Un paseo por Paris, retratos al natural
Part 17
Esta industria es el arte, llamado ayer oficio: es el hombre, llamado ayer siervo: es la fantasía y el sentimiento haciéndose amos de la materia, despojándola de sus girones asquerosos, purgándola de la nota de vil que ayer la afeaba.
Pero no sólo es esto. Aquí se comprende de un modo irresistible, aunque no queramos, que luego que las formas nos hieren con la emocion de la belleza, todas son igualmente artísticas. Se comprende de un modo irresistible que no hay más que un arte, porque no hay más que una naturaleza que nos ofrece el original de lo bello, porque no hay más que un corazon para leer aquel original. Sí; aquí se comprende, yo estoy orgulloso de sentirlo, que el arte se desdobla en la palabra, y se llama poesía ó elocuencia; que se desdobla en la voz y en el gesto, y se llama declamacion; que se desdobla en el ademan y toma el nombre de pantomima; que se desdobla en la armonía del sonido y es música; que se desdobla en el dibujo y en el color, y se llama pintura; como se desdobla en un mármol, y se llama escultura; como se desdobla en los movimientos del hombre, y se llama baile; como se desdobla en los tapices y en la porcelana, denominándose fábrica de los Gibelinos y fábrica de Sevres.
Yo tenia la nocion del arte universal; pero aquella nocion es ahora más exacta y más profunda; más universal, más extensa tambien; porque la toco prácticamente, y la práctica da á las cosas su última extension.
Tomamos el ómnibus que va á Versalles, y apenas trascurrió hora y media, cuando ya pisábamos el suelo de esta antigua isla de Chipre.
El carruaje hace alto, y al bajar nos vimos enfrente del suntuoso alcázar.
¡Luis XIV, Richelieu, Colbert, salud!
No hablo á vosotras, piedras amontonadas, testigos mudos, á quienes no quiero interrogar, porque antes de veros os habia interrogado en mi corazon. No te hablo á tí, Versalles de otros siglos, eden donde han llorado tantos ojos: no te hablo á tí, gran fantasma de mármol, en que yo leo con ojos inflamados lamentos y amonestaciones de la historia.
Hablo á tres hombres que crearon á Versalles, sacrificando para ello á la Francia, y que son superiores á otros hombres que sacrificaron la Francia y que no crearon á Versalles.
¡Luis XIV, Richelieu, Colbert, salud! Ignoro si vuestras cenizas me oyen; pero unos pobres extranjeros os saludan.
¿Qué podré decir de los museos que encierra este suntuoso palacio?
No sabria por dónde empezar, tendria que trascribir los tres volúmenes que he comprado.
Conténtese el lector con saber que aquí está toda la Francia histórica en lienzo y piedra. No perdiéndose este palacio, no puede perderse la historia del pueblo francés.
Escaleras magníficas, salones espaciosos, retretes adornados con una riqueza y una profusion que sorprenden; una sala que no tiene igual en el mundo, si se exceptúa la gran sala del palacio del Louvre: en una palabra, Versalles fué la grande galantería de uno de los reyes más galantes qué ha existido, y este palacio es la galantería maestra de Versalles.
Pero pasemos á estudiar una cosa más bella, más fecunda, más predestinada: la escuela de Vernet, del gran Vernet.
Este pintor se dedicó casi exclusivamente al género de las batallas; pero no de las batallas antiguas que eran como una especie de divinizacion de la guerra, el sacrificio de la caridad que nos debemos todos, hecho en aras de un señor opulento ó de un tirano. Los cuadros de Vernet son la escuela social, la escuela del exámen llevada al género que cultivó. Vernet es un grande obrero del alma, que conduce una piedra colosal al edificio en que trabaja toda la historia de cinco siglos.
La pintura, que habia adulado sucesivamente al guerrero, al monarca, al noble, al fraile: la pintura, que durante el trascurso de tantos siglos, habia sido sierva y mendiga, en los pabellones de campaña, en el palacio, en el castillo, en la iglesia, en el claustro, levanta un dia la frente empolvada, mira en torno suyo, comprende la verdad, la escribe en un lienzo, y viene á ser el culto de una nueva razon, de una razon cristiana; viene á ser la voz que abandona el desierto y que clama en el mundo, una imprenta semejante á la de Guttemberg, el espíritu práctico y real de los modernos. Esto hizo Vernet. ¡Cuánto hizo! ¡Cuán superior es su inspiracion! ¡Cuán superior es su filosofía! Sobre todo, ¡cuán superior es su moral!
