mio, estoy viendo que me engañaba de una manera lastimosa. Esto es mucho peor que Madrid. Aquí no podemos llevarnos las manos á la cabeza, aquí no se puede decir el Padre nuestro, aquí no se puede ni rezar, sin tener que hacer frente al dichoso franco. Odio esta palabra, ¡Qué sujeto tan descortés! ¡Qué persona tan atribulada y tan agresiva! Franco le llaman, y en verdad que le han dado con el nombre, pues tan franco es, que se mete por todas partes como trasquilado por iglesia. ¿Quieres que te diga la verdad? Segun voy viendo, esto es una batalla contínua, en que los combatientes no abrigan otra idea que apoderarse del botin de los enemigos; una guerra que se hace, una lucha que se traba, únicamente por coger el botin. Ni más ni menos, ni menos ni más. Los combatientes son los hijos de este país. Los enemigos son los extranjeros. En España, en el mismo Madrid, el dinero es una gran necesidad. En Paris es una gran plaga, una gran peste; en fin, es una guerra, con todos los peligros, con todos los sustos, con todas las calamidades y las desdichas de una guerra. Mira, añadió resueltamente mi mujer; déjame en la fonda; no quiero dar un franco por ver ese edificio; por una peseta está cavando un español todo el dia en el campo....»

Sin embargo dé estos sermones de mi compañera, yo me dirigí al estanco, con el fin de comprar el documento que el conserje me reclamaba. Mi mujer lo notó, y se detuvo á despecho mio.

--No te empeñes, porque no voy. No quiero pagar el derecho de ser extranjera. Aguantaré que me traten como enemiga, en lo que yo no puedo evitar; pero á sabiendas, no.

--Bien, la contesté yo; tú dices que no quieres dar un franco por esa visita. Enhorabuena, no lo des; pero yo quiero darlo; no es cosa tuya, sino mia, y no debes tener remordimiento alguno. Iba á replicar; pero la llevé hácia adelante con el brazo, y esto la persuadió mucho más que si la hubiera predicado un sermon. No sé el por qué, mas tengo por cosa evidente que á las mujeres las convence más un ademan que veinte palabras.

Por santa obediencia se resignó á entrar en el estanco, y no pude menos de soltar la risa, cuando observé la cara de vinagre que mi mujer puso al ver los dos francos en el mostrador.

--¡Lástima de dinero! dijo furtivamente, y nos dirigimos á la Bolsa.

Buena escalera, excelentes pasillos, galerías espaciosas, hermosas balaustradas, salas magníficas.... Repito que nada tengo que tachar á la arquitectura del edificio, aunque desde luego se echa de ver que no fué construido para que sirviera de palacio. Volviendo ahora los ojos á su oficio social, si así puede decirse, principio por no estar conforme con el nombre de _Bolsa_, aplicado al cambio oficial, cambio importado en Francia por el hacendista escocés Law, á fines del siglo XVII.

