Un paseo por Paris, retratos al natural

Part 12

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Nos dirigimos al muelle de Voltaire, y á los pocos minutos entrábamos, cogidos del brazo, por el Puente Nuevo. Aquí presenciamos otra escena, de un interés muy superior. Los héroes de la nueva aventura son un campesino, su mujer y un muchacho como de veinte años, poco más ó menos. El matrimonio se dirigia hácia la parte del Luxemburgo, mientras que el jóven caminaba hacia las Tullerías; pero tanto el hombre como la mujer, la mujer particularmente, volvian la cara con frecuencia para mirar al jóven; el jóven la volvia tambien, y en el movimiento tardío y embarazoso de los tres, no era cosa difícil adivinar que aquellas buenas gentes se separaban con dolor. Por fin, la labriega vuelve el semblante, el muchacho lo vuelve al mismo tiempo, sus ojos se encuentran, entre ellos pasó lo que Dios sabe; corre la mujer hácia el jóven, el jóven corre hácia la mujer, se abrazan estrechísimamente y rompen á llorar; pero á llorar de un modo que era capaz de quebrantar las piedras. Nosotros, con el corazon desgarrado al oir aquellos sollozos, nos quedamos estáticos delante de aquel grupo interesantísimo. El labriego aturdido siguió á su mujer, y á los cuatro ó seis pasos de distancia, bajó la cabeza y dejó caer ambos brazos. Parecia un difunto que se tenia de pié. ¡Qué arte tan sábio es el amor! ¿Qué Rachel, qué actriz del mundo, hubiera corrido como corrió aquella mujer, hubiera dado aquel abrazo como aquella mujer lo dió, y hubiera arrancado á llorar como lloraba la infeliz campesina? ¿Ni qué Talma, ni que Latorre, hubiera bajado la cabeza, y dejado caer los brazos con la ruda y austera poesía con que lo hizo aquel pobre paleto? ¡Ah! Los padres son los grandes actores, los eminentes trágicos, cuando llega la hora solemne de verter lágrimas por sus hijos. Excuso decir á mis lectores que la labriega era la madre, y el labriego el padre del muchacho. A este tocó la suerte de soldado, habia ingresado en caja, se quedaba en Paris, y aquel abrazo, dulce y desgarrador al mismo tiempo, era la despedida. Mi compañera y yo no tuvimos ánimo de presenciar el desenlace, y seguimos nuestro camino, penosamente impresionados de aquella aventura.

--Mira, me dijo mi mujer; este muchacho irá ahora á la guerra; quizá un jefe indiscreto le manda asaltar un castillo, y tal vez muere en aquella empresa temeraria. Y pasará un dia y otro dia, y acaso la madre le guarda la silla en que solia sentarse, y no quiere que nadie ocupe el lugar de la mesa que él ocupaba. Y pasa un mes, y pasa un año; la madre esperará á su hijo, y el hijo no entrará por la puerta de la casa de sus padres, ni se sentará en la silla en que antes se sentaba, ni ocupará el lugar de la mesa que ocupó desde niño. Un hombre extraño le ha mandado morir, y ha muerto. Un hombre extraño ha robado aquel hijo á su madre; á esa madre que lo ha concebido, que lo ha criado, que lo amaba con todas las veras de su corazon, que se estaba mirando en él como en un espejo. La madre sabrá al cabo que su hijo murió en la guerra, y su alma gemirá para siempre en un abismo de perdicion y de amargura. ¡No, no! añadió mi mujer vivamente; los hombres son injustos, haciendo ciertas cosas sin consultar el voto de las madres. Ninguna guerra se debia emprender, sin oir antes el consejo de una gran asamblea de mujeres. Es bien seguro que de ese modo no habria tantas guerras. Yo dije sonriendo á mi mujer: ¿para qué más guerra que una gran asamblea de mujeres? Luego añadí: tal vez sucederá á ese muchacho lo que tú acabas de decir; pero ¿quién sabe si va á Sebastopol contra la Rusia, y es el primer soldado que clava la bandera en la torre de Malacoff, salvando á Europa en las alturas de Crimea?

--¿Es decir, arguyó mi mujer, que tú estás porque haya guerras en el mundo?

