Un libro para las damas: Estudios acerca de la educación de la mujer
Part 15
Donde no hay tolerancia, es imposible que haya amistad, y casi pudiera decirse lo mismo del amor: cada uno ha de disimular los defectos del otro, para que á su vez le disimulen los suyos propios.
Muchas veces se ven reunidas en una misma persona grandes virtudes y grandes defectos; en estos casos, es lo más regular y positivo que las virtudes estén ocultas y los defectos en relieve; pero entónces es preciso buscar el grano de oro á traves de la tosca tierra, y decir como el filósofo:
«El oro, aunque sea entre escombros, siempre es oro.»
Si se carece absolutamente de tolerancia, es preciso al ménos aparentar que se tiene.
Nada ganaríamos con decir á nuestra mejor amiga:
--¡Qué habladora es V.! ó bien:--¡Cuánto me fastidian sus largas visitas! ¡Qué mal se peina! ¡Qué mal gusto tiene para vestir!
Estas imprudentes franquezas, esta expresion de la intolerancia, ofende siempre, hiere el amor propio del que es objeto de ella, y á veces convierte una amistad antigua y sincera en un ódio mortal y eterno.
ORGULLO, VANIDAD Y DIGNIDAD.
I.
La soberbia, el orgullo y la vanidad son tres manifestaciones distintas de un mismo vicio, que pretende encubrirse con el nombre de una virtud, la dignidad humana.
L. V.
Existe entre estos tres sentimientos una diferencia muy notable. El orgullo bien entendido y sentido--porque es un sentimiento más ó ménos vehemente--con moderacion, es siempre laudable y conveniente. En este caso los nombres _orgullo_, _dignidad_, son sinónimos.
El orgullo es muchas veces el defensor de la virtud de la mujer, áun cuando ésta se halle combatida por una de esas pasiones terribles y exclusivas, que se ven algunas veces en la vida; y de más de una pudiera asegurarse que, encontrándose aislada en medio del mundo, sin padres, esposo, familia ni autoridad alguna que pudiese contenerla y pedirle cuenta de sus acciones, ha encontrado la salvacion de su honor en el sentimiento fuerte y noble de su orgullo.
Nadie ha presentado el orgullo bajo formas más poéticas y bellas, y al mismo tiempo más verdaderas, que Eugenio Sué, en la lindísima novela que lleva por título _La Duquesa_, y que está basada en el primero de los pecados capitales. La hermosa y casta Herminia, aquella jóven de diez y ocho años, por cuya alma purísima no han resbalado nunca más que nobles y virtuosos pensamientos, es la personificacion de la dignidad de la mujer, ó por mejor decir, de su bien entendido orgullo; porque este orgullo le hace sobrellevar la miseria y las privaciones con paciencia, y hasta con alegría. Este orgullo hace frente á todas las asechanzas de un hombre pervertido, que desea seducirla. Este orgullo le hace respetar el secreto de su madre, consintiendo en aparentar que ignora á quién debe la vida. Y este orgullo, en fin, le hace guardar su lugar tan admirablemente, que la altanera Duquesa de Sennéterre, una de las damas de la más antigua nobleza francesa, tiene que ir á su casa á pedirle que consienta en casarse con su hijo, el heredero de todos sus títulos y blasones.
Al que haya leido esta lindísima novela nada puedo decirle ya en elogio del orgullo. En ella, como dije ántes, está poetizado y embellecido de un modo tan sublime y con tal fundamento, que necesariamente debe convencerle de que es útil y hasta necesario. Casi pudiera decirse que el orgullo es el padre de la gentil y graciosa coquetería; porque una mujer orgullosa es aseada, ya que no puede ser elegante, y el aseo es el lujo y la coquetería de los pobres.
Una mujer digna lleva, con una elegancia sin igual, un vestido blanco, cuyo coste no pase de ochenta reales, y muy económico ademas, porque cada vez que se lava queda nuevo y fresco, y quizás desluce con él á otras que ostentan trajes de muy subido precio.
