Un paseo por Paris, retratos al natural
Part 16
Salimos de casa á las diez, y discurriendo casi maquinalmente por la calle de Montesquieu, notamos que entraban y salian muchas personas del número 6. Nos aproximamos, dirigimos hácia el interior del piso bajo una mirada escudriñadora, y desde luego convinimos en que aquel edificio debia ser una iglesia ó bien un teatro. Pero examinando un momento la entrada, vimos que á la derecha del portal habia una mujer partiendo ostras. Decididamente, esto no puede ser ni teatro ni iglesia. Miro á lo alto de la entrada y descubro una enseña con este rótulo: _Establecimiento de caldo_. Yo lo leia y no me parecia prudente creerlo; mi mujer no lo creia tampoco.
Penetramos.... ¿Cuál no fué nuestra admiracion? Véanos el lector en una inmensa sala, cuyo techo está sostenido por delgadas y elegantes columnas de hierro. Hácia los lados hay dos filas de mesas de granito rojo. En la fila que circuye las paredes del establecimiento, cada mesa está separada por un aparato de madera bruñida, imitando biombos, con el objeto de impedir las corrientes del aire. Cada mesa tiene un mecanismo que provee á los comensales del agua de Selz, composicion que tiene por objeto quitar la crudeza al agua del rio, sin embargo de estar purificada. Enfrente de cada mesa hay un espejo de buen tamaño. En medio de la sala se ven dos torreones, como si fueran pedestales, decorados exteriormente por lozas finas. La parte superior de aquellos pedestales ó torreones está coronada de flores del tiempo, y por una figura de bronce, la cual arroja hácia lo alto un hilo de agua.
Rodéanles una verja circular, por entre cuyos hierros alcanzamos á ver los aparatos de cocina.
En fin, aquellos torreones, lo que nosotros creiamos altares, no son otra cosa que las chimeneas de aquel enorme establecimiento; altares consagrados á otro culto no tan elevado, pero no menos indispensable. Es bien seguro que no hay un templo en todo Paris, que cuente con una cofradía más constante, mas exacta, más fiel.
En los cuatro ángulos de aquel magnífico coliseo, porque coliseo parece, se hallan cuatro escaleras espaciosas, las cuales, conducen al piso principal, en donde hay otro órden de mesas, dispuestas como abajo.
Tiene una puerta grande de entrada, y dos laterales para la salida. Enfrente hay un hombre sentado que da las papeletas; en cada puerta lateral hay otro que las recibe con el sello encarnado, en señal de que la cuenta se ha satisfecho.
A izquierda y derecha están los mostradores de la oficina, y en cada uno dos señoras sentadas para la suma de las papeletas y la impresion del sello.
De manera que el personal del establecimiento consta del jefe, de tres contralores, cuatro señoras oficinistas, diez cocineras, veinticinco criados y multitud de dependientes, hasta el número de ciento diez individuos.
Caben holgadamente en ambos pisos quinientos ó seiscientos comensales, y no bajan de cuatro mil los que componen la parroquia ordinaria, produciendo un ingreso de 25 á 30.000 reales diarios.
El amo de este restaurant increible, lo es tambien del de la calle de Montmartre, mencionado ya, y de otros cuatro establecidos en diferentes puntos de Paris.
Resta saber á mis lectores que el poseedor de esta gran fortuna es un carnicero, el carnicero Duval, y que todo esto le ha venido de la carnicería.
Trabajo cuesta comprender cómo un comercio de esta índole, ha podido darle ganancias para irse creando una renta diaria de 8 á 10.000 reales.
El mismo Duval proyecta actualmente abrir una carnicería, por la parte de la Magdalena, en cuyo decorado y utensilios se gastará sobre un millon. Las vasijas para contener las cabezas de las terneras, serán de plata, y su peso no bajará de veinte arrobas cada una, sólo lo cual supone un valor de veinte mil duros, inclusa la mano de obra.
Bien es verdad que Paris carece de ejemplos análogos. El pasaje de Vero-Dodat, que vale algunos millones de francos, pertenece hoy á la viuda de un salchichero.
