Un faccioso más y algunos frailes menos

Part 8

Chapter 8 3,969 words Public domain Markdown

--Bueno estaría también tu marido--dijo Gracián, haciendo un mohín de escarnio--. Los sentimientos de la gente de esta casa se revelan hasta en lo más insignificante. Pues si fuera a ocuparme de todo lo que hay aquí de reprensible, ¿qué diría, señora Nazaria, qué diría de la bárbara crudeza con que es tratada esa pobre niña, o mujer canija, hija del señor Tablas?... Os tratáis como duques, y ella se confunde con los más lastimosos pordioseros. ¿Qué tal? ¿Es esto cristiano, es esto honrado? Pero donde no hay verdadera familia no puede haber sentimientos humanitarios ni caridad. Casaos, casaos, reconciliaos con Dios y con la Iglesia, no me cansaré de decirlo. Si así lo hacéis, después todo se os hará fácil. Salvad vuestra alma, y no contaminéis otras almas que aún están puras. Curaos de vuestro daño, y así ninguno que esté próximo a vosotros se contaminará de él... Os amonesto por tercera vez, y os amonestaré la cuarta y la quinta, porque yo, que he despreciado tantas veces la muerte, ¿qué caso puedo hacer de vuestra resistencia? Nazaria, vuelve en ti, oye mis consejos. Citando tu corazón de un grito, corre a la iglesia, no te detengas. Me hallarás en mi confesionario. Adiós.

Sin hacer reverencia alguna, impávido, formidable, como el guerrero que ha cumplido su deber en lo más recio de un combate, salió seguido del Hermano. Cuando bajaba la escalera, Tablas subía.

-XII-

Abrió el gigante la puerta de la sala donde su giganta estaba, y antes de entrar echó en redondo una mirada recelosa, bajando la barba al pecho y escondiendo los ojos bajo las negras cejas. La amenazadora expresión de su ceño, la prominencia de su frente abultada y aquel mirar hosco daban a su cabeza semejanza con la espantable testa del toro jarameño cuando aparece en el circo, y reconoce con su mirar de fuego el ansioso público, y parece que él mismo, antes de empezar la lidia, se espanta de la barbarie que se prepara.

La nariz de Nazaria se infló hasta no poder más. En aquellos momentos necesitaba mucho aire. Tablas dio algunos pasos hacia ella, y echándose ambas manos a la estrecha cintura, se meneó a un lado y otro como muñeco de goma, y escupió estas palabras:

--¡Cristo!... si habré dicho alguna vez que no quiero clerigones en casa... ¿Por qué los has recibido?

Pimentosa echó mano de un abanico y replicó así:

--Porque me ha dado la real gana... En paz.

--En guerra... Si les vuelvo a encontrar... van a la calle por el balcón... y tú detrás.

--¡Valiente papamoscas! Pero hombre, no mates tanta gente, que se acaba el mundo.

--¿Qué buscaban esos pillos?

--El pillo eres tú... salvaje. ¡Tanto rezar rosarios en casa de D. Felicísimo, y llama pillos a los señores sacerdotes!...

--¿A qué venían?

--A lo que nos ha dado la gana.

--Vamos, vamos--dijo Tablas contoneándose otra vez--, que hoy estoy tan bromista, que si me tocan, por cada dedo me sale un tiro.

--Lo que a ti te sale es el aguardiente que has bebido.

--¡Nazaria!...

--Úrgame tanto así, y verás lo que es canela.

--¡Nazaria!...

--¿En dónde has estado hoy? dilo pronto--gritó la Pimentosa hablando a borbotones--. ¿Quién es ese _futraque_ que vino a buscarte?

--A ti no te importa eso... Toma varas con los sayos negros y déjame a mí.

--¡Borracho!

--¡Pues y tú!..--exclamó Tablas, mascando su cólera--. Vamos, no quiero incomodarme... ¿Por qué has recibido a los clérigos?

--Porque es mi santa voluntad. Soy reina de mi casa.

--Reinita nada menos...

Tablas miró a un palo que en el rincón de la sala había, y que sin duda iba a intervenir como tercer personaje en aquella escena.

