# Un paseo por Paris, retratos al natural

## Part 18

Book page: https://www.cyberlibrary.org/es/books/un-paseo-por-paris-retratos-al-natural-15046/index.md

Cada una de las renovaciones que ha operado en el mundo la ley cristiana, tiene sus artífices, sus personajes, sus creadores, sus artistas históricos, si así puede decirse. Uno de esos grandes artistas, de esos creadores, de esos personajes de la historia; uno de esos grandes obreros del gran taller, del taller cristiano, es el modesto, el retirado, el humilde, el glorioso Horacio Vernet. Horacio Vernet es en pintura, lo que San Bernardo en religion, lo que San Agustin en moral, lo que Descartes en filosofía, lo que Bichat en ciencia, lo que Federico de Prusia en política, lo que Guttemberg y Colon en el invento, lo que el Dante en la poesía épica, lo que Petrarca en la poesía lírica, lo que Shakspeare en la dramática, lo que Cervantes en el romance y en la novela, lo que Bellini é Hyden en música, lo que Montgolfier, Vaucauson y Fulton en industria y comercio. Un gran renovador de la humanidad, un poderoso artista de la historia, eso es lo que vimos ayer en Versalles; ese es Horacio Vernet.

Para el pintor del Asia, la pintura era un ídolo.

Para el pintor de Grecia, una Vénus, un héroe, unas bodas.

Para el pintor de Esparta, un guerrero.

Para el pintor feudal, un señor ó un fraile.

Para el pintor del renacimiento, un rey ó un santo.

Para Horacio Vernet es el hombre; el hombre muerto en aquel campo de batalla; aquel hombre puesto boca abajo, solo, abandonado de todo el mundo, sin más testigos que una piedra, una mata y el cielo; aquel hombre muerto para la materia, lleno de vida y de verdad para el arte, para la moral y para el dogma; aquel hombre tan lleno de vida y de belleza, que aún estando difunto, que aún siendo cadáver, parece ser el habitador de aquel desierto, el genio imponente de aquella soledad. Se dice que el arte de Vernet es una escuela puramente social, profana, protestante: ¡No! ¡Mil veces no! Eso sólo puede decirlo la ignorancia, ó el odio, ó la calumnia. La pintura de Horacio Vernet no sólo es un arte atrevido, fecundo, armonioso, patético, ardiente, sino un arte maduro, pensador, ferviente, religioso, religiosísimo. Es el arte sublime de la madre que llora por su hijo, que se va á la guerra; el hijo, que es tal vez aquel hombre muerto en un escampado. La pintura que vimos ayer en Versalles, es el arte de la lágrima cristiana, como he dicho en estos apuntes más de una vez.

--Mas ¿por qué, preguntó el ingeniero, cuenta usted á Colon entre los genios inventores?

--Porque en Colon, respondí yo, lo mismo se halla la ciencia austera y convencida que nos demuestra una verdad, como la afortunada inspiracion del que inventa, como la idealidad poética del que adivina, como la hábil diligencia del que ejecuta, como la valentía del que pelea, como el instinto del que organiza. Colon presiente un nuevo mundo, del mismo modo que mueve el timon de una nave, del mismo modo que desnuda la espada, ó que mira la brújula, ó que conquista un territorio, ó que enarbola el estandarte de la redencion. Colon es tan sábio como poeta, tan poeta como marinero, tan marinero como inventor, tan inventor como soldado, tan soldado como caudillo; en una palabra, servia tanto para menestral como para príncipe, ó para príncipe como para menestral. Despues de la esperanza que el hombre tiene en Dios, lo más grande del mundo es el genio, y Colon es uno de los genios más grandes de que puede gloriarse el mundo.

--¿Quién cree usted que es más grande, Colon ó Napoleon I?

--Colon, incomparablemente más.

--¿Y entre Colon y Hernan Cortés?

-Colon.

--¿Y entre Colon y Washington?

--Colon.

--¿Y entre Colon y Horacio Vernet?

--Ambos: ambos trabajaron, no para un pueblo, no para su gloria, sino para todos; para el pensamiento cristiano. Conquistaron un mundo, y se lo dieron á la humanidad sin orgullo y sin pompa.

--¿Y qué artífices tiene nuestro país en la renovacion cristiana? ¿Será cosa que España no tenga á nadie en esa segunda humanidad?

