Dawn of the Morning

Chapter 2

Chapter 23,642 wordsPublic domain

ALMODÓVAR. -¡Y que me prometía con ella labrar algún día esa fortuna cuantiosa con que siempre he soñado!

EDUARDO. -Vamos a ver D. Celio, siéntese V. y tome un trago de lo hermoso... Ahora platiquemos. -Aquí viene V. otros que desean lo que V. -Supóngase el Sr. Almodóvar que el abate Faria resucitase para sólo darle una fortuna rival de la que dio a Dantés. Supóngase que la sombra del bucanero Morgan le llevase a su caverna en la isla de la Mona, para mostrarle lo que todos dicen que guardó allí- ¿Qué haría V. con tanto? Todos lo imaginamos, pero queremos probarle que todo es poco cuando se trata de distribuirlo por gentes como nosotros.

ALMODÓVAR. -En primer lugar mandaría construir un lujoso palacio digno de un Encantador, fantástico, excéntrico a mi modo.

JACOBO. -¡Para V. solo!

ALMODÓVAR. -Para vosotros también, amigos míos; con vosotros quisiera compartir los tesoros de la fábula.

EDUARDO. -Traeríamos cocineros franceses por supuesto.

ANELLO. -El fondista (Metiendo su cuarto a espadas.) Scordasti i macarroni.

EDUARDO. -Sí, sí, cocineros italianos también; Anello es hombre de gusto.

ULRICO. -Olvidábamos que la patria de la poesía y las bellas artes, lo es también de i manggiatori.

EDUARDO. -Y bien visto, la buena cocina es también una de las bellas artes.

ANELLO. -(Sobándose la panza.) Por supuesto; un bel arte, sicurissimo, un bel arte miei signori.

EDUARDO. -Pero volvamos a lo del Palacio; tendríamos cocheros ingleses, mayordomos alemanes, caballos de todas razas.

JACOBO. -Mujeres francesas.

ULRICO. -Ya pareció aquello.

CARLOS. -Circasianas, georgianas, estoy por las bellas esculturas.

EDUARDO. -No señor; ¿a qué tener que entenderse con mujeres que hablan ruso o turco...?

ALMODÓVAR. -No le hace; me agrada la mímica y ya nos entenderíamos.

EDUARDO. -Disparate, estoy mejor por las francesas.

ULRICO. -¿Hay algo más apasionado que una española, que una italiana?

CARLOS. -¿Y a dónde me dejáis los poéticos rostros del Norte, las novelescas britanas, las excéntricas hijas de Washington? ¿Y qué decís de las incomparables sucesoras de los Incas?

ALMODÓVAR. -Vamos, vamos; para que todos estuviesen contentos, traeríamos una de cada nación.

JACOBO. -Bravo, magnífico.

ULRICO. -¿Y qué pensáis del pobre Alfredo? Necesita consuelos; nosotros debemos hacer por él todo lo posible, nuestro querido y triste amigo.

CARLOS. -Le buscaremos algún pálido fantasma de ojos azules que le haga olvidar la pena que le abruma; evocaremos la sombra de Eloísa o iremos a Teruel a buscar los huesos de Isabel de Segura; solo así estará contento este nuevo Marsilla.

ULRICO. -Dejemos esta broma, amigos míos; Alfredo lo que ha menester es la cariñosa, solicitud de sus amigos y sobre todo nada de burla sobre su estado.

JACOBO. -Nada de eso; a Alfredo se las daremos todas y a más nuestros brazos y nuestro corazón. Todos le abrazan.

EDUARDO. -Un brindis por Alfredo.

CARLOS. -Por que torne a su estado la alegría que en él tenía su más vivo espejo.

TODOS. -(Beben.) Bien, bien.

ALMODÓVAR. -Por lo visto, a pesar de ser yo el dueño de la fortuna, me dejaríais sin dama si quedase a vuestra elección.