Imposible parece que una ciudad tan ideal, tan fantástica, tan exquisitamente poética, haga ricos de tal manera á los vendedores de salchichas y de lenguas de vaca; aunque este vendedor de lenguas de vaca, y aquella vendedora de salchichas, no son vendedores de cualquier modo: son artistas tambien.
Séanlo ó no, yo me guardaria muy bien de tomar esta circunstancia en desdoro del pueblo francés.
Duval es carnicero, y bajará al sepulcro. El ama del pasaje de Vero-Dodat es salchichera, y salchichera se irá á la sepultura. Aquí encuentro yo ese carácter consecuente, austero, honrado y laborioso, que distingue á los pueblos del Norte, á la raza sajona.
Si aquello ocurriera en algunas provincias de España, la salchichera se llamaria _la señora condesa de Vero-Dodat_, y el carnicero _el señor conde de la Cola Bermeja, del asta de ciervo_ (por no decir de toro), ú otra cosa por el estilo, y las familias de estos pobres magnates, ni sabrian ser magnates ni salchicheros; no sabrian ser nada, no serian nada, y hé aquí el cero conteniendo en su redondez negativa todas esas cifras sociales.
A los hijos del carnicero sucederia lo que hoy sucede á muchos _hijos de la historia, á muchos hijos de Pelayo_ que yo conozco, y de quienes no quisiera acordarme, como no se queria acordar nuestro Cervantes del lugar de la Mancha.
¿Qué era el feudalismo, la gerarquía de los señores, sino la holganza convertida en virtud suprema, en una especie de cánon sagrado?
Y ¿qué razon hay para llamar señor á quien nada útil hace, que para nada sirve, que á nada bueno aspira; que pone un brazo sobre otro brazo, y contempla así la obra universal, que así paga la deuda inmensa que contrajo desde que abrió los ojos á la luz, desde que recibió la caridad de tantos séres? ¿Qué razon hay para llamar virtud á una nulidad, para llamar sabiduría á un idiotismo?
Los españoles serian muy inferiores con su _condesa de Vero-Dodat_, á los franceses con el nombre sencillo y honrado de su _salchichera_.
En muchas provincias de nuestro país no se piensa sino en ganar cinco ó seis mil duros, para comprar un baston de borlas y hacer el doctor, ó el paseante en córtes.
Esta es la verdad, y tengo una sagrada obligacion de no ocultarla á nadie, especialmente á quien el consejo puede aprovechar, á quien tiene tambien obligacion de corregir sus vicios.
Y cuidado, que no soy yo de los que creen que este achaque de nuestro país viene del clima: esto es, de una necesidad de la naturaleza, de una hora mala que nos ha tocado en el reparto del dia providencial, no.
El clima de España no es de tal índole que el español deba abrir la boca y estirar los brazos, como los que moran en la orilla del Ganges; que deba dormirse como el natural de los valles de Cachemira; que deba evaporar su vida entre ópios, mujeres y aromas, como los árabes del Yemen.
Aquel achaque de algunas provincias de nuestro país, no procede tanto del clima, ni del genio de nuestra raza, raza tan activa, tan enérgica, tan creadora; la raza de Aténas y de Roma absorbiendo al mundo; no procede tanto de ese orígen, repito, como del cruzamiento de castas diferentes, de sus tradiciones y de sus hábitos.
En nuestro país domina más que en Francia ese idealismo oriental; esa atmósfera vaporosa de los asiáticos, la religion del éxtasis absoluto; orientalismo que unido á nuestro genio por la dominacion morisca y árabe, produjo una casta mestiza, indefinible; más indefinible en España que en pueblo alguno de la Europa: la casta de donde salieron el caballero andante, la dama idolatrada de los torneos, el aventurero de lanza en ristre, el poeta druida, el trovador guerrero, peregrino y apasionado; la casta que empezó á deslindarse en dos grandes períodos de hazañas heróicas y de crueldades terribles; dos períodos representados en primer término por dos hombres muy célebres, el Cardenal Cisneros y D. Juan de Austria.
La famosa batalla de Lepanto no es otra cosa que el deslinde de dos caractéres confundidos; el deslinde entre el genio latino y el genio asiático, entre la Europa y el Oriente.
