Un paseo por Paris, retratos al natural
Part 13
Comimos en el pequeño restaurant de Lóndres, cerca de la fuente de Molière. Á más de lo que ofrecen por franco y medio, pedí un pichon, el cual me ha costado 9 reales. Advierta el lector que hay pichones por 14 sueldos. Me han llevado 31 por aderezarlo, algo más del 200 por 100. Vaya esta especie AL PARIS MORAL. Mi mujer dice que no volverá más, lo cual quiere decir que no volverémos los dos.
De vuelta hácia casa, hemos presenciado cierto alboroto, acaecido en una taberna de la calle de Richelieu. Dos suizos empezaron á discutir sobre religion. El uno era del canton del Tesino, y defendia el culto católico. El otro era de uno de los cantones protestantes, y defendia el culto reformado. La disputa acabó por tirarse las copas á la cara, y no debieron andar por el aire las copas solamente, sino alguna botella, porque uno de los contrincantes tenia una herida bastante profunda, hácia la quijada derecha.
Recomiendo al jóven que haya de salir de su casa, especialmente de su país, que no olvide el consejo que voy á darle: guárdese muy bien de hablar nunca de su religion y de su patria. Son los dos asuntos que ofrecen un peligro más general y más inevitable. No hay hombre que no esté persuadido de que su Dios y su país son los mejores de la tierra. Disputad con él sobre todo; pero no le toqueis su país y su Dios. ¡De cuántos lances he sido testigo, y cuántas cabezas se han roto, y cuántos hombres han ido al Campo Santo por una imprudencia de este género!
Llegamos á casa y dije á mi mujer:
--Mañana es lunes; mañana principia la semana que aplazaste para la visita del monumento que tanto anhelo visitar. ¿Cuándo lo visitamos? Mi compañera me miró sonriéndose, y con la magnanimidad orgullosa del que otorga una gracia ó concede un perdon, responde á secas:
--Mañana.
--¡Dios te lo pague! contesté yo muy satisfecho.
=Dia décimo tercero=.
Almuerzo.--Coche.--Nuestra Señora de Paris.--Hija deshonrada.--Comida de campo.
Salimos del hotel á las diez y media. Despues de veinte minutos de marcha forzada, nos vemos en la calle de la Grand'Batelière. Hácia el comedio de la calle, encontramos un restaurant de _mediano coturno_, y allí hemos almorzado, no muy bien, por seis francos y algunos sueldos de propina. Volvimos á caminar á la aventura, y ya cansados, cerca del pasaje de Jouffroi, tomamos un bienhechor _fiacre_.
--_¿Où allons-nous? ¿Á dónde vamos?_ Gritó el cochero desde el pescante.
--_A Notre Dame, á Nuestra Señora_, contesté desde dentro, é inmediatamente el carruaje comenzó su marcha.
Hace media hora larga que atravesamos un verdadero laberinto de calles, unas espaciosas y claras, otras húmedas, estrechas y sombrías. Apenas habrá un espectáculo más original, más extraño y curioso, que estudiar una poblacion como Paris desde la portezuela de un carruaje. Cada calle nueva, cada nueva plaza, cada barrio distinto, cada diferente localidad, se nos presenta como si fuese un lienzo que se va desdoblando de un interminable panorama. Uno espera á cada momento que se concluya; espera salir á cielo raso; espera ver campos, árboles, montañas, llanuras; espera verse libre de aquella red que lo va circuyendo por todas partes, y vienen calles y más calles, callejuelas y más callejuelas, plazas y más plazas, y llega un instante en que nos sentimos fatigado el pecho, y cansada la respiracion. No tuve la curiosidad de ver cuánto tardamos en la travesía; pero á mí me pareció sumamente larga. Excuso decir que á mi mujer la pareció infinitamente más larga que á mí, porque no se fija en las cosas con la intencion de estudiar y aprender, sino con el ahinco, franca y netamente español, de hacer burla de los franceses, y el aliciente de la murmuracion dura poco. La murmuracion es como la salsa de la visita; mi mujer no halla en mí una compañera con quien murmurar, y así es que se aburre.
[Ilustración: Frontis de Nuestra Señora.]
[Ilustración: Plaza de la Bastilla.--Columna de Julio.]