--Sí, reina soy y ama de todo--bramó Nazaria pálida y furiosa, extendiendo los brazos--. Mío es el pan que comes, mía la ropa que vistes, mío el tabaco que fumas, y mías las copas, las copas...

No pudo decir más porque la ahogó la tos. Su abultado seno trepidaba saltando, como vejiga de payaso.

--Todo es de la señora, já, já...--dijo grotescamente López queriendo tornar en burlas afirmación que tanto le humillaba--. Después hablaremos de eso; pero ahora, dígame la reina por qué estaban aquí otra vez los sacripantes negros.

--Porque yo les llamé, ¿estamos?... porque me gusta el sermón y quise dar para las ánimas.

--¡_Anima mea_!... Cristo... Con que hay _pedriques_ en mi casa... Pues mira yo te voy a dar la _Extrema_. ¿No te pide el cuerpo _hinsopo_?... Pues verás.

Volvió a mirar el palo, que ya estaba, como si dijéramos, al paño, esperando el momento de salir al escenario.

--Ladrón, si te mueves, te como...--gritó Nazaria en voz tan imponente, que Tablas, ya en camino de traer al tercer personaje, se detuvo en medio de la sala--. Ponte en la puerta de la calle ahora mismo, holgazán, gorrón, que el pan que me has comido, mejor habría sido echarlo a los perros... ¿Pues no te contentas con gastarme mi dinero y arruinarme la casa, sino que me amenazas?... ¡Por vida del arpa del tío David, yo tenía más dinero y más _comenencia_ que cuatro reyes, y tú me has llenado de trampas! Por ti y tus vicios estoy empeñada en más miles que pesas, trapalón, y cuando toquen a embargar, la viuda de Peribáñez el de Candelario tendrá que ponerse al buñuelo, a la castaña, al aguardiente o al mondongo... Sacados te vea yo los ojos, hi de mujer mala. Dime, calzonazos, ¿en dónde están mis alhajas qué daban envidia a las de la Pilarica en Zaragoza? ¿en dónde están mis cuatro mantones de Manila que parecía que los habían bordado ángeles con manos de rosa?... ¡Ah! ¿dónde ha de estar todo aquel tesoro? En _Peñíscola_, para que el señor beba, para que el señor monte a caballo y vaya a derribar vacas, para que el muy mamarracho convide a los gorrones y tenga mozas... Ea, fuera espantajos. Por aquella puerta se va a la calle...

--¿Sabes lo que te digo?... pues que eres una cotorra charlatana y hay que cortarte el pescuezo.

--¿Sabes lo que te digo? pues que a otros de más hígados que tú los he tendido yo de un soplamocos. Mejor tuvieras vergüenza y fueras persona decente como yo. ¿En dónde pasas las noches?... ¿en qué gastas el dinero?... Y luego viene diciendo el bobo que se trata con esos señores de política, y que está armando un gatuperio como el de los tiempos en que cayó la Mamancia... ¿Qué entiendes tú de eso, cafre, si andas en dos pies porque al Señor se le olvidó hacerte la cruz en el lomo?... Mira que no se ha acabado la madera de que hicieron las horcas en la plazuela. Allá te quisiera ver colgado como una butifarra para ir a tirarte de las piernazas y verte haciendo más visajes que un cómico con hambre. ¡Política el señor Tragacantos! ¿De cuándo acá tenemos esas sabidurías? Lo que tú harás será engañar al pobre D. Felicísimo que te dio la primer bazofia que comiste en el mundo, y venderle a los masones, contándoles lo que pasa en su casa. ¡Ah! bribonazo, si creerás embobarme a mí, que conozco tus mañas y sé dónde te aprieta la herradura.

--¡Ah!... ¡resangre! si digo que voy a echar al gato esa lengüecita...--dijo Tablas abalanzando sus pesadas manos hacia la cara de la Pimentosa.

--Quita allá esas aspas de molino--replicó ella rechazando con extraordinaria energía las manos de su hombre.

--Maldita sea la hora...

