# Un paseo por Paris, retratos al natural

## Part 10

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Difícil será hallar en el mundo una ciudad más alumbrada que Paris. Hay muchos establecimientos que emplean centenares de luces, y tratándose de los _cafés-conciertos_, es tarea no muy fácil el contarlas. Pero de todo eso que se ve, de ese foco brillante que por todas partes aparece, que por todas partes se filtra, que más de una vez se descubre á lo léjos, debe rebajarse una mitad. La mitad es debida al juego teatral de los espejos interiores; debida á la mágia parisiense.

Aquí todo tiende á ser mágico; hasta la bota con que pisamos el lodo inmundo: la misma bota, el mismo zapato, la humildad aplicada al vestido del pié, lleva aquí detrás su cortejo, su galantería; _au soulier galant_. Por eso Paris, sin dejar de ser una ciudad importantísima, es una ciudad aparente; artísticamente mentirosa, artísticamente exagerada, exageradamente culta.

Llegamos al hotel cerca de las diez, y mi mujer y yo digimos: Paris es un mónstruo muy bello, sobre todo muy iluminado: su morada seria deliciosa sin coches: con coches, viene á ser un infierno vivo.

Suponiendo que la poblacion avecindada y la flotante suba á millon y medio de almas, que ciertamente no bajará, creo que á cada quince personas podria tocar un carruaje: creo que en Paris no hay menos de cien mil carruajes de todas matrículas y cataduras. Hablando solamente de los coches públicos, puedo asegurar que he llegado á ver hasta el número once mil y tantos.

¡Feliz yo si hubiera tantas perdices como las de mi plazuela de Herradores, tantos pucheros como mi olla de Madrid, tantas botellas como las de mi clásico manchego!

Voy á terminar este dia con una pregunta: ¿se vive aquí mejor que en otras partes?

Estos grandes centros no son otra cosa que hornos de fundicion social, donde se depuran las creaciones que hacen falta al mundo: no son centros de dicha; son talleres de necesidad. Estas ciudades hacen lo que la mujer cuando nos inspira fuertes pasiones: pasiones que sirven para purgar con fuego la escoria que llevamos en el corazon.

No envidieis esto, hombres sencillos, que pasais la vida girando en torno de vuestra aldea, como da vueltas la paloma alrededor de su nido: el espíritu humano es como el ambiente: siempre se nivela. Dios no ha puesto los goces supremos de la vida en los resplandores de un vidrio, ni en el espacio de una calle, ni en la hermosura de una plaza, de un paseo ó de un arco triunfal. El hombre tiene su monumento en donde tiene su inteligencia, sus creaciones, su familia; donde tiene la patria que le ha dado quien dió astros al cielo. ¿Qué cristal más brillante que el sol? ¿Qué mejor prisma que una estrella? ¿Qué fábrica más espaciosa que vuestros campos? ¿Qué arco triunfal más suntuoso y más magnífico que el firmamento?

En todas partes está el hombre: en todas partes respira Dios. ¿Qué Paris tan grande como Dios y el hombre?

No, no envidieis esto. Yo lo trocaria por vuestros bosques silenciosos, sino tuviese marcada mi tarea de pequeño obrero en estos grandes hornos de fundicion.

En resúmen, el hombre tiene aquí placeres de opinion y de fantasía que vosotros no conoceis; como teneis vosotros goces de calma y de naturaleza que no se conocen aquí. El hombre se aproxima incautamente al horno y se quema; como en la aldea se aproxima imprudentemente al arroyo y se ahoga.

Solo de un modo podriais ser más desgraciados que los habitantes de esta Babilonia, que me aturde: teniéndoles envidia.

=Dia sétimo=.

Casa de Ciudad, arco del Triunfo, Obelisco.

Mis queridos lectores, ayer os he hablado de las Casas Consistoriales y del arco del Triunfo, y os debo algunas palabras sobre ambos monumentos, representantes de célebres y poderosas tradiciones políticas de este país. El palacio de la Ciudad es el representante de las tradiciones del Municipio; el arco de la Estrella es el representante capital de las tradiciones del Imperio; un gran trofeo representando una grande historia; un coloso representado por otro coloso.

