# Un paseo por Paris, retratos al natural

## Part 15

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Un hombre ponia candentes unas varas de hierro, las cogia con la necesaria precaucion, se acercaba de un modo imprevisto á sus criados, y les quemaba las piernas, los brazos ó el cogote. Los criados saltaban, gritaban, hacian gestos, y aquel hombre se distraia tambien con aquellos gestos, con aquellos saltos, con aquellos gritos.

--_Así me recreo yo_, podria contestaros aquel hombre.

No os disputo el derecho de divertiros; sino el derecho de divertiros contra lo que se debe al decoro, á la moral, al hombre, porque no hubo, ni hay, ni habrá nunca derecho para obrar contra el hombre, contra la moral, contra el decoro; de la misma manera que no hubo, ni hay, ni puede haber luz en el espacio para derramar las tinieblas en nuestra pupila.

Recrearos, sí: recrearos á costa de un semejante vuestro que hace el gato, el perro, el gallo, la gallina, el lobo, hasta el cocodrilo, si cupiera: no, mil veces no. Eso no es recreo, porque no es arte, porque no es humanidad, porque no es ni decencia.

--Si aquí vivieras algun tiempo, le contesta: si aquí perdieras ese gusto extranjero que te presenta como repugnantes los hábitos de esta sociedad, acabarias por asistir á estos espectáculos y por recrearte como nosotros.

Tampoco me convence esta prueba. En una ocasion padecí vigilias, hasta el punto de estar diez y siete dias sin dormir un instante. El médico me aconsejó el ópio; yo me negué, y recuerdo que el médico me decia: si usted se acostumbrara á usar de aquel narcótico, lo usaria al cabo como ahora puede usar de los dátiles, por ejemplo.

Puedo acostumbrarme á los cafés cantantes, como puedo acostumbrarme al ópio, al veneno, á la disolucion. ¿De qué manera?

Relajando mis aptitudes físicas y morales; destruyendo en mi organizacion la ley natural, el dogma de mi sér.

Si hay razon para decir que me acostumbraria á una accion degradada, y que llegaria á gozar en ella, habrá razon tambien para que el bandolero me diga: _vente con nosotros, desecha escrúpulos, no temas. Luego que te acostumbres, nuestra vida errante te hará gozar con los peligros de una hazaña; nuestra cueva te parecerá tan hermosa como un palacio; te creerás un héroe, como nos lo creemos nosotros_.

Si vale raciocinar de esta manera, no hay criterio en el mundo.

Aún considerado únicamente como recreo, como _medio de digestion_, mi estómago se levanta mal humorado, y es un testigo que depone inexorablemente contra un espectáculo semejante.

Sin embargo de que no soy francés, haria cualquiera sacrificio á trueque de lograr que este pueblo no _digiriera alegremente_, que este pueblo no hallara goces al presenciar que un hombre se agacha, se pone en cuatro piés y ladra como un perro.

¡Contradicion inconcebible! Yo comprenderia que esta degradacion no repugnara, cuando la persona degradada fuera un inglés, un cafre, un indio; pero ¿cómo no he de acostumbrarme cuando es un hijo de esta nacionalidad tan celosa de su reputacion?

Digo del payaso de estos cafés cantantes, lo que del verdugo. Para persuadirme de la inconveniencia social de que existan prácticas tales, me basta saber que hacen de un hombre un oficio infame y burlesco, una sátira.

En nombre de la conciencia humana y del genio de nuestro país, suplico á España que importe en buen hora la costumbre del café cantante; nada más natural que se recree y se civilice oyendo cantar en un café, quien no puede ir al teatro: esto tiene una gran influencia moral, puesto que levanta el sentimiento de la clase trabajadora, y la da decoro, porque la da estimacion de sí misma, y la separa de hábitos viciosos, únicos donde antes hallaba la satisfaccion de ciertos goces, goces que son la recompensa inevitable de muchas horas de fatiga: traiga en buen hora un recreo digno y moralizador; pero de ninguna manera el payaso; de ninguna manera la sátira.

