# Un paseo por Paris, retratos al natural

## Part 19

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«Tras estos mármoles fijos Verá nuestra amante fe, Que una madre siempre ve Las lágrimas de sus hijos.»

Lector mio, cuando esta obra se publique, no te parezca cara. No tengo otro sueldo, ni otro patrimonio que mi trabajo personal, mi trabajo de sol á sol como humilde obrero de la inteligencia, y de esta obra he de sacar más de mil duros que habré tenido que gastar para escribirla, y si pudiera ser, para comprar la lápida de mi madre.

Medio enternecido y medio lloroso me levanté de aquella piedra, y empecé á dar vueltas por allí. Miré á todos lados, no habia nadie ¡qué felicidad! Hay ciertos instantes en que los hombres me inspiran miedo; ciertos instantes en que el silencio es mi más dulce compañía.

Caminando despues al acaso, encontré una pequeña columna. La piedra es historia tambien, y me vino en deseo conocer la historia de aquella piedra. Héla aquí tal como ha llegado á mis oídos.

Hubo un francés apellidado _Catelan_, el cual vivia santamente en Provincias. Á este Catelan se ocurrió la idea (cualquiera otra le hubiera salido mejor) de trillar el camino de Paris, con el objeto de conducir varios presentes al rey de entonces. No me acuerdo en este momento qué rey era; pero desde luego debe suponerse que un rey de antaño debia ser, porque al morirse aquel Catelan, comenzaron á morirse los Catelanes que trillan caminos para hacer presentes.

Púsose en marcha aquel bendito hombre, despues de haberse confesado, porque tambien hubo un tiempo en Francia en que el cristiano tenia que proveerse de la confesion, como del primer artículo del viaje.

Noticioso el monarca de la venida del buen Catelan, ó de los presentes que Catelan traia, ora fuese por Catelan, ora por los presentes, porque la tradicion no aclara este punto, envió un piquete de soldados bajo el mando de un capitan, cuyo piquete tenia por fin el guardar al espléndido provinciano de los bandoleros y asesinos que infestaban á la sazon el bosque de Bolonia. Sépalo el brillante Alejandro Dumas. Hubo tiempo en que los vasallos se confesaban para caminar; tiempo en que los bandoleros y asesinos empedraban el bosque de Bolonia, si el gran novelista me permite la palabra empedrar.

El capitan que mandaba la escolta se situó en los puntos convenientes, el buen viajero se vió libre de los huéspedes habituales del bosque, pero ¡cosa imprevista! no se vió libre del capitan. El capitan de los soldados se puso en lugar de los bandidos, y el pobre Catelan fué robado y muerto.

Mucho tiempo despues tuvo lugar un baile en palacio, y una señora de las asistentes llevaba un objeto de que constaba ser portador el asesinado en el bosque de Bolonia. Dieron principio las sospechas, luego las pesquisas, por fin se adquirió la evidencia del crímen, el capitan fué ahorcado, y el célebre bosque vió alzarse una piedra en obsequio y honra del fiel vasallo Catelan.

Esto es, punto más, punto menos, lo que acerca de esta columna cuenta la tradicion, y no deja en verdad de ser un consejo provechoso.

Parece imposible que este bosque tan concurrido, tan guardado, el paseo de la alta sociedad de Paris, el refugio y el embeleso de las gentes de coche y librea, haya sido un tiempo guarida de asesinos y de ladrones.

Sin embargo, hoy se invoca aún por cierta escuela la moralidad de aquellos tiempos. Cierta escuela grita aterrada que tocamos ya un período disolvente, que nos precipitamos por instantes en un abismo de perdicion. La escuela á que me refiero dice bien: corremos por instantes á la disolucion.... de dicha escuela.

A las once en punto entraba en el patio del hotel de Feydeau. Los garçones me hicieron un saludo apenas perceptible. Esto quiere decir que no iba bien vestido. En efecto, mi mujer y yo hemos notado repetidas veces, que los saludos son más ó menos afectuosos, más ó menos cumplidos, á proporcion del traje que llevamos. Esto es un motivo curioso de estudio, porque el lector comprenderá sin duda las infinitas gradaciones que deben mediar, desde balbucear los buenos dias á un mendigo, hasta doblar ambas rodillas ante un emperador.