Bramando así con insensata ira, Tablas hizo un gesto, e instantáneamente enganchó en su garra el moño negro de la giganta. La giganta rugió como una leona, levantose, hubo formidable choque de cuerpos y cruzamiento horrible de brazos tiesos. Se balancearon, se oyó un doble gemido y un estertor siniestro, señal de violentos esfuerzos. Pero la gigantona logró desasirse, blandió sus fornidos brazos, echó un temporal por su nariz, y rápida como el pensamiento, dio un salto, dos, tres. El piso temblaba como si pasara un carro. Nazaria llegó a una mesa y cogió un objeto voluminoso que encima de ella había. ¿Qué era aquello? Era una urna de madera y cristal, alta de tres cuartas. Dentro de ella había una virgen de los Dolores, y encima un toro de yeso, dos toreros, un niño Jesús, una enormísima moña. Alzó en sus manos la mujerona todo aquel catafalco religioso-taurino, y en menos tiempo del que se necesita para pensarlo, cayó todo con estrépito formidable sobre la cabeza de Tablas. La increpación o voz felina que este lanzó al recibir el golpe no es para descrita. Los vidrios rotos sobre su cráneo rasgaron su frente. Sin sentir manar la sangre corrió en busca del palo; pero antes de llegar, ya se le interpuso la Pimentosa con una silla enarbolada en ambas manos. El gigante tomó otra silla. Se detuvieron un momento mirándose cara a cara; echándose mutuamente su ardiente resuello y cruzando los rayos de sus ojos llenos de ira. De repente la giganta soltó el mueble; había tenido una idea feliz, salvadora. Dio un paso atrás, revolvió en su cesto de costura, sacó una navaja enorme, y corriendo en seguimiento del gigante, que retrocedía espantado, exclamó con bramido:

--Te degüello...

Entraron algunos vecinos, para quienes no era nuevo aquel laberinto, aunque hasta entonces no había ocurrido pendencia tan ruidosa en casa de Nazaria; entró también Romualda dando gritos, y todos se dedicaron a la grande obra de la pacificación. Cada contendiente se vio rodeado de un grupo y oyó las exhortaciones más razonables. ¡Cosa extraordinaria! El primero en quien se notaron síntomas de aplacamiento fue el descalabrado López, el ofendido de palabra y de obra. Gruñendo como un mastín apaleado, dijo que él no quería perderse, que era demasiado hombre de bien para perderse, y que no había mujer alguna en el mundo merecedora de que se perdiera por ella un hombre. Nazaria no decía nada, pero con los resoplidos mostraba el desfogamiento de su cólera que parecía salir en mangas de aire desalojando el henchido seno. La navaja yacía en el suelo junto a los restos de lo que fue urna y a los pedacitos de toro de yeso que, pisados en la contienda, manchaban de blanco la fina estera.

--¡Y está sangrando el canalla!--dijo la Pimentosa lanzando de su boca esas chispas de risa que saltan entre las llamas de la ira iluminando el rostro--. Parece un _Decehomo_.

--No es nada, no es nada--dijo Tablas llevándose a la frente un pañuelo que le dio el fenómeno.

--Rumalda--gritó la giganta--, baja y trae un poco de vino y aceite.

Viendo que la furia de uno y otro se aplacaba poco a poco, los vecinos se fueron retirando.

--Se incomoda uno por cualquier majadería--murmuró López, dejando que Nazaria le aplicase el pañuelo a la frente--. Cuando uno va a reparar ya ha hecho una barbaridad... y hombre perdido.

--Le hablan a una con malos modos, y a una se le sube la mostaza a la nariz, y allá te vas lengua.

--Y gracias que uno es prudente y sabe las mañas de la fiera y le para los pies...--dijo López queriendo dar explicaciones de su cobardía.

--Y si a una le preguntaran con buen modo lo que buscaban los padres caras, una contestaría que venían a sus _pedriques_, y en paz. Pero se incomoda la gente por una palabra... Hay lenguas que tiran coces... No se puede remediar...

--Yo soy un ángel; pero cuando me solicitan, embisto. ¡Qué genio me ha dado Dios! Yo mismo me tengo miedo a veces... Rumalda...

Rumalda había llegado con el aceite y con el vino, y Nazaria aprontaba el remedio que reclama toda cabeza sobre la cual se ha hecho pedazos una urna.

