Un antiguo rencor

Part 2

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Sin embargo, no debía quedar tranquilo después de esta salida amenazadora y muy pronto pudo darse cuenta de que Clementina, fuera de su casa, era todavía más formidable. La señorita Guichard empezó una guerra sorda contra aquel á quien odiaba con todas las fuerzas de su amor engañado. Desde luego, como había que explicar el rompimiento á las personas de su intimidad y esta explicación, dada por Clementina, tenía que serle favorable y perjudicial, por tanto, para Roussel, la dulce prima dió á entender que había descubierto en su primo cierto vicio que le infundía temores por su tranquilidad en el porvenir. Y como se hubiesen manifestado dudas, no exentas de curiosidad, había declarado que la temperancia de Fortunato dejaba que desear. No hacía falta más para que se esparciese el rumor de que aquel perfecto caballero, que parecía tan sobrio y arreglado, bebía y volvía á su casa en situación de necesitar, para subir la escalera, la intervención de su criado y de su portero.

Estos rumores llegaron á oídos de Roussel, que empezó por encolerizarse, pero después tomó el partido de reirse de ellos, contando con que la gente que le conociese no daría crédito á tan ridícula especie. Pero si la credulidad pública rechaza con fastidio lo que redunda en ventaja del prójimo, acepta con apresuramiento lo que viene en su perjuicio. Decid á cualquiera: "Parece que Fulano ha hecho una buena obra ó realizado una hermosa acción," y ese cualquiera os responderá con aire contrito: ¡Puede!... Decidle, en cambio, que Fulano ha robado en el juego ó cometido estafas y exclamará en tono de triunfo "¡Ah; eso era de esperar!"

En seis semanas, Roussel pasó por un borracho. Tenía hacía diez años una cocinera que le daba de comer á su gusto y Clementina se la llevó, á fuerza de dinero, y cuando sus amigos la felicitaban por su delicada cocina, ella respondía: "¿Qué quiere usted? No ha podido permanecer en casa de Roussel, porque no pagaba jamás sus gastos. Había veces que le tenía adelantados cuatro ó cinco mil francos, y cuando era absolutamente indispensable entregar dinero, gritaba hasta el punto de hacer necesaria la presencia del juez de paz. Entre nosotros, creo que los negocios de Fortunato van bastante mal."

El primo de la señorita Guichard perdía clientes que habían oído decir que Roussel podía muy bien "faltar" cualquiera mañana. Para desmentir esos funestos rumores, no hizo, durante dos años, más que negociaciones al contado.

Tenía en Montretout, enfrente del bosque de Bolonia, una casa de campo encantadora, en la que sostenía un maravilloso lujo de flores. Sus estufas estaban colocadas en condiciones tales que recibían el sol y la luz desde por la mañana, gracias á un gran solar, no edificado, que las separaba de las propiedades próximas. Ya Roussel había querido comprar ese terreno para plantar legumbres, pero el propietario no había accedido nunca á vendérsele. Por qué maniobras obtuvo éxito la señorita Guichard donde su primo había fracasado, nadie pudo saberlo; pero una mañana vió Fortunato unos contratistas y después una cuadrilla de albañiles que se instalaban en el solar y elevaban una tapia que le quitaba la luz. Fué preciso cambiar de sitio las estufas, que ya no produjeron frutos ni flores tan buenos como antes. En una palabra, en todo y por todo Clementina se ingenió para atormentar, molestar y vejar al que se había empeñado en permanecer soltero.

Así como ella se mantuvo sin casarse, para consagrarse por completo á la guerra continua que hacía á Fortunato. Acaso conservaba en el fondo de su corazón un resto de sentimiento por ese monstruo, como ella le llamaba. Clementina hubiese podido casarse fácilmente; era muy rica, no muy madura y muy agradable para los que no temen á las mujeres del género granadero. Pero ninguna proposición la encontró bien dispuesta. ¿Quién sabe si creía que á fuerza de malas partidas habría de traer á buenas á Roussel y tener la dicha triunfal de verle á sus plantas humillado, arrepentido y barón?