Una mujer digna y orgullosa, en la buena acepcion de esta palabra, recibe, sin cortarse, en su modesta vivienda la visita más encumbrada. No descubre en su frente esa culpable vergüenza de _no ser rica_, que atormenta á tantas otras; hace con perfecto desembarazo los honores de su casa, porque su orgullo, tan exigente, por lo ménos, como la más delicada conciencia, le grita sin cesar al oido:
«_Tú eres noble, estimable y rica, porque eres buena._»
Ademas, la mujer que posee aquel sentimiento, escucha con altivo y generoso desden todo aquello que puede ofenderla, por más que á sus solas pague un justo tributo al dolor que las injusticias del mundo le ocasionan.
II.
El orgullo es tambien necesario en la vida doméstica. Aunque el destino, la condicion y el deber de la mujer le aconsejan que sea amante y apacible, aunque la resignacion es una de las virtudes que más la realzan, hay casos en que á todas estas consideraciones debe sobreponerse un noble y bien entendido orgullo.
No me entretendré yo, por cierto, en señalar cuáles deben ser estos casos. En ellos el único juez es la conciencia; pero sí aseguraré que la mujer buena y religiosa debe seguir los impulsos de su orgullo, cuando éste se levanta en su corazon herido, segura de que las decisiones dictadas por él serán siempre justas y razonables.
El orgullo impide á la mujer el ser perjudicialmente coqueta, el exagerar y el aventurar la más leve mentira. El orgullo imprime á sus modales un carácter digno y distinguido, sin que por esto dejen de ser dulces. El orgullo, la hace solícita para sus hijos, amante de su marido, y buena y entendida ama de su casa.
La mujer orgullosa cuida mucho de que nadie tenga nada que reprocharle. Sus acciones son siempre buenas y leales, porque moriria de pena si tuviese que inclinar la frente delante de alguno. Quizás no comete faltas, por no tener cómplices que pudieran un dia echárselas en cara. No veréis nunca que una mujer orgullosa se case con una persona deforme; primero muere soltera evitando el peligro de ser infiel á su marido, porque sólo se casa con un sér á quien pueda amar.
Dedúcese de todo lo dicho que una mujer puede ser buena con solo tener orgullo. El temor de las reconvenciones de otro, le hace cumplir con todos sus deberes; y aunque sepa que por prudencia, y por otras consideraciones, han de callar acerca de sus acciones, su conciencia, en extremo intolerante y siempre alerta, no le permite el más leve desliz. Siempre y en todas las ocasiones de su vida es mártir de su deber: ni causa á sus padres el más pequeño disgusto, ni da á sus hijos nunca un mal ejemplo.
III.
El orgullo, sin embargo, puede degenerar en un sentimiento culpable y hasta odioso, si no va acompañado de mucha dulzura de carácter.
El orgullo inspira tambien un desmedido deseo de brillar. Pero entónces merece el nombre de orgullo mal entendido; es decir, destituido de dignidad y de generosa altivez.
Muchas personas confunden el orgullo con la vanidad. Nada hay, sin embargo, más opuesto. El orgullo, como ya he dicho, es conveniente y hasta preciso, cuando va acompañado de buenos sentimientos y de buen carácter. Es culpable y odioso si invade el alma completamente, engrosado por las lisonjas del mundo, y ahoga en ella todos los sentimientos dulces y tiernos.
Pero la vanidad es demasiado raquítica para ser mala, y sobrado menguada para ser buena. Es ménos que buena y que mala, es ridícula.
La vanidad no se replega como el orgullo digno, ni obra con energía como el orgullo ambicioso. Su afan está reducido á brillar, ó, mejor dicho, á llamar la atencion en todas partes: las mujeres vanas eligen lo más _vistoso_ con preferencia á lo más bonito, y se contentan con los triunfos más mezquinos, como es el despertar la envidia de las demas mujeres.
No hay cosa que más hiera que el ridículo. El mundo compadece quizá á un ser culpable, pero se encarniza con el que está marcado por aquél. Así, pues, creedme, lectoras mias, huid de él y precaveos de sus tiros. Para conseguirlo, no existe otro medio que arrojar léjos á la vanidad cuando se acerque á vosotras. No cometais jamas el craso y lamentable error de confundir la vanidad con el orgullo digno y altivo, que es una de las más bellas dotes de la mujer, y la defensa más eficaz de su virtud, cuando está secundada por la sublime y hermosa religion.