Pero tengo que dar de mano á otras muchas consideraciones, que acaso no se adaptan á la índole de los cuadros que aquí me propongo bosquejar.
Decia que nuestros conatos de ocio y de caballerismo fantástico no proceden del clima, sino de la mezcla de sangre y del imperio de la costumbre.
Llevad el pueblo catalan á la Andalucía, y el pueblo catalan será laborioso; no lo será tanto como viviendo entre peñascos de donde ha de arrancar el pan que come y el vellon que viste; pero será siempre trabajador.
Haced que el pueblo vascongado ocupe la Grecia ó la Italia, y le vereis emprendedor siempre, siempre atareado, siempre moviéndose y realizándose en todas las esferas de su actividad.
¿Por qué? Porque los vascongados y los catalanes, así como los mallorquines, tienen más elemento germánico, más raza scita, más hábitos de aquel elemento, más tradiciones de aquella raza.
Por el contrario, Andalucía, Valencia, Murcia, Alicante, el mismo Aragon, tienen más de ese hombre que se acuesta á lo largo de un diván, que abre la boca para aspirar las brisas de la tarde, que sujeta á veces la respiracion porque la ahogan los perfumes, que empaña el aire con las bocanadas voluptuosas de su pipa, ó que se disputa á la experiencia de la vida, cerrando sus ojos entre las ruinas veneradas de un mausoleo, bajo la copa de un ciprés, á la sombra de una palmera.
Los franceses son más sajones; están más depurados de la raza árabe, en cuanto á la industria y al comercio, aunque en cambio han exagerado la voluptuosidad del Oriente en las creaciones del arte.
Los españoles caminan hácia allá, caminan á grandes jornadas, de una manera fabulosa; pero la Francia les lleva un siglo en este viaje. La verdad, en su puesto. Así pago, así paga _un cafre de allende el Pirineo_, el insulto cobarde de un novelista mal educado y aturdido.
Almorzamos bastante bien en el _establecimiento de caldo_ de la calle de Montesquieu, y á las seis y media de la tarde entrábamos en el restaurant de San Jacobo, calle del Rívoli, en donde ya nos esperaban el viejo Lesperut y su hijo Hipólito, teniéndonos reservados dos asientos en su mesa. El venerable veterano se levantó inmediatamente que nos vió entrar, y nos alargó una mano trémula; pero que aún conserva el santo calor del cariño.
No habiamos terminado los primeros cumplidos, cuando el viejo tenia los ojos arrasados en lágrimas.
La comida fué mala, muy mala para nuestro gusto; pero una circunstancia la salvó: estaba embellecida por la amistad, por la franqueza decorosa y por la buena fe.
Entre los diferentes sucesos que referimos al anciano, no omitió mi mujer la aventura de los tres platos de carne, de las tres sopas, de las tres legumbres y de los tres postres.
Lesperut nos dijo que no habiamos sufrido engaño alguno, puesto que aquello era una costumbre admitida en Paris.
Aquel aviso significa que los comensales tienen tres platos diferentes, de los cuales pueden elegir el que más les guste.
Lesperut se sonrió luego y añadió con extrema bondad: desde luego se ocurre que no habrá inventado esa costumbre ningun extranjero.
En efecto, la costumbre en cuestion no es ni puede ser otra cosa que una añagaza, inventada por el cálculo nacional para alucinar al hombre no conocedor del país. Yo no puedo suponerme tan inexperto, que vaya á presumir que sólo yo he sido víctima de aquella argucia. ¡Cuántas aves de paso habrán caido en las mismas redes!
Terminado por fin aquel banquete de familia, Lesperut se empeñó en llevamos al café que da vista al paseo del Palacio Real. Yo abrigaba el mismo proyecto, pero no tuve títulos para disputarle el derecho de agasajarnos. Estaba en su país, en su casa: él era el patron.
Al bajar la escalera del restaurant, el viejo soldado se cogió del brazo de mi mujer, con esa perfecta posesion con que un padre ó un abuelo se coge del brazo de su hija ó de su nieta.