Si tras de lo uno ha de venir lo otro, que se queden ambos allá. Por mi parte, renuncio á ese legado de una civilizacion falsa y ruin, una civilizacion que merece este nombre, como merece el bandolero la calificacion de héroe.

Venga el canto; venga la bella arte; vengan la moralidad y la instruccion de una cultura poderosa; la cultura del sentimiento; que no venga la infamia. Doloroso es que allí quede; pero más doloroso seria que allí se quedara y aquí viniera.

Sentiria un vivo pesar, si viese alguna vez reproducida en mi país esta costumbre degradante.

¡Qué! ¿Juzgas quizá que tu país es más morigerado que Francia?

No; no creo eso. Creo que los españoles de hoy son más dados al crímen que los franceses; creo que en España se cometen muchos más delitos, creo que la ventaja á favor de este pueblo es muy notable; pero creo, sin embargo, de que en España hay más sentimiento moral, más gérmen de conciencia, más virilidad y más fortaleza en nuestras acciones. Creo que veria en aquel payaso un artificio servil y grotesco; _un buen humor_ que no haria las mejores migas con el respeto que nos debemos por nuestra propia dignidad. Esta es la palabra, á mi modo de ver. Me parece que los españoles somos más _amantes de nuestra dignidad_.

Nuestra tierra está peor cultivada; sí, doy la razon á Francia en este sentido; pero mal cultivada y todo, me parece que si se escarba se encuentra más jugo.

¿Cómo se explica ese fenómeno?

No es este el lugar de la explicacion.

Pagamos un franco por el té, otro franco por la pequeña copa de vino de Madera, y otro por los bizcochos, el doble de lo que dichos artículos valian. Yo los hubiera dado con gusto, á no haber mediado _el hombre que ladraba_. Esta memoria me amargará toda la vida el corazon.

A las ocho estábamos en la calle de Lepelletier, ante el teatro de la Grande Opera.

El local en donde se expenden los billetes está lleno, aún no han abierto el despacho, y no hay más remedio que ir á contaduría, sin embargo de que cada asiento nos costará un franco ó dos sobre la tarifa ordinaria.

Esto está dispuesto con intencion. Abren el despacho general media hora antes de comenzar el espectáculo, y este tiempo basta difícilmente para expender los billetes de las localidades baratas. Así sucede que casi todas las localidades de preferencia tienen que buscarse en contaduría, pagando un sobrecargo de cuatro, ocho y hasta diez reales por asiento, lo cual monta á una suma muy respetable en el trascurso de una temporada.

Un jóven saboyano nos guió á contaduría, y nos proveímos de dos asientos de palco principal, únicos que quedaban pareados, mediante once pesetas cada uno.

Penetramos en el teatro, cuyo pórtico no deja de tener cierto aspecto de majestuosa austeridad. Una escalera espaciosa y bien iluminada nos conduce al piso primero. La sala de descanso, aunque provisional y un tanto estrecha, ofrece una vista imponente. Tiene de longitud toda la anchura del teatro, longitud que aparece triple por el juego de espejos en las extremidades; está alumbrada con profusion y decorada con sencillez y gusto.

La presencia repentina de esta gran sala impresiona muy bien.

Los pasillos son anchos, hay tanta luz como si estuviéramos en medio del dia, y todos los contornos exteriores de la escena suponen un interior brillante. La impresion decae en este sentido, y decae mucho. La vista interior del teatro de la Grande Opera, está muy distante de llenar la ilusion de que el extranjero se deja ganar al subir la escalera, al atravesar los pasillos, y al prolongar una ojeada casi respetuosa á lo largo de la brillante sala de descanso.

La gran elevacion del teatro le comunica cierto aire solemne, pero sombrío, patético. Parece más teatro de tragedia que de canto y de baile.

Los patios de nuestros teatros, tan bulliciosos, tan variados, tan bellos, no tienen en este notable edificio un lugar que se le parezca. En vez de butacas, hay banquillos mezquinos y espesos. Las señoras no tienen allí entrada; de modo, que no se alcanza á ver sino un grupo uniforme, silencioso, triste. Parece que aquello está ocupado por un solo hombre; un hombre que se hacina de la misma manera en todas partes.