Despues de torcer millares de esquinas, y cuando ya casi teniamos turbada la vista de tanto mirar á izquierda y derecha, asomamos á una explanada que nos pareció alegre y deliciosa; luego atravesamos un puente; dirigimos precipitadamente una mirada á lo largo del rio, iluminado por los rayos de un sol de Junio, llegamos á la márgen opuesta, caminamos unos momentos.... ¡NOTRE DAME! ¡NUESTRA SEÑORA! Gritó el cochero con voz reposada y severa, como si su acento participase de lo venerable del lugar que nos anunciaba. Al oir el anuncio del cochero, experimentamos cierto sentimiento religioso, y otra sensacion que difícilmente podria explicarse. Es una sensacion parecida al miedo. Cuando nos hallamos al pié de un monumento célebre, de uno de esos monumentos que muchas veces hemos creido ver, que nos ha hecho sentir, que nosotros queremos como si fuera un individuo de nuestra familia, un individuo más grande que los otros, porque nuestra imaginacion lo ha divinizado á su manera: cuando sabemos que nos vamos á dar de cara con ese personaje misterioso, con ese ídolo de nuestra fantasía, con esa vaga creacion de nuestros recuerdos, parece que nos preocupa la misma idea que embarga nuestro ánimo, en el momento de recibir á un sábio, á un santo, á un apóstol, á un héroe, á un poeta; es decir, á un prodigio. Nuestra admiracion es una mágia que adoran muchos magos, ó bien es un mago que adora muchas mágias, y Nuestra Señora de Paris era para nosotros una especie de hechicería; hechicería sagrada, venerable, augusta, pero hechicería.
--¡Anda! dije á mi mujer, con el mismo tono con que la hubiera dicho: _el mago nos espera_.
Saltamos del carruaje, y nuestra ávida y respetuosa mirada se fijó en el frontis de la gran basílica. Aquella fachada es pintoresca, festiva, graciosa, sin dejar de ser grave, religiosa y solemne. Hay allí ese espíritu aventurero, esa galantería varia y confusa, esa poesía melancólica, apasionada, infantil, inocente, pero arrebatadora, de los edificios de la edad media, ora sea un templo, ora un palacio, ora un castillo, ora una cárcel. Aquella poesía indefinible no es un carácter de este ó del otro estilo arquitectónico; no es una revelacion del arte; sino una revelacion de aquella edad, el arte especial de aquellos siglos; una emocion de aquellos hombres y de aquellos tiempos, una verdadera emocion histórica.
Las treinta y cuatro columnas, altas, delgadas y sencillas, que sostienen la plataforma de esta gran fábrica, dan al edificio una gracia ateniense, fantástica, aérea; parece que nadan por la atmósfera. Aquellas columnas tienen la arrogancia atrevida y la idealidad misteriosa del obelisco.
Yo permanecí algun tiempo, sin moverme, sin poderme mover, como si sintiese agobiada mi alma bajo el peso de tantos recuerdos y tradiciones. En efecto, esa catedral que ahora contemplo, esa masa enorme, quieta, silenciosa, insensible; pero tan elocuente y tan entusiasta en medio de su silencio y de su quietísmo; ese monton de piedras que estoy viendo, es como el testimonio de otra raza, de otro pensamiento, de otro dogma, de otro mundo.
Este lugar, decia yo para mí, formaba parte de la antigua _Citè_. Este magnífico y caprichoso templo sucedió á una iglesia cristiana, levantada en el siglo IV al primero de los mártires, á San Estéban. Á este San Estéban, á esta humilde y primitiva basílica del cristianismo, único monumento religioso de la _Citè_, unió otra iglesia el rey Childeberto, hijo de Clovis, á instancias del obispo San German, bajo la advocacion de _Nuestra Señora_, de donde trae su orígen el nombre actual de esta suntuosa metropolitana de Paris.
Y la iglesia de San Estéban, así como la basílica del hijo de Clovis, habia sucedido á un templo pagano, levantado á Júpiter durante el reinado de Tiberio. Mucho despues, á mediados del siglo XII, un hombre ilustre, un oscuro hijo del pueblo que ganó la mitra á fuerza de talento, de virtudes y de piedad, Mauricio de Sully, concibió el pensamiento de construir la iglesia que ahora admiro. Un solo hombre principió esta obra gigantesca; siete siglos la terminaron.