--Rumalda, no tengo tabaco--dijo el atleta--; bájate al estanco... pronto, chica... Pues como iba diciendo, si a un hombre como yo, que es todo pólvora, se le hubiera preguntado con decencia dónde había pasado el día y qué negocios traía con el _futraque_, el hombre habría contestado como un caballero. ¡Si aquí no hay misterio...! Que un señor, a quien conocí en casa de D. Felicísimo, viene a buscarme y me dice: «Sr. López, me va usted a hacer un favor muy grande.--Usted disponga, señor mío...--Pues hace dos meses, la policía registró una casa de la calle de Belén, donde se reunían unos cuantos partidarios de D. Carlos. La policía fue sobornada en aquella ocasión y no prendió a nadie. Pero el Gobierno ha cambiado los guindillas de soflama por otros, y anoche volvió la policía a registrar la casa de la calle de Belén, y pescó a cinco sujetos, y les puso en la cárcel de Villa.--De lo cual me alegro, Sr. D. Salvador.--Pues mire usted, Sr. Tablas, yo vengo a que usted me haga el favor de proporcionar a uno de esos cinco sujetos los medios de fugarse, porque corre el run run de que les van a fusilar.--¿Es pariente de usted?--Sí señor.--¿Usted ha estado empleado en la cárcel de Villa?--Sí señor.--Usted favoreció la escapatoria de Olózaga.--Sí, señor.--Usted podrá hacer ahora otro tanto.--Sí señor.--Pues es preciso hacerlo.--¿Cuánto vamos ganando?--Tanto.--Es poco.--Pues cuanto.--Nos arreglaremos.--¿Quién es el sujeto?--Pues es Fulano de Tal.--Adelante, empezaremos a trabajar hoy mismo. Vamos al café y a la taberna; hablaremos con los chicos de la cárcel...». Total, que hemos estado todo el día inventando diabluras, y luego fuimos a casa de don Felicísimo, que también está empeñado en poner en salvo a ese preso. Y de unos y de otros he de sacar metal, mujer, mucho metal, para desempeñar lo que hemos empeñado, y quitar trampas... fuera trampas, venga acá dinerazo de la gente carlina, y juntándolo con el dinerito de la gente masona, verás como nuestra hacienda se pone otra vez de pie...

La reconciliación era ya segura, y los endurecidos ánimos se ablandaban rápidamente al calor de la confianza. La idea de que Tablas ganase algún dinero, idea novísima y extravagante, produjo en el espíritu de Nazaria benéfica y reparadora reacción. Aunque no era tonta, se dejaba alucinar fácilmente por risueñas quimeras, como persona crédula y sin experiencia que había vivido siempre en el mayor desorden moral y económico, y ya le parecía estar viendo las talegas que entraban por la puerta, ganadas en la explotación de toda aquella caterva política que ya se llamaba carlina ya masónica. Tablas había derrochado sumas relativamente considerables. Si ahora traía a la casa otras sumas mayores, se trocaba de libertino y perdido en el hombre más allegador y apersonado de todo el barrio. ¡Bien, re-Cristo! Nazaria, que juntamente con la fiereza tenía la inocencia de la bestia cornúpeta a quien tan fácilmente engaña un vil trapo rojo, se calmó y sintió dolor muy vivo de haber ofendido a su gigante. Así procede siempre, pasando de salvajes cóleras a vergonzosas condescendencias, toda esa gente desalmada, ignorante y tan incapaz de calcular sus intereses como de refrenar sus pasiones.

Se reconciliaron. El aceite juntó su pringosa suavidad con la acritud astringente del vino, y batidos y juntados sellaron el pacto, cuando los dedos gordezuelos de Nazaria vendaban aquella frente merecedora del yugo para tirar de un arado.