Lejos de causarme inquietud ó embarazo alguno aquella buena fe cordial y espansiva, sentia veneracion y regocijo. Lesperut creia á no dudar que en aquel instante le acompañaba la _administradora de correos_, á quien ama con gran ternura, y no habia motivo para desencantarle de aquella ilusion virtuosa.
Estuvimos en el café hasta las ocho, y despues nos fuimos á sentar en una espaciosa glorieta que hay en medio de aquel paseo animadísimo, arca de la fuente donde los niños echan barquichuelos, ocupacion que es de mi gusto.
El viejo nos contó la siguiente historia, nutrida de detalles y pormenores que yo creo conveniente omitir, en gracia de la brevedad.
Habia ó hay un magnate francés, á quien las adversidades políticas llevaron emigrado á Lóndres. Allí contrajo relaciones con una señora, de la cual tuvo varios hijos, y á quien consumió una fortuna que consistia en diez y ocho ó veinte millones de reales.
Los tiempos mudaron, el emigrado pudo volver á su país, la suerte coronó sus fines, y juzgó llegada la hora de casarse, pero no con la inglesa, no con la madre de sus hijos, que permanecia en su país.
Sabedora la inglesa de los proyectos de su antiguo amante, vuela á Paris, habla con la futura esposa del personaje de esta aventura, la dice que no solicita que el padre de sus hijos les cumpla una promesa que habia empeñado tantas veces, sino que reclama el influjo de ella para que el padre no prive á sus hijos de la fortuna que tenian, y de la que les habia desposeido el antiguo emigrado de Lóndres.
Se ignora lo que hizo la futura esposa del magnate en cuestion; lo que se sabe es que á los pocos dias de esta entrevista, la inglesa recibia una órden de destierro, sin obtener auxilio alguno.
El magnate se casó por fin con la mujer que habia elegido últimamente, y tuvo de ella un hijo. Pero este hijo, por cierta circunstancia que debo callar, no deja satisfechas las aspiraciones de su padre, y hay quien espera que por último repudiará su esposa.
Si esta mujer influyó cruelmente contra la inglesa; si desconoció y afrentó de aquel modo los sagrados derechos de una mujer burlada y de una madre empobrecida; si esto es así (yo no lo afirmo, me guardaria muy bien de afirmarlo); si despues de esto aquella mujer se ve repudiada; si la nueva madre se encuentra defraudada y perdida en su corazon, puede decirse que la maternidad vino á suplir la falta de la ley que no castiga sino los delitos menos horrorosos, los delitos del débil y del pobre. Puede decirse que la maternidad, ese bautismo santo, esa hora divina de la mujer, vino á vengar en una esposa y en una madre el desafuero perpetrado en una madre y en unos hijos.
¡No hay que hacer de la vida un convidado de piedra, porque á lo mejor habla la sombra de D. Gonzalo!
Mi mujer y yo hemos tenido un pesar grave. Á través de la más delicada reserva, entre palabras de consuelo con que el buen Lesperut se anima, hemos penetrado que su hijo Hipólito le ocasiona sinsabores profundos.
¡Pobre viejo! ¿Quién habia de presumir que bajo aquella barba, blanca como la nieve, lustrosa y limpia como el raso, debian ocultarse las penas que causa un hijo desagradecido y volátil?
Desde este momento pierde Hipólito una gran parte de nuestra estima.
Al despedirnos de Lesperut, le manifestamos que no podriamos vernos al dia siguiente, porque habiamos determinado ir á visitar la famosa fábrica de Sevres, pasando desde allí á Versalles, tanto para ver su gran palacio y sus magníficos museos, como para recibir algunas impresiones de una escuela célebre, muy célebre, muy justamente célebre: la escuela _del pintor Vernet_.
Estábamos en el hotel á las doce. Tomamos un poco de salchichon y de jamon en dulce, más una copa de macon por remate. ¡Poder de Dios, qué vino! Ni es ágrio ni amargo, y es amargo y ágrio, y tiene otra cosa que no sé definir.
Apostaria la cabeza á que no fué este vino el que bebió el capitan Gerardo Lobo cuando escribia:
Ahogo despues mis anhelos En ese licor divino A quien otros llaman vino, Porque vino de los cielos.