Aquí han trabajado sucesivamente el Papa Alejandro III, que puso la primera piedra en 1163, Felipe Augusto, el Cardenal de Noailles, Juan de Montaigu, Felipe el Hermoso, San Luis, Luis XIV, Luis Felipe y Napoleon III.
Bajo _La Convencion_, Nuestra Señora de Paris se vió convertida en _templo de la Razon_.
Bajo el Consistorio, la secta de los teofilántropos estableció aquí su culto.
En 1801 tuvo lugar el famoso y raro concilio, á que asistieron ciento veinte _obispos constitucionales_.
Bajo el Consulado, se restableció el culto católico, prévios una misa y un _Te Deum_, pomposamente celebrados en presencia de los tres cónsules.
En 1804, el Papa Pio VII puso la corona del Imperio sobre la cabeza del gran Napoleon.
Aquí tiene el lector la historia artística y social de NUESTRA SEÑORA DE PARIS, de este gran libro escrito en piedra.
Pasadas estas primeras impresiones, atravesamos el umbral de la basílica. Necesitaria escribir un año, si tuviese que hacer la descripcion de los infinitos y curiosos detalles de escultura que encierra este templo. En este sentido, _Nuestra Señora de Paris_ es quizá el monumento más rico y más precioso de la edad media. Tanta estátua, tanto dentellon, tanta columna, tanto relieve, tanto arabesco, tanta profusion de trabajo, le quita belleza, porque le quita sencillez; le quita majestad, porque le quita simetría; pero lo que le quita como arte, se lo da como historia; lo que le quita como iglesia, se lo da como conservatorio ó museo. No es una gran arquitectura; pero es un gran libro.
Ciento veinte pilares sostienen las lujosas bóvedas; hemos contado veintisiete capillas, y admiro los bajo-relieves, en bronce dorado, del altar mayor, un precioso grupo de mármol, que representa el descenso de la cruz, la estátua de la Vírgen, la de San Cristóbal, de nueve ó diez metros de altura, y otro grupo de mármol llamado _el voto de Luis XIII_, que representa una cruz de piedra blanquísima, medio cubierta por un paño con una maestría notable; al pié de la cruz aparece sentada la Vírgen María, teniendo en sus brazos al niño Jesus. Á cada lado de la Vírgen, se ven las figuras de Luis XIII y Luis XIV, que presentan una corona á la madre del Salvador. La escultura de estos verdaderos monumentos no pertenece á la escuela del edificio, por decirlo así; contradicen la lógica del arte; en una palabra, son otros tantos anacronismos, pero al cabo son preciosísimas creaciones de una civilizacion santa y grande, creaciones de un arte sublime, de un arte sin segundo, del arte cristiano, y nuestra fantasía, nuestro sentimiento y nuestra inteligencia se ven fascinados por un encanto irresistible. En un paraíso, tan lleno de esperanzas y de armonías, el alma no piensa; se embriaga y duerme.
Hemos admirado tambien las maderas y el enrejado del coro, los cuadros de Luis de Bologne, de Touvenet, de Hallé, de Coypell y de Felipe de Champagne; los opulentos mausoleos del conde de Harcourt, del cardenal de Belloy, de.... En fin, he admirado tantas cosas, que si las hubiera de decir, seria menester que escribiera un libro, como dije antes. Pero aunque sea de paso, no quiero dejar de hacer mencion de una pintura que nos ha impresionado vivamente. No recuerdo en qué sacristía he visto aquel cuadro; pero recuerdo que lo he visto para no olvidarlo jamás. Este cuadro representa al venerable monseñor Affre, al caritativo y valeroso arzobispo de Paris, herido gravemente por una bala en las barricadas del célebre arrabal de San Antonio, en Junio de 1848, y la bala que se ha extraido de la sangrienta y mortal herida. Hay una verdad tan ingénua, _tan provocativa_, por decirlo así, en la pintura y un interés tan grande en el asunto, que el espectador no puede menos de quedarse clavado ante aquel lienzo. Aquello es una triple epopeya, una para el arte, otra para la sociedad, otra para la fe.