Los palcos son cortos y profundos, lo cual hace que la concurrencia no se pueda mostrar completamente, comunicando al todo la gracia de la variedad y la grandeza de la muchedumbre. Lo único que produce un efecto verdaderamente teatral, es el anfiteatro, circuido de graciosas barras doradas, con lujosos asientos accesibles á la mirada de los espectadores.

Esto no es decir que el teatro de la Grande Opera no sea un magnífico coliseo, tanto por su extension, como por sus trabajos de pintura, escultura, dorado, y por su excelente y bien servida escena. Lo que digo es, que este magnífico coliseo no se presenta á nuestros ojos tan magnífico como lo habia imaginado nuestra fantasía; como debia serlo, atendida la importancia de una ciudad como Paris.

Este teatro no está á la altura de las Tullerías y del Louvre, del Panteon, de la Magdalena, de Nuestra Señora de Paris, del Luxemburgo, del Cuerpo Legislativo, del Senado, del Arco de la Estrella, de la Bolsa, de las Casas Consistoriales ó del Palacio de la Industria.

No temo decirlo. Esta gran ciudad no tiene un teatro; lo tendrá, el nuevo teatro será tal vez el primero del mundo en riqueza y arte, pero hoy no lo tiene.

Cuando se gira en un espacio grande, todas las distancias parecen pequeñas; acaso mi cálculo se equivoca; pero comparada la idea que tengo del teatro Real de Madrid, con la impresion que este coliseo produce en mi ánimo, el teatro Real se me ofrece más rico, más animado, más hermoso, más deslumbrador: me deja más el gusto de lo que debe ser un teatro.

No hablo de la propiedad y del servicio de la escena. Creo que es muy superior la que aquí miro, no sólo en ornato, sino especialmente en carácter. Aquí cada decoracion es lo que debe ser, y no se halla minuciosidad que no esté satisfecha cumplidamente.

Esta noche se repite la ópera _El Profeta_, puesta en escena cincuenta y ocho veces, lo cual supone que ha dado lugar á una entrada por valor de cuatro ó cinco millones de reales.

La poesía es francesa; la música, francesa; los cantantes, franceses.

Es verdad que este espectáculo no tiene el sabor de la ópera italiana. Digo de la poesía, de la música y aún del canto, lo que antes dije de las estátuas; lo que diria de las nubes, de las flores, hasta de los granos de arena. En Italia todo es más bello, porque todo tiene la triple belleza del cielo, de la tierra y de la historia. Sí, Italia es más bella hasta en sus infortunios, en sus ruinas, en sus lágrimas; pero bello es tambien un pueblo cuya infatigable creacion ha sabido dotarse de una escuela que no está en su índole; una escuela en cuya formacion ha tenido que lograr del deseo y del trabajo, lo que le negaban la tradicion y el genio: bella es esta Francia agrupando á sus hijos bajo el sentimiento generoso de un arte suyo. Yo la aplaudo, la honro, la venero tambien; yo saludo con entusiasmo esta solemnidad, producto increible de tantos conatos y tantos esfuerzos, mientras que deploro que una generacion más poética, más artística, más árabe, fluctúe todavía entre la degradacion del drama y de la ópera. Deploro que España, la Italia del Océano, como la Italia es la España del Mediterráneo, ande todavía á vueltas con esa confusion, con esa algarabía que se llama _zarzuela_.

En este momento viene á mi memoria el teatro de Jovellanos, y ¡cuan mezquino me parece!

No obstante, hay que ser justos. Tengo para mí, como cosa evidente, que la zarzuela es una mezcla impura y hasta repugnante para toda persona que tenga la emocion del arte verdadero; pero si la zarzuela ha de hacer en España lo que el _vaudeville_ ha hecho en Francia; si consideramos en ella un medio que ha de conducirnos á la posesion del verdadero arte, tenemos que aceptarla como una elaboracion nacional que ha derribado una antigua taberna, para levantar un nuevo coliseo; una elaboracion que representa ya una gran suma de intereses y de profesiones; una influencia poderosa que comunicará á la muchedumbre un gusto transitorio, el cual la empujará hácia el gusto definitivo: esto es, hácia la _ópera española_. Á este fin deben dirigirse todos los esfuerzos. Si así no sucede, nos sobrará razon para decir que anda por medio la ignorancia ó el egoismo. Entre tanto, más vale algo que nada. El adagio que dice _para poca salud más vale ninguna_, es anti-cristiano, es inmoral.

