Un paseo por Paris, retratos al natural

Part 1

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UN PASEO POR PARIS

RETRATOS AL NATURAL

POR

DON ROQUE BARCIA.

MADRID, 1863. IMPRENTA DE MANUEL GALIANO. Plaza de los Ministerios, 2.

ADVERTENCIA.

Después de las infinitas sandeces y extravagancias con que los del vecino imperio acostumbran á pasar ratos tan frecuentes de buen humor á costa de nuestro país, apenas se concibe que no haya habido algun escritor español que dijera de ellos tantas verdades, cuantas son las mentiras que ellos han dicho de nosotros.

Lo más que han hecho ciertos celosos escritores nacionales, ha sido vindicarnos de aquellas ingeniosas imposturas, de aquellos novelescos despropósitos, como quien repele una invasión extraña; pero ninguno (que sepamos) ha hecho una expedición á sus tierras, con ánimo deliberado de ver y de decir lo que por allí pasa, porque algo que merezca la pena de verse y de decirse debe pasar.

Esto es lo que, con escasísimos recursos y muy endebles fuerzas, vamos á hacer nosotros.

Ellos han venido á nuestra casa. Nosotros irémos á la suya, aunque hay una diferencia capitalísima en el pensamiento y en la intencion con que ellos han venido, y nosotros vamos.

Ellos han venido á oler y fisgar, para decir luego entre los suyos, no lo que han visto, sino lo que han soñado, ó lo que han querido soñar para escribir una novela y producir un efecto cómico, á expensas de la honra de un pueblo noble y generoso, brusco quizá, inculto tal vez, pero generoso y confiado; tan generoso y tan confiado, que recibe con palmas y olivas á los que le insultan.

Nosotros irémos á oler y fisgar, para decir sencilla y buenamente lo que hemos olido y fisgado. Si es malo para ellos, que tengan paciencia; si es bueno, con su pan se lo coman, y nosotros procurarémos comer tambien lo que podamos, porque lo bueno es pan que debe comer todo el mundo.

Ellos han venido á burlarse.

Nosotros irémos á estudiar.

Ellos han sido novelistas.

Nosotros serémos historiadores.

Ellos han dicho la pura mentira, si es que hay mentiras puras.

Nosotros dirémos la pura verdad; la verdad sin dimes ni diretes, á la buena de Dios, _á la pata la llana_, como dice la gente por estas buenas tierras de _Morería_.

_Las mil y una noches_ que ellos han contado de nosotros, repugnan de tal modo á la evidencia de los hechos, que si no pusieran el nombre de nuestro asaeteado país, los mismos españoles no conoceriamos que se hablaba de España. Los mismos españoles creeriamos que se nos hacia la descripcion de cómo viven algunas tribus de la Polinesia ó de las Molucas.

Lo que nosotros dirémos de los franceses será un retrato tan al natural, un retrato tan _candorosamente_ parecido, que no habrá persona, por poco instruida que esté en materia de caractéres nacionales, que no eche de ver por instinto que hablamos de Francia, aunque nosotros supusiéramos que la escena pasaba en la Nigricia. Todo eso tendrémos á nuestro favor: pagarémos deudas antiguas, dando verdades á trueque de embustes, agradeciendo y recomendando lo que juzguemos que debamos recomendar y agradecer.

Sufra, pues, el civilizadísimo Paris, el tan culto y refinado Paris, el Paris tan sutil, tan impalpable y tan vaporoso; sufra, decimos, que un _tosco africano_ se le entre por las puertas, sin decir tú ni mú, ni saco de paja, y le desdoble ciertos pliegues, y le adivine ciertas cuitas, y le ponga el dedo en ciertas llagas, y quite la tierra de ciertas sepulturas, y descubra ciertos cadáveres.

Lo vamos á decir con vergüenza; pero lo vamos á decir. Tenemos miedo, lo que se llama miedo, de vernos en Paris. Nos parece (y lo hemos anotado en nuestra cartera de viaje como un suceso previsto y corriente) que aquel coloso nos va á confundir con una mirada, si es que no se digna aplastarnos con un pié; y que aún cuando tenga la indulgencia de no aplastarnos ó de no confundirnos, no vamos á saber por dónde entrar, ni por dónde salir en aquel laberinto formidable; de todo lo cual resultará que tendrémos que volvernos á nuestra humilde casa con los tiestos en la cabeza.

