# Un paseo por Paris, retratos al natural

## Part 21

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A los tres minutos nos hallábamos á la puerta del famoso restaurant Vefour, que ocupa casi el centro de la fachada Norte del Palacio Real, al lado de los _Hermanos Provenzales_, que tienen tambien un restaurant de primera tijera. Sin embargo, Vefour pasa, como si dijéramos, por el príncipe de los fondistas de Paris. Es aquí lo que es en Madrid la fonda del Cisne ó la casa de Lhardy. Subimos con el posible coquetismo la anchurosa y elegante escalera del célebre fondista, del héroe Vefour (la fama es en Paris una verdadera heroicidad) y cátanos á poco en el primer piso. Entramos.... ¡Dios nos asista! Si no hubiera sabido que me encontraba en una fonda, es seguro que me hubiera quitado el sombrero. La sala principal es una pieza régia, y podria servir perfectamente para salon de embajadores. Dicho sea en honor de la verdad; la primera impresion es fascinadora. En mi vida he visto un comedor que se le parezca. Pero pasada la primera impresion, herido una vez el sentimiento de lo maravilloso, que tanto puede y que tanto influye en la imaginacion del hombre, sucede con esto lo que con los aromas. Un poco de perfume embalsama el aire, parece que nos suaviza el pulmon, que refrigera nuestra sangre y que da aliento á nuestro espíritu. Pero luego que el perfume es demasiado, luego que carga ya el ambiente, ahoga. Un poco de magnificencia, un fausto con cierta sencillez y elegancia, gusta; pero inmediatamente que se prodiga; inmediatamente que la cosa es más magnífica, más opulenta, más fastuosa de lo oportuno, parece que se agobia la fantasía; parece que sentimos un peso sobre la cabeza; cierto peso que nos oprime y que nos obliga á suspirar. El salon en que estamos ocupa todo el cuerpo del edificio, de Norte á Sur. Tiene balcones á la calle y al patio del Palacio Real, un patio que es todo un lindísimo paseo, con árboles, glorietas y fuentes, y cuya extension excede acaso á la de la Plaza Mayor de Madrid. El pavimento de la sala es casi trasparente; las paredes están tapizadas de un rico papel de terciopelo, con cenefas doradas; en el techo, altísimo, abovedado, majestuoso, campean alegremente cien brillantes figuras pintadas al fresco.

Volví una mirada furtiva al ajuar de la fonda, y la ilusion era perfecta. Sillas de tapicería de terciopelo encarnado, como el papel, mesas lustrosas, manteles blanquísimos, platos de china, vajilla de plata, _garçones_ de corbata blanca y frac negro.... _¡Champeaux! ¡Champeaux!_ Esta fué la terrible palabra que acudió á mi magín, haciéndome temblar. Mi mujer me oprimia del brazo, como si quisiera decirme que nos fuéramos, y viendo que yo me resistia, me dice en voz muy baja:

--Esto va á ser la segunda parte de Champeaux, más lastimosa y trágica todavía.

Yo la apreté su brazo con el mio, queriéndola significar que ya sabia que me hallaba en una maroma, y que procuraria equilibrarme para no caerme. Nos sentamos en el ángulo de la izquierda, casi tocando la ventana que da vistas al paseo del Palacio Real. Dirigimos una mirada diplomática á los paseantes, á las glorietas, á las flores, á las fuentes, y en aquel momento nos creiamos duques ó grandes de España. ¡Sólo que el bolsillo estaba asustado!

Un emperegilado garçon que, desde nuestra entrada nos habia seguido la pista á la conveniente distancia de respeto, se aproxima por fin á nuestra mesa.

--_¿Qu'est-ce que vous voulez, monsieur?_ (¿Qué manda usted, señor?)

--_Attendez, s'il vous plaît_. (Sírvase usted esperar un poco) le contesté yo en tono distraido y ceremonial. Aquello era una especie de banquete de Estado, y era preciso no echarlo á perder. Me saco los guantes con mucha pausa, digo unas palabras á mi mujer sobre la gravedad y circunspeccion que debe guardar en estas alturas, mi mujer se quita el sombrero con el mayor aplomo.... El garçon esperaba muy complacido. Nuestra prosopopeya le impresionó perfectamente, y no podia suceder de otro modo. Nuestra estudiada coquetería es un _género_ de este país, un afeite de este tocador; era otra especie de restaurant Vefour, en una palabra, era un relumbron, y por fuerza tenia que gustar en el pueblo de los relumbrones.