Sin embargo, al cabo de algunos años debió renunciar á toda esperanza, porque su odio se hizo más concentrado y más mortal. Las calumnias esparcidas por ella contra su primo habían acabado por disiparse; porque la buena vida y las acciones claras son la mejor prueba de honradez que puede dar un hombre. Roussel consiguió dominar la dura corriente de malas voluntades desencadenada contra él. Hubo que reconocer, al principio, que había alguna exageración en los rumores esparcidos á su costa y llegó á resultar después evidente que eran falsos. No faltó quien quiso averiguar el origen de aquel envenenamiento social, pero la misma víctima se interpuso entre su verdugo y los curiosos. Por otra parte, acababa de ocurrir un hecho importante que llevaba á su existencia un elemento de interés que Fortunato no había jamás sospechado.

Sin haberse casado, se convirtió en padre. Uno de sus amigos más queridos murió, dejando solo en el mundo á un niño de ocho años. Llamado á la cabecera del moribundo y como éste le rogara con el ardor de una profunda angustia paternal que uo abandonase á su hijo, Roussel, sin grandes frases ni actitudes dramáticas adquirió el compromiso de velar sobre el huérfano, al que apenas conocía. Á fin de darle la triste noticia, fué á verle al colegio y quedó conmovido ante aquel rubillo que lloraba á lágrima viva, solo, enteramente solo ya, y sin otro apoyo que el de un extraño.

Las palabras afectuosas que Fortunato no había encontrado para Clementina, acudieron á sus labios para Mauricio. Al cabo de cinco minutos, el muchacho estaba sobre las rodillas del solterón y éste observaba que aquellos bracitos temblorosos que le estrechaban como á una postrera esperanza, eran la más sólida de las cadenas. Y como Mauricio no se calmaba, el buen Fortunato le llevó á su casa, le instaló en una habitación próxima á la suya, y por la noche, al oirle suspirar, se levantó para ver si estaba enfermo.

El niño, dormido, lloraba en la cama, soñando sin duda con su padre.

Gruesas lágrimas se deslizaban por sus mejillas y mojaban la almohada. Roussel, en camisa y con el candelero en la mano, se sintió presa de un súbito enternecimiento, y aun á riesgo de coger un resfriado, permaneció contemplando al huérfano.

La luz, hiriendo los ojos de Mauricio, le despertó. Abrió éste un instante los párpados hinchados por el llanto y viendo inclinada sobre él una cara que expresaba bondad y ternura, murmuró en medio de su sueño: "¿Estás ahí, papá?..." Roussel se sintió conmovido hasta en los más íntimos repliegues del corazón é imprimiendo en la frente húmeda del niño un tierno beso, dijo en alta voz, como para tomar por testigo al muerto:

--Sí, duerme, hijo mío: ¡tu padre está aquí!

Mauricio no volvió al colegio. Fortunato había llegado á la edad en que el hombre siente placer en vivir dentro de su casa á condición de no estar en ella enteramente solo, y gracias á su hijo adoptivo, encontró el atractivo que podía conducirle al hogar y retenerle en él. Al niño debió, pues, la rectitud de su vida, la seriedad de sus pensamientos, la dignidad sonriente de su madurez. Demasiado inteligente para no darse cuenta de lo que así ganaba, agradeció á su pupilo haberle proporcionado la ocasión de emprender una vida arreglada y se prometió pagarle en felicidad la tranquilidad que por su causa gozaba.

Y tomó en serio su papel de padre. Terminados sus negocios, se ocupaba de Mauricio. ¿Qué tal había trabajado? ¿Estaban contentos de él en el instituto? ¿Había estudiado sus lecciones? ¿Á qué había jugado en el recreo? Comía con el muchacho, que le daba conversación. Le veía acostarse y dejándole al cuidado de su antigua ama de gobierno, salía con el espíritu tranquilo, é iba al teatro ó á las sociedades, pero jamás se retiraba tarde, atraído por el recuerdo de aquel muchacho tan débil y que tan preferente lugar había tomado en la vida de su tutor.

CAPÍTULO II

DE CÓMO UNA CASUALIDAD VUELVE Á ENCENDER LA GUERRA.