¡Ay! ¡Cuándo y dónde, encontraré un pueblo en la tierra, en que no se me mire al pecho y á los piés, como para ver si llevo cadena y bota de charol; para ver si pueden esperar de mí una _propina_; sino que se me mire á la frente y á los ojos, para ver si tengo talento y bondad con que hacer un bien á este mundo!

¡Cuánta fe necesita el hombre para que su alma no se cáuterice, al tocar la hiel corrosiva de estas nauseabundas experiencias!

No siento odio; acaso no siento desprecio tampoco, pero siento una profunda lástima, y sobre todo un profundo dolor.

Este es quizá un malvado, un holgazan, un idiota.

--¿Lleva cadena?

-Sí.

--¿Lleva brillantes?

-Sí.

--¿Va en coche?

--Sí.

--¿Se inclinan ante él sus lacayos?

-Sí.

--¿Quién es?

--Un semi-Dios.

Este otro es honrado, caritativo, afectuoso, creador, valiente.

--¿Lleva los bigotes untados con resina á izquierda y derecha, como si fuese pregonando la guerra al gran turco?

--No.

--¿Lleva cadena?

--No.

--¿Lleva brillantes?

-No.

--¿Va en coche?

--No.

--¿Tiene una librea que le idolatre?

-No.

--¿Quién es?

--Nada; un pobre diablo.

Si esto fuese verdad; si esta fuese la ley moral del mundo, si esta hiel que devora fuese el espíritu de la creacion ¡qué horrible seria la Omnipotencia del que hizo al hombre! ¡Qué horrible seria la Omnipotencia del que nos creó, para corroer nuestras entrañas con aquella ponzoña!

Afortunadamente no es así; entre aparentes contradicciones, Dios triunfa siempre; entre huracanes y nublados, el sol siempre brilla.

Mi mujer me esperaba con impaciencia; almorzamos en el restaurant de la calle del Banco, y empleé la tarde en escribir para _La América_, el primer artículo sobre la Europa. De este modo dió fin el dia vigésimo.

=Dia vigésimo=.

Historias.

¡Pobre Luisa! Así se llama la mujer vestida de negro. Cuando volvimos de almorzar, estuvimos hablando con la lechera, la cual nos reveló secretos que nos afligen profundamente. La jóven que habita uno de los cuartos principales del hotel de enfrente, no es francesa; es de Pisa, una de las más célebres ciudades de Toscana, una de las más bellas ciudades del mundo. A Pisa fué, con el objeto de convalecer de una enfermedad, cierto estudiante del partido de Rodhese, departamento de Lyon; el tal estudiante vió á Luisa, se enamoró de ella, hubo de decírselo, y á ella hubo de parecerla bien: si no bien, no debió parecerla mal, por lo que luego verán mis lectores. Luisa se enamoró tambien, y esto era necesario para que se cumpliese la verdad constante de que las jóvenes se enamoran siempre, casi siempre, de lo que ha de hacerlas desgraciadas. Es un arcano incomprensible de la edad, una sombra que lleva consigo la inocencia. El amante descubre á su familia y á la de la novia, la intencion que abriga de unirse á Luisa, y ambas familias se opusieron abiertamente, en atencion á la poca edad de los novios, puesto que él no tenia veinte años, y ella acababa de cumplir diez y siete. Los novios insistieron en sus propósitos, y no sólo insistieron, sino que se amaron con más ahinco, se amaron con el frenesí de la prohibicion; más claro, se divinizaron en su fantasía, creyéndose héroes de novela, mártires del amor. La generalidad de los padres ignora cuánto influye esto, y con cuánto cuidado se debe evitar. Creen que esas imaginaciones son poesía.... ¡Ah! ellos no saben que la poesía es una de las cosas que más arrastran á la humanidad, uno de los poderes más formidables de la vida, especialmente cuando todavía hemos vivido poco, cuando la hiel de los desengaños no ha acibarado nuestro corazon, cuando nos encontramos en la poesía del que sueña, porque todavía no comprende. Sí; entiéndanlo los padres; la fantasía, la emocion poética, es lo que más seduce á una jóven; eso que ellos creen que es un puro romance de ciegos, es la tentacion más fascinadora y más irresistible. El sueño del alma es lo que más puede en el hombre y en la mujer, cuando el alma de las mujeres y de los hombres se encuentra en la edad de soñar. El estudiante y esa pobre mujer de enfrente se _poetizaron_, se creyeron víctimas sacrificadas á la violencia, á la tiranía, y no hay poder humano que tenga fuerza contra esa apoteosis de la imaginacion. Y cuanto más se sufre, cuanto más se padece, cuanto más se llora, tanto más se ama aquella desventura, aquella pasion, aquella poesía. Cuantos más dolores pasa el mártir, tanto más ama la palma del martirio. Luisa y su amante se habian enamorado con un doble afecto: se habian enamorado de sus personas y de su infortunio; se amaban por lo que se amaban y por lo que sufrian; por lo que sentian y por lo que lloraban; es decir, se amaban como amantes y como héroes. Algunos padres continuarán creyendo que estas verdades son cuentos de bruja, coplas de Calaino; pero los resultados tienen una elocuencia que no miente.