A las cinco comimos en el restaurant del pasaje de los Panoramas; volvimos á casa á las cinco y media, dejo á mis compañera en el hotel, entretenida en escribir á sus amigas de Madrid y Valencia, salgo á la calle, vuelo á la plaza de la Bolsa, tomo un coche, y á las seis menos diez minutos me tiene situado delante de la casa de la Villa.

Apartemos ahora los ojos de ese edificio; volvamos con el pensamiento al siglo XIV, dejándonos atrás quinientos años, y en el lugar en donde ahora se levanta ese alcázar grandioso, hallarémos una pobre casa, llamada _la casa de la Greve_, ó _la casa de los Pilares_, aludiendo á los pontones de madera que sostenian su mezquina fachada, ó bien la casa de _los Delfines_ (de los Príncipes), aludiendo sin duda á que aquel edificio habia pertenecido á los príncipes de Viennois.

[Ilustración: Casas Consistoriales.]

[Ilustración: Plaza de la Concordia.]

Dejemos ahora la humilde casa de los Pilares ó de la Greve, costeemos los bordes solitarios del Sena, y encontrarémos, casi fundada sobre las corrientes del rio, una morada más humilde aún. Esa morada oscura, ese castillo viejo y ruinoso, eso que parece más bien la barraca de unos pescadores, es el local de la Municipalidad de Paris: _el locutorio de los paisanos ó del pueblo, le parloir aux bourgeois_. La Municipalidad quiso entonces mejorar de vivienda, y resolvió comprar la casa de la Greve. En efecto, un preboste ó corregidor de los mercaderes, el famoso Estéban Marcel, á quien dedicarémos una página en la reseña histórica de Paris, compró la casa de los Pilares por la cantidad de 2.880 libras, en 7 de Julio de 1357, y á ella se trasladó el Ayuntamiento, ocupando el trono el rey Juan. Pasan doscientos años, la pobre casa de los Pilares no puede con el peso de los infinitos y memorables acontecimientos de que fué teatro durante dos siglos; aquella pobre casa amenaza ruina en el reinado de Francisco I, y el Cabildo de Paris, que habia dejado la barraca del Sena para ocupar la casa de los Delfines, concibe ahora el pensamiento de derribar la antigua casa de los Delfines, para levantar un palacio que corresponda á la importancia de la corporacion y de la ciudad. Llegó el 15 de Julio de 1533, y Pedro Viole, preboste de los mercaderes, seguido de los síndicos y regidores de la ciudad, puso solemnemente la primera piedra del futuro palacio, entre el clamoreo de las campanas de San Juan y de Santiago de la Giferia. El edificio se terminó en 1836; bajo Luis Felipe, que deberia llamarse en la historia _el rey completador_.

La vista de este alcázar deja en nuestro ánimo una impresion particular, en que influye, menos indudablemente el género de su arquitectura, que el carácter de su historia, el gusto, por decirlo así, de sus recuerdos, la arquitectura de su pasado, esa arquitectura que está más allá de la piedra que vemos.

No es un edificio del renacimiento, ni del feudalismo, y sin embargo, nos parece que tiene algo del feudalismo y del renacimiento; algo del siglo X y del siglo XIV. Tiene lo que debe tener un palacio; no tiene nada de lo que tiene una abadía ó un convento, y sin embargo, menos que la idea de palacio me suministra la idea de una abadía, con su pórtico, sus columnas, sus ventanas, sus torreones y las esbeltas y atrevidas agujas de sus para-rayos, que parecen ser veletas de un templo. Sin dejar de tener la gravedad de la magnitud, el aire espléndido de la grandeza, la magnificencia liberal de la pompa, encontramos en ese alcázar algo festivo, algo risueño, algo popular. Es un noble, un magnate, un monarca, que sin dejar de ser monarca, magnate ó noble, tiene algo del antiguo preboste de los mercaderes. Sin dejar de ser un palacio grandioso, un monumento colosal, tiene algo de la humilde casa de los Pilares, algo de la pobre barraca del Sena, del primitivo _locutorio_; algo de aquello que pasó para la arquitectura, que no ha pasado, que no pasará nunca para el espíritu del hombre; sobre todo, para el espíritu de los pueblos. Hay algo popular que arranca de ahí, que de ahí se desprende y viene á buscar al espectador.

