Un paseo por Paris, retratos al natural

Part 11

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Escritores notables son de parecer que el interés que el obelisco nos inspira procede de la circunstancia de ser una columna, compuesta de una sola pieza; más claro, de la circunstancia de ser una maravilla de mármol. Para estos escritores no hay otra razon que la magnitud, la forma, el arte, la arquitectura. Esto explica algo; pero está muy distante de explicarlo todo. No, no es únicamente la arquitectura. ¿Qué arquitectura tiene una cruz? Sin embargo, halle el hombre más indiferente una cruz humilde en medio de un desierto, en el silencio de la soledad; mire aquella cruz que le está diciendo que allí descansan las cenizas de un hermano suyo, como sus cenizas descansarán mañana en otra parte, y el hombre se destoca, palidece ó reza. Visitemos un valle frondoso, y entre flores verdes y lozanas, encontremos una flor marchita. ¿Qué arquitectura tiene esa pobre flor? Sin embargo, al mirar la flor seca, no podemos menos de suspirar; aquella flor se mústia como se marchita nuestra vida, como se marchitan nuestras ilusiones, nuestros amores, nuestras esperanzas, nuestros sueños, nuestros delirios. Aquella flor seca es la historia de nuestro corazon, un eco que resuena hondamente en nuestra alma. No es una flor del valle; es una memoria, un sentimiento, un vaticinio de la vida; es una poesía triste, una poesía que hace llorar.

El obelisco no nos atrae, no nos llama, no nos interesa, no nos seduce, sino porque es una especie de escritura sagrada, un geroglífico que no comprendemos, un pensamiento que no adivinamos, el símbolo de una creencia, un símbolo de fe, un símbolo de religion. No es el arte, no es la arquitectura, no es la forma, no es la magnitud lo que nos llama en ese monumento emblemático; es la religion, el misterio, el espíritu.

Aquello es un arco; esto es una plegaria. Aquello es un trofeo; esto es un enigma. Allí admiro el orgullo de un hombre. Aquí venero el arcano de una esperanza.

Esto es más que aquello, lo ha sido, lo es, lo será eternamente, porque para la idea de Dios el tiempo es una escala que, no tiene tramos. El geroglífico misterioso de Sesostris, es más que la soberbia fastuosa de Napoleon. Sí, repetia yo interiormente, el obelisco me atrae más que el arco, porque _esto es más que aquello_, y al pronunciar estas palabras me volví, y alcancé á ver, como una aparicion trémula, casi flotante, el suntuoso pórtico de la Magdalena, que parecia nadar sobre sus columnas. Entonces, sin poder resistir á mis ideas, dije en alta voz: _y aquello es más que esto_; la iglesia cristiana es más que el obelisco asiático; la caridad del Redentor del mundo es más que el misterio de Sesostris.

Me dirigí al coche, al mismo tiempo que el cochero avanzaba hácia mí, porque habiéndome oído hablar, se imaginó que le llamaba, ó quizá que estaba maniático ó que me habia vuelto loco.

--_¿Est-ce que vous m'appelez, monsieur? (¿Me llama usted, señor?)_

--_Pas du tout. (No.)_

--_Mais j'ai entendu.... (Es que he oído....)_

--_Je n'ai rien dit. Á l'hôtel des Étrangers! (Nada he dicho; á la fonda de los Extranjeros)_, y me metí en el coche. No habian pasado quince minutos, cuando me apeaba en la calle de Feideau. Mi pobre mujer me esperaba asomada al balcon, significando cierta impaciencia, pagué al cochero y subí la escalera como un relámpago.

--¿De dónde vienes?

--De la casa de la Ciudad y del arco del Triunfo.

--¿Y qué traes?

--Muchas cosas, muy grandes y muy buenas.

