Un paseo por Paris, retratos al natural
Part 20
A diez pasos de la estafeta tomamos un coche, y al cuarto de hora nos encontrábamos en San Sulpicio. Este es uno de los seis ó siete edificios que han despertado en mí la emocion poética, sin embargo de que entran por centenares los monumentos suntuosos que tiene Paris. Al ver esta iglesia, me parece que estoy en el campo; creo como oler romero ó tomillo. Penetramos, y bajo estas bóvedas encuentro lo que no encontré en la Magdalena; lo que no hallé tampoco en el Panteon, espléndida creacion ateniense. Reina aquí cierto espíritu vago y silencioso, que nos reconcilia con la idea de Dios. Aquí nos acordamos naturalmente de la piedad, y parece que oramos, aún cuando no digamos ninguna oracion. Voy á decirlo, sin temor de que muchos se escandalicen: este San Sulpicio, con sus ventanas, sus columnas, sus torreones y sus veletas, que parecen aspas de un molino de viento; este San Sulpicio, con su gran pórtico; su nave extensa, desnuda, callada, sombría; su coro aislado; su majestuoso altar mayor; su oculta capilla de la Vírgen, iluminada por una luz confusa, indecisa, misteriosa, y sus enormes conchas venecianas que sirven de pilas; este San Sulpicio, vuelvo á decir, es más iglesia, más templo cristiano, que la Magdalena y el Panteon.
Esto nos demuestra que el arte religioso, tanto en arquitectura como en escultura, como en poesía, como en música, como en canto, en todo, tiene un carácter que no es posible equivocar ni confundir. El hombre no comprende la esencia de Dios, porque no comprende ninguna esencia. Presiente algo, adivina algo; pero no lo puede explicar; sobre todo, no puede reflejar su pensamiento en una imágen; es decir, no puede darnos la nocion artística de aquel pensamiento, porque no hay nocion artística sin figura, sin símil, y no hay figuras que nos representen lo que no se toca, lo que no se oye, lo que no se ve. Donde no hay imágenes no hay arte, porque no hay fantasía, y el hombre no halla imágenes para representarnos la inmensidad, por lo mismo que el hombre vive en el espacio, el cual no es inmenso. El arte, pues, es nulo para representarnos netamente la idea de Dios; ese Dios es más grande que toda figura, que todo símil, que toda poesía, que toda creacion humana. El arte no tiene otro recurso que llegarse á la ciencia, que pedirla sus pensamientos, sus conjeturas, sus arcanos; no tiene otro recurso que llegarse á la fe, para que le inspire con sus creencias y sus esperanzas, y copiar en el libro, en el edificio y en la estátua, las esperanzas de aquella fe, y los arcanos de aquella ciencia.
Esperanza y misterio, hé aquí el carácter esencial, el sentido íntimo, el alma del arte religioso.
No sé matemáticamente lo que espero, pero sé que espero. Fuera de aquí, fuera de este horizonte indefinible, no hay epopeya para el arte de la religion.
Viene el arte griego, y lo llena todo de luz, lo hace todo brillante, espléndido, provocador, casi lascivo. No; eso es el altar de una Vénus, el festin de unas bodas, una romería, un teatro. Ahí todo se toca, todo se ve, todo se concibe, todo se adivina. Esa no es la casa de Dios, porque ese Dios es la sombra augusta del universo, el augusto arcano de la vida, el portento que ninguna mente puede explicar, el abismo que ninguna sonda puede medir, y aquel festín griego, aquellas bodas, aquella alegría, no trae á mi imaginacion la idea del abismo, del portento, del arcano, de la sombra, de aquellas tinieblas sublimes; no trae á mi pensamiento la idea de Dios, el rumor vago, indefinible, poético y armonioso del espíritu universal. Ese arte, tan excelente para las formas, es absolutamente nulo, no sirve, para la metafísica religiosa del espíritu.
Y no tenemos más que concentrarnos por un instante, para comprender lucidamente la verdad de esta teoría.
Cuando nuestra vista no alcanza un objeto, ve sombra; es decir, no ve, porque el no ver consiste en no ver luz, y el no ver luz no es otra cosa que ver tinieblas.