La palabra _Bolsa_, no sólo es impropia, sino escasa, ruin, grosera, hasta ridícula, para darnos la idea de un lugar en que se verifican operaciones mercantiles de cierta monta. No comprendo cómo los negociantes que se dedican á aquel juego público, llevan en paciencia que se les designe con el apellido de _Bolsistas_. Me parece que en este nombre hay algo que se rie de la persona que lo lleva, como si dijéramos _bolsillistas_, _faldriqueristas_, _taleguistas_, ó palabras por este jaez. Yo deploro (en este sentido ¡tengo tanto que deplorar!) deploro, decia, que los españoles, dominados por un espíritu de imitacion incalificable, desnaturalizando una de las lenguas más bellas y más ricas del mundo, malversando el depósito que muchos siglos y muchas glorias les han confiado, hayan mendigado de los franceses la plabra _Bolsa_, condenando tan irreflexiva como injustamente los nombres castizos de _lonja_ y casa de contratacion. En lugar de _Bolsa_, que nada significa, ó significa una ridiculez, porque ridículo es todo despropósito ¿qué razon hay para que no pudiera decirse _lonja del cambio_? Pero ahora caigo en que esto no bastaba; era indispensable ponerse á la moda; era indispensable llamar la atencion con una cuquería de nuestros vecinos; era indispensable engalanarse con una palabra parisiense, como los payasos se visten de siete colores, para que les sigan los chiquillos, ó como se enjaeza un caballo, para venderlo bien en la feria. Era indispensable el relumbron, el palaustre, y atravesó los Pirineos la palabra _Bolsa_. No sólo hay servilismo en política; hay servilismo tambien en conducta, y esas limosnas que el pueblo español recibe de Francia; esas caridades que le implora, cuando tantas podria hacer, cuando tantas ha hecho á esa misma nacion que nos manda hoy con sus monerías; esas limosnas vergonzantes que á Francia pide, es un servilismo de nuestra época; y no solamente es un servilismo, sino una sandez. ¿Qué se diria del que fuese á buscar falsas doraduras á país extraño, olvidando el oro, el oro fino, que tiene en su país? Pues eso es cabalmente lo que debe decirse de los españoles, que van á Francia para traerse la grotesca palabra _Bolsa_, arrinconando, para que crie moho, la palabra lonja; término propio, lógico, natural, en relacion perfecta con las tradiciones de nuestro idioma; con su pensamiento y con su melodía; es decir, en perfecta relacion con su etimología, con su filosofía y con su esthética.

Nuestra nacion no sufriria que el pueblo francés pusiera el pié en un palmo de nuestro territorio, y consiente á las mil maravillas una invasion completa en otro sentido; una invasion más peligrosa, porque nos conquista ocultamente, por dentro, en el interior de nuestras casas, en el interior de nuestras viviendas, en lo más íntimo, en lo más profundo que tiene el hombre: en la palabra. La palabra es lo último que pierden los pueblos, porque esa palabra es á un mismo tiempo su ciencia, su poesía, su amor: la palabra es el espíritu que sobrevive á la libertad, á los usos, á las costumbres, á las leyes. Se quema un código, mil códigos: no se quema la lengua en que están escritos. La palabra y la historia son los dos genios que van al frente en todas las exequias, son los manes eternos que velan sin cesar sobre la tumba de las generaciones. Pasó el Lacio, pasó el pueblo latino; pero queda una sombra de aquello; queda una huella que no se borra, un alma que no muere, una ceniza que no se enfria, un sepulcro que no se cierra; queda un cadáver que no se consume; sobre el polvo, sobre las ruinas, sobre la soledad y el silencio de los cadáveres que se extinguieron, queda un cadáver que no se extingue, que no se extinguirá, mientras que la tierra sienta el calor de las plantas del hombre: pasó el pueblo latino; pero nos queda la latinidad. Pasó el pueblo; no pasó la palabra. Pasó el cometa, no pasó su rastro. Pasó la tormenta, no pasó el celaje.