La Francia será con él desagradecida si no le levanta una estátua, dice un ingeniero amigo mio. Yo no lo creo así, el genio no tiene precision de ninguna especie de idolatría, de ninguna especie de símbolos transitorios.
El genio no tiene precision de un pedazo de piedra, que se rompe, que se cae, que se pulveriza, como se marchita una planta, ó como una hoja es arrebatada por el aire. El genio es la santidad de la conciencia, la historia de Dios. Quede el mármol para la historia de los que tienen vanidad, de los que no tienen bastante con su alma.
¿Qué estátua mejor que esa escuela admirable?
Penetramos en la primer sala de las pinturas de Vernet.
El cuadro en que me fijo representa á un combatiente moribundo. Está pálido, horriblemente pálido; tiene el labio inferior caido, dejando ver una encía amoratada, y cualquiera diria que sus párpados van á cubrir unos ojos turbios. Un amigo lo asiste de rodillas, llevándose una mano á la frente, en señal de desesperacion.
En el cuadro que miro, campea, hasta en los menores detalles, la verdad llena, franca y vigorosa que sólo comprenden los grandes maestros.
El segundo cuadro que miro representa á un guerrero jóven y entusiasta, el cual enarbola un estandarte en actitud de incitar á la venganza y á la guerra.
Cerca de él, una madre coge á su hijo, le sujeta frenéticamente con el brazo izquierdo, como si pretendiese unirlo á su corazon; y con los ojos ardiendo de ira, con la pupila dilatada y profunda por el dolor y por el espanto, con la cabellera descompuesta, con labio cárdeno, seco y convulsivo, hundiendo la nuca y alzando la frente, como el náufrago que saca la cabeza para que el oleaje no le confunda; la madre, la mujer de la Providencia, amenaza al guerrero con un ademan que trae á nuestra memoria las palabras de Agripa á Octavio: _¡levántate, verdugo!_ La madre no le dice _levántate_; le dice _¡calla!_
Este cuadro es de una elocuencia arrebatadora; de una intencion sentida, concienzuda y fuerte. No hay espacio alguno entre la vista y la emocion. El sentimiento arrolla al juicio, lo absorbe, lo anonada: el juicio cae de rodillas y adora.
Este cuadro nos impresiona instantáneamente; nos impresiona de un modo profundo, sin que nos dé tiempo de deliberar acerca de si debe impresionarnos ó no, como el esquife que se pone sobre un torrente, no deja tiempo al marinero de echar el áncora.
Esto nos impresiona como el fuego nos quema: sin saberlo nosotros, aún contra nuestra propia voluntad. Ese es el arte; ese es el genio, ese es Vernet. Mientras que yo admiraba los pormenores más minuciosos de este cuadro maestro, mi mujer volvió los ojos al otro lienzo de pared, decorado por una pintura que representa á un hombre muerto, abandonado en un campo de batalla. ¡Qué solemnidad! ¡Qué grandeza! ¡Qué poesía! ¡Qué espíritu!
Aquel monton de carne está allí entre los pliegues de su vestido, como un trapo que se tira al suelo, y que contrae los dobleces á que le obliga su gravedad. Realmente, aquel muerto parece un giron lanzado á la tierra; un giron perdido entre sus mismos pliegues. Allá un árbol seco, allá una piedra negra; el hombre está en medio, está muerto y solo.
¡Qué conocimiento tan profundo, y qué sentido tan delicado! ¡Con qué seguridad se comprende aquí que no hay arte sin ciencia, que no hay imágen sin pensamiento! ¡Con qué evidencia se comprende aquí que no hay poeta sin que sea poeta y filósofo! Al ver aquel cuadro, al ver á un hombre muerto en aquel páramo, no podemos menos de hablar bajo como si estuviésemos en una iglesia.