La familia del estudiante le mandó que volviera á Rodhese; pero el estudiante no volvia. Los padres de la novia la prohibieron que se asomara á los balcones con el fin de ver á su amante; pero la novia se asomaba. ¡Poesías! ¡Pura poesía! Bien, contesto yo; serán poesías ó lo que ustedes quieran; pero el hecho es que los padres mandaban á la novia que no se asomase, y sin embargo la novia se asomaba; el hecho es que la familia del estudiante le mandaba que se volviese al departamento de Lyon, y sin embargo el estudiante no volvia.

Vista la resistencia del muchacho, sus padres acudieron á la política, á que siempre acuden los padres que no tienen talento, ó que no conocen el corazon humano. El modo, dicen estos padres, de que el pájaro vuelva á la jaula, es hacer de modo que no halle alpiste fuera, y discurriendo así, les parece que se han salvado con un golpe supremo de sabiduría. ¡Qué ignorancia! ¡Qué error! En efecto, el pájaro vuelve á la jaula, cuando fuera de ella no encuentra alpiste; vuelve á la jaula para no morirse de hambre; pero no vuelve él; vuelve la necesidad que le obliga; vuelve el hambre que siente; no vuelve el hijo; vuelve el hambre. ¿Y qué? ¿Los padres son padres de esa hambre ó de ese hijo? El pájaro vuelve á la jaula, y en ella permanece encerrado, mientras que no rompe con el pico algun alambre de la prision. Luego que puede huir, huye. Luego que puede tender el vuelo al aire libre, á los rayos del sol, lo hace. Pero ¿hace bien ó mal? No lo sé; no quiero saberlo, ni averiguarlo, ni aun oirlo. Sé que el prisionero ama la libertad; sé que quien está á oscuras ama la luz; sé que quien vive emparedado, desea estirar sus miembros, desea moverse, agitarse, respirar; sé que lo desea fanáticamente, con un ánsia frenética, con un instinto providencial. Los padres que opinan de otro modo están engañados, y mil desgracias que ocurran cada dia, vienen real y positivamente, menos de la liviandad de los hijos, que de aquel engaño de los padres. _¡Quitarles el alpiste, para que vivan encerrados en la jaula!_ No; eso no es tener hijos; eso es tener cautivos ó esclavos; eso no es ser padres; eso es ser carceleros. Y ¿qué amor quiere un padre que el hijo le tenga, qué respeto quiere que el hijo le profese, cómo solicita que el hijo le venere y le ame, cuando no se presenta á él como padre, sino como cómitre, como tirano, como carcelero?

Yo suplico á los padres que piensan así, que oigan y que contesten; no que me contesten de palabra, no que me contesten tampoco por escrito; sino que se respondan á sí propios en su conciencia y en su corazon.