--Sí tiene; tiene á San Isidoro de Sevilla, en erudicion; á D. Alonso el Sábio, en leyes; á Santa Teresa de Jesus, en disciplina y en ejemplo; á Juan de Mena, el marqués de Santillana, Garcilaso, Fray Luis de Leon, los Argensolas, Lope de Vega, Quevedo, Góngora, Rioja y Herrera, en poesía lírica; á Calderon, en poesía dramática; al soldado Alonso de Ercilla, en poesía épica; al autor del _Quijote_, en el romance; á Blasco de Garay, en el invento; al Padre Mariana, en historia; al Padre Isla, en sátira; al Padre Feijóo, en crítica; á Vives, en literatura filosófica; á Campomanes, en organizacion social; á Jovellanos, en economía; á Florez Estrada, en hacienda; y así otros muchos que no recuerdo en este instante.

--¿Comprende usted ahora, pregunté al ingeniero, la importancia de la pintura de Horacio Vernet? ¿Comprende usted ahora la importancia, el carácter profundo y el profundo sentido histórico de ese gran pintor?

--Sí señor, ahora lo comprendo.

A renglon seguido me preguntó cuándo nos veriamos; le ofrecí visitarle; se despidió con un hidalgo y fervoroso apreton de manos, y mi mujer y yo quedamos solos. Mi compañera se vistió en un santi-amen; cátanos en la calle, mi querido lector, á los pocos minutos.

Apenas salimos del portal de la fonda, cuando veo pasar á una jóven muy alambicada, con mucho adobo, mucho menjuge y alguna sobra de eso que llaman colorete, la cual volvia el rostro con mucha frecuencia. Á mí se me ocurrió la siguiente quintilla, sin embargo de no pertenecer _al gremio de los trovadores_.

Vuelves el rostro bruñido; ¿Qué se te perdió, doncella? Y contestó un atrevido: «No, nada se la ha perdido, Es que se ha perdido ella.»

Seguimos hasta la calle de Richelieu, y al doblar á mano derecha, como quien va al boulevart de los Italianos, vemos dos señoras que se apean de un coche. La una es de cierta edad, y va vestida como conviene; la otra es jóven, vivaracha como una ardilla, debe hablar como una cotorra, y lleva un aderezo encarnado con lazos rabiosos, hojuelas doradas y relumbrones. Al ver tanto arrumaco, y tanto perifollo, y tanto ringorrango, y tantos peregiles, como decimos por allá, se me ocurrió otro verso.

Tan compuesta ayer te ví Que loco me enamoré; Mas la verdad, hoy no sé Si fué del traje ó de tí.

Esto debe decirse de todas las jóvenes que, llevadas de la pasion funesta de que las adoren por el vestido, suponen al traje un encanto que es el secreto de la modestia, del recato, de la sencillez y de la virtud. ¿No conocen las jóvenes que una tela no puede inspirarnos amor? ¡Quieren ser ídolos muy ataviados, muy bonitos por fuera! ¡Ay! Ese ídolo es adorado un dia, luego se ve que es barro; el idólatra se avergüenza; se retira á escondidas del falso culto, y el dios fingido cae del altar. Esos lazos color de sangre, esas hojuelas relucientes, esos reflejos y esos prismas, son teas engañosas que alumbran en la calle, en la tertulia, en el festin; el interior de la casa, el interior de la familia, el corazon del hombre está á oscuras.

Limpieza, recato, virtud y una flor, una flor sencilla, una flor del campo, una flor pura y olorosa: hé aquí el traje más rico de una jóven; hé aquí la gala más preciosa, la de más efecto, la que más enamora á los hombres sensatos, á los hombres que son capaces de hacer feliz á una mujer. Si el cielo me hubiera concedido una hija, no me cansaria de repetírselo dia y noche. El lujo, el excesivo ornato, el loco deseo de dar al artificio lo que debe ser obra de la naturaleza; más claro, el extravagante y loco deseo de encantar al hombre, presentándose á sus ojos con el ridículo atavío de una muñeca, cuando Dios no ha dado aquel encanto á la muñeca, sino á la mujer, es positivamente lo que ha causado más desgracias en este mundo, y desgracias las más irremediables y lastimosas. Aquella pasion funestísima, aquel prurito inconcebible, ha hecho más víctimas que las pestes, las plagas, las hambres y las guerras. Es un cólera morbo que no se va nunca, que siempre está diezmando la poblacion. Es el vómito negro, ó la fiebre amarilla de las mujeres; la más peligrosa y pestilente de las enfermedades endémicas.

