Chapter 1
- I -
Alfredo había cumplido los 33 años; edad que el Dante llamó il mezzo del cammin di nostra vita y en que el rey de los mártires apuró en el Gólgota, la copa envenenada, que ofrece el mundo a los que pretenden su bien. -Alfredo no era rico y esto es ya un desengaño en ciertos mundos. Es verdad que tenía lo que debiera ser una riqueza: un alma; pero este es valor que no se descuenta en muchos bancos.
La tarde comienza a dejar su puesto a la noche. Es la hora las sombras.
Mob, la ninfa del sepulcro, envuelta en blanco sudario, presenta a Alfredo la copa envenenada.
Se oye el rumor de música agradable, pero en lontananza, como un eco perdido, como un dulce pasado que no volverá.
SUSANA. -Yo fui tu primer amor, la azucena de tu infancia, la rosa de tu adolescencia. Grata y festiva, te di sueños deliciosos que no has podido olvidar-. La impresión de mi diestra juguetona conmueve aun los rizos de tu cabellera; alguna cana los matiza ya, es la ceniza del volcán que ardió y cuya lava era deliciosa. -Lo presente, lo porvenir para nosotros es... la nada ¡adiós, triste amigo, adiós!
JULIA. -(Ataviada con la guirnalda de la fiesta, hermosa y brillante como en otro tiempo.) Yo fui el amor de tu vanidad. Te amaste en mí; era un tributo que debías rendirme. Yo sigo amando y amada como entonces. Cierto es que la decadencia comienza ya a alborear en mi hermosura, pero la verdadera hermosura tarda en marchitarse. ¡Ah! ¡Cuán gratas resuenan aun en mis oídos tus lisonjeras palabras! -En una fiesta al son de la bulliciosa música, ceñidos en dulce abrazo nos deslizábamos por espacioso salón. La luz brillaba en nuestros ojos; nuestro ardiente hálito se confundía, tú, embriagado con mi belleza, aspirabas con ansia, con delicia, con el éxtasis de un paraíso, el jazmín de mi rubia cabellera... Desde entonces un rizo de la blonda beldad te transfigura y te muestra visiones inefables. -Amado Alfredo, yo poseo tu primera juventud. -Tu más hermosa y hechicera memoria te da un adiós eterno. Tal vez nos encontremos de nuevo por la vida, pero ya no seremos el uno para el otro lo que en aquellos días. -Vendrá la primavera, pero las flores del pasado año no vendrán a saludarla.
ELVIRA. -Yo soy aquella que te inspiró el amor heroico; yo fui la Judith de tu Biblia, la Corday de tu fantasía, la Eleonora de tu corazón, la Eloísa que no sabe olvidar, la Julieta que sabe morir. Los huracanes de la vida doblegaron los robles de la selva...
Sombras de mujeres que aparta el océano del mundo y que uno ve pasar desde la ribera. -Dejan en prenda una sonrisa melancólica, un suspiro abrasador.
LA VOZ DE ULRICO. -Amigo mío, los bravos compañeros de la juventud te aguardan, ¡ay! De los que hayan envejecido y sean sordos a nuestro reclamo. La ambición de ofrece a nuestra vista. -Busquemos la gloria.
LA VOZ DEL MUNDO. -No, el oro es mejor. La gloria es humo.
ULRICO. -Es humo, pero es bella y embriaga nuestras almas, es más hermosa que el oro. - ¡Atrás! Mundo miserable. -Alfredo y Ulrico son jóvenes aún, viven de su alma, aun no es llegado el tiempo en que el mundo sea su Dios.
LA VOZ DEL MUNDO. -Seguid y ya veréis.
ULRICO. -Amamos el placer, las fiestas, las mujeres, es verdad, pero el manjar que hinche y apoltrono, preferimos el vino que bulle, emblema de nuestra sangre y que presta imágenes encantadoras; preferimos el festín del sibarita, el que finge mundo desconocidos; preferimos a la mujer positiva, la que nos hace soñar con paraísos y con amores sin límites. -Hoy llamamos humo las ilusiones de los primeros años: pero nuestra mente no se aviene sin ilusiones, busquemos pues las menos frívolas: patria, gloria, humanidad. -Nosotros haremos de la tierra una mansión de hermanos. Surcaremos los mares en pos de regiones ignoradas, alzaremos templos al saber, predicaremos la virtud, combatiremos por ella, por el bien de todos los hombres. Si el martirio nos ataja, sucumbiremos, pero con gloria.