Mi mujer tomó una friolera y se acostó. Yo empecé á escribir esta desaliñada Revista, que me entretuvo hasta la una y media. Pero no quiero terminar este dia sin dar parte al lector de que tengo una curiosidad, casi un deseo, casi una ilusion: la ilusion de visitar un monumento de Paris; un monumento en que he pensado muchas veces, que he creido ver desde España, porque uno cree ver todo aquello que le hace sentir, y algo ve realmente, puesto que el corazon tiene tambien ojos; un monumento que amo mucho, tanto como si fuera de mi país, aunque los monumentos no tienen países. El arte es como el sol: donde brilla allí reina; tiene por patria todo lo que alumbra.

Al acostarme, vi que mi mujer estaba despierta. ¿Cuándo visitarémos, la dije, el edificio de que te he hablado tantas veces?

--En la semana entrante, contestó mi mujer.

--En la semana entrante, respondí yo; queda convenido.

Hoy es miércoles; de modo que tenemos seis ó siete dias para darnos en cuerpo y alma por esas plazas y calles de Dios, por esos cafés, por esos teatros, por ese bullicioso y reluciente laberinto, á caza de impresiones y curiosidades de sociedad. Despues volverémos á la historia y á la piedra, alternando con cuadros de costumbres, de carácter, de raza, por decirlo así, hasta que logremos formar una idea provechosa de este fabuloso conjunto. Si no hallo el camino de agradar al lector, acháquelo á falta de talento y de habilidad, no á falta de intencion, de deseo y hasta de cariño.

=Dia sétimo=.

Vistas de Paris.

Un amigo viene á buscarnos muy de mañana, y á propuesta suya, hemos empleado casi todo el dia en ver á Paris desde tres puntos diferentes: desde lo alto del arco del Triunfo, desde una orilla del Sena, y desde las alturas de Montmartre.

La vista desde el arco es extensa, varia, pintoresca, rica, grandiosa. Paris entero se ve desde allí, como se distinguen todas las figuras de un panorama bien descrito.

La vista del Sena es más delicada, más graciosa, más elegante. Hay allí algo poético, algo ideal. Una parte de Paris se nos ofrece como si estuviera cimentada sobre los arcos de los puentes; parece un pueblo que vive y se mueve sobre un rio, y esto causa una impresion extraña y agradable.

Por fin, la vista desde las alturas de Montmartre no tiene que ver nada con las otras. Es una perspectiva especial, en que apenas sabemos lo que miramos. Desde aquellas alturas no es Paris, sino el embrion de una ciudad de un millon de almas; una mesa revuelta de veletas, agujas, torreones, cúpulas, campanarios. Al fijarnos en aquel grupo indefinible é interminable, creemos que unas casas se han edificado encima de otras, y que Paris está como hacinado, como arrollado sobre sí mismo. Es un todo revuelto, deforme, confuso, extravagante, casi sublime.

Los tres grabados que acompañan sobre el asunto, dan una idea exactísima de cada una de las situaciones indicadas. Figúrese el lector que está viendo á Paris en miniatura desde las alturas de Montmartre, desde el arco del Triunfo, y desde una orilla del Sena.

[Ilustración: Vista de Paris desde la cima del arco del Triunfo.]

[Ilustración: Vista de Paris desde una orilla del Sena.]

=Dias octavo, noveno y décimo=.

Dos dias de encierro.--Provisiones.--Los libros de mi mujer.--Un español.--Compras.--Patriotismo de mi compañera.--Carácter capital de las mujeres.

Llueve á cántaros, y hemos invertido dos dias en asuntos privados. Mi mujer ha dispuesto el equipaje y yo he escrito á mis buenos amigos de España, más un artículo para _La América_, titulado, _filiacion de los partidos en política_.

La cuestion de comida nos preocupa muy sériamente, é ignoro á dónde irémos á parar. Desde que salí de Madrid no he hecho una verdadera digestion, y ya mi estómago principia á volverse contra su sueño. No entienda el lector que somos dados á la gula; no se trata de gozar sino de vivir, y cosa es esta para no ser mirada de cualquier modo.

Buscando recursos contra esta penuria artificial, mi mujer y yo hemos ido al pasaje de los Panoramas, que dista pocos pasos de nuestro hotel, y nos hemos provisto de jamon dulce, salchichon, una caja de sardinas escabechadas, un cestillo de fresas y pan. Un tabernero de la acera de enfrente, el buen _Jeannin_, nos ha enviado dos botellas de vino Macon (á 20 cuartos el cuartillo), y una lechera de la vecindad nos ha hecho el favor de enviar á su niña con un cuartillo de leche de vaca.