Jóven, en cuyas manos caiga por casualidad este libro, cree lo que te dice un hombre que tiene ya canas, que comprende algo de los achaques de la vida, algo de los achaques de la mujer, y que sin conocerte, desea verdaderamente tu felicidad, como desea la felicidad de todo el mundo: no te dejes llevar de reflejos que lucen por fuera; no ahogues tu alma, no ahogues tu corazon, no ahogues un deseo que te ha dado el que creó el sol y las estrellas; no ahogues el encanto que te ha dado Dios, el encanto que está en tí misma, que va contigo; no ahogues esa virtud divina dentro de una hojuela dorada, de un lazo encarnado, de un prisma azul ó verde. No sacrifiques el brillante que se cria en el cielo y en tu alma, al otro diamante que se cria en el monte, y que puede ser el pago infame que da el vicio á la mujer que pone en olvido sus deberes. Yendo muy compuesta, puede suceder que te mires un dia al espejo, y que palidezcas y te sonrojes. Yendo aseada y limpia, limpia de alma y cuerpo, mírate al espejo sin cuidado; mírate cuando quieras; la mirada ingénua de la que obra bien llenará tu pecho de alegría. No lo olvides por Dios, jóven que leas estos pobres apuntes: limpieza, recato, sencillez, virtud y una flor; deja lo demás al cuidado del cielo; un hombre te amará, te amará de veras, como tú deseas ser amada, y serás venturosa hasta en tus hijos.

Es casi seguro que mis lectores se cansarán de estos sermones indigestos; pero me atrevo á suplicarles indulgencia, en gracia al menos de la buena intencion con que lo hago. ¡Quién sabe si alguna mujer, al ver estas líneas, sale del abismo de la perdicion, del abismo del lujo, de la idolatría de los aderezos, de las joyas y de las galas! ¡Quién sabe si mis fervorosos consejos pueden hacer algun bien en el mundo! El verdadero escritor, el escritor de buena fe y de buen deseo, es tambien un ministro de la moral, un sacerdote de la religion. Mi querido lector, perdóname. Imploro tu indulgencia por mis predicaciones, y vuelvo á predicar cuando quiero excusarme de haber predicado. Hago lo que aquel que se arrepentia de arrepentirse de haberse arrepentido.

Salimos al alegre y hermoso boulevar de los Italianos. ¡Greñas de Sanson! Las fotografías inundan este pueblo, como la langosta inunda los campos. Retratos para medallones, para sortijas, para guardapelos, para tarjetas, para cartas, para todo. Creo que llegará tiempo en que un zapatero ponga su retrato fotografiado en la suela de cada zapato que hace, y en que los aguadores peguen tambien su estampa con engrudo, en el _frontispicio_ de la cuba, como medio de identificar la persona. Creo, y lo digo formal, que dentro de poco serán inútiles las cédulas de vecindad, llevando cada cual su fotografía en el bolsillo, ó pegada al pecho á guisa de medalla ó de cruz. El fotógrafo sucederá al agente de policía. Á mí se me ocurre otro verso:

Retrátate, sí, Torcuato; Basta de hablar: ¡pronto! ¡pronto! Hoy no se puede ser tonto.... Si no lo dice el retrato.

En una de las esquinas de la calle de Lepelletier, hemos visto un marco con el retrato de un señor muy gordo, cuyo señor, segun se dice, cuenta con probabilidades de salir presidente del congreso de diputados. Este buen señor se llama _Monsieur Chou_, que es como si dijéramos en castellano _el señor Col_. Con este motivo (¡maldicion!) se me ocurre otro verso. Estoy escandalizado de mí mismo. Nunca me he dado á la poesía, y en cuanto hoy miro veo redondillas castellanas. Vamos al presunto presidente.

Monsieur Col, el hombre grueso, De presidente saldrá, Y de este modo tendrá Verdura todo el Congreso.