El palacio del Ayuntamiento forma un extensísimo paralelógramo, flanqueado por dos pabellones intermedios y cuatro pabellones en los ángulos.

Encima de la entrada principal, que da á la plaza, se ve un bajo-relieve, ejecutado en bronce, el cual representa á Enrique IV montado á caballo. El patio está circuido de graciosos pórticos, y exornado por una estátua de Luis XIV, obra de Coysevox, reliquia preciosa para el arte, que la aprecia más que las numerosas estátuas de los hijos célebres de Paris, que decoran el frontis de este opulento alcázar.

En la fachada del Norte, que cae al Sena, se ven doce estátuas alegóricas, y al pié, verde, humilde y gracioso, un jardincito limitado por una verja, la cual lo separa del borde del rio. No es una perspectiva arrebatadora; pero es ingénua, cándida, inocente como los recuerdos de la niñez. Al ver esos hierros, esa verdura y las aguas del Sena, parece que vemos al Paris feudal, y nos acordamos naturalmente de Abelardo y Eloisa.

Tal es el edificio por fuera; visto por dentro, no es un edificio, sino un mundo fascinador. Son notabilísimas la sala de los Arcades, el salon del Emperador, el de la Paz, el de las Cariatides, el del Zodiaco, la galería de piedra, la de las fiestas, adornada con una profusion que excede á todo exagerado encarecimiento, y el salon de las artes. Pero más que todos esos fastuosos salones, más que todas esas ricas exposiciones de la entusiasta imaginacion de un pueblo brillante y fantástico, más que todos esos fatigosos alardes de lujo y de riqueza, hieren y cautivan nuestra atencion tres salas extensísimas, casi desnudas, silenciosas, solemnes: la sala del trono, con sus doce enormes arañas, destinada primitivamente á las recepciones, á los banquetes y festines, y las dos salas de los _Prebostes_, de esos magistrados del pueblo, de esos reyes de la ciudad, de esos alcaldes absolutos que eran los amos de Paris, como los padres de la edad media eran los amos de su familia, como los señores feudales eran los amos de su feudo y de su castillo. El preboste era el guardian de aquel convento; era el abad de aquella abadía.

La sala del trono, con cierto aire de grave y reposada aristocracia, con la elocuencia imponente, venerable y austera de la antigüedad, con la fantasía lúgubre y poderosa del pasado: y las dos salas de los prebostes, con cierto aire de cordialidad y de franqueza, de barbarie agreste y de recta justicia, con esa mistura de desenfado y de miramiento que veneramos en los antiguos, el desenfado del hombre rudo, y el miramiento religioso del hombre de bien; esas tres salas, que pudieran llamarse _de los cristianos viejos_, nos atraen magnéticamente con dos emociones distintas: la emocion de la historia, y la emocion de la poesía; esa poesía que va unida al orígen de todas las cosas, porque la infancia, la niñez, es naturalmente poética; la poesía que tiene la cuna, en donde la madre cria á sus hijos. Aquí pensamos y sentimos; todas esas figuras caen á un mismo tiempo sobre nuestra cabeza y nuestro corazon.

La casa de la Villa como agradecida á sus buenos padres, como si no quisiera divorciarse de la pobre casa de la Greve, y de la húmeda barraca del Sena, como la familia que pone en la sala principal de su casa el retrato de sus mayores, como el hijo que guarda la cuna en que su madre le crió; la casa de la noble villa de Paris (la gratitud y la lealtad son dos virtudes nobilísimas) nos presenta en estos dos inmensos salones, en estas dos inmensas galerías históricas, los bustos de varios prebostes del pueblo, desde Evreux, que _capitaneó_ el cabildo de Paris en 1205, hasta Tradaine, que reinó, por decirlo así, en 1705.