Los fiambres no podrán ser el alimento de muchos dias, al menos para mí; pero son el recurso de hoy.

Mi mujer está empeñada en que con tres litros de cinta tiene bastante para aderezarse el sombrero. Despues de querer la cinta por litros, que es como si dijéramos por azumbres ó por celemines, estoy viendo que cualquier dia va á pedir un _metro_ de vino.

Esta mañana hice cierta pregunta á un caballero que encontramos cerca de la fuente de Moliére, calle de Richelieu; el caballero me contestó que no me comprendia porque era de otras tierras. Esto lo dijo en español. Á mi mujer le pareció que habia sacado la lotería.

--¿Es usted español? ¡Bendito sea el cielo! Venga usted acá, hable usted español, hablemos español: apenas vuelva á España, estaré hablando el español durante un mes seguido.

Aquel caballero debia marcharse al dia siguiente, y nos dió las señas de su habitacion en Barcelona, en el Lóndres de España; un Lóndres tan activo, tan laborioso, tan inteligente, tan moral como Lóndres; tan desgraciado como Barcelona.

Mi mujer estaria aquí todo lo bien que puede estar una mujer léjos del país de sus afecciones, de sus conocimientos y de sus hábitos, cuando comprendiera y hablara el idioma: no hablándolo ni comprendiéndolo, vive mártir ó poco menos. No poder hablar es para la mujer una contínua irritacion, una perdurable indigestion de palabras y de deseos, una especie de _hidrofobia_. Quien inventó el silencio, no tuvo necesidad de inventar infierno para las mujeres.

Sin embargo, es cosa de la Providencia que no sepa francés, porque si lo supiera, ¿qué dirian los franceses al oirse llamados _animales_ á cada momento?

--_Pero, hombre, ¿no ves qué bestias son estas gentes?_ Hé aquí una de las frases más indulgentes de mi compañera. Los llama bestias, porque no entiende su idioma.

Hemos empleado una gran parte de la mañana en hacer varias pequeñas compras.

_Mi mujer._ Compremos ahora un ovillo de hilo.

_Yo._ Es que yo ignoro cómo se llama el ovillo en francés.

_Mi mujer._ Pues, compremos trencilla para atar las botas.

_Yo._ Es que yo ignoro cómo se llama la trencilla en francés.

_Mi mujer._ Pues compremos siquiera los camisolines.

_Yo._ Es que ignoro tambien cómo se llaman los camisolines en francés.

_Mi mujer._ Llevemos al menos los manguitos.

_Yo._ Es que ignoro cómo se llaman los manguitos.

En resumidas cuentas, tuvimos que volver al hotel, y tomar una porcion de notas del Diccionario. ¡Trencilla, ovillo, manguitos, camisolines! He pasado hoy el estrecho de Magallanes en plena tempestad.

Nuestra venida á Francia me ha hecho comprender un sentimiento que yo no conocia en mi compañera, al menos desarrollado en tan grande escala. Mi mujer es una patriota acérrima, intransigente, absoluta. No oye hablar de España sin que la sangre se la suba al rostro. ¡Ay del mundo si su voluntad se cumpliera! ¡España pesaria como una cadena de bronce sobre el cuello de la humanidad!

Bien es verdad que el amor á su país, lo que llamamos nuestro país, no es el atributo de una mujer, sino de la mujer, especialmente cuando se ha educado en uno de esos pueblos en donde imperan aún las costumbres del Asia. En el amor ardiente, imaginativo, vaporoso, poético, que la mujer profesa á su tierra natal, hay un algo que pone la naturaleza, y otro algo que ponen la educacion y el hábito.

