Un paseo por Paris, retratos al natural
Part 14
Mi mujer me miraba con cierta maravilla, al observar la séria importancia que yo daba á un accidente tan pasajero; pero yo estaba herido por una especie de remordimiento, y no pude menos de proseguir: si aquella mendiga no hubiese perdido, como el hábito horrible de la miseria, la justa apreciacion de su decoro, si no hubiese sacrificado su dignidad al embrutecimiento que sigue siempre al desamparo y á la abyeccion; si con la sensibilidad de su cuerpo no hubiese perdido la sensibilidad de su conciencia; si aquella infeliz vieja viviese para la vida del espíritu, como vive para la vida del abandono, seguramente hubiera despreciado la donacion de mi soberbia, la jactanciosa caridad de mi egoismo; seguramente hubiera despreciado una limosna que no escucha un ruego natural; que da dos monedas, y camina ufana porque ha sido altanera y cruel. Si la pobre inválida existiese para el sentimiento de lo que es, como existe para el sentimiento de lo que sufre, seguramente me hubiera afrentado.
--No, amiga mía, no: si otra cosa crees, te engañas: al menos, mi corazon me dice que te engañas. Todos somos hermanos, ante la religion que nos llama por boca de un viejo: más hermanos todavía, ante la sublime fraternidad de la desgracia y del dolor.
He hecho mal, muy mal, y me pesa. Yo he debido coger el sueldo, dárselo á la inválida, sin perjuicio de añadir mis dos sueldos, ó lo que me hubiera parecido oportuno. He ofendido á la paralítica, y la pido perdon.
Mi mujer hizo ademan de replicarme, sin duda para tranquilizar mis escrúpulos, porque tiene demasiado sentimiento moral para no comprender que la razon estaba de mi parte; quiso contestarme, repito; pero tuve la suerte de que se me ocurriera una observacion, á la cual no resiste nunca una mujer.
--Supon, le dije, que tú no conocieras á tu madre; supon que esa mendiga fuera tu madre, ¿habriamos hecho lo que hicimos?
No, es bien cierto que no. ¿Y con qué derecho exigirias tú que un hombre accediera á las súplicas de tu madre tullida, porque tu madre puede tullirse, cuando tú creyeras que yo he hecho bien no accediendo á las súplicas de aquella inválida, aquella inválida que tambien puede tener hijos, como tu madre te tuvo á tí; aquella inválida de la cual tú pudiste ser hija?
Mi mujer contestó:
--Es verdad.
Al desembocar en la espaciosa calle de Montmartre, vi un letrero hácia la derecha que decia: _Établissement de bouillon_. (Establecimiento de caldo.)
Esta especie, es decir, el que el caldo diese lugar á que hubiera establecimientos, y establecimientos tan importantes como el que vemos, es un hallazgo que nos asombra. Nos aproximamos, vimos varias frutas y dulces en almíbar que están expuestos en los escaparates; pero echamos de ver que hay jarros de flores á cada lado de la entrada principal, y esta circunstancia, unida á la de ser un punto muy céntrico, nos da mala espina acerca de sus condiciones económicas. No quisiéramos un restaurant tan cerca del de _Champeaux_; pero allí entra multitud de personas, se titula _Establecimiento de caldo_, y hemos resuelto hacer una nueva experiencia.
No es aún hora de almorzar; seguimos la calle de Montmartre hasta la calle paralela á la de Rousseau, y tiramos por ella hácia la plaza de las Victorias, donde mi mujer tenia que comprar algunas frioleras; si bien no son frioleras para mí, puesto que me ponen en un potro, á causa de ignorar sus nombres en francés. Tambien es cierto que los ignoro en español.
Al subir por la acera derecha de dicha calle, vemos un aviso en que se lee: _en el piso principal de esta casa, se da una comida (un diner), compuesta de tres sopas á eleccion, tres platos de carne, tres de legumbres y dos postres, todo por franco y medio_. El precio nos pareció sumamente arreglado, resolvimos comer allí, tomamos nota de la calle y número de la casa, y caminamos hácia la plaza de las Victorias.