Esto mismo sucede á nuestra alma, cuando no comprende un pensamiento. El pensamiento que no comprende, se la presenta oscuro, vacilante, sombrío, tenebroso. El horizonte de la sombra comienza en donde termina el horizonte de la luz, como sucede á nuestros ojos.
Nuestra alma no comprende, no se demuestra, no se explica matemáticamente la esencia de Dios, se encuentra sin la luz del dia en esa atmósfera inconmensurable, y viene la sombra de la noche; huye la evidencia y se da de cara con el misterio. Y este misterio y aquella sombra vienen á explicarle, lo que no han podido explicarle aquella luz y aquella evidencia. De modo, que en el arte de la religion, hace la sombra lo que hace la luz en el arte gentil; en el arte del espíritu, hace el misterio lo que en el arte de la forma hace la evidencia. Lo que allí es alegría, es aquí tristeza. Lo que allí es dolor, es aquí placer. Allí se rie cuando aquí se llora, y allí se llora cuando aquí se rie.
Por esto sucede que no me gusta oir en una iglesia la música de Donizzeti, ni de Bellini, ni de Verdi. Á una iglesia no vamos á buscar el sentimiento de lo apasionado, de lo marcial, de lo atrevido, de lo voluptuoso, sino el sentimiento de lo solemne, de lo majestuoso, de lo augusto; más claro, el sentimiento de lo sublime, la emocion del patético, porque la idea de una suprema causa es el patético por excelencia. En una iglesia no quiero encontrarme al amante, al poeta, al caudillo, sino á mi creador. No me gusta encontrar allí mi genealogía humana; para eso iria al teatro; quiero encontrar mi genealogía divina, porque para eso voy á la iglesia. Y ahora me explico por qué me gusta más, cuando estoy en un templo, la música del Norte, la música germana. Y me explico tambien, por qué dos versos de la poesía inglesa, de la poesía sajona, de la poesía scita, esto es, de la poesía del Septentrion, me gustan más, muchísimo más, que todo lo que ha dicho la poesía italiana, inclusa la majestuosa poesía del Dante, acerca de un principio supremo.
Al describir la formacion del mundo, pinta un poeta inglés al supremo Hacedor ocupado en aquella portentosa tarea, y dice que da fin á la creacion, _poniendo alrededor de su trono la majestad de la sombra._
Y pone alrededor del trono excelso La augusta majestad de las tinieblas.
Esto es poesía religiosa; estos dos versos valen más, en este sentido, que toda la divina comedia del Dante. Eso no es hablar ni del mundo, ni del hombre; eso es hablar de Dios, de un Dios grande, inmenso, prodigioso, guardado por un velo, recatado por una nube, porque se habla de un Dios incomprensible por su grandeza, por su excelsitud, por su gloria, por su maravilla, por su poder; un Dios que no es tan Dios por lo que de él se sabe, como por todo lo que se ignora; un Dios que es menos Dios por su magnificencia que por sus arcanos; menos por la luz que hierve en la esfera del astro, que por la sombra que pone el poeta alrededor de su trono, aquella sombra que es el arte infinito de la eternidad.
La fábula es magnífica, porque es brillante.
Nuestro Dios es magnífico, porque es sombrío; es brillante, porque tiene alrededor de su trono la majestad de las tinieblas. No brilla para nuestros ojos, sino para otros ojos que hay más adentro, mucho más adentro; unos ojos que ven más allá, y que siempre ven, porque cuando no ven una luz, ven una sombra: cuando no ven, adivinan, creen y esperan.
En fin, ahora comprendo con seguridad, por qué este San Sulpicio me gusta más que el Panteon y la Magdalena, como arquitectura religiosa, como arte cristiano, como teología, como espíritu. Aquí hallo ese horizonte vago, indefinible, oscuro, patético, solemne, augusto, que está en armonía con el pensamiento de Dios, con aquella creacion austera, imponente y sublime, con aquellas tinieblas majestuosas de que rodea el poeta al excelso trono.
Hemos comido en el restaurant de Santa Teresa, en donde despedimos al cochero; luego hemos paseado por el jardin del palacio Real, nos sentamos durante hora y media, haciendo tertulia al venerable Lesperut, y volvemos á casa despues de las once.