--Decididamente, exclamaria el mozo para su sayo: este es algun embajador de la república de la _Plata_, ó cosa así.

Mi mujer, sin volver la cabeza (estaba de espaldas al criado), le alargó el sombrero; yo le dí el mio y el baston, y mientras que el mozo iba á colocar dichos objetos, mi mujer y yo nos miramos y nos sonreimos. ¡Ancha es Castilla! ¡Hoy nos tocó! ¡Hoy somos marqueses!

--Escucha, dije muy aprisa á mi mujer, de manera que el mozo, que ya volvia, no pudiese oirme. No muestres maravilla delante del garçon, por nada de lo que aquí veas, aunque sea un elefante vestido de mona. Si él conoce que esto nos asombra, se lo dirá al amo, y el amo nos planta en la cuenta diez ó doce francos por el asombro. Aquí se paga todo objeto de fantasía; la admiracion tambien. ¡Gravedad y palabras entrecortadas y confusas, de tal modo que nosotros mismos no nos entendamos!

Mi mujer soltó una carcajada española de más y mejor, y el mozo que estaba inclinado hácia nosotros, se puso derecho como un huso.

--¡Garçon!

--¡Monsieur!

--_Portez-nous deux couverts de six francs chaque, s'il vous plaît.--Sírvase usted traernos dos cubiertos de á seis francos cada uno_. Esto se lo dije ahuecando mucho la voz, casi balbuceando las palabras, y mirando distraida y desdeñosamente hácia el paseo del Palacio Real. El garçon hizo un movimiento de cabeza, y desapareció como un rehilete.

--¡Por Dios, no te rias! dije á mi mujer que ya empezaba á fruncir los labios.

A poco vuelve el mozo con los preparativos, seguido de otro mozo que traia los entremeses, y de un tercer mozo que traia tambien no sé qué cosa. Me dirigieron varias preguntas, me invadieron de varios modos, me hablaron de diferentes frutas, vinos y licores; pero yo me parapeté acérrimamente, y no habia santos del cielo que me sacasen de mis aspilleras. _¡Merci! ¡Merci!_ contestaba yo á diestro y siniestro á todo lo que me proponian.

--_¿Voulez-vous Champagne?_ ¿Quiere usted vino de Champagne?

--¡Merci!

--_¿Rhin?_

--_¡Merci!_

--_¿Château-amer?_

--¡Merci!

--_¿Voulez-vous?..._

--¡Merci!

Mucha pulcritud, mucho hacer que hacemos, platos muy bonitos, mucha salsa, mucho adobo, muchos requilorios; pero ... hemos almorzado muy medianamente. Á todo este almuerzo, hubiéramos preferido á no dudar un plato de callos de los ventorrillos de Madrid. ¡Lógica portentosa del temperamento y del carácter! _El lavar la cara, el disfrazarlo todo, el dar á todo un contorno exterior que agrade á los sentidos, la mogiganga parisiense, el inexorable palaustre_, ha entrado aquí hasta en la cocina, como dije en otro lugar.

Engañar con bellas apariencias; engañar de modo que el engañado se vaya contento; organizar _ese_ engaño agradable, hasta el punto de convertirlo en arte, en ciencia, en moral, en historia, en industria, en comercio, en oficio, en costumbre, en trato social, en todo, absoluta y estrictamente en todo, hasta en política, hasta en religion: hacer de ese engaño ingenioso todo un poder, un poder grande, dominador, universal; hacer de un engaño casi un genio, un genio que se pasea en triunfo por todo el globo; hé aquí el maravilloso secreto de esta curiosa é indescriptible sociedad.

A pesar de mi resistencia á todos los asaltos del mozo, me cogió un par de francos con una chuchería, más uno de propina por las reverencias que nos hizo. El almuerzo nos cuesta cerca de tres duros, y si me hago de miel, no baja un ochavo de tres onzas.

Ya de pié, preguntó al garçon, que podria ser hombre de cuarenta y cinco á cincuenta años, si recordaba algun convite célebre, dado en aquel establecimiento.