Mi mujer hizo provision de hilos, sedas, agujas y trencillas; nos dirigimos á la Bolsa con el fin de aproximarnos al restaurant de la calle Montmartre, atravesando el pasaje que llaman de Vivienne, nombre que toma de la calle en que está. En este pasaje hemos visto una curiosidad que no ha dejado de impresionarnos. Hay una porcion de muñecas grandes, con un excelente colorido, ojos perfectos, una cabellera naturalísima, y que tienen la facultad de articular varias palabras, merced á un cilindro interior. Á este cilindro se le da movimiento por un resorte que está debajo de la tabla que sirve de base á la muñeca, de modo que el espectador no se aperciba á primera vista del secreto de aquella operacion.
Hay una que dice: _me llamo María y hablo mejor que mi hermana. (Je m'appelle Marie et je parle mieux que ma soeur_.)
Otra dice: _mi abuela me ha dicho que pasaré el próximo estío en el campo. (Ma grand'mère m'a dit que l'été prochain je serais à la champagne_.)
Otra muestra un dechado con la mano derecha, y dice: _este es el premio que he ganado en mi colegio. (Voilà le prix que j'ai remporté dans mon collége_.)
Esta curiosidad que parece tan admirable, tiene sin embargo una explicacion facilísima, si vale creer en lo que se me ha dicho. El cilindro que está en el interior de la muñeca produce la articulacion de las sílabas, como el que está dentro de un organillo produce la articulacion de las notas musicales, dando un sentido perfecto á la composicion.
En el mismo lugar hemos visto unas aleluyas con motivo de los miriñaques. Estas aleluyas son un verdadero drama cómico, y bastarian para demostrar la excelencia del carácter francés, para el ridículo, cuando aquel carácter necesitára de nuevos testimonios. Hay situaciones verdaderamente oportunas, como aquella en que un marido ve á su mujer dentro del miriñaque, y suponiendo que no podria oirle á la distancia que el miriñaque hacia necesaria, la está hablando con una bocina.
Salimos del pasaje, atravesamos luego la plaza de la Bolsa, y á los pocos momentos entrábamos en el _Establecimiento de caldo_, calle de Montmartre, número 43. He dicho que entrábamos, y esto no es exacto en rigor. Pretendiamos entrar; pero nos detuvieron, á fin de proveernos de unas papeletas, sin las cuales no está permitida la entrada. Yo quise preguntar al _contralor_, que así se llama el empleado que da las targetas, sobre el uso á que las habiamos de destinar; pero los franceses son todos adivinos en el _instante soberano_ de hacer un negocio. El contralor comprendió desde luego mis dudas, y se contentó con decirme: _allez, monsieur, allez_. (Vaya usted, señor, vaya usted.) Estas palabras tienen en francés una significacion más eficaz que en castellano, por lo mismo que significan una especialidad francesa. _Allez, monsieur, allez_, quiere decir: _anda, anda, que allá dentro te arreglarán_; ó bien esto otro: _estoy haciendo mi vendimia; ¿no ves, majadero, que tengo un racimo en la mano? No seas impertinente, anda y déjame en paz_.
La palabra _monsieur_ (señor) tiene un sentido muy gracioso en la frase citada. Viene á significar una cosa muy parecida á la palabra castellana _tonto_, que de paso sea dicho, es una de las grandes bellezas de que tanto abunda nuestro rico y hermoso idioma. En efecto, el sonido sordo y tardío de este vocablo, suministra la idea exacta de un entendimiento que se despereza, que abre la boca con trabajo, que balbucea un nombre con la lentitud ébria del que se duerme: en el sonido de la palabra _tonto_ hay algo parecido al de la de _sapo_, y esta única relacion es más que suficiente para darla una propiedad y una fuerza admirables.
Pues bien, _allez, monsieur, allez_, quiere decir al pié de la letra: _anda, tonto, anda_.
Yo lo comprendí como lo digo; pero este insulto era un secreto de lenguaje; era un insulto que tenia en su abono el genio de una lengua que hablan en todo el mundo doscientos millones de hombres, y no habia otro remedio que bajar la cabeza y andar.
Entramos en el primer salon del establecimiento y nos sentamos cerca de una mesa de mármol, limpia y lustrosa, sin manteles ni servilletas.