--¿Qué hará Luisa? dijo mi compañera, al entrar en la calle de Buenavista.
--Acordarse del estudiante de Estrasburgo, contesté yo.
--Es verdad, repuso mi mujer; pero la lechera nos aseguró que estaba más tranquila.
--¡Ah! El volcan no aparece cuando no arroja lava; pero cuando no la vomita, la lava arde dentro. ¿Cómo quieres que olvide en una hora, el recuerdo más poderoso de su vida, la emocion más profunda de su existencia? Si el estudiante se presentase á ella, jurándola amor y fidelidad, Pisa, Paris, Francia, Italia, el universo entero, desapareceria ante los ojos de esa desdichada.
Pero, en fin, como dijo uno de nuestros antiguos trovadores:
El dolor hay que sufrir, Pues plugo á Dios decretar Que cause pena llorar Para que agrade reir.
Para mañana tenemos un plan nuevo.
=Dia vigésimo primero=.
Noticias de España.--Recogida _del Cristianismo y el Progreso_,--Reflexiones.--La mujer vestida de negro.--Restaurant de Vefour.--Mr. Guizot.--Un ataque imprevisto.--Banco de Francia.
Mi querido lector, aquí nos tienes con el moco caido á mi mujer y á mí. Hemos recibido cartas de España, y con ellas la infausta nueva de que el gobierno ha mandado recoger una obra mia, una obra de mi particular cariño, en la cual fundaba por ahora todas mis esperanzas de subsistencia, porque en ella habia invertido todos mis recursos. En un dia, en una hora, he perdido diez años de estudio (diez años que me cuestan el sacrificio de mi salud) sin contar dos mil duros en que consistian mis penosísimos ahorros, y sobre quince mil reales con que me ayudaron algunos excelentes amigos. ¡Vuelta á empezar! ¡Cómo ha de ser!
La obra de que hablo es el CRISTIANISMO Y EL PROGRESO.
Mi mujer calla; pero me mira con un aire que quiere decir: ¿no te lo dije? ¿Quién te obliga á meterte á redentor, cuando no eres el Mesías prometido? Yo callaba, pero miraba á mi compañera con una expresion que equivalia á la siguiente: mujer, no hables de lo que no comprendes; no hables de un asunto que es tan superior á tu inteligencia y á tu sentimiento. Hay muchas cosas que parecen errores de nuestra conducta, y que son verdades de conciencia, inspiraciones inevitables de un deseo virtuoso, sobre las cuales debe correrse un velo de misterio y de veneracion. Si los hombres no salieran del círculo en que obran como hijos, como padres y como esposos; si no salieran de la familia; si no pisaran los umbrales del mundo; si no les agitara ese algo grande, inmenso, providencial, con que nos llama el pensamiento de la ciencia, del arte, de la moral, de la religion; si ese espíritu heróico no moviera al hombre; si esa especie de fiebre sagrada no diera calor á nuestra sangre; en fin, si ese algo celeste é incomprensible no nos gobernara á despecho nuestro ¿qué seria de la vida humana? ¿Qué seria del mundo? Arrancad del alma del hombre aquel pensamiento, y la historia será un cadáver, y la tierra será un erial; más que un erial, más que un desierto, más que un páramo: será una sepultura; la sepultura de aquel difunto. Arrancad del alma del hombre ese llamamiento indefinible, esa última y suprema expresion de la vida, esa prodigiosísima escala de Jacob que une la tierra al cielo; esa escala por donde subimos á la cúspide de todo lo creado; esa cúspide desde la cual comprendemos y miramos á Dios; arrancad eso de la humanidad, y Babilonia no tendrá su Semíramis, ni el pueblo Israelita su Moisés, ni la India su Budda, ni la China su gran Confucio, ni la Persia su venerable Zoroastro; quitad eso, y Leonidas no acude á las Termópilas, ni corre Temístocles á Salamina, ni el noble y virtuoso Arístides se hace eterno en Platea, ni el humilde poeta Simónides, solo, con la frente caida y los ojos húmedos, escribe en el campo, sobre una piedra tosca, las siguientes palabras que oyó temblando toda la tierra: _caminante, ve á decir á Esparta, que hemos muerto aquí por obedecer sus santas leyes_: quitad eso, expulsad ese huésped del mundo, y la Italia latina no tendrá un Scébola