Siempre que bebo ... no, esto no es beber; es atragantar. Siempre que atraganto una copa, tengo que parodiar por fuerza las últimas palabras de Bruto.
¡Oh virtud, sombra vana, esclava del azar, Ay del que en tí creyó! _¡Oh vino, hiel mestiza que me haces patear. Ay del que te bebió!_
Lector mio, hasta la vuelta de Sevres y de Versalles.
=Dia décimo séptimo=.
Sevres.--Las dos figuras.--Importancia social y artística de una fábrica de porcelana.--Versalles.--Sus Museos.--La escuela Vernet.--Impresiones varias.--Vuelta á Paris.--Encuentro en los Campos Elíseos.
A las ocho de la mañana estamos en la plaza de la Concordia, con el fin de tomar el ómnibus que á las ocho y media parte para Versalles, haciendo escala en Sevres.
Nos proveemos de dos billetes de interior, ocupamos nuestros asientos, la hora se acerca, los viajeros se dan prisa, la bocina del conductor da la señal, muévese el carruaje y los Campos Elíseos quedan á la derecha.
He dicho carruaje, y en verdad que no es este el nombre que más le cuadra.
El ómnibus que nos conduce es una lancha cañonera, y una tribu que anda dentro de una casa de palo. En el imperial van veinte pasajeros, otros veinte en el interior, dos conductores en el pescante, y uno en la escalera de caracol con que termina el ómnibus, por donde se sube al imperial.
Siendo generalmente llano el camino de Paris á Versalles, la compañía de estos ómnibus ha hecho construir una vía férrea, la que no sólo evita peso á los caballos, sino que facilita extraordinariamente la velocidad.
A la hora y media, minuto más ó menos, estamos en Sevres.
La historia y descripcion de la fábrica nacional de porcelana establecida en este punto, haria necesario un tratado completo sobre la materia, tarea que no cabe en el plan que me propuse al escribir estos estudios.
Con tal motivo, advierto á mis lectores, que no me fijo tanto, ora en la historia de los hechos, ora en su importancia privada, como en la influencia social que puedan ejercer, acerca de lo cual juzgo yo por las sensaciones que en mí producen.
Entre los magníficos jarrones, floreros y varios utensilios de vajilla que hemos visto, voy á hacer mencion de dos figuras que pertenecen á otro género.
La primera representa á un viejo sentado en un sillon, y á una jóven de pié, presentándole una jícara de chocolate.
La segunda representa á una jóven sentada como el viejo, y á un jovencito que la ofrece un presente de amor.
Las cuatro figuras tienen tules ó encajes estrechos en los remates de sus vestidos, segun el gusto de la época.
La persona que nos conducia nos preguntó, señalando á los tules que decoraban los remates de aquellos trajes:
--_¿Qué creen ustedes que es esto?_
Yo respondí:
--Creo que es un tul que se ha unido á la porcelana.
Pregunté á mi mujer, y mi mujer creia como yo que era tul.
Nuestro guia se sonrió en señal de triunfo, diciéndonos que no lo habiamos mirado bien.
Nos fijamos más; pero no conseguimos sino ratificarnos en la idea anterior de que aquello era encaje.
Aún á trueque de quebrantar los estatutos de la casa, la persona que nos conducia nos permitió que tocáramos el ribete en que nosotros veiamos positivamente una blonda.
Tocamos; aquel tul no era tul, sino porcelana. Mi mujer y yo permanecimos un poco cortados, puesto que repetidamente hicimos muestras de no creer lo que aseguraba nuestro guia.
Le habiamos desmentido de una manera que le honraba, porque honraba al establecimiento; á veces un mentís es una victoria; pero al cabo le habiamos desmentido.
Vamos ahora al efecto de las figuras.