Y para preservaros de la vanidad, huid siempre de deseos y caprichos dispendiosos. Cuando anheleis una cosa, un traje, una joya superior á vuestros haberes, desechad ese deseo como culpable é hijo de la vanidad, y como preludio de otros desordenados. La vanidad no cesa jamas en sus perversas sugestiones, y cada dia os hará desear cosas nuevas y más árduas. La vanidad enajena el cariño de los padres, del esposo y de los hijos, los cuales, por su parte, no pueden amar mucho al sér que les priva de su decencia y bienestar por satisfacer sus caprichos é inagotables exigencias. La vanidad os robará la consideracion y el aprecio de la sociedad, que todo lo escudriña; y la envidia, que tanto dominio tiene en el mundo, buscará todos vuestros defectos, y áun os los prestará imaginarios, para vengarse de vuestra vanidad.
IV.
La vanidad no tiene nada de comun con la dignidad; aquélla es un grave defecto, ésta es una virtud bella y noble. La dignidad es puramente defensiva; la ignorancia, no obstante, la confunde con la vanidad, que es agresiva y que ademas se ejerce en una vía completamente opuesta.
Las almas vulgares, los espíritus poco cultivados no conocen la dignidad, y, por consiguiente, no la reconocen en los otros; llaman orgullosas á las personas reservadas, y al expresar esta opinion errónea, les parece que expresan su desaprobacion; incapaces de comprender ese sentimiento de delicadeza moral, que impide á los que lo poseen el exponer al público sus pensamientos, sus recuerdos y sus esperanzas, guardan una especie de rencor á las personas demasiado _orgullosas_, para dar su alma por pasto á su vulgar curiosidad. ¡Y felices podemos llamarnos si su despecho se detiene en los límites de la desaprobacion! Muchas veces va más allá, y si un espíritu limitado se alía á una alma vil para juzgar la dignidad, ésta se verá acusada de multiplicar los velos para ocultar las faltas, y su reserva se considerará como la manifestacion de un disimulo prudente y necesario.
¿Pero qué importa el juicio erróneo de los que no saben comprender el mérito de la amable y serena virtud que se llama dignidad? tanto peor para ellos; porque la dignidad es un gran bien que nos da la estimacion ajena, y es una adorable compañera para la mujer.
TIPOS FEMENINOS.
LA MADRE.
ARTÍCULO PRIMERO.
Si deseais hallar en la tierra algo que dé idea de la perfeccion divina, buscadlo en la madre.
FERRIZ VILLEDA.
I.
Empiezo estos modestos estudios de los tipos femeninos por el que me parece el más grande, el más sublime de todos, por el que creo que es la base de la familia, así como la familia es la base de la sociedad.
La madre es á mis ojos la figura más grande, más noble y más hermosa de la creacion; ella es la que anima, la que sostiene, la que consuela, la que sobre todo ama y perdona, que es la sublime mision de la mujer.
Puede el hombre atravesar por los huracanes de la vida; puede sufrir el choque de las pasiones y ser amargado por los desengaños; puede combatir cuerpo á cuerpo con los mayores peligros; puede ser extraviado por sus malas pasiones, y pervertido con el contacto del mundo; pero jamas se borrarán de su alma las primeras ideas, cuyo gérmen ha depositado en ella la mano piadosa de su buena madre.
De los pobres seres que no la tienen han salido siempre los grandes criminales, y esos monstruos de maldad, horror de la naturaleza.
Y decimos de los hijos sin madre en absoluto, porque puede estarse sin madre así moral como materialmente, pues hay mujeres que no merecen este nombre sagrado, aunque hayan dado á luz numerosos hijos.
Pero los ejemplos de madres desnaturalizadas son raros, y en cambio la historia nos los ofrece repetidísimos de heroismo materno.
II.
La primera figura que se ofrece á nuestras miradas al empezar á distinguir los objetos es la de nuestra madre; que se apoya en nuestra cuna y espía nuestra primera sonrisa.