Su hijo es un hombre; un hombre que nace para amar, como para amar nació su padre. Ese hijo ama en virtud de un instinto superior á su voluntad, á sus ideas, á su poder; superior al poder, á las ideas y á la voluntad de todo el mundo. ¿Qué intentan los padres contra ese instinto? No pueden quitar ese instinto del alma de sus hijos, como no pueden remover los montes, ó secarlos mares; ¿qué intentan contra el mar y contra los montes?

El amor viene como vienen las plagas, las tormentas, los huracanes; como la luz cae de los astros; como el aire corre por la atmósfera. ¿Qué intentan los padres contra ese misterio de la vida? ¿Qué quieren hacer para que el ambiente no corra, y el huracan no sople, y la luz no descienda, y el contagio no infeste, y el trueno no estalle? ¿Qué pretenden contra el huracan, contra el contagio, contra el ambiente y contra la luz?

Su hijo ama por un derecho providencial; por un derecho de orígen divino. Dios se lo ha dado, él lo tiene porque Dios se lo da: ¿qué intenta el padre contra lo que da Dios? ¿Qué planes concibe contra la Providencia que gobierna á todos, á él tambien? Vengan aquí los padres que así opinan, y que respondan.

Nada más absurdo, más bárbaro, más repugnante, que disputar á un padre el santo derecho del consejo, de la persuasion, de las lágrimas, hasta el enojo, porque muchas veces nos enojamos por lo que queremos, por el bien que ansiamos para los objetos de nuestro amor; pero de ningun modo puede darse á un padre la facultad de que haga un derecho de la violencia, de un abuso, de un atentado. No hay derecho para hacer lo que no se debe, por la razon de que no hay abusos legítimos, crímenes morales. Una traicion, una verdadera traicion, no es nunca leal. Nada de violencia, especialmente la violencia que se ejerce sobre una pasion de nuestra alma, una pasion grande, inmensa, divina; sobre todo, en una época de nuestra vida en que la pasion entra por tanto, en que la pasion es casi todo, porque la juventud no es otra cosa que una pasion. Aconsejo á los hijos humildad, respeto, obediencia; más que obediencia; veneracion, una veneracion profunda y religiosa. Á los padres no se les debe únicamente obedecer, sino venerar; aconsejo á los hijos la veneracion; pero no aconsejo á los padres la violencia. El hijo debe obedecer; el padre debe aconsejar y persuadir. ¿No alcanzan el consejo, la persuasion, la súplica, el llanto, el enojo? Pues hagamos alto; encima de la tierra está el cielo; sobre el hombre está Dios. A Dios toca lo que el hombre no puede arreglar, y un hombre es el padre.

Hay tres cosas en este mundo, sobre las cuales no puede ponerse una mano airada; tres cosas que todos debemos reverenciar, porque son un depósito de la Providencia: una idea, una lágrima y un amor. La idea es el ángel del pasado; la lágrima es el ángel del presente, el amor es el ángel del porvenir; sí, del porvenir, porque la esperanza y la fe son los primeros de nuestros amores. Cuando el hombre quiera encender fuego para quemar el mundo, quémelo todo; pero que no arrime la tea á esos tres ángeles.