Esta reverencia hácia el pasado, este saludo á nuestros mayores, este gusto de historia y este sentimiento de poesía, son cosas que me encantan en todas partes; en Paris tambien: he pasado un rato delicioso, y no puedo pagar esta deuda del alma, sino dando mi humilde enhorabuena á los creadores de este palacio, y al pueblo que lo guarda, que lo venera y que lo admira.

¡Adios, afortunados mármoles, que nos representais hombres sencillos, valerosos y honrados! ¡Adios, mármoles, que dais testimonio de que existieron en el mundo la barbarie, la valentía, el cumplimiento de la palabra, la lealtad y la buena fe! ¡Adios bustos! ¡Adios prebostes! ¡Adios, cristianos viejos! ¡Adios, vosotros que fuisteis aquí, lo que los antiguos alcaldes fuéron en mi patria! ¡Dios os tenga en su reino, que harto merecen la gloria eterna, los que siendo incultos, supieron ser cristianos!

Hasta aquí he hablado de la historia de la piedra. Ahora tengo que decir dos palabras acerca de la historia del libro.

Ahí, en medio de esa sala del trono, el pueblo de Paris, puesto de rodillas, saludó á Enrique IV y á Luis XIV.

Ahí, en medio de esa sala del trono, en donde Paris arrodillado saludó á Enrique IV y á Luis XIV, se instaló la Comision revolucionaria del memorable 10 de Agosto.

Ahí organizó la rebelion que la hizo triunfar de un monarca, encerrado en las Tullerías.

Ahí, en medio de esa sala del trono, en donde una crísis turbulenta arrancó á un monarca de su palacio, cayó herida y exánime la revolucion con Robespierre en el memorable dia 9 de Thermidor.

Ahí, en ese balcon de la fachada principal, se asomó el general Lafayette, presentando al duque de Orleans, que luego se llamó Luis Felipe.

Ahí, en los tramos de esa magnífica escalera, casi debajo del balcon en que Luis Felipe habia sucedido á otro rey, el movimiento del 48 presentó al tribuno y poeta Lamartine la bandera republicana, esa bandera que sucedió á Luis Felipe, como Luis Felipe habia sucedido á Cárlos X.

Esta plaza, la plaza de la Greve, cuyo nombre hace brotar en nuestra fantasía tantos espectros ensangrentados, sirvió de lugar á las públicas ejecuciones hasta 1830.

Si esas piedras pudiesen decir lo que han visto; si esta tierra pudiese hablar, ¡cuántos crímenes, cuántas agonías, cuantas lágrimas, cuántos gemidos, cuántos arcanos y cuántos y cuán graves remordimientos vendrian á caer sobre la conciencia de Paris!

Me quité el sombrero ante el ilustre y orgulloso sucesor de la casa de los Delfines y de la barraca del Sena, me metí en el coche: _al arco de la Estrella_, grité al cochero, y á los quince ó veinte minutos me encontraba bajo esta pirámide colosal, bajo este enorme catafalco.

Pero me olvidaba de una coincidencia que me hirió de un modo muy raro. Á los trescientos ó cuatrocientos pasos de la casa de la Ciudad, vi un edificio grande, muy grande, negruzco, pesado, macizo, como si estuviese apilado sobre sus cimientos: un palacio lóbrego, que parece más bien una fortaleza, ó una prision de Estado. Era el palacio de las Tullerías. Y dije para mí: no en balde se encuentra este palacio en la misma línea que la casa de la Ciudad; no en balde se hallan en una misma zona geográfica, bajo un meridiano, por decirlo así. Esos dos monumentos históricos y políticos son dos poderes, dos recuerdos, que se miran y se provocan. Las Tullerías son la morada del silencio, de la ceremonia y de la reserva. El palacio del Ayuntamiento es la morada de la discusion, de la franqueza y de la libertad. Esta es la casa de la tradicion; aquella es la casa de la historia. Son dos tronos, en el de aquí se sienta el rey; en el de allí se sienta el pueblo. Aquí reina la Monarquía; allí reina la Francia. Pero vamos al trofeo de Napoleon.