LA VOZ DE UN ANCIANO. -Hermosos corazones engañados: ¡Viva nuestra fe! -Mi labio os bendice anegado en lágrimas... Si queréis el Gólgota... bien está... andad... andad... ya lo hallareis.
UNO DE VUELTA. -Allá no hay nada. -El sacrificio será un escarnio de vuestra sangre. Las espinas de vuestras sienes os atormentarán demasiado, infructuosamente.
ULRICO. -Aun soy tu amigo, aun hay amigos; sígueme.
UN JOVEN DESENCANTADO. -La época es árida y espinosa; gocemos y vivamos.
OTRO ÍDEM. -La eternidad es todo o es nada. -Si es nada, es descanso; si es todo, muramos.
ALFREDO. -(Desfallecido.) ¡Dios mío! ¿qué hacer?
MOB. -(En traje de tumba, presentándole una copa ornada de flores.) ¡Beber y morir!
- II -
En el horizonte se presenta la luz de la esperanza. No es sol, es pálido lucero.
El rayo de esperanza tomó forma: Era Amelia.
Era una mujer graciosa y modesta. -Derramaba su luz melancólica y vacilante como desconfiada, sobre un cielo de otoño. Parecía que el retraimiento a la que la había condenado un mundo que sólo aprecia lo que lo fascina, había concentrado en su corazón la llama suave de una ternura celestial. Flor un tanto marchita, pálido lirio privado de la rama que era su vida, emblema de un suspiro continuo y ahogado tal vez por el temor a un mundo burlón y desdeñoso, o acaso porque al ser para otro, rayo de esperanza, diese lo que no tenía.
El amor que inspiró a Alfredo no era coreado por la vanidad, nadie exclamaba al verla pasar ¡ahí va ella!
Alfredo confió en que podía sentir, aunque por última vez, una afición que juzgó sincera cuanto desinteresada y perpetua cuanto pura. En ello no había otra vanidad para él que la de haber descubierto un tesoro hasta entonces ignorado. Amelia se presentaba a su corazón como la dulce y generosa, simpatía, pronta a llenar el vacío de su alma, como un ángel de redención, como la virgen del último suspiro. Ella tenía ojos que sabían llorar y que por tanto se hicieron para el amor. -Hela allí esbelta y solitaria como la palma en el desierto, con su dulce mirar de gacela, su voz de calandria herida. Su cabellera blonda recuerda los dorados días que no pueden olvidarse; el azul de sus ojos el risueño celaje de la infancia; su mirada, el sol de la patria para el corazón proscripto.
ALFREDO. -Los hombres censuran lo que no comprenden. -Elevan hosannas a la virtud y la vilipendian cuando no lleva manto dorado. -El ángel en forma de mujer, se hizo mundano y no sabe apurar la copa de un hermoso martirio.
LA VOZ DEL ALMA ELEVADA. -Viva el sentimiento, blasonemos de él, por él murió el Dios hombre.
LA VOZ DEL MUNDO. -Locura, locura.
ULRICO. -Ya, lo ves, Alfredo, esa es la voz del mundo.
Venció Iscariote.
Eloísa tiene razón: el amor empieza con sonrisas y termina con lágrimas.
ULRICO. -Y tendrás que reír Alfredo, pues nada hay mas ridículo que un enamorado quejoso en este siglo. Pasó la época de los Amadeos; sólo Asmodeo reina, y es menester reír, cantar y darla de indiferente y endurecido.
- III -
Amelia no se sentía con fuerzas suficientes para sobreponerse al barro mundo.
Estaba preparada para entrar en la alcoba nupcial como una estatua vendida. El aprecio hacia el esposo que la razón de familia ordena, no cubre el pudor de una doncella. -El único cendal de este es el amor. Lo demás es una venta que sólo se diferencia de la almoneda pública, con una legalización que promete a la beldad en cambio de sus más preciosos favores, la duración vitalicia en el contrato y la promesa de algunos bienes materiales. Contrato draconiano en que ella entrega su fe, su ser y hasta sus pensamientos como una perdurable y eterna propiedad. Pero tal es el mundo y Judas tenía razón: seguir la voz de aquel es lo más cuerdo y conveniente.