--No, hija mia, respondí yo; yo no estoy porque haya en el mundo guerras injustas, egoistas, tiránicas; pero estoy por las guerras que se hacen en nombre de la civilizacion, del derecho y de la moral. Y ¿la sangre que se derrama y humedece la tierra? dirás tú. Y ¿el rayo que cae de las nubes y nos devora? digo yo. Ese rayo que nos devora, es indispensable para purgar el aire de los malos miasmas que lo infestan; sin ese rayo destructor, el ambiente nos mataria. Pues bien, la sangre que se vierte en una guerra justa, es indispensable del mismo modo, para que los hombres comprendan lo que están obligados á hacer, para que se guarde la justicia. Aquella sangre es como el agua de salud con que se riega el árbol de la libertad de los pueblos; es el Jordan de ese bautismo; bautismo costoso, pero santo, como es santa la lágrima que aquella buena madre vierte al despedirse de su hijo, por más que aquella lágrima la queme los ojos y la desgarre el corazon. Cuando llega la hora en que el hombre debe sufrir, no hay otro recurso que disponer el alma para el sufrimiento, y cuanto más sufrimos, cuantos más dolores experimentamos, más sagrado es nuestro dolor. Sí, amiga mía, la sangre que se vierte en ciertas batallas, es como el rayo que viene á purgar el ambiente de otro horizonte, el aire de otra atmósfera: es un dolor que debemos sufrir, cuando llega la hora de los dolores; es una lágrima que otra madre derrama por sus hijos. La madre que lloraba en el puente Nuevo, se llama mujer. La madre que llora en los campos de ciertas batallas, se llama moral, se llama historia, se llama destino, se llama Providencia. Y á esto sin duda se refiere San Pablo cuando dice: _la letra con sangre entra_; y cuenta, hija mia, que San Pablo es al mismo tiempo un grande hombre, un gran santo, un gran apóstol, y la inteligencia más práctica y organizadora que ha conocido el mundo.

Conversando así como buenos amigos, llegamos á la esquina de la calle del Acaso (Rue du hasard), y vemos un letrero que dice: _restaurant de Santa Teresa_. Teresa se llamaba mi madre, y la veneracion y el respeto que debo á ese nombre, me decidieron repentinamente. Tiré del brazo á mi compañera, que comprendió luego mi intencion y aprobó mi idea con alegría, porque siente hácia mi buena madre el mismo respeto que yo.

Comimos una sopa, dos platos de carne, uno de pescado, otro de verdura y unas fresas. El criado que debia servir nuestra mesa no estaba allí, y nos sirvió una hija de la casa, con amable y graciosa galantería. Es una jóven blanca, muy blanca, rubia, esbelta, flexible, de mirada apacible é ingénua. Seguramente no es francesa del Norte, debe ser de Tolon: es decir, de un punto que raye con Italia. Es un tipo perfectamente italiano. Tiene la candidez de la juventud, la gracia de una juventud bella, y la seduccion de una actriz. Pegada al mostrador hay una silla, y sentado en la silla hay un hombre, tipo perfectamente parisiense. Con perdon del francés y de mi compañera, digo y declaro que ella me gusta más que él. El buen parisiense no la quita ojo, y la buena francesa del Mediodía le manda tambien de cuando en cuando alguna miradilla furtiva, picaresca, como robada. Esto quiere decir que esos dos tipos diferentes, representan un tipo comun, íntimo, idéntico; un tipo que conviene á todas las fisonomías, á todas las naciones, á todos los siglos, á todas las razas: el tipo de amantes. ¡Dios los haga buenos casados! Luego que concluimos de comer, llamamos á nuestra linda servidora, pagamos, nos levantamos y nos despedimos, empeñando palabra formal de que iriamos á comer con mucha frecuencia. En esto sale una señora de grande cara, de tez muy morena y vellosa, de pecho enorme, de vientre más enorme aún, pequeña, aplastada, casi roma, de tal manera, que más que mujer parecia una bola, una urca, una abutarda. Se adelantó hácia nosotros, y el vientre caminaba dos ó tres palmos delante de ella. Yo me acordé del célebre soneto de Quevedo que principia:

Erase un hombre á una nariz pegado,

porque, en efecto, la situacion era muy semejante; aquí se trata de

Una mujer pegada á una barriga.