A los veinte pasos del retrato del _señor Col_, vimos venir como una procesion de hombres, en el momento de desembocar de la calle de Provenza. Nos emparejamos con la procesion (tal nos parecia á nosotros), pregunté á un tendero que se habia asomado á la puerta, atraido por la novedad, y este hombre me dice que es una sociedad de judíos, la cual celebra no sé qué fiesta religiosa, en solemnidad de la apertura de un ferro-carril, canal, ó cosa semejante. Prosiguiendo yo en mi manía de ver versos en todo, hasta en la fiesta de los judíos, me acordé de un epigrama de D. Narciso Serra, que mis lectores no podrán comprender, sin cuatro palabras que expliquen el caso. Habia en Madrid una empresa ó sociedad dramática, que tocaba su ruina con la mano, sino con la mano con el bolsillo, (¡cosa tan de moda en las empresas teatrales de Madrid!) y en las boqueadas de la agonía, resuelve celebrar el aniversario de Lope de Vega. Y para que este aniversario causara más rumor en el ánimo público, y acudiera gente al teatro, se anunció en algunos periódicos que se diria una misa por el alma de aquel ilustre ingenio, á cuya misa fuéron invitados varios actores y literatos distinguidos, entre ellos D. Narciso Serra, que dijo á los socios, antes de principiar la ceremonia:

En esta misa de pega, Presumo que cada socio Rezará por su negocio Más que por Lope de Vega.

Esto digo yo de la sociedad de judíos. Más que del espíritu de Jehová, se acordarán indudablemente del tanto por ciento que se prometen del canal ó del ferro-carril.

Entramos en el célebre restaurant de la Sílfide, nos sentamos, se llega un garçon ... pero basta por hoy, mis queridos lectores. Para mañana tengo un plan oculto. Pienso levantarme muy temprano, y sin que lo sepa mi mujer, me iré al Luxemburgo, visitaré el palacio, pasearé por las alamedas, luego tomaré el ómnibus que va á San Cloud, partiendo del palacio Real y haciendo escala en el arco del Triunfo, y me alargaré hasta el famoso bosque de Bolonia.

=Dia décimo nono=.

Omnibus.--El Paris de acá y el Paris de allá.--Palacio de Luxemburgo.--Sus estátuas, sus paseos.--Mujeres del pueblo que hacen labores manuales en las glorietas.--Bosque de Bolonia. --Catelan.--fisonomías diferentes de los garçones de mi hotel.--Pesares.

Antes de las siete de la mañana estoy situado en una esquina de la calle de Richelieu, dando cara al magnífico bulevar de los Italianos. Espero el ómnibus que va al palacio de Luxemburgo.

Durante once minutos que he permanecido cerca de la esquina, han atravesado el bulevar de los Italianos cuarenta y nueve ómnibus con veinte personas cada uno, diez en el interior y otras diez en el imperial. Suponiendo que en el trascurso de toda la carrera se renueven tres veces los pasajeros, los cuarenta y nueve ómnibus operarian un trasporte de cuatro mil personas próximamente.

Este cálculo no debe parecer exagerado á los lectores, cuando he visto ayer en un periódico semi-oficial, que existen en circulacion cuatrocientos sesenta y tres ómnibus, trescientos sesenta y nueve para las varias carreras de Paris, y noventa y cuatro para los puntos circunvecinos.

Los cuatrocientos sesenta y tres ómnibus de que hablo, han andado por dia ocho mil trescientas diez y seis leguas, ó sea al año tres millones, treinta y tres mil setecientas cuarenta.

Los viajaros trasportados en todas las líneas han subido á más de cuarenta y nueve millones y medio (49.590.421) en 1856, y á más de sesenta millones en 1857 (60.067.147), resultando un exceso de más de diez millones de transeuntes á favor de la última época.

El producto de los ómnibus destinados al servicio especial de Paris, montó en 1857 á treinta y seis millones y medio de reales.

Al fin pasó el ómnibus que va á Luxemburgo por las Tullerías y el Puente Nuevo, y subí al imperial. Me parece que voy sentado sobre la azotea de una pequeña casa ambulante.