La gran campana de Nuestra Señora de Paris, la mayor que hay en Francia, pesa treinta mil libras, ó sea mil doscientas arrobas. Como la _María_ de Sevilla, sólo deja oir su voz grave y solemne en los grandes sucesos, ó en las grandes festividades.
Pero aún no he hablado de una de las curiosidades más notables que se encuentran en este curiosísimo monumento. Me refiero al maderámen de la techumbre, cubierto por mil doscientas treinta y seis planchas de plomo, cuyo peso no baja de cinco mil quintales.
Pero se hacia tarde y la cabeza principiaba á dolerme. Habiamos dado demasiado pasto á la inteligencia, á la imaginacion y al sentimiento; experimentaba irresistiblemente la necesidad de respirar al aire libre, de espaciar la vista por el horizonte, é hice una señal imperativa á mi mujer. Salimos y subimos al coche.
--_A l'hôtel Saint-Antoine, rue Beauregard; al hotel de San Antonio, calle de Buenavista_, dije al cochero.
Al poco tiempo atravesábamos el puente, y mi mujer y yo nos mirábamos sin hablar, como si hubiésemos dado cima á una grande empresa, tan grande, que no nos dejaba ni aún aliento para abrir la boca.
El grupo de la Vírgen y del niño Jesus, es una de las cosas que nos han dejado una emocion más agradable y más duradera. Esto no procede únicamente de la maestría de la ejecucion, de la habilidad del artista, sino de otro arte más poderoso, más rico, más maestro, más grande; de un arte que está dentro de aquellas concepciones, y que da vida al mármol y al mismo escultor. En aquellas estátuas hay ese viso de ingenuidad, de candidez, de fervor é inocencia que encontramos en el Evangelio, en ese libro que tantos cristianos ignoran, que tan pocos cristianos leen, que tan pocos cristianos estudian, que tan pocos cristianos entienden; sobre todo, que tan pocos cristianos practican. En aquellas estátuas se ve algo del carácter más santo y expresivo que conoce la historia; algo del tipo más bello, más noble y generoso que venera el mundo; algo de la Vírgen María. La Vírgen María quiere decir: candor, pasion y fe: inocencia, dolor y esperanza. La Vírgen María lleva en sí la idea y la encarnacion de todo un mundo nuevo, es una civilizacion que vale por todas.
Cuando calculé que ya íbamos á entrar en las calles, me asomé por la portezuela, y dirigí un saludo con la mano a _Nuestra Señora de Paris_, como quien se despide de un amigo.
Pasamos muchas calles, muchas plazas, muchas travesías, muchas callejuelas, que no parecen de Paris, y al atravesar la calle del famoso y novelesco Temple, presenciamos, á despecho nuestro, una escena muy fea y muy repugnante. ¡El egoismo es la más voraz de todas las fieras, el más rastrero de todos los reptiles, el más asqueroso de todos los insectos! Estando avecindado entre los hombres, Dios no tuvo necesidad de crear un infierno para este mundo. Un padre, halagado por ciertas esperanzas de lucro, habia vendido la honra de la menor de sus tres hijas. Aquel hombre (no merece que le demos el nombre venerando de padre) aquel hombre egoista, idiota, cruel, bajaba la cabeza y fumaba su pipa negra. La pobre de su hija, muchacha como de catorce ó quince años, le reconvenia furiosamente en medio de la calle. Estaba pálida como una muerta, desgreñada como una loca, trémula y llorosa como una mujer deshonrada. Allí oimos cosas que no olvidarémos, y de que no podemos dar parte á nuestros benignos lectores.
Llegamos, por fin, á nuestro hotel. Pagué al cochero siete francos, uno de propina, y subimos á nuestra habitacion, que nos pareció el templo de la Paz. ¡Qué silencio tan apacible! ¡Qué dicha!
Repuesto un poco de esa especie de sopor ó letargo que causa en nuestro ánimo la admiracion, principié á meditar sobre lo que habia visto, mientras que mi mujer se ponia un traje de casa. La verdad, me veo turbado; apenas puedo desenredar, si así puede decirse, las primeras ideas y sensaciones. Si en este instante me preguntaran si he visto una iglesia, un alcázar, un panteon ó un baluarte, casi no sabria qué responder.