Se supone que el guerrero del cuadro que examino murió hace algun tiempo, la sangre ha debido descomponerse por el rocío de la noche y la humedad natural de la tierra, y está amoratado, incomparablemente amoratado.
Me parece que si llevo la mano al semblante del muerto, aquel semblante se deshará como si fuera de salvado ó serrin.
Tiene la oreja empedernida y algo vidriosa; este viso cárdeno es mayor por detrás de la misma oreja, y se va extendiendo, aunque más apagado, por entre un cabello claro y flojo, como si aquella carne que se desorganiza no tuviese vigor para sujetar la cabellera.
Mi mujer se cubrió los ojos, y exclamó aterrada: _no quiero ver más, no puedo estar aquí_, y salió precipitadamente de la galería. Yo no pude dejarla sola, exponiéndola á que se extraviara entre la multitud que inunda estos salones, y no me ví con tiempo sino para clavar una mirada y distinguir lo que he descrito.
¡Desdichado de mí! He venido especialmente á Versalles para tener noticias de este nuevo género de pintura, y no he visto más que tres cuadros. Pero ¡qué tres cuadros! ¡Qué tres cantos tan grandes añadidos al inmenso poema del hombre! ¡Qué tres palmas más bellas coronando la frente ensangrentada del ilustre mártir!
Lo repito; el arte que en el trascurso de tantos siglos habia adulado al fuerte, al noble, al rico, al poderoso, vuelve hoy los ojos á un pobre soldado, á un hombre insepulto, á un giron de carne, destinado á servir de alimento á los buitres, y le levanta en esos lienzos un magnífico panteon. ¿Qué mausoleo de ningun magnate de la tierra vale tanto como esa pintura? Cuando vivia aquel pobre soldado, no tenia tal vez en el mundo ni casa, ni abrigo, ni familia; muerto y abandonado en aquel campo de batalla, Horacio Vernet le ha dado un palacio. De un hombre desgraciado ha hecho un héroe; de un infortunio, de una desventura, de un dolor, de aquella lágrima derramada allí, ha hecho Horacio Vernet una solemnidad, una magnificencia, una gloria. ¡Dios le dará toda la que merece por el bien que hizo al mundo, por el consuelo que da á mi corazon! El pintor deja el mundo, se va por el campo, halla un hombre muerto en un erial, lo coge y lo entierra. El pintor da tierra sagrada al infeliz cristiano que no encontraba una sepultura. Ese cuadro que miro y que venero, ese cuadro imponente y terrible, esa elocuencia fervorosa, esa poesía adorable, esa pintura inmóvil y solemne, esa íntima voz del alma que hace latir mi pecho, es un entierro, una limosna, una caridad, unas exequias. El pintor llora sobre aquel rostro mústio, sobre aquella carne amoratada, sobre aquel corazon helado. Horacio Vernet llora, escribe sus lágrimas en aquel lienzo, y el pobre soldado resucita, el muerto vive, el muerto es una creacion inmortal. ¡Y hay quien dice que el arte no influye en los destinos de la vida! ¡Y hay quien dice que el arte de Vernet es un arte gentil, protestante, revolucionario! ¡Pobre gente! Horacio Vernet llora por aquel hombre desamparado; Horacio Vernet le da sepultura, le da tierra sagrada; le hace esa última y suprema piedad; Horacio Vernet da al mundo una lágrima para que la vierta sobre esa tumba, esa tumba que él ha construido en ese cuadro, por que ese cuadro es una sepultura cristiana, la violeta que nace al pié de una cruz, el ciprés que se eleva en medio de una soledad: ¿y á eso llamais gentilidad, protestantismo, revolucion? ¿Enterrar á un cristiano insepulto es revolucion, protestantismo, gentilidad? Llorar por él, y resucitarlo con aquella lágrima de salud, ¿eso es gentil, revolucionario, protestante?
El arte de Horacio Vernet es el arte del infortunio, del dolor; el arte de la Vírgen María que llora por su hijo al pié de la cruz. En una palabra; la pintura de Horacio Vernet, es un arte que llora junto á un muerto; es un arte que llora, y el arte que llora no es el arte gentil, ni protestante, ni revolucionario.