Los españoles no sufririan que nos conquistaran un solo palmo de territorio; que nos invadiesen un grano de arena, y van á Francia para que nos conquisten en el idioma, para que nos invadan en nuestro espíritu, en la tierra de Dios, porque es la tierra del pensamiento. Hablar es pensar, y el que trastorna lo que hablo, trastorna necesariamente lo que pienso. Sí á mí me dijeran: ¿qué es lo que quieres para apoderarte de una nacion, para mandarla, para ser su amo? yo contestaria: quiero ante todo apoderarme de su lengua, mandar en su palabra, ser amo de ese libro en que están escritos los nombres de Dios, padre, madre, hijo, hermano, amigo, patria, luz, amor, espacio. Más, mucho más que de su territorio, desearia apoderarme de lo que está dentro del territorio, de lo que está dentro de las ciudades, de lo que está dentro de las casas, dentro de la familia, dentro del individuo; de esa sombra que le acompaña, de ese centinela invisible que le custodia, de ese misterioso y terrible poder que le defiende; la palabra, la inteligencia. Mandando en la lengua, mando en el alma; mandando en la boca, mando en la frente, y este es el gran terreno que hay que invadir, esta es la gran conquista que hay que hacer, este es el gran pueblo que hay que conquistar. Sin saberlo nosotros, sin apercibirnos siquiera, sin soñarlo, los franceses nos están invadiendo; los franceses nos ametrallan, en una guerra en que se lucha sin disparar tiros. Los soldados de esa campaña particularísima, son las palabras; la palabra _Bolsa_ es uno de los tantos y tantos combatientes de ese ejército numeroso, de ese ejército irresistible, de ese ejército que acabaria por conquistarnos, si no llegase un dia en que el pueblo español, aplicando, no el oído de fuera, sino el oído de dentro, no aplicando la oreja, sino la mente, oyese ruido en el interior de su casa, oyese disparos en el territorio de su inteligencia. Ese dia llegará. España comprenderá al cabo que el pensamiento tiene sus estados tambien; comprenderá que su idioma es su pensamiento, y defenderá las fronteras de su inteligencia, como defenderia las fronteras de su territorio.

Entre tanto, yo expulso de mi casa la palabra _Bolsa_, como rechazaria á todo el que quisiera arrojarme de mi país. Llegará una hora en que España se vuelva á España; yo me he vuelto ya hace algunos dias, aún permaneciendo en Paris.

Pero no es la palabra _Bolsa_ el solo punto en que no estoy conforme, al estudiar el edificio de que se trata. Tampoco estoy conforme, con que la _Bolsa_ tenga un palacio, conque haya un palacio que se llame el palacio de la _Bolsa_. Esto me parece tan indiscreto, tan extravagante, tan ridículo, como el que hubiese un palacio que se denominara _el palacio del bolsillo, el palacio de la faldriquera ó del talego_. Entre bolsa y palacio no hay relacion posible, en el órden lógico, por más que nos echemos á soñar relaciones. No sólo no hay analogía entre aquellas palabras; no sólo carecen del más lejano parentesco, sino que se nos entra por los ojos su discrepancia, su evidente contradiccion, y no pueden unirse objetos y atributos que se repugnan, que se contradicen, que se zahieren. Si esto valiera, podriamos decir: _el palacio del hambre, el alcázar de la mendicidad_, y admitida esta nueva manera de discurrir, deberia mandarse construir una gran jaula para encerrar al mundo. No estoy conforme con el palacio de la Bolsa, como no lo estoy con el palacio de la Industria, ni con otros muchos palacios que por aquí bullen, despertando en mi alma recuerdos penosísimos, tristes y lamentables contradicciones. ¡Palacio de la Industria! ¡Y el industrial no tiene dónde vivir! ¡Y el obrero tiene que ir á buscar una vivienda más allá del recinto de la ciudad, á Batiñoles! Es un magnate que tiene un alcázar, y ha de andar buscando un asilo de zoca en molondra. Es un mendigo á quien se ha levantado un palacio; pero que no ha dejado de ser mendigo, ¡Vanos alardes! ¡Estéril pompa! ¡Pobre magnificencia! Aquí se hacen muchas cosas por el solo gusto de hacer; se dicen muchas cosas por el solo gusto de decir: hay ostentacion, aparato; no hay intencion, no hay propósito, no hay ese íntimo y fervoroso trabajo de la conciencia, que precede á todo deseo, á toda aspiracion, sobre todo cuando es una aspiracion madura y sensata. Aquí hay muchos principios sin fines. No encuentro en Francia ese pensamiento anterior, circunspecto, convencido, inflexible, que hallo en los trabajos de los alemanes; ese bellísimo sentimiento, esa fantasía aromática, esa seductora inspiracion de los italianos; ese cálculo fijo, inflexible, tenaz, callado, sigiloso, tal vez traidor, pero lógico, convencido, sábio, de los ingleses; esa rusticidad hospitalaria, generosa y fiel; esa barbarie honrada, creyente, leal y valerosa; esa liga de lo salvaje y de lo hidalgo; esa mistura indefinible del soldado, del poeta, del pastor y del caballero; ese algo latino, scita y árabe; ese carácter en que han entrado Régulo, Attila y Saladino; esa especialidad, única en el mundo (como la palabra hidalguía) que distingue á los españoles. No digo que sea buena, ni que sea mala; digo que es única, y admito el reto que para probar lo contrario se me haga. No hallo eso aquí. Me parece hallar prisa, aturdimiento, indeliberacion, exterioridad, lujo, boato: púrpura por fuera; por dentro es otra cosa. Es una gran botella que se destapa. Mucho ruido, mucho hervidero, mucha espuma; á poco pasa todo aquel estrépito, y la botella queda medio vacía. No parece sino que esta ciudad siente que la vida se le va de las manos, y corre detrás frenéticamente, como para cogerla por los cabellos.