Pues volviendo á la historia de Pisa, los padres del novio retiraron al hijo el dinero; esto es, quitaron el alpiste al pájaro para que volviera á la jaula. El estudiante encontró manera de hacer que su novia supiese lo ocurrido, porque no hay manera que no encuentren los que se aman; la novia se turba, se turba el novio, ambos se creen perdidos en sus ilusiones, se ven, se miran.... ¡Ah! No hay alpiste que valga contra estas cosas. Llega un dia en que, al amanecer, se abren las puertas de una casa, y una jóven baja la escalera, con un envoltorio en la mano, despeinada, trémula, azarosa, paladeando sin cesar, porque la saliva pegaba sus labios; esa jóven atraviesa furtivamente algunas calles, mira hácia atrás y vuelve á correr, hasta que llega á un punto en donde un hombre la esperaba. Cerca de ellos estaba un coche, la portezuela se abre, ambos suben, el carruaje empieza su marcha.... Todo está perdido; ya no hay remedio. Al dia siguiente estaban en Livorno; al otro dia en Génova; al tercero en Marsella, al cuarto en Paris. Se hospedan en uno de los muchos hoteles de la calle de Buenavista, de la calle en que estamos nosotros, casi enfrente de nuestro hotel. Nuestros lectores habrán supuesto seguramente que los viajeros de que hablo son Luisa y el estudiante de Rodhese. Con el dinero que ella sacó de la casa paterna, vivieron un mes, al cabo del cual el estudiante la manifestó que iba á su casa, con el fin de reconciliarse con su familia, y volver á Paris, ya para unirse á ella, ya para proseguir sus estudios. Ella lo creyó como era natural, y le dió hasta el último maravedí para el viaje. El amante partió; llegó á Rodhese, se avino con sus padres, y se determinó que fuera á seguir su carrera á Estrasburgo, en donde se halla actualmente. Luisa no ha visto de él una sola letra, y tuvo estas noticias por medio del amo del hotel, que escribió al país para averiguar lo ocurrido. Ella se encuentra sola, en tierra extraña, sin honor, sin medios, sin amigos, sin ayuda, sin esperanza, sin saber qué hacer, ni qué pensar, ni qué discurrir. Dice que no quiere vivir de ese modo, que anhela morirse, que quiere matarse; no duerme, no come, grita como una loca, y todo anuncia un mal desenlace. Entre tanto el novio estudia en Estrasburgo, y acaso hace la córte á otra desgraciada. ¡Qué corazones hay en el mundo! ¿Qué hace esa mujer? Nos preguntaba la lechera. ¿Cómo vuelve á la casa que ella abandonó? ¿Cómo vuelve al pueblo que ella escandalizó con su locura? ¿Cómo escribe á sus padres, á quienes ha causado tanta afrenta y tanto dolor? Y si va á su casa, y si la familia le hace la caridad de abrirla sus brazos, ¿cómo resiste esa pobre jóven la mirada terrible de su madre? ¿Qué ha de responder á su madre, cuando las dos se queden solas?

¡Ay! ¡cuántos males causa en este mundo la falta de prudencia! Si la familia, en vez de repudiarla y de extrañarla de su cariño; si en vez de reprenderla y de afrentarla por aquellos amores; si en vez de acercarla al amante, porque al amante se acercaba todo lo que se desviaba de su familia; si en vez de esto, la hubiera atraido con paciencia, la hubiera exhortado con consejos, con cariño, con persuasion, con lágrimas, con súplicas, si era menester; si un hombre prudente hubiera dado un plazo á sus esperanzas; la hubiera alentado, la hubiera tocado el corazon, ¿estaria ahora esa jóven en Paris llamando á la muerte, desamparada, sola, perdida? No; yo juro por mi alma que no. Perdóneme el lector este arranque ... no sé de qué: quizá es orgullo, quizá es vanidad, acaso es una ridícula jactancia; pero me parece que si yo hubiera sido el padre, el tio, el hermano, el amigo siquiera, de esa infeliz mujer, esa mujer estaria en su casa. Tal vez suspiraria por su amante; tal vez lloraria; pero estaria en su casa; estaria al lado de sus padres, tendria tranquila su conciencia, limpia su honra, y entero un corazon que ahora está desgarrado. Tal vez llorara en Pisa; pero ¡qué diferencia entre aquellas lágrimas, y las que ahora vierte en Paris! Mas el golpe está dado, y un momento basta para emponzoñar la existencia de una mujer.

En este momento se asoma al balcon, mi compañera la ve y me llama. Es muy blanca y tiene el cabello casi rubio. Hay en su fisonomía esa mezcla de expresion ardiente y melancólica, triste y apasionada, que es la gran belleza del tipo italiano. Mira con cierto frenesí á uno y otro lado de la calle, como si esperase á alguna persona. ¡Pobre Luisa! El estudiante está en Estrasburgo; es inútil que mires; no viene. ¡Cuánta amargura debe hervir en el alma de esa mujer! Parece que cruza y confunde sus miradas, como si una idea agujerease su cerebro, y se pasa la mano por la frente con mucha frecuencia. Es bien seguro que está sudando de congoja; es seguro que algun vértigo la amenaza.