En la targeta que nos dieron á la entrada, están notados todos los artículos disponibles en el establecimiento, con el precio de cada uno al márgen.
La servilleta es el primero de aquellos artículos, y cuesta un sueldo por cada comida.
Pedimos servilletas y sopa de pasta, llamada aquí _pâte d'Italie_ (pasta de Italia) y la criada que nos sirvió, que criadas son todas las que sirven, sacó su lápiz negro, y con el desenfado de un maestro en el oficio, hizo dos rayas en el artículo servilleta, y otras dos en el artículo sopa.
Luego pedimos chuletas de carnero, y volvió á hacer dos marcas en el artículo correspondiente.
Lo mismo sucedió respecto de las demás cosas que pedimos. Concluido el almuerzo, pregunté á la sirviente qué debia hacer con aquella targeta tan decorada.
--_Monsieur, allez au comptoir, s'il vous plaît. Señor, sírvase usted ir al mostrador_, y señalaba á un mostrador que estaba á la izquierda de la puerta principal, ocupado por dos señoras sentadas.
Estas señoras eran las oficinistas. Me llegué á la que se hallaba más próxima á nuestra mesa, cogió la targeta sin mirar, sumó con la velocidad del relámpago, y estampó la suma y un sello con tinta encarnada. La pregunté si allí debia pagar, me contestó afirmativamente y me dió la vuelta de una moneda de diez francos. El almuerzo nos habia costado cinco francos y trece sueldos, próximamente once reales á cada uno, incluso una botella de vino.
Al salir dimos la targeta al contralor, cuyo oficio consiste en darlas en blanco, y recibirlas con el sello encarnado; penetramos á duras penas á través de la gente que entraba, y, quede aquí escrito en gloria de _Duval_, amo del establecimiento, esta comida ha sido la menos repugnante á nuestro gusto, por ser la que menos repugna á la cocina española. Este hallazgo nos alentó con la seguridad de que en Paris no nos moriríamos de hambre por falta de mesa, y resolvimos solemnizarlo yendo á un café cantante, desde las seis hasta las ocho de la noche, y al teatro de la Gran Opera, desde las ocho y media hasta las doce.
Teniamos noticia de tres cafés cantantes: el de la _Francia musical_, hácia el bulevar de la Buena Nueva; el de _Moka_, en la calle de la Luna, y el del _Concierto_, calle de Montmartre.
El más importante es el de la _Francia musical_, exceptuando los tres que hay abiertos en los Campos Elíseos, durante el verano, y adonde no podriamos ir, teniendo pensado asistir á la Opera. Nos hemos decidido por el de la _Francia musical_.
Disponiendo así el plan del dia, nos dirigiamos al paseo del Palacio Real, de donde pasamos á los jardines que decoran los costados de las Tullerías, por la parte del Sena, con el objeto de evitar el calor. Allí nos sentamos; yo no sabia que me sentaba en sillas imperiales, porque luego supe que todos aquellos asientos pertenecian al palacio y eran gratis. ¡Cosa extraña en Paris, en donde el hombre paga hasta la luz que Dios da de balde al gusano!
Casi tocando con la silla de mi mujer, estaba sentado un viejo militar, de una gran talla, con cabello muy blanco y una de las barbas más venerables que en mi vida he visto. Nos oyó hablar, y nos dirigió en el acto la palabra, con ese aire de jovialidad afectuosa con que tratamos á un individuo de nuestra familia. Hablaba en castellano, de un modo violento; pero que se dejaba comprender.
El anciano que nos dirigió la palabra es un veterano del primer Imperio; hizo en España toda la guerra del año ocho con el grado de capitan. Tiene ochenta y tres años. Su mujer y una hija están en el departamento de Lion, su hija es la directora de correos en una cabeza de partido, y viene á Paris con el fin de buscar empleo á otro hijo que tiene, _á su Hipólito_, antes de morirse, hora que cree cercana.
Todo esto nos lo dice en menos de cinco minutos, y nos habla con la misma expansion y el mismo júbilo que si fuéramos, mi mujer la _directora de correos_, y yo su Hipólito.