Llegábase Amelia al ara con su guirnalda de azucenas, quizá empapada en lágrimas; quizá se decía que puesto que así estaba establecido, ella hacía bien; acaso se felicitaba por su cordura, cuyo aplauso lisonjeaba su amor propio. ¿Qué mujer no quiere pasar por cuerda? ¡La aprobación ajena tiene tanto influjo sobre los espíritus débiles! Además, el matrimonio ha sido siempre para la mujer un santuario desconocido que aviva su curiosidad, un martirio agradable, un triunfo de la vanidad que produce envidia en las que se quedan al pie de la montaña! Era pues necesario que ella se resignase a ser feliz y aun se hiciese de rogar por lo que tanto quizás deseaba.
Está para verificarse la ceremonia del himeneo. La capilla iluminada y suntuosa ha abierto sus puertas A numerosa concurrencia. -El sí decisivo que las humanas conveniencias trataban de arrancar, iba a ser pronunciado. La doncella trémula y radiante al mismo tiempo, sostenida y aun exaltada por el heroísmo de la abyección, hijo de la ciega obediencia, alzó sus ojos y vio en un rincón de la capilla, en medio de las sombras, un semblante conocido e inolvidable. -Aquel rostro estaba iluminado por unos ojos que en otro tiempo habían sido espejos de felicidad y que ahora eran dos lumbreras de ira, de desdén y de amargura; parecían decir: «no se casa quien puede morir». La doncella no pudo soportar aquella mirada indescriptible y ahogando un gemido en su garganta, cayó muda y desfallecida en los brazos del futuro esposo.
- IV -
Aquella, noche en lugar de tálamo nupcial había un féretro; en él yacía la interesante, la simpática Amelia.
La muerte venía a salvarla de la profanación de su amor y su himeneo.
Su semblante parecía conservar el rastro de la vida, de aquella vida melancólica y de víctima. La muerte la rehabilitaba.
El ángel había bajado, como en otro tiempo, a remover y purificar las aguas de la piscina Bethsaida, la de los cinco pórticos, y la leprosa sanaba entrando la primera en la, Bethsaida de su alma. -Ella precedía a Alfredo en un cielo en donde debía encontrarla y reconocerla... purificada.
Con la toca de virgen, parecía más bella a la luz de los blandones que a la de las antorchas nupciales.
La iglesia estaba sombría. -El túmulo enlutado, las negras colgaduras prestaban al rostro de los circunstantes un aspecto triste y fúnebre.
Resonaba en las bóvedas del templo el doliente eco de las preces y salmodias funerales. -Aquel terrible Dies irae nada tenía de espantoso para el ser que, abandonando el desdichado limo, tornaba a su mansión primitiva. -Bien podían en un día terrífico y funesto, en el día de la ira y de la justicia, quedar convertidos en pavesas el mundo y los siglos. La voz profética de la sibila de que hablan los divinos salmos, no turbaba aquel espíritu que, si había pagado tributo al mundo, había sin duda lavado con lágrimas una complicidad hija puramente de la materia. El día de ira sería pues para ella un día de justicia y de esplendor. Es verdad que había emponzoñado una existencia; había sido un veneno moral; había impulsado tal vez hacia las tinieblas del escepticismo una moribunda fe que hubiera podido salvar; pero el Señor la perdonaría sin duda, porque ella no sabía lo que había hecho.
Fue conducida la muerta al panteón de su nueva familia.
Alfredo siguió al féretro en compañía de su afectuoso Ulrico, confundidos ambos entre el concurso. -Arrojó un puñado de tierra y un pedazo de su corazón sobre aquella tumba y retirose silencioso al mundo, medio muerto en vida.
- V -
Era una noche tenebrosa y triste. Las estrellas no presentaban su faz a los pobres habitantes del valle de lágrimas.
Paseábase Alfredo solitario bajo los árboles que rodeaban la que en otro tiempo fue morada de su Amelia. ¡Aquellas paredes silenciosas eran testigos tan elocuentes de algunos días de felicidad! Cerraba sus ojos para recrear los de su alma en la región de los espíritus.
Dieron las doce en la vecina parroquia; de allí había partido aquel día, envuelto en yerto sudario, el tesoro de su existencia.
Parecíale continuamente oír aquellos cantos de muerte que helaban todo su ser y apretaban su corazón con un dogal de amargura. -Creía ver salir de aquella puerta cirios funerales, un féretro, luctuosa comitiva; oía dolientes gemidos mezclados al canto de los clérigos. -La puerta permanecía cerrada y muda como el cadáver que había atravesado sus dinteles algunas horas antes.