Evidentemente, la mujer está llamada por la naturaleza á no poder vivir sin una pasion efectiva; su ciencia grande, su gran vida tiene por centro el corazon. Por esto mismo es la destinada á concebirnos en sus entrañas y á darnos su sangre con placer. No bastaba el tierno alimento con que nos nutre. La mision de la madre, esa mision augusta, la más augusta que el cielo encomendó al género humano, no es una tarea mecánica; la tarea autómata de sacar el pecho y llevarlo á la boca del hijo, no: es una tarea de cariño, de efusion, de delicia; es una tarea santamente providencial.

La ley de la mujer es amar, amar desde luego, lo primero que ve, lo primero que oye; porque lo primero que oye y que ve la hace sentir, y en la mujer sentir es amar.

Ve la flor, y ama la flor. Canta un ave, y ama aquel ave. ¿Cómo no se ha de enamorar de su país, cuando se enamora de las flores que ve crecer, de las aves que oye cantar? ¿Cuántas mujeres no han vertido lágrimas amargas bajo la impresion del arrullo tardío y doloroso de una tórtola?

En esta estructura sentimental é imaginativa de la mujer; en este carácter radical y profundo, entra indudablemente la naturaleza. Nuestras madres son por naturaleza afectivas, y como el afecto obra instantáneamente sobre la fantasía, son tambien por naturaleza fantásticas, pero si la naturaleza pone una parte, la educacion y el hábito ponen otra, como antes dije.

La sociedad histórica tiene hasta hoy dos revelaciones capitales: la sociedad egipcia y la sociedad humana; es decir, la sociedad referida á la tradicion, y la sociedad referida á la misma sociedad.

Estas dos transiciones históricas están reflejadas en todas las faces de la humanidad; por consecuencia en todas las faces de la mujer.

_Mujer asiática y mujer social: mujer religiosa y mujer política._

La mujer sepultada en su casa desde que nace hasta que muere; la mujer á quien se representa como un vacío insondable el espacio que media entre la cuna y el sepulcro; que está acostumbrada á mirar en aquel vacío un ataud, cuya gasa negra no puede suspender; una madre, una esposa, una hija que tiene el hábito de enamorarse hasta del espejo en que se contempla, hasta de la vajilla en que come, hasta del dedal de su costurero: esa mujer cuyo destino está cifrado en amar lo que ve, y no ve otra cosa que el misterio que la rodea; esa mujer que se habitúa á enamorarse de su propio misterio, no puede menos de ser ardientemente patriótica, porque es ardientemente doméstica. Yo he conocido á una señora que lo guardaba todo en un gran cofre que tenia, como si fuera una reliquia preciosa: hasta la cáscara de los huevos, y más de un vivo podria atestiguar la verdad de este caso. Diga ahora conmigo el lector: ¿qué significacion podria tener en la casa de esa señora el nombre humanidad? Ese nombre allí hubiera sido una palabra peregrina, intrusa, repugnante. ¿Qué sitio del cofre habia de ocupar? La palabra _mundo, humanidad, género humano_, no ocupaba en el cofre sitio alguno: la cáscara de huevo, sí; esta cáscara valia más para la señora que el género humano, que el mundo, que toda abstraccion, que todo idealismo por más universal y grande que fuese.

Hé aquí la mujer asiática; la mujer del primer período histórico; la esclava del marido, el misterio profano de la familia, el perfume quemado en los altares de Faraon.

Pero esa mujer halla abiertas un dia las puertas de su casa; sale á la calle, la permiten salir; habla, piensa, obra; oye pensar, ve hacer; entra en la revolucion de las opiniones y de los derechos; la nueva moral la auxilia; la nueva religion la llama; se asocia, por fin, á la vida pública; por fin, _se asocia_; siente este vínculo, siente la relacion social, como antes sintió el cariño á la aguja con que cosia: comprendiendo y sintiendo la razon que la une á un pueblo, á una raza política, comprende y siente por intuicion lógica las razones que existen para que una raza se asocie á otra raza; para que un pueblo llame hermano á otro pueblo, y de escala en escala, de idea en idea, de emocion en emocion, de regocijo en regocijo, de dignidad en dignidad: ¡sí! de virtud en virtud, de alteza en alteza, en su cerebro y en su corazon se va criando una figura alentada y noble, una síntesis que no es otra cosa, en resúmen, que la idea y el sentimiento de su propio sér, extendido á toda su esfera, á su magnánima nacionalidad; á la nacionalidad de un poder que creó para un mundo un cielo y una tierra.