Estéban Lesperut, así se llama, toca ese grado de lucidez interior, en que el hombre toma la costumbre de amar el pensamiento de la muerte, como si se tratara del último misterio que su destino le ordena descifrar; en que el hombre se ofrece á nuestra fantasía de un modo semejante á la idea de silencio, de espíritu, de historia, de inmortalidad casi, en que el hombre es el canto del tiempo, colocado entre el mundo y Dios, como una estátua está colocada entre el genio de un artífice y los ojos del que la mira.
El buen Lesperut, el cariñoso y honrado Lesperut, abre los ojos con esfuerzo, procura dar vigor á su pupila, sonrie expansivamente, y nos ve y nos escucha con un regocijo que nos tiene encantados.
¡Con qué efusion recitaba las cartas que habia recibido de una Isabel, de quien conservaba recuerdos amorosos! ¡Con qué cordialidad hablaba tambien de una doña Gertrudis, ama de un abogado de Salamanca! Aquel hombre parecia vivir en aquellos instantes con una doble vida.
En Lesperut hemos encontrado un compatriota, un verdadero amigo, un padre. Nos ama como ama el recuerdo de su juventud, de sus proezas, de sus glorias. Ama á los españoles como ama la memoria de su primer emperador. Cuando habla de estos sucesos, habla y llora.
Se acercaba la hora de comer, y tuvimos el sentimiento de abandonar su compañía, no sin prometernos comer juntos al dia siguiente en el restaurant de San Jacobo, calle de Rívoli.
No habian trascurrido diez minutos, cuando nos hallábamos en la casa en donde debiamos comer por franco y medio cada cubierto.
Al entrar volvimos á leer: tres sopas á eleccion, tres platos de carne, tres legumbres y tres postres. Tanta baratura nos aturdia.
Subimos, y la señora del establecimiento nos improvisó una mesa aparte, en una habitacion que estaba á la izquierda, contigua á la estancia destinada á los fumadores. Los dos salones que servian de comedor, estaban llenos de parroquianos.
Esta circunstancia nos confirmó más en la idea de la baratura.
Aquella señora nos sirvió desde luego media botella de vino á cada uno, el pan correspondiente y una sopa de pasta. Luego nos preguntó qué carne queriamos. Nosotros pedimos chuletas de carnero, como para disponer el estómago. Vinieron las chuletas inmediatamente, no parecian malas, y mi mujer dejó escapar una mirada de intencion hácia mí, como si quisiera decirme: _amigo mio, esto es otra cosa; este Paris no es aquel Paris_.
Comimos las chuletas, y quedamos dispuestos para los otros dos platos de carne. Pero ¡pecadores de nosotros! Nos habian servido una sopa: ¿y las otras dos que ofrecia el aviso?
La señora entró á saber qué legumbres queriamos.
¿Y los otros dos platos de carne? ¿Se quedarán donde se quedaron las dos sopas? Vino un doble plato de judías sin salsa, y me preguntó qué postres eran de nuestro gusto.
Pero ¿y las legumbres que faltaban?
Mi mujer no pudo contenerse por más tiempo.
--¿Qué es esto? me dijo. ¿Dónde están las tres sopas, los tres platos de carne y las tres verduras?
Yo me encogí de hombros y esperé.
La señora entró con dos ciruelas casi verdes, y dos plumas. Las plumas equivalen á los palillos que usamos en España, aunque tienen un doble oficio. Ofrecer un plato con plumas, significa lo que significaba el lego cuando nos miraba con el saco de la limosna abierto.
Aquellas plumas eran una sentencia. Resuelta y decididamente, la comida se habia terminado. No habia más.
Segun nuestro modo de ver las cosas, nos habian escamoteado dos sopas, dos platos de carne, dos de legumbres y dos postres, ó sea las dos terceras partes de la comida: ¡otra vez el doscientos por ciento!
Mi mujer queria á todo trance que pidiera alguna explicacion sobre el hecho, haciéndolo cuestion de _energía española_; pero yo miré el asunto de otro modo.
Las explicaciones que me den, dije yo para mi capote, no me valdrán un plato; perderé el tiempo, gastaré saliva, se me indigestará lo poco que he comido, y habré hecho méritos para que me tengan por cafre ó por moro, sobre todo si anda por aquí el Sr. Dumas.