A los veinte minutos estábamos en nuestro destino, despues de haber atravesado varias calles estrechas que no se parecen en nada á las anchas y bulliciosas del otro Paris. Note el lector que en Paris hay dos poblaciones distintas, distincion marcada por el curso del rio. Cada orilla es una frontera de aquellos dos países, representantes de dos grandes períodos históricos, de dos grandes razas sociales, si así puede decirse. Hay el Paris de la tradicion, y el Paris de las creaciones modernas: en el primero habitan con predileccion los nobles y los ricos que buscan silencio, despues de haber buscado una buena renta entre el bullicio y la algazara. En el segundo habitan los comerciantes, los banqueros, los cambistas, las gentes de moda, de actualidad, gentes que quieren producir efectos cómicos ó trágicos, y los miles y miles de curiosos y de negociantes extranjeros que este gran centro llama.

Estas dos varias sociedades que se disputan el señorío de Paris, el giron de un mundo que ha caducado ya, y el otro giron de un mundo que no se ha organizado todavía, están simbolizados en dos edificios: _Luxemburgo y la Bolsa_.

Luxemburgo es el monumento del privilegio y de la renta.

La Bolsa es el templo del movimiento, de la creacion y del cambio.

Las Tullerías están situadas entre estos dos mundos antagonistas, como si quisieran participar del recuerdo del uno y de la fuerza del otro, presentándose como un tratado de paz entre ambos.

El Luxemburgo es un palacio inmenso, grave, solitario, majestuoso. Su fábrica se halla en muy buen estado, y no obstante, despierta en nuestro ánimo esos recuerdos señoriales que parecen dormir entre las ruinas negruzcas de un antiguo castillo.

Tiene una espaciosa glorieta, con surtidores, grupos y estátuas, además de un hermoso y bien asistido paseo.

Al examinar las muchas estátuas que siembran estos silenciosos lugares, he notado que la demasiada asistencia, el demasiado esmero y el excesivo aliño de que aquí son objeto todas las cosas, quitan á las concepciones artísticas el encanto del arte, el aura indefinible y deliciosa que lo rodea en otros países. Aquí todo parece lo mismo, porque el cuidado que está en todas partes lo nivela todo, despojando á la obra del hombre de esas variedades de siglo y de lugar que constituyen el gusto maestro de la naturaleza.

Un poco de limo verdoso en una estátua la comunica la sancion venerable del tiempo, el sentimiento inexplicable de la historia; y este espíritu vago y armonioso á la vez, este espíritu que viene á denotarnos el contraste que resulta entre lo transitorio de la piedra humedecida por un poco de limo, y lo eterno de la moral que aquella piedra simboliza; esta vaguedad espontánea, sencilla, verdadera, invisible, que va y viene entre lo que se toca y lo que se adivina, entre el limo y el genio, es precisamente la pincelada que da al arte su sentido más ideal, más bello y más profundo, porque es el sentido más conforme á la poesía de la creacion, es decir, á la poesía inimitable de la verdad.

No hay naturalidad en estas creaciones; la naturalidad con que la yerba es verde, con que el cielo es azul, con que la estrella nos envia sus luces plateadas. Noto cierto entumecimiento en este arte; es creador, infatigable, jóven; pero parece un jóven tullido; un tullido que no puede moverse sin que la paralísis le arranque un dolor y una queja. No sé si me equivoco; pero esto es lo que me dicta mi sentimiento, ageno á toda preocupacion de envidia, de odio ó de historia. Es un arte magnífico, colosal; pero le falta un no sé qué de arte.

Despues de examinar las estátuas, me interné en el paseo, y vi con mucho gusto á varias familias artesanas haciendo labores manuales, bajo los árboles de las glorietas. Esta costumbre es verdaderamente pintoresca, infantil, encantadora, patriarcal. No he visto en mi vida á esas mujeres, no las he mirado á la cara, y las tengo cariño, porque tengo cariño á las yerbas que tocan, á esta vida que llevan, á este aire que respiran.

Me interné más en los jardines, y me ví solo; no tenia más compañeros que las flores y el rumor indeciso de una leve brisa de verano, y me parecia que distaba de Paris muchas leguas.

¡Cuánto preferiria una gruta aquí al hotel de la calle Feydeau! ¡Cuánto más grata me seria esa casita que estoy viendo, cerca de la estátua del pintor Lessueur!