El arte gentil rie. El arte protestante disputa. El arte revolucionario quema. Si algun arte llora en el mundo, desde la creacion hasta nuestros dias, ese arte es el espíritu del monte Calvario, el arte de un espíritu que redime al hombre á precio de martirio, á precio de llanto.
¡Bien haya el rey que amontonó estas piedras, para que vinieran á servir de alcázar á nuevos reyes! Sí; Luis XIV no es el gran rey de ese palacio; su gran rey es Vernet. Un pintor se ha convertido en un monarca; un pobre soldado insepulto, un pobre cadáver, se ha tornado en héroe. ¿Y creeis que eso ha podido hacerlo la gentilidad? ¡No! Hacer de una desdicha una esperanza, hacer de un dolor una magnificencia, hacer de una lágrima un poder y una gloria, corred el mundo de cabo á cabo, cavad la tierra de polo á polo, rebuscad la historia página por página, escudriñadlo todo, desde el abismo á las estrellas; yo os digo que si hallais en la creacion quien haga eso, será el cristianismo, el arte de la cruz, la lágrima de la Vírgen María, como he dicho antes, y no me canso nunca de repetir.
La lágrima fecunda y divina de la Vírgen cristiana, ese es aquel soldado muerto, esa es aquella sublime pintura, ese es el arte del Evangelio, ese es el arte del cristianismo.
Hemos almorzado en una fonda de la Plaza por trece francos, visitamos las fuentes, las más ricas del mundo en juegos de aguas, oimos la música militar cerca del estanque que está en último término, nos sentamos haciendo parte de la sociedad elegantísima que inunda esta esplanada; Vernet me llama y me reconcilia con ella; volvimos luego, tomamos el ómnibus, ya divisamos las torres de Paris: á las seis de la tarde nos apeamos enfrente del palacio de la Industria.
Al bajar del ómnibus, mi mujer y yo nos cruzamos algunas palabras: una de las señoras que esperaban sin duda algun amigo ó algun pariente, se acercó á nosotros y nos preguntó con el mayor afecto si eramos españoles.
Es de Zaragoza, hace cuarenta años que vive en Francia, se llama doña Antonia, está casada con M. Houzé y vive en Passy, calle Mayor, núm. 38.
Estamos convidados para ir á comer mañana en su jardin.
No puedo más por hoy. ¡Adios, Vernet! ¡Adios, Versalles!
Dia décimo octavo.
Visita de un ingeniero, excursiones históricas, epigramas.
Estamos quietos y tranquilos en nuestra habitacion. La idea de Versalles nos preocupa absolutamente, como si no dejara espacio alguno en nuestras imaginaciones para otra idea ni otro recuerdo. ¡Qué alcázar! ¡Qué museo! ¡Qué salones! ¡Qué lujo! ¡Qué riqueza! nos decimos continuamente mi mujer y yo. Luis XIV no tenia necesidad de otro monumento que Versalles, para que la fama le festejara con el epíteto de uno de los reyes más galantes que conoce la historia.
En este momento sentimos que llaman á la puerta de nuestro cuarto; abro y me doy de cara con un ingeniero español, á quien vi ayer en una de las salas de Horacio Vernet. Sobre la escuela de este gran pintor, dije cuatro palabras en presencia suya; noté que me miraba con cierta sorpresa y maravilla; nos despedimos, ofreciéndonos mútuamente nuestras habitaciones en Paris, y seguramente no esperaba yo tener hoy el gusto de verme agasajado por su visita.
Le recibí con la franqueza alegre y cariñosa de paisano, porque paisanos son los compatriotas cuando se ven en país extranjero; le supliqué que se sentara; se sentó, y hubo un instante de silencio, ese instante en que cada cual piensa lo que ha de decir, ó sobre qué ha de hablar.
--Usted extrañará, dijo sonriéndose el ingeniero, que haya usado tan pronto del ofrecimiento que tuvo usted la bondad de hacerme de su amistad y de su casa....
--No, señor, contesté interrumpiéndole; tengo bastante con la satisfaccion de ver á usted en nuestra compañía.