Efectivamente, _Nuestra Señora de Paris_ nos deja una memoria confusa, tan confusa como deliciosa, porque confuso y delicioso es el arte misto que allí impera. Aquel arte no es un monarca, es un tirano, pero un tirano creador y espléndido.
Al ver el monumento de que hablo, sentimos lo que cuando hallamos muchas huellas como amontonadas y confundidas. El rastro confundido no es un rastro; pero la mente lo adivina. El pensamiento tiene tambien sus goces, y aquella adivinacion es el primero de los goces intelectuales.
La suntuosa catedral de Paris no tiene esos techos despejados, claros, altísimos, atrevidos y majestuosos de la catedral gótica: no tiene tampoco esas bóvedas aplanadas, casi chatas, esa atmósfera oscura, ese horizonte misterioso de la mezquita árabe; no tiene la esbeltez, la elegancia, la virilidad, la pompa sencilla y sublime del palacio griego y toscano. No tiene nada de eso, y todo eso se encuentra allí; si no se encuentra, se conjetura, se presiente, se distingue á lo léjos. Allí se ven mezclados y confundidos el Oriente, la Grecia y la Italia; el palacio, la mezquita y la iglesia. Esto no se ocurre desde luego; pero despues que se reflexiona sobre aquel precioso mosáico, sobre aquella _bellísima barbarie_, sobre aquella _hermosa monstruosidad_, encontramos una especie de mesa revuelta, en que no sabemos qué admirar más, si la belleza de las partes, ó el curioso desórden y la rica y fecunda discordancia del conjunto. Gentilidad, cristiandad, feudalismo, renacimiento, arte moderno, todo está allí, como están los haces de miés en una era, desde Júpiter hasta Childeberto, desde Childeberto hasta Mauricio de Sully, desde Mauricio de Sully hasta San Luis, desde San Luis hasta el actual Napoleon. No perdiéndose Nuestra Señora de Paris, no se pierde una gran parte de la historia y del arte de Francia.
Por último, no debo escatimar al nobilísimo edificio que hemos visitado, ya que somos deudores de tan gratos recuerdos, un elogio que, á mi modo de ver, significa mucho. Despues de estar poetizada _Nuestra Señora de Paris_ por el genio de Víctor Hugo, que es un gran genio, _Nuestra Señora de Paris_ parece poética.
Hemos resuelto no salir á la calle para comer. Eso de comer á lo transeunte, á lo bohemio, como si dijéramos al salto de mata, nos fastidia y nos entristece. Hemos llamado á la hija de la lechera, y la hemos encargado salchichon, jamon dulce, sardinas de Nantes, una libra de fresas, un panecillo y una botella de vino Macon.
Mientras que la muchacha nos trae los recados, yo escribo esta revista á la manera que se persigna un cura loco.
La chica llama, mi mujer abre, la muchacha entra, deja nuestro avío, se va, mi compañera pasa la llave, y nos quedamos solos. ¡Qué hermosa es la casa en que vivimos! ¡Qué hermosa es la familia! ¡Qué hermoso es el amor! ¡Qué hermosa tambien es la tranquilidad!
En este sentido, Paris nos ha hecho un gran regalo. En Madrid nos inquietaba un tanto la policía; aquí vivimos en la más perfecta y envidiable calma.
Lector, si el cofre que tienes en tu casa te produce inquietudes profundas; si el cofre que tienes en tu casa te turba el sueño, créeme, tira el cofre á la calle. Pasa por todo, menos por intranquilizar tu espíritu. La tortura del sentimiento y la violencia ejercida sobre nuestra alma, son las dos tiranías más insoportables de este mundo. Esto nos advierte que hay una gran verdad, un gran secreto, una gran ciencia; esto nos advierte que hay un espíritu, y que ese espíritu, esa exhalacion que no se toca, que no se ve, que no se mide, que no se compra ni se vende, es el gran poder de la tierra, el sumo Pontífice de la vida humana.