El parisiense se levantó, la mujer rechoncha y la niña nos despidieron hasta la puerta, coreando un saludo de doscientas ó trescientas gracias, unas detrás de otras. Las gracias son el género más barato de Paris. Vale menos que el aire, que el agua y que la luz. ¡Qué baratura de género!

--Pero, señor, me decia mi mujer al salir: ¿puedes tú comprender que esa muchacha tan flexible y graciosa, pueda ser hija de ese fenómeno? ¡Milagros del amor!

Llegamos á casa cerca de oscurecer, y hemos pasado una buena parte de la velada recordando tres cosas: la señora del restaurant, el abrazo del puente Nuevo, y el perro que ardia; aquel animal que se quemaba y lamia el baston de su amo. No lamia la mano del dueño; no lamia sus piés; sino un palo que le lastimaba y que le heria; pero que era el palo con que le castigaba el que le daba de comer. Víctor Hugo ha dicho:

La virtud que en el mundo está en destierro, Hombre no pudo hacerse ... y se hizo perro.

=Dia duodécimo=.

Bustos de azúcar y de chocolate.--Hombres que no debian comer.--Apuros.--Primer restaurant del pasaje de los Panoramas.--Segundo restaurant.--Vajilla de Luis Felipe.--Francia.--Inglaterra.--Pequeño restaurant de Lóndres.

Empiezo este dia por dos curiosidades que hemos visto ayer, y que nos causaron suma extrañeza. En los escaparates de una confitería en la calle de San Honorato descubrimos un Pio IX de azúcar, y en la esquina del gran hotel del Louvre, hácia la plaza del Palacio Real, un Napoleon de chocolate, montado á caballo.

Digo la verdad, sin embargo de no ser pontífice ni emperador, no me sabria bien que una escultura tan original confiase el secreto de mi fama al chocolate y al azúcar. No faltará lector que crea que me doy á inventar ciertas especies, con el objeto de zaherir la sociedad francesa, halagando así nuestro espíritu nacional. Á esa duda, que yo me imagino, contesto que si alguno, francés ó español, me prueba que adultero el menor detalle, la minuciosidad que menos signifique, consiento desde luego que se me tenga por una persona deshonrada. Afirmo, bajo mi palabra de honor, que hemos visto aquellos bustos originales en los lugares indicados; el de azúcar, en una de las confiterías de la calle de San Honorato, y el de chocolate, en la esquina del gran hotel del Louvre.

Pero estaban admirablemente ejecutados, se dirá. Sí, por cierto, contesto yo; admirablemente ejecutados; pero lo hábil de la ejecucion no quita al hecho su natural é inevitable extravagancia, porque es una cosa extravagante que el chocolate y el azúcar, objetos puramente privados, artículos puramente domésticos, se vean convertidos en sustancia artística. Es extravagante, es y no puede menos de ser ridículo, que la escultura, el arte divino de Miguel Angel, se nos muestre en un escaparate de confites. Pero, lo tendré que decir mil veces: cuando llega la hora de ganar dinero á trueque de un efecto cómico, los franceses no respetan á emperadores, ni á pontífices, ni á Miguel Angel, ni á nadie del mundo. Creo que si la idea de la eternidad pudiera prestarse á un relumbron, el hombre francés la expondria sin escrúpulo en un escaparate. Estaria bien sitiada, con algun adorno gracioso, herida por algun reflejo brillante, rodeada de algun golpe mágico, eso sí, pero la idea sagrada de la eternidad estaria expuesta al público curioso en los escaparates de un mercader. Tal vez este retrato es algo atrevido; pero bien sabe Dios que es UN RETRATO AL NATURAL.

Vuelvo á la reseña de este dia.