La ópera _El Profeta_ se ha ejecutado, no con esa liberalidad inspirada y espléndida del genio italiano; pero sí con una grande maestría, no sólo en la parte de canto, sino en el servicio de la escena y en las disposiciones dramáticas de los grupos.

En cuanto al libreto, baste decir que es un drama francés: hábil, muy hábil; pero acompañado perfectamente _de sombras chinescas_. Aquí se canta, se baila, se reza, se siega la míes, se recoge y se patina. La operacion de patinar duró arriba de cinco ó seis minutos, y el público unánime aplaudió á toda orquesta. Es verdad que patinaron maravillosamente; pero mientras que corrieron patines, yo vi correr patines; pero no vi la ópera. En resumidas cuentas, la ópera fué acaso lo que menos aplaudió el auditorio.

Soy el primero en reconocer su habilidad singularísima á este arte; pero estoy viendo que tanta habilidad no consiste las más de las veces, sino en causar efectos contra la verdad de las cosas. _Hagamos sentir, despertemos impresiones nuevas, y lo demás salga por el postigo._

La accion pasa en Holanda; en Holanda hay lagos helados; sobre estos lagos patinan los hijos del país. Pues bien, ensayemos diez ó doce parejas de ambos sexos durante quince ó veinte dias, y demos este nuevo espectáculo al pueblo parisiense. Los patines tienen que ver con la accion que se representa, como yo con el califa de Badgad; pero si la ópera no tiene que ver, tiene que ver la empresa, tiene que ver el público que aplaude á los _patineros y patineras; el público que digiere agradablemente viendo patinar; esto conviene al negocio_, y el arte calla, cede, entra en el club, se hace cómplice. En cambio se hace rico. Es un drama á que conviene este doble título: RICO Y CÓMPLICE.

No niego á la escuela francesa grandes arranques, grandes gérmenes de progreso, intencion deliberada y profunda alguna vez, pero la lógica y la conciencia, el juicio y la moral, salen generalmente con los tiestos en la cabeza.

El lector supondrá que no he venido á la Grande Opera, con el sólo objeto de ver la ópera y el teatro, cuando hay otros objetos dignos de curiosidad y de estudio. Me trae el deseo de conocer, aunque no sea sino á vista de pájaro, la sociedad de alto coturno.

Con este fin estuve muchas veces en la gran sala de descanso, y atravesé otras tantas los pasillos y las avenidas del anfiteatro y palcos principales.

Entre algunos ornatos de un efecto bien comprendido ¡cuántas composturas exageradas y ridículas! ¡Cuántos disfraces! ¡Cuántas máscaras! Recuerdo que una señorita llevaba en la cabeza un aderezo, que difícilmente podria pasar en la cabeza de un caballo de gala.

Es indispensable asistir á estas escenas prácticas de la vida, para aprender, á costa de dolor y de hastío, cuán fecunda y moralizadora es la naturaleza.

Sin quererlo nosotros, ¡con qué evidencia se aprende aquí que los postizos en la mujer hermosa, sólo son buenos para desfigurar su hermosura: que los postizos en la mujer fea, sólo son buenos para añadir un realce nuevo á su fealdad!

¡Con qué lucidez comprendemos aquí que una mujer sencilla no puede ser nunca repugnante, porque no puede repugnarnos una belleza!

¡Pasion desdichada! ¡Cuántas mujeres se arruinan buscando fealdad en el ridículo, mientras que el cielo las da gratis la belleza de la sencillez!

¡Yo siento esta evidencia en medio de este foco deslumbrador, y bendigo al genio providente que hace del tiempo un vaso indestructible, en donde deposita la emanacion divina de su verdad!