Llego al arco de la Estrella á las siete y cuarto. El sol acaba de ponerse, y brilla el Occidente á las últimas ráfagas del astro del dia, sin embargo de que ya se insinúan las primeras sombras de la noche, formando esa atmósfera vaga é indecisa, medio brillante y medio turbia, en que no sabemos si miramos luces ó sombras. Pero yo habia logrado mi objeto. No queria sino dominar de una mirada aquel maravilloso conjunto; no quería sino recibir la impresion de aquel enorme promontorio, y veo perfectamente hasta los menores detalles.

Este coloso que contemplo es el arco de más magnitud de que habla la historia. Acaso Babilonia, Tebas, Nínive ó Mitilene ofrecieron á la admiracion de aquellos siglos un arco más grande; pero esos monumentos, si existieron, se han perdido para la historia.

Los cimientos de este arco monstruoso, sublimemente monstruoso, tienen cerca de 9 metros de profundidad, segun el cochero me asegura, más de 54 de longitud y 27 de latitud. Su elevacion raya en 50 metros, sobre una latitud de 44 y un espesor de 22 ó 23. Napoleon puso la primera piedra en 15 de Agosto de 1806, y se terminó en 1832, bajo Luis Felipe.

Las sombras de la noche empiezan á indicarse, dejando en el aire cierto tinte oscuro, como si empañasen el ambiente. En este momento se encienden los faroles de la gran plaza, cuyo centro ocupa este gigantesco panteon histórico, y la luna aparece á poco, entre nubes ligeras, por detrás de los árboles de las Tullerías, de las fuentes y del obelisco de la plaza de la Concordia.

La fachada principal del arco está decorada por dos trofeos simbólicos: el uno representa la partida, y el otro la vuelta del ejército. Otros dos emblemas exornan la fachada opuesta, que mira á Neuilly: la resistencia y la paz.

Entre la imposta del arco principal y el cornisamento, se ven cuatro hermosos bajo-relieves, los cuales figuran las exequias de Marceau, la batalla de Aboukir, dada en 1798, en ocasion en que Murat hace prisionero al bajá de Roumelia; el puente de Arcola, tomado portentosamente por Napoleon en medio del fuego enemigo, y la toma de Alejandría, á fines del siglo XVIII.

Un bajo-relieve de Marocheti, que representa la batalla de Jemmapes, en 1792, orna el frontis lateral del Norte, y otro bajo-relieve, que representa la batalla de Austerlitz, orna la fachada lateral del Mediodía.

Arriba, sobre el friso, como una corona que está ciñendo una cabeza, se ven grupos inmensos, los cuales figuran la ida y la vuelta de los ejércitos franceses. ¡Cuánta belleza!

Palmas, cabezas de Medusa, coronas, famas de Pradier, rótulos, victorias, todo completa la ilusion del triunfo. Así como en la Magdalena no puede pensarse en los santos, aquí no se puede dejar de pensar en los héroes. Si la Magdalena fuese una basílica como este arco es un trofeo, si el espíritu de la religion dominase tanto en aquel alcázar, como el espíritu de la heroicidad y del entusiasmo domina en esta poderosa creacion, la Magdalena seria un gran templo.

Penetré en el arco, y escritos sobre las anchurosas paredes y sobre las altísimas bóvedas, divisé los nombres de noventa y tantas victorias, además de las representadas en los bajo-relieves del frontis, de trescientos ochenta y cuatro generales, y de varios cuerpos de division que tomaron parte en las guerras de la Revolucion y del primer Imperio.