¡Amelia! exclamaba el doliente joven. -¡Pobre de mí! ¿Por qué has desaparecido de la tierra? ¿Por qué me has abandonado en este Calvario de mi soledad, en esta cruz de mi martirio? Era demasiado dulce la felicidad que lo futuro podía brindarme; la muerte burlona, pero ¿qué digo? ¿no se había convertido aquella gloria en cáliz de amargura?
De pronto rechinó la puerta del templo. La calle continuaba silenciosa.
El sereno lejano cantó las doce que acababan de resonar con lento, grave y sonoro campaneo. -Era la voz quo recordaba a los que tuviesen oídos, que el tiempo marcha mientras duermen descansando los peregrinos de la tierra y se acorta su camino hacia el descanso eterno.
Abriose la puerta del templo. -Su interior yacía en tenebroso crepúsculo... Un bulto sombrío atravesó los umbrales, deslizándose como un fantasma... Venía caminando hacia Alfredo. -Su figura parecía la de un monje cubierto con negra capucha... acercábase lentamente sin ruido, sin rumor alguno, sin agitar el ambiente que le circundaba, como un verdadero fantasma...
Acercose a Alfredo... mudo como un espectro. Por debajo de la capucha vislumbró aquel un semblante blanquecino como el ampo de la nieve. Su frente y sus ojos permanecían cubiertos bajo aquella aparente mortaja. -Alfredo sintió que le circulaba el frío que produce la proximidad de una masa de hielo. -El monje le tendió la mano amarilla como la cera, descarnada como la de un esqueleto, contenía un papel a manera de carta. -Alfredo se sentía sobrecogido a pesar de la entereza que debía darle su indiferencia, por todo lo que no fuese ya seguir al sepulcro a la que lo acababa de dejar solo en el mundo. -Tomó maquinalmente la carta. El fantasma desapareció.
El joven sintió el frío de la tumba brotar de aquel billete enlutado. -Su contacto hizo correr por todo su cuerpo un temblor convulsivo; acudió a su casa, medio transtornado, abrió aquel billete que parecía venir desde muy lejos... leyó:
«Basta de lágrimas, Alfredo. -La muerte me ha hecho tuya para siempre.
»El monje portador de esta carta, es un espíritu amigo; tiene una obra que llenar en el mundo y podría servirnos de mensajero en nuestros póstumos amores. -Esta carta encierra un rizo de mis cabellos, de aquellos cabellos que hacían el encanto y que tanto apreciabas. Renueven o finjan ellos en tus manos la perspectiva de algunas horas felices, personifiquen en tu alma la imagen de la pobre mujer cuya presencia has perdido. -También va una azucena de mi corona fúnebre, ella es una flor de mi sepulcro; no temas se marchite: el Señor de las misericordias la ha bendito con su eterno soplo y ya es una flor de la vida. Su perfume, te dará dulces ensueños y generosos impulsos, grato a la eternidad 'No se casa quien puede morir', me dijeron tus ojos: El espíritu piadoso me oyó y me ha enviado el benéfico tránsito de una muerte libertadora. -¡Ay! en el mundo me enseñaron que era modestia y virtud el disimulo y yo cifré en este mi vanagloria; pero esta es la morada de la luz y la sinceridad. No creas, sin embargo que todo es bienandanza. Este no es infierno no es el cielo y se padece porque se suspira por los que se ama, por lo que se ha dejado en el mundo. -El Señor ha dicho por boca del hijo «Donde está tu tesoro allí está tu corazón.» Y como mi tesoro quedaba en la tierra, mi corazón no podía entrar en la morada de los bienhadados; sufro pues, estoy en un doliente purgatorio; sufro y peno por ti, mi bien amado, pero cuán dulce es penar por ti. -Aquí puedo amarte con todo el cariño de que siempre fue capaz mi alma, te amo en espíritu, y en verdad; padezco por ti, temo por ti y solo tú podrás sacarme de esta misteriosa mansión. Pero ¡ay de ti, si una resolución criminal te cierra estas puertas y después las de una perenne bienandanza! ¡Amor y esperanza pueden libertarme, amor y esperanza pueden salvarnos! Adorado Alfredo en el mundo quedó mi tesoro, allá quedó también mi corazón. Alfredo cuida de él, no avives las llamas de este purgatorio... -Adiós.
- VI -
La luz de una bujía estaba para apagarse. -La habitación de Alfredo iba entrando en la región de las tinieblas...