Cuando la señorita Guichard supo que Fortunato tenía un niño á su lado, su primer impulso fué esparcir el rumor de que sería algún pilluelo escapado de Mettray ó de la prisión de jóvenes que éste había recogido en la calle para jugarla una mala partida; pero, contra lo que ella esperaba, la historia no hizo fortuna. Todo el mundo había conocido al señor Aubry, el padre del huérfano, y la generosa intervención de Roussel fué bien juzgada. Su primo Bobard, astuto abogado, llegó á insinuar que el acto era hábil, porque, decidido á permanecer soltero, Roussel se proporcionaba un heredero como medio de desheredar á la señorita Guichard si moría antes que ella.

Clementina no había prestado nunca atención al desagradable pensamiento de que si ella era heredera de su primo Fortunato, también éste debía heredarla, en su caso. En un momento, esa perspectiva abierta por Bobard la sublevó. ¡Cómo! ¡Algo de lo suyo podría ir á su enemigo! ¡Podría éste jactarse de haberse desembarazado de su odio al mismo tiempo que se apoderaba de su herencia! ¡Tendría la alegría salvaje de verla descender á la tumba de familia y de gozar después no sólo de la fortuna del tío Guichard, sino de la suya propia! ¡Nunca! Sus cabellos se erizaron de horror, y exclamó:

--¡Ah! ¿Él tiene un hijo adoptivo? Pues bien, ¡yo también tendré otro!

Bobard, que tenía un hijo en el colegio, insinuó en seguida á Clementina que podía encontrar en ese muchacho un hijo sólido, obediente y respetuoso, pero un varón no convenía á la señorita Guichard. El instinto de su sexo le hacía desear una niña. Hizo saber su deseo á un médico y le declaró resueltamente las condiciones que debía llenar la candidata; tener dos años al menos y tres cuando más; no tener madre ni padre, á fin de evitar toda reclamación; ser bonita, rubia, con ojos azules. En cuanto al carácter, ella se encargaría de formársele y sería bueno.

Ocho días después la señorita Guichard recibía aviso de que una nodriza de Courbevoie tenía una niña que realizaba absolutamente el programa formulado. El padre y la madre habían muerto y como hacía un año que nadie pagaba las mensualidades, aquella mujer, muy pobre, se iba á ver precisada con gran sentimiento y después de haber tardado todo lo posible, á llevar la criatura á la Inclusa. La señorita Guichard subió inmediatamente al coche, se fué á Courbevoie, vió á la niña, que se llamaba Herminia, la encontró á su gusto, dió quinientos francos á la nodriza y se fué colmada de bendiciones y llevando triunfalmente á su heredera.

En su condición de mujer soltera, le pareció inconveniente el ser llamada mamá y enseñó á Herminia á llamarla "mi tía." Pudo desde entonces desafiar á Roussel no sólo en el presente, sino también en el porvenir. La hija de la una valía por el hijo del otro. Pero, cosa singular, el corazón de Clementina no se fundió, como el de Fortunato, al calor de esta nueva afección. Amó á Herminia, no por la dicha de amar, sino porque le servía de aliada contra su enemigo. El encanto, la gracia, la inocencia de la niña no lograron apoderarse por completo de la señorita Guichard, que no fué verdaderamente sensible más que al útil apoyo que le proporcionaba aquella criatura, en su lucha contra Fortunato.

No pudo desconocer, ciertamente, la dicha que entraba en su casa, que era, antes de la adopción de Herminia, como una jaula sin pájaro y que ahora llenaba la niña con sus risas, con sus cantos, con su alegría. Pero Clementina era menos accesible á estos goces deliciosos que á la áspera satisfacción de pensar veinte veces al día: "He perjudicado á Roussel."

Educó á Herminia con perfección pero severamente. La cuidó con el celo de un artillero por su cañón. Cuando la niña estuvo enferma, la señorita Guichard experimentó vivas inquietudes, llamó al mejor médico y hasta pasó en vela algunas noches; pero jamás experimentó ese ardor espiritual que templa la atmósfera en torno de un niño y le hace vivir en medio de la mayor seguridad, en la evolución de un tranquilo desarrollo. Jamás su corazón de mujer tuvo los pequeños refinamientos de afecto, las delicadas atenciones que Roussel prodigaba á Mauricio.