--Esa mujer va á cometer un disparate, exclamó vivamente mi compañera, y yo no esperé más. Bajo en el acto, me voy á casa de la lechera de la vecindad, la llamo la atencion sobre el estado de Luisa, y la buena Madama Fonteral deja inmediatamente su quehacer, me mira de un modo cariñoso y benévolo:

--_¿Que voulez-vous que je fasse? (¿Qué quiere usted que haga?)_

--Quiero, la contesté, que se pase usted al hotel de enfrente ahora mismo, que entregue usted estos veinte francos al amo de la fonda, en pago de los quince dias de alquiler que Luisa le debe, que dé usted estos otros cuatro napoleones á Luisa para que atienda á sus necesidades, que averigüe el nombre y domicilio de los padres del estudiante de Estrasburgo, y que procure saber de la jóven si tiene algun tio, algun hermano, alguna persona de respeto á quien acudir, trayéndome la nota de los nombres y del punto de residencia. Haga usted de modo que ella ignore quién la suministra este insignificante recurso, y quién la hace estas preguntas, á fin de que tenga algo que la distraiga del pensamiento que la domina, y que acabará por volverla loca. Dígala usted que no se desespere, que no se apure, que no se aflija. Dígala usted que el arrepentimiento y el dolor hacen con las heridas de nuestra alma, lo que el bálsamo con las heridas de nuestro cuerpo.

Madama Fonteral, moviendo afirmativamente la cabeza en señal de contento y de aprobacion, echó á escape, mientras que yo me volvia á mi cuarto. Cuando llegué, Luisa no estaba en el balcón, y mi mujer me dijo que temía una desgracia. Eran más de las once, y tuvimos precision de salir para almorzar. Almorzamos en un restaurant del boulevar de la Buena Nueva, á los cincuenta pasos de nuestra fonda, y nos volvimos para ver qué noticias nos daba Madama Ponteral. Esta pobre mujer habia subido a nuestra habitacion, y habiendo sabido que habiamos salido con el objeto de almorzar, nos estaba esperando en la puerta de su casa. Así que nos vió, entró en el portal de nuestra fonda, y subimos juntos.

--¿Qué hay, mi buena señora Fonteral? la pregunté.

--Tome usted dos notas. En esta va el nombre del padre del estudiante, y el pueblo de Rodhese, en donde vive. En esta otra hallará usted el nombre y apellido de una hermana de Luisa; casada en la misma ciudad en que está su familia, y á quien sus padres aman en extremo. La he dado el dinero que usted me entregó, la he dicho que están pagados los quince dias de alquiler, la he exhortado á que se arrepienta, á que olvide ese amor funesto, y á que espere en la misericordia de Dios.

--¿Y cómo está? la preguntó con impaciencia mi mujer.

--Quedó más tranquila, mucho más tranquila, y diciendo esto desapareció, dejándome las notas.

No quise perder tiempo. Aunque en mal francés, escribí una carta al padre del muchacho, y aunque en mal italiano tambien, escribí otra carta á la hermana de Luisa, pintando en ambas el abandono, la desesperacion y el peligro en que se veía esta desgraciada.

Se las traduje á mi mujer, que las creyó del caso, las cierro, pongo el sobre respectivo, y á los pocos minutos atravesábamos la calle de Buenavista, con el fin de echarlas al correo. Llegamos á la Plaza de la Bolsa, y las echamos en una estafeta que hay allí. Mi mujer echó la que iba dirigida á la hermana, y yo la que iba dirigida al padre del chico, como si creyéramos que podia ejercer alguna influencia la electricidad particular de cada sexo. Al arrojar las cartas por el buzon, mi mujer y yo exclamamos al mismo tiempo:

--_¡Dios las lleve por buen, camino!_ Ignoro lo que sucederá; pero algo debe valer el buen deseo con que obramos, para conseguir la ayuda del cielo.