en la tienda de Pórcena, ni un Scipion en Africa, ni un Ciceron en la tribuna, ni un Régulo en el Senado, ni un Julio César en todas partes. Haced que se apague esa voz con que nos llama el mundo, á nombre de la Providencia, y la Suiza no adorará el polvo de su Guillermo Tell, ni la Inglaterra nos hablará de Cromwel, ni la Francia pronunciará respetuosa el nombre querido de su Juana de Arcos, ni la libre y valiente España saludará entusiasta los manes sangrientos de un Padilla; los manes sangrientos tambien de una mujer que me estremece el alma; una mujer tan valerosa, tan cristiana, tan tierna y tan ferviente; una mujer tan noble y tan hermosa; una mujer que vale tanto como una nacion; Mariana Pineda. Arrancad del hombre la fe invisible que palpita en el corazon de esa mujer inmensa, de ese dia de gloria y de infortunio para nuestro país, y Galileo no dirá al mundo escandalizado que _él siente que la tierra se mueve bajo sus piés_; ni la ardiente mirada de Copérnico, surcando el éter, como el águila surca el espacio, volará á la esfera celeste y robará á los astros su ciencia y sus prodigios: ni un hombre colosal, fabulosamente colosal, colosalmente grande y atrevido, medirá la extension de los mares y de la tierra con el infalible compás de su genio, ni su milagrosa voluntad domará las olas del Océano desde una frágil caravela; ni un poeta sencillo; ni un romancero oscuro, ni un pobre manco, pondrá la mano sobre el papel, entre las sombras de una cárcel, para admirar al universo con el primer libro que han escrito los hombres: Miguel de Cervantes Saavedra no hubiera escrito su ingenioso Hidalgo. En fin, quitad eso, arrancad al mundo la sublime corona del mártir, y un monte de Judea no presenciará, en un dia nublado y misterioso, la redencion de la humanidad á costa de pasion, de suspiros y de agonía; á costa de un madero empapado en sangre; á costa del primer sacrificio de la tierra. Quitad eso, y el monte Calvario no verá al Nazareno pendiente de una cruz, y á la Vírgen María pendiente de los clavos del Nazareno. Arrancad esa sangre y esas lágrimas sacratísimas del alma del hombre, y le arrancareis casi toda su alma. Verdad, verdad santa, pobre diosa destinada á sufrir y llorar por todos nosotros; destinada á sacrificarse por todos los hombres, y á recibir en cambio la burla y el insulto de los mismos que tú redimes con tus dolores; tú que has sido quemada en tantas hogueras; tú, que con la cabellera tendida por la espalda, vestida de luto y con los ojos húmedos y encendidos, subiste tantas veces la escalera infame de tantos cadalsos; tú, envenenada en Sócrates; crucificada en Jesucristo; ajusticiada en la doncella de Orleans; cargada de hierros en Colon; muerta de miseria en Cervantes; pobre diosa, vive y llora, llora y triunfa, porque tú triunfas aún cuando lloras! Te envenenan en Sócrates, pero te haces inmortal en su filosofía; te crucifican en Jesus, pero trescientos millones de hombres caen de rodillas ante el Evangelio; te ajustician en Juana de Arcos, ó en Mariana de Pineda, pero la fe de esas dos víctimas ilustres te da una corona; te matan de miseria en Cervantes, pero llenas el mundo con su Quijote; te cargan de cadenas en Colon, pero los oleajes y las brisas del Océano aturdido, nos traen vagamente el rumor y el saludo de cien millones de criaturas. Te escarnecieron en Colon; pero ahí tienes esas Américas. Te escarnecieron en el poeta, pero ahí tienes su inmensa poesía. ¡Verdad! ¡oh verdad adorable! ¡vive y llora! ¡llora y triunfa! ¿Qué importa que un hombre tan pequeño como yo, sea un poco de aloe quemado en tu altar? ¿Qué importa que un hombre tan pequeño se sacrifique por una creacion tan grande? ¿Qué importa que un pedazo de piedra se deshaga, bajo el peso de una fábrica tan colosal? ¡Adelante! Un gobierno me quita el CRISTIANISMO Y EL PROGRESO; Dios, que es más providente, más justo, más caritativo y más grande que todos los gobiernos reunidos, me abrirá camino por otro lado.