Nada; no hay más recurso que pagar; tener muy presente esta casa, y bajar la escalera.
Llamé á la señora, la dí una moneda de diez francos, me trajo la vuelta, dejé unos sueldos (mi mujer hizo un gesto terrible) y salimos de la habitacion.
Al bajar las primeras escaleras, no pude menos de decir sorprendido á mi compañera:
--¿Así te vienes?
Estaba tan atribulada y tan soberbia, tan _españolamente soberbia_, que se habia dejado el sombrero en una percha del comedor.
A las siete subiamos las espaciosas escaleras del café la _Francia musical_, entre vistosos jarrones de flores y grandes espejos que nos retratan á uno y otro lado.
La concurrencia comenzaba entonces, y tuvimos ocasion de colocarnos enfrente del pequeño teatro que hay en el fondo, cerca de la orquesta, de que formaba parte un negro muy elegante y muy lustroso.
Probablemente aquel negro ganará más que los otros músicos, puesto que es de más efecto dramático.
Una jóven, que ha venido sola, se llega á la orquesta y cruza dos palabras con el director. Despues pasea los ojos ávidamente por la concurrencia, como si se gozase en recibir todas las miradas.
Es una _dama del teatro, una actriz, una artista_.
La compañía consta de tres damas y de tres galanes.
Las damas son: tiple, _carácter ligero_ y carácter cómico.
Galanes: tenor, barítono, bufo.
La orquesta preludia y la concurrencia se anima.
Un garçon de frac negro y corbata blanca se acerca á nuestra mesa. Mi mujer pide un té, y yo una copa de Madera con bizcochos.
La orquesta rompe, se abre la puerta del fondo del teatro, y aparece la jóven que vimos venir sola, presentada por el tenor, el cual la trae cogida de la mano con el mayor refinamiento.
El principio fué muy desgraciado para nosotros.
¿No es esa la jóven que entró aquí sola á presencia de todo el mundo? Pues si aquí vino sola, si sola se iria hasta el fin de la tierra, ¿por qué ese coquetismo de que la acompañe el tenor ante un público que está convencido de que no tiene necesidad alguna de compañía? El público sabe que _aquella dama_ _no se perderá en el camino_: ¿por qué contradecir ese convencimiento que tiene el público, cuando lo tiene con _razon_?
No, señor, se dice: cuando aquella jóven entró en el café, no era dama del teatro. Ahora lo es, y la cultura tributa ese homenaje á la mujer, á la actriz y al público.
Yo no lo creo así. Creo que el arte da belleza, no moral. Creo que la moral nació con la opinion de la mujer, y que es injusto sacrificar la mujer á la artista, cuando la mujer es la grande artista de la naturaleza.
Si la mujer pudo entrar sola en el café, la cantatriz puede salir sola al teatro, porque ambos son hechos sociales que caen igualmente bajo la jurisdiccion de las opiniones.
Más claro, veo en ese refinamiento un coquetismo, una ridiculez, y creo que la ridiculez y la coquetería no son un homenaje tributado al público, ni á la actriz, ni á la mujer.
El tenor se retiró haciendo cortesías exageradas, y ella quedó en la escena inclinada hácia el público, como la red que baja al fondo para rastrear algo.
_La actriz_ no se engañaba; el público aplaudió.
En seguida cantó un aire nacional con bastante voz, con bastante gusto é inteligencia, pero haciendo mohines que destruian en nosotros el efecto del canto.
_La prima donna_ da fin á su papel, se inclina respetuosamente ante el público, el público aplaude otra vez, se abre de nuevo la puerta del fondo, y aparece el tenor, el cual se la llevó como la trajo.
Despues de mediar un entreacto de orquesta, asoma el tenor. Este tenor es un hombre muy alto, delgado, inmóvil, con un gran bigote tan inmoble como sus piernas.
Cantó con voz llena y poderosa; pero en aquel sonido no habia más que voz.
Sigue al tenor la dama de _carácter ligero_, calificacion que la viene de molde, atendido el contínuo movimiento de sus piés.