Al ver al viejo sentado en su poltrona, con la espalda un tanto caida sobre el pecho; con la frente un tanto caida tambien, como si las canas la agobiasen: al ver sus ojos que de soslayo y furtivamente miran á la muchacha como el milano mira á la tórtola, reflejando de un modo tan característico _la sábia malicia de la experiencia_; al estudiar la cara de aquel hombre, cuya mirada fraudulenta parece pasearse sobre la jóven, no pudiendo adivinar nosotros si se entristece, ó si se extasía devorando un goce que ha muerto en su organizacion, pero que vive y que palpita en su memoria y en su ansiedad: al mirar aquel corazon que ya no late en aquella vejez; al mirar aquella vejez que late aún en aquel corazon: más todavía; al contemplar las piernas del viejo, cruzada la una sobre la otra, mientras que la derecha parece moverse como si quisiera decirnos: _¡quién habia de pensarlo! ¡Quién habia de pensar que aquellos tiempos pasaran tan pronto!_
Al estudiar tambien la actitud de la jóven que está de pié á su lado; al estudiar aquel aire confuso y vacilante, como si se hallase cercada por la mirada ávida del viejo, semejante á la cierva que oye gritos por todas partes y no sabe de qué modo huir, ni á qué punto correr: al estudiar el efecto admirable con que inclina la mano derecha que tiene la taza, mientras que la taza se ladea y va á verterse el chocolate; al comprender aquel doble efecto de la mano, doble digo, porque su inclinacion procede tanto del peso natural del plato y de la jícara, como de aquella especie de aturdimiento que la atribulaba: al contemplar estas figuras un hombre dotado de la emocion del arte, no puede menos de llegar á la evidencia perfectísima de que ni la escultura ni la pintura harian más.
Vamos al otro grupo.
La jóven está sentada en una silla; pero sentada como se sienta una muchacha que vive menos en sus órganos que en su sentimiento; como se sienta una mujer que todavía no ha amado, y cuya aspiracion suprema es amar; como se sienta esa mujer cuando tiene delante al hombre que ama. No se sabe si está sentada en una silla, ó si flota en el aire, como se mece un nido en el árbol, cuando lo agita el viento.
Mira hácia abajo, mientras que con el dedo pulgar y el índice coge un pliegue sutil en su falda. Entreabre y frunce los labios con violencia, como si temiera que se la va á escapar su secreto; y significando de un modo confuso la duda, el rubor y esa fantasía indecisa de un deseo vírgen, de un primer deseo; esa alucinacion con que nos seduce la idealidad milagrosa de una esperanza que nunca se ha sentido; la alucinacion que nos causa el agüero de un mago, cuando creemos en la mágia.
La situacion embarazosa y complicada de la jóven, contrasta vivamente con la sinceridad ingénua y cándida que destella el rostro de su amante.
¡Qué grupos tan portentosamente comprendidos, tan portentosamente ejecutados!
En fin, cualquiera que vuelva los ojos á estas figuras, pronunciará indudablemente las mismas palabras que llevan escritas al pié de cada grupo.
La del viejo dice: _¡si la vejez pudiera!_ (Si vieillesse pouvait!)
Y la del jóven: _¡si supiera la juventud!_ (Si jeunesse savait!)
Es una moralidad picaresca, punzante, pero oportuna, graciosa, habilísima: la moralidad del pueblo francés; _el golpe mágico del palaustre_.
A su tiempo hablaré á mis lectores de una fábrica de tapicerías, titulada de los Gibelinos, la primera que existe en el mundo.
La fábrica de Sevres es en porcelana lo que los Gibelinos en tapices. El Japon es muy superior por lo precioso de la materia; pero no por lo hábil del trabajo.
Bien, se dirá por alguno: ¿qué significa esa fábrica de Sevres? ¿Qué es? Un horno que funde jarrones, flores y vajillas para los reyes, para los grandes, para los ricos, una fábrica de preseas.
No, amigos mios, no: si así fuese, bien sabe Dios que no hallaria aquí gran cosa que admirar. Los hechos no pueden mirarse de ese modo, de un modo egoista. La fábrica de Sevres, como la manufactura de los Gibelinos, tiene un sentido mucho más alto, otra clase de elocuencia social.
Estas dos fábricas son dos monumentos que un pueblo entusiasta y creador erige á la industria elevada, inteligente, liberal; esa industria, que arrancando sus obras de la miseria de su precio, de su venalidad, de su tarifa, las hace infinitas como el genio representado por una estátua, y trasmite su última plenitud, su personalismo más trascendente á las tareas del espíritu humano.