Se hizo amar por su hija adoptiva, pero se hizo más respetar. El nombre de "tía" convenía por su frialdad á las relaciones afectuosas que Herminia tenía con la señorita Guichard: llamarla mamá hubiera sido imposible, porque en realidad era tratada como una sobrina.

Durante quince años la vida no ofreció graves incidentes. El rencor de Clementina no estaba extinguido, sino en ese estado de incubación semejante al de los volcanes que no revelan su actividad interior más que por los tenues hilos de humo que se escapan por sus costados. Ni Roussel ni la señorita Guichard habían hablado de sus disentimientos á Mauricio y á Herminia, obedeciendo al miedo de sembrar el odio en aquellos sencillos espíritus.

Los dos muchachos crecieron y entraron en la edad juvenil. Mauricio, después de terminar sus estudios, había manifestado una afición muy marcada por la pintura. Como estaba llamado á ser rico, pues el capital de su padre, cuidadosamente administrado, producía treinta mil francos de renta y Mauricio le había asegurado una considerable fortuna por una donación _inter vivos_, poseía todos los medios necesarios para realizar sus aspiraciones artísticas. Roussel, siempre práctico, no se contentó con que su hijo fuese un simple aficionado.

--Todo lo que se hace, le decía, es preciso hacerlo con perfección. Deseas pintar, no me opongo; pero te exijo que trabajes como si tuvieras necesidad de tu paleta para vivir. Vas á entrar en la escuela de Bellas Artes; te recomendaré á Baudry, que es amigo mío, y á Meissonier, á quien conocí en la Guardia nacional. Si quieres hacer grandes cuadros á la manera de los grandes maestros italianos del Renacimiento, el primero te será útil; si prefieres dedicarte al arte minucioso de los Flamencos, el segundo te dará consejos; pero, cualquiera que sea tu elección, conviene que te apliques á ella con todas tus fuerzas.

Mauricio adquirió ese compromiso y le cumplió. Á los veintitrés años obtuvo el segundo premio y por una rara delicadeza, no quiso concurrir al año siguiente, aunque estaba casi seguro de la victoria. Para explicarlo, dió á su tutor razones que le conmovieron vivamente:

--Tengo tres concurrentes enteramente pobres y pueden desesperarse por un fracaso. Cualquiera de ellos que obtenga el primer premio tiene su carrera asegurada. ¿Voy yo, que soy rico, gracias á mi padre y á usted, á servir de obstáculo á ese porvenir que puede ser tan fecundo y tan dichoso? Puedo hacerlo, materialmente, pero moralmente no tengo ese derecho. Mi segundo premio me da bastante distinción; soy conocido y apreciado. ¿He llegado al fin que usted me había mandado alcanzar? ¿Exige usted que haga más?

--No, dijo Roussel abrazando á su hijo; eres un buen muchacho.

El año siguiente, Mauricio expuso su gran cuadro "La orgía en Caprera", que hizo profunda sensación, y el retrato de su tutor; y obtuvo una tercera medalla.

La señorita Guichard supo por los periódicos el éxito del pupilo de Fortunato y quiso ir á la exposición de pinturas. Fué sola temiendo venderse y que Herminia conociese su ira. Buscó la sala A., donde, en medio de los cien lienzos colgados en la pared, se destacaba una figura, como una aparición fantástica, apoderándose de sus miradas y ejerciendo sobre ella como una especie de atracción hipnótica: Roussel, de un parecido inverosímil, fresco, sonrosado, con sus cabellos blancos, satisfecho, pacífico. Se salía, literalmente, del cuadro y Clementina creyó que se dirigía hacia ella desafiándola con su mirada dichosa, y con su boca sonriente; injuriándola con su insolente alegría. La señorita Guichard avanzó hacia él atrevida, amenazadora y llegada ante el lienzo, con la cabeza trastornada por la cólera, los labios apretados para no estallar en injurias, levantó su sombrilla con actitud furiosa é iba á golpear á su enemigo cuando una mano la detuvo, al mismo tiempo que una voz decía:

--Pero, señora, ¿qué hace usted?

Volvió en sí y se encontró al lado de un guarda de la exposición que la miraba con asombro y refunfuñaba. Clementina balbuceó:

--Hace mucho calor aquí.... He tenido un momento de turbación....