Crecemos, y nuestra inteligencia se va desenvolviendo, mirándola velar nuestro sueño, escuchando el dulce cantar con que le arrulla, sintiendo en nuestra frente el dulce calor de sus besos.
¡Feliz la que ha conocido jóven áun y hermosa á su madre!
¡La imágen que guarda de ella en su corazon reune la perfeccion física á la moral, y cualesquiera que sean las pruebas por que pase, halla su refugio en aquel recuerdo incomparable!
¿Pero cuándo puede una madre dejar de ser bella?
¡Jamas!
Ora la veamos con los cabellos blancos, ya estén vestidos con el matiz de oro ó de ébano de la juventud, la madre está siempre rodeada de una aureola de belleza y de poesía.
La amistad, el amor mismo nos engañan muchas veces; el amor paternal es tambien capaz de flaqueza y de olvido; sólo el amor de la madre es infinito, como la clemencia celeste.
Una madre es la figura más noble y más poética que la humanidad nos presenta.
María, Madre de Dios, es la personificacion del amor tierno y sublime, que llega hasta la heroicidad.
La Vírgen de Judá no es más que madre desde el instante en que el ángel le anuncia que ha concebido; su pensamiento, su corazon, su alma entera está unida á su adorado Hijo: en él piensa á todas horas, y desde el dia que le da á luz, se consagra única y exclusivamente al cuidado de su infancia; síguele en su vida errante y trabajosa, oye su divina palabra confundida entre las gentes del pueblo, y llora y siente, conmovida hondamente por el raudal de sabiduría que brota de los labios de aquel hombre, el más grande que ha nacido del seno de una mujer.
El suyo se enorgullece de haber abrigado á Jesus; su corazon palpita acelerado, sus mejillas se ponen encendidas, sus ojos están húmedos y brillantes; la Vírgen divina deja el lugar á la Madre, que siente con su Hijo, que se arrebata al oirle, de amor y de entusiasmo.
Síguele más tarde en todo el curso de su dolorosa pasion, y le acompaña durante su prolongado martirio. ¿Qué dolores son comparables á los que sufre aquella madre, la más amorosa y tierna de cuantas han existido? ¿Qué tormentos pueden igualarse á los suyos?
¡La muerte es mil veces más dulce que aquella agonía prolongada, amarga, lenta, fria, por decirlo así, pues no tenía ni podia hallar consuelo en lo humano!
Vedla despues, sentada al pié de la cruz, sin lágrimas, y contraidas sus facciones por aquel mortal dolor, que despedaza su corazon. ¿Cómo aquella bella y delicada naturaleza supo soportar tan acerbo martirio? Sólo porque su mismo Hijo la impuso la vida, haciéndola la Madre de todos los hombres en la persona del discípulo amado.
--¡Hé aquí á tu Madre! dijo al apóstol.
--¡Hé aquí á tu Hijo! añadió dirigiéndose á María.
De esta suerte dió á la humanidad entera el santo escudo del amor maternal.
III.
¡Cuán sublime es la mision de la madre!
Ella es la que lleva el peso de todos los cuidados de la casa; ella la que medita, la que se desvela para que cada uno de sus hijos halle el bienestar, segun su carácter y sus aspiraciones.
Aunque se halle dotada del organismo más exquisito y más poético, toma para sí las mil pequeñeces materiales que fatigan su espíritu, y que la hacen vegetar en las heladas regiones del positivismo; y como descanso de sus contínuas fatigas se refugia en la religion, para orar, ántes que por ella, por sus hijos, que son la parte más querida de sí misma.
No es al padre á quien se confian los sueños dolorosos, que á veces nos asombran, las ilusiones de un amor naciente, y las aspiraciones de gloria, que al dar los primeros pasos en la senda de la juventud, se agitan en nuestro cerebro; ¡es á la madre! porque la madre, áun más que aconsejar, adivina, consuela, comparte nuestras esperanzas y llora nuestras decepciones.