--He conocido varios, me contestó; pero el más lujoso fué el que dió, á poco de abrirse el restaurant, un embajador ruso á todo el cuerpo diplomático extranjero. Cada cubierto salió por más de mil francos (doscientos napoleones), y pasaban de ochenta los convidados. Entre los diferentes vinos que se sirvieron era uno de ellos de una casa de Alemania, única en el mundo que lo tiene, cuya botella valia quinientos francos.

--¡Sopla! exclamé yo, mirando á mi mujer. Pues si ha tenido algunos convites como ese, bien puede el tal Vefour tener el riñon, bien cubierto.

--_Au revoir, garçon_. Hasta la vista, mozo.

--_Au revoir, monsieur et madame_. Hasta la vista, caballero y señora.

Y mi mujer me decia en voz baja:

--Sí, como tenga que esperarnos, bien tendrá tiempo de echarse en remojo.

Bajamos sonriéndonos la brillante escalera, y hénos otra vez en la calle, camino del paseo del Palacio Real. Al incorporarnos á un obrero que venia hácia nosotros con su mujer, oigo que aquel hombre la dice:

--_¡Parbleu! Si tu savais qui est celui-lá. ¡Voto al chápiro! Si tú supieras quién es aquel_.

Me volví como un rayo para ver á quién señalaba, y en efecto vi que miraba á un caballero que iba por la acera de enfrente. Cuando yo me volví, el caballero pasaba ya, de modo que no pude verle sino de espaldas. Era más bien bajo, algo grueso, casi rechoncho, de patillas negras muy largas. Digo muy largas, porque le sobresalian á uno y otro lado, de tal modo, que alcancé á vérselas, aunque me cogia de espaldas, como he dicho. Me quedé parado, observándole, calculé, y por instinto resolví que debía ser M. Guizot. Me llego al menestral, contra el deseo de mi mujer que me tiraba fuertemente del brazo, y le suplico que tenga la bondad de decirme quién era el sujeto en cuestion. El menestral me dió las noticias que deseaba con la mayor amabilidad.

M. Guizot me perdone. ¡Pobre M. Guizot! El personaje de que se trataba era un prestidigitador, que tenia un teatro ó cosa parecida, en los alrededores del Odeon. ¡Confundí á M. Guizot con un titiritero! Si lo supiera M. Thiers, y fuera ahora ministro, apostaria una oreja á que me regalaba el gran cordon de la Legion de Honor, y veinte cordones que tuviera á mano.

Dimos una vuelta por el paseo del Palacio Real, alargándonos hasta las Tullerías. Recorrimos la parte del Louvre en donde soliamos sentarnos con Lesperut, creyendo hallarle allí; pero no le vemos por ninguna parte. Hace pocos dias nos dijo que tenia un aneurisma en el corazon, que sentia morirse por instantes, y el no encontrarle aquí nos da escozores sobre su suerte. Creemos que si estuviera capaz de salir á la calle, no dejaria de asistir á la cita diaria. Recordamos que vive en la calle de _Gît-le-coeur_; pero no se nos ocurre el número. Nos volvemos desconsolados, y cuando hablaba todavía con mi mujer acerca de lo que podria suceder á nuestro buen amigo, me doy de cara con una persona muy allegada al Viejo Lesperut. El sujeto en cuestion nos dió noticias de él, y convinimos en que esta noche nos veriamos en el paseo del Palacio Real, cerca de una glorieta donde soliamos sentarnos. La conversacion entre los dos (entre la persona muy allegada á Lesperut y yo), tomó luego un sesgo entera y desgraciadamente distinto. Aquel sujeto no era digno del venerable anciano, cuyo nombre ofendia en aquel momento. Voy á decirlo con pesar; pero el lector debe saber cuanto me sucede punto por punto. Si algun encanto encuentra el lector cuando lea estos apuntes, sepa que ese encanto consiste en la ingenuidad casi infantil con que cuento lo que me ocurre.

La persona á quien nos encontramos, el sujeto muy allegado al noble y bondadoso Lesperut, acaba de abusar de nuestra amistad y de nuestro cariño. Si el honrado viejo lo supiera, sufriria un disgusto de muerte; pero, de seguro, no lo sabrá. Mi atribulado y afligido bolsillo lleva otro asalto algo mayor que el de Vefour; algo mayor tambien que el otro asalto del inolvidable Champeaux. Con estos asaltos, y con la recogida del CRISTIANISMO Y DEL PROGRESO, vive Dios que no dejaré de echar luz.