Y fuera de sí, no pudiendo permanecer ante aquel retrato sin ceder al deseo de rasgar la tela, huyó, mientras el empleado decía severamente:

--¡No se debía dejar entrar aquí á las locas!

La señorita Guichard volvió á su casa confesándose que Roussel poseía sobre ella una marcada superioridad y que jamás Herminia tendría ni un gran talento para pintar, ni gran voz para hacer sensación como cantante, ni buen arte como pianista para rivalizar con los Poloneses. Dijo cosas desagradables á su sobrina, que no comprendía nada de todo aquello, y se acostó preguntándose qué mala partida podría jugar á Fortunato.

La casualidad, ese cómplice de los que nada pueden, se encargó de proporcionarle un terrible desquite. Se había instalado en la Celle-Saint-Cloud, como todos los años, para pasar el verano, y en sus paseos por el bosque de Saint-Cucufa, veía en la eminencia de Montretout la casa de su primo. Con mucha frecuencia pensaba: "Si tuviera á mi disposición durante un día uno de los grandes cañones del Mont-Valerien, ¡cómo aniquilaría la casucha de ese miserable! Sería asunto de algunos cañonazos bien dirigidos."

Pero el Estado francés no presta sus cañones á los particulares, aunque sea para bombardearse en familia, y Clementina tuvo que resignarse á ver la casa maldita que se levantaba á lo lejos, punto blanco en el horizonte verdoso de los bosques. Fuera de esto, vivía tranquila en aquel país encantador gozando de un bonito jardín y de sus hermosas flores. Herminia especialmente, era dichosa en la Celle-Saint-Cloud. Amaba la tranquila libertad del campo y pasaba los días bajo un emparrado adornado con guirnaldas de madreselvas, cultivando la amistad de los jilgueros que venían á cantar para ella, revoloteaban al alcance de su mano y comían miguitas de su merienda. De vez en cuando, vibraba una voz fuerte que decía: ¡Herminia!, y los pajarillos volaban espantados hacia el espeso follaje, la arena rechinaba bajo el peso de un pie varonil y aparecía la señorita Guichard con su labor, se sentaba cerca de su sobrina, bajo la sombra embalsamada, y se ponía á trabajar, manejando las agujas de su malla como si fueran espadas y atravesando la lana á grandes pinchazos, como si se hubiera tratado del pecho del aborrecido Roussel. La joven se ingeniaba entonces para agradar á la terrible solterona, la hablaba con amabilidad y trataba de arrancar una sonrisa á sus labios severos y una caricia á sus manos nerviosas.

Una tarde de julio, estaban juntas en aquel sitio, cuando oyeron sonar en la plaza risas estrepitosas, acompañadas de piafar de caballos. Eran unos empleados de comercio y algunas jóvenes, que montados en caballos de alquiler, se dirigían á Ville-d'Avray para ir después á París. El jardinero de la señorita Guichard, ocupado en rastrillar un terraplén que caía sobre el bosque á lo largo de una calleja, miraba por encima de la tapia la partida de la bulliciosa cabalgata, que había salido al galope y no podía contener los caballos, estimulados por un pienso extraordinario. De repente, el buen hombre lanzó un grito, levantó los brazos al aire y dejando caer de golpe el rastrillo, dijo con voz alterada:

--¡Ah Dios mío! ¡Acaban de atropellar á un hombre!...

La señorita Guichard y el jardinero llegaron al mismo tiempo á la puerta del jardín. La cabalgata se alejaba más de prisa de lo que hubiera deseado, entre una nube de polvo, y sobre las piedras del camino se encontraba caído un joven, sin conocimiento y con la frente ensangrentada y el bastón, roto en dos pedazos, cerca de él. Clementina tenía un genio resuelto, probado en muchas circunstancias. Con voz vibrante llamó á su cochero, que estaba á alguna distancia, y dijo dirigiéndose al jardinero:

--Hay que llevar este desgraciado al pueblo....

--¡Oh! tía mía, exclamó con angustia Herminia, ¿estará muerto?