Alfredo contemplaba el rizo que su amada lo había enviado desde la eternidad. -Su alma evocaba otra alma.
Sus ojos fueron dilatándose en la viva contemplación; parecía alucinado.
Sobre su pupitre estaban abiertos varios libros; era cuanto se ha escrito sobre las manifestaciones del mundo invisible.
Alfredo había buscado la verdad, la luz en el caos; quería convencerse de la existencia de lo invisible y su contacto con las pobres formas de la materia. Tenía pruebas en su mano, carta y prendas de su espíritu querido, buscaba sin embargo una fórmula de evocación ¡ah! hubiera dado toda su existencia por percibir la benéfica visión de la que adoraba; recordaba la posibilidad de la transfiguración descrita por los sabios como un fenómeno positivo. - «Sobrenatural» murmuraba, he aquí una palabra, que no debe existir en absoluto; ¿qué podrá vislumbrar el hombre que no quepa dentro de su naturaleza? ¡La realidad infinita! Ese mismo infinito ¿no es también concepción humana? Esa realidad ¿qué es sino un espacio que llama al espíritu a ser ocupado por él? La materia, lo denso, siendo infinito, cabe en la naturaleza, ¿por qué no, lo espiritual, lo sutil? ¡Ah! cuando mi mente la ve en sueños ¿qué es sino lo sobrenatural en lo natural, qué es sino la realidad de un ciclo que cabe y llevo dentro de mi corazón? «Lo que está en lo alto es como lo que está en lo bajo; lo que está encima es como lo que está debajo». -La síntesis egipcia, la serpiente que muerde su cola. La antigüedad de este misterioso jeroglífico es su mejor testimonio. -El sólido enlazado al líquido, el líquido al vapor, el vapor al éter, el éter a los mundos diáfanos e invisibles, he ahí la cadena. ¡Dios mío! Que yo la vea, como te veo Señor infinito, ya que has permitido que mi mente te alcance, ya que has querido que te vea en ella, como en tu obra. -Que venga a mí atraída a estos ojos de mi cuerpo, por esa cadena impalpable que me une contigo y a ella por los de mi alma. -Que pase su ser desde los misterios en que encubres lo eterno, hasta esta realidad tangible, unida a tu realidad por tu esencia interminable. ¿Qué habrá de milagroso en mi demanda si todas tus obras son un perpetuo milagro? -Que la vea, Dios mío, o mi locura es inevitable. -La he amado mucho y el Cristo tuvo piedad de los que amaron mucho. -Este amor fue una ley tuya. -Aun cuando ella hubiese sumido su rostro en el fango de la tierra, aun cuando todos los elementos se hubiesen conjurado contra ella, yo la hubiera siempre levantado en mi corazón, porque la amaba y la amo mucho, ¿por qué no; siendo ella una de vuestras elegidas, purificándose y purificándome en el fuego de su alma?
De pronto los ojos de Alfredo aparecieron como si quisiesen salirse de sus órbitas; sus cabellos se erizaron, su rostro se puso pálido como la azucena que tenía en sus manos. -La lámpara mortecina dio a su semblante el brillo fantástico que presta el fuego del azufre. -Un perfume de muerte, el ambiente que dejan los cirios al quemarse en la cerrada bóveda de un templo, inundó la habitación. -Parecía que iba a suceder algo extraño allí... Sin duda se acercaba la presencia de lo invisible!...
¡Alfredo! exclamó una voz... Alfredo repitió acercándose... El templo de esta voz era varonil y conocido... Era la de Ulrico que entraba en la habitación. -Vas a volverte loco.
Alfredo se puso sorprendido. -Todo tornó a su ser acostumbrado. -La lámpara volvió a luchar con la oscuridad que casi la absorbía.
Ulrico entró buscando a su amigo. -Éste ocultó con presteza su carta y las prendas que no quería mostrar a los vivientes. Su comercio con el espíritu, hubiera sido llamado locura, y los hombres, aun cuando su opinión tornase para expresarse los labios de un amigo tan sincero como Ulrico, hubiesen profanado un amor que sobrevivía a la muerte.
Alfredo sintió sin embargo junto a sí el rastro de una entidad aérea y simpática, acaso tomó por tal lo que sólo sería efecto de sus nervios susceptibles y excitados por aquel estado visionario en que se hallaba.
Ulrico sintió alguna cosa extraña en el vaho de la habitación, pero atribuyolo a vicio del aire allí encerrado.