La Providencia hubiera hecho al mundo un bien muy grande, no habiendo dado necesidades materiales á los hombres que se consagran á la vida intelectual, especialmente tratándose de aquellos que son peregrinos en el presente; peregrinos que, con el báculo de la verdad en la mano y una esperanza valerosa en el corazon, cogen hoy espinas que mañana se convierten en flores, y sirven de corona á las generaciones venideras. Estos hombres, estos mártires de la historia, estos santos de la conciencia, estos sacrificios sagrados de donde saca el mundo su fuerza mejor, debian tener bastante con su culto, como el alambique que contiene un fluido eléctrico, tiene bastante con aquel fluido. Estos hombres debian estar dotados de una existencia elemental como la tierra, como el agua, como el aire: debian ser luces á quienes bastara su natural calórico: debian vivir y conservarse por su propia virtud, de la misma manera que la esperanza vive y se conserva por virtud intrínseca y divina del deseo: debian vivir y conservarse en su espíritu, en su esencia, en esa misteriosa infusion de la mente hacedora, como el perfume de una flor vive y se conserva en los poros sutiles de sus tallos.

A más de un escritor debia bastar su oficio, como basta su claustro al monje. ¿Qué son algunos escritores, sino monjes de otro convento, frailes de otra religion? ¡Ay! no está en esto lo penoso de la órden, sino en que son monjes sin claustro.

En efecto, difícilmente se concebirá una situacion más terrible que la del hombre que dedica su vida entera al esclarecimiento y propagacion de una verdad; de una verdad extraña todavía á la civilizacion particular del siglo ó del pueblo en que vive. Todo lo ha puesto en manos de su idea: vigilias, patrimonio, salud, amor, destino.... ¿Para qué? Para oir en una hora, en un momento, la voz de una mujer, de una hermana, de una madre: _mira que no tenemos que comer; mira que no podemos pagar al casero; mira que es necesario abandonar esos papeles indigestos, y buscar recursos_, tal vez pedir, quizá sufrir la afrenta de quien vale menos, porque sirve menos, porque está mucho más distante de los altos fines que la vida humana tiene que cumplir en el mundo.

¿Qué se hace? Dejar los papeles (el vulgo de las mujeres los llama _papeluchos_) y buscar dinero; pedirlo; sentir en el rostro el calor tremendo de la vergüenza.

¡Qué poco meditan sobre esto los legisladores que condenan al escritor, como se condena al malhechor ó al vago!

¡Ay! La tierra que pisa ese hombre, el palmo de tierra donde pone su planta, esa piedad que debe á la creacion, está mojada de su sudor y de su sangre. ¿Quereis que á eso se junte la argolla del presidio? ¿Tambien ha de comer la vitualla en el patio inmundo de una cárcel? El que está á su lado es un ratero, un traidor, tal vez un asesino; él es el misionero del alma, el apóstol de la verdad, el astro de la vida, el cáliz de la revelacion; un cáliz donde se custodia una chispa del pensamiento providencial que mide y gobierna el universo: el que está á su lado es un maldiciente, un perjuro, un espía; él es el sacerdocio del porvenir; un siglo grande que no cabe en su siglo; un pueblo muy grande que no cabe en su pueblo; la ley de los hombres que no cabe en la ley de un hombre; él es la victoria que se inmola para hacer bien al hijo de su propio sacrificador.

¡Ay! Pónganse los legisladores la mano sobre su conciencia; mediten un instante dentro del secreto de su corazon; miren por un momento esa cuna donde ahora dormitan sus hijos; esos hijos á quienes aman, esos hijos que serán hombres á su vez; esos hijos que en su dia serán padres; esos hijos á cuya descendencia no ha dado nadie un monton de cenizas para que sobre él deje caer la frente helada; esos hijos que son una cifra infinita en el cálculo de la Providencia: lean los legisladores en ese arcano por un momento, un momento más; no les pido más tiempo que el necesario para ver un cometa que aparece repentinamente en los aires: vuelvan los ojos á esas criaturas que ahora dormitan, esas criaturas que mañana se educarán, que mañana aprenderán moral y ciencia, que aprenderán de este modo á ser hombres en el libro del presidiario; esas criaturas que tarde ó temprano han de recibir el bautismo bajo la concha del escritor que come y vive con el asesino y con el espía.

¡Ay! Todo lo ha puesto en manos de una idea: vigilias, patrimonio, salud, amor, destino: tambien la libertad; es un preso: tambien la honra; es un infame.