Si por acaso la inteligencia de la madre no está al nivel de la de su hijo, siempre hay en ella bastante abnegacion para comprenderlo así, y siempre halla recursos en su imaginacion para analizar y dirigir el pensamiento de su hijo.
Y si la madre posee elevado talento, ¡cuánto más grande es su sacrificio!
Á la vez que madre es mujer, es decir, un sér sujeto á sueños é ilusiones; un sér apasionado, sobre el cual ejercen una poderosa influencia los objetos exteriores, y que por lo mismo experimenta muchas veces una vaga tristeza, y cede con frecuencia á un profundo desaliento, que disimula heroicamente para animar y consolar á sus hijos.
¡Cuántas veces la madre tiene que combatir con su esposo, empeñado en contrariar la vocacion de su hijo acerca de la carrera que ha de seguir, ó la inclinacion amorosa de una hija!
¡Cómo suplica entónces!
¡Cómo emplea la doble elocuencia de su corazon y de su talento!
¡Qué inagotable es el manantial de su llanto!
¡Qué irresistibles argumentos halla!
¡Feliz aquel que ha hallado una madre inteligente y tierna apoyada en su cuna!
¡Feliz quien se apoya en este amor, el más santo, el más sublime de todos!
LA MADRE.
ARTÍCULO SEGUNDO.
I.
La historia de Roma nos presenta en medio de sus escándalos, el más sublime ejemplo de amor maternal que puede encontrarse.
Agripina _la Grande_, la esposa de Germánico, fué desterrada despues de su viudez, con sus hijos, á la isla Pandataria (hoy de Santa María) por su tio, el cruel emperador Tiberio.
Demasiado sabía la desgraciada princesa que no era á sus hijos á quien más ódio profesaba el Emperador; era á ella á quien aborrecia; á ella, nieta del divino Augusto, esposa del Gran Germánico, y adorada del pueblo romano y de las legiones que por sí misma habia conducido tantas veces á la victoria, acompañando á su esposo para alentar al ejército.
Y no era su destierro, ni su desgracia, ni su pobreza lo que deploraba, sino la suerte de sus hijos, condenados por ella á todos los dolores, á todas las humillaciones, y privados de su rango y de sus bienes; por eso desde el instante en que salió de Roma, en la oscuridadde una tempestuosa noche, sólo supo emplear su pensamiento en combinar los medios de salvar á sus hijos de aquella inmensa desgracia.
Tristemente sentada en una pobre barquilla atravesaba el Tíber, envuelta en su manto y rodeada de sus hijos, abrigando á unos contra su seno, cubriendo á otros con su velo, y sosteniendo en sus hombros las bellas cabezas de sus hijas Julia y Drusila, niñas aún, pero que ya prometian todas las gracias de una bella adolescencia.
--¿Qué haré? se preguntaba la infeliz princesa, con esa voz del alma que no sube á los labios, pero que es tan desolada, tan triste y tan profunda; ¿que haré para salvar á mis hijos?
Y la misma voz le respondia:
--¡Morir!
Repitiéndose sin cesar la terrible pregunta y la aterradora respuesta llegaron al destierro, y entónces se apoderó más que nunca de Agripina el deseo de morir, para recomendar á sus hijos á la clemencia del Emperador.
Pronto pudo ponerlo por obra: empezó diciendo á sus hijos que queria comer sola, y arrojaba al rio, que corria bajo su ventana, el alimento que sus esclavas le servian.
Bien hubiera querido precipitarse ella en aquel mismo rio, mas pensaba en la dolorosa sorpresa de sus hijos cuando se hallára su cadáver arrojado á la orilla por las turbias ondas, y desistió de la idea de buscar una muerte pronta; la del veneno, la del puñal, tenian las mismas dificultades, y optó por la más dolorosa para ella, ansiando, ante todo, no herir con una funesta sorpresa, á los seres que amaba con tanto delirio.
Optó, pues, por la muerte de _hambre_, la más lenta, la más dolorosa de las muertes; pero la única tambien que podia engañar á sus hijos.
¿Puede encontrarse un ejemplo más heroico de abnegacion maternal?
Algunos dias pasaron: la madre recibia siempre á sus hijos á media luz, y con la sonrisa en los labios.