ULRICO. -Vas a volverte loco, amigo mío; la juventud, el mundo te llaman. Fuerza es salir de ese estado miserable, umbral del infortunio perpetuo y acaso del suicidio. -No la olvides, puesto que su recuerdo te es tan grato, pero el mal es irremediable. -¿Quién sabe, además? El mundo tiene grandes recursos para la juventud, y el olvido no es extraño al hombre. -Quizás encuentres otra más amable. -¡Oh! es preciso olvidar amigo mío ya que es forzoso vivir Es preciso consolarse.
LA VOZ DEL MUNDO. -Necio del que muere viviendo tras un fantasma.
ULRICO. -Ven pues, amigo mío; para sentir no es necesario volverse loco. -Cierra pues esos libros en donde han consignado sus sueños y sus embustes mil cerebros delirantes y ven al valle de vida que nos espera.
Se oye a lo lejos la música y algazara de una fiesta. -Ulrico arrastra a Alfredo que lo sigue automáticamente.
Alfredo sintió a su oído y en su corazón el eco de un suspiro tan tenue que Ulrico, menos excitado, no pudo percibirlo. -¡Ya se ve, venía aquel de tan lejos!
- VII -
Hierve el champaña en las copas.
ULRICO. -Jacobo, una canción.
JACOBO. -Comience Carlos, cuyo vino es más alegre.
ULRICO. -Vamos, aquí tenemos en Jacobo otro romántico.
EDUARDO. -Yo creía que el spleen era exclusivo de Alfredo.
Este guarda silencio. -Su palidez no cede ni ante el calor que esparce en sus venas el bullente líquido. Sus ojos se fijan de vez en cuando con distracción, sus labios quieren sonreír en vano; su alma no está allí.
ULRICO. -Jacobo llora también ausencias, Elena, Elvira, Matilde... ¡qué sé yo! Su corazón parece haberse convertido en colmena; cada una tiene allí su celdilla.
EDUARDO. -Vamos, Carlos, olvidemos nuestro desencanto al rumor de las botellas. -Siempre fuiste un buen camarada para destapar algunas flacas. -Estoy por las flacas, suelen ser más espirituales, las botellas, se entiende.
(Cantando.) Bella es la vida; en la abundante mesa se ensancha el corazón, el alma goza. No quiero mas penar; ¡vino, Teresa! Esta es la vida... lo demás es broza.
CARLOS. -(Recitando.) Topé yo una mujer con uña y rabo, de estrepitoso y brusco desenfreno, de esas que tienen el hocico ameno y que todo lo toman por el cabo.
ULRICO. -Bravo, bien.
JACOBO. -Adelante.
EDUARDO. -Que glose.
JACOBO. -Silencio.
CARLOS. - «Y que todo lo toman por el cabo».
JACOBO. -Que glose, que glose.
CARLOS. - Al salir de mi casa cierto día pasé de Finisterre por el cabo,
EDUARDO. -¡Sopla!
JACOBO. -Silencio, adelante.
CARLOS. - Ninguno de vosotros lo creería topé yo una mujer con uña y rabo,
Y con cuernos también, que es muy forzoso la chaveta cubrir cuando hay sereno, y más si la mujer es un coloso de estrepitoso y brusco desenfreno.
Era la dama de gentil quilate de las que pastan la cebada y heno, que tienen por nariz un disparate, de esas que tienen el hocico ameno.
Espantéme al mirar sus cucamonas, y no penséis de esquivez me alabo, porque era de esas damas retozonas y que todo lo toman por el cabo.
EDUARDO. -Bravísimo.
ULRICO. -«Y que todo lo toman por el cabo». Soberbio, soberbio.
EDUARDO. -A la salud de Carlos. (Beben.)
D. CELIO ALMODÓVAR. -(Viniendo de la mesa vecina en que se juega.) ¡Acabo de perder mi reserva!
EDUARDO. -¡Qué lástima!
JACOBO. -La célebre onza que nunca se perdía.
EDUARDO. -La que siempre desquitaba.
ALMODÓVAR. -Para rescatarla, jugaría hasta mi puesto en la otra vida.
CARLOS. -¡Picaron! como estás seguro de que acaso no sea muy bueno.
ALMODÓVAR. -Aunque lo fuese.
CARLOS. -(Con sorna.) ¡Blasfemo!
ALMODÓVAR. -¿Qué queréis? Estoy loco. -¡Acabar por perder aquella onza!
ULRICO. -¡Que era la de Almodóvar!