¡Ay! Si un hijo del legislador, uno de esos hijos que ahora duermen bajo la leve gasa que cubre su semblante; si ese niño llega á ser un hombre de sabiduría, de lealtad, de abnegacion; si llegase á ser el propagador de una verdad mayor que su siglo, el conductor de un fluido para el que la vida de hoy no tiene tubo ni alambique; si debiese al destino el don soberano de tener genio; es decir, el don de una virtud suprema, porque no hay genio sin virtud, no hay genio deshonrado, no hay genio infame, porque no existe _el talento de picar, porque la víbora no tiene talento_: si en el testamento de la predestinacion universal, recibiera ese niño aquella manda gloriosa y divina ¿qué diria el legislador, qué diria el padre, cuando supiera que su hijo comia la vitualla del presidio con el espía, con el asesino, con el traidor, con el ratero?

¡Ay! Pongan una mano sobre los latidos de su corazon, y que respondan una vez: ¿es eso justo?

Todo lo dan: ¿han de dar hasta la honra, como la madre que falta de alimento, da al hijo sus lágrimas?

¿Pero por qué hay hombres que propagan ideas mayores que su siglo ó su pueblo?

¡Escrúpulo curioso en verdad! ¿Por qué hay rayos que purgan la atmósfera? ¿Por qué hay volcanes que purgan la tierra? ¿Por qué hay torrentes que se precipitan y corren cubiertos de espuma? ¿Por qué hay tubos que conducen el fluido eléctrico? ¿Por qué hay chispa eléctrica? ¿Qué me decis á mí de todo eso? ¡Preguntádselo á Dios!

No es nuestra ciencia; es una ciencia mucho más alta. Propiamente hablando, es la ciencia.

He dicho algo á mi compañera sobre lo bueno que seria á ciertos hombres el poderse mantener con la virtud espiritual del pensamiento; el vivir de una manera infusa, _por revelacion_, pero mi compañera me responde que en vano doy que hacer á mi fantasía, porque no hay más medio que resignarse á la _calamidad de comer_. Ella dice que el mismo fuego necesita sustancia que lo nutra, que el mismo aire parece ser el alimento de la atmósfera, como la atmósfera parece ser el alimento del espacio. Dice que la chispa escondida dentro del pedernal necesita un golpe para salir; pero yo no puedo consolarme. El pedernal no anda rodando por las aceras de Paris, á caza de un guisado que no tenga harina, y de un trozo de carne que no esté dura y ensangrentada, y de una botella de vino que no esté agrio, amargo, salado, picante, y no sé cuantas cosas más.

He dicho todo esto, porque la cuestion de comer se hace cada dia más apremiante y amenazadora. Los fiambres no bastan á un estómago débil como el mio, especialmente cuando está acostumbrado á otro método; el método de una mujer inteligente, cuidadosa y que debe quererme algo, segun las muestras.

En fin, la imaginacion de la comida (uso la palabra imaginacion para quitar á la palabra hambre lo que tiene de bajo y grotesco) nos reasume, nos absorbe, nos tiraniza.

Salimos á la calle con el fin de probar fortuna. Entramos en una galería del pasaje de los Panoramas, y vemos un aviso en que se ofrece dar de almorzar bien (_confortablemente_) por dos francos.

No anduvimos más. Nos sentamos en una mesa del rincon, y á los pocos minutos teniamos dos platos delante y una botella de vino Macon. Un plato es de carne y otro de pescado. La carne está dura, muy dura; el pescado tiene salsa blanca, muy blanca; el vino es amargo, muy amargo. Hice á mi mujer una seña, ella resistia por miramiento á los cuatro francos; pero otra señal la decidió, y salimos como habiamos entrado; digo mal salimos con 82 sueldos menos, pues á los 80 de estatuto tuve que añadir dos de propina; aunque la propina es un estatuto tambien..

En otra galería del mismo pasaje, nos dimos de cara con otro rótulo que promete tres platos fuertes, vino de Burdeos y sorbete al fin, todo por tres francos.