La persona allegada á Lesperut partió, y nosotros seguimos por la calle de Rívoli, á coger la Plaza de Vendome.

--¿Cuánto te ha pedido? me pregunta con grande y justa sorpresa mi mujer.

--Nada, contestó inmediatamente. No me hables sobre el particular. Figúrate que ha sido una nube de verano; ya pasó.

Ahora nos dirigimos al Banco, con el fin de cobrar un billete de mil francos, y es el tercero que va de marcha. He hecho mentalmente el balance de mis fondos, y resulta que en el trascurso de dos meses, algo menos, he gastado sobre dos mil reales con que llegué á Paris, más dos billetes de á mil francos, sin contar cerca de cien duros que nos costó el viaje. De modo que desde nuestra salida de Madrid, hemos gastado, sobre seiscientos duros, la mitad exacta del capital que destinamos á la expedicion. Luego que gastemos diez mil reales, tendrémos que acudir al refrán castellano de _á tu casa, grulla, aunque sea con un pié_. He dicho diez mil reales, porque los dos que quedan, deben servir para el viaje. ¡Ay de mí, si por una casualidad nos robaran, ó perdiéramos el dinero! ¡Ay de mí, si mi mujer se viese sin dinero para volver á España, á su querida, á su adorada España! Si el nombre de España fuese masculino, casi, casi debería yo tener celos. Mi mujer ama su nacion con un fervor que raya en fanatismo. Probablemente lo diré en más de un pasaje de estos apuntes, porque es una pasion tan grande que no puede menos de causarme extrañeza.

Llegamos al Banco, atravesamos unos pasillos, penetramos en el salon donde se paga ... ¡Santísimo Sacramento! ¡Esto no es un Banco; esto es un mar de oro. Pero perdóname, lector: me es imposible terminar hoy la larga reseña de este día. Encomendándome á tu indulgencia, te envio á mañana.

Día vigésimo segundo

Banco de Francia.--Consideraciones.--Comida,--Ocurrencia graciosa de un menestral.--Flor marchita.

Pues como ayer decía, el Banco de Francia era un mar da oro. En mi vida he visto tanta moneda junta. Bien que tratándose de tal cúmulo de metal, más fácil que verlo es soñarlo. Estaban haciendo la recaudacion de quinientos millones de francos para el establecimiento de Bancos agrícolas, segun me han dicho. Ignoro si allí habia los dos mil millones de reales á que subia la recaudacion; ignoro si en aquellas piras de oro se habian vertido seis mil doscientos cincuenta talegas de onzas; pero si no habia este número, habia tantas, que bastaban para asombrar al cristiano de más espíritu. Un hombre avariento pasaría allí el tormento de Tántalo; yo no pasé tormento alguno, sin embargo de que ... la verdad, algunos deseillos me andaban escociendo por dentro. Siempre que vinieran por buen camino, de buena gana daría un pellizco á esos provocativos montones. Y eso que aborrezco, ó me hago la ilusion de aborrecer el _precioso metal_. Y me sucede que cuanto menos tengo, más le odio; de manera que lo odio sin duda ... porque no lo tengo. Lo que odio es no tener. ¡En cuántas cosas nos sucede lo mismo! Esto es capaz de una ampliacion tan extensa, que casi viene á ser un sistema social.

Sí, lector mio, estúdiate á tí propio, sondea tu conciencia y tu corazón, y verás cuántas veces odiamos una cosa, porque no la tenemos. Luego que la tenemos, la amamos.

Yo cobré mi billete, los mil francos me parecian una bicoca en presencia de tanto metal, y me quedé estático mirando al coloso. El dinero es el coloso de nuestro siglo. Huyó la casta, y vino el billete. ¡Misterio terrible! decia yo para mí. Ese promontorio de metal amarillo no es la gloria, ni la heroicidad, ni el talento, ni la ciencia, ni el arte, ni la fe, ni la honra, ni la virtud, ni el vestido, ni el alimento, y con él se compra el alimento, el vestido, la virtud, la honra, el arte, la ciencia, el talento, hasta la heroicidad, hasta la gloria. Con ese metal que no piensa, que no siente, que no quiere, que no obra, con esa inteligencia idiota, con ese brazo inerte y tullido, con esos montones de oro se allanan montes, se ciegan golfos, se toman ciudades, se destronan reyes, se conquistan naciones, se queman imperios, se trastorna el mundo. ¡Cuántas transformaciones no podrian operarse, en el órden físico y moral, con esa pirámide de monedas, con ese metal sordo, mudo, ciego, inanimado; con ese espantoso misterio, amontonado ahí!