En cualquiera otra parte del globo, un palacio es un edificio que sirve de morada á los reyes, á los pontífices, á los magnates, á los poderosos, á las grandes corporaciones del Estado, como un Congreso ó una Asamblea. Aquí, no. Aquí es un palacio el depósito de la Industria, la casa de cambio, el banco, la casa de moneda; sin embargo de que ni la casa de moneda, ni el banco, ni la industria, son altos cuerpos del Estado, ni poderosos, ni magnates, ni reyes, ni pontífices. Aquí toma el nombre fastuoso de palacio, lo que en otros países se llama simplemente casa, lonja, depósito, alhóndiga, almudin, ó cosa semejante. Y aquel nombre fastuoso, esa régia estirpe con que se decora á la arquitectura (¡ni las piedras están á salvo del genio francés!) viene de la tendencia general que ha creado tantas y tantas formas en esta Babilonia del Occidente; formas colosales algunas de ellas; que ha creado tantos y tantos intereses, respetables no pocos, porque no hay delirio que no tenga algo sublime, y el delirio de los franceses ha sido afortunado: aquel prurito de idealizarlo todo, de hacerlo todo régio, como si hubiese dejado de ser belleza la eterna belleza de la sencillez; la inagotable, la majestuosa, la imponente, la sin igual belleza de la verdad; la belleza de una ligera nube que atraviesa el cielo solitaria: aquella pasion, vuelvo á decir, viene de ese espíritu mitológico, fantástico, visionario casi, que tiene ciegos á los franceses, con que los franceses quieren cegar á todo el mundo. No es lo doloroso que ellos lo quieran, porque cada cual realiza su genio como puede: lo doloroso es que lo quieran y lo consigan. Dejarán de conseguirlo mañana, porque la doradura no brilla siempre como el oro, porque el hervidero de la cerveza no dura siempre: pero hoy lo consiguen, porque las doraduras deslumbran, porque el ruido de la botella de cerveza aturde. Hoy lo consiguen; esta es la verdad.

Y penetrando más en el asunto de la Bolsa, con la cabeza destocada y pidiendo perdon á las personas á quienes pueda lastimar, sin que en ello pueda tener parte mi deseo, porque mi deseo más deliberado es no herir á nadie, digo que no estoy tampoco conforme con ese cambio, con ese negocio, con ese juego que se llama Bolsa, tal como hoy se encuentra establecido y organizado. Acepto todo juego lícito, como distraccion; como oficio social, como carrera, como profesion, como jornal de todos los dias, no lo acepto. Harto se me alcanza que esta opinion escandalizará á no pocos lectores; adivino que se me llamará extravagante; enhorabuena; digo y repito en alta voz que no lo acepto. Jugar para pasar honestamente el rato, sí. Jugar para vivir jugando; para dar á un juego nuestra vida; para desplumarnos dándonos las manos y sonriéndonos; para hacer en un dia una fortuna injustificada, á costa del prójimo insensato; jugar para que tantos comerciantes dignos y honrados se quemen el cerebro con una pistola, eso no. Podrán contestarme lo que quieran; yo no llevo la contra á nadie; á nadie desmiento; pero digo que no.