Este arco prodigioso es la verdadera divinizacion de Bonaparte. El alma no puede menos de formar una idea muy grande, muy atrevida, muy gigantesca, una idea casi maravillosa, casi fantástica, del hombre que con ese monton de mármoles da las gracias á sus compañeros de lucha, de triunfo y de gloria; porque esa enormísima y espléndida pirámide no es otra cosa que las gracias que da un general á sus fieles y valientes soldados. La gratitud que así se insinúa, podrá no ser muy fervorosa; pero es magnífica.

Yo permanecia embobado leyendo en las paredes y en las bóvedas los nombres memorables de los generales y de las batallas, cuando la luna se oscurece repentinamente, ocultándose en un celaje espeso, la luz de los faroles de la plaza no penetraba por el arco, y me vi envuelto en sombras, pareciéndome que me encontraba en el fondo de un grande osario. El arco habia dejado de ser un trofeo, para convertirse en un panteon. En este momento la luna se despeja, ilumina la sombra que me rodeaba, y quitándome instantáneamente el punto de vista, me pareció que el arco se movia, y que avanzaba, con todos sus huéspedes y sus combates, hácia la plaza de la Concordia. Yo me creí arrostrado por aquel empuje descomunal, figurándoseme que iba en el vientre de un mónstruo deforme. Sentí escalofrios en toda la espalda, y con los cabellos erizados y un estremecimiento nervioso que no podia evitar, salí á cielo raso. Cien magníficas farolas alumbraban la plaza del arco del Triunfo; están encendidos todos los faroles que se extienden, en dos líneas simétricas, hasta el jardin de las Tullerías; veo á lo léjos tres variados grupos de luces, como si fuesen otras tantas hogueras: eran los tres cafés cantantes de los Campos Elíseos; veo tambien profusamente iluminada la puerta del baile de Mabille, del castillo de las flores.... Esto no es un paraje público, no es un paseo; es un teatro; más que un teatro, una especie de encantamiento. Esta perspectiva es una de esas imaginaciones con que los poetas han idealizado los valles y los bosques de la Normandía; esto es un lago de hadas; una fantasía de Osian, no tan delicada, no tan tierna, no tan expresiva, no tan grata al espíritu; pero brillante, deslumbradora, francesa, parisiense, es decir, dramática.

Subí al coche, y bajamos pausadamente á través de los Campos Elíseos, hasta la plaza de la Concordia. Allí me apeé, y me dirigí hacia las fuentes. La luna caia sobre los borbotones de agua y de espuma, y daba á la nube de agua que las fuentes arrojan, la diafanidad y el brillo del nácar, de la concha ó del cristal, mientas que en medio de las dos fuentes, emblemático y silencioso, se levantaba el monumento de otras edades, la creacion de otra raza, el peregrino de otras religiones, un viajero de otros climas, de climas remotos y poéticos; el obelisco de Loupsor, cerca del Cairo. Al llegar al pié del obelisco, volví los ojos instintivamente como para ver si descubria el arco del Triunfo, lo descubrí en efecto como desde la mar se descubre un monte, y una idea ardiente cruzó como un rayo por mi imaginacion. Me figuré que los dos monumentos se miraban; me figuré que dos mundos distintos y contrarios sacudian el polvo de su honda tumba, para pedirse cuentas ante la historia: me figuré ver el Asia y la Europa, Mahoma y Jesucristo, Sesostris y Napoleon. Clavado al pié de aquel trofeo de otras victorias, procuré ver si podia distinguir algun geroglífico, á favor de los rayos de la luna, deseando probar el efecto que produciria en mi inteligencia. Despues de empinarme sobre la punta de los piés, y de estirar el cuello; despues de esforzar á un mismo tiempo los ojos y la voluntad, alcancé á distinguir una figura, que era una especie de cuadrilátero, emblema tal vez de los cuatro elementos. Pasaron cuatro ó cinco minutos, y no sabia cómo desasirme del encanto que me tenia sujeto á las paredes de aquella mágica columna. Y allí me preguntaba: ¿por qué el obelisco cautiva de tal modo nuestra atencion?