LETARGO. -(Despertando.) Vamos, para V. amigo Almodóvar, se queda la mujer con uña y rabo de que habló Carlos hace poco. -Vamos no os hagáis el niño, el caso José, pues estamos seguros de que si ella os echara los brazos, no la dejaríais en ellos vuestra capa, como hizo aquel con la mujer de Putifar.

ULRICO. -Caballeros, habló De profundis. -D. Letargo, por lo visto, comprendió que si continuaba dormido, se quedaría sin parte del botín.

LETARGO. -Claro está. -Con sólo hablar de ellas se volvió esto el puerto de arreba-capas y no quiero que cual camarón dormido me arrastre la corriente. -Para Almodóvar tengo yo una trigueña de los trópicos que ya...

CARLOS. -Bien, caballero; basta por lo que respecta al harem.

JACOBO.- Tendríamos allí jardines que envidiaría Lenôtre, lagos y chalupas, bosques poblados de canoras aves.

EDUARDO. -Ya tenemos los idilios -sólo nos falta Leandra vestida de pastora.

ULRICO. -Invitaríamos a Alejandro Dumas, padre, que es todo un buen tercio, a qué pasara un verano con nosotros. Él daría celebridad y realce a nuestro fausto.

EDUARDO. -Sí, porque el aplauso es la corona de los goces. Veríais que romances haría sobre loa Adanes y las Evas de este nuevo Edén.

ULRICO. -Y bien, amigos míos; ¿cuándo esa fortuna tocase a su término?

CARLOS. -Un festín de despedida nos apartaría de este mundo llevando a cuenta bastante cantidad sobre los tesoros del otro.

JACOBO. -¿Y habéis olvidado que aquí había muchos para quienes la vida no es un Edén de riquezas, sino un valle de lágrimas y cuyas quejas y maldiciones podrían atormentarnos en la tumba?

ALMODÓVAR. -Es verdad. -Pero todos estos son por desgracia sueños.

EDUARDO. -De locos.

JACOBO. -Es decir, de hombres.

ULRICO. -Por fortuna tenemos algunas perlas de piedad en el alma y esto no deshonra nuestros sueños de riqueza.

ALMODÓVAR. -Esto es tan cierto como que trato de ir a rescatar la imponderable. -De lo contrario, me suicido con el guijarro que ya sabéis.

ALFREDO. -¡No puedo sufrir más! Ulrico déjame, dejadme amigos míos; quiero estar solo, si no, voy morir... dejadme!

Algunos siguen a Alfredo, a poco vuelven todos... se sientan.

ULRICO. -¡Pobre amigo!

CARLOS. -Es verdad (Llamando.) ¡Jaime, champaña!

Continúa el ruido de las copas, las imprecaciones de los jugadores, los cantos de alegría... o de amargura y despecho disfrazados.

Cae el telón, una de las muchas cortinas de este mundo.

- VIII -

Vagaba Alfredo alrededor de la Iglesia que ya conoce el lector; la puerta no se abría; el monje-sombra no se presentaba.

¡Me ha olvidado ya! exclamaba.

¡Ah! ¿por qué no la he seguido? Es imposible que sea una vana alucinación. -Aquí, sobre mi corazón está su carta, siento en él la impresión extraña que su contacto produce en mi ser. ¡Ah! indudablemente estoy loco... ¡No se mata quien debe vivir! Y sin embargo, morir sería para mí un consuelo tan grande!

Ahí he dejado a esos amigos que creen vivir pretendiendo embotar en burlas y en sátiras amarguísimas o en sueños de una suspirada ventura, la espina fiera que todo nacido lleva en sus entrañas. -¿Quién no ha visto burlada una esperanza? ¿quién ha podido matar en su alma y para siempre un deseo atormentador? ¡Ah! ¡tu copa, Mob!

Al decir esto sentía hervir su cabeza comprimiéndola entre sus manos como si tratase de ahogar el bullente fuego que devoraba su cerebro. -Paseábase agitado por su habitación, en que acababa de entrar presa de un violento frenesí.