Mi hombre inclinó cortesmente la cabeza, en señal de agradecer aquel cumplido mio, y me miró con el encogimiento inevitable del que viene á pedir alguna cosa. Yo le contemplaba de hito en hito, como para comprender sus intenciones, y ver en qué actitud debia esperarle. Hable usted con entera confianza, le dije, y á despecho suyo le cogí el sombrero que tenia en la mano, y se lo coloqué en una silla. Despues aproximé mi asiento al suyo, y le exhorté con una mirada de interés y de afecto.
--Es el caso, dijo animándose nuestro interlocutor, que tengo una viva curiosidad porque usted me explique lo que me dijo ayer en Versalles, sobre la pintura de Horacio Vernet. Yo soy ingeniero; entiendo algo de líneas rectas y de líneas curvas; pero no he estudiado hasta el presente la erudicion del arte, y no alcanzo bien el sentido de ciertas escuelas. Voy á confesárselo á usted ingénuamente. Todo lo que usted me dijo ayer sobre los cuadros de batallas, me pareció extraño y peregrino, hasta maravilloso, porque en aquellos cuadros veia yo una pintura desembarazada y atrevida, nada más. Horacio Vernet era en mi juicio un maestro de buenos arranques, de osada concepcion, de detalles felices, un poeta social, no un arte nuevo, no una nueva escuela, no una grande trasformacion, no un grande genio, como usted le llama. Esta poca importancia que yo atribuia á Horacio Vernet y á sus cuadros, debe provenir de que yo ignoro las revoluciones por que el arte ha pasado en la historia; debe provenir de que yo ignoro lo que ha sucedido en el mundo, y deseo vivamente que se tome usted la molestia de explicarme el asunto.
--Pues, amigo mio, dije al ingeniero; echando á un lado la humildad soberbia del hipócrita, contesto á usted que ha dicho muy bien. El arte tiene sus antigüedades, su arqueología particular, unida al espíritu de la historia, y es muy natural que no comprenda la importancia de Horacio Vernet, no comprendiendo la profunda significacion histórica de su escuela. Yo he estudiado algo acerca de esto, he aprendido un poco, nada más que un poco, y voy á decírselo á usted sin reserva ni ambajes, con la mayor ingenuidad del mundo, segun mi leal saber y entender, como decian tan admirablemente los antiguos.
El mundo, este prodigioso y múltiple espectáculo que nos rodea por todas partes, ha pasado por varios períodos, ha sufrido diferentes cambios; y á cada una de esas mudanzas, á cada una de esas renovaciones, por decirlo así, se ha dado el nombre de civilizacion; de modo, que podrémos decir que ha pasado por varias civilizaciones. Para el objeto que nos ocupa, bastará enumerar los períodos siguientes: período ó civilizacion del Asia; tiempos de Grecia y Roma; tiempos de Esparta; tiempos cristianos; tiempos feudales; renacimiento; edad moderna.
El Asia idolatró la materia de dos modos: la materia ruda, el monte, el volcan, la serpiente, el cocodrilo; y la materia elemental: la tierra, el aire, el agua y el fuego. La adoracion de la materia ruda es la que se llama fetiquismo, el cual comprende toda la historia de Siria y de Caldea; la adoracion de la materia elemental es lo que se llama sabeismo, el cual comprende la tan famosa civilizacion egipcia.
Los griegos idolatraron la materia tambien, pero de otro modo. La materia de los griegos no era la materia natural, la que encontraron en la creacion, la sustancia visible del universo; era una materia que ellos modelaron, era una materia artística. Propiamente hablando, los griegos no idolatraron la materia como los asiáticos, sino la forma, el contorno, la arquitectura. Aténas idolatró el arte, un arte bello en apariencia, feo en realidad; gracioso y seductor en la superficie, deforme y repugnante en el fondo; lleno por fuera, vacío por dentro. El arte de Grecia es un cuerpo hermoso que no tiene alma, como hay mujeres sumamente bellas que no tienen entendimiento ni corazon. Es un magnífico pedestal, pero sin estátua; un sábio geroglífico, pero sin pirámide; un arcano que no tiene misterios, ó bien un misterio que no tiene arcanos. El arte de Aténas es materialista, grosero, impuro. No importa que Vénus sea disoluta; el secreto está en que sea hermosa. No importa que el demasiado aroma emponzoñe el aire; el secreto está en que se queme aroma.