En toda el Asia, en toda la Turquía de Europa, en Italia, en Grecia, en casi toda España, en Portugal, en la mayor parte de América; en la América tradicional por hábito, aunque sea social por instituciones que no han tenido tiempo de renovar la faz política; en todos esos pueblos enumerados la mujer pertenece al primer período: es egipcia; es la esclava del Faraon que se llama marido; familia, hogar; es la flor que se cria en el jardin para que la huela su amo.

La mujer alemana (en una gran parte de aquel país), la mujer francesa y la de algunos puntos de los Estados-Unidos del Norte americano, pertenecen al período segundo: son el sepulcro de Jesucristo reconquistado por una cruzada que se llama civilizacion, como podria llamarse derecho, justicia, amor, dogma.

En estos pueblos las mujeres son casi hombres: hombres afectuosos, imaginarios, tiernos: hombres como pueden serlo una madre y una hija, porque la naturaleza no puede mentir; pero personalidades humanas, verdaderos poderes en la familia, en la opinion, en el derecho, en las creaciones sociales; _personas de razon_, porque la educacion no puede dejar de enaltecer, libertando al esclavo; porque la libertad es la sancion divina del albedrío; porque el albedrío es la sancion divina del hombre; porque el hombre es la sancion divina de la sociedad; la libertad es el mismo Dios que se filtró en nuestra conciencia: _sed semejantes á mí_, quiere decir _sed libres_. «Si no sois libres, nos dice Dios, ¿con qué virtud me vais á amar?»

Es indecible la complacencia con que estudio á las mujeres de Paris. No conozco la representacion de la mujer inglesa y rusa, y este es uno de los motivos porque más deseo visitar á Lóndres y San Petersburgo. Á una mujer debo toda mi vida, y natural parece desquitarme de semejante deuda, consagrándola una pequeña parte de aquella vida tan empeñada.

Reasumo este asunto diciendo que mi mujer es muy patriótica, porque es muy doméstica: quiero decir, porque pertenece á la historia asiática. Ve en su país una humanidad más excelente, un Israel profético, y es una Judit que ama su tierra, como Judit amaba su Betulia.

Yo trabajo por hacerla cristiana; pero ella está conforme con ser el enigma escondido en el palacio de Faraon; digo mal, en el palacio de dos Faraones: uno es España.

Probablemente ninguno de los dos serémos muy tiranos con ella.

Nos dirigimos á las Tullerías y al Louvre, atravesamos el inmenso patio de este inmenso alcázar, torcimos á derecha para tomar el Puente Nuevo; á poco estábamos en el muelle de Voltaire, y luego en la famosa calle de la Universidad. Por allí anduvimos á la ventura durante tres cuartos de hora, atravesando calles y callejuelas, como para ver si notábamos esa especie de gusto _clásico_ que debe reinar en unos lugares donde manda la ciencia. Efectivamente, hay aquí algo de la vida revuelta del estudiante, y del silencio austero del aula. Yo creia percibir cierto aroma de pensamiento, cierto olor de libro; así se lo dije á mi mujer, la cual movió pomposamente la cabeza, en señal de una negacion monda y lironda, lisa y llana.

--Yo no huelo nada, dijo mi compañera; lo único que huelo es que mis piernas se cansan ya, y que debíamos aproximarnos á las Tullerías para tomar asiento en los sillones imperiales.

--¡Enhorabuena! contesté yo, pero me parece que deberias mostrarte más respetuosa con esta antigüedad científica, porque has de saber que te encuentras en lo que se llama _el barrio latino_, un barrio muy célebre, aunque no sea sino por los muchos grandes hombres que aquí se han formado, que de aquí han salido para ilustrar al mundo, y que pisaron estas mismas piedras que pisamos nosotros en este momento.