Salimos del teatro á las doce y media. Esperamos que la calle de Lepelletier se despejase un poco de los infinitos carruajes que la ocupaban, y yo no podia menos de decirme entre tanto, al mismo tiempo que contemplaba el frontispicio de la Grande Opera: ¡qué poco sabrá más de un espectador las intrigas y los misterios que se disputan las horas del dia y de la noche, bajo la techumbre de esa enorme bóveda!

Ahí, en ese teatro, en ese harem de Europa, se revuelven trescientas ó cuatrocientas bailarinas, redoma donde queda encantada una gran parte de la aristocracia de Paris. ¿Comprendeis de este modo que el director de ese teatro sea uno de los primeros personajes de esta ciudad casi fabulosa?

No puedo decir más.

Llegamos al hotel á la una, y así terminó el dia décimo cuarto.

=Dia décimo quinto=.

Lesperut.--Anatomía de la vejez.--Restaurant de la calle de Montesquieu.--Elemento sajon.--Elemento árabe.--Restaurant de San Jacobo.--Historia de un magnate francés.--Pesares de Lesperut.--Proyecto de visitar á Sevres y Versalles.

Lo primero que hemos hecho al despertamos, ha sido hablar del viejo Lesperut. Su memoria nos preocupa extraordinariamente. Hemos hablado mucho de su aire franco y cariñoso, de la trasparencia que creimos ver en su cútis, de una diafanidad especial que está pintada en todo su semblante, como si participara en cierto modo de la inmensidad de la muerte. De idea en idea, de reflexion en reflexion, hemos llegado á hacer casi una anatomía de la vejez.

Cuando proyecté escribir estos apuntes, ofrecí al lector en mi conciencia no ocultarle nada de lo que yo pensase y sintiese. Estas insignificantes reflexiones pertenecen tambien á mis benévolos y queridos lectores.

Yo creia hasta ahora que en la vejez no habia más que un período. El viejo Lesperut me ha enseñado que existen dos, y por señas que son bien diferentes.

En el primer período descubro cuatro caractéres dignos de un estudio curioso y apasionado. ¿Quién no ha visto canas en la cabeza de su padre ó de su abuelo? ¿Quién no ha de tratar con un anciano? Yo puedo decir que en las siguientes consideraciones me ha guiado menos el juicio que la pasion. En la memoria inextinguible de mi padre, amo la memoria de un viejo.

¿Cuáles son los cuatro caractéres de que hablé?

La reserva, la intolerancia, la censura y el egoismo.

La reserva es el producto de los desengaños.

La intolerancia es el resultado inevitable del que ha aprendido; pero que ya no puede aprender, y vuelve los ojos tenazmente hácia lo que aprendió. Sin esto, no sabria nada ó casi nada: ¿cómo ha de conformarse en creer que la vida no ha dejado en sus canas ninguna ciencia, cuando esas canas representan la ciencia de la vida? Sus cabellos blancos y sedosos son oráculos para él. ¿Quién va á persuadir á un oráculo contra sus profecías?

Así como la intolerancia viene del juicio, de la inteligencia, la censura viene del sentimiento. La censura es la intolerancia del corazon, como la intolerancia es la censura del discurso.

El viejo no puede sentir, no puede gozar, y reniega de aquello que ya no puede poseer. Desea, pero desea en balde, y este mismo deseo le hace apóstata de los bienes que está deseando. Es como el amante que ama con tal delirio, que da veneno al propio objeto de su amor.

El viejo no puede gozar; y cree que en el goce no están las condiciones morales y elevadas de la vida; cree que es un sueño, una decepcion, un frenesí: hé aquí el censor perpétuo de la juventud.

El egoismo es el carácter más universal y más profundo de la vejez, porque se refiere á objetos que tocan más inmediatamente su existencia.

La reserva, la intolerancia y la censura se refieren á la opinion extraña: el egoismo asienta su pié sobre el instinto de la conservacion, es como una gota que cae del manantial de la vida.