Es una mujer de veinte y ocho á treinta años, baja, un tanto gruesa, lo que se llama rechoncha, y que no puede estar quieta un instante, como el gorrion que salta sin cesar cuando busca algun cebo á su pico.
Esta mujer me suministra la idea exacta de lo que se llama en Andalucía _un aire respingon_.
Cantó una tonadilla, con su acompañamiento de momos y saltos, saludó al público; es decir, al café, con mucha efusion y cierto gracejo ... nada más.
Hé aquí ahora al galan de carácter ligero. Esto no lo hubiera dicho al verlo salir, porque creí que se habia invertido el órden de la funcion. Creí que aquel hombre era el _carácter cómico_, el bufo, el payaso. ¡Qué gestos! ¡Qué gritos! ¡Qué contorsiones! Pero la puerta del fondo se abre, como sale una bala del cañon. ¿Qué es eso que asoma? ¿Qué es ese bulto que sale corriendo, voceando, con el sombrero calado hasta las orejas, y con un frac cuyas estrechas puntas van golpeando sobre los talones de aquel bulto?
_Es el actor cómico_. Este actor canta, ladra, ahulla, corre, brinca, salta, se estira, se encoge, se pone de cuclillas, de cuatro piés.... En fin, el hombre que al juzgar de las cosas se deje llevar de las primeras impresiones, no debe venir á los cafés cantantes, sino despues de haber estudiado todas las relaciones de esta sociedad originalísima. Si los ve antes, juzgará mal.
Lo único que puedo decir, es que al presenciar estas escenas tengo dolor de estómago. ¡Tan verdadera, tan filosófica y tan expresiva es la palabra española _estomagar_! ¡Sí, óigalo Francia, esta culta y poderosa Francia! _Estoy estomagado_.
--No, señor, vuelven á decir los franceses.
Hay muchos hechos que no son tanto cuestion de lógica, como de costumbre ó de país. Para no extraviarse en la apreciacion de las manifestaciones sociales de este pueblo, es indispensable saber cómo este pueblo vive. Despues de un dia de diligencia y de trabajo, el hombre francés come y viene al café, como quien asiste á un recreo. No le hableis ahora de nada sério, de nada grave, de nada moral. No le hableis de nada que pueda preocuparle y alterarle la digestion. Para eso tiene diez ó doce horas al dia.
Esto se dice; pero no hallo en todo eso una razon que me convenza. Desde luego opino, y es una opinion muy profunda en mí, una opinion en que yo fundo el gran axioma de la vida humana: opino, decia, que no veo cuestiones de país ó de costumbre contra las eternas cuestiones de la lógica: desde luego creo que la lógica es el país universal, la única costumbre necesaria. Si sobre la tierra existiese un pueblo que tuviera el poder de trastornar con sus prácticas y costumbres las ideas sustanciales de lo bueno, de lo verdadero, de lo justo, aquel país seria una diablura, una infamia, una apostasía. No, señores franceses; la Francia está dentro del globo, está dentro de la humanidad, está dentro de los fines providenciales, como una pulsacion de mis sienes tiene su causa en mi cerebro, como una idea de mi alma está dentro de mi juicio. No; no hay países morales para contradecir el grandioso decálogo que una razon unánime ha escrito sobre las leyes del universo. Si alguno de vosotros cree que vuestro país tiene ese privilegio trastornador, entienda que el tal privilegio fuera una herejía.
Vosotros os vais al café con el objeto de recrearos. Nada más justo; especialmente despues de muchas horas de aplicacion y de virtud. Pero ¿de qué manera os recreais? ¿Oyendo maullar? ¿Viendo que un hombre se convierte en gato, para que vuestra digestion no se turbe? Pues ¿qué digestion es la vuestra, que sólo se hace bien contemplando que un semejante vuestro se degrada? ¿Creeis por ventura que no es degradacion para un hombre el hacer oficios de lobo, puesto que ese hombre aulla? ¿No ois los aullidos? ¿Eso os recrea? ¿Eso ayuda vuestra digestion, señores franceses?
--¡Así nos recreamos!
--¡Ah! Si no teneis más razon que esa, me callo.