Presumimos que nos va á suceder lo que á los monos de poco tiempo: se suben al árbol para coger cocos, y las más de las veces son aplastados por la misma fruta que quieren coger.

Pero, en fin, lector mio, pecho al agua; vamos al maravilloso y estupendo Paris, á ese Paris que tantas veces habrá sonado en tus orejas, en tu pensamiento, en tu corazon, en tu fantasía ... sobre todo en tu conciencia y en tu bolsillo. La ignorancia es muy atrevida, y lo suplirá todo. ¡Buen ánimo, lector! ¡vamos á Paris!

Si vale juzgar por el plan que nos hemos formado anticipadamente, estos estudios comprenderán las siguientes séries.

PARIS MORAL, PARIS CURIOSO, CONSIDERACIONES Y DESPEDIDA.

El PARIS CURIOSO comprenderá una reseña histórica de Paris, monumentos, estadística y hechos notables, con una descripcion diaria de las impresiones que allí recibamos, y que trascribirémos al papel con la más escrupulosa fidelidad.

A falta de otro mérito superior, la presente obra será notable por la expresion ingénua con que será escrita. Si hay algun aliño en lo que escribamos, será el que buenamente salga á nuestro encuentro. Nosotros no hemos de buscar otra cosa que procurar decir, en la forma más fácil, lo que veamos, lo que sintamos y lo que pensemos.

INTRODUCCIÓN.

¡Paris, fábula del mundo, fábula de tí propio; palacio por fuera, sepulcro por dentro, salve!

Hace un mes que estamos en Paris mi mujer y yo. En este mes de noviciado y de aprendizaje, ¡cuántas cosas nos han sucedido! ¡cuántas sorpresas hemos llevado! Mi compañera y yo no hemos podido sacudir todavía la inevitable ofuscacion de las primeras impresiones, y estamos como sordos, y nos miramos con cierta expresion alelada. ¡Qué ruido! ¡Qué tropel! ¡Qué infierno! Madrid no es más que un barrio de esta confusa y turbulenta Babilonia; no es más que un lienzo de este interminable panorama de sombras chinescas.

Pero la narracion de las aventuras que nos han sucedido durante este mes, (¡qué mes, Dios mio!) toca al PARIS CURIOSO, y no debemos alterar el sistema que nos hemos propuesto seguir. Aquí sólo hablarémos del PARIS MORAL, cuyo punto nos ha parecido conveniente tocar ante todo, correspondiendo á lo que de nosotros exige una necesidad de nuestro país. Francia tiende á absorbernos en todos sentidos, tambien en sentido moral, y no nos conformamos de ningun modo con que nos absorba en ciertas tendencias, ahora que sabemos y presenciamos lo que no sabiamos ni presenciábamos antes.