El viejo observa que la vida se va, y cuanto más léjos la ve, con más ánsia la quiere seguir. No le disputeis eso, no disputeis con él para persuadirle de que sus ojos no deben ver, de que su sangre se debe helar, de que sus sienes no deben latir; para persuadirle de que esa creacion cuyas maravillas arrancan una fervorosa y sublime plegaria de su boca trémula, debe desaparecer en un instante ante la aparicion enlutada de un ataud. No le hableis sobre el particular; si le hablais, vereis que el viejo se frota las manos y encoge los hombros en señal de conformidad religiosa; pero si penetráramos en su alma, veriamos que se frota las manos para despertar el calórico, ese calórico que parece ser en los ancianos la esencia íntima del deseo. El viejo aparentará conformarse, os sonreirá, si conviene; pero estad seguros de que en aquel momento os odia; estad seguros de que una sonrisa de hiel vierte una lágrima sobre su corazon.

¡Ay del mundo, si se rociára la cabeza con aquella lágrima!

No le hableis al viejo del sepulcro, por la misma razon que no debeis hablar al niño de la cuna.

Haced de modo que una criatura diga á un viejo: _¿abuelito, qué hará usted en la sepultura?_

_¿Abuelito, hacia usted muchas travesuras cuando era niño?_

Estudiad la cara del viejo al oir estas dos preguntas, y este estudio nos dirá más que toda la filosofía teórica.

Hay otra razon para que el anciano sea egoista en el primer período.

Vuelve la vista, descubre un gran espacio de tiempo, cree dominarlo, cree poseerlo, en esta posesion está toda su vida, y su vida es suya. El anciano se juzga amo de ese tiempo que él ha medido, como el geómetra se juzga amo de su compás. El anciano dice en sus adentros: _todo eso es mio_; ¿quién es ninguno de estos recien venidos, de esos forasteros, de esos imberbes, para disputarme la religion de mi memoria, mi memoria que es mi cendal de lágrimas y mi corona de laurel, mi martirio y mi poesía.

_Todo eso es mio, el que lo toque es un profano._ Sabe que el hablar tiene sus peligros, y calla: hé aquí la reserva. Cree que vivir es saber; él ha vivido; mas está persuadido de que sabe más, y no ceja un punto: hé aquí la intolerancia. Cree tambien que lo que su Hacedor no le concede, no debe ser bueno en ningun otro hombre; su Hacedor le niega las pasiones activas y fogosas, la voluptuosidad, el deleite, la emulacion, la fantasía, y ve en todos los goces anteriores otros tantos hechos rebeldes. Hé aquí la censura.

Repara que el vaso en que bebe se queda vacío, entonces siente doble sed, y tiene doble prisa en llenarlo. ¿Seria necesario que para conseguirlo se transformara el mundo entero? Pues transfórmese el mundo; pero llénese el vaso. Hé aquí el egoismo.

Por otra parte, ha pisado más tiempo la tierra, el sol ha herido más tiempo su pupila, las melodías de la naturaleza han halagado más su oído; en una palabra, ha existido más, y ama más la existencia, como á medida que más amamos, más nos acostumbramos á amar lo que sentimos, y nos apasionamos más de este sentimiento, porque la pasion no es otra cosa que un afecto elevado á costumbre. Hé aquí tambien el egoismo.

Pero hay otro período en que el viejo tiene la conciencia de que se muere, en que siente morirse; conciencia depurada á fuerza de dolor, como vemos que el humo de una hoguera se va depurando á fuerza de arder: el viejo pierde la sensacion grosera, como el fuego pierde el humo negro, á proporcion que se va quemando la parte leñosa del combustible: su oído se dispone á escuchar otras armonías; la soledad misteriosa y profética del sepulcro hiere su corazon; piensa en esto como se oye una poesía ó un canto á lo léjos, entre las brumas de una noche tranquila: la cara del anciano adquiere una expresion ingénua, inocente, diáfana: su aliento parece ser un soplo más sutil que el aire de la atmósfera, un soplo que sube como el aroma de las flores: mira, y ante sus ojos parece agitarse el velo religioso que nos oculta cómo se vive más allá!

El viejo de este último período, es el ministro de la revelacion y de la calma; la conciencia que se toca y se oye á sí misma: es el ángel de la esperanza que se despide del ángel de la vida, aunque la esperanza es vida tambien. Perdóname, lector, estas fastidiosas digresiones.