-¡Me ha olvidado ya! -Hace tres, siete, nueve días, que acudo en vano al lugar de sus citas, a su sepulcro, al templo, a las cercanías de la que fue su morada; el sombrío mensajero no se ofrece a mi anhelante afán.

Desde el día en que aquí mismo estuve a punto de ver su imagen querida, evocada en nombre del cielo y de mis dolores, desde entonces está sorda a mi voz; aquel suspiro desgarra aun mi alma. -Ulrico, celoso de lo que llama mi tranquilidad, vino a buscarme entonces para llevarme a ese mundo que detesto y que es ya para mí un desierto sin límites. -Ella se ha olvidado del que sin ella no puede vivir. -¡Amelia, querida Amelia!... Pues bien, yo también la olvidaré, quiero vivir, viviré, haré lo que tantos otros. -Aquí, su carta, su rizo... Me dijo que sus cabellos serían en mi mano un talismán poderoso, un verdadero resorte mágico para evocar su sombra. -¡Ah! ¡cuántas veces la he invocado infructuosamente! Destruya el fuego de una vez tan atormentador hechizo.

Aplica la guedeja a la bujía, comienza a quemarse.

El eco de un doliente suspiro hiere su corazón.

Ilumínase la estancia con resplandor siniestro; crece el espacio de aquella ante sus ojos. Aparecen allá en lontananza los objetos antes cercanos; a lo lejos se levanta un túmulo, luces funerales iluminan un féretro... ábrese éste... álzase de él con solemne y medrosa lentitud una sombra, el cadáver de una virgen; su blanco sudario forma un contraste con lo enlutado de las paredes y del túmulo. Es la sombra de Amelia... pálida como su túnica, demacrada como la muerte. -Sus ojos están fijos como los de una estática- ¡cuán hermosos, sin embargo! El ligero vidriado que les presta la muerte, sólo ha empañado un poco, aquel diáfano espejo de un alma expresiva y bella; ¡ay! aquellos ojos cuya mirada era una sonrisa o una queja, que tenían todo el brillo vago de un hermoso pensamiento, toda la elocuencia de un tierno corazón; aquellos ojos que sabían llorar y se hicieron para el amor. -Su semblante descarnado conservaba aún la dulzura y suavidad de aquellas facciones como el diseño medio borrado, como el iris que va a desaparecer, como el disco de un astro al través de una nube blanquecina. -Estaba triste, ¡ah! traía sobre su ser el padecimiento de la indefinida ausencia, el encanto de una piadosa resignación. Era el rostro de una mártir al subir a la mansión del premio. La corona de azucenas con que se acostó en la tumba, aderezo de sus nupcias funerales estaba cuasi lozana todavía, solo que la incuria del sepulcro había deshojado alguna de sus flores.

Llegose a Alfredo, inmóvil, deslizándose como el ave que se cierne sobre los aires, impulsada por el blando céfiro de regiones ignotas, con la vaguedad de un espíritu... acercose...

Alfredo yacía mudo, doloroso, lleno de pasmo y dominado por terror indescriptible... Quiso hablarla... pero su voz murió antes de ser articulada; sus labios y su seno parecían oprimidos por una masa de hierro.

Acercose más el fantasma; levantó una mano que Alfredo había acariciado tantas veces en dulce arrobamiento, una mano que la muerte había descarnado prestándole el color de amarillenta cera, pero graciosa todavía... Púsola sobre el corazón del joven. -Sintiose éste morir a la impresión de aquel yerto y levísimo contacto; sintió en su frente una impresión más yerta todavía, eran los labios de Amelia, su sensación fue indefinible; sintió el eco en su corazón y cayó desmayado.

- IX -

Las antorchas brillan, la música resuena; cien bellas danzan adormecidas en brazos de sus alegres amadores. Reina la fiesta, reina la alegría.