¡Oh Dios mio! ¡Qué bien has hecho en morar arriba; ahí donde no llega la mirada del telescopio; ahí donde no puede entrar ni la ciencia del sabio; ahí donde únicamente tienen entrada la virtud y la fe! De otro modo, Dios mio; si la mirada del telescopio pudiera penetrar en tu morada augusta, ese promontorio que tengo delante pondria andamios á través de la atmósfera, escalaria el cielo, y querria sentarse en tu trono inmortal. Pero no puede ser; tú eres más poderoso y más grande, infinita y santamente más grande y poderoso que el dinero, y tu eterna mano le marca un límite, como ha puesto una playa al mar.

Mucho puedes, promontorio terrible; mucho podeis, montones de oro que deslumbrais mi vista; yo mismo conozco cuán fascinador es vuestro poder; pero el orbe no os pertenece, la creacion no es vuestra, la armonía del universo, la verdad del hombre, el dogma incontrastable de la vida, el misterio de todo, el vuestro tambien, no está encerrado ahí. Sobre vosotros corre una catarata que todo lo inunda; á vosotros tambien. Sobre vosotros hay un espíritu que os llama idiotas cuando sois injustos, á vosotros, montones de oro, que ofuscais mi vista, á vosotros, que me teneis estático, como si contemplara un prodigio. Tú, metal terrible, compras la sublime Concepcion de Murillo, pero no la pintas; compras el Quijote, pero no lo escribes; compras el pensamiento de Santa Teresa, pero no lo creas, ni lo juzgas. Compras la chispa eléctrica, pero no sientes su calor divino; compras la flor sencilla y perfumada; pero no sientes su divino aroma. ¡Gime, tirano de mi siglo, gime! Sobre tí está Dios, Dios te aprisiona, como aprisiona las tempestades del Océano. Dios te ha puesto por barrera un espíritu, como ha puesto al Océano una playa.

Salimos del Banco, y notamos que el restaurant Vefour no ha dejado nuestros estómagos muy satisfechos.

Caminando al azar, como para sentir esa emocion vaga con que nos sorprende una ciudad que no se conoce, llegamos á la calle de los Pequeños Campos, y en una de sus travesías vimos un figon, que aquí tiene el nombre de _rotisserie_. En estos bodegones suele comer gente de poco pelo; pero la comida es de sustancia. Ya porque queriamos comer un buen asado, _(roti)_, ya tambien porque queriamos experimentar el contraste á que da lugar este figon, comparado al vaporoso restaurant Vefour, resolvimos entrar, y entramos en efecto. La presencia de una señora con sombrero y vestido de seda, y la de un varon con sombrero de jipijapa, frac y guante, no dejó de causar cierta sensacion en las gentes que allí comian; pero al poco tiempo cada cual atendió á su plato, y nosotros quedamos libres de miradas y gestos.

Las mesas están mondas y lirondas; pero son de piedra roqueña, y no ofrecen nada que pueda repugnar. Las banquetas que sirven de sillas, no tienen más inconveniente que el ser más duras que el pié de Perico. En fin, nos sentamos....

--¿Qué gritos son esos? me dice mi mujer. Efectivamente, los mozos del establecimiento gritaban como unos energúmenos; pero un gritar rabioso, descompasado, que lastimaba las orejas. Aquella gritería descomunal era el resultado de una costumbre del establecimiento. En el momento en que el mozo oia lo que cada comensal le encargaba, lo anunciaba gritando desaforadamente como era necesario para que le oyese el cocinero, á una distancia de cuarenta ó cincuenta pasos. De modo que si pedian á un tiempo de comer varios comensales, los respectivos mozos gritaban á la vez; aquellos gritos se confundian y formaban un guirigay y un clamoreo que nos atolondraba.

Un mozo se llegó á nuestra mesa. Pedí dos chuletas de carnero.

--_¡Deux côtelettes de mouton!_ gritó el mozo con una bizarría de voz tal, que mi mujer estuvo á pique de dar un respingo. A poco estaban allí las dos chuletas, una racion de pan y una botella de vino Macon.