Nos explicamos, con más ó menos dificultad, que nos ponga la ley con sus figurines, con sus modas, con sus jabones, sus pomadas, sus esencias y sus juguetes: nos explicamos sin violencia que nos ponga la ley con sus graciosísimos diges, con sus elegantísimas bicocas, con sus poéticos relumbrones, con sus cultísimas frivolidades: nos explicamos, gimiendo ó no gimiendo, que nos domine con sus tejidos, con sus ácidos, con sus instrumentos, con sus libros, con sus novelas, con sus dramas, hasta con su idioma: todo eso podemos explicarlo; pero no nos podemos explicar que deba ser nuestra dictadora en punto á costumbres. Contra semejante conato se levanta airado nuestro corazon. No reconocemos ese dominio, no admitimos esa tutela, no concedemos esa supremacía, por más que la organizacion exterior de las cosas nos deslumbre; por más que la cara postiza de que todos los hechos se revisten aquí, haga que confundamos el inocente arrullo de la tórtola con el canto agorero de la corneja. Aquí hay una cosa particular, indefinible, múltiple, casi infinita: una cosa que está en todas partes, que todo lo llena, que todo lo anima, que á todo de su forma y su rostro, como nuestro pié de su forma propia á nuestra pisada. Hay una cosa que nosotros llamamos _el palaustre francés_. Los franceses tienen un _palaustre_, con el cual adoban y alisan tan admirablemente la exterioridad de las cosas, la parte que se ve, lo que está por fuera, lo que produce en nuestros sentidos y en nuestra fantasía el primer efecto dramático: preparan tan _deliciosamente_ las cosas con unos cuantos golpes de su portentoso palaustre, que aquí casi todo parece arte, cuando real y verdaderamente casi todo es un simple artificio. Traigamos á Paris cualquier cosa, una fruslería cualquiera, de España, de Italia, de Inglaterra, de Rusia, de Turquía, del Mogol; démosla á un francés, dejemos que el francés la lleve á su casa; que allí la componga, que la aliñe, que _la lave la cara con su palaustre_, y es bien seguro que la fruslería extranjera será en Paris una especie de mágia. Por dentro será fruslería, el interior estará vacío, _el precioso busto no tendrá seso_, como dice la fábula, pero lo de fuera será un encanto. ¡Qué hechizo tan particular, qué inspiracion tan asombrosa, qué talento tan admirable hay aquí, para hacer ver que _es algo lo que no es nada!_ Quizá no lo habrémos meditado bastante; tal vez no conocemos lo necesario este inmenso laboratorio, esta inmensa química; acaso serémos injustos y agresivos con esta sociedad que nos asombra, como podria asombrarnos una fantástica aparicion; suplicamos al pueblo francés que nos perdone; pero vamos á manifestar una idea, que hemos concebido más de una vez, que hemos concebido muchas veces, bajo la influencia de hechos análogos, lo cual prueba al menos que nuestra idea no es el resultado de una excepcion. Cuando el espectador rie siempre, ó siempre llora, algo hace el actor para producir aquella risa ó aquel llanto. Hé aquí nuestra idea. Creemos que el dominio que Paris ejerce, creemos que ese espíritu en alas del cual visita todo el globo; ese reinado que tiene un trono en tantos pueblos; esa culta y privilegiada tiranía con que está pesando sobre el mundo de hoy; creemos que esa mañosa red que tiene extendida sobre toda la tierra, no es tanto la obra de su ciencia, de su arte, de su industria y de su comercio, como la de su prodigiosa habilidad en dar á las cosas una segunda cara, una cara postiza, _la cara francesa_: es decir, una mano que cubre la cara de carne con una máscara de carton. Creemos que la supremacía que hoy alcanza, el universal señorío de que con más ó menos razon está tan orgulloso, no lo debe tanto á las creaciones de su genio, como al artificio de su palaustre. Otro crea, otro hace, otro descubre, otro saca del caos del pensamiento la sustancia impalpable de la idea, el gérmen divino. Esta idea arranca, esta idea camina por el mundo, Paris la llama, la acaricia, la pule, la compone, la ajusta, la viste: es decir, coge su mezcla maravillosa, empuña su palaustre mágico ... ¡oh portento! ¡Ved como brilla ahora lo que poco antes era oscuro! ¡Ved qué gracioso, qué bonito, qué jugueton es, lo que poco antes era duro, severo, grave! Antes era una cosa; lo que el arte ó la naturaleza queria que fuese; ahora es una _monería_; lo que Paris ha querido que sea. Dios y el hombre tienen un taller. Paris tiene otro; el taller de Paris. El escudo de armas de esta importantísima ciudad, debia representar un monarca que empuña por cetro un _palaustre_. Volvemos á pedir uno y mil perdones al pueblo parisiense, imploramos humildemente su indulgencia, en justo pago de la deslumbradora hospitalidad que nos ofrece; pero hemos dejado nuestra pobre España para decirla, no lo que soñemos, sino lo que creamos, y eso es lo que creemos al pié de la letra.

Pues volviendo á la cuestion moral, hemos descubierto que el _palaustre francés_ anda tambien alisando la cara de las costumbres, y que más allá de esa cara lisa y graciosa, abajo, en lo hondo de la fábrica, hay ciertas escorias que el palaustre no puede quitar, porque el palaustre no quita nada, lo compone todo. Y nosotros, rudos y aviesos españoles, no queremos esas composturas francesas. Aunque la cara no esté tan bonita, preferimos que el interior no esté tan podrido, y dando las gracias encima, regalamos á nuestros vecinos la escoria que está dentro y la cara graciosa que está fuera.