Dignos de lástima eran aquellos dos seres, pertenecientes a la clase más numerosa y más compleja del país, por la confusión de vicios y virtudes que en ella había; pero Nazaria merecía más que su cómplice la compasión, porque valía un poco más, valiendo muy poco. En ella la barbarie y la tosquedad eran tales, que ahogaban los sentimientos generosos que a veces brotaban en su corazón cual hierbecilla en la grieta húmeda. Una religiosidad sonora y supersticiosa no bastaba a suplir en ella la falta absoluta de luces y de ideas morales. Vivía en el escándalo, sostenida por el ejemplo de otros escándalos mayores, y aunque alguna vez nacía y se agitaba en su alma como un misterioso prurito del bien, una especie de adivinación que ella no podía precisar, eran tales las exigencias de la naturaleza en ella, que no podía, ni en pensamiento, separar su persona de la persona de aquel monstruo. ¡Irresistible atracción la de un gigante que ni era listo, ni simpático, ni noble, ni siquiera guapo! Tan grande es la miseria humana, que allí donde aparentemente no hay cualidades que sirvan de base a un verdadero amor, suelen encontrar alguna las gigantas fogosas como la hermosa viuda de Peribáñez.

-XIII-

¡Qué lejos estaba el excelente padre Gracián de que su exhortación moral había motivado una reyerta que pudo ser drama sangriento! Él se retiró aquella tarde muy satisfecho después de haber predicado la unión, la concordia y la paz matrimonial en otras dos o tres casas. Al entrar en su celda pensó que el día había sido fecundo en resultados evangélicos, y que con muchas batallas semejantes, pronto había de verse el Enemigo muy mal y acorralado en las últimas trincheras del pecado.

Antes de dormir, consagró dos horas al estudio y a la ciencia de que era maestro en las aulas del Colegio Imperial, la profunda y enmarañada Ética. Después oró y meditó por espacio de otras dos horas largas, puesto de hinojos a ratos, y a ratos tendido boca abajo sobre el suelo. Lejos de haber en este las blanduras suntuarias con que los pecadores atienden al sibaritismo de los pies, era la dureza misma combinada con la frialdad, para que la mortificación fuese conforme a la implacable saña con que varón tan santo trataba a su carne miserable. Allí no habla alfombra, ni estera, ni cosa que a tal se pareciese, sino ligera capa de tierra, rojiza extendida sobre los ladrillos, la cual era traída de la cueva de San Ignacio en Manresa y servía para producir en el espíritu del clérigo la piadosa ilusión de que en la misma santa cueva estaba. Últimamente había repartido entre sus buenos amigotes tantas porcioncillas de aquella bendita y quizás milagrosa arcilla, que la celda se iba quedando limpia, y por varias partes pedía algunos escobazos que la acabaran de limpiar. Lo demás de la reducida estancia era insignificante y revelaba la humildad y el estudio, cosas en verdad que fraternizan perfectamente.

El jesuita durmió después de estudiar y de mortificarse, y abandonó de madrugada el lecho. Rezó, dijo misa, (y las suyas por lo tempranas y lo largas, eran muy elogiadas entre las personas piadosas de aquel populoso barrio) y después entró en su cátedra, seguido de muchedumbre de escolares. Esto se repetía diariamente, mes tras mes, año tras año. En sus explicaciones filosóficas, Gracián realizaba el prodigio de volver claro lo oscuro y de hacer ver las honduras de aquella ciencia, iluminando la superficie con la luz de un método admirable y de un decir ameno. Sus discípulos le querían por todo extremo, y era uno de esos maestros siempre preferidos y siempre elogiados que hacen amable el estudio. En las horas de recreo veíase rodeado de enjambre de colegiales, que dejaban el escaso solaz de aquella hora para consultar con el Padre puntos oscuros de la conferencia señalada, y platicar sobre cualquier tema de humanidades o teología, pues en todo ello y aun en otra clase de sabidurías era muy versado el bendito clérigo.