--Pues con perdon de esos grandes hombres, contestó mirándome mi mujer, y de las piedras que esos grandes hombres pisaron, te digo y te repito que estoy cansada, y que si no nos vamos á las Tullerías, me tendré que sentar en medio de esta acera.... Al decir esto, se paró como si quisiera dar más fuerza á su argumento, cuando oimos los agudos chillidos de un perro, que salia casi ardiendo de un portal de enfrente. Era un perro de lana; habia entrado sin duda en la cocina, alguna chispa habia saltado de los hornillos, la lana habia prendido fuego, y el pobre animal salia á la calle medio ardiendo y chillando de un modo horrible. El amo le seguia, llevando en la mano derecha un baston ó cosa semejante. El pobre animal retrocedia, avanzaba, ladraba, se mordia á sí mismo, chillaba, gruñia, y cuanto más se meneaba, más se encendia la lana. El amo le llamaba, y queria apagar el fuego, pasando el baston á raíz de la piel; pero el palo le lastimaba las quemaduras, y el perro aturdido hacia ademan de morder al amo, con una rabia y un atolondramiento indefinibles. El amo entonces extendia el palo, como para rechazar al animal, y el infeliz perro, al notar que su amo le amenazaba con el baston.... ¡Oh ejemplo que asombra! ¡Oh virtud que aturde! ¡Oh lealtad que debia dar vergüenza á los hombres! Aquel pobre perro que se quemaba vivo, que se mordia á sí propio, que tenia la rabia del frenesí, al notar que su amo le amenazaba con el palo, pegaba el vientre al suelo y lamia el extremo del baston. Este ejemplo de abnegacion sublime, de sublime heroicidad, nos enterneció de tal modo que nos aproximamos resueltamente; otros vecinos acudieron, y entre todos, en embrion, en tropel, apagamos el fuego con las manos y con los pañuelos del bolsillo. Yo estaba entre aquella gente, y hablaba á todos como si fueran individuos de mi familia. Despues que apagamos el fuego, dije al amo que debia untar las quemaduras con manteca sin sal, y no bien hube acabado de pronunciar estas palabras, cuando una jóven de catorce ó diez y seis años echó á escape, y trajo un papel con bastante porcion de manteca. La juventud es tan ardiente como generosa. El amo sujetaba al perro, y á despecho de sus alaridos y convulsiones, le untamos bien todas las quemaduras. Luego, temblando de dolor, entró en su casa detrás del amo. Una de las mujeres que asistieron al lance, dijo algunas palabras á mi compañera, que la contestó en buen castellano: _no la entiendo á usted_. Aquella mujer que _no comprendió_ que mi mujer no la _comprendia_, se me quedó mirando, como si esperase que yo la explicara el asunto. _Mi señora ha contestado á usted_, la dije, _que no entiende el francés_. La mujer se quedó parada, y echaba unos grandes ojazos á mi compañera, al mismo tiempo que exclamaba con mucho asombro: _¡Madame ne comprend pas le français! ¡La señora no entiende el francés!_ Esto queria decir: ¿esa señora no sabe el francés y está en Francia? ¿Cómo lo va á pasar ignorando la lengua del país? ¿Pero, de dónde viene esa señora que no sabe el francés? Yo que comprendí perfectamente toda la intencion de aquella mirada, y que me sentí algo picado por la _negra honrilla_ de mi compañera, la dije con un marcado aplomo: _Madame ne comprend pas vôtre langue, ainsi que vous ne comprenez pas la langue de Madame. (Esta señora no comprende la lengua de usted, así como usted no comprende la lengua de esta señora.)_ Y luego añadí: _Madame ne comprend pas la langue de votre pays; mais elle comprend une autre langue plus necessaire, plus universelle, plus savante: la langue de la charité. (Esta señora no entiende el lenguaje de este país; pero entiende otro lenguaje más_ _necesario, más universal, más sabio: el lenguaje de la caridad.)_

Esta salida convenció á la buena mujer: _oui, monsieur; oui, monsieur_ (sí, señor; sí, señor), decia repetidamente, y se fué haciéndonos una reverencia. En efecto, la caridad es una religion que hace á todos los hombres hermanos.