Excusamos advertir que no nos duele que seamos llevados por un espíritu extranjero, sino que seamos llevados sin razon. Cuando la razon media, cuando la religion universal de lo bueno y de lo justo nos hace hermanos, no vemos extranjeros, sino hombres. La idea del hombre nos hace grandes, generosos, magnánimos, inmensos, por decirlo así, y no debemos pagar á aquella noble idea siendo egoistas. ¡No! No marcamos fronteras á los hechos universales, como lo son todos los que se refieren al bien humano. No ponemos límites á ese bien, como no damos patria al ambiente, á la tierra, al calórico, á los celajes. Un patriotismo exagerado, es al mismo tiempo una ridiculez, una supersticion y una imbecilidad. Nos pondrémos de parte de España en este caso, porque cuando un hecho particular quiere absorber á otro hecho particular, no podemos menos de declararnos á favor de aquel que recibe la agresion injusta, especialmente cuando este hecho corre unido al amor y a la veneracion que nos merecen las cenizas de nuestros padres, Antes que cuestion de país, es cuestion de verdad. Es cuestion de patria tambien; seriamos hipócritas si lo negásemos; pero este respeto viene despues, como un hombre está despues de la humanidad, como la narracion de un solo hecho está despues de toda la historia.

Tal es el pensamiento con que vamos á tratar esta delicada materia, y declarado así, quedamos tranquilos y con el valor suficiente para decir cuanto nos dicten nuestras convicciones. Pero no faltará quien diga: ¿á qué tantas ceremonias y escrúpulos con esos hombres aturdidos y desleales, que hablan al mundo de nuestro país, como si hablasen de una horda de la Nueva Zelanda?

No, señores: la infantil ligereza con que nuestros vecinos hablan de nosotros; esa ligereza que es tan nativa en ellos, y que se les debe perdonar por ser un achaque de raza, una verdadera enfermedad de temperamento y dé carácter; ese chistoso _sans façon_ con que nuestros vecinos dicen las mayores sandeces con la formalidad más pomposa y más entusiasta; esa especialidad francesa que consiste en hablar de la niñería más grande que se ocurre á hombre, con la mayor magnificencia y esplendidez del mundo; _ese curiosísimo secreto_ de nuestros vecinos, no nos autoriza para insultar á una nacion. Nosotros sentiriamos remordimiento si entrásemos en el exámen de esta sociedad con una intencion egoista. ¡No! Por respetos al pueblo francés, por decoro á nuestro país, por nuestro propio honor, como escritores públicos, no harémos lo que hacen los franceses, con lo cual probarémos, que si no somos tan refinadamente cultos, somos al menos más clásicamente cristianos. La naturaleza lleva en sí cierta cosa bravía de buena índole, una virtud salvaje, pero candorosa y original, y esta ventaja tenemos los bárbaros.

Esta série comprenderá los siguientes capítulos:

1.º Moralidad de los franceses con relacion á la ley.

2.º Con relacion á la opinion.

3.º Con relacion á las costumbres.

4.º Con relacion al trato civil.

5.º Con relacion á la industria y al comercio.

6.º Con relacion al arte.

7.º Con relacion á la familia.

8.º Con relacion á cosas que verá el curioso lector.

UN PASEO POR PARIS.

I.

=Moralidad de Paris con relacion á la ley=.

Llegamos á Paris á las tres de la tarde, y no faltaba mucho para oscurecer, cuando entrábamos en un hotel, llamado de los Extranjeros, á tiro de pistola de los magníficos bulevares. Comimos luego en un lujoso y _aéreo Restaurant_, situado en la Plaza de la Bolsa, cuyo dueño se llama como jamás olvidaré, _Champeaux_. Ignoro si este nombre puede tener para los oídos franceses alguna poesía; pero sé muy bien que es un nombre célebre, prosáica y dolorosamente célebre para mi afligido bolsillo, como verá el lector en el PARIS CURIOSO.