En aquellos tiempos, ¡oh tiempos clásicos! todo se estudiaba en latín, incluso el latín mismo, y era de ver la gran confusión en que caía un alumno novel, cuando le ponían en la mano el Nebrija con sus reglas escritas en aquella misma lengua que no se había aprendido todavía. Poco a poco iba saliendo del paso con el admirable método de enseñanza adoptado por la Compañía, y acostumbrándose al manejo del Calepino para los significados castellanos, y del _Thesaurus_ para la operación inversa, pronto llegaba a explicarse como Quinto Curcio o Cornelio Nepote. Las lecciones se daban en latín, y para que los chicos se familiarizasen con la lengua que era llave maestra de todo el saber divino y humano, hasta se les exigía que hablasen latín en sus conversaciones privadas, de donde vino esa graciosa latinidad macarrónica, que ha producido inmenso centón de chistes, y hasta algunas piezas literarias, que no carecen de mérito, como la _Metrificatio invectivalis_ de Iriarte y las sátiras políticas que se han hecho después. Si Horacio y Cicerón hubieran, por arte del Demonio, salido de sus tumbas para oír como hablaban los malditos chicos del Colegio Imperial, habría sido curioso ver la cara que ponían aquellos dignos sujetos a cada instante se oía: _Quantas habeo ganas manducandi!... Carissime, hodie castigavit me Pater Fernández (vel á Ferdinando), propter charlationen meam... ¡Eheu, paupérrime! ¿Ibis in calabozum?... Non; sed fugit meriendicula mea. Dum tu chocolate bollisque amplificas barrigam tuam, ego meos soplabo dedos. Guarda mihi quamquam frioleritam._

El que así se expresaba era un muchacho despiertísimo, nombrado Calisto Rodríguez, aunque en el colegio, sin dada por lo diminuto de su persona y por su inquietud de ardilla, nadie le llamaba sino Don Rodriguín. Era tan bizco que, al mirar, un ojo se le metía detrás del otro, como malicioso flechero, que se esconde para hacer mejor la puntería de su dardo. Su travesura y charlatanismo daban no poco que hacer a los Padres, y si adelantaba en sus estudios era más bien por sus brillantes dotes que por su aplicación. El estrabismo daba chocarrera gracia a su rostro, y con el bonete terciado, como solía llevarlo, parecía un diablillo enmascarado de clérigo. Alborotaba mucho en las horas de recreo; sublevaba las masas escolares en las de estudio, y a pesar de pertenecer a una familia rabiosamente carlina, en la cual había muchos canónigos, frailes y hasta un obispo, sus inclinaciones eclesiásticas no eran muy decididas.

Por jácara, más que por espíritu de erudición, D. Rodriguín se había prohibido en absoluto la lengua castellana, y hasta las frases más familiares y las más insignificantes expresiones las latinizaba con zandunga, entremezclando siempre en su charla trozos de los clásicos y fragmentos de verso y prosa, vinieran o no a cuento. Así, cuando se escabullía de la sala de estudio para ir a fumar un cigarro a hurtadillas, decía: _Eo in chupatorium, procul negotiis_. El _chupatorio_ era un rinconcillo del claustro alto, que daba al patio, y recibió este nombre por ser lugar a propósito para echar una fumada sin ser visto de los Padres. Para anunciar a sus compañeros en la sala de estudio que venía el Padre Fernández, varón pesado cuyos pies de plomo hacían temblar el pavimento, decía: _Cavete Ferdinandum... Ecce draco... Exaudite... quatit ungula campum_. En las horas de recreo, en el claustro bajo, no perdía ripio para motejar a los condiscípulos, y si algún extraño entraba en la casa para hablar con los jesuitas, Grijalva le había de echar su latín correspondiente, _verbi gratia_:

«_Videte Piaonem ad petendum Gratianum... arcades ambo_».

El bueno de D. Juan iba muchas tardes en busca del Padre Gracián para conferenciar con él de los últimos obstáculos que convenía allanar para casarse con Micaelita.

Hablando de la tierra con que el profesor de Ética alfombraba su celda, decía el estudiante: «_Sunt quos pulverum manresianum collegisse jurat_».

Durante las partidas de pelota, a que era muy aficionado, se le oía constantemente: «_Bene... fortiter... Italiam contra... ego valeo... amen dico... vobis... fuerunt vel fuere... pasce capellas_».

Era el capitán de todas las fechorías perpetradas en el colegio, de noche, burlando la vigilancia de los Padres, bien para hacer un escalo en la despensa y proveerse de víveres, bien para efectuar un bromazo, eligiendo por víctima a un desdichado novato sin experiencia. Si alguna tarde lograba escaparse y subir a las boardillas, se entretenía en tirar cáscaras de nueces a los balcones de Nazaria que fronteros de la fachada del colegio estaban, o en disparar peladillas contra la cojuela, que solía sentarse por las tardes en la puerta de la carnecería, _templum mantecationis_.