Esta duda desola á mi mujer.
--¿Qué harémos? me dice.
--No te aflijas, le contesto yo. El gobierno no me puede quitar ser escritor público, ni puede impedir que haya muchos hombres que sepan leer en el continente y en las Américas. No te apures. Vístete y vamos. En último término, nadie puede evitar que yo acabe como Licurgo.
--¿Qué sucedió á Licurgo? pregunta mi mujer.
--Se murió de hambre.
Mientras que mi mujer se disponía para salir, abrí las maderas de uno de los balcones de nuestra habitacion, y me asomé, como si quisiera distraerme de la amarga memoria de la recogida del CRISTIANISMO Y EL PROGRESO, porque ha de saber el lector que el valor de la obra no bajaba un maravedí de seis mil duros. ¡Cuántas vigilias, cuántos trabajos y cuántos dolores de cabeza, no van envueltos en esa suma, una suma casi fabulosa para un escritor español! Paciencia y barajar, como se dice en nuestro país. Estoy asomado al balcon, y al inclinar la vista un poco hácia la izquierda, casi frente por frente, á través de los vidrios de un balcon principal, veo una mujer vestida de luto, jóven, muy blanca, más blanca de lo que realmente es, porque va vestida de negro. El corazon tiene indudablemente su fluido eléctrico, y sólo así se explica el que yo me sintiese atraido, invenciblemente atraido, por una corriente magnética. Esto de la corriente magnética es un cálculo mio; pero algo ha de ser, y yo echo las cargas al magnetismo. Me fijé más, y aquella mujer me pareció de un aire distinguido: es decir, me pareció lo que se llama generalmente una señorita. Me fijé más aún, me fijé con el tenaz ahinco de una curiosidad entre novelesca y compasiva, entre parisiense y cristiana, y llegué á distinguir que aquella mujer tenia apoyado el codo derecho sobre uno de los quicios de las maderas, mientras que dejaba caer el rostro hácia adelante con un descuido tal, que su aliento empañaba los cristales. Miraba fijamente hácia un punto, miraba sin pestañear, como miran las momias ó los esqueletos. Esto quiere decir que no miraba á ninguna parte, lo cual quiere decir tambien que una idea poderosa tenia embargada su imaginacion. Hay ciertas pasiones que, sin quitarnos el movimiento, nos ponen enteramente paralíticos. Estirando mucho la retórica, tal vez podria decirse que son parálisis del corazon. Sea de esto lo que fuere, lo cierto es que aquella mujer está preocupada, está triste, muy triste. Algo llora, ó algo espera. Yo, adelantando el discurso, como sucede en tales casos, creí leer en aquel bulto negro una historia de amores y de penas, aunque historia de penas debe ser siendo historia de amores. El amor es sin duda alguna lo que cuesta más penas en este mundo. Yo llamé á mi mujer, que se ponia ya el sombrero, y la dije lo que habia observado. Mi mujer miró; pero no es ningun lince en materia de vista, y no distinguió á la jóven que estaba detrás de los cristales. Ambos convinimos en que preguntariamos á la mujer que nos traia la leche por la mañana, á fin de adquirir las noticias posibles sobre esta aventura. ¡Gracias á Dios! ¡Gracias á Dios, lectores mios, que algo nos llama, que algo nos liga, que algo nos atrae y nos interesa, en esta ciudad en donde somos dos postizos! Indudablemente, ¡cosa extraordinaria! sin embargo de ser Paris una ciudad tan iluminada, tan brillante, tan prodigiosamente espléndida, sin embargo de ser un _coquetismo_ tan fastuoso y deslumbrador, no nos inspira poéticamente, como nos inspira cualquier ciudad de España, de Italia, de Suiza, de Grecia, de Oriente; como nos inspiran tambien los caseríos del Norte, dejándonos ver entre rocas y nieves sus chozas húmedas, cubiertas de limo verdoso, que como si fueran peñascos negros, parecen estar incrustadas en las laderas de un monte sombrío, ó quizá