A las diez salimos del famoso _Restaurant-Champeaux_, y por señas que mi mujer y yo caminábamos sin decirnos oste ni moste. ¿Por qué tal silencio? Preguntará tal vez algun curioso. ¡Ay, lector, lector de nuestra alma! Ordinariamente no hablamos, despues que somos ... sorprendidos. La escena del _Restaurant_ nos dejó mudos. De vuelta, por fin, en nuestro hotel, quiso mi mujer acostarse y notó con harta estrañeza que los dos balcones de nuestra habitacion no tenian maderas, y que á una de las vidrieras faltaba el pestillo. Es decir, notó con extrañeza que dormir allí era dormir en medio de la calle, á pública subasta, como decimos por allá. Se trataba de un piso entresuelo muy bajo, no habia puerta en los balcones que daban á la calle, uno de los cierros de cristales carecia de pestillo.... ¿Cómo era posible que mi mujer, la más medrosa de las mujeres, se resignara á pegar los ojos en un cuarto, expuesto al antojo del primer transeunte?

Llamo al _garçon_, y le digo que se habian olvidado sin duda de poner las maderas á los balcones, y que una de las vidrieras no cerraba. El _garçon_ se sonrió compasivamente. Hace cuarenta años, me dijo, que este hotel existe; tal como está hoy estuvo siempre, y todavía no se cuenta que haya sucedido la menor tentativa de robo.

_¡Bah! no tenga usted miedo. (¡N'ayez pas peur, allez!_) Y diciendo esto se marchaba.

--Oiga usted, le grité con resolucion: ¿es decir, que nos hemos de quedar de este modo?

--El amo responde de lo que suceda.

--Perdone usted; el amo no puede responder de que me degüellen, y si esto aconteciera, me importaria muy poco que su amo respondiese.

El garçon soltó una carcajada con el mayor aplomo, cual si creyera que yo queria tener con él un rato de solaz, y desapareció como un cohete.

Referí á mi mujer lo sucedido, y mi mujer determinó pasar, la noche cerca de los cristales, reservándose mudar de habitacion al dia siguiente.

Yo calculé que la sinrazon no estaba en el amo del hotel, sino en nosotros. Esto es una costumbre del país, costumbre que no tiene aquí peligro alguno: ¿por qué prestar oídos al temor infundado de un extranjero, en cuya nacion se vive de otro modo?

¿Por qué presumir que nosotros dos estimamos más nuestros bienes y nuestras vidas, que los centenares de hombres que diariamente se hospedan en este mismo hotel? ¿Por qué presumir que el amo habia de exponerse á perder los muchos objetos de valor que decoran nuestra vivienda? ¿Por qué presumir que un establecimiento tan importante, podia aceptar el riesgo de desacreditarse en una hora, supuesto un robo ó un asesinato?

Yo preferiria que estos balcones tuviesen maderas; preferiria que los transeuntes no tuvieran la tentacion contínua de ver dos balcones á su disposicion, dos balcones que pueden tocarse con la mano; pero visto que esto es aquí un hecho normal, me parece tan extravagante y tan ridículo querer otra cosa, como lo seria en Constantinopla el pretender que cada casa no fuese un palacio encantado.

En fin, mi mujer se acostó, por obediencia, y no cerró los ojos hasta que observó que estaba muy entrado el dia. Pero luego que nos habituamos á la vida nueva, tanto el dinero como los relojes quedaban sobre la mesa ó sobre el armario, casi á la vista del que pasara por la calle. Excusado fuera decir que nadie vino á desposeernos ni á matarnos.

Hemos atravesado varias veces todo Paris: jamás hemos tenido noticia de un robo á mano armada, de un asesinato, de un tumulto de ninguna especie. Sólo hemos presenciado una riña entre dos hombres en la calle de Buenavista _(Beauregard)_, disturbio que duró un momento y que no tuvo consecuencias desagradables. Trato, pesos, medidas, comestibles, todo se ajusta perfectamente á la ley.

Estudiado Paris en otras tendencias, apenas se concibe, ó se concibe como concebimos un prodigio, la existencia de ese escrupuloso nivel entre la conducta social del que obedece, y la voluntad del que manda. Este nivel es evidente, y sólo la ignorancia, la preocupacion ó el odio pueden desconocerlo.