--¡Muerto! Bah ... no se muere así como así. Está desvanecido.... Un poco de agua en la cara ... vinagre en la nariz y esto no será nada....

El jardinero y el cochero cogieron al joven el uno por los pies y el otro por los hombros, se le llevaron y le extendieron sobre unos almohadones, en la cochera, sin que recobrase el conocimiento. El cochero le lavó la cara para quitar la sangre que le desfiguraba y le puso bajo la nariz el vinagre que le servía para los caballos, pero nada de esto sirvió. Pálido, los labios contraídos, los ojos cerrados, el desconocido permanecía inerte y la señorita Guichard tuvo miedo.

--¡Oh! Oh! ¿Acaso será esto más serio de lo que había pensado? Será preciso llevarle á la alcaldía.

--¡Oh, tía mía!, suplicó Herminia; ¿dónde puede estar mejor cuidado que en nuestra casa?

--¡Es verdad!, contestó con convicción la señorita Guichard. En todo caso, habrá que llamar un médico....

--Señorita, el doctor Fortier ha vuelto á su casa hace una media hora.... Le he visto pasar en su coche por el camino....

--Vaya usted á buscarle.

--Algunos minutos después, el médico de la Celle-Saint-Cloud, el excelente doctor Fortier, llegaba á toda prisa.

--¿Qué pasa, señoras? preguntó; ¡se mata á las gentes en la puerta de esta casa! ¡Oh! ¡Oh!... Vamos á ver qué razones puede tener este mozo para no responder á tan excelentes cuidados ...¡He! diablo! Ha recibido un revolcón tremendo ... y tiene ... sí, tiene el hombro izquierdo dislocado....

--¡Dislocado! exclamó la señorita Guichard; ¡pero eso es espantoso! Eso es....

--Casi nada; una bagatela, interrumpió el doctor.... Vamos á ponerle esto en su sitio inmediatamente.... Tiene una contusión en la cabeza.... Parece que le han atropellado unos caballos, según me ha dicho el jardinero.... Sin duda la herida de la frente ha sido causada por una herradura.... El pulso es bueno ... la respiración, regular.... Si ustedes quieren darme media docena de toallas le arreglaré este hombro, con la ayuda de estos dos buenos muchachos....

--Herminia, corre al ropero....

Herminia, como una sílfide, estaba ya en la escalinata.

--Es un hombre distinguido, dijo el doctor; su porte es cuidado y tiene una buena fisonomía.... Algún excursionista á quien han atropellado esos locos.... El alquilador de caballos de Ville-d'Avray me vale ciertamente, un año con otro, diez brazos rotos y costillas fracturadas.... ¡Ah! Aquí están las toallas.... Señoras, la operación que voy á practicar no es nada peligrosa, pero sí penosa hasta más no poder.... Agradecería á ustedes mucho que por algunos minutos me dejasen solo con el herido y mis ayudantes.

--Pero ¿qué va usted á hacer?

--Amarrar el herido á la pared, engancharnos en su brazo y tirar hasta que el hombro vuelva á su sitio.... Es doloroso y, sin embargo, muy sencillo....

El doctor las empujó hacia el patio. Cuando se encontraron solas, oyeron ruido de pisadas detrás de la puerta de la cochera, después órdenes dadas en voz breve y por último ese grito casi inarticulado que lanzan los marineros cuando tiran del cabrestante. De repente se oyó un quejido desgarrador; un clamor de tortura que aterró á las dos mujeres, y casi en seguida se abrió la puerta y apareció el doctor, enjugándose la frente y diciendo:

--¡Esto se acabó!

El herido yacía sobre los almohadones, más pálido que antes y todavía inanimado.

--¿Es él quien ha gritado? preguntó la señorita Guichard.

--Sí, el dolor le ha despertado, pero se ha desmayado otra vez....

--¿Y qué vamos á hacer?

--Yo no creo prudente trasladarle por el momento. ¿No podría usted darle hospitalidad por veinticuatro horas?

--Y bien, elijan ustedes una habitación adecuada ... y que sea á propósito.

--La que habita el primo Bobart cuando viene, podíamos darle....

--Sea por el cuarto del primo Bobart.... Así la humanidad será respetada y las conveniencias satisfechas.

--Herminia, sábanas....