Un dia se la hallaron muerta en su lecho: á su lado habia un pergamino que contenia estas palabras, escritas con mano trémula.
--¡Hijos mios, no existiendo yo volveréis á Roma y al lado del Emperador... adios, y perdonadme si os dejo!
El médico, llamado para que examinase el cadáver, declaró que Agripina se habia dejado morir de hambre; y sobre los restos de aquella madre heroica hizo Calígula, el mayor de sus hijos, el juramento de aquella venganza que se cumplió, y que asombró á toda la tierra.
Aquel rasgo de amor maternal ha vivido como un ejemplo sublime á traves de los siglos; y, sin embargo, yo creo que en nuestros dias hay muchas madres capaces de hacer lo mismo que la ilustre matrona romana.
II.
Hay en la madre tal abnegacion, tanta ternura, tan natural inclinacion al sacrificio, que nada le cuesta exponer y áun dar la vida por sus hijos.
En mi concepto, el sacrificio moral de la madre es más meritorio y más sublime que el material que hizo Agripina; la influencia de aquélla en la familia es hoy de la más alta importancia, y crecerá aún, cuando se eduque á la mujer con más esmero y cuidado del que se ha empleado hasta el dia.
Una madre puede hacer de su hijo lo que quiera; y este axioma, que puede afirmarse como una verdad, le vemos comprobado en dos hombres eminentes, contemporáneo el uno, y el otro nacido en época no remota.
Alfonso de Lamartine debe á su madre, si no su talento, el rápido desarrollo del mismo, y el carácter noble y elevado que este mismo talento tomó: aquella madre bella, poética, entusiasta, tierna y melancólica, modeló á su imágen el alma de su hijo, ó más bien el alma del poeta, era en las manos de su madre un instrumento sonoro del que sacaba celestiales melodías.
Ya en la ancianidad, el poeta se acuerda todavía con ternura de aquella madre, que, vástago de una de las más ilustres familias de Francia, se encerró con su esposo, sus hijos y su libro de oraciones en una pobre casa, antigua y desmantelada, donde todo su recreo consistia en mirar el cielo á traves de los viejos árboles y enseñar á su Alfonso á pensar y á sentir.
Bien se conoce en los escritos del poeta que el talento de una mujer hizo brotar y dirigió sus primeras impresiones: de ahí proceden esa melancolía que resalta en ellos, esa dulzura en los giros, esa belleza en las imágenes, esa inquebrantable fe religiosa, esa exquisita elegancia, esa poesía inagotable, que se advierten en todas las obras de Lamartine: sus detractores dicen que su pluma es _un tanto femenina_, y tienen razon: ése es el más alto elogio que se puede hacer de su madre.
Cuando el poeta, hombre ya, deja para ir en busca de la fortuna el dulce abrigo del ala maternal, aquel cariño tierno é inteligente le sigue por todas partes, excusa sus errores, le socorre secretamente en sus locos gastos; y cuando llega la hora del amor para Alfonso de Lamartine, la dulce madre comparte con el corazon de su hijo, no sólo todas las penas, sino todas las punzantes emociones de una pasion, acaso culpable, pero verdadera y profunda.
III.
En todos los escritos de Lamartine reside el alma grande, bella, piadosa, tierna y apasionada de su madre; si todos los hombres tuviesen una madre como aquella, habria tambien más nombres gloriosos en el mundo, y las malas pasiones no tendrian tanto imperio.
Como se ve, no quiero hablar aquí del amor ciego é ininteligente de la madre que sólo alcanza á desear una absoluta dominacion sobre sus hijos, y que más que abrirles el camino de la vida y de la inteligencia, se los obstruye todos. Hablo del amor á la vez inteligente y apasionado, como del bello ideal del cariño materno; pero áun aquél es á mis ojos respetable, pues si en sus manifestaciones es errado, en el fondo es grande y lleno de abnegacion.
En el artículo siguiente hablaré de la triste influencia que su madre ha tenido en el destino de otro hombre ilustre, y á la vez muy desventurado.
LA MADRE.
ARTÍCULO TERCERO.
I.