Subimos al piso principal; al entrar nos dieron una contraseña, y á poco se presenta un garçon con frac negro y corbata blanca. Bajo el influjo de la primera impresion creí hallarme en el memorable restaurant Champeaux, plaza de la Bolsa, é hice involuntariamente ademán de irme, pero la memoria de los tres francos me detuvo. Nos sirven una buena sopa, un plato de gallina, dos entremeses, una botella de Burdeos inferior; y al llegar á los postres, el elegante garçon entra con una batea llena de primores: porciones de manteca, ruedas delgadas de salchichon, peras, ciruelas, rábanos muy pequeños, dulces y otras curiosidades. Nosotros nos imaginamos ver abiertas las puertas del paraíso terrenal. Mi mujer empezó á proveerse, tomando sin duda revancha de los contratiempos sufridos, cuando el garçon la dice en un tono muy bajo y muy meloso:

--Perdone usted señora: no se pueden tomar más que dos porciones á eleccion. (_Pardon, madame: on ne peut prendre que deux portions au choux_.)

--Ya me parecia, me dijo mi mujer, que esto era demasiada suerte para nosotros.

--Si usted quiere tomar más porciones, añadió el garçon, será aparte....

--¡Gracias! ¡gracias! contestó mi mujer precipitadamente, como si temiera ver un papel de aguas inglesas con 27 francos en medio.

Mi compañera tomó manteca y una fruta del tiempo; yo tomé tres porciones de fruta, dos que tocaban á mi cubierto, y una que me tocaba á mí por no tomar sorbete.

Mi mujer tomó el suyo, pagamos y nos salimos á la calle, y cualquiera hubiera conocido en nuestras caras que estábamos de mejor humor. Pero aquello era caro para la comida normal, y proseguimos nuestras excursiones.

Despues de mucho discurrir al azar, _oliendo donde se guisa_, atravesamos una de las galerías del Palacio Real, y en un bazar de porcelana hemos visto un juego de platos, que perteneció á Luis Felipe.

Acerca de la autenticidad no hay duda alguna, puesto que los platos son de lo mejor que se hace en la famosa fábrica de _Sevres_, y tiene en el fondo la corona y nombre de _Luis Felipe_. Esto nos induce á dar crédito á la señora del almacen de los Panoramas, sobre el baston de Richelieu, puesto que lógico parece que descuide el baston del cardenal, quien descuida la vajilla de un rey. Se conoce que la nobleza francesa tiene poco gusto tradicional; lo cual quiere decir poco gusto de si misma, poca conciencia de su ejecutoria, poca sensatez. ¿Cómo seria posible que un lord consintiese que decorara el escaparate de un mercader, una vajilla que hubiese servido en la mesa de uno de sus monarcas?

La Francia, siendo inmensamente más grande que la Gran Bretaña por la ley de la naturaleza, no debe entrar en lucha con el pueblo inglés: tiene una desventaja capitalísima; es menos lógica, como ya he dicho, y la lógica es un poder inmenso; sino inmenso, es un formidable poder: La Francia lo tiene; pero la Inglaterra lo tiene mayor. Francia tiene uno; el del país, el poder social. En el Reino Unido hay un millon de lores y de hombres de gobierno ó de empresa: hé aquí un millon de poderes; el privilegio portentoso de una casta política, la cual, pordioseando por todo el mundo conocido, hace que todo el mundo conocido la pida limosna.

La Inglaterra es la especialidad más rara que se ha verificado en la historia, el fenómeno más curioso de estos tiempos fenomenales. Caerá sin duda, caerá mañana, porque hoy representa lo que representaba el mundo que cayó, el mundo que no pudo menos de caer, que caerá siempre y en todas partes que tenga creaciones análogas; que tenga ídolos sociales que adorar. La casta antigua le llamó mago, por ejemplo; el mago inglés se llama cañon, pólvora, buque, lord, renta, capital; pero de cualquier modo es la antigua casta, el mago persa ó el brahman indio.

_Esto caerá, como cayó aquello_, reproduciendo las sublimes palabras de Víctor Hugo.

La Inglaterra caerá; pero no caerá sino como cae una masa enorme: caerá como cayó el templo de Belo, como cayó el coloso de Rodas, como cayó el Partenon de Grecia, ó el Capitolio de Italia, como caerán las Pirámides de Egipto; como caen los milagros del hombre.