ALFREDO. -¡Oh! ¡carga pesada! ¡Por piedad, por piedad, espíritus que me rodeáis, ayudadme a llevar esta pesada cruz de la vida! ¿Por qué, dulce visión mía, al tocar mi corazón con tu mano helada, no me comunicaste, la venturosa muerte? -¿A qué vedarme el morir, ese tránsito que miro como un bien suspirado? ¡Ah! ¡tantos otros que tienen en este mundo lauros y sonrisas, que suspiran de gozo cuando el sol nace y lloran temerosos de que al ponerse no les deje allí! -¡Tanta madre que gemirá a la cabecera del hijo amado, pidiendo al cielo con dolientes quejas la vida que se extingue! ¡Cuánto anciano temeroso, cuánto joven moribundo no podrían saborear esta vida que es para mí un estorbo y que yo les daría en cambio del sepulcro que les amenaza!

UN MÁSCARA. -Alfredo, estás esperando una resurrección que no llegará... todavía. ¿A qué apurarte? La trompeta del Juicio tiene su día marcado y en Josafat hay sitio para todos: Allá nos encontraremos. -Entre tanto escucha resonar con gozo estas trompetas de la locura, y danza alegre en este torbellino. -En él bullen ocultas todas las pasiones que habrá que condenar en Josafat, y hay caras más ridículas que las que allí se verán en aquel día sin sol y sin sombra.

Esto por lo menos, como no es el valle del Juicio, en lo menos que se piensa es en tenerlo o en hacerse justicia. -A la danza pues y hasta entonces, ¡viva la injusticia! Su bondadosa antagonista ha hecho bien en reservarse para otro mundo cuando porque en este la apedrearían.

OTRO MÁSCARA. -Lástima es que no haya otro diluvio universal para ver como nadaban ciertos ánades.

OTRO. -Alfredo ¿estás triste? Este no es sitio de duelo. A llorar a los cementerios; este es un jardín en que hay bellas flores que dan alegría. -Dime, si al bailar con una hermosa como aquella (Indicando a Julia que pasa danzando junto a él.) ¿echarías de menos el paraíso? ¡Oh! que me lo den aquí en la tierra; de seguro que no será tan necio que lo pierda por comer de una manzana... sobre todo cuando hay otras tantas frutas deliciosas.

Alfredo llevaba a su labio la azucena de su amada aquel talismán de los gratos ensueños y de los generosos impulsos.

De pronto oyó pronunciar su nombre. La voz que lo articulaba era una melodía dulce y melancólica, era tenue y grato acento, un eco adorado que penetró en su corazón y sacó de allí dos lágrimas de ternura, de aquellas tanto tiempo detenidas y que en vano había llamado a sus ojos para desahogar la amargura de sus penas.

Volvió la vista; halló junto a sí una misteriosa enmascarada. El corazón lo decía que aquel era su soñado Espíritu. ¡Tenía tantas cosas que decirle! ¡Era tan inesperada su aparición!

En esto resonó un vals, uno de aquellos torrentes armoniosos de Strauss que vierten en la fantasía encantos inefables, cuyas transiciones de lo armonioso a lo melódico semejan ora un despeñado raudal estrepitoso, ora un río apacible y lleno de plácidos rumores; festivos y melancólicos a la vez, invitan ya a la exclamación del contento ya a la queja del dolor. Notas suspiros tan vagos para describirse, cuanto lo son las emociones que ocasionan, encanto del éxtasis, vaguedad del éter. -Strauss es el bardo eufónico de la juventud de nuestros tiempos, entusiasta como las ideas que la inspiran, quejumbrosa al estrellarse contra la roca levantada por el duro y árido positivismo de nuestra época; vagarosa como ese océano de poesía incierta y desconsolada, peculiar de nuestro dudoso siglo; rechazada por do quiera, solo encuentra un cauce en el desierto sin horizontes de su infinito.

A la ruidosa invitación de la orquesta, correspondió un enjambre de parejas que comenzaron a deslizarse como otros tantos torbellinos arrobadores.

La máscara silenciosa apoyó su brazo en el de Alfredo, dejose ceñir por éste la aérea cintura como en ademán de aceptar aquella invitación a la danza, lo que él hizo dejándose llevar maquinalmente.