Sobre la cubierta de mármol blanco de la cómoda, sin mantel, ni servilletas, ni cuchillos, ni tenedores, ni platos, hemos colocado oportunamente el salchichon, el jamon dulce, las sardinas, las fresas, la botella de vino, la de agua y el pan. Aún cuando comemos en casa, esto nos parece una comida de campo. La libertad con que comemos, nos hace creer que nos encontramos en una romería, entre tomillo y alelíes.
Hemos comido opípara y deliciosamente, y aquí doy fin al dia décimo tercero, porque seria muy difícil darle mejor final.
=Dia décimo cuarto=.
El sueldo de la paralítica.--Mis humos caballerescos.--Establecimiento de caldo.--Comida compuesta de tres sopas, de tres platos de carne, de tres legumbres y de tres postres, á franco y medio por persona.--Muñecas que hablan.--Aleluyas.--Almuerzo.--Estéban Lesperut.--Comida.--Soberbia de mi mujer.--Café cantante titulado la Francia Musical.--Teatro de la Gran Opera.--Opera francesa.--Zarzuela española.--Harem europeo.
Salimos muy temprano en busca de algun _restaurant_ que nos acomode, bajo el doble aspecto de estómago y bolsillo. Es indudable que lo hay; ¿qué no hay aquí? Sí, lo hay, digo yo á mi mujer; pero mi mujer me contesta: ¿dónde está? De esto se trata.
No distábamos treinta pasos de nuestro hotel, cuando oigo que me llamaban. Era una pobre muy anciana, á quien habian tirado un sueldo desde un balcon. La pobre estaba paralítica, no podia agacharse para recoger la limosna, y con este fin me habia voceado. La señorita que arrojó el sueldo miraba desde el balcon de un piso segundo, como para ver el desenlace de aquella pequeña aventura. Estoy seguro, de que en España no me habria ocurrido el menor escrúpulo en este instante; pero me hallo en país extranjero; esta circunstancia es una voz de alerta que clama siempre en torno nuestro, y me ví asaltado por un sentimiento singular, muy singular en mí. La señorita miraba desde arriba, la pobre esperaba que yo la sirviese, como era justo y natural; pero yo experimenté entonces que en los españoles existe una mezcla de genio aleman y de genio romano; una mezcla de pensamiento y de fantasía, de concentracion y de ligera idealidad, que describe maravillosamente ese temperamento moral que nosotros llamamos _hidalguía española_. ¡Desdichado de mí! ¡Cuánto me resta que aprender! ¡Cuánto ignoro! Yo no me creia _hidalgo_: no suponia en mí ese espíritu caballeresco que caracteriza un siglo y una raza; el siglo feudal y la raza latina; y ahora me encuentro con que ignoraba lo que sucedia en mí propio. Indudablemente tengo algo de raza y de feudo, y de ello pudiera ser testigo la mendiga. En vez de recoger el sueldo, como ella me suplicaba y como esperaba la señorita del balcon, la dí dos sueldos y proseguí mi marcha, aparentando que no habia comprendido.
Ignoro qué impresion haria en mis espectadoras _mi rebeldía caballeresca_; pero ello es que yo caminaba tan ufano como si hubiera hecho una conquista. Pasada aquella ráfaga de caballerismo, empezó á preocuparme la idea de si habria cometido una falta de caridad, una falta tanto más reprensible cuanto que la habia cometido con una pobre anciana.
Mi mujer quiso disuadirme diciendo:
--¿De qué puede quejarse? La has dado el doble de lo que ella te pedia.
--No, respondí á mi mujer. Puede quejarse de mi soberbia, de mi soberbia con una vieja paralítica. La he dado el doble; pero el dar no prueba que se da bien, puesto que muchas veces la simple dádiva envuelve una afrenta; á veces se da la deshonra.
Si yo estuviese paralítico, si suplicase á un transeunte que me cogiera un cigarro que se me hubiese caido al suelo, y el transeunte me diera dos cigarros suyos, yo no aceptaria de ningun modo su presente, y le llamaria orgulloso, presumido, insensato tal vez. Yo no le pedia los dos cigarros que me da, sino un servicio que no me hace, una obligacion que no cumple; si tú quieres llamar á esto caridad, es una caridad que no me otorga, que me niega con cierto alarde de virtud; pero al cabo me la niega, y yo veria en su alarde de virtud un alarde de vanidad.