Luego pedí una racion de vaca á la moda, y el mozo grita como antes: _¡un beuf à la mode!_ Una racion de vaca al natural, y el mozo proseguia: _¡un beuf nature!_ Y una racion de habichuelas para mi mujer; y el bendito mozo continuaba con voz metálica y _desquebrajada: ¡des haricots verts!_

Al propio tiempo, semejante al centinela casi contínuo que se oye en una muralla ó en un campamento, se oia por todo aquel local el rumor múltiple y confuso de diez ó doce mozos que gritaban simultáneamente lo que los comensales pedian: _¡Un roti! ¡Des prunes! ¡Un bouillon! ¡Des alberges! ¡Du gibier! ¡Des abricots! ¡Des pommes de terres!_ etc. _Un asado, ciruelas, un caldo, melocotones, caza, albaricoques, patatas_, y así otras varias cosas; pero todo esto mezclado y como en tropel.

Aquello era á la vez comida y concierto vocal, sólo que la música hubiera podido suprimirse, sin profanar el polvo de Bellini.

El almuerzo nos ha costado lo siguiente: doce sueldos las dos chuletas; diez la racion de vaca á la moda, y la otra racion al natural; doce la botella de vino, dos el pan, cuatro las habichuelas, y cuatro de propina: total, cuarenta y cuatro sueldos, ó sea ocho reales y pico. ¡Qué diferencia entre este figon negro y ruin, y el espléndido restaurant de Vefour! Sin embargo, hemos comido mucho mejor por la sétima parte de dinero, sin contar el canto.

Durante nuestra expedicion de este dia, nos acordamos varias veces de la jóven vestida de negro, y apretamos el paso hácia nuestro hotel, ya con el fin de ver si podiamos lograr algunas noticias, ya tambien porque el dia declinaba y el frio comenzaba á molestamos.

Llegado que hubimos á nuestra calle, nuestra primera diligencia fué mirar al balcon de la incógnita; pero notamos con sentimiento que no habia nadie. Entramos luego en la lechería ... todo nuestro gozo se cayó en un pozo. La patrona habia ido á San Club, y no venia hasta el dia siguiente por la tarde. Era necesario esperar veinticuatro horas.

Al salir de la casa volvimos á mirar al balcon; nada; ni un ruido, ni un movimiento. Aquello parecia un sepulcro. Sólo vimos una maceta con una flor marchita. ¡Agüero fatal! Las mujeres dichosas riegan las flores, y las flores están verdes y frescas. Aquella flor mústia del balcon es el vestido negro de aquella mujer, ó el vestido negro de la mujer es la flor mústia del balcon. El infortunio es lo que tiene en este mundo concordancias más peregrinas, y algo de verdad debe haber en la correspondencia que encuentro entre el luto del traje y el luto de la flor. Subimos á nuestra habitacion y abrimos las maderas de uno de los balcones, como para expiar los movimientos de nuestra misteriosa desconocida. Repetidas veces nos asomamos; pero fué inútil; nadie parecia en el balcon, ni nada tampoco se descubria á través de los vidrios. Así estuvimos más de hora y media. Entrada ya la noche, divisamos en la habitacion de la mujer vestida de negro el fulgor de una luz, que pasaba de una estancia á otra. Entonces cerramos las maderas, y mi mujer y yo exclamamos casi al mismo tiempo: hasta mañana.

No faltará lector que extrañe una curiosidad tan pertinaz y tan impaciente; pero debo decir en nuestro abono, que la curiosidad es aquí todo nuestro oficio, amen de que media una mujer, una mujer jóven, vestida de luto, sola, triste: una mujer que tiene flores mústias en su balcon; una mujer cerca de la cual debe caminar alguna sombra; una mujer que ha de ser desgraciada. ¡Ojalá que pudiéramos nosotros evitar su desgracia! ¡Ojalá que pudiéramos hacer su dicha! ¡Ojalá que pudiéramos hacer que estuviese verde y lozana la flor marchita de ese solitario balcon!

No tengais cuidado, mis queridos lectores. Mi curiosidad, mi impaciencia por esa pobre desconocida, es una impaciencia afectuosa y cristiana.

Mi mujer leyó un rato, y se acostó. Yo escribo hasta las tres de la mañana, aunque no quiero terminar, con perdon de mis párpados que se cierran, sin dar cuenta al lector de un chiste agudísimo que oí en el figon, á uno de los menestrales que allí comian.