Un extraño estremecimiento de felicidad desconocida, incalificable, se comunicó a todo su ser; aquel contacto levísimo, imperceptible como un placentero hálito, helaba y enardecía su alma a un mismo tiempo. -Su vista se desvanecía cual si le acometiese un deliquio, un vértigo extraordinario, asediábanle la pena y el contento; en vez de pensamientos, solo tenía imágenes, pero vagas, imperfectas y deliciosas, esquivas a la forma como una emoción, como el sueño de una existencia desconocida, llorosas y risueñas, placenteras y colmadas como la felicidad.

Dejáronse llevar mutuamente en aquel torbellino fugaz, eléctrico, más poderoso que sus fuerzas, más poderoso que su voluntad.

Alfredo sentía escaparse de sus brazos aquel espíritu consolador, impulsábase a asirlo. -¿mas quién podría asegurar entre sus brazos la fantástica sombra de una imagen, de un sueño?

Las espléndidas notas del gran músico alemán, hacían correr por sus venas una lava tibia y grata. -Sus nervios vibraban como las cuerdas de una lira, su cerebro era un panorama en que iban pasando fugaces, al compás de aquella encantadora música, cien y cien visiones celestiales. -Aquellas vagas cadencias retrataban el delicioso extravío de su ser, cada una de ellas era para el alma una ondulación, una vibración divina. Perdíase su alma en los espacios, vela lo invisible, palpaba el éter; en aquella transfiguración hechicera sentía la realidad infinita. -Allí estaba Amelia, la veía, la palpaba, iba con él por aquellos espacios del espíritu en pasmo del alma, en éxtasis beatísimo. -Parecíale ir camino de los cielos, vislumbrando allí su encanto, percibiendo sus coros angélicos, al suave impulso, mecido sobre las alas de un arcángel.

Cuanto hayan imaginado los poetas en su embriaguez de hermosa inspiración, cuanto hayan soñado los elegidos, allí estaba en su alma, en aquel huracán sin estruendo ni rumores. -El salón huía de su vista, los circunstantes eran otros tantos mandos luminosos que le salían al encuentro, que se deslizaban por su lado, que le amagaban sin tocarle, con sus luminosas cabelleras, ¡aquello era morir, pero morir en brazos de los ángeles en las puertas de un amado cielo!...

- X -

Al volver Alfredo en sí, se encontró en su habitación; los cuidados de Ulrico y demás amigos le mostraban que su accidente había sido harto grave. -No le quedaba duda de que había sido víctima de una terrible alucinación; sin embargo creía recordar que el Espíritu, al deslizarse de sus brazos, dejó en su crispada mano un girón de su sudario; al volver, había hallado aquella prueba de que su sueño había sido una incomprensible realidad; al comprimir aquel despojo de la tumba, trocose en polvo y luego... en nada; lo que ya era su Amelia para este mundo.

El espíritu había murmurado a su oído o mejor, había escrito en su mente estas palabras: ¡Morir por el bien del hombre no cierra el cielo; todo hombre puede encontrar un glorioso Calvario y después un paraíso!

Estuvo Alfredo gravemente enfermo, no le dejaron sin embargo morir. -El espíritu no vino a verle sin duda por piedad: no era caridad traer al pobre viviente imágenes de un cielo que debía ver escapar.

-Ella padece por mí, murmuraba, me aguarda; ¡vivir aquí teniendo mi tesoro en la eternidad! ¡Estar ella en la eternidad teniendo su tesoro en este mundo! ¡La hora es ya llegada!

- XI -

La voz de un héroe llama a un pueblo que se agrupa en torno de su bandera. -Aquella bandera está bendita y es el lábaro de la humanidad.