Y el que quiera tener ideas de la _Bolsa_; el que quiera saber lo que es ese juego, ese juego que hace muy poco se llamaba _agiotaje_, que venga á las dos de la tarde, y sea testigo de lo que pasa en el interior de este local. Voy á decir lo que yo propio he visto, lo que yo por mí mismo he presenciado, lo que acabo de ver y de presenciar, y ¡ojalá que no lo hubiera visto ni presenciado!

Suena la hora de la cotizacion de fondos, y muchas gentes llegan, se apiñan, se hostilizan, se estrujan. Todos se ponen de puntillas, los cuellos se estiran, las barbas asoman, los rostros se encienden, los ojos se inflaman.... ¡Madre de Dios! Eso no es un pregon, ni una gritería; es un ahullido interminable, un galimatías infernal. Eso no es un cambio, un negocio, un comercio; eso es un frenesí, un rapto, una calentura. Reconozco la existencia de la calentura y del frenesí como enfermedad; no la reconozco como negociacion.

La Francia gana una batalla en Cochinchina, y los fondos suben. La misma Francia sufre un descalabro en Sebastopol, y los fondos bajan. Y el francés, el hombre que ha nacido en este pueblo, el hijo de esta madre, ve á su madre caida, y si la _Bolsa_ lo requiere, vuelve la espalda y la vende por tres ochavos. El caido se levanta luego, gana una victoria en los campos de Italia, suena el cañon que anuncia el triunfo de Solferino, y el francés que hace poco vendió á la Francia por tres ochavos, se vuelve ahora y la ofrece un talego lleno de oro. No se lo da á la Francia, sino á su juego, á su albur, á su egoismo. Ese es un juego que negocia con la fortuna y con la desgracia de su país; con el honor y con las glorias de su patria. No admito que se jueguen las lágrimas de una nacion; no puedo admitir que se juegue con los conflictos de los hombres. No puedo admitir que se juegue con el espíritu que busca un amparo bajo una corona de laurel, una corona empapada tal vez en sangre, una sangre vertida quizá por un hermano del que juega con aquella corona. ¡Tambien ha de ser un oficio del hombre el jugar la palma del mártir! ¿Qué dejan al mundo, qué dejan á la vida, si no le dejan esa palma! ¡Comercien en buenhora con la materia; comercien con todo lo del mundo; pero que dejen al alma del hombre la metafísica poética de un laurel, la metafísica poética de una gloria!

Dije y vuelvo á decir que eso no es comercio; esa no es la inteligencia que une á las naciones, que funde las razas, que establece la unidad del globo, la unidad del hombre, la unidad de la naturaleza, la inmutable y santa unidad de Dios. Eso no es el comercio, el conquistador universal, el universal revolucionario, encargado por la Providencia de llevar, entre sus mercancías, el espíritu de tolerancia y civilizacion á todos los países. Jugar no es comerciar; comerciar, no jugar, debe ser el oficio del comerciante. Si su nuevo oficio consiste en un juego, lo natural es que deje el nombre de comerciante, y tome el nombre de _jugador_. Si aceptan el nombre, si se avienen á recibir el nuevo bautismo, _con su pan se lo coman_. Un hijo mio no tomaria seguramente tal profesion, al menos si mi hijo oyera la voz de su padre.

Ni estoy conforme con la palabra _Bolsa_, ni con que la Bolsa tenga un palacio, ni con el juego que en el palacio se verifica.

En este momento entra en mi habitacion D. Francisco Javier de Mendoza, que ha llegado hace poco de Venezuela, y á quien conocí en casa de D. José Segundo Florez. El lector me permitirá que dedique dos líneas á estos dos nuevos personajes, que honrarán las páginas de mis humildísimos apuntes.

Florea es un hombre metódico, reposado, silencioso, observador, profundo: es un hombre de estudio, un hombre de letras, como si dijéramos un sábio antiguo; pero con la ciencia de los modernos.