Hemos estudiado con el mayor esmero esta faz de la civilizacion parisiense, y debemos decir que muy rara vez hemos visto que una manifestacion pública del individuo, esté en discordancia con el precepto de la sociedad: es decir, con las leyes escritas.

No falta quien haya atribuido este resultado á la vigilancia de la policía; pero esta manera de juzgar no es la que más revela un conocimiento sazonado de las cosas.

La policía, como todo hecho represivo, podrá evitar casos particulares, accidentes de localidad y de hora; no producir un caso general, unánime, con rarísimas excepciones. Aquí es una disposicion general de los ánimos y de las costumbres no herir la propiedad, en cuanto esta propiedad está garantida por una proclamacion formal de la ley.

Para que esta disposicion de los ánimos y de las costumbres fuese resultado de la vigilancia de la policía, fuera menester que cada individuo tuviera un vigilante tan unido á él como el pié á su huella, lo cual nos llevaria á suponer la existencia de tantos espías como ciudadanos. Esto es absurdo.

Cuando un pueblo es tan inmoral que cada uno de sus hijos necesita un espía para no ser asesino ó ladron, no hay fuerzas humanas que impidan que el individuo de aquella sociedad sea ladron ó asesino. El espía no puede hacer otra cosa que añadir á la suma un guarismo nuevo. El ciudadano criminal tendria necesidad de un cómplice: este cómplice seria su propio guardian, la policía, el espionaje. El espionaje, pues, sólo serviria para dar autoridad á los crímenes, ó para sucumbir en la lucha. Sí, la policía tendria que ser cómplice, ó robada y asesinada por el ladron y por el asesino.

¿Quién lo duda? Cuando un cáncer se apodera de todo nuestro cuerpo ¿dónde encontrareis carne sana que oponer á la carne cancerosa? Si el cáncer está en todas partes, si hay que cortarlo todo, ¿en qué punto concebís la vida? ¿De qué manera concebís la vida en una carne que debe cortarse?

Esto no puede ser, y no pudiendo ser en ningun país del mundo, no hay razon para que sea en Paris. No, no es la policía. Policía hay en Austria, y la criminalidad es incomparablemente mayor. La Inglaterra mantiene hoy menos policía que el imperio francés, y la Inglaterra es un país más morigerado que Francia. Menos policía tiene Bélgica, mucha menos, y las costumbres de aquel país son bastante mejores que las del pueblo que examino. En caso parecido se encuentran la Holanda, algunos Estados alemanes, las Ciudades Libres y la Suiza.

Cerdeña tiene menos policía que Nápoles, y Nápoles es más criminal que Cerdeña en una proporcion fabulosa.

No, la policía es un hecho puramente exterior, y de este orígen no pueden provenir las altas razones morales, religiosas, políticas y económicas, que marcan los grados de sociabilidad en todos los pueblos de la tierra, sociabilidad que es el gran círculo donde todos los hechos humanos se contienen, las costumbres tambien.

No; la represion hace lo que una argolla. La argolla no tiene la virtud de convertir á los malvados. La argolla no es un poder humano, un poder moral; mata, no educa.

Pues ¿de dónde procede la religiosidad del pueblo francés en atemperarse al precepto público? Sobre esto dirémos despues unas cuantas palabras. Ahora no hacemos más que exponer hechos, y el hecho es que aquella religiosidad exterior se manifiesta de una manera incuestionable. Vamos ahora á ver las cosas de otro modo.

II.

=Moralidad de Paris con relacion á la opinion=.

Esta moralidad es tan escrupulosa como la que se observa con respecto á las leyes, aunque proviene de causas distintas.

¡Cuántas manifestaciones engañosas! ¡Cuánta observacion, cuánto deseo y cuánta buena fe se necesitan para penetrar en el interior de este laberinto, y ver los hechos como son en sí!

¿Nos dejamos un paraguas, un pañuelo, un bolsillo, en algun café, tienda, quizá teatro? Pues volvamos y allí estará.

¡Moralidad asombrosa! se exclama.