Esparta idolatró tambien; pero de otra manera, con otra intencion: es decir, con otra especie de idolatría. El ídolo espartano es la patria, y como el guardian de la patria era la guerra, el ídolo espartano es tambien la guerra. No hay individuo, no hay familia, no hay hogar, no hay casa; no hay más que nacion. El hombre se ha sacrificado al país; el fraile se ha sacrificado al convento; el creador se ha sacrificado á la criatura.
El Asia vivia en la fascinacion, Grecia y Roma en la fantasía; Esparta en el comunismo guerrero.
El Asia coge la religion, la ciencia, la moral, la política, el arte, todo, y lo quema en nombre del volcan ó del astro.
La Grecia echa por tierra el ara de aquellos sacrificios, remueve las arenas y las momias del Asia, cierne las cenizas del fuego pasado, coloca en la urna de su genio el polvo del arte, lo amasa á su modo, lo compone, lo crea, y quema todo lo demás en nombre de su hermoso y brillante ídolo.
La Esparta acude, ve que todo arde, que todo se sacrifica allí, alarga una mano atrevida, valerosa, pujante, y aparta sólo la política de aquel gran holocausto.
Materia, forma, patria, hé aquí los tres símbolos de esas tres edades, de esas tres civilizaciones, de esos tres grandes y célebres reinados históricos.
Nace despues en un cielo muy claro, muy limpio, muy sereno, muy apacible; nace, repito, el sol venturoso que alumbra un establo de la humilde Belém; nace el astro puro que vivificó todo el ambiente y toda la tierra; nace el astro que alumbró la venida de Jesus, y el hombre, sin conocerlo ni sentirlo, va penetrando en su raciocinio, en su conciencia, en su voluntad, en su imaginacion, en su sentimiento, en su creencia, en su trabajo; sin comprenderlo, sin adivinarlo, sin presumirlo, por virtud de un espíritu que está en la mente de la Providencia, como está el aire en los espacios de la atmósfera, el hombre comenzó á penetrar en todo él, á comunicarse con él mismo en todas sus fuerzas y relaciones; comenzó á conocerse, á conocer al hombre, á conocer la naturaleza, á conocer á Dios. El hombre cristiano vivió para la ciencia, para la moral, para el dogma, para la política, para el arte, para la industria, para el comercio, para el oficio, para todo lo que encontró en el universo; porque ese universo, todo ese cúmulo de poder, de grandeza y de gloria, era la alta ciudadanía que daba Dios al nuevo ciudadano. ¡Mudanza portentosa! ¡Trasformacion inconcebible y adorable! ¡Catástrofe divina! El mundo piensa, cree, elige, discute, imagina, siente, trabaja; calla la sinagoga judía; callan los agüeros paganos; callan los oráculos gentiles; callan los dioses mitológicos; callan los geroglíficos egipcios; los ídolos callan, callan para siempre; muchas sepulturas se abren, muchos muertos asoman.... Otro mundo principia, otro rey manda, otro Dios gobierna.
El Asia, Grecia, Esparta y Roma, dieron al hombre lo que ellas crearon para él.
El cristianismo ha dado al hombre lo que para él ha creado el cielo.
El mundo se creó sustancialmente en el génesis de Moisés.
El mundo se creó espiritualmente en el génesis de Jesus.
El cristianismo es la renovacion moral de la vida; la reconstruccion de la primitiva casa del hombre. Para el espíritu de la moral cristiana, el ciego ve, el sordo oye, corre el tullido, sana el enfermo, el pobre es rico, el pequeño es grande, el ignorante es sábio, el extranjero es nuestro hermano.... ¿No le parece á usted todo esto inmensamente grande? ¿No le parece á usted inmensa y providencialmente grande, inmensa y santamente providencial, providencial é inmensamente santo?
--Sí, señor, contestó el ingeniero.
--Pues bien, repuse yo, ahí está Horacio Vernet; ahí están los cuadros de Versalles; ahí están aquellas preciosas batallas.