en los bordes de un abismo insondable. Digo que Paris (perdóneme el brillante novelista Dumas) no nos inspira esas bellas quimeras, con que la fantasía nos arrebata en otros países, y esto deberá proceder de que en donde todo es artístico, no tiene inspiracion el arte. En donde todo es mágia, no tiene oficio el mago. Por esto tal vez me siento como despegado de esta preciosísima ciudad, de este preciosísimo dige. Ando por deseo y por necesidad de saber; no por la esperanza poética de sentir. Se mueve mi cabeza, están parados mi fantasía y mi corazon. Todo lo que veo por aquí, me lo voy explicando á mi manera, y el hombre no adora lo que es capaz de explicar y de comprender. El hombre no adora sino misterios, y si misterios hallo por estas tierras, no son misterios muy adorables. Así sucede que mi curiosidad por ver las cosas de Paris se va resfriando, á medida que me convenzo de que esto es un teatro en que todos se proponen engañar culta y graciosamente. Lo digo sin rebozo; seré un africano bravío, un hombre montaraz; pero casi, casi me va fastidiando este enorme bazar de sonrisas, de genuflexiones, de perdones, de gracias: esta exposicion universal de exageraciones y de bicocas. Pero no digo bien; me fastidiaba antes; ahora no. La pena que creo ver escondida en aquel bulto negro, la lágrima que me parece adivinar á través de aquellas vidrieras, me reconcilia con toda esta magnífica farsa.
--Vamos, me dijo mi mujer.
--Vamos, contesté yo, y nos dimos á bajar la escalera. La mujer que vende la leche, está tres puertas más abajo de nuestro hotel. Luego que nos vimos en la calle, miré hácia el balcon de nuestra incógnita. El bulto negro, aquel bulto que parecia un sudario puesto de pié, estaba allí inmoble. ¡Pobre mujer! ¿Qué la sucederá? Esto exclamaba yo interiormente, cuando llegamos á la puerta de la lechería, y ambos entramos sin decirnos palabra, como llevados por un sentimiento comun. Yo hice á la patrona de la casa varias preguntas sobre la jóven, con todo el sigilo y refinamiento que me acudió; pero ¡triste de mi! no me valió aquella diplomacia.
--¡Qué curiosos sois los extranjeros! dijo sonriéndose madama Fonteral, que así se llamaba la lechera. Luego añadió, dando á la aventura la importancia de un cuento: hace cosa de dos meses y medio que esa jóven vino á ocupar uno de los pisos principales de ese hotel, en compañía de un mancebo muy guapo (d'un brave garçon) que parecia ser su marido ó su hermano. Pero desde algunas semanas á esta parte, la veo siempre sola; el hermano ó el marido no parece nunca por el hotel, y la pobre señorita (mademoiselle) está muy triste.
--No tengais cuidado, añadió vivamente frotándose las manos, y como anticipándose á mis intenciones; yo hablaré con mi vecina la dueña del hotel, y todo lo sabrémos.
Agradecí lo mejor que supe su benévola oferta á la buena madama Fonteral, y emprendimos nuestro camino hácia el restaurant que nos acomodara. Estos detalles anteriores son necesarios para que sepan los lectores todo lo ocurrido en la aventura de Luisa. Estábamos cerca del Palacio Real, y aún no nos habiamos decidido. Entonces hice alto, y detuve á mi preocupada compañera; preocupada, no tanto por la jóven vestida de negro, como por la recogida del CRISTIANISMO.
--Mira, la dije, nosotros somos españoles, y es necesario que no olvidemos los usos y costumbres de nuestra tierra. El gobierno nos ha recogido la obra; nos ha secuestrado seis mil duros. Pues á donde va el mar, que vayan las arenas. Hoy almorzarémos en el célebre restaurant _Vefour_, que pasa por ser el primero de Paris, y de este modo tomamos revancha de la cicatería del gobierno.
--Cuando más apurados, más gala, contestó mi mujer entre amostazada y risueña, y me impulsó con su brazo hácia adelante.