Ahora me siento enfrente de la estátua. Unos ramos de madreselva se agitan suavemente sobre mi sombrero. ¡Qué bien me encuentro aquí! Me parece que soy mejor, y que me amo más á mí propio. Á un tiempo oigo el acompasado y casi imperceptible susurro del viento entre las hojas de los árboles, el ruido lejano de agua corriente, el acento festivo de unos niños que juegan, y el clamoreo confuso que nos anuncia la proximidad de una gran poblacion, como el sordo rumor del oleaje nos anuncia la cercanía del Océano.

Me acordé que tenia que volver á Paris, y sentí dos cosas: repugnancia y temor, casi miedo.

Soledad, encanto del triste, encanto de mi corazon, vírgen de mis pesares, vírgen de mi alma; si amas, si esperas algo en este mundo, dame tus amores y tus esperanzas. Si tienes dolores, si tienes misterios, dame tus misterios y tus dolores.

Al poco tiempo subia en un ómnibus que me llevó al Palacio Real, y luego en otro que tenia la carrera de San Club, haciendo escala en el arco de la Estrella. Allí me apeé y seguí hasta el bosque de Bolonia.

El bosque de Bolonia no es un paseo, propiamente hablando: es una selva que tiene leguas de extension: es el desahogo de las gentes de carruaje que van allí, como se va á tomar aires al campo. Se encuentra cascada, lago, isleta en medio con puentes rústicos, de un aspecto gracioso; chinescos, barquillas, circo y muchos espectáculos de varios géneros.

Yo me interné hasta donde logré quedarme solo, sin oir otra cosa que el ruido confuso de los coches y el crugido del látigo.

Me senté un instante sobre la yerba, y me vi halagado por una expansion y un bienestar que no experimentaba desde nuestra llegada á Paris. Me parecia que en aquel momento recobraba la libertad, y sentia por la luz esa especie de religiosa gratitud que siente el cautivo. Miraba hácia bajo, y veia musgo verde; miraba en torno mio, y veia árboles; miraba á lo alto, y veia cielo. Sentado en una piedra solitaria, á despecho mio, me acude la idea de Andalucía, la idea del país en donde he nacido y me he criado. Hace veintidos años que dejé la casa paterna; volví á los nueve con el deseo de abrazar á mi madre; pero no pude verla; no estaba en el mundo; habia muerto. Á la hora de morir, cinco hijos rodeaban su lecho, uno faltaba. Mi madre diria en su corazon: «¡bien se lo dije! ¡El tiene la culpa; me muero sin verle!» ¡Tenga Dios misericordia de mí!

Mi madre no vivia; pero la Providencia ha dado lágrimas al hombre para lavar con ellas sus pecados, sus olvidos, sus yerros; y lágrimas ardientes y fervorosas humedecieron el sepulcro de la que me dió el sér. ¡Gloria! ¡Sueño terrible! ¡Angel cruel, cuánto has comido de mi alma y de mi cuerpo! ¡Quién lo hubiera sabido! ¡Quién hubiera podido adivinarlo! Los campos en donde pasé mi niñez no me hubieran visto desertar; el Océano no hubiera dejado de oir mi pobre voz; yo hubiera visto morir á mi madre y á mis hermanos. Una humilde choza por vivienda; un saco de paja por lecho; un haz de enea por almohada; una honrada esteva por oficio; pan, agua y salud por alimento; un ramo de tomillo por corona; los bosques, los mares y los cielos por poesía; el Dios que llena al mundo por esperanza; ¿qué más podia apetecer? Tú tenias razon, madre de mi alma; tú me decias bien, madre de mi vida. Te desobedecí, fuí ingrato á tu amor, fuí sordo á tu llanto, y el cielo me castiga por aquella culpa. Pero tú que fuiste tan buena, tan paciente, tan generosa; tú que tanto sufriste, que tanto lloraste, madre de mi vida, madre de mi alma, tú perdonarás á tu hijo.

Apenas me desembarace de ciertos asuntos que me tienen amarrado en Madrid; más claro, apenas logre reunir algun dinero, me iré á Sevilla, mandaré hacer una losa, pasaré á la raya de Portugal, y yo mismo la colocaré en una sepultura, en nombre de todos mis hermanos. Ya tengo hecho el epitafio, el cual pertenece tambien á mis lectores; hélo aquí.

«FILOMENA, JOAQUINA, NICOLÁS, AMPARO, HERMENEGILDA Y ROQUE, Á SU ADORADA MADRE.»