El campamento se agita con los preparativos de la batalla. -El resonar de los clarines y las bélicas músicas enardece la sangre y los espíritus; el entusiasmo de una noble causa se siente bajo aquellos pendones que flamean al matutino soplo; las armas resplandecen y resuenan. -Al acento de los caudillos sucede el silencio momentáneo y solemne de expectación que precede al combate. -En ese momento de incertidumbre y acaso de ansiedad, cada cual trata de justificar en su conciencia la causa por qué va a derramar su sangre y la de sus contrarios, sangre humana y de hermanos; ninguno espera que caiga sobre su cabeza. -Estos son los momentos del examen de conciencia, del testamento moral; recuerdo de cariño por lo que se deja en el mundo, gemido del alma al ver segada en flor alguna ilusión que aun podía realizarse en la vida...

Trábase la lucha; retumba el cañón, el humo y el tumulto cubren el aspecto y la voz de los combatientes. -La lucha es encarnizada, aquellos dejaron de ser hombres para ser tigres, es la sublimidad del león, de la fiera que satisface un brutal instinto, pero ¡ay! desgraciadamente los hombres tienen con frecuencia que reñir para obtener la paz y el bien; toda idea nueva, aun la más generosa, es casi siempre bautizada con sangre. Así está escrito.

Allí estaba Alfredo, allí estaba Ulrico cuyo corazón era el de un soldado de la humanidad, esa hasta hoy madrastra descreída que sus hijos tienen que obligar a ser madre a fuerza de lutos y de lágrimas; allí estaban otros jóvenes gastando gustosos la savia de su alma en un combate desinteresado.

LA VOZ DEL MUNDO. -Allí están algunos jóvenes ilusos que pelean por una palabra, sin más recompensa que la vanidad de un aplauso. -¡Pobres mozos! Olvidan que los redentores son siempre crucificados. -¿Qué sacarán de tanto estruendo? Nada para ellos o lo que es lo mismo un pobre laurel y la necia satisfacción de haber defendido lo que ellos en su juvenil ilusión apellidan «una buena y noble causa».

Terminó el combate.

- XII -

Tornaron las fuerzas a su campo; es decir, que habían sido rechazados hasta mejor ocasión.

En el combate había recibido Alfredo un balazo en el pecho, sin embargo, aun vivía.

Ulrico estaba junto a su lecho de campaña.

El dolor físico no era bastante a desvanecer el gozoso encanto que expresaba el semblante del herido.

Las sombras eran cada vez más intensas.

El quién vive de un centinela, no correspondido, fue secundado por un disparo y otra serie de ellos que no lograron detener en su impasible marcha, una aparición de figura humana que se introducía en el campamento y que llegaba a la tienda de Alfredo...

Era un enlutado monje que venía a escuchar su confesión... Alfredo reconoció en él a su fantasma amigo, a su sombrío mensajero.

Levantose Alfredo, Ulrico dormitaba rendido de fatiga...

Siguió aquel al monje.

Salieron ambos del campamento.

El silencio mortal les servía de compañero.

Alfredo y el monje entraron en una región desconocida.

Abriose una tumba; un cadáver, mejor dicho, una amada sombra recibió a aquel en sus brazos.

La mano descarnada del clérigo-fantasma bendijo su unión en nombre del cielo.

Apareció en los aires la escala luminosa de Jacob que fue extendiéndose con ellos hasta perderse en las nubes. El manto o la mortaja de Amelia cubría la sombra de Alfredo.

Ulrico vio en sueño los dinteles de un mundo celestial; percibió allí a su amigo y a su amada que entraban gozosos. -Al son del arpa gloriosa del rey-profeta, cantaban los querubes el salmo de la bienaventuranza.

El Cristo escribía con sangre de su costado sobre aquellas almas: «Donde esté vuestro tesoro, allí estará vuestro corazón».

Aquella música agradable despertó a Ulrico.

Las bandas del campamento hacían resonar la alegre diana.

Tendió Ulrico la vista sobre el lecho de Alfredo; tan solo halló un cadáver querido que abrazó y anegó en amistosas lágrimas.

Que Alfredo murió en aquella batalla es cierto. -Lo demás será un sueño de Ulrico, él es quien todo me lo ha contado.

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